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31 de enero: San Juan Bosco: El Santo que Dedicó su Vida a los Jóvenes

31 de enero: San Juan Bosco: El Santo que Dedicó su Vida a los Jóvenes

Un sueño a los 9 años. Bestias que se convierten en corderos. Una voz que promete, a su tiempo lo comprenderás. Casi 60 años después, millones de jóvenes llamarán padre a aquel niño campesino del Piamonte. Italia, 1815. Europa despierta del sueño napoleónico entre escombros y hambre. En el Piamonte, tierra de colinas que ondean bajo cielos cambiantes, los campesinos malviven atados a una tierra que apenas les devuelve el esfuerzo.

 Las ciudades comienzan a rugir con máquinas de vapor y Turín, capital del pequeño reino de Cerdeña, se llena de muchachos desarraigados, huérfanos, fugitivos del campo, niños que duermen bajo los puentes y roban para comer. La iglesia sangra. Los gobiernos liberales cierran conventos, expulsan religiosos, confiscan bienes.

 Un anticlericalismo feroz, heredero de la Revolución Francesa, declara la guerra a todo lo que huela a sotana. Los sacerdotes que quedan parecen incapaces de responder a un mundo que cambia demasiado rápido. En este escenario de crisis y transformación, en una casucha de piedra en Ibechi, cerca de Castelnuovo Dasti, nace el 16 de agosto un niño llamado Giovanni Melchorre Bosco, hijo de campesinos pobres, huérfano de padre antes de cumplir 3 años.

Nadie apostaría un céntimo por su futuro. Y sin embargo, de aquella cuna miserable surgirá uno de los santos más revolucionarios de la historia moderna. La muerte golpea temprano en la vida de Giovanni. Francesco Bosco, su padre, cae enfermo de una pulmonía fulminante cuando el niño apenas ha cumplido 2 años.

Margarita Ochiena, de pronto viuda a los 29 años, contempla el futuro con ojos que no lloran, tres bocas que alimentar, una suegra anciana que cuidar y unas tierras que apenas dan para sobrevivir. El Piamonte atraviesa años de carestía brutal. El hambre ronda las aldeas como un lobo paciente, pero esta mujer menuda, analfabeta, forjada en el yunque de la adversidad, posee algo que ninguna desgracia puede arrebatarle.

Una fe que mueve montañas. Dios es padre. Repite a sus hijos mientras reparte el poco pan que hay. Dios te ve. Susurra al pequeño Giovanni cada noche. Estas palabras, sencillas como el trigo, sembrarán en el alma del niño raíces que ninguna tormenta podrá arrancar. El sueño llega cuando Giovanni tiene 9 años.

 Se ve en un prado inmenso, rodeado de muchachos que blasfeman, pelean, se revuelcan en el fango del pecado. Él intenta detenerlos a puñetazos, pero una figura luminosa, un hombre vestido de blanco resplandeciente, lo detiene con voz que es trueno y caricia a la vez. No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ganarte a estos amigos.

Ponte ahora mismo a enseñarles la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud. Giovanni Balbucea, que es un pobre ignorante, incapaz de tal empresa. Entonces aparece una señora de majestad indescriptible, vestida con un manto que parece tejido de estrellas. Las bestias salvajes que rodeaban al niño se transforman en corderos mansos.

A su tiempo lo comprenderás todo, dice ella. Giovanni despierta con el corazón desbocado. Cuenta el sueño a su madre, a su abuela, a sus hermanos. Nadie sabe interpretarlo, pero algo ha cambiado para siempre en el interior de aquel niño campesino. Ha recibido una misión. Sin embargo, el camino hacia esa misión está sembrado de espinas.

Antonio, el hermanastro mayor, hijo del primer matrimonio de Francesco, ve en Giovanni solo un par de brazos para el arado. Estudiar, ser sacerdote, locuras de soñador. Los conflictos estallan con violencia creciente. Antonio llega a golpear a Giovanni, a prohibirle los libros, a humillarlo ante los vecinos.

 Margarita sufre en silencio, dividida entre sus hijos. Finalmente, cuando Giovanni cumple 12 años, la situación se vuelve insostenible. El muchacho debe abandonar el hogar. Con un atillo al hombro y el corazón partido, camina hacia la granja de los Moglia, donde trabajará como criado a cambio de comida y techo. Son años de dureza extrema.

 Levantarse antes del alba, trabajar hasta que los músculos gritan, dormir en el pajar. Pero también son años de aprendizaje secreto. Por las noches, a la luz mortesina de un candil, Giovanni devora los pocos libros que puede conseguir. Su memoria es prodigiosa. Lo que lee una vez lo retiene para siempre. Y en las ferias de los pueblos vecinos observa fascinado a los saltinbanquis, a los magos ambulantes, a los acróbatas.

Aprende sus trucos, practica en secreto, descubre que tiene un don natural para el espectáculo. Este don se convierte en herramienta apostólica. Los domingos, Giovanni reúne a los muchachos de las granjas vecinas, les ofrece un espectáculo, camina sobre la cuerda floja, hace desaparecer monedas, adivina cartas.

 Los chicos ríen, aplauden, piden más. Pero entonces Giovanni cambia el tono. Ahora recemos juntos el rosario. Ahora os cuento una historia del evangelio. Nadie protesta. Han sido conquistados por la alegría y la alegría los conduce a Dios. Ya están haciendo en aquellos prados humildes el método que revolucionará la pedagogía.

 Primero el corazón, después la mente, siempre el alma. Finalmente, con sacrificios inmensos y la ayuda de sacerdotes que reconocen su vocación, Giovanni logra ingresar en la escuela de Cheri. Tiene 16 años y comparte pupitre con niños de 10. La vergüenza podría aplastarlo, pero él la transforma en combustible. Trabaja de camarero, desastre, de herrero, de lo que sea necesario para pagarse los estudios.

Funda entre sus compañeros la sociedad de la alegría. El lema es guerra al pecado. El método es la amistad. El arma es la risa limpia. En 1835, a los 20 años, Giovanni Bosco cruza el umbral del seminario de Chieri. El niño del sueño comienza a convertirse en el sacerdote de los corderos. El 5 de junio de 1841, en la capilla del arzobispo de Turín, Giovanni Bosco recibe la unción que lo convierte en sacerdote de Jesucristo.

Tiene 26 años y el mundo entero por conquistar. Margarita, su madre, ha viajado desde Ibechi para asistir a la ordenación. Después de la ceremonia lo toma de las manos y le habla con esa gravedad que solo poseen las madres santas. Juan, eres sacerdote. Dices misa, estás más cerca de Jesús, pero recuerda, comenzar a celebrar es comenzar a padecer.

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