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Así Era la Vida en Nazaret en Tiempos de Jesús | 33 d.C. | Después de la Resurrección

Así era la vida en Nazaret en tiempos de Jesús, en ese año preciso que el mundo nunca olvidará, en  ese rincón de Galilea donde todo comenzó antes de que el mundo supiera que algo había comenzado, es una historia que la mayoría de las personas nunca han escuchado con la profundidad que merece, porque Nazaret no era simplemente el lugar donde Jesús creció, era el lugar donde el Hijo de Dios aprendió a caminar sobre tierra polvoriente, donde sus manos tocaron madera y piedra caliza, donde sus oídos escucharon el arameo

mezclado con el viento del norte que bajaba desde el monte Hermón. Y hay algo que casi nadie sabe sobre Nazaret en el año 33 de hemos, algo que los registros arqueológicos han confirmado con paciencia durante décadas, en el momento exacto en que la resurrección sacudió el mundo espiritual para siempre, Nazaret era una aldea tan pequeña, tan marginada, tan completamente ignorada por el Imperio Romano y por las grandes ciudades de Judea, que probablemente ente no aparecía en ningún mapa oficial de la época. No era una ciudad, no era un

pueblo de importancia estratégica, era una comunidad de quizás 200 a 400 personas aferradas a las laderas de una colina en el sur de Galilea, viviendo de la tierra y de su fe, sin saber todavía que uno de los suyos había cambiado la eternidad. Ese detalle lo cambia todo. Porque cuando comprendes cuán pequeña, cuán humilde, cuán absolutamente ordinaria era Nazaret en el año 33 de Cristo, entonces entiendes algo sobre el carácter de Dios, que ningún libro de teología puede enseñarte mejor que la geografía misma. Dios no eligió Roma, no

eligió Alejandría, no eligió Antioquía, ni Efeso, ni Atenas, las grandes capitales del pensamiento y del poder. En ese siglo, Dios eligió una aldea que sus contemporáneos despreciaban con una pregunta que quedó registrada para siempre en el Evangelio de Juan. ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Esa pregunta pronunciada con incredulidad por Natanael antes de conocer a Jesús era el resumen perfecto de lo que el mundo pensaba de ese lugar.

Y sin embargo, de ese lugar salió todo. De esa colina polvorienta, de esas casas de piedra caliza encajadas unas contra otras, de ese mercado pequeño y de esas sinagogas modestas, salió el mensaje que llevaría la gracia de Dios hasta los confines de la tierra. Para entender Nazaret en el año 33 de Cristo, hay que comenzar por entender lo que significa vivir en una colina en el sur de Galilea en el primer siglo.

La topografía no es un detalle menor. Las excavaciones arqueológicas realizadas durante décadas en el área que hoy ocupa la ciudad moderna de Nazaret han revelado que la aldea antigua estaba construida sobre roca caliza, con casas que en muchos casos estaban parcialmente excavadas en la roca misma y parcialmente construidas con bloques de piedra tallada a mano.

Las casas no eran grandes. Una familia promedio vivía en un espacio de quizás 20 a 40 met²ad con techos planos de vigas de madera cubiertas con ramas entrelazadas y una capa de tierra apisonada que se renovaba cada temporada de lluvias. Esos techos planos no eran simplemente techos, eran espacios vitales de la vida cotidiana, donde las familias dormían en las noches de verano, donde las mujeres secaban las hierbas y los granos, donde los niños jugaban al atardecer, mientras el sol se hundía detrás de las colinas de Galilea, y el cielo se llenaba de un

naranja tan intenso que parecía que el horizonte entero estuviera ardiendo con una promesa que todavía no tenía nombre. La estructura típica de una casa nazarena del primer siglo incluía una habitación principal multipropósito, a veces subdividida por cortinas o divisiones de piedra y con frecuencia una sección más baja donde los animales domésticos pasaban la noche junto a la familia durante los meses de invierno.

Esta práctica, que a los oídos modernos puede sonar extraña, era completamente normal en la cultura rural del cercano oriente antiguo y cumplía una función práctica esencial. El calor corporal de los animales ayudaba a calentar el espacio durante las noches frías de diciembre y enero, cuando la temperatura en las colinas de Galilea podía descender hasta niveles que hacían del fuego de una lámpara de aceite de oliva no solo una fuente de luz, sino una necesidad vital.

Esta disposición arquitectónica también ilumina de una manera completamente nueva el relato del nacimiento de Jesús en Belén, donde el pesebre no era un establo separado, sino precisamente esa sección inferior de una casa donde los animales eran resguardados y donde una familia que no tenía espacio en la habitación principal acomodó a María y a José con la hospitalidad imperfecta, pero genuina que Dios eligió para la llegada de su hijo al mundo.

Las calles de Nazaret en el año 33 de Cristo no eran calles en el sentido moderno, eran caminos entre casas, en su mayoría sin pavimentar, de tierra compactada y roca natural, lo suficientemente anchos para que dos personas caminaran juntas o para que un burro cargado pudiera pasar con sus alforjas. En la temporada seca, desde finales de mayo hasta octubre, ese polvo era permanente y omnipresente.

Se depositaba sobre las sandalias, sobre las túnicas, sobre el pan recién horneado que las mujeres sacaban del tabú, el horno de barro comunal, que era el corazón culinario de toda aldea de Galilea. El tabú no pertenecía a una sola familia, era compartido por varias familias vecinas. Y el acto de hornear era también un acto social donde las mujeres de la aldea se encontraban, conversaban, compartían noticias, oraban juntas y transmitían de generación en generación el conocimiento de cómo alimentar a una familia con los recursos

que la tierra y la misericordia de Dios ponían a su disposición. Ese horno comunal, ese tabú de barro que los arqueólogos han encontrado en múltiples sitios residenciales del primer siglo en Galilea, es quizás el símbolo más humano  y más poderoso de lo que significaba vivir en Nazaret en tiempos de Jesús.

Porque Jesús no creció en el aislamiento de un palacio o de una academia. creció en medio del olor del pan recién horneado, del sonido del trabajo cotidiano, del ritmo de una comunidad pequeña donde todos se conocían y donde las alegrías y los dolores de cada familia eran inevitablemente las alegrías y los dolores de todos.

Cuando Jesús dijo, “Yo soy el pan de vida”, esas palabras no eran una metáfora abstracta para una mente educada en filosofía griega. Eran las palabras de alguien que había visto el pan formarse con sus propios ojos desde la infancia, que había sentido la harina entre los dedos, que había conocido el hambre real de una familia de artesanos en una aldea sin recursos superfluos y que comprendía en su carne exactamente lo que significa que el pan no falte.

El sustento de las familias nazarenas en el primer siglo dependía principalmente de la agricultura y de los oficios artesanales. Las laderas que rodeaban la aldea eran cultivadas con terrazas construidas a mano sobre la roca, sostenidas por muros de piedra apilada que los campesinos galileos levantaban y mantenían con una paciencia que era también una forma de oración.

En esas terrazas crecían olivos, viñas e higueras, los tres árboles que aparecen con más frecuencia en las parábolas de Jesús. Y no por casualidad. Jesús hablaba de lo que conocía. Hablaba del labrador que poda la vid, del hombre que planta una higuera en su viñedo y espera que dé fruto, del buen pastor que conoce a cada oveja por su nombre.

Cada imagen venía de un mundo real, observado con una profundidad de atención que solo es posible cuando uno ha vivido en ese mundo desde la infancia y lo ha visto con los ojos del amor y de la presencia de Dios. El oficio del carpintero que en griego se expresa con la palabra tectón y que incluía no solo el trabajo con madera, sino también el trabajo con piedra y con los materiales de construcción en general, era el oficio de la familia de Jesús.

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