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Ella Iba A Casarse Con El Duque… Pero Lo Vio Con Otra Mujer

La mansión de Blackthorne estaba en silencio. Afuera, el viento golpeaba los robles como si quisiera arrancarlos de raíz. Abajo, en el gran salón, los criados habían dejado ya las mesas preparadas para el banquete: copas de cristal, cubiertos de plata, rosas blancas traídas desde Francia, y un pastel de seis pisos que nadie en la familia Whitmore habría podido pagar ni vendiendo los recuerdos de tres generaciones.

Clara bajó descalza, con una bata de seda sobre el camisón. En la mano apretaba una carta arrugada que había encontrado bajo la puerta de su habitación.

No te cases con él sin mirar primero en la biblioteca.

No había firma.

Al principio pensó que era una broma cruel de alguna prima envidiosa, o quizá de la marquesa viuda, que desde el primer día la había mirado como se mira una mancha en un mantel caro. Pero entonces oyó una voz.

La voz de Adrian Hawthorne, duque de Blackthorne.

Su futuro esposo.

Clara se detuvo al final del pasillo, con el corazón golpeándole tan fuerte que temió que alguien pudiera oírlo. La puerta de la biblioteca estaba entreabierta. Dentro ardía la chimenea. La luz bailaba en el suelo de mármol.

Y entonces lo vio.

Adrian estaba de pie junto al escritorio, sin chaqueta, con la camisa abierta en el cuello. Frente a él había una mujer de cabello oscuro, elegante, hermosa, con una mano apoyada en su pecho. Clara no pudo oír todo al principio, solo fragmentos.

—Mañana será demasiado tarde —dijo la mujer.

—No debiste venir —respondió Adrian, con la voz rota.

La desconocida se acercó más. Adrian no se apartó.

—Dime que no la amas.

Clara sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Había aceptado casarse con Adrian por una mezcla peligrosa de amor, necesidad y esperanza. Su padre había muerto dejando deudas tan grandes que la casa familiar estaba a punto de ser subastada. Su hermano menor, Daniel, necesitaba una operación que costaba más de lo que su madre podía reunir. Y Adrian, el duque serio que rara vez sonreía, había ofrecido salvarlos a todos con una condición que luego se transformó en promesa: matrimonio.

Pero Clara había cometido el error de enamorarse de él.

Y ahora, a pocas horas de caminar hacia el altar, lo veía inclinarse hacia otra mujer.

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