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NOCHES FRÍAS EN BILBAO: El profundo DOLOR marchitó su ALMA al saber que el hombre que AMABA la descartó por un NUEVO COMIENZO y un NIÑO totalmente OCULTO

NOCHES FRÍAS EN BILBAO: El profundo DOLOR marchitó su ALMA al saber que el hombre que AMABA la descartó por un NUEVO COMIENZO y un NIÑO totalmente OCULTO

PARTE 1: El sirimiri, el txakoli y un alma en las últimas

El sirimiri caía sobre Bilbao con esa persistencia sorda y humillante que solo los del norte entienden. No es lluvia, no. Es una especie de vapor condensado y malicioso que no parece mojarte hasta que te das cuenta de que tienes el abrigo de lana empapado, los huesos helados y el alma pidiendo asilo político en Canarias. Pero mi alma no estaba para viajes. Mi alma, Nerea, estaba literalmente marchita. Seca. Como una uva pasa olvidada en el fondo de un cajón desde la Nochevieja del 2018.

Estábamos en el Bikandi, en pleno Casco Viejo. El local olía a lo de siempre: a humedad, a tortilla de patata recién hecha, a pimentón y a serrín en el suelo. Yo miraba fijamente mi copa de txakoli como si dentro, entre las burbujas, fuera a encontrar el sentido de la vida, o al menos, una explicación lógica a la mayor hostia emocional que me había llevado en mis treinta y cuatro años de existencia.

—¿Tú me ves la cara, Nerea? —le pregunté, arrastrando las palabras. La garganta me ardía, y no era por el vino blanco—. Mírame bien. Dime qué ves. Porque yo esta mañana me he mirado en el espejo del baño y te juro que he visto a un espectro. Parezco la Niña de la Curva, pero con ojeras de mapache y el pelo encrespado por la humedad.

Nerea, que estaba masticando con absoluta devoción un pintxo de bacalao al pil-pil, se tomó su tiempo antes de contestar. Nerea es así. Bilbaína hasta la médula, pragmática, con una paciencia limitada para el drama ajeno, pero con una lealtad que ríete tú de los templarios. Tragó, se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel de esas que no secan y resbalan, y me miró fijamente.

—A ver, Amaia, chica. Buena cara no tienes, las cosas como son. Tienes un colorcito gris marengo que tira a cemento armado. Pero nada que no arregle un buen cocido y dormir doce horas seguidas. Lo que tienes que hacer es dejar de beberte el txakoli como si te estuvieran cronometrando y comer algo. Toma, pide una gilda.

—¡Que no quiero una gilda, joder! —exclamé, alzando la voz un poco más de lo socialmente aceptable. El camarero, un tipo con bigote de morsa llamado Txema, levantó la vista de los vasos que estaba secando, me miró con cara de “otra vez la pesada esta” y siguió a lo suyo—. ¡Que tengo el alma marchita, Nerea! ¿Tú sabes lo que es eso? Es un dolor físico. Siento como si me hubieran metido una batidora por el esternón y le hubieran dado al botón de máxima potencia. Iker me ha dejado.

—Ya. Y es una putada, Amaia. Una putada muy gorda. El tío es un gilipollas. Siempre lo he dicho. ¿Te acuerdas cuando fuimos a Mundaka y se mareó en el barco a los dos minutos? Un flojo. Un parguela. Nunca me fié de un tío que no sabe comer marisco sin mancharse hasta los calcetines.

—¡Que no es que me haya dejado, Nerea! ¡Ojalá fuera solo eso! Ojalá me hubiera dicho “mira, Amaia, se acabó el amor, me voy a buscarme a mí mismo a la India” o “Amaia, me he enamorado de mi monitora de crossfit”. ¡Lo habría aceptado! Habría llorado un mes, habría quemado sus camisetas de Los Suaves y punto. Pero no. ¡Me ha dejado por un “nuevo comienzo”! ¡Esas fueron sus putas palabras! “Amaia, necesito un nuevo comienzo”.

—Bueno, es la típica frase de manual de cobarde, tía. Lo sacan de la Wikipedia del maltratador emocional. “No eres tú, soy yo”, “necesito espacio”, “necesito un nuevo comienzo”… Es todo la misma mierda envuelta en diferente papel de regalo.

—¡Déjame terminar, hostia! —Golpeé la barra de zinc con la palma de la mano, haciendo temblar los palillos de los pintxos—. Un nuevo comienzo… que incluye un niño.

Nerea, que en ese momento se estaba llevando a la boca un segundo pintxo, se quedó congelada. El trozo de pan con pimiento se detuvo a un milímetro de sus labios. Abrió los ojos como platos.

—¿Un qué?

—Un niño, Nerea. Un puto niño. Un ser humano de carne y hueso, de aproximadamente tres años, que respira, camina, y probablemente se cague encima de vez en cuando.

El silencio cayó entre nosotras. Un silencio pesado, denso, solo interrumpido por el bullicio del bar y el ruido de la máquina tragaperras del rincón cantando un bingo. Nerea dejó el pintxo lentamente sobre el plato, como si de repente fuera radiactivo.

—A ver, frena el carro. Frena el puto carro, Amaia. ¿Me estás diciendo que Iker, el mismo Iker que se olvidaba de tu cumpleaños tres años seguidos, el mismo Iker que llamaba a su madre para que le explicara cómo se pone una lavadora de blancos… tiene un hijo?

—Un hijo oculto. Total y absolutamente oculto. Durante tres años, Nerea. Tres años de relación, de fines de semana en casas rurales, de planes de futuro, de “cariño, vamos a mirar hipotecas en Deusto”. Y el cabrón tenía un niño escondido en otra casa. Una doble vida. ¿Te lo puedes creer? Me ha descartado como si fuera un kleenex usado, un puto descarte, para irse a jugar a las casitas con la madre de la criatura.

Me eché a llorar. No un lloro delicado y cinematográfico, no. Un llanto feo, ruidoso, de esos que te llenan la nariz de mocos y te dejan sin respiración. La angustia me oprimía el pecho. Era un dolor profundo, una traición tan retorcida, tan incomprensible, que mi mente no podía procesarla. Me sentía vacía, hueca. Como si me hubieran arrancado la piel a tiras. Nerea me pasó el brazo por los hombros, un gesto inusualmente tierno en ella.

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