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Se Casaron En Secreto A Los Dieciséis Años Pensando Que Era Amor Verdadero Pero Ahora Viven Una PESADILLA Llena De Mentiras Y Engaños

Se Casaron En Secreto A Los Dieciséis Años Pensando Que Era Amor Verdadero Pero Ahora Viven Una PESADILLA Llena De Mentiras Y Engaños

PARTE 1

Aitana siempre decía que su vida empezó a torcerse el día que Mateo apareció con dos anillos de plata comprados en un mercadillo de Toledo y una frase que, en aquel momento, le pareció la cosa más bonita del mundo.

—Si esto es amor de verdad, no necesitamos que nadie nos dé permiso.

Tenían dieciséis años, dos mochilas de instituto, un miedo enorme a que sus familias se enteraran y esa soberbia inocente de la adolescencia, cuando una cree que el universo entero está equivocado menos el chico que te escribe canciones con tres acordes y una pulsera de cuero.

Aitana vivía en Vallecas, en un piso pequeño, luminoso y lleno de ruido. Su madre, Maite, trabajaba en una clínica dental y tenía la capacidad sobrenatural de saber cuándo su hija mentía por cómo dejaba las llaves en el recibidor.

—Tú has hecho algo —le decía.

—Mamá, acabo de entrar.

—Precisamente. Has entrado con llaves de culpable.

—¿Y cómo entran las llaves de culpable?

—Con mucho cuidadito.

Su padre, Julián, era conductor de autobús y hablaba poco, pero cuando hablaba, sentaba jurisprudencia doméstica.

—Los dieciséis años son para estudiar, sacar al perro y creer que los vaqueros rotos son moda. No para dramas de telenovela.

Aitana ponía los ojos en blanco, claro. Porque cuando una tiene dieciséis años, los padres no tienen opiniones: tienen interferencias.

Ella era buena estudiante. Muy buena. No de esas que te dicen “no he estudiado nada” y luego sacan un nueve con decimales, que es una de las formas más bajas de traición social, sino buena de verdad. Le gustaba la literatura, escribía relatos en libretas de tapa dura y soñaba con estudiar Periodismo o Comunicación Audiovisual. Tenía una profesora, doña Leonor, que decía que Aitana tenía mirada de escritora.

—No sé si eso es bueno —le respondió una vez.

—Es malísimo para dormir tranquila, pero muy útil para contar la verdad.

Mateo llegó a su vida en cuarto de la ESO, aunque ya llevaba tiempo en el instituto. Era uno de esos chicos que no destacaban por las notas, sino por la forma de entrar en una habitación. Entraba como si hubiera música de fondo, aunque lo único que sonara fuera el fluorescente del aula y el murmullo de alguien preguntando si había deberes. Tenía el pelo oscuro, los ojos claros, sonrisa de anuncio barato y una facilidad peligrosa para hacerte creer que nadie te entendía como él.

—Tú escribes, ¿no? —le dijo una tarde en la biblioteca.

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