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Con solo 2 gallinas y un rancho viejo, ¡nadie imaginaba lo que haría después!

Con solo 2 gallinas y un rancho viejo, ¡nadie imaginaba lo que haría después!

Mira, comadre, uno piensa que ya lo ha visto todo en esta vida, pero lo que me pasó a mí con 73 años a cuestas y apenas dos gallinas como única compañía, fue algo que ni en mis peores sueños. Recuerdo ese día parada en la puerta de ese rancho viejo, el sol pegándome en la cara y yo sintiendo que la tierra se me abría bajo los pies.

Si alguien me hubiera dicho en ese momento que ese pedazo de suelo olvidado iba a ser mi salvación, me hubiera reído en su cara, se lo juro. Pero ahí estaba yo sin nada, obligada a volver. Y lo que ese rancho guardaba. Ay, Dios mío, eso sí que nadie se lo esperaba, ni yo misma. Suscríbete al canal para no perderte las próximas historias y cuéntame en los comentarios de dónde me estás escuchando.

 Me alegra el día saber que estás aquí. Todo empezó la mañana que mi Aurelio, mi yerno, llegó con papeles y una sonrisa que no me gustó. Apenas tenía yo tr meses de viuda. Y el dolor por mi difunto esposo, que Dios lo tenga en su santa gloria, todavía me calaba hasta los huesos. Mi casa, la que habíamos levantado ladrillo por ladrillo con tanto esfuerzo.

 Esa casa de teja roja y patio florido en San Miguel de Allende ya no era mía. Aurelio, el marido de mi hija Sofía, había gestionado la venta. Dijo que era para solventar deudas que mi esposo había dejado. Mentira. Mi marido era un hombre honesto y trabajador, pero Aurelio, él siempre fue de esos vivales que le ven el signo de pesos a todo.

“Abuela, ¿es por tu bien?”, me dijo con su voz melosa, mientras los cargadores se llevaban hasta la vajilla de la boda. “Ya estás grande para mantener una casa tan grande. Te vamos a mandar a un lugarcito donde estés más cómoda.” Un lugarcito. Era mi casa, mi vida entera. No me dejaba ni la mesa del comedor, la misma donde mis hijos crecieron.

Mi hija Sofía, mi propia sangre, no dijo nada. Bajó la cabeza como siempre, como si las palabras de su marido fueran ley y ella solo un eco. Sentí una punzada de dolor más fuerte que la viudez, una tristeza que me ahogaba al verla tan sumisa. me dejó sola con una maleta desvencijada y una pequeña jaula donde solo cabían mis dos gallinas más viejitas, la rubia y la prieta, mis últimas compañeras.

 Me las habían dado unas vecinas de pura lástima. “El rancho de tus abuelos, Consuelo”, me dijo Aurelio. “ese está abandonado, pero puedes quedarte ahí si quieres. Total, nadie lo quiere. Un montón de tierra seca, sin agua, sin valor. Pero eso sí, no esperes que te mantengamos. Tendrás que ver cómo le haces. El rancho.

 El rancho de mis abuelos maternos en las afueras de Celaya, a 2 horas de San Miguel. Un lugar que yo no pisaba desde que era una muchachita. Cuando mi mamá murió y nos vinimos a la ciudad. Un montón de recuerdos empolvados y tristes. Mi refugio de niña, ahora mi única opción. El sol me quemaba la piel mientras me metían en la vieja camioneta de Aurelio.

No me atrevía a mirarlo a la cara. Sentía que se me reventaba el pecho de coraje y de vergüenza. ¿Qué diría la gente? ¿Cómo era posible que a mis 73 años me encontrara en semejante situación? El camino a Celaya fue largo, polvoriento y silencioso. Las gallinas en su jaula pia de vez en cuando como sieran mi angustia.

Cuando finalmente llegamos al rancho al anochecer, el lugar era tal como lo había descrito Aurelio, solo que peor. Las paredes de adobe carcomidas, el techo de Texas roto, el pozo seco, un árbol de pirul, torcido y viejo, parecía el único guardián de ese desamparo. Las pocas cosas que me dejó Aurelio, la maleta, la jaula con las gallinas, un colchón viejo que ya no servía ni para trapo y una olla.

 Eso era todo mi patrimonio. Me bajé de la camioneta sintiendo cada hueso de mi cuerpo con un nudo en la garganta. La puerta rechinó cuando la abrí. El olor a polvo y a abandono me golpeó. Ahí estaba yo, Consuelo Salinas, una mujer que siempre había tenido un techo, ahora sin nada más que dos gallinas y el recuerdo amargo de lo que había sido.

Pero lo que yo todavía no sabía es que ese rancho que Aurelio despreciaba tanto guardaba un secreto que no era de él y que iba a cambiar mi vida para siempre. El polvo de la tierra se levantó con mis pasos al cruzar el umbral. El aire tenso y viejo olía a madera podrida y a hojas secas. Las vigas del techo, que antes habían sido tan fuertes, ahora se veían vencidas, como los hombros de un anciano que ya no puede más.

 La oscuridad de la casita me envolvió y sentí un escalofrío que no era del frío, sino de la soledad que pesaba en cada rincón. Era como entrar a una tumba de recuerdos. Dejé la maleta y la olla en el suelo, soltando un suspiro que me salió del alma. Lo primero era lo primero. Abrí la jaula de las gallinas. Órale, mis chulas.

 A estirar las patas, les dije. Y la rubia y la prieta con sus patitas amarillas salieron tímidamente picoteando el suelo, como si también ellas reconocieran la miseria de su nuevo hogar. Verlas caminar tan vivitas me dio un poquito de consuelo en medio de tanta desolación. Eran lo único que me quedaba, lo único que aún dependía de mí.

 Salí al patio o a lo que quedaba de él. La maleza había crecido por todas partes, cubriendo lo que una vez fue el jardincito de mi abuela. Un nopal seco se alzaba como un fantasma y las piedras del camino estaban cubiertas de musgo. Sentí una punzada de nostalgia al ver el pozo seco y lleno de escombros, donde de niña solía sacar agua fresca.

¿Cómo era posible que todo se hubiera caído tanto? Me senté en lo que antes fue una banca de piedra, ahora rota, y observé el terreno. Más allá de la casa se extendían las pocas hectáreas que componían el rancho, un terreno que mi Aurelio había llamado Sin Valor. Pero mientras mis ojos recorrían el paisaje, noté algo.

Un pedazo de tierra no muy grande, justo detrás de donde se alzaba el viejo mezquite. Tenía un color diferente. Era una mancha de un verde más intenso, como si la vida ahí se aferrara con más fuerza. A pesar de que el resto de la tierra estaba agrietada y sedienta, ese pequeño sector parecía tener una vitalidad extraña.

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