No lo entenderás ahora, pero con el tiempo sabrás que tu madre tenía razón. Desde hoy piensa únicamente en salvar almas. Por mí no te preocupes. Solo te pido que reces por mí cada día, viva o muerta. Eso me basta. Palabras proféticas que el joven sacerdote guardará como talismán en los años de tormenta que se avecinan.
Su primera asignación lo lleva al convito eclesiástico de Turín, donde completa su formación bajo la dirección de un santo, José Cafaso. Este sacerdote menudo de salud frágil, pero espíritu de gigante, será el faro que orienta a Don Bosco hacia su verdadero apostolado. Cafaso tiene una costumbre que horroriza a muchos clérigos acomodados.
Visita las cárceles de Turín, desciende a aquellos pozos de miseria donde la sociedad arroja a sus desechos humanos y arrastra consigo al joven bosco. Lo que Juan contempla entre aquellas rejas lo marca con hierro candente. Muchachos de 12, 14, 15 años encadenados junto a asesinos y ladrones curtidos.
Niños que no saben leer ni escribir, que jamás han oído hablar del amor de Dios. que maldicen y blasfeman porque nadie les ha enseñado otra cosa. Sus delitos son miserables. Robar un pan, dormir donde no debían, existir sin permiso. La sociedad los castiga por crímenes que ella misma ha engendrado con su abandono.
Don Bosco siente que el corazón se le desgarra. Si alguien se hubiera ocupado de estos muchachos antes, piensa, “No estarían aquí.” Y en ese pensamiento germina la semilla de toda su obra futura. No castigar al caído, sino prevenir la caída. No condenar al pecador, sino adelantarse al pecado con el amor. El 8 de diciembre de 1841, fiesta de la Inmaculada Concepción de María, ocurre el encuentro que lo cambiará todo.
Don Bosco se prepara para celebrar misa en la Iglesia de San Francisco de Asís. El sacristán, hombre de genio agrio, descubre en la sacristía a un muchacho arapiento que no sabe servir el altar. Lo golpea, lo insulta, intenta echarlo a escobazos. Don Bosco interviene con firmeza. ¿Qué hace usted? Es un amigo mío.
Rescata al chico, lo sienta, le habla con dulzura. Se llama Bartolomé Garelli. Tiene 16 años. Es huérfano. Trabaja como aprendiz de albañil. No sabe leer ni escribir. Ignora hasta las oraciones más elementales. Don Bosco le pregunta si conoce el Padre Nuestro. Silencio. El Ave María. Silencio. Ha hecho la primera comunión. Ni siquiera sabe qué es eso.
En lugar de escandalizarse, Don Bosco sonríe. ¿Te gustaría aprender? El muchacho asiente, desconfiado. Allí mismo, en aquella sacristía que huele a cera y a incienso, comienza la primera lección de catecismo. Cuando terminan, Don Bosco le dice, “Vuelve el domingo que viene y si conoces otros muchachos como tú, tráelos.
” Bartolomé vuelve y trae amigos. El domingo siguiente son nueve, luego 20, luego 50. El oratorio ha nacido, aunque todavía no tiene nombre ni lugar fijo. Es solo un sacerdote joven que reúne a los desarrapados de Turín para enseñarles el catecismo, jugar con ellos, hacerles sentir que alguien en este mundo los quiere.
Los números crecen con velocidad que asombra y alarma. 100 muchachos, 200, 300. Don Bosco los reúne donde puede, en iglesias prestadas, en patios, en prados a las afueras de la ciudad, incluso en cementerios abandonados donde los muertos no protestan por el bullicio. Los juegos alternan con las oraciones, las risas con los cantos sagrados. Don Bosco corre con ellos, salta, hace equilibrios sobre una cuerda, desaparece pañuelos con trucos de magia.
Los muchachos lo adoran, pero las autoridades recelan. Las autoridades civiles ven en aquellas reuniones multitudinarias de jóvenes pobres un peligro político. ¿No serán conspiraciones revolucionarias disfrazadas de catequesis? Agentes de policía se infiltran entre los muchachos, toman notas, informan a sus superiores.
Las autoridades eclesiásticas tampoco comprenden a este sacerdote atípico que no respeta las formas, que se mezcla con la chusma, que parece más saltimbangi que clérigo. El arzobispo de Turín recibe quejas constantes. Algunos canónigos murmuran que Don Bosco ha perdido el juicio. Dos sacerdotes son enviados discretamente para evaluar su salud mental y si fuera necesario internarlo en un manicomio.
Llegan al oratorio con rostros graves. Don Bosco los recibe con su sonrisa habitual. los invita a subir a un carruaje que supuestamente los llevará a dar un paseo. Cuando están dentro, cierra la puerta y grita al cochero, “¡Lleve a estos señores al manicomio que están locos!” Los sacerdotes, atónitos, comprenden que han sido burlados.
La anécdota corre por todo Turín y paradójicamente salva a Don Bosco. Nadie se atreve ya a cuestionar su cordura, pero la incomprensión y la persecución no cesan. Lo expulsan de un lugar tras otro. Los vecinos se quejan del ruido. Los propietarios temen que los muchachos roben o causen destrozos. Don Bosco peregrina de solar en solar, de cobertizo en cobertizo, arrastrando tras de sí a su rebaño de corderos hambrientos de pan y de Dios.
A veces duerme al raso con ellos, a veces no tiene que darles de comer, pero nunca, ni una sola vez pierde la sonrisa ni la confianza en la providencia. Dios proveerá, repite. Y Dios siempre provee a menudo en el último instante, a menudo por caminos que nadie habría imaginado. En 1846, tras años de peregrinaje forzoso, Don Bosco encuentra finalmente un refugio estable.
Es un cobertizo miserable en Baldoco, barrio de mala fama en las afueras de Turín, propiedad de un tal Pinardi. El edificio amenaza ruina, el techo gotea, las paredes sudan humedad, pero Don Bosco lo mira con ojos de profeta. Aquí nacerá la casa madre de una obra que abrazará el mundo. Firma el contrato de alquiler sin tener un céntimo para pagarlo.
Cuando le preguntan de dónde sacará el dinero, responde con esa sonrisa que desarma. La providencia tiene bolsillos más profundos que los míos. Y la Providencia responde. Ese mismo año, mamá Margarita abandona su aldea natal para unirse a su hijo. Tiene 58 años. Las manos curtidas por décadas de trabajo, el corazón inmenso como el cielo del Piamonte.
Se convierte en madre de cientos de muchachos que no tienen madre. Cocina calderos enormes de polenta y sopa. Remienda ropas destrozadas. Cura fiebres y heridas. Consuela llantos nocturnos. Cuando el hambre aprieta y las despensas están vacías, reúne a los muchachos y les dice con voz serena, “Hijos míos, hoy la providencia nos pone a prueba.
Recemos juntos y esperemos.” Y siempre, inexplicablemente, llega ayuda. Un benefactor desconocido, una donación inesperada, un milagro cotidiano que nadie se atreve a llamar milagro. Margarita vende su a de novia, sus últimas joyas, todo lo que posee para alimentar a aquellos hijos adoptivos. Muere en 1856, consumida por el trabajo y el amor.
Sus últimas palabras a Don Bosco resuenan como un testamento sagrado. Recuerda siempre que lo único que importa en esta vida es la caridad. La década de 1850 trae persecuciones que habrían doblegado a cualquier hombre de fe menor. El gobierno piamontés, embriagado de liberalismo anticlerical desata una guerra sistemática contra la Iglesia.
Las leyes Sicardi suprimen el fuero eclesiástico. Las leyes Ratatzi disuelven las órdenes religiosas y confiscan sus bienes. Los jesuitas son expulsados. Los conventos cerrados, los sacerdotes vigilados como sospechosos. En este clima envenenado, el oratorio de Baldoco aparece como una anomalía inexplicable.
Un sacerdote que reúne multitudes de jóvenes pobres, que educa pedir nada a cambio, que forma ciudadanos honrados sin adoctrinarlos políticamente. El ministro urbano Ratzi, arquitecto principal de las leyes anticlericales, siente curiosidad por este fenómeno. Visita el oratorio, observa, interroga. Lo que encuentra lo desconcierta.
No hay conspiración, no hay fanatismo, solo un sacerdote que ama a los muchachos y los transforma en hombres de bien. Ratasi, pragmático hasta la médula, comprende el valor social de aquella obra. Propone a Don Bosco un pacto. Fondos estatales generosos a cambio de independencia respecto a Roma. Don Bosco rechaza sin vacilar.
Mis muchachos pertenecen al Papa. Antes mendigaré por las calles que vender su alma. Ratatzi, contra toda lógica, se convierte en protector discreto del oratorio. La providencia tiene caminos insondables. Es en estos años de prueba cuando Don Bosco sistematiza su método educativo, el célebre sistema preventivo que revolucionará la pedagogía moderna.
Frente al sistema represivo dominante en las escuelas de la época, basado en la vigilancia desconfiada, el castigo ejemplar y la disciplina del miedo, Don Bosco propone algo radicalmente distinto. Tres pilares sostienen su edificio pedagógico: razón, religión y amor. razón significa tratar al joven como ser inteligente, explicarle las normas en lugar de imponerlas arbitrariamente, apelar a su entendimiento antes que a su temor.
Religión significa fundamentar toda la educación en la fe viva, no como barniz superficial, sino como cimiento profundo. Los sacramentos frecuentes, especialmente la confesión y la comunión, son el alimento que fortalece el alma contra las tentaciones. Amor significa presencia constante, cercanía afectuosa. Ese estar siempre entre los jóvenes no como vigilante que acecha, sino como padre que acompaña.
No basta amar a los jóvenes, escribe Don Bosco. Es necesario que ellos se sientan amados. y añade esta frase que condensa toda su espiritualidad educativa. La educación es cosa del corazón y solo Dios es su dueño y nosotros no podremos lograr nada si Dios no nos enseña el arte y no nos pone en la mano las llaves.

El patio del oratorio se convierte en laboratorio de este método. Don Bosco está siempre allí mezclado con los muchachos, jugando a la pelota, corriendo, riendo. Los observa con esa mirada penetrante que parece leer las almas. Cuando detecta tristeza o inquietud en alguno, se acerca discretamente, lo toma del brazo, pasea con él, lo escucha.
Muchas vocaciones sacerdotales nacen de esos paseos. Muchas confesiones difíciles se desbloquean en esas conversaciones informales. Los fenómenos extraordinarios se multiplican en torno a Don Bosco, aunque él los minimiza sistemáticamente. Los sueños proféticos continúan visitándolo con regularidad inquietante.
En ellos ve el estado de las almas de sus muchachos. Algunos resplandecen de gracia, otros aparecen rodeados de sombras amenazantes, algunos ya llevan la marca invisible de la muerte próxima. Estos sueños le permiten intervenir a tiempo, llamar a confesión a quien lo necesita, preparar para el tránsito a quien va a morir.
Los testimonios de los primeros salesianos están llenos de estos episodios. Don Bosco que anuncia la muerte de un joven semanas antes de que enferme. Don Bosco que revela en confesión pecados que el penitente no ha mencionado. Don Bosco que multiplica castañas o panes cuando no hay que comer. El proceso de canonización verificará escrupulosamente decenas de estos hechos prodigiosos.
Pero el propio Don Bosco rehuye la fama de taurgo. Los milagros son cosa de Dios. Yo solo soy un pobre cura que hace lo que puede. Esta humildad radical que atribuye todo bien a la gracia divina y toda limitación a la propia miseria es quizá el mayor de sus milagros. En 1859, Don Bosco da el paso decisivo.
Funda formalmente la sociedad de San Francisco de Sales. El nombre honra al Santo Obispo de Ginebra, apóstol de la dulzura y la mansedumbre, cuya espiritualidad ha nutrido a Don Bosco desde los años del seminario. Los primeros salesianos son un puñado de jóvenes que han crecido en el oratorio y quieren consagrar su vida a continuar la obra del Padre.
Pero el camino hacia la aprobación romana será largo y espinoso. Las constituciones que Don Bosco presenta chocan con los moldes tradicionales de la vida religiosa. Sus salesianos no visten hábito distintivo, no rezan el oficio coral en común, viven mezclados con el mundo en lugar de recluirse tras muros conventuales.
Roma objeta, pide modificaciones, retrasa. Don Bosco negocia con paciencia infinita, pero sin ceder en lo esencial. Su congregación debe estar adaptada a los tiempos nuevos. Debe poder llegar a los jóvenes allí donde están. Debe ser ágil y flexible como el amor que la anima. Finalmente, en 1869, el Papa Pío Noveno aprueba definitivamente las constituciones.
El sueño de los 9 años tiene ya forma institucional que lo perpetuará más allá de la muerte del soñador. 3 años después, en 1872, Don Bosco completa su obra fundacional. Junto con María Dominga Mazarelo, una joven campesina de Mornese, dotada de extraordinarios dones espirituales, establece el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora.
Esta rama femenina se dedicará a hacer por las niñas pobres lo que los salesianos hacen por los muchachos, educarlas, formarlas, salvarlas del abandono y la explotación. Don Bosco también crea la Asociación de Cooperadores Salesianos, laicos de ambos sexos, que sin abandonar sus obligaciones familiares y profesionales, colaboran activamente en la misión educativa.
Nace así una triple familia espiritual que hoy abarca más de 30 grupos distintos y cuenta con cientos de miles de miembros en todos los continentes. Las pruebas del mundo no dan tregua. En 1870, las tropas del reino de Italia atraviesan la porta Pía y ocupan Roma. El Papa Pío Noveno pierde sus estados temporales y se declara prisionero del Vaticano.
La Iglesia parece acorralada, vencida, condenada a la irrelevancia. Muchos católicos se sumen en el desánimo y la amargura. Don Bosco no se permite ese lujo. Mientras otros lloran, él construye. Levanta iglesias monumentales sin tener un céntimo en el bolsillo, el santuario de María Auxiliadora en Turín, la Basílica del Sagrado Corazón en Roma por encargo expreso del Papa León 1terº.
Sus métodos de financiación escandalizan a los pusilánimes. Escribe cartas audaces a reyes y millonarios. organiza loterías y rifas, publica periódicos y libros cuyas ganancias revierten en las obras. Cuando lo acusan de mendigar sin dignidad, responde con sencillez desarmante, “No mendigo para mí, mendigo para mis muchachos, que son hijos de Dios y merecen un techo y un altar.
” Los años finales de Don Bosco son un crepúsculo glorioso teñido de dolor redentor. Su cuerpo, castigado por décadas de trabajo extenuante, comienza a traicionarlo. La vista se apaga progresivamente hasta dejarlo casi ciego. Las piernas se hinchan de tal modo que cada paso es un calvario. El corazón late con irregularidad alarmante.
Los médicos le ordenan reposo absoluto. Él los escucha con cortesía y continúa trabajando 18 horas diarias. Cuando sus alesianos le suplican que se cuide, responde con esa sonrisa que ya es leyenda. Tendré toda la eternidad para descansar. Ahora hay almas que salvar. Su correspondencia de estos años finales revela una actividad febril que desafía toda lógica médica.
Cartas a benefactores, instrucciones a directores de casas salesianas desperdigadas por Europa y América, proyectos de nuevas fundaciones, intervenciones diplomáticas ante gobiernos hostiles. Un anciano moribundo que mueve los hilos de un imperio educativo mundial. En 1875, Don Bosco toma una decisión que marcará el destino de continentes enteros.
envía la primera expedición misionera salesiana a Argentina. 10 de sus hijos, encabezados por Juan Cagliero, cruzan el Atlántico con una doble misión. Atender espiritualmente a los cientos de miles de emigrantes italianos que buscan fortuna en las Pampas y evangelizar a los pueblos indígenas de la Patagonia, aquellas tierras australes que los mapas de la época marcaban como territorio de salvajes.
La despedida en la estación de Turín es desgarradora. Don Bosco bendice uno por uno a los misioneros, les entrega cartas para obispos y gobernantes americanos, les da sus últimas instrucciones, sabe que probablemente no volverá a verlos en esta vida, pero también sabe que el sueño de los 9 años no conoce fronteras geográficas.
Los corderos que debe apacentar están en todas partes y sus hijos deben ir a buscarlos hasta los confines del mundo. Los salesianos desembarcan en Buenos Aires en diciembre de aquel año. Lo que encuentran supera sus peores expectativas. Miseria espantosa en los conventillos donde se asinan los inmigrantes.
Niños abandonados que vagan por las calles de una ciudad en construcción caótica. indígenas perseguidos y masacrados por las campañas militares del gobierno argentino. Pero también encuentran almas sedientas de Dios, jóvenes que responden al método de Don Bosco con el mismo entusiasmo que los muchachos de Turín. En pocos años, los salesianos fundan escuelas, oratorios, parroquias, penetran en la Patagonia, establecen misiones entre los mapuches y los tehuelches, aprenden sus lenguas, defienden sus derechos frente a los
abusos de colonos y militares. Monseñor Cagliero será consagrado obispo y se convertirá en el apóstol de aquellas tierras desoladas. 1886, Don Bosco realiza su último viaje a Roma, ciudad que ha visitado tantas veces para defender su obra ante la curia y los papas. Pío no. El pontífice que aprobó sus constituciones y lo trató siempre con afecto paternal, ha muerto 8 años atrás.
Ahora gobierna León 1ero, el papa de la Rerum Novarum, el pontífice que busca reconciliar a la Iglesia. con el mundo moderno, sin traicionar la verdad eterna. León recibe a Don Bosco con veneración que raya en la devoción. Don Bosco le dice tomándole las manos, la iglesia le debe mucho. Usted ha demostrado que se puede ser santo en medio del mundo, que se puede educar a los jóvenes sin golpes ni amenazas, que se puede construir el reino de Dios con alegría.
Don Bosco, con esa humildad que nunca lo abandona, responde, “Santo Padre, yo no soy más que un pobre sacerdote de aldea. Todo lo bueno que haya podido hacer es obra de la providencia y de María Auxiliadora. Yo solo he puesto las manos.” El Papa insiste, “Las manos y el corazón, Don Bosco. Las manos y el corazón.
” Durante su estancia romana, Don Bosco celebra misa en los lugares más sagrados de la cristiandad. Las catacumbas, donde los primeros mártires sellaron su fe con sangre, la Basílica de San Pedro, donde reposan los restos del pescador de Galilea. Las grandes iglesias que custodian reliquias de santos, cuyas vidas ha narrado tantas veces a sus muchachos.
Apenas puede caminar, necesita que lo sostengan para llegar al altar. Pero cuando eleva la consagrada, su rostro se transfigura con un resplandor que los testigos nunca olvidarán. Las multitudes romanas lo reconocen y lo aclaman por las calles. El santo, el santo, gritan. Él hace gestos para que callen, incómodo con una fama que nunca ha buscado.
De regreso a Turín, Don Bosco comprende que el final está cerca. convoca a sus alesianos más cercanos y les transmite sus últimas voluntades con lucidez impresionante. Les habla del futuro de la congregación, de los peligros que deberán afrontar, de las tentaciones que acecharán a las generaciones venideras, la tibieza espiritual, el aburguezamiento, el olvido de los pobres.
Permaneced fieles al espíritu de los orígenes. Les suplica, no busquéis honores ni comodidades. Id hacia los más abandonados, hacia aquellos que nadie quiere. Ellos son vuestra herencia, vuestro tesoro. El 31 de enero de 188, Don Bosco entra en agonía. Rodeado de sus hijos salesianos que rezan y lloran en silencio.
El anciano sacerdote lucha por respirar. De vez en cuando sus labios murmuran palabras apenas audibles, nombres de muchachos que ha amado, jaculatorias a María Auxiliadora, fragmentos del sueño de los 9 años que ahora al fin comprende en toda su plenitud. A las 4:30 de la madrugada, con la primera luz del alba invernal filtrándose por las ventanas de su celda austera, Giovanni Melchorre Bosco exhala su último aliento.
Tiene 72 años. Ha fundado una congregación masculina con más de 700 miembros y 250 casas en todo el mundo. Ha fundado una congregación femenina con más de 800 religiosas. Ha creado una red de cooperadores laicos que se cuentan por millares. Ha educado a cientos de miles de jóvenes que sin él habrían sido carne de presidio o de miseria.
ha escrito centenares de libros y folletos que han difundido la fe católica entre millones de lectores. Ha construido iglesias, escuelas, talleres, hospitales. Y todo esto lo ha hecho un campesino sin recursos que solo tenía un sueño y una confianza absoluta en la providencia. Durante tres días, el cuerpo de Don Bosco permanece expuesto en la Iglesia de María Auxiliadora.
Más de 40,000 personas desfilan ante él para darle el último a Dios. obreros y aristócratas, sacerdotes y anticlericales, ancianos que lo conocieron de joven y niños que solo han oído hablar de él como de una leyenda viva. Turín entero se paraliza. Los periódicos, incluso los más hostiles a la iglesia, publican elogios fúnebres que reconocen la grandeza del difunto.
Las autoridades civiles, las mismas que durante décadas lo vigilaron y persiguieron, envían coronas de flores y delegaciones oficiales. El funeral es un triunfo que habría avergonzado al humilde sacerdote de Baldoco. Pero el verdadero triunfo no está en los honores póstumos ni en las multitudes llorosas.
está en las almas salvadas, en los corazones transformados, en los jóvenes que gracias a él encontraron un padre cuando el mundo los había declarado huérfanos. Está en los sacerdotes y religiosos que él formó y que continuarán su obra hasta el fin de los tiempos. Está en ese ejército invisible de antiguos alumnos desperdigados por todos los continentes, hombres y mujeres de bien que llevan grabada en el alma la marca de Don Bosco, la alegría como camino de santidad, el trabajo como oración, el amor a los jóvenes como forma suprema de amor a Dios.
El eco de Don Bosco no se extinguió con su último suspiro en aquella madrugada de enero. Al contrario, su muerte fue como la siembra de un grano de trigo que al caer en tierra multiplica su fruto 100 veces. Pío 11. El Papa que lo elevó a los altares en 1934 pronunció palabras que resumen una vida entera. Don Bosco es un gigante de la santidad, un coloso de la caridad cristiana.
Aquel pontífice que de joven había conocido personalmente al santo turinés sabía de lo que hablaba. Había visto con sus propios ojos la transformación que operaba Don Bosco en los muchachos más desesperados. Medio siglo después, Juan Pablo II peregrinaría a Turín para proclamarlo Padre y maestro de la juventud, título que condensa, en cuatro palabras el carisma de un hombre que supo ser simultáneamente padre tierno y maestro exigente, amigo cercano y guía firme.
El sistema preventivo, aquella intuición genial nacida en los patios polvorientos de Baldoco, ha cruzado fronteras académicas y confesionales. Pedagogos de todas las escuelas lo estudian, lo adaptan, lo aplican. La premisa central permanece inalterable como roca. El joven no es un problema que resolver mediante control y castigo, sino un misterio sagrado que acompañar con paciencia infinita.
Educar no es adiestrar animales para que obedezcan, sino despertar libertades para que elijan el bien. El educador auténtico no es un carcelero que vigila desde su torre, sino un testigo que camina junto al educando compartiendo fatigas y alegrías. La familia salesiana se ha convertido en un árbol de ramas innumerables que da sombra en los cinco continentes.
Los salesianos de Don Bosco, las hijas de María Auxiliadora, los cooperadores, los antiguos alumnos, las voluntarias de Don Bosco y más de 30 grupos distintos forman hoy una red que abraza 134 naciones. Gestionan universidades donde se forman ingenieros y médicos. Escuelas profesionales donde aprenden oficios, los hijos de la pobreza, parroquias en barrios marginales donde nadie más quiere ir, misiones en selvas y desiertos donde el evangelio aún no ha echado raíces.
Millones de jóvenes pasan cada año por sus aulas, sus patios, sus capillas. El sueño de los 9 años, aquel prado lleno de bestias que se transformaban en corderos, sigue cumpliéndose cada día en idiomas que Don Bosco nunca imaginó. en el suagajili de las aldeas africanas, en el quechua de los Andes, en el mandarín de las megalópolis asiáticas, los corderos siguen llegando hambrientos de pan y de sentido, y los hijos de Don Bosco siguen saliendo a buscarlos con la misma alegría del fundador.
La actualidad de Don Bosco radica precisamente en que los jóvenes abandonados no han desaparecido, solo han cambiado de rostro. Ya no son los huérfanos arapientos que dormían bajo los puentes del turín de Simonónico. Hoy son adolescentes perdidos en laberintos digitales que devoran su atención y vacían sus almas.
Son migrantes que cruzan mares y desiertos buscando un futuro que sus tierras les niegan. Son víctimas de adicciones químicas y conductuales que los esclavizan antes de que aprendan a ser libres. Son jóvenes de familias rotas. que nunca han experimentado el amor incondicional de un padre. La forma del abandono muta con los tiempos, pero la herida es la misma.
La soledad radical de quien siente que a nadie le importa si vive o muere. Don Bosco ofrece a estos jóvenes de hoy lo mismo que ofreció a Bartolomé Garelli en aquella sacristía de 1841. Una mirada que reconoce su dignidad, una palabra que cree en sus posibilidades, una presencia que no los juzga, sino que los acompaña. Basta que seáis jóvenes para que yo os ame”, decía Don Bosco.
Y esta frase sigue resonando como un desafío y una promesa. Un amor que no pone condiciones, que no exige méritos previos, que no espera garantías de éxito. Un amor que refleja como espejo fiel el amor con que Dios ama a cada una de sus criaturas. X. Su cuerpo incorrupto descansa hoy en la basílica de María Auxiliadora en Turín, meta de peregrinaciones incesantes.
Fieles de todo el mundo, acuden a venerar aquellos restos mortales que parecen dormir en paz aguardando la resurrección. Pero quien busque el verdadero santuario de Don Bosco, no debe detenerse ante la urna de cristal. Debe salir a los patios de las escuelas salesianas, donde el bullicio de los recreos es oración agradable a Dios. Debe entrar en los oratorios festivos de los barrios pobres, donde los domingos se llenan de risas y catequesis.
debe viajar a las misiones de la Amazonia o del Sáel, donde los salesianos comparten la vida de los más olvidados. Allí, en cada joven que descubre que alguien lo ama, en cada muchacho que aprende un oficio y recupera la dignidad, en cada niña que accede a la educación que le estaba vedada, Don Bosco sigue vivo, sigue jugando con sus hijos, sigue enseñándoles el catecismo con trucos de magia, sigue confesándolos con esa mirada que penetra hasta el fondo del alma sin herir jamás.
Sigue siendo padre de los que no tienen padre, maestro de los que nadie quiso enseñar, amigo de los que el mundo considera enemigos y seguirá siéndolo hasta que el último joven abandonado de la tierra encuentre quien lo mire con amor y le diga, “Amigo, Dios te ama y yo también.” Detengámonos un instante ante el misterio de esta vida que comenzó en un sueño y terminó en un abrazo de luz.
Un niño campesino que no tenía nada excepto la fe de su madre y la certeza de una misión. un sacerdote que eligió los patios en lugar de los palacios, el juego en lugar de la solemnidad vacía, el corazón en lugar del reglamento. Don Bosco nos enseña que la santidad no es huir del mundo, sino amarlo hasta transformarlo.
Que la alegría cristiana no es frivolidad, sino la señal más clara de que Dios habita en nosotros. Cada joven que hoy camina perdido por las calles del mundo es un Bartolome Areli esperando que alguien lo mire con amor. Cada adolescente atrapado en el vacío digital es un cordero que puede ser rescatado con mansedumbre y caridad.
La pregunta que Don Bosco nos lanza desde la eternidad no es, ¿qué hizo él? Sino qué haremos nosotros. Seremos capaces de ver en el rostro del joven más difícil la imagen de Cristo que espera ser despertada. Que su intercesión nos alcance la gracia de amar sin condiciones, de educar sin desesperar, de confiar en la providencia cuando todo parece perdido y que al final de nuestros días podamos repetir con él.
Hasta mi último aliento fue para los jóvenes que Dios puso en mi camino. San Juan Bosco, sacerdote, fundador de los salesianos, padre y maestro de los jóvenes, ruega por nosotros.