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La “Pobre” Costurera Entregó Todo lo que Tenía por una Niña sin Familia.

La “Pobre” Costurera Entregó Todo lo que Tenía por una Niña sin Familia.

Hay quienes dan todo sin tener nada. Remedios entregó sus últimos ahorros por una niña extraña con manos destruidas. El pueblo la olvidó. La niña no. Quédate hasta el final. Lo que pasó después cambiará tu forma de ver la vida. En los tiempos en que las montañas del sur de México guardaban secretos entre sus pliegues de niebla y pino, existía un pueblo que no figuraba en ningún mapa oficial.

 Se llamaba San Bartolomé del Monte, aunque los viejos del lugar simplemente lo llamaban el pueblo de arriba, porque estaba tan alto entre las crestas que en invierno las nubes pasaban rozando los techos de Teja y las mañanas llegaban envueltas en una neblina tan densa que parecía que el mundo terminaba en el borde del camino. Era un lugar de silencio antiguo, de costumbres heredadas sin cuestionamientos, de vidas que transcurrían al ritmo de las estaciones y de las cosechas, de hombres que envejecían en los mismos campos donde habían nacido sus padres y

de mujeres que aprendían de sus madres. El arte de sobrevivir sin aspavientos y sin quejas. Era, en suma, un pueblo como tantos otros de esa región, olvidado por los gobiernos, visitado apenas por algún comerciante itinerante o por el médico rural que llegaba una vez al mes con su maletín de cuero gastado y su aire de persona que viene de otro mundo.

 En ese pueblo, en una casa de adobe ubicada en la calle que bajaba desde la plaza hasta el arroyo, vivía remedios. Tenía entonces 42 años. Aunque su cuerpo cargaba el peso de muchos más. Era una mujer de estatura mediana, de [carraspeo] manos grandes y nudosas por el trabajo constante, de cabello negro con hebras grises que recogía siempre en una trenza gruesa que le caía sobre la espalda.

 Sus ojos eran oscuros y quietos, del tipo de ojos que observan antes de hablar, que pesan las palabras antes de pronunciarlas. Había enviudado 8 años atrás. cuando su marido Eusebio murió de una fiebre que nadie supo diagnosticar a tiempo y desde entonces había vivido sola en aquella casa que era también su taller, su refugio y su único patrimonio.

El centro de la vida de remedios, el corazón que hacía funcionar todo lo demás, era su máquina de coser. Era una singer pedal negra con detalles dorados ya desgastados, que había pertenecido a su madre y antes a su abuela. La tenía junto a la ventana que daba al pequeño jardín interior, donde crecían un limonero viejo y algunas matas de hierba buena.

 Cada mañana, antes de que el sol terminara de levantarse sobre las crestas de los cerros, Remedios ya estaba sentada frente a esa máquina con el hilo entre los dedos y la tela extendida sobre la mesa de madera, que ella misma había reforzado con tablas sobrantes. ía para el pueblo entero. Vestidos de boda y de bautizo, uniformes escolares, ropa de trabajo para los campesinos, manteles para las fiestas patronales, mortajas para los difuntos.

Sus manos sabían de todos los momentos de la vida de ese pueblo, porque la tela guarda memoria de lo que cubre. Ganaba lo justo para vivir, no más. Con lo que cobraba pagaba el maíz, los frijoles, el aceite, la leña. Algún mes sobraba algo y lo guardaba en una lata de galletas que tenía escondida detrás de los rollos de tela bajo el tablón del fondo.

 Ese dinero acumulado con paciencia de hormiga era su única seguridad, su pequeño colchón contra las emergencias, contra el invierno largo, contra los meses en que la gente del pueblo no tenía dinero para encargarle nada. Era un ahorro modesto, frugal, construido centavo a centavo a lo largo de meses, a veces de más de un año.

 El invierno de 1971 fue especialmente cruel en San Bartolomé del Monte. Las heladas llegaron antes de tiempo y con una intensidad que los viejos decían no haber visto en décadas. El arroyo que bajaba por detrás del pueblo se congeló en sus orillas y los campos quedaron cubiertos de escarcha hasta bien entrado el mediodía.

 Los niños llegaban a la escuela con las mejillas coloradas y las manos entumecidas, y las mujeres cocinaban con la puerta cerrada para guardar el calor de los fogones. Las noches eran largas y silenciosas, interrumpidas solo por el crujido de la madera bajo el frío y por el llanto ocasional de algún bebé en alguna casa cercana.

Fue en uno de esos días de enero, cuando el frío apretaba más fuerte, que llegó al pueblo una mujer del camino. No era del lugar, venía desde alguna ranchería más arriba, en las faldas del cerro más alto, donde vivían algunas familias dispersas que bajaban al pueblo solo en ocasiones contadas. llegó cargando algo entre los brazos, envuelto en un reboso viejo y desilachado, y fue directamente a la casa del señor Abundio, que era quien hacía las veces de médico, de curandero y de autoridad en ausencia del médico

oficial. La mujer estaba agitada, con los ojos desorbitados y lo que traía en brazos era una niña. La niña tendría unos cuatro o 5 años. Era pequeña, incluso para esa edad, de huesos finos y piel morena oscura. Tenía el pelo negro y enredado, pegado a la frente por el sudor de la fiebre. Pero lo que más preocupaba al señor Abundio, que la recibió en el umbral de su casa sin terminar de entender la situación, era el estado de sus manos.

 Las dos manos de la niña estaban vendadas con trapos sucios y oscurecidos. Y cuando el señor Abundio retiró con cuidado esas vendas improvisadas, lo que encontró le cerró el pecho de angustia. Las manos de la niña estaban quemadas por el frío, las puntas de los dedos estaban ennegrecidas, la piel levantada en ampollas o directamente destruida, el tejido dañado de una manera que el señor Abundio, con todos sus años de experiencia empírica, reconoció inmediatamente como grave.

 La mujer que había traído a la niña explicó lo que sabía, que era poco. La niña se llamaba Lucía. Su madre había muerto el otoño anterior de un parto mal resuelto. Su padre, un hombre del que nadie sabía mucho, había desaparecido antes de eso hacia el norte. Como desaparecían tantos hombres del campo en esa época, tragados por la distancia y por la promesa de un jornal mejor.

 La niña había quedado al cuidado de una vecina anciana que tampoco tenía medios ni fuerzas. Y en uno de los días de helada más fuerte, la pequeña había salido descalsa y sin guantes al patio y se había quedado ahí sola mientras la anciana dormía un sueño que ya se parecía demasiado al último. Cuando la encontraron, las manos ya estaban así.

 El señor Abundio hizo lo que pudo con lo que tenía. limpió las heridas, aplicó unentos, vendó las manos con tela limpia, pero sabía que lo que esa niña necesitaba estaba más allá de sus posibilidades. Necesitaba medicamentos reales, pomadas específicas, quizás una intervención que en ese pueblo no podía hacerse. más cercano a una atención médica adecuada.

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