Posted in

Un Cantante BORRACHO DESAFIÓ a Nino Bravo| Su Respuesta Dejó Atónitos a 90.000 Fans

noche lo cambió todo. Luis Manuel Ferryopis creció siendo el niño más callado de la clase. Lo dicen todos los que le conocieron de pequeño. Era tímido. De esos niños que hablan poco, que observan mucho, que prefieren quedarse al fondo antes de dar un paso hacia delante. En Valencia, en el barrio donde creció, era el chico que pasaba desapercibido en los grupos, el que tardaba más en hacer amigos, el que necesitaba tiempo para abrirse a la gente.

 No era frío, no era antipático, era simplemente de esos que llevan el mundo dentro y no saben todavía cómo sacarlo. Y sin embargo, había algo en él que no encajaba con esa timidez, porque cuando cantaba, aquella timidez desaparecía completamente. Era como si la voz fuera otra persona, una persona que él llevaba dentro y que solo salía cuando había música.

 Lo descubrió a los 14 años en una excursión con sus amigos Vicente y Paquito. Se levantó antes que ellos. Al amanecer buscó una peña desde donde se veía el valle entero y cantó. Solo con la mañana entera delante, con el frío de la madrugada, todavía pegado a la ropa, cantó una canción italiana que había escuchado en la radio Libero de Domenico Modugno.

 La cantó sin pensar que nadie le escuchaba. La cantó para el cielo, para los árboles, para ese silencio de las mañanas que tiene una calidad diferente al silencio de cualquier otra hora del día. Sus amigos lo encontraron allí y se quedaron parados sin decir nada durante un buen rato, solo escuchando. Cuando terminó, Vicente le dijo, “Con esa voz tienes la obligación de cantar.

”  Luis Manuel bajó la cabeza, se encogió de hombros y no respondió. Así era él, la voz enorme, el hombre detrás de la voz, callado como una piedra. Pero aquella timidez tenía una trampa, una trampa que muy poca gente conocía y que su biógrafo oficial describiría décadas después con estas palabras exactas.

 Era una persona tímida, pero cuando sacaba su genio era muy brabucón. Ahí estaba la contradicción que lo hacía tan especial y tan difícil de entender para quien solo lo conocía de lejos. por fuera, discreto, reservado de pocas palabras, de esos hombres que no necesitan llenar el silencio con ruido. Por dentro, una intensidad que podía llenarlo todo cuando algo le tocaba, donde no debía tocarse.

 Una intensidad que no gritaba, que no amenazaba, que se ponía de pie despacio con calma y hacía exactamente lo que tenía que hacer sin pedirle permiso a nadie.  Y aquella noche alguien iba a tocarle exactamente ahí. Lo que aún no sabes es lo que llevaba cargando en los meses anteriores a esa noche, porque lo que pasó en ese escenario no salió de la nada, venía de muy atrás.

 Para entender lo que pasó en ese escenario, también hay que saber lo que Nino Bravo llevaba cargando en los meses anteriores. Ese año había sido el más grande de su carrera y también en algunos momentos el más injusto, había lanzado el disco Un beso y una flor. Canciones como Cartas Amarillas y Noelia estaban en todas partes.

 Su nombre llenaba recintos en España y en toda Latinoamérica. Era, sin ninguna duda, uno de los artistas más queridos del momento. Las radios lo ponían, las televisiones lo llamaban, los productores firmaban contratos con meses de antelación porque el nombre de Nino Bravo ya era garantía de algo que no se puede fabricar, conexión real con la gente.

 Pero había algo que Nino llevaba dentro desde octubre de ese año que no se quitaba de la mente. El festival internacional de la canción de Río de Janeiro. Había ido a representar a España con mi tierra. lo había cantado de una manera que el público allí presente nunca olvidaría. Ovación tras ovación, la sala entera de pie desde el primer tercio de la canción, los jueces tomando notas, mirando el escenario, inclinándose hacia sus micrófonos para hablar entre ellos todo el equipo español aguantando la respiración entre bambalinas. Y cuando llegaron los

resultados, empate. Nino Bravo había empatado a puntos con el representante de Estados Unidos. El reglamento era claro. En caso de empate, el presidente del jurado daba el voto decisivo, pero el presidente del jurado era estadounidense y ese mismo reglamento decía que no podía votar a favor de su propio país.

 Lo que pasó después fue una de las injusticias más sonadas de la historia de los festivales de aquella época. El presidente del jurado votó igualmente, votó a favor de su compatriota y se inventó una interpretación del reglamento que no aguantaba 2 minutos de análisis. Nino Bravo se quedó sin el primer premio que había ganado delante de todo el mundo.

Juró en ese momento que nunca más volvería a participar en un festival y lo cumplió hasta el día de su muerte. Lo que nadie vio fue lo que pasó cuando salió de aquel auditorio. Cuando ya no había cámaras, ni periodistas, ni gente mirando, Manu, su cuñado y Rod Manager, el hombre que más tiempo había pasado a su lado en todos aquellos años de giras y carreteras, lo recogió en el coche y Nino se subió, cerró la puerta y se quedó mirando por la ventana sin decir una sola palabra durante varios minutos.

La ciudad de río pasaba al otro lado del cristal, las luces, la gente en las aceras, todo ese mundo ajeno que seguía moviéndose como si nada. Luego dijo con una calma que daba más miedo que cualquier grito. La próxima vez que alguien intente quitarme algo que es mío, que se prepare. Manu no respondió, arrancó el coche y ambos supieron que aquello no era una amenaza vacía, que detrás de esas palabras tranquilas había algo sólido y real, la misma solidez que había llevado a aquel chico callado desde una joyería de Valencia hasta los

escenarios más grandes de dos continentes. Nadie supo entonces que esa promesa silenciosa se cumpliría meses después en un escenario diferente de una manera que nadie habría imaginado. Los meses que siguieron a Río fueron frenéticos, como siempre eran los meses en la vida de Nino Bravo. Conciertos en España, gigas por Latinoamérica, el disco Mi tierra con el himno que cambiaría para siempre su dimensión como artista. Libre.

 Una canción sobre volar más allá de las fronteras, sobre no aceptar las cadenas, sobre ser más grande que lo que otros deciden para ti. Una canción que hablaba de un joven que murió saltando el muro de Berlín buscando la libertad, pero que también hablaba a su manera de cualquier persona que alguna vez ha sentido que hay algo dentro de ella que el mundo no le deja sacar.

 Nino Bravo lo sabía y por eso la cantaba como la cantaba, porque él también había sido ese chico al que le costó que lo dejaran cantar,  que tuvo que pelear contra la duda, contra el miedo, contra los que le decían que era demasiado parecido a otros y no suficientemente diferente para triunfar, y que un día simplemente salió a un escenario y decidió que la voz que llevaba dentro iba a salir, le gustara a quien le gustara.

 Y llegó la noche de la que habla esta historia. Era verano, el calor todavía flotaba en el aire, aunque el sol llevaba horas bajo el horizonte. Uno de esos veranos españoles en que la noche es solo la continuación del día con las luces apagadas, el recinto era una plaza al aire libre, enorme, con el cielo negro encima y las primeras estrellas apareciendo por encima de los focos.

Read More