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La carta de amor olvidada en Barcelona que mi hermano leyó por error antes de la boda de nuestra vida

La carta de amor olvidada en Barcelona que mi hermano leyó por error antes de la boda de nuestra vida

PARTE 1

Mi boda empezó a torcerse a las nueve y diecisiete de la mañana, que es una hora muy concreta para que una vida entera se tambalee. A las nueve y diecisiete yo estaba sentada en una habitación de hotel en el Eixample, con medio kilo de laca en la cabeza, un ojo maquillado y el otro todavía en modo lunes, aunque era sábado. Frente a mí, mi prima Marta sostenía un rizador como si fuera una herramienta quirúrgica.

—No te muevas, Lucía —me dijo—. Como pestañees, te dejo el flequillo como Rosalía en una mudanza.

—Marta, estoy a punto de casarme. Creo que pestañear entra dentro de mis derechos básicos.

—Hoy no tienes derechos. Hoy eres una novia. Son cosas distintas.

Mi madre, que llevaba desde las siete de la mañana diciendo que estaba tranquilísima, entró por cuarta vez en la habitación con una carpeta azul bajo el brazo. La carpeta contenía el horario de la boda, los teléfonos del fotógrafo, el número del autobús para los invitados, un plano del restaurante, tres tiritas, una estampita de la Moreneta y, por algún motivo, una fotocopia del DNI de mi padre.

—¿Alguien ha visto los pendientes de la abuela? —preguntó.

—Los llevas en la mano, mamá.

Mi madre miró su propia mano, donde efectivamente sostenía los pendientes.

—Ya lo sabía. Estaba comprobando si estabais atentas.

Marta me guiñó el ojo bueno, el que todavía no parecía pertenecer a una actriz de telenovela.

—Tu madre hoy está en modo control de tráfico del aeropuerto.

—Mi madre nació en modo control de tráfico del aeropuerto.

La habitación olía a perfume, café, plancha de pelo y nervios. Fuera, Barcelona seguía a lo suyo. Las motos pasaban por la calle como si todas llevaran una emergencia familiar encima. Un repartidor discutía con alguien en la acera. Desde la ventana se veía una esquina de la Sagrada Família al fondo, como si la ciudad hubiera decidido aparecer en la foto sin pedir permiso.

Yo me casaba con Marcos a las doce y media en una antigua casa modernista reconvertida en espacio para eventos, cerca de Gràcia. Marcos era el tipo de persona que dobla las bolsas del supermercado, pide perdón cuando alguien le pisa y llama a su madre todos los domingos aunque no tenga nada nuevo que contar. Llevábamos cinco años juntos, que en Barcelona equivalen a tres mudanzas, cuatro subidas de alquiler, diecisiete discusiones sobre dónde cenar y una promesa seria de no comprar nunca más una estantería de segunda mano sin medir antes el ascensor.

Yo estaba nerviosa, sí, pero eran nervios buenos. De esos que te hacen sonreír como una idiota mirando un vestido colgado de una puerta.

Entonces apareció mi hermano Nico.

Nico no entró. Nico irrumpió. Era su forma habitual de atravesar cualquier puerta, incluso las automáticas. Llevaba el traje puesto, la corbata torcida y una expresión de haber visto algo que no debía. En su mano derecha sostenía un sobre amarillento.

—Lucía —dijo.

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