PARTE 1
Eran las tres de la tarde en el centro de Madrid.
El asfalto no era asfalto.
Era una especie de masa viscosa y negra que amenazaba con tragarse los neumáticos de los taxis.
El aire no se movía.
Simplemente pesaba.
Pesaba como una manta de lana empapada en plomo sobre los hombros de los transeúntes.
En el piso de la calle Fuencarral, las persianas estaban bajadas hasta el último milímetro.
Era el ritual sagrado del verano español.
El búnker contra el Lorenzo.
Dentro, la penumbra apenas se veía interrumpida por la luz azulada del televisor.
Elena sentía que su propia piel se estaba convirtiendo en un tejido extraño.
Algo parecido al papel de lija, pero húmedo.
Se pasó el dorso de la mano por la frente.
Nada.
Sequedad absoluta por fuera, pero una ebullición interna que le recordaba a una olla exprés a punto de pitar.
Miró el termómetro digital que colgaba en la pared del pasillo.
Treinta y ocho grados.
Y eso era dentro de casa.
En el exterior, los pájaros seguramente estaban cayendo al suelo ya cocinados.
Elena se levantó del sofá con un esfuerzo sobrehumano.
Sus muslos se despegaron de la tela del sillón con un sonido similar al de un velcro desgarrándose.
Caminó por el pasillo como quien atraviesa un desierto de baldosas calientes.
Su único objetivo era la cocina.
O, mejor dicho, lo que la cocina albergaba en su interior.
Esa caja blanca y ruidosa que era el último bastión de la civilización.
La nevera.
Llegó a la cocina y el zumbido del electrodoméstico le pareció la Novena Sinfonía de Beethoven.
Puso la mano en el tirador de acero inoxidable.
Estaba frío.
Casi llora de la emoción.
Abrió la puerta y una ráfaga de aire gélido la golpeó en la cara.
Fue como un bautismo.
Como si de repente la vida volviera a tener sentido.
Allí estaba ella.
La jarra de cristal.
Con sus paredes cubiertas de una fina capa de escarcha y gotas de condensación que resbalaban lentamente.
Parecía un diamante tallado por los dioses del frío.
Elena alargó la mano, anticipando el contacto del hielo contra su garganta inflamada por el aire acondicionado seco.
— Ni se te ocurra.
La voz surgió de la oscuridad, justo detrás de la puerta de la despensa.
Elena dio un salto y casi se golpea la cabeza con el estante de los yogures.
Era Paco.
Su suegro.
Paco estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, con su camiseta de tirantes blanca y su pantalón de pijama de cuadros.
No sudaba.
Esa era la gran tragedia de Paco: parecía estar hecho de arcilla seca que no permitía la transpiración.
Llevaba un palillo en la comisura de los labios.
Y una mirada de absoluta desaprobación.
— ¿Qué haces, Elena? — preguntó Paco con la calma de un inquisidor.
Elena respiró hondo, tratando de que el aire frío de la nevera no se escapara.
— Pues qué voy a hacer, Paco… beber.
Señaló la jarra como quien señala el Santo Grial.
Paco negó con la cabeza, muy despacio.
— Eso es veneno — sentenció él.
— Paco, son las tres de la tarde y estamos en alerta naranja.
— Me da igual que estemos en alerta roja o en el fin del mundo.
— Tengo la garganta como un estropajo viejo — insistió ella.
— Pues precisamente por eso.
Paco dio un paso adelante, entrando en el radio de acción de la luz de la nevera.
— Si bebes eso ahora mismo, se te va a cerrar la laringe como una persiana metálica.
— ¿Pero qué dice, hombre? — Elena intentó reírse, pero le salió un carraspeo seco.
— Te lo digo yo, que tengo más veranos encima que esa nevera años de garantía.
— Paco, por favor, solo quiero un vaso.
— Del tiempo, Elena. El agua se bebe del tiempo.
Elena miró la encimera de la cocina.
Allí había una botella de plástico, a medio terminar.
El plástico estaba ligeramente deformado por el calor.
El líquido en su interior parecía tener vida propia.
Parecía caldo de pollo.
Caldo de pollo a treinta y ocho grados.
— ¿Quieres que me beba eso? — preguntó Elena, señalando la botella con horror.
— Es lo natural — respondió Paco con firmeza.
— ¡Eso no es natural, eso es una tortura china!
— Es mucho más saludable para el estómago, te lo dice tu suegro que sabe de esto.
— Paco, que me va a dar un síncope. Necesito que mi temperatura interna baje de los cien grados.
— Al contrario, muchacha.
Paco se acercó más, bajando el tono de voz como si fuera a revelarle un secreto de estado.
— Si metes ese frío de golpe en el cuerpo, el motor gripa.
— ¿El motor? — Elena parpadeó confundida.
— El estómago. El sistema digestivo.
— Pero si no he comido nada todavía, Paco, solo quiero hidratarme.
— Da lo mismo. El choque térmico es lo que mata.
— No me voy a morir por beber agua fría.
— Mi primo Segundo, el que vivía en Albacete, ¿te acuerdas de él?
Elena suspiró. Conocía las historias del primo Segundo.
— No, Paco, no me acuerdo, pero supongo que bebió agua fría y explotó.
— Pues casi. Se bebió un vaso de agua con hielos después de segar.
Paco hizo una pausa dramática para darle énfasis al relato.
— Se quedó mudo tres días. Se le petrificaron las cuerdas vocales.
— Sería del susto, Paco, no del frío.
— Que no, Elena, que la garganta es muy delicada.
Paco señaló su propio cuello, que parecía el de un pavo curtido por mil soles.
— El agua del tiempo es lo que el cuerpo necesita para regularse.
— Paco, beber agua del tiempo ahora mismo es como beber sopa de sobre que se ha quedado al sol.
— Es que tú eres de la generación del frigorífico americano.
— Soy de la generación que no quiere morir de un golpe de calor en su propia cocina.
Elena agarró la jarra con decisión.
Sentir el cristal frío en la palma de su mano fue casi un orgasmo sensorial.
Paco no se movió, pero su mirada se volvió aún más severa.
— Si te quedas sin voz luego no me vengas llorando con gestos.
— Prefiero quedarme muda que deshidratada.
— El agua fría engaña al cerebro — continuó Paco, imperturbable.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué le dice? ¿Le cuenta chistes?
— Le dice que ya no tiene sed, pero es mentira.
Paco gesticuló con las manos, dibujando círculos en el aire caliente.
— El cuerpo gasta más energía en calentar ese agua que en aprovecharla.
— ¡Pues mejor! — exclamó Elena — ¡A ver si así quemo las torrijas de Semana Santa!
— No te lo tomes a broma, que esto es ciencia.
— ¿Ciencia de dónde, Paco? ¿De la Universidad de la Parra?
— Ciencia de la vida. De la experiencia.
Elena empezó a verter el agua en un vaso de cristal fino.
El sonido del chorro golpeando el fondo del vaso era celestial.
Gluglú.
Era el sonido de la esperanza.
Paco observaba el proceso con la cara de quien presencia un sacrificio ritual prohibido.
— Mira esas burbujitas — dijo Paco, señalando el vaso —. Eso es el gas del frío que te va a inflar las encías.
— El frío no tiene gas, Paco. Es condensación.
— Llámalo como quieras, pero eso entra en la panza y se lía la de Dios es Cristo.
Elena levantó el vaso.
El vaho frío le acarició la nariz.
Cerró los ojos por un segundo.
— No lo hagas — susurró Paco.
— Lo voy a hacer.
— Te vas a arrepentir. Mañana te levantarás con las anginas como pelotas de tenis.
— Paco, de verdad, déjame disfrutar de este momento.
— El estómago es como una caldera, Elena.
Paco se puso la mano sobre la barriga, con aire solemne.
— Si le echas agua helada a una caldera encendida, ¿qué pasa?
— Pues no lo sé, Paco, no soy fontanera.
— ¡Que estalla! ¡Pum!
Elena se quedó con el vaso a medio camino hacia la boca.
La intensidad de Paco era tal que casi la hacía dudar.
Solo casi.
Porque el calor que sentía en ese momento era capaz de derretir hasta las convicciones más profundas.
— Paco, es que beber agua del tiempo a esta temperatura es de masoquistas.
— Es de gente que sabe cuidarse.
— Es de gente que quiere sufrir.
— Mira a los árabes — dijo Paco, sacando un as de la manga —. Esos sí que saben de calor.
Elena arqueó una ceja.
— ¿Qué pasa con los árabes?
— Beben té caliente en mitad del desierto.
— Pero yo no estoy en el Sahara, Paco, estoy en un tercero sin aire acondicionado en el salón.
— La lógica es la misma. El té caliente te hace sudar, y el sudor te refresca.
— Yo ya estoy sudando, Paco. No necesito ayuda extra.
— Estás sudando porque tu cuerpo lucha contra este clima.
Paco señaló la jarra helada con el dedo índice.
— Si bebes eso, cortarás el proceso natural.
— Pues bendito corte, Paco. Bendito sea.
— Te vas a quedar sin garganta, te lo aviso por última vez.
— Correré el riesgo.
Elena pegó el borde del vaso a sus labios.
La sensación fue indescriptible.
Pero justo cuando iba a dar el primer sorbo, Paco soltó una de sus máximas definitivas.
— ¿Sabes lo que le pasó a Manolo “El de los Cables” por beberse una cerveza granizada un martes de agosto?
Elena se detuvo.
Manolo “El de los Cables” era un personaje recurrente en las pesadillas médicas de Paco.
— No quiero saberlo, Paco.
— Se le quedó la lengua pegada al paladar. Tuvieron que despegarla con una espátula en el Ramón y Cajal.
Elena bajó el vaso un centímetro.
— Eso es físicamente imposible.
— Pregúntale a su mujer, si es que te atreves.
— Paco, por favor, déjame beber.
— Bebe, bebe… pero luego no digas que no te avisaron.
Elena miró el agua.
Miró a Paco.
Miró la botella “del tiempo” que sudaba calor sobre la encimera.
La batalla no había hecho más que empezar.
Porque Paco no era de los que se rendían fácilmente.
Y Elena estaba dispuesta a llegar hasta el final de la jarra.
Incluso si eso significaba perder la voz, la lengua o la dignidad ante su suegro.
PARTE 2
Paco no se retiraba.
Esa era la gran virtud —o el gran defecto— de su generación.
La persistencia absoluta ante lo que consideraban un error ajeno.
Se quedó allí, cruzado de brazos, observando el vaso de Elena como si fuera una granada de mano sin seguro.
— ¿Vas a beber o vas a seguir mirando el agua como si fuera un programa de televisión? — preguntó Paco con sarcasmo.
Elena apretó los dedos contra el cristal frío.
— Voy a beber, Paco. Estoy saboreando el momento previo.
— Lo que estás haciendo es darle tiempo a tu conciencia para que te diga que pares.
— Mi conciencia ahora mismo tiene la voz de un pingüino pidiéndome auxilio.
Elena se llevó el vaso a la boca.
El primer sorbo fue pequeño, casi un ensayo.
El agua entró como un río de plata líquida por su boca.
Sintió el frío golpeando sus dientes.
Sintió cómo bajaba por el esófago, trazando una línea de frescura absoluta en mitad de aquel incendio interno.
— ¡Ahhh! — exclamó Elena, cerrando los ojos.
Paco hizo un ruido con la garganta, una mezcla de gruñido y lamento.
— Ya está. El primer paso hacia la afonía.
— Sabe a gloria, Paco. Sabe a pura gloria.
— Sabe a factura de hospital, eso es lo que sabe.
Elena ignoró el comentario y dio un sorbo mucho más largo.
Uno de esos sorbos que te hacen sentir que el alma vuelve al cuerpo.
Paco se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de la nevera abierta.
— ¿Notas eso? — preguntó Paco con voz de ultratumba.
— ¿El qué? ¿La felicidad?
— Ese pinchazo detrás de los ojos.
Elena se detuvo.
Efectivamente, sintió una pequeña punzada de frío intenso en la frente.
— Es solo el cerebro enfriándose, Paco. Nada grave.
— ¡Ja! ¡El cerebro enfriándose dice!
Paco se rió con una risa seca, sin una gota de humedad.
— Eso es el nervio trigémino quejándose.
— ¿El qué?
— El trigémino. Lo leí en un folleto de la farmacia.
— Paco, usted no ha leído un folleto de la farmacia en su vida, usted solo va allí a por caramelos de eucalipto.
— Los caramelos de eucalipto son para cuando ya te has destrozado la garganta con el agua fría.
Paco señaló la jarra de nuevo.
— Dame ese vaso, Elena. No seas cabezota.
— Ni hablar, Paco. Búsquese el suyo.
— Yo tengo mi botella del tiempo. Lo que Dios manda.
Paco cogió la botella de plástico deformada de la encimera.
La abrió con una parsimonia irritante.
El tapón hizo un ruido de plástico gastado.
— Mira — dijo Paco, levantando la botella —. Agua sabia. Agua que no te traiciona.
Se llevó la botella a la boca y dio un trago largo.
Elena lo observaba con una mezcla de asco y fascinación.
Paco tragó, y se pudo oír el recorrido del líquido templado por su garganta.
— ¡Qué delicia! — exclamó Paco, fingiendo una satisfacción que Elena sabía que era mentira.
— Paco, tiene usted la cara roja como un tomate maduro.
— Es por el esfuerzo de educarte, no por el agua.
— Le está saliendo sudor por las sienes.
— Es el cuerpo eliminando toxinas. Si bebiera lo que tú, las toxinas se quedarían congeladas dentro.
Elena se sirvió un segundo vaso.
El hielo de la jarra tintineó contra el cristal.
Ese sonido, el “clinc-clinc”, fue para Paco como el sonido de unos clavos en un ataúd.
— ¿Otro? ¿Es que quieres un trasplante de garganta?
— Quiero vivir, Paco. Vivir a menos de treinta grados.
— Lo que quieres es un catarro de los de antes, de esos que te dejan en la cama con una manta en pleno agosto.
— ¿Sabe lo que pasa, Paco? Que usted vive instalado en el siglo diecinueve.
— Vivo instalado en la salud.
— Vive instalado en los refranes de pueblo que no tienen ningún sentido.
Paco se indignó.
Se puso recto, o todo lo recto que su espalda de jubilado le permitía.
— ¿Que no tienen sentido? ¿”Agua fría en el estómago, frío en el alma”?
— Ese refrán no existe, Paco. Se lo acaba de inventar.
— Puede que no esté en los libros, pero se dice.
— Solo lo dice usted.
— Porque soy el último que mantiene la cordura en esta casa.
Elena dio otro trago.
Sentía cómo su temperatura corporal empezaba a estabilizarse.
Ya no quería insultar al sol.
Ahora solo quería discutir con Paco hasta que él admitiera que el agua fría era un invento maravilloso.
— Admítalo, Paco. Se muere por un trago de esta jarra.
— Antes bebo del grifo de la manguera del patio.
— El grifo de la manguera está a sesenta grados ahora mismo. Podría hacer unos espaguetis con ese agua.
— Pues mejores le sentarían a tu tripa que ese granizado que te estás metiendo entre pecho y espalda.
Paco se sentó en una banqueta de la cocina.
Parecía que la discusión iba para largo.
— Cuéntame, Elena… ¿tú sabes lo que es un corte de digestión?
Elena puso los ojos en blanco.
— Aquí vamos…
— No te rías. Es serio.
Paco se puso un dedo en la sien, como si estuviera dando una lección magistral en la Sorbona.
— La digestión es un proceso de calor. El estómago se pone a trabajar a tope.
— Paco, que no he comido. Solo he desayunado una tostada hace siete horas.
— Da igual. El estómago siempre está en guardia.
— ¿En guardia contra qué? ¿Contra la hidratación?
— Contra los cambios bruscos. Si tú le metes un chorro de agua a cinco grados, el estómago se asusta.
— ¿Se asusta? ¿Qué hace, se esconde detrás del hígado?
— Se paraliza. Se queda tieso.
Paco hizo un gesto con la mano, cerrando el puño con fuerza.
— Y ahí es cuando te da el síncope. Te caes redonda al suelo de la cocina.
— Paco, llevo bebiendo agua fría toda mi vida y nunca me he caído redonda.
— Es que la suerte se acaba, Elena. Estás tentando al destino.
— Estoy tentando a la sed, que es muy distinto.
En ese momento, apareció en la cocina Sergio, el marido de Elena e hijo de Paco.
Sergio venía en calzoncillos y con una camiseta de publicidad de una ferretería.
Parecía un náufrago que acababa de ser rescatado de una isla desierta.
— Por favor… decidme que queda algo de agua fría — gimió Sergio.
Elena sonrió triunfante.
Paco se puso en pie de un salto, como si hubiera visto a su hijo a punto de saltar por un barranco.
— ¡Ni se te ocurra, Sergio! ¡Tu mujer está intentando suicidarse y no voy a dejar que tú la sigas!
Sergio miró a su padre, luego a Elena, y luego a la jarra.
— Papá, hay cuarenta grados fuera.
— Y treinta y ocho dentro — añadió Elena.
— Me da igual — bramó Paco —. Sergio, tú eres de mi sangre. Tú sabes lo de la garganta.
Sergio dudó.
Conocía a su padre. Sabía que Paco era capaz de montar un consejo de guerra por un cubito de hielo.
— Papá, es que tengo la boca seca como un cartón.
— Pues bebe de la botella del tiempo. Está ahí mismo.
Sergio miró la botella de Paco.
Vio las gotas de agua caliente resbalando por el plástico.
Vio el color amarillento del líquido bajo la luz de la cocina.
— Papá… eso parece una muestra de orina de un enfermo de ictericia.
— ¡Es agua pura! — defendió Paco —. ¡Agua que no te va a mandar a urgencias!
Elena le tendió un vaso a Sergio.
— Toma, cariño. Bebe. No escuches al profeta del apocalipsis térmico.
Sergio alargó la mano hacia el vaso.
Paco se interpuso físicamente, como un portero de discoteca entrado en años.
— Si bebes eso, Sergio, no quiero oírte quejar de que te duele la tripa esta noche.
— Papá, que tengo treinta y cinco años.
— Y yo tengo setenta y dos, y mira qué lozano estoy.
— Estás sudando por las orejas, papá.
— ¡Es sudor de salud!
Elena soltó una carcajada.
— ¿Sudor de salud? Paco, eso es nuevo.
— Es la termorregulación natural — insistió Paco —. El agua del tiempo te mantiene en equilibrio con el ambiente.
— Pero es que el ambiente es el infierno, Paco — dijo Sergio —. No quiero estar en equilibrio con el infierno. Quiero ser un iceberg.
Sergio esquivó a su padre con un movimiento rápido y agarró el vaso.
Bebió.
Bebió como si no hubiera un mañana.
Paco se llevó las manos a la cabeza.
— ¡Hala! ¡A lo loco! ¡Sin filtro!
Sergio terminó el vaso y soltó un suspiro de alivio que se oyó en todo el edificio.
— Dios… eso es lo mejor que me ha pasado en todo el día.
— Espera diez minutos — profetizó Paco —. En diez minutos se os va a cerrar el pecho.
— Paco, de verdad — dijo Elena, sirviéndose el tercer vaso —. Deje de ser tan agorero. Venga, pruebe un poquito. Solo un sorbo.
Paco miró el vaso que Elena le ofrecía.
Por un momento, solo por un brevísimo instante, se vio una grieta en su armadura.
Sus ojos se clavaron en las gotas de condensación.
Se pasó la lengua por los labios agrietados.
Pero el orgullo de Paco era más fuerte que cualquier desierto.
— Jamás — dijo con voz firme —. No voy a traicionar mis principios por un momento de placer pasajero.
— No es placer, Paco, es supervivencia.
— La supervivencia es beber del tiempo. Lo demás es vicio.
Paco cogió su botella caliente y dio otro trago, haciendo una mueca de evidente esfuerzo.
— Está buenísima — mintió Paco.
— Tiene usted la cara del color de un pimiento morrón — señaló Sergio.
— ¡Es la circulación! ¡El agua del tiempo acelera la circulación!
Elena y Sergio se miraron.
La batalla por la hidratación estaba lejos de terminar.
Porque ahora Paco se sentía desafiado en su propia casa.
Y cuando Paco se sentía desafiado, sacaba la artillería pesada de las leyendas urbanas españolas.
— ¿Os he contado lo del vecino del quinto que bebió agua de la nevera después de comerse un melón? — preguntó Paco, sentándose de nuevo con aire amenazante.
Sergio y Elena suspiraron al unísono.
Esto iba a ser una tarde muy larga.
PARTE 3
— El melón — repitió Paco, como si estuviera nombrando un arma química prohibida por el Tratado de Ginebra.
Elena dejó el vaso sobre la encimera.
— Paco, por el amor de Dios, ¿qué tiene que ver ahora el melón con el agua fría?
— Todo — sentenció Paco —. El melón es traicionero por naturaleza.
— Es una fruta, Paco. Es agua con azúcar y vitaminas.
— Es una bomba de relojería si no sabes cómo gestionarla.
Paco se puso en modo conferenciante, usando el palillo para enfatizar sus puntos clave.
— El melón se come de día. De noche, mata. Eso lo sabe cualquiera.
— Mi madre me daba melón para cenar todos los agostos y aquí sigo — replicó Sergio.
— Pues de milagro, Sergio. De puro milagro.
Paco ignoró la interrupción y volvió al tema principal.
— Pues este vecino, un hombre joven, fuerte, como tú, Sergio…
— ¿Cómo se llamaba? — preguntó Elena, intentando pillar a Paco en un renuncio.
— Antonio. Antonio “El Tuercas”. Un hombre que levantaba sacos de cemento con una mano.
— Muy bien, Antonio el del cemento. ¿Qué le pasó?
— Pues que un día, después de una comida copiosa —un cocido, creo recordar—, se comió media tajada de melón.
Paco hizo una pausa dramática.
— ¿Y?
— Y cometió el error fatal.
Paco bajó la voz hasta convertirla en un susurro cargado de tensión.
— Se bebió un vaso de agua de la nevera. Así, de golpe. Como habéis hecho vosotros.
Elena cruzó los brazos.
— ¿Y qué? ¿Se convirtió en estatua de sal?
— Peor. Se le cortó el proceso. El melón se le quedó flotando en el estómago, congelado por el agua fría.
— Paco, eso no tiene sentido biológico — dijo Sergio, rascándose la cabeza.
— ¡Que se le hizo una bola! — gritó Paco —. Una bola de melón frío que no subía ni bajaba.
— ¿Y qué hicieron?
— Tuvieron que darle friegas con alcohol de romero durante seis horas para reactivarle el motor.
Elena no pudo contener la risa.
— ¿Alcohol de romero para una indigestión de melón? Paco, usted vive en una película de Berlanga.
— Te ríes, pero Antonio no se volvió a reír en todo el verano. Desde aquel día, solo bebe agua que ha estado al sol al menos dos horas.
— Eso no es salud, Paco, eso es tener ganas de pillar una infección — dijo Elena.
Paco se levantó, ofendido en lo más profundo de su ser tradicionalista.
— No tenéis respeto por la experiencia. Os creéis que porque tenéis Google lo sabéis todo.
— No es Google, Paco, es que el agua del tiempo a treinta y ocho grados está literalmente caliente.
— ¡Caliente cura! ¡Fría mata! — insistió el suegro.
En ese momento, el calor en la cocina se volvió casi insoportable.
A pesar del agua fría, el efecto del ambiente era demoledor.
Elena abrió un poco más la puerta de la nevera para sentir el chorro de aire.
— ¡Cierra eso! — gritó Paco —. ¿Quieres que se rompa el motor?
— ¡Quiero que se rompa el calor, Paco!
— El calor se combate con paciencia y con agua del tiempo.
Sergio, que ya se había bebido dos vasos, empezó a sudar de nuevo.
— Papá, reconócelo. Estás sufriendo. Tienes la camiseta pegada a la espalda.
— Es el sudor que me limpia los poros. Vosotros tenéis los poros cerrados por el frío.
— Los tengo cerrados y muy felices — dijo Elena.
Paco agarró su botella de plástico. Estaba casi vacía.
Se notaba que, a pesar de sus discursos, el viejo tenía una sed de mil demonios.
— ¿Quieres que te rellene la botella, Paco? — ofreció Elena con malicia —. Puedo ponerte agua del grifo… o si quieres, un poco de esta jarra tan “peligrosa”.
Paco la miró con desconfianza.
— Del grifo. Pero déjala fuera cinco minutos antes de dármela.
— Paco, el agua del grifo sale a temperatura de infusión. No hace falta dejarla fuera.
Elena llenó la botella de Paco. El agua salía humeante, o al menos eso le parecía a ella.
Paco cogió la botella y, antes de beber, hizo un gesto que parecía una bendición.
— Esto es vida — dijo, aunque su cara decía “esto es sopa de plástico”.
Dio un trago largo y, por un momento, Elena creyó ver cómo le temblaba el pulso.
El calor estaba ganando la batalla a la terquedad.
— ¿Sabes qué es lo peor? — dijo Paco, dejando la botella —. Que vuestro hijo va a heredar estas costumbres.
— ¿Qué costumbres, Paco? ¿La de no querer morir de un síncope?
— La de no saber apreciar lo natural.
Paco se sentó de nuevo, esta vez con un aire más cansado.
La edad y el calor no perdonan, ni siquiera a los defensores del agua del tiempo.
— Mi abuelo — empezó Paco, y Elena supo que venía otra historia — vivía en el campo.
— No me diga que el abuelo también odiaba el hielo.
— En el campo no había hielo, Elena. Había botijos.
Paco iluminó su rostro al mencionar el objeto sagrado.
— ¡El botijo! Eso sí que era una tecnología punta.
— El botijo enfriaba el agua, Paco. Usted mismo lo está diciendo.
— No la enfriaba — corrigió Paco con rapidez —. La mantenía a la temperatura justa de la tierra.
— Paco, el agua de botijo sale fresca. Casi fría.
— Sale “fresca”, no “congelada”. Hay una diferencia abismal.
Paco extendió las manos como si estuviera midiendo una distancia invisible.
— Lo de la nevera es un frío artificial. Un frío agresivo.
— ¿Agresivo? — Sergio se echó a reír —. ¿Qué va a hacer el agua, darme un puñetazo?
— Te agrede las mucosas. Te las deja anestesiadas.
— ¡Pues mejor! — exclamó Sergio —. ¡Tengo las mucosas ardiendo!
Paco suspiró, como un profesor que ve que sus alumnos nunca aprobarán el examen.
— No hay manera con vosotros. Sois la generación del “clic”. Todo lo queréis rápido y frío.
— Queremos estar cómodos, Paco. Nada más.
— La comodidad es la madre de todas las enfermedades.
— Paco, por favor… — Elena se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
Notó que la piel de su suegro estaba realmente caliente. Demasiado caliente.
— Paco, se está poniendo usted malo de verdad por no querer beber agua fresca.
— Estoy perfectamente.
— No, no lo está. Tiene los labios blancos.
— Es por el agua del tiempo, que me está hidratando desde dentro.
— Es porque está a punto de darle un tabardillo — intervino Sergio preocupado.
— ¡Que no! — gritó Paco, aunque su voz sonó un poco más débil.
Se levantó de la banqueta, pero tuvo un pequeño traspié.
Sergio lo agarró del brazo rápidamente.
— Papá, siéntate.
— Estoy bien, solo se me ha dormido un pie.
— Se le ha dormido el pie porque no le llega el riego de lo espeso que tiene el agua en las venas — dijo Elena, medio en broma, medio asustada.
Paco se dejó sentar.
— Es el aire… que no corre — murmuró Paco.
— No corre porque estamos a cuarenta grados y tiene usted todas las ventanas cerradas porque dice que “entra el fuego” — recordó Elena.
— Es que entra. Si abres, se mete el calor de la calle.
— Pues si cerramos y no bebemos frío, nos cocinamos en nuestro propio jugo.
Elena cogió un trapo de cocina, lo empapó en el agua de la jarra helada y se lo acercó a Paco.
— ¡Quita eso! — protestó él débilmente —. ¡Me vas a dar un pasmo!
— No sea cabezota, Paco. Es solo para la nuca.
Elena le puso el trapo frío en la parte posterior del cuello.
Paco soltó un gemido que fue una mezcla de protesta y un alivio inmenso que no podía ocultar.
— Está… está demasiado frío — dijo Paco, pero no se quitó el trapo.
— ¿A que sienta bien? — preguntó Sergio.
— Sienta… diferente.
Paco cerró los ojos. El trapo helado estaba haciendo milagros con su presión arterial.
— Pero beberlo es otra cosa — insistió Paco, manteniendo su última línea de defensa.
— Solo un sorbo, Paco — pidió Elena —. No se lo beba de golpe. Deje que se temple un poco en la boca antes de tragar.
Paco abrió un ojo.
Miró la jarra.
Miró a su hijo y a su nuera.
La tensión cómica en la cocina era máxima.
Era el momento de la verdad.
¿Cedería el defensor del agua del tiempo ante la evidencia termodinámica?
¿O preferiría el síncope antes que la derrota ideológica?
Paco alargó la mano hacia el vaso vacío de Sergio.
Elena, con una sonrisa contenida, sirvió apenas un dedo de agua de la jarra.
— Solo un dedo, Paco. Para que no le dé el “choque térmico”.
Paco cogió el vaso como si fuera a beber cicuta.
— Lo hago por vosotros — dijo Paco —. Para que veáis que, si me pasa algo, la culpa será vuestra.
— Lo aceptamos — dijo Sergio.
Paco se llevó el vaso a los labios.
El silencio en la cocina era absoluto. Solo se oía el zumbido de la nevera, que parecía estar conteniendo el aliento.
Paco dio el sorbo.
Mantuvo el agua en la boca durante unos segundos, tal como le habían sugerido.
Sus mejillas se hincharon.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Tragó.
— ¿Y bien? — preguntó Elena.
Paco se relamió.
Se quitó el trapo de la nuca.
Miró el vaso vacío.
— Sigue siendo veneno — dijo Paco con la voz mucho más clara —. Pero es un veneno que hoy entra bien.
— ¡Lo sabía! — exclamó Sergio.
— No cantéis victoria — advirtió Paco, recuperando su tono autoritario —. Ahora mismo noto cómo mis defensas están bajando la guardia.
— Lo que está notando es que ya no le va a explotar la cabeza, Paco.
Paco dejó el vaso y volvió a coger su botella del tiempo.
— Me beberé esto ahora para compensar el daño — dijo, señalando el agua caliente.
— Paco, usted es un caso perdido — rió Elena.
Pero Paco ya no escuchaba.
Estaba concentrado en su nueva historia.
— Pues no sabéis lo que le pasó a una señora en mi pueblo que se bañó en el río justo después de comerse una sandía…
Elena y Sergio se miraron y salieron de la cocina, dejando a Paco con su botella del tiempo y sus leyendas rurales.
Al menos, por hoy, la garganta de Paco estaba a salvo.
O eso creía él.
PARTE 4
La tarde avanzaba, o más bien se arrastraba, como un caracol sobre una plancha ardiente.
Eran ya las cinco.
Esa hora en la que en España el tiempo parece detenerse para que el sol termine de rematar lo que ha empezado por la mañana.
Elena y Sergio se habían refugiado en el salón, intentando crear una corriente de aire inexistente moviendo abanicos con desgana.
De repente, un ruido llegó desde la cocina.
Un ruido sospechoso.
Clinc.
Clinc.
Clinc.
Sergio levantó una ceja.
— ¿Has oído eso?
Elena asintió.
— Suenan a hielos.
Se levantaron con sigilo, como detectives en una película de cine negro, y se asomaron por el pasillo.
Allí estaba Paco.
Estaba de espaldas a la puerta, frente a la nevera abierta.
Tenía la jarra de agua fría en una mano.
Y con la otra, estaba sacando con mucho cuidado un cubito de hielo de la cubitera.
Lo hacía con la precisión de un desactivador de explosivos.
— ¡Te pillamos, Paco! — gritó Sergio.
Paco dio un respingo que casi le hace soltar la jarra.
Se giró rápidamente, intentando ocultar el cubito detrás de su espalda.
— ¡Yo no estaba haciendo nada! — exclamó, con la cara más roja que nunca.
— Paco, tienes un cubito de hielo goteando por el brazo — señaló Elena, aguantándose la risa.
Paco miró su brazo. Efectivamente, un reguero de agua helada le bajaba por el codo.
— Es… es para un experimento — improvisó Paco.
— ¿Un experimento de qué, de cómo quedarse afónico en cinco segundos? — se burló Sergio.
Paco suspiró y dejó caer el hielo de nuevo en la cubitera.
— Está bien, lo reconozco. Es que este agua del tiempo… hoy parece que viene del mismísimo núcleo de la tierra.
— ¡Aleluya! — gritó Elena —. El Papa del agua templada ha abdicado.
— No he abdicado de nada — protestó Paco, recuperando su dignidad —. Pero incluso los generales más valientes tienen que hacer una retirada estratégica cuando el enemigo es demasiado fuerte.
— El enemigo es el sol, Paco. Y el sol no perdona.
Paco se sentó en la banqueta, derrotado.
— Es que ya no hacen los veranos como antes, Sergio. Antes el calor era… seco. Era un calor de campo, un calor que se quitaba con una sombra y un botijo.
— Papá, el calor de ahora es el mismo, lo que pasa es que tú tienes ochenta años menos de paciencia.
— Puede ser — admitió Paco en un raro momento de humildad —. Pero sigo diciendo que el agua fría de la nevera es un invento del demonio para vender más antibióticos.
— Venga, Paco, admita que ese sorbo que ha dado antes le ha devuelto la vida.
Paco miró la jarra.
— Me ha devuelto la vida, sí… pero me ha quitado la razón. Y para un hombre de mi edad, la razón es casi tan importante como el aire.
Elena se acercó a él y le puso un vaso de agua fresca, esta vez con un par de hielos tintineando alegremente.
— Tome, Paco. Bébaselo despacio. Considérelo un medicamento.
Paco cogió el vaso con ambas manos.
Lo miró con respeto.
— Como un medicamento, ¿eh?
— Sí. Jarabe de iceberg — rió Sergio.
Paco dio un trago. Esta vez no hubo muecas, ni quejas, ni historias sobre vecinos muertos por comer fruta.
Solo hubo un hombre de setenta años disfrutando de la única cosa que importa cuando Madrid se convierte en un horno: un trago de agua fresca.
— Está buena — susurró Paco, casi para sí mismo —. Pero que no salga de esta cocina.
— Su secreto está a salvo con nosotros — prometió Elena.
— Eso sí — añadió Paco, recuperando el brillo de la batalla en sus ojos —. Mañana, como me levante con un poco de carraspera, os demando a los dos.
— Trato hecho, Paco.
— Y ahora — continuó Paco, señalando la puerta del salón —. Id sacando el melón de la nevera, que ya han pasado las cinco y es seguro comerlo.
— Pero Paco, ¿no decía que el melón de noche mata?
— Todavía es por la tarde, Sergio. No me busques las cosquillas.
Elena y Sergio se rieron mientras volvían al salón.
Paco se quedó solo en la cocina.
Miró su botella de agua del tiempo, olvidada y solitaria en la encimera.
Luego miró la jarra helada.
Con un movimiento rápido, como quien comete un pecado venial, echó el resto del agua caliente de su botella por el fregadero.
Y llenó la botella de plástico con el agua de la nevera.
— Es por la circulación — murmuró Paco para convencerse a sí mismo —. El agua fría… acelera el metabolismo de los jubilados.
Se llevó la botella a la boca y dio un trago triunfal.
Afuera, el sol seguía castigando la ciudad.
Pero en esa cocina de la calle Fuencarral, la guerra del agua había terminado.
Al menos hasta el próximo verano.
Porque Paco, a pesar de todo, ya estaba pensando en cómo explicarle a su nieto, cuando viniera de visita, que el agua de la nevera “encoge los pulmones”.
Pero eso sería otra historia.
De momento, el frescor era suficiente.
Y el silencio, por fin, reinaba en la casa.
Solo roto, de vez en cuando, por el sonido de un vaso llenándose de nuevo.
Gluglú.
La mejor música del mundo para un agosto en Madrid.