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Cómo se Lavaban las Mujeres Ricas en 1880 | Londres | Era Victoriana

Cómo se Lavaban las Mujeres Ricas en 1880 | Londres | Era Victoriana

¿Sabías que en 1880 una mujer de la alta sociedad londinense podía pasar semanas enteras sin sumergir su cuerpo en agua? Y aún así, ser considerada la mujer más elegante y refinada del salón no era descuido, no era pobreza, era exactamente lo contrario. Era un sistema de higiene tan elaborado, tan costoso y tan cargado de significado social que la mayoría de las personas hoy simplemente no lo entendería.

 Porque en la era victoriana la limpieza no significaba lo que significa ahora y lo que esas mujeres hacían con su cuerpo cada mañana, cada tarde y cada noche era mucho más que bañarse. Era una declaración de [música] poder. Londres en 1880 era una ciudad de contradicciones brutales. Por un lado, el humo negro de las fábricas cubría el cielo como una manta permanente.

 El río Tammesis todavía cargaba el peso de décadas de desechos urbanos. Las calles de Listent olían a podredumbre, a carbón mojado, a cuerpos sin lavar. Pero a apenas unos kilómetros de distancia, en los barrios de Meifer, Belgravia y Kensington existía otro mundo. Ahí, detrás de puertas de caoba y ventanas cubiertas con cortinas de terciopelo, las mujeres de la aristocracia y la alta burguesía vivían una existencia completamente separada.

 gobernada por reglas invisibles, pero absolutamente inflexibles. Y entre esas reglas, ninguna era más complicada, más íntima ni más reveladora que el ritual del baño. Lo que este video va a mostrarte no es lo que aprendiste en ningún libro de historia. No es el romanticismo superficial de los [música] vestidos de encaje y los salones iluminados con gas.

Es la realidad cotidiana, íntima y a veces incómoda de cómo vivían estas mujeres en su relación más privada con su propio cuerpo. Porque detrás de cada mujer perfectamente presentada en un salón victoriano había un ritual de horas, un ejército de sirvientas y una filosofía de higiene que hoy nos parece casi incomprensible.

 El primer dato que debes entender es este. En 1880, bañarse completamente, es decir, sumergir todo el cuerpo en agua, era considerado algo potencialmente peligroso para la salud. No es una exageración, era la creencia médica dominante de la época. Los médicos victorianos, apoyados en teorías que hoy parecen absurdas, pero que entonces tenían el peso de la ciencia oficial, advertían que el agua caliente abría los poros de la piel y permitía que los miasmas, es decir, los vapores enfermos del ambiente, penetraran directamente al

cuerpo. Se creía que la piel seca y cerrada era una barrera protectora y que mojarla en exceso debilitaba esa barrera. Por eso el baño completo no era algo que se hiciera todos los días, ni siquiera todas las semanas, en muchos casos. Y sin embargo, estas mujeres estaban lejos de ser sucias. tenían un sistema completamente diferente para mantenerse presentables, perfumadas y socialmente aceptables.

 Ese sistema comenzaba cada mañana con algo que en inglés se llamaba el strep wash o el aseo de partes. La doncella personal, que era la empleada doméstica de más alto rango en la jerarquía del servicio femenino, llegaba al cuarto de la señora antes del amanecer. Traía consigo una palangana de porcelana blanca con bordes dorados, una jarra de agua tibia y una serie de paños de lino finissimo

 La temperatura del agua era calculada con precisión. No podía estar fría, porque eso también se consideraba perjudicial. No podía estar demasiado caliente porque eso abría los poros. debía estar apenas tibia, casi como la temperatura del cuerpo mismo. Con esos paños mojados, la doncella ayudaba a la señora a limpiar en orden estricto las partes del cuerpo que eran visibles o que producían olor: la cara, el cuello, las manos, las axilas y los pies.

 Cada zona tenía su propio paño. Nunca se usaba el mismo paño para la cara y para los pies, por ejemplo. Eso habría sido una violación grotesca de las reglas de higiene y de decoro victoriano. Este ritual podía durar entre 30 minutos y una hora, dependiendo del nivel de exigencia de la señora y de la eficiencia de la doncella.

 No era un proceso rápido, era minucioso, ordenado, casi ceremonial, pero el cuerpo no era lo único que se [música] limpiaba cada mañana. El cabello era un territorio completamente separado, con sus propias reglas y su propio ritual. Las mujeres de la alta sociedad victoriana usaban el cabello extremadamente largo, a menudo llegando hasta la cintura o incluso más abajo, y ese cabello no se lavaba con frecuencia.

Lavarlo completamente era un proceso tan complejo, tan laborioso y tan potencialmente dañino para la salud según las creencias de la época, que se hacía quizás una vez al mes o en ocasiones especiales. En el intervalo, el cabello se mantenía limpio a través de otro método, el cepillado intensivo. Cada noche, antes de dormir, la doncella cepillaba el cabello de la señora durante un mínimo de 100 pasadas.

 No es una leyenda romántica. Era una prescripción real, parte de los manuales de cuidado doméstico de la época. Se creía que el cepillado intensivo distribuía los aceites naturales del cuero cabelludo a lo largo de todo el cabello, dándole brillo y manteniéndolo limpio sin necesidad de agua. Además, se aplicaban polvos especiales a base de almidón o de arcilla fina que absorbían la grasa y el olor entre un lavado y otro.

 El resultado, cuando se hacía correctamente, era un cabello que parecía limpio, brillante y perfectamente controlado, aunque no hubiera visto agua en semanas. Ahora bien, cuando llegaba el momento del baño completo, que sí ocurría, aunque con mucha menos frecuencia que hoy, el proceso era algo verdaderamente [música] extraordinario.

 En las mansiones más lujosas de Londres existían habitaciones dedicadas exclusivamente al baño. No el baño moderno que conocemos, sino un cuarto separado, a menudo decorado con la misma atención y el mismo gasto que los salones principales de la casa. Las bañeras más elegantes eran de cobre estañado o de porcelana esmaltada [música] y algunas tenían patas de hierro forjado en forma de garras de animal.

 [música] Un diseño que se ha vuelto icónico de esa época. Pero el agua caliente no llegaba sola. No había tuberías de agua caliente en la mayoría de los hogares victorianos, ni siquiera en los más ricos. Durante buena parte de la década de 1880. El agua se calentaba en la cocina en enormes ollas sobre la estufa de carbón y luego era transportada a mano por las sirvientas, jarra por jarra, escalera arriba, hasta la habitación del baño.

Una bañera llena podía requerir entre 40 y 60 viajes de una sirvienta cargando jarras de entre 5 y 10 L cada una. Era un trabajo físicamente agotador que podía tomar más de una hora solo para llenar la tina. Por eso, en muchas casas el agua del baño se reutilizaba. Primero se bañaba la señora, luego en esa misma agua se bañaban las hijas y finalmente, si aún quedaba agua aprovechable, algunas doncellas menos escrupulosas [música] la usaban ellas mismas.

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