NOCHES FRÍAS EN BILBAO: El profundo DOLOR marchitó su ALMA al saber que el hombre que AMABA la descartó por un NUEVO COMIENZO y un NIÑO totalmente OCULTO
PARTE 1: El sirimiri, el txakoli y un alma en las últimas
El sirimiri caía sobre Bilbao con esa persistencia sorda y humillante que solo los del norte entienden. No es lluvia, no. Es una especie de vapor condensado y malicioso que no parece mojarte hasta que te das cuenta de que tienes el abrigo de lana empapado, los huesos helados y el alma pidiendo asilo político en Canarias. Pero mi alma no estaba para viajes. Mi alma, Nerea, estaba literalmente marchita. Seca. Como una uva pasa olvidada en el fondo de un cajón desde la Nochevieja del 2018.
Estábamos en el Bikandi, en pleno Casco Viejo. El local olía a lo de siempre: a humedad, a tortilla de patata recién hecha, a pimentón y a serrín en el suelo. Yo miraba fijamente mi copa de txakoli como si dentro, entre las burbujas, fuera a encontrar el sentido de la vida, o al menos, una explicación lógica a la mayor hostia emocional que me había llevado en mis treinta y cuatro años de existencia.
—¿Tú me ves la cara, Nerea? —le pregunté, arrastrando las palabras. La garganta me ardía, y no era por el vino blanco—. Mírame bien. Dime qué ves. Porque yo esta mañana me he mirado en el espejo del baño y te juro que he visto a un espectro. Parezco la Niña de la Curva, pero con ojeras de mapache y el pelo encrespado por la humedad.
Nerea, que estaba masticando con absoluta devoción un pintxo de bacalao al pil-pil, se tomó su tiempo antes de contestar. Nerea es así. Bilbaína hasta la médula, pragmática, con una paciencia limitada para el drama ajeno, pero con una lealtad que ríete tú de los templarios. Tragó, se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel de esas que no secan y resbalan, y me miró fijamente.
—A ver, Amaia, chica. Buena cara no tienes, las cosas como son. Tienes un colorcito gris marengo que tira a cemento armado. Pero nada que no arregle un buen cocido y dormir doce horas seguidas. Lo que tienes que hacer es dejar de beberte el txakoli como si te estuvieran cronometrando y comer algo. Toma, pide una gilda.
—¡Que no quiero una gilda, joder! —exclamé, alzando la voz un poco más de lo socialmente aceptable. El camarero, un tipo con bigote de morsa llamado Txema, levantó la vista de los vasos que estaba secando, me miró con cara de “otra vez la pesada esta” y siguió a lo suyo—. ¡Que tengo el alma marchita, Nerea! ¿Tú sabes lo que es eso? Es un dolor físico. Siento como si me hubieran metido una batidora por el esternón y le hubieran dado al botón de máxima potencia. Iker me ha dejado.
—Ya. Y es una putada, Amaia. Una putada muy gorda. El tío es un gilipollas. Siempre lo he dicho. ¿Te acuerdas cuando fuimos a Mundaka y se mareó en el barco a los dos minutos? Un flojo. Un parguela. Nunca me fié de un tío que no sabe comer marisco sin mancharse hasta los calcetines.
—¡Que no es que me haya dejado, Nerea! ¡Ojalá fuera solo eso! Ojalá me hubiera dicho “mira, Amaia, se acabó el amor, me voy a buscarme a mí mismo a la India” o “Amaia, me he enamorado de mi monitora de crossfit”. ¡Lo habría aceptado! Habría llorado un mes, habría quemado sus camisetas de Los Suaves y punto. Pero no. ¡Me ha dejado por un “nuevo comienzo”! ¡Esas fueron sus putas palabras! “Amaia, necesito un nuevo comienzo”.
—Bueno, es la típica frase de manual de cobarde, tía. Lo sacan de la Wikipedia del maltratador emocional. “No eres tú, soy yo”, “necesito espacio”, “necesito un nuevo comienzo”… Es todo la misma mierda envuelta en diferente papel de regalo.
—¡Déjame terminar, hostia! —Golpeé la barra de zinc con la palma de la mano, haciendo temblar los palillos de los pintxos—. Un nuevo comienzo… que incluye un niño.
Nerea, que en ese momento se estaba llevando a la boca un segundo pintxo, se quedó congelada. El trozo de pan con pimiento se detuvo a un milímetro de sus labios. Abrió los ojos como platos.
—¿Un qué?
—Un niño, Nerea. Un puto niño. Un ser humano de carne y hueso, de aproximadamente tres años, que respira, camina, y probablemente se cague encima de vez en cuando.
El silencio cayó entre nosotras. Un silencio pesado, denso, solo interrumpido por el bullicio del bar y el ruido de la máquina tragaperras del rincón cantando un bingo. Nerea dejó el pintxo lentamente sobre el plato, como si de repente fuera radiactivo.
—A ver, frena el carro. Frena el puto carro, Amaia. ¿Me estás diciendo que Iker, el mismo Iker que se olvidaba de tu cumpleaños tres años seguidos, el mismo Iker que llamaba a su madre para que le explicara cómo se pone una lavadora de blancos… tiene un hijo?
—Un hijo oculto. Total y absolutamente oculto. Durante tres años, Nerea. Tres años de relación, de fines de semana en casas rurales, de planes de futuro, de “cariño, vamos a mirar hipotecas en Deusto”. Y el cabrón tenía un niño escondido en otra casa. Una doble vida. ¿Te lo puedes creer? Me ha descartado como si fuera un kleenex usado, un puto descarte, para irse a jugar a las casitas con la madre de la criatura.
Me eché a llorar. No un lloro delicado y cinematográfico, no. Un llanto feo, ruidoso, de esos que te llenan la nariz de mocos y te dejan sin respiración. La angustia me oprimía el pecho. Era un dolor profundo, una traición tan retorcida, tan incomprensible, que mi mente no podía procesarla. Me sentía vacía, hueca. Como si me hubieran arrancado la piel a tiras. Nerea me pasó el brazo por los hombros, un gesto inusualmente tierno en ella.
—Me cago en la puta de oros —susurró Nerea, mirando al infinito con los ojos entrecerrados—. Esto es fuerte, eh. Esto es de programa de misterio. Iker, el notas. El que no sabía cuidar de un ficus. Madre mía, Amaia. Madre mía. ¿Y cómo te has enterado? Porque el chaval para las mentiras era un poco corto, las cosas como son.
Me limpié la cara con la manga del jersey, importándome un bledo el rímel corrido. Pedí otra copa de txakoli con un gesto de cabeza a Txema, que me la sirvió con una mezcla de lástima y reproche en la mirada.

—Fue por el coche —empecé a explicar, sintiendo cómo el frío de la calle se colaba por la puerta cada vez que alguien entraba al bar—. El dichoso coche.
PARTE 2: El Ford Fiesta del misterio y las dotes deductivas de una mujer despechada
El martes pasado llovía igual que hoy. Yo había salido tarde de la oficina, en Gran Vía, y tenía los pies destrozados de llevar esos tacones que me hacen parecer una mujer de éxito pero que me destrozan los metatarsos. Iker había quedado en pasar a recogerme. Se suponía que íbamos a cenar a mi casa, a hacer una tortilla y ver una serie nórdica de esas en las que todo el mundo está deprimido y hace frío. Irónicamente, mi vida estaba a punto de convertirse en un capítulo de esa serie.
Me monté en su Ford Fiesta azul, el mismo coche que huele perennemente a ambientador de pino barato y a tabaco rubio. Él estaba raro. Tenía las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. No me dio un beso al entrar, solo murmuró un “hola, qué tal el día” que sonó más a trámite de la Seguridad Social que a saludo de novio.
—Tú sabes que yo no soy celosa, Nerea. Tú me conoces. Yo nunca le he mirado el móvil, nunca le he preguntado adónde va cuando queda con los del equipo de futbito. Confianza ciega. Yo era tonta, tonta del bote.
Nerea asintió gravemente.
—Tonta no, Amaia. Confiada. Que no es lo mismo. Pero sigue, sigue, que estoy que me muerdo las uñas. ¿Qué pasó en el coche?
—Pues que abrí la guantera. Así de simple. Necesitaba un pañuelo de papel porque la humedad me estaba haciendo moquear. Abrí la guantera y, en lugar del típico paquete de kleenex arrugado o los papeles del seguro, ¿qué me encuentro? Un chupete. Un puto chupete azul de silicona, de esos que brillan en la oscuridad. Y un dibujo.
—¿Un dibujo? —Nerea se inclinó hacia delante en la barra, ignorando por completo su adorado pil-pil.
—Un dibujo hecho con ceras de colores en un folio arrugado. Un monigote con los brazos en cruz, una cabeza gigante y tres pelos. Y debajo, escrito con letras grandes y torpes, rojas: “TE KIERO PAPA”.
La expresión de Nerea fue un poema. Pasó de la sorpresa a la indignación en un milisegundo. Su ceño se frunció tanto que parecía que le iba a salir otra ceja en el medio.
—¡Hostia puta! —exclamó, dando un manotazo en la barra—. ¡Papá! ¿Y qué le dijiste? ¿Se lo tiraste a la cara? ¿Le estrangulaste con el cinturón de seguridad? ¡Yo le hablo al coche de al lado en el semáforo y le digo que llame a la Ertzaintza!
—Me quedé en shock, Nerea. Literalmente paralizada. Sostenía el folio y el chupete en la mano y mi cerebro no conectaba las señales. “Iker”, le dije, con una voz que sonaba como si me hubieran apretado el cuello. “¿Qué es esto?”. Él frenó de golpe en un semáforo en rojo cerca del puente del Arenal. Se giró hacia mí, miró lo que tenía en la mano y, te lo juro por mi vida, se puso blanco como el papel. Se quedó sin sangre. Parecía un vampiro con anemia.
—¿Y qué te dijo el desgraciado? ¿Que era del hijo de un colega? ¿Que era de su sobrino?
—Ojalá, tía. Ojalá hubiera tenido la decencia de inventarse una mentira de mierda para ganar tiempo. Pero no. El tío tragó saliva, apagó el motor del coche en medio del semáforo —los de atrás empezaron a pitar, claro, estamos en Bilbao, la gente no tiene paciencia— y me soltó el discurso. El maldito discurso del “nuevo comienzo”.
Di un sorbo largo al txakoli. Las palabras de Iker me daban vueltas en la cabeza como un tiovivo macabro. Cada sílaba era una estaca en mi orgullo y en mi corazón.
—Me dijo que lo sentía. Que no sabía cómo decírmelo. Que hacía tres años, justo antes de empezar en serio conmigo, tuvo un “desliz” con su ex, Miren. Que Miren se quedó embarazada y decidió tenerlo sola. Que él al principio pasó de todo, pero que últimamente el niño le llamaba “papá” y sentía “la llamada de la sangre”. ¿La llamada de la sangre, Nerea? ¡Si el tío se marea cuando le sacan sangre en los análisis de la mutua del trabajo!
Nerea resopló, indignada, y pidió otra ronda a Txema con un chasquido de dedos que hizo que el camarero murmurara algo ininteligible por lo bajo.
—Pero vamos a ver, Amaia. Analicemos la jugada. Un desliz con la ex. Un niño de casi tres años. Y tú llevas con él tres años. Eso significa que ha estado llevando una doble vida desde el minuto uno. Que todos esos findes que te decía que se iba a Vitoria a ver a sus padres porque estaban pachuchos…
—Estaba yendo a ver a Miren y a cambiar pañales. Sí. Exacto. He estado saliendo con una ficción. El hombre que yo amaba, Nerea, no existe. Era un holograma. Un holograma que dejaba calcetines sucios en mi baño y se comía mis yogures de la nevera, pero un holograma al fin y al cabo.
La humillación quemaba más que la tristeza. No era solo el hecho de perderle a él; era la certeza de que toda mi vida durante los últimos tres años había sido un decorado de cartón piedra. El profundo dolor que sentía no era un simple desamor, era una demolición total de mi realidad. Mi alma se marchitó allí mismo, en el asiento del copiloto de ese maldito Ford Fiesta, mientras la lluvia golpeaba el parabrisas y el tipo de atrás tocaba el claxon como un desquiciado.
—Entonces me miró —continué, con la voz temblorosa al recordar la escena—, me miró con esos ojos de cordero degollado que tiene, y me dijo: “Amaia, no puedo seguir dividiendo mi vida. El niño me necesita. Miren y yo hemos hablado y… vamos a intentarlo. Por él. Necesito un nuevo comienzo, Amaia. Lo siento, de verdad que lo siento, eres una tía increíble y no te mereces esto”.
—¡Ah, no me jodas! —Nerea se levantó del taburete, tan cabreada que casi tira la copa—. ¡Encima te suelta el discursito de “eres increíble”! ¡Qué asco me da, te lo juro! Si lo tengo delante ahora mismo, le corto los huevos y los frío al ajillo. Es que es para matarlo. “Un nuevo comienzo”. Como si fuera a abrir una franquicia de panaderías, el muy gilipollas. ¿Y tú qué hiciste?
—Abrí la puerta del coche. En pleno puente del Arenal, con el sirimiri cayendo a cántaros. Le tiré el puto chupete a la cara, le tiré el dibujo al regazo, y le dije: “Vete a la mierda, Iker. A la mierda tú, tu nuevo comienzo, tu Ford Fiesta y tus mentiras”. Cerré de un portazo que casi le rompo la luna, y me fui andando bajo la lluvia.
PARTE 3: El luto, el frío y el arte de sobrevivir a un naufragio en la Ría
El trayecto desde el puente del Arenal hasta mi piso en Deusto lo hice caminando. Fueron unos cuarenta minutos bajo la lluvia incesante de Bilbao. Podría haber cogido el metro, podría haber parado un taxi, pero no. Necesitaba que el frío físico ahogara un poco el frío insoportable que sentía en el pecho. Las luces amarillentas de las farolas se reflejaban en los charcos del asfalto, y yo sentía que cada paso era más pesado que el anterior.
—Caminé como un puto zombi, Nerea. La gente me miraba por la calle. Llevaba el maquillaje corriéndome por las mejillas como si fuera la cantante de un grupo gótico de los ochenta. Pero me daba igual. Mi cerebro solo repetía: “un niño, tres años, Miren, un nuevo comienzo”.
—Claro, el shock. Es normal. Es como cuando te das un golpe en la espinilla con la mesita de noche, al principio no duele, te quedas así como alelada, y a los cinco segundos te quieres morir.
—Exacto. Llegué a casa, me quité el abrigo empapado y lo tiré al suelo del pasillo. Allí sigue, por cierto, creando un ecosistema propio de humedad. Me senté en el sofá, a oscuras, y ahí es cuando me vino todo de golpe. La devastación absoluta. El dolor, Nerea. Un dolor tan agudo, tan hijo de puta, que me tuve que encoger en posición fetal porque pensaba que los órganos se me caían al suelo.
Nerea escuchaba atenta, ahora sí, sin bromas. Sabía que detrás de mi tono sarcástico había una herida sangrando a borbotones.
—Es esa sensación de sentirte totalmente descartada —le expliqué, bajando el tono de voz, sintiendo un nudo en la garganta—. Como si fueras un abrigo viejo que guardas en el armario hasta que decides tirarlo al contenedor de la ropa usada porque te has comprado uno nuevo y mejor. Yo era el puto abrigo viejo, Nerea. Y él se había comprado una familia de catálogo del Ikea.
—No eres un abrigo viejo, Amaia. Eres una mujer de puta madre, inteligente, guapa y que le daba mil vueltas a ese patán. El problema es que los cerdos no saben distinguir las margaritas del pienso. Él ha elegido volver a su charca. Es así de crudo.
—Pero duele. Duele saber que te han robado tres años de vida. Tres años donde yo aposté todo, donde yo estaba construyendo unos cimientos, y resulta que la casa estaba vacía y el arquitecto estaba construyendo un chalé en el pueblo de al lado. Me siento humillada, traicionada… marchita. Es la única palabra que lo define. Siento como si algo dentro de mí, en el puto centro de mi pecho, se hubiera apagado. Un apagón general.
El bar empezaba a llenarse. La cuadrilla de hombres mayores de la esquina cantaba por lo bajo canciones de taberna, ajenos a mi tragedia griega. Fuera, la noche fría de Bilbao seguía su curso. Bilbao no perdona. Es una ciudad hermosa, pero dura. Si estás triste, sus cielos grises y su ría oscura te lo recuerdan en cada esquina.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó Nerea, pasándome el brazo por encima de la barra y dándome un apretón en la mano.
—Sobrevivir, supongo. Bloquearle en WhatsApp, en Instagram, en Facebook, en LinkedIn y si hace falta me doy de baja en el padrón municipal para no cruzármelo. Mañana vendrá su hermano a por las cajas con sus cosas. Sus estúpidas figuras de Star Wars, su maldita consola y sus calzoncillos desgastados. Se lo he metido todo en bolsas de basura industriales.
Nerea soltó una carcajada ronca.
—¡Di que sí! Bolsas de basura, que es donde pertenece. Yo si quieres voy a tu casa y me pongo en la puerta con un bate de béisbol por si al hermano se le ocurre decir ni pío.
Sonreí. Una sonrisa diminuta, frágil, pero real.
—No hará falta. Su hermano es majo, el pobre no tiene culpa de tener la genética estropeada por culpa de Iker. Pero Nerea… ¿cómo se vuelve a empezar después de esto? ¿Cómo vuelves a fiarte de alguien? Si mañana conozco a un tío y me dice “tengo que ir al baño”, voy a pensar que va a parir a un hijo secreto en el váter del bar.
—Pues chica, con tiempo. Y con mucho vino. Y asumiendo que gilipollas hay en todas partes, pero que tú tienes un radar que ahora mismo está calibrado al milímetro. La próxima vez que veas a un tío que no sabe hacer un huevo frito o que le huele el coche a ambientador de pino, huyes en dirección contraria.
Levanté mi copa de txakoli, que ya iba por la mitad. Nerea levantó la suya de tinto crianza.
—Brindo por eso —dije—. Brindo por nosotras. Y brindo porque el karma existe, y estoy segura de que ese “nuevo comienzo” que tanto ansiaba el señorito Iker se va a traducir en noches sin dormir, pañales con caca hasta la nuca, y Miren pidiéndole la pensión de manutención retroactiva.
—¡Amén, hermana! —brindó Nerea, haciendo chocar los cristales con fuerza.
PARTE 4: La noche gélida y el principio del fin del drama
Salimos del Bikandi un par de horas más tarde. El sirimiri había cesado por fin, pero había dejado paso a un viento helado, cortante, de esos que bajan por el monte Artxanda y te cortan la respiración. Nos apretamos los abrigos y empezamos a caminar por las calles adoquinadas de las Siete Calles.
El dolor seguía ahí. No voy a mentir. Mi alma seguía marchita, apaleada, machacada como la carne de las hamburguesas malas. El frío de la noche bilbaína se filtraba por las costuras de la ropa, pero ya no sentía esa desesperación asfixiante de las primeras veinticuatro horas. La rabia había empezado a sustituir a la tristeza, y, sinceramente, la rabia calienta más que la pena.
—¿Te pido un Uber o vamos andando hasta Abando y coges el metro? —me preguntó Nerea mientras esquivábamos un charco gigantesco frente a la catedral de Santiago.
—Voy a ir andando un rato. Necesito que me dé el aire en la cara. Necesito respirar aire limpio, que el del bar estaba cargadito de fritanga.
Nerea se paró bajo una farola, me miró de arriba abajo y suspiró.
—Mírate. Estás hecha una mierda, pero sigues en pie. Mañana te vienes a comer a mi casa. Haré marmitako. Nada de quedarse en casa llorando abrazada al cojín del sofá oliendo su colonia. El cojín lo lavas a noventa grados y punto.
—Vale, Nerea. Mañana marmitako. Gracias.
Nos despedimos con dos besos sonoros y un abrazo fuerte. Vi cómo Nerea se alejaba por la calle Bidebarrieta, pisando fuerte, como si la ciudad fuera suya. Yo me quedé sola en la oscuridad de la noche.
Caminé hacia la Ría. El agua oscura y espesa bajaba lentamente hacia el mar, reflejando las luces rojas y blancas del puente de la Merced. Bilbao, de noche, tiene un encanto melancólico que te arropa y te asfixia a partes iguales. Me apoyé en la barandilla de piedra, notando el frío del granito en las palmas de las manos.
Pensé en Iker. Pensé en Miren, en ese niño oculto, en el chupete azul y en el dibujo cutre de ceras de colores. “Te kiero papa”. Qué ironía tan patética. Me había descartado, sí. Me había tirado a la basura emocional para construir su “nuevo comienzo”. Me había destrozado el alma.
Pero mientras miraba la ría de Bilbao, respirando el aire frío y salado, me di cuenta de una cosa. El alma puede marchitarse, como una planta a la que le falta agua. Pero las plantas marchitas, si les cortas las hojas muertas y las pones al sol, a veces vuelven a brotar.
“Un nuevo comienzo”, murmuré para mí misma, y por primera vez en tres días, solté una risa seca y amarga que se perdió en el viento helado. El gilipollas de Iker no era el único que iba a tener un nuevo comienzo. El mío empezaba esa misma noche, en las calles frías de Bilbao, sin niños ocultos, sin mentiras de cartón piedra, y sobre todo, sin él.
Me di la vuelta, me subí el cuello del abrigo, y empecé a caminar hacia Deusto. Aún quedaba invierno por delante, y mucho frío por pasar, pero al menos, por primera vez, el camino era solo mío.

PARTE 5: La resaca, el hermano mensajero y el altar de la vergüenza
Me desperté al día siguiente con la certeza absoluta de que me habían taladrado el cerebro durante la noche. La luz pálida y grisácea que se filtraba por las persianas de mi piso en Deusto me ofendía profundamente. El txakoli es un vino traicionero; entra como agua, fresco, afrutado, alegre, y al día siguiente te cobra la factura con intereses de usura. Tenía la boca pastosa, un tamborilero vasco ensayando la marcha de San Sebastián dentro de mi cráneo y el corazón latiendo a un ritmo irregular, como si también tuviera resaca.
Me arrastré fuera de la cama. Literalmente. Puse un pie en el suelo de madera helado y sentí que la gravedad conspiraba contra mí. Al pasar por delante del espejo del pasillo, evité mirarme. Sabía lo que había: un cuadro de Goya en su etapa negra. Fui directa a la cocina, puse la cafetera italiana al fuego y me apoyé en la encimera, esperando a que el gorgoteo del café me devolviera un porcentaje mínimo de humanidad.
Fue entonces cuando sonó el telefonillo. El zumbido estridente taladró mis tímpanos y me hizo dar un salto que casi me cuesta un tirón en el gemelo. Miré el reloj del microondas: las once y media de la mañana de un sábado. Solo podía ser él. O, mejor dicho, el emisario.
Apreté el botón del interfono con desgana.
—¿Sí? —grazné. Mi voz sonaba como si hubiera estado fumando Ducados negros durante cuatro décadas.
—Amaia… soy Gorka. Eh… vengo a por las cosas de Iker. Si te viene mal, me doy una vuelta y vuelvo luego, ¿eh? Sin problema.
Pobre Gorka. Siempre me había caído bien. Era el hermano mayor de Iker, pero parecía de otra especie. Mientras que Iker era todo fachada, gomina, chulería de baratillo y camisas remangadas hasta el codo en pleno diciembre, Gorka era un tipo tranquilo, ingeniero informático, de los que llevan gafas de pasta porque de verdad no ven un pimiento y se ponen rojos si les ofreces el último trozo de bizcocho.
—Sube, Gorka. Un tercero izquierda. Ya sabes el camino.
Le abrí la puerta un minuto después. Estaba ahí plantado, en el descansillo, con un chubasquero amarillo que le hacía parecer un pescador de bajura perdido en la civilización, frotándose las manos y mirando al suelo.
—Pasa —le dije, haciéndome a un lado. No me molesté en disculparme por mis pintas: un pantalón de chándal gris con pelotillas, una camiseta gigante de publicidad de una ferretería de Barakaldo y un moño que desafiaba las leyes de la física.
—Joder, Amaia. Vaya marrón. Yo… de verdad que lo siento muchísimo —empezó a balbucear, quitándose el chubasquero y colgándolo en el perchero con una timidez casi dolorosa—. En casa estamos que no nos lo creemos. Mi ama lleva dos días a base de tila, y mi aita le ha dicho a Iker que si aparece por casa el domingo le tira la paellera a la cabeza.
Caminamos hacia el salón. Allí, en medio de la alfombra, flanqueadas por el sofá y la mesa de centro, estaban las tres bolsas de basura tamaño industrial. Bolsas negras, gruesas, de esas en las que metes los escombros de una obra pequeña. Parecía la escena de un crimen donde el muerto era mi dignidad.
—Ahí lo tienes todo —señalé con un gesto lánguido—. He metido toda su ropa, sus colonias esas que huelen a discoteca poligonera, el maldito Funko Pop de Darth Vader que no me dejaba quitar de la estantería, y hasta un cepillo de dientes eléctrico que se compró hace dos semanas para “empezar a cuidarse”. Fíjate qué cuidado, un nuevo comienzo dental para su nueva vida.
Gorka miró las bolsas y suspiró. Se sentó en el borde del sofá, frotándose las rodillas.
—Amaia, tienes que saber que nosotros no teníamos ni pajolera idea. Te lo juro por mi vida. Si yo llego a saber que este imbécil tenía un crío escondido y que seguía liado de alguna manera con Miren… vamos, le cojo del cuello y le obligo a contártelo el primer mes. Es que es de locos. ¿Tres años? Hay que ser psicópata o muy cortito para mantener una mentira así tanto tiempo. Y conociendo a mi hermano, me inclino por lo segundo.
Fui a la cocina, serví dos tazas de café y volví. Le tendí una. Él la cogió con ambas manos, agradeciendo el calor.
—Gracias, Gorka. Ya sé que vosotros no tenéis la culpa. Es solo que… todavía estoy intentando procesar que he estado viviendo con un actor de método. ¿Cómo lo hacía? Cuando me decía que se iba a ayudar a tu padre a pintar el caserío, ¿dónde estaba?
—Estaba en el parque de Doña Casilda empujando un carrito, supongo —dijo Gorka, con una franqueza brutal que, extrañamente, agradecí. No quería paños calientes—. Mira, Iker siempre ha sido un inmaduro. Lo de Miren fue un accidente, él se acojonó vivo, ella le dijo que no quería saber nada de un tío que no sabe ni hacerse la cama, y él… pues hizo lo que hace siempre: esconder la cabeza bajo el ala como los avestruces. Empezó contigo, vio que tú eras una tía normal, independiente, que le resolvías la vida, y se apalancó. Y luego el crío creció, empezó a hablar, a Miren le debió entrar el agobio económico o lo que fuera, y le dio un ultimátum.
—Un ultimátum —repetí, saboreando el café amargo—. Y el señorito decidió que era el momento del “nuevo comienzo”. Qué poético es tu hermano cuando le acorralan. Oye, Gorka, ¿el niño al menos se le parece? Dime que ha sacado su alergia a los ácaros o su incapacidad para aparcar en línea.
Gorka soltó una carcajada triste.
—Es clavadito a él de pequeño. Una cabeza enorme y la misma cara de no enterarse de por dónde le da el aire. En fin, Amaia. Voy a llevarme esta mierda —señaló las bolsas—. Si necesitas algo, y lo digo en serio, si algún día quieres que vayamos a pincharle las ruedas del coche o a tirarle huevos a la ventana, me llamas. Tengo el coche aparcado en doble fila.
Se levantó, cogió dos de las pesadas bolsas negras con un esfuerzo considerable —Iker tenía una colección de sudaderas con capucha sorprendentemente densa— y se dirigió a la puerta. Volvió a por la tercera. Antes de salir, me miró fijamente.
—Eres mucha mujer para ese pelele, Amaia. A la larga, y sé que ahora te suena a mierda de taza de Mr. Wonderful, esto es lo mejor que te ha podido pasar. Te has librado de un lastre de ochenta kilos.
Cuando la puerta se cerró tras él, el piso quedó en un silencio sepulcral. El hueco donde antes estaban las bolsas parecía ahora inmenso. El altar de la vergüenza había sido desmantelado. Me terminé el café de un trago, sintiendo cómo me quemaba un poco la garganta. Gorka tenía razón en una cosa: era un lastre. Pero joder, cómo pesaba el lastre ahora que ya no estaba.
Me fui a la ducha, puse el agua tan caliente que el baño se convirtió en una sauna turca, y dejé que el vapor me arrancara la resaca y los restos de lástima a partes iguales. Tenía una cita con un marmitako, y a Nerea no se la podía hacer esperar.
PARTE 6: El marmitako curativo y las teorías de conspiración de Andoni
A las dos y media de la tarde estaba llamando a la puerta del piso de Nerea, en el barrio de San Inazio. Nerea vivía con Andoni, su pareja desde hacía diez años. Andoni era un espécimen fascinante. Era profesor de Historia en un instituto, pesaba unos cien kilos de puro músculo vasco forjado a base de levantamiento de piedra en su juventud, y tenía la afabilidad de un oso pardo recién despertado de la hibernación. Era un hombre de pocas palabras, pero cuando hablaba, sentaba cátedra.
Me abrió la puerta él. Llevaba un delantal de rayas azules que le quedaba ridículamente pequeño sobre una camiseta de AC/DC. Olía a ajo sofrito, a pimiento choricero y a gloria bendita.
—Aupa, Amaia —gruñó a modo de saludo, dándome un abrazo de oso que hizo crujir mis vértebras—. Pasa. Nerea está terminando de montar el pollo con la mesa. Tiene una guerra personal con el mantel de los domingos. Vete a la cocina.
Atravesé el pasillo, esquivando las macetas gigantes que Nerea tenía distribuidas estratégicamente para tropezar de noche, y entré en la cocina. Allí estaba mi amiga, maldiciendo en euskera mientras intentaba quitarle una mancha invisible a un mantel blanco.
—¡Hombre, la resucitada! —exclamó al verme, soltando el trapo—. Mírate, te has peinado y todo. Has pasado de espectro a persona normal con problemas de sueño. Es un avance. ¿Qué tal el encuentro con el mensajero?
Me senté en un taburete de la isla central de la cocina mientras Andoni removía ceremoniosamente una olla de proporciones industriales de la que emanaba un vapor hipnótico.
—Gorka es un santo —suspiré—. Se ha llevado las bolsas de basura casi pidiéndome perdón de rodillas. Me ha dicho que los padres están a punto de desheredar a Iker. Al menos me queda el consuelo de que la cena de Nochebuena en esa casa va a ser más tensa que un ascensor averiado.
Andoni dejó el cucharón de palo reposar sobre un plato, se giró hacia mí, cruzó los brazos masivos sobre el pecho y frunció el ceño.
—Ese chaval es un indeseable, Amaia —sentenció Andoni con su voz profunda, de barítono—. Ya te lo dije yo en las fiestas de Bilbao hace dos años. ¿Te acuerdas, Nerea? Cuando fuimos a las txosnas y el tipo se quejó de que el katxi de kalimotxo pesaba mucho. Un hombre que se queja del peso de su propia bebida no es de fiar. Es un síntoma claro de debilidad moral e intelectual.
Nerea soltó una carcajada y sacó tres platos hondos del armario.
—Andoni tiene sus propias teorías sociológicas basadas en el comportamiento en las txosnas. Pero, oye, el tiempo le ha dado la razón. A ver, sentaos, que esto ya está.
Nos trasladamos al pequeño comedor. Andoni trajo la olla como si portara el Santo Grial. El marmitako es, para quien no lo sepa, mucho más que un guiso de bonito con patatas. Es alquimia pura. Es el consuelo del mar del Cantábrico metido en un cuenco de barro. La patata estaba perfecta, deshecha en los bordes para espesar el caldo rojo y brillante, y el bonito se deshacía con solo mirarlo.
Comimos en un silencio religioso durante los primeros diez minutos. Solo se oía el choque de las cucharas y el ruido de Andoni partiendo rebanadas de pan de pueblo con las manos. Cuando el estómago empezó a mandar señales de paz al cerebro, la conversación se reanudó.
—La cuestión aquí —empezó Nerea, apuntándome con la cuchara—, es qué vas a hacer ahora con tu tiempo libre. Porque reconócelo, Amaia, cuidar de Iker era casi un trabajo a media jornada. Que si prepárale los tápers para la oficina, que si recuérdale que tiene que pagar el recibo de la luz, que si acompáñale a comprarse pantalones porque él solo se agobia en las tiendas de Zara. Te ha devuelto un veinte por ciento de tu vida útil.
—Pues de momento, aburrirme, supongo —dije, untando un trozo de pan en la salsa roja—. Y replantearme todo mi sistema de detección de gilipollas. Porque, Nerea, no es solo que me haya engañado, es cómo lo hizo. Esa maldita naturalidad. Esos fines de semana en la cama viendo Netflix tan tranquilos mientras su hijo daba sus primeros pasos a quince kilómetros de distancia. Me da escalofríos.

Andoni se limpió la boca con la servilleta y apoyó los codos en la mesa, mirándome con una intensidad inusual.
—El ser humano es un bicho cobarde por naturaleza, Amaia —filosofó Andoni—. La mayoría de la gente prefiere vivir en una mentira cómoda que enfrentarse a una verdad que les obligue a dar explicaciones o a mancharse las manos. Tu exnovio no es un genio del mal. No es Moriarty. Es simplemente un vago emocional. Encontró la manera de tener a la “madre de su hijo” tranquila por un lado, y a la “novia estupenda que le solucionaba la papeleta” por otro. Hasta que el castillo de naipes se le cayó encima. No te tortures pensando en cómo pudo hacerlo. Pudo hacerlo porque le resultaba más fácil que ser un hombre íntegro. Fin de la historia.
Nerea miró a Andoni con admiración.
—Joder, cariño. Hoy estás sembrao. Te ha salido un discurso de final de película de Clint Eastwood.
—Es la pura verdad —rezongó él, volviendo a su plato para rebañar lo último que quedaba—. Así que, Amaia, te propongo una cosa. Mañana domingo te vienes con nosotros a hacer una ruta por Urkiola. Monte puro, barro, ovejas, sudor y bocadillo de tortilla en la cumbre. El aire de la montaña te quita la tontería de la ciudad y las malas energías de los exnovios parásitos.
—Me apunto —acepté sin dudarlo—. Aunque me tendréis que esperar en las cuestas, que mi estado de forma actual se basa en levantar copas de vino y llevarme disgustos.
La tarde transcurrió lenta y reconfortante, entre cafés, chupitos de orujo de hierbas —por cortesía de Andoni, que afirmaba que era fundamental para hacer la digestión del pimiento choricero— y anécdotas de fracasos sentimentales ajenos para quitarle hierro al asunto. Nerea me contó la historia de una prima suya de Barakaldo que descubrió que su marido tenía otra familia en Castro Urdiales porque el loro de la casa empezó a repetir el nombre de la amante. Comparado con eso, lo del chupete en la guantera casi parecía sutil.
Cuando salí de su casa ya había anochecido. Bilbao volvía a estar iluminada y el aire era fresco pero seco. Mientras caminaba hacia la boca del metro de San Inazio, sentí que la opresión en el pecho, ese nudo apretado de humillación y dolor puro, había cedido un poco. No estaba curada, ni mucho menos. Mi alma todavía tenía un color tirando a beige triste. Pero estaba viva. Y sabía que, mientras tuviera marmitako, amigas como Nerea y filósofos de txosna como Andoni, sobreviviría al maldito huracán Iker.
PARTE 7: El efecto Mercadona y la prueba de fuego en la sección de congelados
Pasaron tres semanas. Veintiún días exactos desde el incidente del Ford Fiesta. La vida, con esa manía que tiene de continuar importándole un pito tus tragedias personales, siguió su curso. El trabajo en la oficina se acumulaba, el sirimiri iba y venía, y yo empecé a crear nuevas rutinas. Rutinas de soltera treintañera traumatizada, pero rutinas al fin y al cabo.
Me había aficionado a salir a correr por la ribera de la ría al salir de trabajar. No es que de repente me hubiera convertido en una atleta de élite, pero correr me agotaba físicamente lo suficiente como para caer frita por la noche y no pensar en el dichoso “nuevo comienzo”. Además, el sudor es un buen camuflaje si te entra la llorera de repente mirando hacia el puente Zubizuri.
Había evitado cualquier zona cero. No me acercaba al barrio de Iker, no iba a los bares a los que solíamos ir, e incluso había cambiado de supermercado. Dejé el BM de al lado de mi casa, donde habíamos pasado tardes enteras discutiendo sobre si comprar papel higiénico de doble o triple capa, y empecé a ir al gran Mercadona de las afueras, el que está yendo hacia Megapark. Pensaba que allí, entre los lineales kilométricos y la luz fluorescente de hospital, estaría a salvo. Ingenua de mí. Bilbao es un pañuelo, y Bizkaia es una servilleta de bar.
Era jueves. Había salido del trabajo, no había ido a correr porque llovía a cántaros, y fui directa a hacer la compra. Llevaba los cascos puestos, escuchando un podcast sobre true crime escandinavo —estaba en una fase muy oscura— y empujaba el carro con la mirada fija en la lista de la compra de mi móvil. Estaba en la sección de congelados, un lugar sin alma, perfecto para mi estado de ánimo, debatiendo internamente si comprar las croquetas de cocido o las de jamón, cuando ocurrió.
El destino, que es un guionista cabrón con un sentido del humor retorcido, decidió que ese era el momento perfecto para el encuentro.
Giró la esquina del pasillo con un carro de la compra. Llevaba una chaqueta acolchada azul marino, la misma que le regalé en Reyes. A su lado, una chica morena, bajita, con el pelo recogido en una coleta tirante y gesto de estar perdiendo la paciencia. Miren. Y sentado dentro del carro, entre paquetes de pañales y yogures de sabores, el origen de todos mis males: un niño rubio de unos tres años, que estaba intentando arrancar desesperadamente el envoltorio de un paquete de gusanitos naranjas.
Fue como chocar contra un muro invisible. Los pies se me clavaron en el suelo de linóleo. El corazón me dio un vuelco tan violento que pensé que iba a escupirlo por la boca, directamente encima de los guisantes congelados.
Iker levantó la vista de una bolsa de lomos de merluza. Nuestros ojos se cruzaron. Vi el pánico puro e irracional estallar en sus pupilas. Se quedó petrificado, con la bolsa de merluza en la mano, como un ciervo deslumbrado por los faros de un camión en la autopista.
Miren notó su repentina rigidez. Siguió su mirada y me vio. No nos conocíamos personalmente, pero Bilbao es pequeño y, obviamente, ella sabía quién era yo. Sus ojos me escanearon de arriba abajo en un milisegundo. Vi sorpresa, cierta incomodidad, pero también una especie de victoria territorial absurda. Se acercó un poco más a Iker, marcando el terreno, y apoyó la mano en el borde del carro.
El silencio fue ensordecedor. Solo se oía el zumbido de los frigoríficos y el niño rubio chillando de repente: “¡Paaapa, abe eto! ¡Abe!”.
Iker parpadeó, soltó la merluza como si quemara, y dio un paso instintivo hacia atrás, chocando contra los congeladores de helados.
—Amaia… —murmuró. Su voz apenas fue un hilo imperceptible bajo el ruido ambiental del supermercado. Estaba pálido. La chulería se le había evaporado, dejando paso a la cobardía desnuda que Andoni había descrito tan bien.
El tiempo pareció detenerse. Sentí esa punzada antigua, ese escozor en el alma. Mi primer instinto fue dar media vuelta, dejar mi carro abandonado con las croquetas a medio elegir y huir por la sección de frutería como un cobarde. Podía irme. Podía desaparecer y llorar en el coche hasta deshidratarme.
Pero entonces miré la escena en su conjunto. Miré a Iker, acobardado, incapaz de gestionar la situación, sudando frío en la sección de congelados de un supermercado barato. Miré a Miren, que tenía el ceño fruncido, ya claramente molesta por la reacción cobarde de su pareja ante su exnovia. Miré al niño, que seguía berreando por los gusanitos con la cara roja. Y miré el contenido de su carro de la compra: pizzas congeladas baratas, leche entera de marca blanca y cerveza. La imagen del “nuevo comienzo” en todo su deprimente esplendor.
Me di cuenta, con una claridad deslumbrante que me golpeó como un rayo de sol en invierno, de que ya no le amaba. El profundo dolor que había marchitado mi alma no era por perder a Iker; era por el engaño, por el insulto a mi inteligencia, por los tres años tirados a la basura. Pero el hombre que tenía delante, ese individuo patético que no sabía ni qué cara poner, no me producía tristeza. Me producía una profunda, inmensa y liberadora lástima.
Me quité un lado de los auriculares con lentitud calculada. Me cuadré de hombros, respiré hondo y forcé la mejor sonrisa glacial que fui capaz de producir. Una sonrisa que no llegó a los ojos, pero que enseñaba todos los dientes.
—Hombre, Iker. Qué casualidad —dije, con una voz alta, clara y firme que resonó en todo el pasillo—. Veo que el “nuevo comienzo” incluye compras familiares en el pasillo cuatro. Qué estampa tan entrañable.
Iker tragó saliva ruidosamente. El nudo de su garganta subió y bajó como un ascensor estropeado.
—Eh… sí. Bueno. Ya ves. Haciendo la compra. ¿Tú… tú qué tal, Amaia? —La torpeza de su pregunta era casi dolorosa.
Miren se aclaró la garganta de forma agresiva, cruzándose de brazos. No dijo nada, pero su lenguaje corporal gritaba “termina rápido con esta situación o te vas a enterar al llegar a casa”.
—Yo fenomenal, Iker. Mejor imposible, la verdad —respondí, agarrando con fuerza el asa de mi propio carro—. Disfrutando mucho de mi tiempo libre y de no tener que explicarle a nadie cómo funciona la lavadora. Por cierto —señalé con la barbilla hacia el niño, que por fin había logrado hacer un agujero en la bolsa de gusanitos y se los estaba metiendo en la boca a puñados, manchándose toda la cara de polvo naranja—, tiene tu misma cara de concentración cuando intenta abrir un bote de mermelada. Es clavado a ti. Qué genes tan fuertes.
Iker se puso rojo brillante, desde el cuello de la camisa hasta la raíz del pelo. Miren me fulminó con la mirada. La tensión se podía cortar con un cuchillo jamonero.
—Bueno —continué, dando un paso adelante y empujando mi carro, obligándoles a apartarse ligeramente para dejarme paso—, os dejo con los congelados. Que se os van a derretir las pizzas. Un placer, Miren. Mucha suerte. La vas a necesitar. Sobre todo para encontrar sus calcetines debajo del sofá, tiene querencia a esconderlos ahí.
No esperé respuesta. Seguí caminando por el pasillo con la cabeza alta, la espalda recta y el corazón latiendo desbocado, pero esta vez no de dolor, sino de adrenalina pura. Cuando giré la esquina hacia los lácteos, sentí que me faltaba el aire, pero no pude evitar soltar una carcajada solitaria. Una carcajada sonora, real, que asustó a una señora mayor que estaba mirando los yogures bífidus.
Había pasado la prueba de fuego. Había mirado a la cara a mi fantasma, al causante de mi alma marchita, y no me había derrumbado. De hecho, le había pasado por encima con el carro de la compra metafórico. Saqué el móvil y escribí rápidamente en el grupo de WhatsApp que tenía con Nerea.
Amaia: Código rojo en Mercadona. Encuentro en la tercera fase con el Alien, la madre del Alien y el minialien naranja.
Nerea: ¡Hostia puta! ¿Estás bien? ¡Voy a buscarte! ¡Dime que le has tirado un cartón de leche a la cabeza!
Amaia: No ha hecho falta. El pobre desgraciado se ha humillado él solo. Estoy bien, Nerea. Joder, te lo juro. Estoy increíblemente bien. Me voy a comprar un chuletón para celebrarlo.
PARTE 8: El verdadero nuevo comienzo sin manuales de autoayuda
Aquel encuentro fortuito en la sección de ultracongelados marcó un antes y un después. Fue como si la bolsa de pus emocional finalmente hubiera reventado, dejando la herida limpia y lista para cicatrizar de verdad. Los días posteriores tuvieron un sabor diferente. El sirimiri de Bilbao me dejó de parecer una maldición húmeda para volver a ser simplemente el clima con el que había crecido, algo que requería buen calzado y punto.
El dolor había pasado de ser un monstruo que me devoraba por dentro a ser una anécdota lejana, una de esas historias que sabes que en unos años contarás tomando unos potes en el Casco Viejo riéndote a carcajadas. “Ah, sí, os acordáis de cuando salí con aquel imbécil que tenía un hijo secreto en otra dimensión y me dejó con un discurso digno de telenovela venezolana mala”.
Llegó el viernes. Era finales de noviembre, y el frío en Bilbao ya no bromeaba. Cortaba el cutis. Me había vestido para matar: vaqueros ajustados, unas botas de cuero negro de tacón cuadrado, un jersey granate de cuello alto y una chupa de cuero sobre la que llevaba un abrigo de paño gris impecable. Ni rastro de ojeras. Ni rastro del “color gris marengo tirando a cemento armado” que Nerea me había diagnosticado semanas atrás en el Bikandi. Mi alma ya no estaba marchita; estaba regada, abonada y lista para dar guerra.
Quedamos en el Muga, un bar mítico cerca de la plaza Unamuno. Nerea llegó tarde, como siempre, arrastrando a Andoni, que miraba con recelo a la multitud joven y moderna que se agolpaba en la puerta fumando.
—¡Aupa ahí! —gritó Nerea por encima del ruido de la música rock que salía por la puerta, dándome un abrazo efusivo—. Mírate, chica. Si pareces la portada de la revista Vogue, edición Bizkaia.
Andoni asintió con aprobación, dándome una palmada en la espalda que casi me hunde en el suelo adoquinado.
—Has recuperado el tono vital, Amaia. Se te nota en la postura. Ya no andas encorvada como si estuvieras buscando monedas de céntimo en el suelo. Muy bien. Un zurito para celebrarlo. Voy a abrirme paso en la barra, si no vuelvo en diez minutos, mandad a los de rescate de montaña.
Andoni desapareció entre la marea de cazadoras The North Face y bufandas de cuadros. Nerea me agarró del brazo y nos apoyamos en la fachada de piedra de un edificio cercano.
—¿Y bien? —me preguntó Nerea, con los ojos brillando de curiosidad—. Desde el martes que no hablamos en condiciones. Desde el incidente del Mercadona. ¿Seguro que no te dio el bajón al llegar a casa? Yo estaba por ir con el coche de Andoni a hacer guardia debajo de tu ventana por si te daba por escuchar a Álex Ubago de madrugada.
Solté una carcajada y negué con la cabeza.
—Te lo juro por mi madre, Nerea, que no he llorado ni una sola lágrima más por él. Fue verlo allí, tan empequeñecido, tan asustado de su propia sombra, con Miren echándole fuego por los ojos… y se me cayó la venda, pero de golpe. Me di cuenta de que el tipo que yo idealizaba, el compañero de vida que yo creía tener, no era él. Era un maniquí en el que yo había colgado todas mis expectativas. Iker es un mediocre. Y me he librado de una vida mediocre a su lado, de una vida de mentiras y de fingir que todo estaba bien mientras el barco se hundía.
Nerea sacó un paquete de tabaco, ofreciéndome uno, que rechacé, y se encendió un pitillo protegiendo la llama con la mano del viento helado.
—Pues te digo una cosa, amiga. Ojalá todas las rupturas fueran así. Sí, la hostia inicial te destroza el alma, te la marchita y te la pisotea. Pero luego… resurges como el Ave Fénix, o en nuestro caso, como la gaviota de la ría, comiéndote el mundo y las sobras del bacalao.
Andoni reapareció mágicamente con tres zuritos equilibrados en sus manazas. Brindamos en la calle. El líquido amargo de la cerveza fría bajó por mi garganta, y esta vez, sentó de maravilla. Miré a mi alrededor. La calle estaba llena de vida. Risas, voces fuertes, euskera y castellano mezclándose, parejas jóvenes, cuadrillas de viejos, el olor a tabaco y a humedad. Bilbao en estado puro.
De repente, ya no me sentía la víctima de una historia triste. Ya no era la protagonista abandonada de un melodrama de sobremesa con niño oculto incluido. Era Amaia. Treinta y cuatro años, con trabajo fijo, un piso en Deusto, buenos amigos y un radar de gilipollas recién ajustado en la fábrica.
—¿Sabes qué? —dije, mirando a Nerea y a Andoni—. Él me dijo que necesitaba un nuevo comienzo. Un puto nuevo comienzo porque, claro, su vida de antes era insostenible. Y resulta que el que me dio el nuevo comienzo fue él a mí. Al quitarse de en medio, al sacarme de su ecuación de engaños, me ha dejado la pizarra en blanco. Y pienso escribir lo que me dé la real gana.
Andoni levantó su vaso diminuto hacia el cielo plomizo de la noche.
—Por la pizarra en blanco. Y porque la próxima vez que te enamores, al menos, que el sujeto sepa purgar un radiador antes del invierno. Eso es básico en un hombre.
Reímos los tres. La noche se presentaba larga y fría en Bilbao, pero dentro de mí, un pequeño fuego había empezado a arder de nuevo. El dolor profundo que marchitó mi alma se había convertido en un abono excelente. Y aunque el viento helado seguía golpeando nuestras caras, nunca, en los últimos tres años, me había sentido tan cálida, tan entera, y tan absurdamente libre.