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“Elige a cualquier mujer”, dijo el consejo… pero su sabueso eligió a la sirvienta

Damián miró a las candidatas. Una rubia de Chicago bajó los ojos fingiendo timidez. Una heredera de Portland sonrió como si ya pudiera oír el tintinear de las llaves de la mansión. La viuda de un senador acomodó su collar de diamantes y dio medio paso al frente.

Entonces, desde el fondo del salón, se oyó un gruñido.

Grave.

Profundo.

Todos giraron.

Bruno, el viejo sabueso de los Blackwood, estaba junto a la puerta lateral. Era enorme, de pelaje marrón oscuro, orejas largas y ojos tristes, un animal que había acompañado a Damián desde el funeral de su padre. Normalmente obedecía con una calma casi humana.

Pero esa noche temblaba.

No de miedo.

De urgencia.

—Sáquenlo de aquí —ordenó Harold—. Esto no es un establo.

El perro no esperó.

Rompió el agarre del mozo que intentaba sujetarlo y avanzó por el salón. Sus patas golpearon el mármol con un sonido seco. La gente se apartó. Una mujer gritó. Una copa cayó al suelo y se hizo añicos.

Bruno no miró a las herederas.

No miró a las damas con vestidos caros.

No miró a ninguna de las mujeres que el consejo había preparado como mercancía elegante.

Cruzó la sala entera y se detuvo ante una joven sirvienta que estaba junto a la pared, con una bandeja de copas vacías entre las manos.

Elena Rivas.

Veintisiete años.

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