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Vecino difunde mentiras sobre el éxito de mis hijos en Barcelona y su propio fraude financiero es revelado ante todos

Vecino difunde mentiras sobre el éxito de mis hijos en Barcelona y su propio fraude financiero es revelado ante todos

Parte 1: En mi escalera, hasta los geranios se enteran de todo

En mi calle de Barcelona nunca había pasado nada realmente grave. Bueno, grave según quién lo cuente, porque para la señora Remei del tercero que alguien tirase una bolsa de basura orgánica en el contenedor amarillo ya era motivo para convocar una reunión vecinal con tono de comisión parlamentaria. Vivíamos en una calle tranquila del barrio de Sant Antoni, de esas donde las persianas se levantan temprano, los perros se conocen por el nombre y los vecinos saben perfectamente quién compra pan integral aunque luego diga que está a dieta.

Yo me llamo Teresa, tengo sesenta y un años, un marido llamado Joaquín que ronca como si estuviera serrando un mueble de Ikea sin instrucciones, y tres hijos adultos que, contra todo pronóstico, salieron trabajadores, educados y con la cabeza bastante bien puesta. Lo digo así porque una, como madre, siempre teme que después de tantos años de meriendas, deberes, broncas por las zapatillas en medio del pasillo y excursiones escolares con bocadillos aplastados, alguno se te tuerza y acabe diciendo frases como “yo soy mi propia marca personal” mientras vende cursos por internet desde Bali.

Pero no. Mis hijos salieron bien.

Clara, la mayor, estudió arquitectura y abrió un estudio de diseño sostenible en Poblenou. Tenía esa manera suya de hablar de edificios como si fuesen personas. “Mamá, este espacio necesita respirar”, decía, y yo miraba un local vacío con humedad en la esquina y pensaba: “Respirar no sé, hija, pero ventilar sí, porque aquí huele a trastero cerrado desde el Mundial del 82”.

El mediano, Daniel, montó una empresa de tecnología para restaurantes. Básicamente, hacía que los bares pudieran organizar pedidos, reservas y entregas sin que el camarero acabara gritando “¡¿quién ha pedido las bravas sin alioli?!” en mitad del servicio. Algo muy útil en Barcelona, donde un bar puede tener tres mesas y aun así generar el mismo caos que una estación de tren en agosto.

Y la pequeña, Lucía, había creado una asesoría de comunicación para pequeños negocios. Ayudaba a panaderías, talleres, floristerías y tiendas familiares a promocionarse en redes sin parecer desesperados. Siempre decía:

—Mamá, no todo puede ser poner una foto del escaparate con el texto “venid, que está abierto”.

—Pues hija, claro que sí —le contestaba yo—. Si está abierto, que vengan. Tampoco hace falta escribir El Quijote para vender ensaimadas.

Los tres habían trabajado muchísimo. Muchísimo. Yo los había visto estudiar de madrugada, llorar por facturas, discutir con bancos, perder clientes, ganar clientes, celebrar contratos pequeños como si les hubiese tocado la lotería y comer tortilla francesa tres días seguidos porque el dinero se iba en pagar autónomos. Así que cuando por fin empezaron a irles bien las cosas, Joaquín y yo sentimos una mezcla de orgullo y descanso, como cuando terminas de montar un armario y sobran tornillos, pero el armario se mantiene de pie.

—Hemos hecho algo bien, Tere —me decía Joaquín cada vez que alguno venía a comer y contaba buenas noticias.

—O han salido listos a pesar de nosotros —respondía yo—, que también puede ser.

Todo iba tranquilo hasta que apareció el veneno por la escalera. Y cuando digo veneno no hablo de una serpiente ni de nada exótico. Hablo de un vecino con demasiado tiempo libre, demasiada imaginación y una necesidad enfermiza de opinar sobre vidas ajenas. Se llamaba Eusebio Ferrer, vivía en el primero segunda, justo enfrente del rellano donde todos dejábamos los paraguas mojados aunque estuviera prohibido por la comunidad.

 

Eusebio era de esos hombres que siempre parecen estar esperando a que alguien cometa un error. Tenía bigote fino, gafas de montura dorada y una manera de mirar por encima de ellas que hacía que incluso las plantas del portal se sintieran juzgadas. Se pasaba el día diciendo “yo no quiero meterme, pero…” y acto seguido se metía hasta la cocina, el lavadero y, si podía, dentro del cajón de los calcetines.

Durante años, Eusebio había tolerado nuestra existencia porque éramos una familia normal. Normal en el sentido de que no destacábamos demasiado. Joaquín trabajaba en una imprenta, yo había sido administrativa en una gestoría, los niños estudiaban, el perro del quinto ladraba, el ascensor se estropeaba y la señora Remei hacía croquetas para medio edificio cuando se sentía generosa. Pero cuando mis hijos empezaron a prosperar, algo se le atragantó.

Primero fueron comentarios pequeños.

Un lunes por la mañana, mientras yo salía con el carrito de la compra, Eusebio apareció en el portal como si lo hubiesen convocado las bolsas reutilizables.

—Buenos días, Teresa.

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