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“Arnulfo González: EL CORRIDO Real Del Hombre Que Desafió A La Autoridad Y No Se Rajó”

  El corrido de Arnulfo González lo han cantado más de 100 artistas en todo el mundo. Antonio Aguilar, Vicente Fernández, Los Tigres del Norte, hasta Versiones en inglés. Todos cuentan la misma historia, un duelo de honor entre dos hombres valientes que se mataron pecho a pecho defendiendo sus principios.

 Ambos cayeron con dignidad, ambos murieron como machos. Pero hay un detalle que ninguna de esas 100 versiones te dice. Un detalle que cambia todo lo que creíste saber sobre esa noche del 30 de julio de 1925 en Allende, Coahuila. Porque Arnulfo González no murió en un duelo de honor. Arnulfo murió por un disparo en la espalda cuando ya había ganado la pelea.

Lo mató un hombre que estaba tirado en el suelo agonizando. Este documental está basado en los testimonios de cuatro historiadores locales de Allende, en las actas de defunción originales que se conservan en el archivo municipal y en las 18 estrofas completas que Narciso Zapata escribió apenas 24 horas después del tiroteo.

 estrofas que nunca se cantan completas porque revelan detalles que el corrido prefiere ocultar. Lo que está en juego no es solo la verdad sobre cómo murió un chamaco de 21 años. Es entender que detrás de ese corrido había un México posrevolucionario donde los militares abusaban del pueblo sin consecuencias.

 Y Arnulfo González no fue un héroe por valiente, fue un héroe por atreverse a decirle que no a quien nadie se atrevía a contradecir. El corrido te cuenta que dos hombres se mataron defendiendo su honor, pero lo que nunca te dijeron es que uno de ellos le disparó al otro por la espalda cuando ya estaba de salida. Y ese detalle convierte toda la historia en otra cosa completamente diferente.

 Arnulfo González Muñoz tenía 21 años cuando regresó a Allende desde Nueva Rosita. 21 años cabales, como dice el corrido. Pero lo que el corrido no te cuenta es por qué regresó. Su familia vivía en el rancho El Pitacoche, cerca de Villa Unión. Su padre, don Eliseo González, era un hombre respetado en toda la región de los cinco manantiales.

Trabajaba la tierra, criaban ganado y vivían con lo justo, pero con dignidad. Arnulfo era el hijo menor, el más inquieto, el que no cabía en el rancho. A los 18 se fue a Nueva Rosita a trabajar en las minas de carbón. Laarco necesitaba brazos jóvenes y pagaba mejor que cualquier cosecha. Arnulfo era fuerte, callado, cumplidor.

 En las minas te hacías hombre rápido o te partían. Él se hizo hombre, pero no fue el trabajo lo que lo hizo quedarse en Rosita casi 3 años. Fue una muchacha que conoció en el pueblo, Rosario Arellano, hija de un minero, morena, de ojos negros, con esa forma de reírse que te hace olvidar que traes las manos destrozadas del pico y la pala.

 Arnulfo la conoció un domingo en la plaza. Ella vendía pan dulce que hacía su madre. Él compró tres conchas solo para tener pretexto de hablarle. La tercera vez que fue ella ya lo esperaba con una sonrisa. La cuarta vez le guardó las mejores piezas. La quinta vez caminaron juntos hasta su casa. Y para la sexta, Arnulfo ya sabía que esa muchacha era la razón por la que se había ido del rancho.

 Los domingos se veían en la nevería de don Pedro Salazar, en la calle Real. Rosario pedía un agua de Jamaica, Arnulfo, un refresco. Se sentaban en la misma mesa junto a la ventana. Hablaban poco, pero había algo en la forma en que ella lo miraba que hacía que todo el ruido de la mina, todo el cansancio de la semana, todo el polvo negro que se te metía hasta los pulmones valiera la pena.

Arnulfo pensaba casarse con ella. Le había dicho a su padre en una carta. Don Eliseo le contestó que primero trajera a la muchacha a conocer a la familia, que hiciera las cosas bien, que los González no eran de los que se roban a las novias ni se casan a escondidas. Por eso, Arnulfo regresó a Yende en junio de 1925 para presentarle a Rosario a su familia, para pedirle permiso formal a su padre.

Para empezar a juntar lo necesario para la boda, llegó un viernes en la tarde manejando su camioneta, una Ford del 23 que había comprado con sus ahorros de la mina. Con esa troca hacía viajes entre Rosita y Allende.  Llevaba mercancía, llevaba pasajeros, llevaba lo que fuera. Ida y vuelta el mismo día.

 La gente lo conocía por eso. Ahí va el hijo de don Eliseo en su forte. Ese chamaco sí le echa ganas. Allende en 1925 era un pueblo de menos de 3000 habitantes. Todo el mundo se conocía, todo el mundo sabía de todo el mundo. Y cuando llegó Arnulfo manejando esa camioneta, levantando polvo en la calle Zaragoza, la gente salió a saludarlo. Mira quién volvió.

 El hijo menor de los González, ya está hecho un hombre. Se quedó en la casa familiar. Esa noche cenó con su padre y su hermano mayor, Eliseo. Su hermano era el presidente municipal de Allende desde hacía 4 años. Un hombre serio, respetado, masón, bien conectado, le preguntó a Arnulfo por la muchacha de Rosita.

 Es buena gente, sí, jefe de familia trabajadora. Honesta, ya hablaste con su padre. Todavía no. Primero quería hablar con usted. Don Eliseo asintió. Tráela la próxima vez que vengas. Que la conozcamos. Si es como dices, no habrá problema. Arnulfo se quedó una semana en Ayende, ayudó en el rancho, visitó a unos primos, pasó por la plaza, saludó a conocidos.

 El pueblo lo recibía bien. Los González eran gente estimada. Pero el sábado siguiente, cuando regresó a Rosita a ver a Rosario, se encontró con algo que no esperaba. Llegó a la nevería de don Pedro Salazar, como siempre. Eran las 6 de la tarde. El sol todavía estaba alto. La nevería estaba llena, familias comprando helados para los niños, parejas de novios sentados en las mesas.

Rosario ya estaba ahí sentada en la mesa de siempre, pero no estaba sola. Había un hombre sentado frente a ella, un hombre de uniforme, botas altas, sombrero tejano, pistola al cinto, un rural teniente por las insignias y estaba inclinado sobre la mesa hablándole a Rosario con esa sonrisa que tienen los tipos que creen que todo les pertenece.

 Arnulfo conocía esa sonrisa, la había visto en capataces de mina, en cualquier cabrón con un poco de poder que cree que puede hacer lo que quiera. Rosario tenía la cara seria, no le devolvía la sonrisa, pero tampoco podía pararse e irse porque el tipo era autoridad. Y en 1925, en un pueblo como Rosita, no le decías que no a un teniente de rurales.

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