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EL FAROL ROTO DE TRIANA

El olor a cieno y podredumbre no pertenecía a la Sevilla de este siglo. Era un hedor antiguo, un aliento exhalado por el mismísimo río Guadalquivir desde sus entrañas más oscuras, un tufo a cieno milenario y muerte olvidada que se colaba por las rendijas del taller. Mateo Vargas, el último maestro farolero del barrio de Triana, sostenía un fósforo entre sus dedos temblorosos, ensangrentados y llenos de ampollas. La pequeña llama parpadeó, arrojando sombras grotescas sobre las paredes de su taller en la calle Alfarería, cubiertas de azulejos resquebrajados. Fuera, la noche andaluza, normalmente vibrante y llena de guitarras lejanas, era un sudario asfixiante. No había brisa, no había el característico aroma a azahar. Solo ese olor a tumba de agua.

Mateo acercó la cerilla a la mecha. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado presa del pánico. Sabía lo que iba a ocurrir. Lo sabía con la certeza aterradora de quien ha firmado un pacto con el diablo sin leer la letra pequeña. Cada vez que encendía aquel farol de hierro forjado y cristal turbio, alguien en Sevilla dejaba de existir.

No morían de forma natural; no había cuerpos que velar ni tumbas donde llorar. Simplemente eran borrados de la faz de la tierra. Se esfumaban en el aire húmedo de la madrugada, dejando tras de sí únicamente un charco de agua estancada, algas podridas y el eco de un grito ahogado que solo Mateo parecía escuchar. Esta noche, el farol exigía sangre de nuevo. La luz no era cálida ni amarilla, sino de un azul mortecino, espectral, como el fuego fatuo de los cementerios.

A través del cristal de su ventana, que daba directamente a las aguas del río, Mateo vio cómo la luz del farol se proyectaba como un faro maldito hacia la orilla opuesta. Allí, en el Paseo de Cristóbal Colón, una joven pareja paseaba ajena al horror que se cernía sobre ellos. La luz azulada acarició la espalda del muchacho. Mateo quiso gritar, quiso romper el cristal con sus propias manos, pero estaba paralizado por una fuerza invisible, fría y antigua. En un parpadeo, ante los ojos horrorizados del artesano, el muchacho se detuvo en seco. Su cuerpo pareció perder consistencia, desdibujándose como una acuarela bajo la lluvia. Su novia se giró, sonriente, pero su sonrisa se congeló en una máscara de terror absoluto cuando las manos de su amante se convirtieron en agua sucia y cayeron al pavimento empedrado con un sonido repugnante: splash.

La chica gritó, un sonido agudo y desgarrador que cortó la noche sevillana, mientras caía de rodillas intentando recoger el agua oscura que segundos antes había sido el amor de su vida. En el taller de Triana, el farol de Mateo brilló con más fuerza, alimentado por el alma recién cosechada. Las llamas danzaron, y en el interior del cristal manchado, Mateo pudo ver, por una fracción de segundo, un rostro pálido, ahogado, con los ojos vacíos y la boca abierta en un lamento mudo. Era el rostro de un hombre del siglo pasado, con ropas raídas de la época de la Restauración.

Mateo cayó de rodillas, sollozando, agarrándose la cabeza. “¡Basta!”, gritó a la habitación vacía, su voz quebrando el silencio sepulcral de su encierro. “¡Ya no más! ¡Por la Virgen de la Esperanza, ya no más!”. Pero el farol seguía ardiendo, impasible, hermoso y terrible, esperando su próxima dosis de vida.

Todo había comenzado tres semanas antes, en una noche en la que el cielo sobre Sevilla se había roto en mil pedazos. Una tormenta de proporciones bíblicas azotaba la ciudad, amenazando con desbordar el Guadalquivir, que rugía como una bestia encadenada golpeando los pilares del Puente de Isabel II. Mateo estaba a punto de cerrar su centenario taller, un negocio familiar que había pasado de padres a hijos durante cinco generaciones. Los faroles de Vargas iluminaban pasos de Semana Santa, patios andaluces y casetas de la Feria de Abril. Eran obras de arte forjadas con sudor y tradición.

Fue entonces cuando la pesada puerta de roble del taller se abrió de golpe. El viento aulló, colándose en la estancia y apagando todas las velas. En el umbral apareció la silueta de un hombre. Era inusualmente alto, encorvado, y vestía un traje oscuro, pasado de moda, empapado hasta la médula. El agua escurría de su sombrero de ala ancha, formando un charco oscuro a sus pies.

—¿Es usted Mateo Vargas? —preguntó el forastero. Su voz sonaba húmeda, rasposa, como si tuviera los pulmones llenos de lodo. No tenía acento andaluz; era una voz antigua, neutra y fría.

—El mismo —respondió Mateo, acercándose con cautela, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia—. Ya estamos cerrando, señor. Si desea un encargo, tendrá que volver mañana.

El hombre ignoró sus palabras. Avanzó un paso dentro del taller, cojeando levemente. Dejó sobre el mostrador de madera de caoba un pesado saco de cuero curtido. El sonido metálico que produjo al chocar contra la madera fue inconfundible.

—Necesito un farol —dijo el extraño, levantando la vista. Mateo sintió que el aliento se le escapaba. Los ojos de aquel hombre eran completamente negros, sin pupilas ni iris, solo dos pozos de oscuridad insondable rodeados de piel pálida, casi translúcida. Olía a río revuelto, a peces muertos y a tierra inundada—. Un farol que guíe a los que se perdieron en la oscuridad. Un farol de luz eterna.

Antes de que Mateo pudiera negarse, el hombre abrió el saco. Cientos de monedas de oro y plata se derramaron sobre el mostrador. Mateo, que era un aficionado a la numismática, las reconoció al instante: pesetas de plata del Rey Alfonso XIII y centenes de oro. Todas ellas fechadas antes de 1912. Era una fortuna incalculable, suficiente para comprar la calle Alfarería entera.

—Los materiales los proporcionaré yo —continuó el hombre espectral, poniendo sobre el mostrador una caja de madera cubierta de percebes secos y musgo—. Hierro forjado de las antiguas cadenas del muelle, y cristales… cristales fundidos con la arena del fondo del Guadalquivir. Debe estar terminado en tres semanas. Cada noche que trabaje en él, deberá encender la mecha para probar su resistencia. Es un trabajo urgente, Vargas. El río no espera a nadie.

El forastero se dio la vuelta y desapareció en la tormenta, dejando a Mateo solo con la fortuna antigua y los extraños materiales. Cegado por la codicia y la curiosidad artesanal, Mateo cometió el peor error de su vida: aceptó el encargo.

Los días siguientes fueron un descenso a la locura. Cuando Mateo abrió la caja que había dejado el forastero, encontró trozos de hierro retorcido y oxidado, pesados como el pecado. El cristal, sin embargo, era lo más extraño. Eran placas opacas, grises, que parecían contener agua en movimiento en su interior. Al tocarlas, sentía un frío que le calaba hasta los huesos.

Comenzó a trabajar. La fragua bramaba, pero el hierro se resistía a ser moldeado, chillando bajo los golpes del martillo como almas en el purgatorio. Mateo sudaba, sangraba y maldecía. Sus manos se llenaron de cortes que no cicatrizaban, de los cuales manaba una sangre que parecía diluirse rápidamente. A medida que el farol tomaba forma, su diseño se volvía intrincado, macabro: los barrotes de hierro parecían brazos esqueléticos alzándose hacia el cielo, y la corona del farol imitaba las crestas de olas embravecidas.

La primera noche que completó la base y la mecha interior, recordando las instrucciones del cliente, Mateo vertió aceite y prendió fuego. Fue la noche en que desapareció Doña Carmen, la anciana que vendía castañas en el Altozano. Mateo había bajado a por tabaco y vio cómo la llama del taller iluminaba la plaza. Doña Carmen se desvaneció en el acto, dejando caer sus castañas al suelo, rodeadas de un charco de agua salobre.

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