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ELLA FUE SECUESTRADA POR UN LADRÓN — SIN SABER QUE PERTENECÍA AL REY ALFA

Mara cayó de lado sobre el suelo metálico. Se golpeó la mejilla. Sintió sabor a sangre en la boca. Las ruedas salpicaron agua, el motor rugió, y la ciudad empezó a desaparecer detrás de la lluvia como si nunca hubiera existido.

Ella no lloró.

No todavía.

Porque lo peor no fue el secuestro.

Lo peor fue escuchar al ladrón hacer una llamada minutos después.

—La tengo —dijo él—. Sí, una mujer joven. Pelo oscuro. Ojos grises. Traía un colgante raro, como de lobo… No, no sabía que era importante.

Hubo silencio.

Luego la voz del ladrón cambió.

—¿Qué? ¿El Rey Alfa? No… no, espera. Nadie me dijo que ella le pertenecía a él.

Mara cerró los ojos.

Y por primera vez en doce años, entendió que su vida escondida había terminado.


El hombre que la había secuestrado se llamaba Bruno Salvatierra, aunque en los callejones de Santa Lucía lo conocían como El Zurdo. No porque fuera zurdo de verdad, sino porque una vez había escapado de una pelea con la mano derecha rota y aun así había robado tres coches en la misma noche. La gente convertía cualquier miseria en leyenda cuando necesitaba tener miedo de alguien.

Bruno no era un monstruo de cuento. Eso era lo incómodo.

Tenía veintinueve años, una barba mal recortada, una cicatriz corta sobre la ceja izquierda y ojos cansados de hombre que llevaba demasiado tiempo tomando malas decisiones. Su chaqueta olía a tabaco viejo. Sus manos eran grandes, pero temblaban cuando conducía.

Mara lo observaba desde el suelo de la furgoneta, con las muñecas atadas al frente y la espalda pegada a unas cajas de herramientas. La lluvia golpeaba el techo como piedras pequeñas. Cada curva la lanzaba contra la pared.

—No sabes lo que estás haciendo —dijo ella, intentando que la voz no se le quebrara.

Bruno miró por el retrovisor.

—Eso me lo dicen todos.

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