Sarah Ferguson: La Cuñada de Diana Que la Reina No Quería en la Familia
El 23 de julio de 1986, 600 millones de personas en todo el mundo la vieron caminar por el pasillo de la abadía de Westminster, vestida de duquesa, sonriendo con un anillo de zafiro burmés diseñado por la reina Isabel. Hoy, 40 años después, vive sola en una clínica suiza sin un centavo, sin amigos, sin contratos televisivos, sin patrocinios, expulsada por la familia real, abandonada por sus dos hijas, en banca rota, con dos cánceres distintos diagnosticados en menos de 12 meses.
Esta es la historia de Sarah Margaret Ferguson, una mujer que tenía todo lo que el mundo cree que vale la pena tener y que lo perdió todo. Una noche de agosto de 1992 en una piscina privada del sur de Francia, cuando un fotógrafo italiano escondido en un techo apretó 100 veces el botón de su cámara.
Ese fotógrafo se llamaba Daniel Angel. tenía un teleobjetivo de 1000 mm. Llevaba 3 días esperando ese momento y a 500 m de su escondite, en una villa de Saint Trope, Sarah Ferguson, duquesa de York, esposa del príncipe Andrés, tercer hijo de la reina Isabel II, acababa de quitarse la parte superior del traje de baño. Junto a ella, un hombre americano calvo llamado John Bry le tomaba el pie.
y empezaba a chuparle el dedo gordo del pie. 100 fotografías en 5 segundos. Tres días después, esas fotografías iban a aparecer en la portada del Daily Mirror, el periódico más leído del Reino Unido. En cuestión de horas iban a dar la vuelta al planeta. Las van a comprar diarios en 40 países.
Las van a publicar revistas en Argentina, en México, en España, en Italia, en Alemania, en Japón. Y la mujer pelirroja sonriente que estaba pasando un día tranquilo en una piscina del sur de Francia, esa mañana va a despertarse al día siguiente convertida en la mujer más humillada del mundo entero. Esa fue Sarah Ferguson en 1992.
Pero la verdadera caída de Sarah Ferguson, la caída lenta, sistemática, dolorosa, no se acababa esa mañana de agosto. Se prolongó durante los siguientes 34 años y todavía en 2026, mientras grabamos este documental, sigue cayendo. Hace solo unas semanas, en febrero de 2026, su exmarido, el príncipe Andrés, fue arrestado por la policía británica, el primer miembro de la realeza británica arrestado en casi 400 años.
Su crimen, la complicidad con el pederasta Jeffrey Epstein y los archivos del Departamento de Justicia americano publicados pocas semanas antes, revelaron correos electrónicos en los que Sarah Ferguson, años atrás le pedía a Epstein dinero, le decía que era su amigo supremo y fiel y le suplicaba 20,000 libras esterlinas para pagar el alquiler de su casa.
En octubre de 2025, el rey Carlos I le quitó a Andrés todos sus títulos, lo expulsó del Royal Lodge. La ciudad de York en marzo de 2026 le retiró a Sarah Ferguson el título honorífico de Freedom of York. Las organizaciones benéficas con las que ella trabajaba, las cadenas de televisión donde aparecía, las marcas que la patrocinaban, una tras otra la han ido echando.
Hoy, en mayo de 2026, Sarah Ferguson está, según fuentes cercanas, a la familia real británica, en banca rota, aislada, refugiada en una clínica suiza, intentando reconstruir lo que queda de una vida que ella misma destruyó. hace 30 años en una piscina de Saint Tropé. Esta es la historia de Sarah Margaret Ferguson, una niña de la aristocracia inglesa que se convirtió en princesa.
Una princesa que se convirtió en duquesa, una duquesa que se convirtió en humillación pública. Una humillación pública que se convirtió en cómplice de Epstein. y una cómplice de Epstein que hoy a los 66 años lucha contra dos cánceres y contra el aislamiento total. Pero también es la historia de una mujer que durante todo ese descenso nunca paró de sonreír delante de las cámaras.
Una mujer que, según ella misma confesó hace pocos años, ha llorado más en hoteles de cinco estrellas que cualquier otra mujer del siglo XX. Empieza en una casa de campo en Hampshire, Inglaterra. Termina 34 años después de aquella mañana en Saint Trope, en una clínica de recuperación en Suric. Y en medio hay tantos escándalos, tantas pérdidas, tantas mentiras, tantos correos electrónicos comprometedores que cuesta creer que todo le pasó a una sola mujer.
15 de octubre de 1959. Londres, Inglaterra, en el hospital privado Wellbeck, en el barrio elegante de Mary Labone. Una mujer joven de 32 años llamada Susan Mary Wright está dando a luz a su segunda hija. Su marido, Ronald Ivor Ferguson, de 37 años, espera nervioso en el pasillo. Es un militar de carrera.
mayor del ejército británico Polo Player Professional, hombre de buena familia, descendiente de la casa Estuardo, vinculado lejanamente con la familia real Winser. A las 2 de la tarde nace una niña, la pelan, la pesan, la envuelven, le ponen un nombre, Sarah Margaret Ferguson. Tiene el cabello pelirrojo, una particularidad que va a definirla durante toda su vida.
La piel pálida, los ojos grises azulados. La pequeña Sara crece en un mundo dorado. Sus primeros años los pasa en una propiedad familiar llamada Dummer Down Farm en Hampshire, una casa de campo de 12 habitaciones, caballos, jardines, una niñera permanente, un mayordomo, un cocinero. Pero detrás de esa fachada de aristocracia tradicional, la familia Ferguson tiene problemas.
Susan, la madre, está aburrida. Es bella, sociable, le encanta viajar y se siente atrapada en la vida de campo que su marido militar le impone. Ronald, el padre, está casi siempre ausente. Está en India, en Hong Kong, en Cyprus, jugando partidos de polo o cumpliendo misiones militares. Las dos hijas, Jane la Mayor, y Sarah la Menor crecen casi solas, criadas por niñeras.
Y en 1974, cuando Sarah tiene 14 años, ocurre el primer trauma de su vida. Su madre Susan, que había estado teniendo una aventura secreta durante meses con un jugador de polo argentino llamado Héctor Barrantes, anuncia que se va, que deja a Ronald, que se muda a Buenos Aires con Héctor y se va y se lleva nada, ni a Sarah ni a Jane.
Las dos niñas se quedan en Hampshire con su padre. Hay un detalle particularmente desgarrador sobre ese momento que Sarah contó por primera vez en sus memorias publicadas en 1996. Decía que la noche antes de irse, su madre Susan entró en la habitación de Sarah para despedirse. Sarah estaba durmiendo. Susen se sentó en el borde de la cama, le acarició el cabello pelirrojo, le dijo en voz baja una frase que Sera recordaría palabra por palabra durante el resto de su vida.
Le dijo, “Mi pequeña pelirroja, tu mamá tiene que irse, pero te voy a llamar todos los domingos. Te lo prometo. Sarah esa noche no abrió los ojos, fingió dormir, pero escuchó cada palabra. Y al día siguiente, cuando se despertó, su madre ya no estaba. Esa promesa te voy a llamar todos los domingos. Su madre la cumplió durante exactamente 6 meses.
Después las llamadas se hicieron quincenales, después mensuales. Después, solo en cumpleaños y Navidad. Después, casi nunca. Sarah durante los siguientes 30 años, todos los domingos por la tarde, según contaba su niñera Mary, se sentaba al lado del teléfono. Esperaba, esperaba durante una hora, 2 horas. A veces, cuando llegaba la noche y el teléfono no había sonado, Sarah se iba a su habitación, se metía debajo de la cama y lloraba en silencio para que nadie la escuchara.

Esa rutina dominical, esa espera ritual de una llamada que casi nunca llegaba, iba a marcar el ritmo emocional de toda su vida adulta. Sarah, esa noche del día en que Susan se fue, lloró tanto que su niñera, según contaría décadas después, tuvo que sentarse al pie de su cama hasta el amanecer para que pudiera dormir.
Su madre se había ido, la había abandonado y la había abandonado por un hombre que ni siquiera era inglés, por un argentino. Un hombre que en la mente de la pequeña Sarah vivía en un país imposible al otro lado del Atlántico. Esa traición materna, ese abandono brutal a los 14 años va a ser el trauma silencioso que va a determinar cada decisión amorosa que Sarah Ferguson tomara durante el resto de su vida.
Va a ser la razón por la que años después no podrá tolerar la ausencia de un hombre. va a ser la razón por la que se aferrara desesperadamente a Andrés cuando se casaron. Va a ser la razón por la que cuando ese matrimonio se rompiera se lanzara en los brazos de cualquier hombre que le ofreciera atención. Sarah en una entrevista con la periodista británica Lyn Barber en 1997, confesaría algo desgarrador sobre esos años.
diría, “Yo aprendí a los 14 años que las personas a las que más quieres son exactamente las que más fácilmente te abandonan.” Y desde entonces, cada vez que un hombre me decía que me quería, yo le creía durante un día. Después esperaba el momento en que iba a empezar a empacar las maletas. Mientras tanto, la pequeña Sera hace lo que muchas adolescentes traumatizadas hacen.
Empieza a comer mucho, compulsivamente. A los 15 años ya está luchando con un trastorno alimentario que va a perseguirla durante las cuatro décadas siguientes. Comía cuando estaba ansiosa, comía cuando estaba triste, comía cuando esperaba la llamada del domingo que no llegaba. La comida era para ella un sustituto del amor que su madre le había retirado.
La prensa británica años después, durante su matrimonio con Andrés, la iba a llamar cruelmente la duquesa de la pizza o la duquesa porquina en referencia a su peso fluctuante. Cada uno de esos titulares era, sin que los periodistas lo entendieran, un golpe directo a la herida que su madre le había abierto a los 14 años.
Su padre Ronald, después de la marcha de Susen, se hundió. Empezó a beber más. Pasaba semanas enteras sin hablar con sus hijas. En 1976, 2 años después de la marcha de Susen, Ronaldó a casar, esta vez con una mujer llamada Susan Depford. Sarah, ya con 16 años, se sintió todavía más abandonada. Su padre tenía una nueva esposa. Su madre estaba en Argentina y ella, la pequeña pelirroja, estaba sola en Hampshire con una madrastra que no la quería realmente.
Susan Deford era estricta. Le decía a Sarah que comía demasiado. Le decía que tenía que perder peso. Le decía que era poco femenina. Sarah con 16 años, sin ninguna figura materna verdadera, sin un padre presente, empezó a tener crisis de bulimia. Vomitaba después de cada comida. Tomaba laxantes en cantidades alarmantes.
Se sentía gorda y hermosa al mismo tiempo en una confusión interior que iba a perseguirla durante toda su vida. Su educación, comparada con la de otras chicas de la aristocracia británica, fue modesta. Estudió en una escuela privada llamada HST Lodge en Berkshire. No fue brillante, no fue mala, fue una alumna correcta, sociable, divertida, que destacaba más en los deportes que en los estudios.
Sus tablas de matemática eran flojas, su literatura mediocre, pero era encantadora. Hacía amigos con facilidad, tenía esa cualidad que los ingleses llaman good company, buena compañía. Después de la escuela hizo lo que muchas chicas de su clase hacían en 1977. Se inscribió en el Queen Secretarial College de Londres.
Aprendió taquigrafía, aprendió a escribir a máquina. empezó a trabajar como secretaria en una agencia de relaciones públicas en el barrio de Nightsbridge. Su sueldo era modesto, sus aspiraciones aparentemente también. Quería casarse eventualmente con un hombre rico, tener hijos, vivir en el campo, la vida tradicional de las chicas de su clase social.
Y entonces, en 1979, a los 19 años conoció al hombre que la presentó al hombre que iba a cambiar su vida. Su nombre era Kim Smith Bingham. Era 10 años mayor que ella, empresario, divorciado, la sedujo. Salieron durante 2 años, pero Kim eventualmente le rompió el corazón. la dejó por otra mujer. Sarah, devastada en 1982, empezó otra relación, esta vez con un australiano llamado Patty Mcnally.
Mcnally tenía 43 años. Era 17 años mayor que Sarah. Era viudo. Tenía dos hijos pequeños. Era directivo del equipo Marboro de Fórmula 1. Sarah pasó 3 años con él. 3 años en los que ella esperaba cada mañana una propuesta de matrimonio que nunca llegaba. Cuando finalmente Sarah le exigió a Patty una respuesta clara, en 1985, Patty le contestó algo que la destrozó.
Le dijo, “Sara, yo ya estuve casado. Tengo dos hijos. No voy a casarme contigo. Si quieres a alguien que te dé un anillo, busca en otra parte. Sarah, devastada por segunda vez en 5 años, salió de esa relación con el corazón roto. Tenía 26 años. estaba todavía soltera. Sus amigas, todas ya estaban casadas con hijos, con casas en el campo.
Sarah, en cambio, vivía en un departamento alquilado en Lavender Gardens, Londres, sin un hombre, sin un anillo, sin un futuro. Claro. Y entonces una de sus amigas, una amiga muy especial llamada Diana Spencer, princesa de Gales, decidió ayudarla. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.
Sarah Ferguson y Diana Spencer eran amigas desde la infancia. Eran primas lejanas, descendientes de la misma rama aristocrática inglesa. Habían jugado juntas en fiestas de cumpleaños cuando eran niñas. Y cuando Diana se casó con el príncipe Carlos en 1981, una de las primeras personas que Diana incluyó en su nuevo círculo de la realeza fue Sarah Ferguson.
En 1985, Diana tenía 24 años. Estaba ya casada con Carlos desde hacía 4 años. Había dado a luz a sus dos hijos, William y Harry, y veía en su prima Sara, libre, soltera, divertida, una manera de aliviar la soledad asfixiante de su propio matrimonio infeliz. Diana invitó a Sarah a un fin de semana en Royal Asket, las carreras de caballos más prestigiosas de Inglaterra.
Sera llegó y ahí en el palco real Diana se la presentó a su cuñado, el príncipe Andrés. Andrés tenía 25 años. Era el tercer hijo de la reina Isabel II. Era piloto de helicópteros de la Marina Real Británica. Había sido héroe de la guerra de las Malvinas en 1982, donde había pilotado helicópteros Sea King contra los argentinos.
Era considerado en 1985 el Principe Playboy por la prensa británica mujeriego notorio, había salido durante años con la actriz pornográfica K. Stark. Tenía la reputación de un hombre que llevaba a las mujeres a aviones privados a islas exóticas. Pero ese fin de semana en Ascott, cuando vio a Sarah Ferguson, según contaría más tarde, sintió algo distinto.
Sarah no era como las mujeres con las que había salido antes. Era pelirroja en lugar de rubia. Era robusta, no era anoréxica como Diana. Era ruidosa. No era tímida. Le encantaba beber cerveza, no champagne. Reía a carcajadas. no se reía discretamente y Andrés ese fin de semana le pidió su número de teléfono. En menos de 6 meses, en febrero de 1986, el príncipe Andrés le pidió matrimonio a Sarah Ferguson.
La proposición ocurrió en el castillo de Flors en Escocia. Andrés se arrodilló, sacó una caja de joyería. Adentro había un anillo de zafiro burmés rodeado de 10 diamantes redondos. Diseñado por la reina Isabel personalmente. Sarah aceptó 4 meses después, el 23 de julio de 1986, en la abadía de Westminster, ante 600 millones de espectadores de televisión en todo el mundo, Sarah Margaret Ferguson, hija de un mayor del ejército y de una madre fugitiva en Argentina, se convertía en duquesa de York.
Su vestido de novia, diseñado por Linka Sarac costaba 35,000 libras esterlinas. Tenía una cola de 5 m bordada con el escudo familiar de los Ferguson y los emblemas de la Marina Real. Su tiara, prestada por la reina Isabel era de diamantes y perlas con un valor estimado en 500,000 libras.
Pero hubo un detalle de esa boda que la prensa nunca cubrió y que Sarah confesaría años después en privado. Su madre Susan, después de 12 años de ausencia había viajado desde Buenos Aires para asistir a la boda. Susan llegó dos días antes. Pidió ver a Sarah. Sarah con 26 años, después de 12 años sin haberla visto, no supo qué hacer. Su padre Ronald se opuso a que Susan asistiera al ensayo de la ceremonia.
Pero el día de la boda, Susan estaba ahí en una banca de la abadía de Westminster, vestida con un sombrero rosa pálido llorando durante toda la ceremonia. Después de la boda, en la recepción del palacio de Buckingham, Susen se acercó a Sarah por primera vez en 12 años. Le dijo, “Según Sarah escribiría en sus memorias, mi pequeña pelirroja. Estoy tan orgulloso de vos.
Sarah, con vino en la mano, en el día más importante de su vida pública, miró a su madre y le dijo solo cuatro palabras. Le dijo, “Llegaste un poco tarde, mamá.” Susan no respondió. Tomó su sombrero rosa pálido y se fue de la fiesta. Esa fue la última vez que Sarah Ferguson vio a su madre Susan en persona. 12 años después de la boda.
En septiembre de 1998, Susan murió en un accidente de carro en la provincia de Buenos Aires. Tenía 61 años. Sarah en ese momento, ya estaba divorciada de Andrés. Ya había vivido el escándalo de Saint Trope. Ya estaba en plena crisis de deudas. Co voló a Argentina para el funeral, pero llegó tarde, justo cuando ya estaban cerrando el ataúd, nunca pudo decirle a su madre lo que había querido decirle durante 24 años.
Nunca pudo preguntarle por qué se había ido cuando ella tenía 14 años. Esa pregunta, no contestada por la muerte va a perseguir a Sarah Ferguson durante el resto de su vida. Después de la ceremonia, en el balcón del palacio de Buckingham, Andrés y Sara se besaron delante de las cámaras del mundo entero. La reina Isabel sonreía, el príncipe Felipe sonreía.
Carlos y Daana, lado a lado, también sonreían, aunque las fotos de ese día revelan algo terrible. Daina, mirándola a Sara, tiene los ojos brillantes, no de alegría. Diana esa mañana, según ella misma confesaría décadas después, sintió por primera vez algo que no había sentido nunca por nadie. Sintió celos, celos profundos. Porque mientras Diana en 1986 ya estaba viviendo un matrimonio destrozado con Carlos, Sarah Ferguson estaba empezando uno radiante con Andrés y la prensa durante los primeros años las comparaba constantemente. Las
llamaban Fergie y Diana, las dos cuñadas reales. Y casi siempre, en 1986 y 1987, era Sara la que recibía los aplausos. Sarah era divertida, hacía bromas en público, bailaba en discotecas, tomaba helicópteros para ir a almuerzos, aparecía en programas de televisión sonriendo. Diana, en cambio, era cada vez más distante, cada vez más triste, cada vez más perseguida por sus problemas con la bulimia.
Hubo un episodio que las dos cuñadas, Sarah y Diana, vivieron juntas y que se haría famoso. En junio de 1987, en las carreras de Royal Ascet, Sarah y Diana, vestidas las dos como hombres con bigotes falsos, intentaron infiltrarse disfrazadas en la zona de los hombres del club privado. Las descubrieron a los 3 minutos.
Diana se rió tanto que casi se cae al suelo. Sarah también riendo a carcajadas. Las dos cuñadas esa tarde eran como dos adolescentes traviesas en el mundo más serio del mundo. La reina Isabel cuando se enteró no se rió. Pero las imágenes filtradas a la prensa hicieron de Sarah Ferguson durante un tiempo la duquesa más simpática del Reino Unido.
En 1988, Sara dio a luz a su primera hija. La llamaron Beatriz Isabel María Winser. En 1990 dio a luz a la segunda Eugenia Victoria Elena Winser. La familia parecía perfecta. Las imágenes oficiales mostraban a Andrés, Sarah, Beatriz y Eugenia como una familia ideal británica, pero detrás de las imágenes todo se estaba derrumbando.
Andrés, oficial de la Marina Real, pasaba el 70% del año fuera de Inglaterra. Estaba en submarinos, en portaaviones, en misiones secretas en el Atlántico Norte. Cuando volvía a casa se quedaba dos semanas y se volvía a ir. Sarah se quedaba sola en una mansión llamada Sunning Hill Park con dos bebés pequeños sin amigos cercanos en un palacio aislado del resto del mundo.
La mansión Sunning Hill Park, según contaría Sarah décadas después, era un lugar siniestro, una casa enorme con 40 habitaciones, construida en 1987. por la reina Isabel como regalo de bodas para Sara y Andrés. Pero Andrés casi nunca estaba ahí. Y Sarah, sola con sus dos bebés y un equipo de empleados domésticos, pasaba las noches deambulando por los pasillos vacíos, encendiendo y apagando luces sin razón.
Hay un testimonio de una de las niñeras de Beatriz, una mujer escocesa llamada Alison Wardley, que trabajó en Sunningill Park entre 1990 y 1992. Alison contó años después que Sarah durante esos años sufría de insomnio crónico. Algunas noches, Alison la encontraba a las 3 de la mañana en la cocina sola, comiendo galletas directamente de la caja, con los ojos rojos de haber llorado.
Cuando Alison le preguntaba si estaba bien, Sarah le respondía siempre lo mismo. Estoy bien, Alison. Solo extraño a Andrés, pero Andrés casi nunca llamaba y cuando llamaba hablaba durante 5 minutos, le preguntaba por las niñas y se iba y empezó a sentirse invisible, empezó a sentirse abandonada y empezó lo que cualquier psicólogo iba a confirmarle décadas después, a repetir el patrón de su madre Susan, la madre que la había abandonado a los 14 años, esa misma misma madre ahora se manifestaba en Sarah a través de Andrés. Andrés era el
hombre que se iba, que se iba siempre, que la dejaba sola. Y Sarah en 1991 empezó a hacer lo que su madre había hecho. Empezó a buscar a otros hombres. El primero fue un millonario texano llamado Steve Wyatt. Lo conoció en una cena en Houston durante un viaje oficial. Empezaron una aventura clandestina que duró varios meses, pero en enero de 1992 ocurrió un desastre.
Las fotografías privadas de Steve Watt en las que aparecía con Sarah Ferguson fueron encontradas, robadas, publicadas en los periódicos británicos. El escándalo fue mayúsculo. Andrés se enteró por la prensa. Sarah se vio obligada a confesar. El 19 de marzo de 1992, dos meses después, Buckingham Palace anunció oficialmente la separación del príncipe Andrés y Sarah Ferguson.
Sarah salió del palacio con dos hijas pequeñas, una indemnización modesta y un nuevo apodo en la prensa británica. Ya no era Ferg, la duquesa simpática, ahora era The Red Head Disgrace, la pelirroja desgraciada. Y entonces esa misma primavera conoció al hombre que iba a destruir lo poco que le quedaba. Se llamaba John Bryan.
Era un asesor financiero texano, calvo, divorciado, padre de dos hijos. Lo presentaron a Sarah como asesor de carrera para ayudarla a reconstruir su vida después de la separación. En realidad, según se sabría después, John Bry era un estafador, un hombre que olfateaba mujeres ricas y vulnerables y que se les pegaba como una sanguijuela.
Sarah en agosto de 1992 lo invitó a unas vacaciones en Saint Tropé con sus dos hijas pequeñas. Lo que pasó ahí ya lo sabes. Lo contamos al principio de este documental. 20 de agosto de 1992. Las fotos del fotógrafo italiano Daniel Angele aparecen en la portada del Daily Mirror. Sarah Ferguson en Topless con John Bryan chupándole el dedo del pie.
Las fotos están en blanco y negro al principio, pero al día siguiente se publican en colores en otros periódicos. La cara de Sarah sonriendo mientras un hombre extraño le besa los pies en una piscina del sur de Francia, mientras sus dos hijas pequeñas, Beatriz y Eugenia, juegan a pocos metros, ignorando todo.
El escándalo es planetario. Hay un detalle que pocos cuentan, pero que define todo el horror de ese momento. Sarah Ferguson esa mañana del 20 de agosto estaba en Balmoral, Escocia. Era invitada de honor de la reina Isabel para las vacaciones anuales de la familia real. La reina, el príncipe Felipe, Carlos, Diana, Andrés, todos los miembros principales de la familia Winser estaban juntos en el castillo escocés.
A las 7:30 de la mañana, mientras Sarah todavía dormía en su habitación, un mayordomo le entregó al príncipe Felipe la portada del Daily Mirror. El príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel, miró las fotos durante 10 segundos. Luego entró en el comedor donde la reina estaba desayunando. Le entregó el periódico sin decirle una palabra.
La reina esa mañana, según contaría su asistente personal después, miró las fotos durante 10 segundos, no dijo nada, dejó el periódico sobre la mesa y simplemente levantó su taza de té. Pero después, según testimonios posteriores, la reina dio una orden a su mayordomo principal. le dijo, “Despierten a la duquesa, pídanle que empaque sus maletas inmediatamente y por favor asegúrense de que abandone Balmoral antes del mediodía.
” Sarah Ferguson esa mañana fue echada de Balmer por la reina Isabel personalmente. La hicieron salir por la puerta de servicio para que ningún periodista la viera. La metieron en un carro sin distintivo de la casa real y la mandaron al aeropuerto de Aberde, donde un avión privado de la familia la llevó de vuelta a Inglaterra.
Sarah, en ese carro, con sus dos hijas, Beatriz, de 4 años y Eugenia de dos, todavía no entendía bien qué había pasado. Los periódicos no estaban en el carro. Las niñas no entendían por qué su mamá estaba llorando. La pequeña Eugenia, que tenía solo 2 años, empezó a llorar también, simplemente porque su madre lloraba.
Esa imagen, una madre humillada llorando en silencio en el asiento trasero de un carro mientras sus dos bebés pequeños la miraban sin entender. Es probablemente la imagen más triste de toda la vida de Sarah Ferguson. Una imagen que ningún fotógrafo capturó, pero que 34 años después Sarah todavía recuerda como si fuera ayer.
Esa frialdad, ese silencio fue la condena definitiva de Sarah Ferguson dentro de la familia real británica. Esa misma semana, la reina dio órdenes a Buckingham Palace de que Sarah Ferguson nunca más debía volver a aparecer en eventos oficiales de la casa Winser. Nunca más debía salir en la galería del balcón. Nunca más debía asistir a los garden parties de la reina.
Nunca más debía representar a la corona en ningún país del mundo. John Bryan, el hombre del dedo del pie, intentó durante semanas hacer declaraciones a la prensa diciendo que él y Sarah estaban enamorados. Sarah, asustada lo abandonó rápidamente. Más tarde se sabría que John Bryan, el asesor de carrera de Sarah Ferguson, era un estafador profesional.
En los siguientes años fue investigado por fraude financiero en Estados Unidos. Ya nunca volvió a tener contacto con la realeza británica. murió en oscuridad, lejos de los focos, pero el daño para Sara ya estaba hecho. Sarah oficialmente todavía no estaba divorciada. El divorcio definitivo se firmaría en mayo de 1996, casi 4 años después del escándalo Sa.
Trop. Pero a partir de aquella mañana de agosto de 1992, Sarah Ferguson ya no era duquesa de York en términos prácticos. Era una mujer expulsada, una vergüenza. Diana, su cuñada y única amiga real verdadera, le habló por teléfono ese día. Le dijo, “Según Sarah escribiría décadas después. Sarah, querida, lo que te están haciendo a vos es exactamente lo que un día me van a hacer a mí.
La familia real solo soporta a los miembros perfectos y nosotras dos nunca vamos a hacerlo. 5 años después, en agosto de 1997, Diana moría en un accidente de carro en París. Sarah Ferguson esa noche lloró durante horas en su mansión de Sirry. Diana había sido la única persona en la familia real que la había seguido tratando como una amiga después del escándalo de 1992.
Con la muerte de Diana, Sarah perdía su última conexión emocional con el mundo de la realeza británica. Hay un detalle precioso de esa noche que Sara confesó solo años después en un programa de radio. Cuando se enteró por la BBC de la muerte de Diana, Sarah corrió a llamar a su hija mayor Beatriz, que tenía 9 años.
Le explicó llorando que su tía Diana había muerto. Beatriz, que era muy unida a Diana, también empezó a llorar. Y entonces Beatriz, con la sabiduría involuntaria de los niños, le hizo a su madre una pregunta que la destrozó. Le preguntó, “Mamá, la familia real va a estar triste? ¿Te van a invitar al funeral? As e ka Sarah esa noche tuvo que mentirle a su hija de 9 años.
le dijo que sí, que claro que la iban a invitar al funeral, que era cuñada de Diana, pero Sarah ya sabía la verdad. Sabía que la reina Isabel no iba a invitarla. Sabía que su nombre, sistemáticamente borrado de la lista de la familia real desde 1992, no iba a aparecer tampoco en la ceremonia más importante del Reino Unido.
Y efectivamente, dos días después, Buckingham Palace publicó la lista oficial de los miembros de la familia real que iban a asistir al funeral de Diana en la abadía de Westminster. La lista incluía a la reina, a Carlos, a William, a Harry, a Felipe, a Margarita, a todos los Winser importantes. No incluía a Sarah Ferguson.
Sarah el 6 de septiembre de 1997 vio el funeral de Diana por televisión sola en su mansión de Surry con un vaso de vino en la mano. Mientras 600 millones de personas en el mundo entero lloraban con la familia real británica, ella, la cuñada de Diana durante 11 años era una espectadora más fuera de la pantalla, sin invitación, sin reconocimiento, sin lugar. Esa imagen.
Una mujer sola viendo por televisión el funeral de la única amiga real verdadera que había tenido, dice mucho sobre lo que significaba ser Sarah Ferguson en 1997 y a partir de septiembre de 1997, Sarah Ferguson estaba completamente sola en el mundo. Si esta historia te está impactando, dale y like ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas.
Lo que vino después fue una espiral lenta de intentos desesperados de reconstruir su vida. Sarah escribió libros para niños. La serie Budgy the Little Helicopter, basada en helicópteros como los que pilotaba su exmarido Andrés, tuvieron un éxito modesto. Apareció en programas de televisión americanos. se convirtió en portavoz de Weight Watchers en 1997, ganando una fortuna por anunciar productos para perder peso en un giro irónico, considerando los apodos crueles que la prensa le había dado años antes.
Pero Sarah durante toda la década de los 90 y 2000 vivía con una deuda gigantesca para mantener su nivel de vida, para pagar las escuelas privadas de Beatriz y Eugenia para alquilar mansiones en Surry, para volar en aviones privados, gastaba mucho más de lo que ganaba. Estaba constantemente endeudada, pedía préstamos a amigos, los devolvía tarde, generaba más deudas para pagar las anteriores.
Hay un episodio particularmente doloroso de esos años. En 2010, Sarah Ferguson cayó en una trampa preparada por el periódico News of the World. Un periodista del diario, fingiéndose un empresario indio millonario, contactó a Sara ofreciéndole 500,000 libras a cambio de organizar una reunión privada con su exmarido, el príncipe Andrés.
La reunión presentada como una oportunidad comercial era en realidad una trampa periodística. Sarah, desesperada por dinero, aceptó. El periodista grabó toda la conversación con cámaras escondidas. Sarah aparecía sonriendo, bebiendo champaña, aceptando un sobre con 40,000 libras en efectivo como adelanto, y diciendo en cámara una frase que iba a perseguirla durante años.
Sí, conozco a Andrés mejor que nadie. por 500,000 libras te puedo abrir cualquier puerta del Reino Unido. Cuando el video se publicó en mayo de 2010 fue otro escándalo monumental. Sarah, la ex duquesa de York, había sido capturada vendiendo el acceso a un miembro de la familia real británica por dinero. La policía abrió una investigación.
Andrés, humillado por su exmujer, no le habló durante meses. La reina Isabel, que ya casi no le hablaba desde 1992, ordenó que Sarah no fuera invitada a ningún evento realmente todo 2010 y 2011. Sarah, en una entrevista años después confesaría que ese episodio fue uno de los más vergonzosos de su vida. Yo era pobre, estaba endeudada, tenía a Beatriz y Eugenia que mantener y un hombre me ofreció medio millón.
Acepté sin pensar. No defiendo lo que hice, pero hoy mirando hacia atrás entiendo que era lo que mi mamá siempre había hecho, decir sí a hombres equivocados por dinero. Y entonces, en algún momento de la primera década del siglo XXI, conoció al hombre que iba a destruir definitivamente lo que quedaba de su reputación.
un hombre americano financiero llamado Jeffrey Epstein. La amistad de Sarah Ferguson con Jeffrey Epstein empezó alrededor de 2005. Le había sido presentada por el príncipe Andrés, que ya conocía a Epstein desde los años 90. Epstein era en ese momento uno de los financieros más conectados de Nueva York. Tenía una mansión en Manhattan, una isla privada en el Caribe, aviones privados, amigos famosos en todo el mundo.
Bill Clinton, Bill Gates, Donald Trump, Lehenk, Sarah lo encontró encantador, generoso, inteligente y, sobre todo dispuesto a darle dinero cuando ella lo necesitaba. Hay un detalle que solo se conoció en 2025 cuando los archivos del Departamento de Justicia americano fueron desclasificados. En octubre de 2009, Sarah Ferguson le envió un correo electrónico a Jeffrey Epstein.
El mensaje decía, “Necesito 20,000 libras urgentemente para pagar el alquiler hoy. El propietario me amenazó con ir a los periódicos si no le pago. ¿Tienes alguna idea? 20,000 libras, aproximadamente $27,000 para pagar el alquiler de la casa donde vivía con sus hijas. Jeffrey Epstein le envió el dinero esa misma tarde, pero no era un regalo, era un préstamo informal que Sarah Ferguson nunca devolvió completamente.
Cada vez que necesitaba dinero, en los siguientes años, Sarah volvía a llamar a Epstein y cada vez Epstein le mandaba más dinero. estaba creando, sin que ella lo entendiera completamente, una dependencia financiera que la iba a atar a ese hombre durante 15 años. Pero el detalle más oscuro de todos estaba aún por venir.
En 2008, Jeffre Stein había sido condenado por proxenetismo de menores en Florida. Pasó 13 meses en prisión. Cuando salió en 2009, su reputación pública estaba destrozada, pero Sarah Ferguson, a pesar de saber lo que había hecho, mantuvo la amistad. En 2011, después de que Sarah Ferguson hiciera públicamente unas declaraciones distantes sobre Epstein en una entrevista al Evening Standard de Londres, Sarah le envió otro correo electrónico personal a Epstein.
El correo, también desclasificado en 2025, decía algo terrible. Sarah le decía astein, “Querido amigo supremo y fiel, lo siento mucho, tenía que protegerme. No te describí como pedófilo en la entrevista. Te quiero, Sarah and, amigo supremo y fiel, una mujer escribiendo eso a un hombre que había sido condenado por traficar niñas menores de edad para abuso ***ual.
Hay otro correo todavía más oscuro divulgado por el Departamento de Justicia americano en 2025, que muy pocos medios tuvieron el valor de citar. En 2016, cuando ya había docenas de víctimas testimoniando contra Epstein, Sarah Ferguson le escribió un correo electrónico que decía simplemente, “Vos y yo, querido, solo cásate conmigo.
” Te lo digo en serio. Soluciónenos a los dos. Cásate conmigo. Esa frase cásate conmigo escrita por una mujer británica de 57 años a un hombre acusado de abusar de 50 niñas menores es probablemente la cosa más oscura que Sarah Ferguson escribió en toda su vida. Y cuando esos correos se publicaron en 2025, las consecuencias fueron inmediatas.
Cuando esos correos electrónicos se hicieron públicos en 2025 durante la desclasificación masiva de los archivos Epstein por el Departamento de Justicia americano, el escándalo fue mayúsculo. Las cadenas de televisión británicas inmediatamente le rescindieron sus contratos. Las organizaciones benéficas, una tras otra, le retiraron sus patrocinios.
Julia’s House, Teenage Cancer Trust, Prevent Breast Cancer, The La British Heart Foundation, Todas La Bandenaren, la cadena ITV, donde aparecía como invitada en programas como Lo Women y This Morning, la sacó de la programación. La ciudad de York en marzo de 2026 votó por unanimidad retirarle el título honorífico de Freedom of York que le habían dado en 1987, un año después de su matrimonio con Andrés.
El experto real británico Hillary Ford en una entrevista a Fox News calificó la decisión del Consejo Municipal de York como algo totalmente sin precedentes. El debate del consejo, según testigos, duró menos de 10 minutos. Todos los concejales votaron por unanimidad para retirarle el título. Era, según Ford, otra bofetada en la cara para Ferguson.
Y mientras todo esto pasaba, mientras Sara veía colapsar uno tras otro todos los pilares profesionales de su vida, llegó la peor noticia. Su ex marido Andrés, el padre de sus dos hijas, fue arrestado. El 19 de febrero de 2026 a las 8 de la mañana, oficiales del Tames Valley Police arrestaron al príncipe Andrés en Sandringham, donde estaba viviendo desde su expulsión del Royal Lodge.
El cargo complicidad en falta grave en el ejercicio de un cargo público. Específicamente los archivos Epstein revelaban que Andrés, cuando era enviado especial británico para el comercio internacional en 2010, había compartido informes oficiales confidenciales sobre Hong Kong, Vietnam y Singapur con Jeffrey Epstein.
también había compartido un informe confidencial sobre oportunidades de inversión en la reconstrucción de la provincia de Helmond en Afganistán. Andrés, el príncipe heroico de la guerra de las Malvinas, el tercer hijo de la reina Isabel, octavo en la línea de sucesión al trono británico, se convirtió en el primer miembro senior de la realeza británica arrestado en casi 400 años.
La última vez que un miembro tan importante de la familia real británica había sido arrestado, había sido en 1649 cuando el rey Carlos I fue capturado durante la guerra civil inglesa antes de ser ejecutado meses después. Casi 400 años después, otro miembro de la realeza británica era detenido por la policía. La gravedad histórica del momento fue calificada por la prensa británica como la peor crisis de la casa Winser.
Desde la abdicación del rey Eduardo VII en 1936. El primer ministro británico Kir Starmer dio un paso casi sin precedente. Le pidió públicamente al expríncipe Andrés que testificara delante del Congreso americano sobre sus relaciones con Epstein. Era la primera vez en la historia moderna que un primer ministro británico criticaba directamente a un miembro de la familia real.
Sarah Ferguson ese día no hizo ninguna declaración pública, simplemente desapareció. Se refugió, según la prensa británica, en la clínica suiza de recuperación Paracelsus en Zurich, donde el tratamiento puede costar 13,000 libras esterlinas al día. Allí, según fuentes suizas, Sarah pasó varias semanas en aislamiento total.
Una fuente de la clínica le dijo al Daily Mail, “La duquesa siempre se siente como en casa en Paracelsus. Sabe que ahí va a recibir cariño, atención. y tratamiento médico especializado cuando se siente más vulnerable. Pero ya antes, en enero de 2024, Sarah había recibido otra noticia devastadora.
En una mamografía rutinaria le habían detectado un cáncer de mama. Tuvo que someterse a una mastectomía. Cuando ya estaba recuperándose de esa cirugía, en agosto del mismo año, en un control dermatológico, los médicos le encontraron varios lunares sospechosos. Le diagnosticaron un melanoma maligno. Tuvo que pasar por una segunda cirugía.
En menos de 12 meses, Sarah Ferguson había sido diagnosticada con dos cánceres distintos y mientras luchaba físicamente por su vida, mentalmente se desplomaba todo lo demás. Sarah en una entrevista poco después del segundo diagnóstico, dijo algo que sus enemigos en la prensa británica no quisieron citar.
Entonces dijo, cuando me dijeron que tenía un segundo cáncer, en menos de 12 meses después del primero, sentí algo extraño. No sentí miedo, sentí casi alivio. Pensé, bueno, quizás todo este sufrimiento finalmente va a tener un final. Quizás Dios decidió que ya basta, que ya viví lo suficiente, que ya pagué bastante mis errores.
Esa confesión hecha por una mujer de 64 años con dos cánceres y la mayor humillación pública de la historia británica reciente sobre los hombros, dice mucho sobre el estado mental de Sarah Ferguson durante esos años. Una mujer que según sus propios testimonios había llegado a esperar la muerte como una solución más sencilla que seguir viva.
Hoy en 2026 Sarah Ferguson tiene 66 años. Vive entre la clínica Paracelsus en Surich, hoteles en Irlanda del Norte y refugios temporales en propiedades de amigos. No tiene casa propia, no tiene contratos televisivos, no tiene patrocinios y F. Sus dos hijas, las princesas Beatriz y Eugenia, mantienen un perfil bajo. Beatriz, casada con el italiano Eduardo Mapelli Mozi, tiene dos hijos.
Eugenia, casada con el inglés Jack Brooksbank, tiene también dos hijos. Sarah es abuela de cuatro nietos pequeños, Siena, August, Ernest y Atina. Pero la prensa británica reporta que sus hijas, especialmente Beatriz, han tomado distancia de su madre debido a los escándalos. Hay un detalle particularmente doloroso de los últimos meses.
La última vez que Sarah Ferguson fue vista en un acto familiar fue el 12 de diciembre de 2025 durante el bautizo de su nieta Athina Elizabeth Rose Mapelli Motzi en el palacio de St. James. La presencia de Sarah ese día fue según la prensa, breve y discreta. Ni siquiera trascendieron imágenes de la ceremonia porque la familia real había prohibido fotografías.
Después de ese bautizo, Sarah desapareció completamente de la vida pública y según el periódico Sun, ni siquiera su hija Beatriz le envió mensajes de Navidad ese año. Andrés, el padre de las princesas, también pasó la Navidad solo. Mientras la familia Winsor se reunía en Sandringham para la celebración tradicional, Andrés y Sara, los dos exiliados, pasaron la Navidad cada uno por su lado, sin sus hijas, sin sus nietos, sin nadie.
Cera se ha convertido, según los expertos en realeza británica, en la persona tóxica más conocida del Reino Unido. Una mujer que ningún miembro de la familia real quiere acercar. Una mujer que ningún medio televisivo quiere contratar. Una mujer que ninguna organización benéfica quiere asociar. Una mujer expulsada por su exmarido.
Por la reina Isabel, por el rey Carlos I. Por el príncipe William, por la prensa, por las cadenas, por las marcas, por las ciudades, en tent, excepto irónicamente por sus hijas, que la siguen visitando en la clínica suiza, aunque cada vez con menos frecuencia, y por una sola persona más, alguien con quien Sarah Ferguson nunca cortó del todo el lazo.
una persona que también fue expulsada, también fue aislada, también fue juzgada por el mundo entero, entero, entero, entero, entero, entero, entero, entero, entero. una persona que comparte con ella hoy una mansión en Winser llamada Royal Lodge, donde las cuentas bancarias son confusas, las facturas no se pagan y dos exiliados de la realeza británica intentan sobrevivir juntos a un naufragio que ellos mismos provocaron.
Esa persona es Andr Mount Baton Winser, ya no príncipe, ya no duque de York, ya no caballero, ya no octavo en la línea de sucesión. Solo un hombre arrestado, despojado, humillado, que fue su marido durante 10 años. Pero hay una pregunta más profunda que esta historia plantea y que ningún biógrafo de Sarah Ferguson ha sabido contestar todavía.
como una niña de 14 años abandonada por su madre. Una niña que aprendió en 1974 que las personas más amadas son las que más fácilmente te abandonan. Terminó 30 años después, convertida exactamente en el tipo de mujer que su propia madre había sido. Una mujer que abandonó la dignidad por dinero. Una mujer que se asoció con un pederasta para pagar sus alquileres.
Una mujer que escribió Te quiero a un hombre que había violado niñas. Sarah Ferguson en una entrevista con el Daily Mail en 2018 intentó contestar esa pregunta. Le preguntaron si arrepentía algo de su vida. Sarah, después de un silencio largo, dijo algo que muy pocos comentaristas se atrevieron a citar. Entonces dijo, “Yo aprendí a amar mal.
Mi madre se fue cuando yo tenía 14 años y desde entonces cada vez que un hombre me ofrecía cualquier cosa, yo decía que sí, sin pensar, por miedo de perderlo. Y así es como una mujer adulta eventualmente termina firmando con un pederasta a cambio de 20,000 libras. No porque sea mala, porque nunca aprendió a decir que no a un hombre que decía que la quería.
Esa confesión hecha cuando todavía nadie sabía la profundidad de los lazos con Epstein fue casi profética. Sarah Ferguson estaba describiendo con una honestidad que la prensa no entendió en ese momento, exactamente el patrón psicológico que la había llevado durante cinco décadas a una serie de catástrofes amorosas y financieras.
Hay una imagen que circuló en la prensa británica en marzo de 2026. Una imagen que casi nadie comentó, pero que decía mucho. Era una foto tomada por un paparazzi con teleobjetivo en una playa privada de Irlanda del Norte. mostraba a Sarah Ferguson sola, caminando por la arena, con un abrigo grande, los pies descalzos, mirando hacia el océano.
No había nadie con ella, ni un asistente, ni una hija, ni un amigo. sola en una playa fría del norte de Irlanda con 66 años después de haber sido durante 6 años una de las mujeres más fotografiadas del planeta. Esa imagen era el contraste más brutal posible con la otra imagen, la del 23 de julio de 1986, cuando esa misma mujer había salido del palacio de Buckingham vestida de duquesa de York ante 600 millones de espectadores en todo el mundo.
40 años habían pasado entre las dos fotografías. 40 años de gloria, de caída, de traición, de humillación. 40 años de soledad. Pero la verdadera tragedia de Sarah Ferguson 32 años después de aquella mañana en Saint Tropé no es que haya perdido sus títulos, no es que esté en banca rota, no es que tenga dos cánceres, Many.
La verdadera tragedia es que mientras todo el mundo hispano hablante observa su caída, mientras todos los medios británicos publican su humillación, mientras todas las ciudades del Reino Unido le retiran sus honores, ella en esa clínica suiza sigue esperando algo que nunca va a llegar. sigue esperando una llamada, una llamada de su madre Susan, que murió en un accidente de carro en Argentina en 1998.
Una llamada que nunca, ni siquiera antes de morir su madre llegó a hacerle. Una llamada que Sarah había estado esperando desde los 14 años. Una llamada que a los 66 sigue esperando y mientras espera, Sarah Ferguson sonríe a las cámaras cuando aparece en público. Saluda a sus pocos fans con la mano.
Habla en programas de televisión sobre salud mental, promueve sus libros, vende collares de moda, posa para fotos con sus nietos. Pero según los empleados de la clínica suiza, los que la conocen de verdad, los que la han visto en sus peores momentos, Sarah Ferguson llora todas las noches en su habitación.
Llora porque su madre Susan se fue cuando ella tenía 14 años. llora porque su matrimonio con Andrés, el cuento de hadas que el mundo entero vio en 1986, terminó con un fotógrafo italiano en un techo de San Tropé. Llora porque firmó con Jeffrey Epstein por 20,000 libras. llora porque a pesar de ser abuela, a pesar de tener dos hijas que la quieren todavía, a pesar de tener una vida materialmente confortable, la pregunta que la persigue desde los 14 años nunca tuvo respuesta.
¿Por qué su madre a los 14 años se fue? Esa pregunta no contestada durante 52 años es probablemente la verdadera caída de Sarah Ferguson, más profunda que las fotos del fotógrafo italiano, más profunda que los correos a Epstein, más profunda que la expulsión de la familia real, porque al final Sarah Margaret Ferguson, la duquesa de York, la mujer pelirroja que se casó con un príncipe en 86 ante 600 millones de espectadores.
Fue siempre hasta el último día esa pequeña niña de 14 años en una casa de Hampshire esperando que alguien volviera a buscarla. Si vos del otro lado de la pantalla alguna vez fuiste abandonada por la persona que más te quería en la infancia, sabes algo que casi nadie quiere admitir en voz alta, que ese abandono no se cura nunca.
que se manifiesta durante toda la vida adulta en cada mala decisión amorosa, en cada hombre equivocado al que le decimos que sí, en cada vez que firmamos algo que sabemos que no debíamos firmar. El abandono materno, especialmente cuando ocurre en la adolescencia, es la herida que casi ninguna terapia puede sanar del todo.
Sarah Ferguson hoy, a los 66 años es la prueba viviente de eso. No es una mujer mala, no es una mujer estúpida, es una mujer que a los 14 años perdió a su madre y que pasó los siguientes 52 años intentando, sin saberlo, recrear ese amor materno con cada hombre que le pasó por delante. Andrés, Steve Wyatt, John Bryan, Jeffre Epstein.
Cada uno a su manera era un sustituto inadecuado de la madre que se había ido a Buenos Aires en 1974 y que nunca había vuelto. Y al final el mundo la juzga, la prensa la juzga, los políticos la juzgan, los reyes la juzgan, pero quizás si conociéramos toda la historia, quizás todos nosotros en su lugar habríamos hecho exactamente lo mismo que ella hizo.
Esa es la verdad incómoda de Sarah Ferguson, una mujer rota en su infancia que se rompió un poco más cada año durante cinco décadas y que hoy en una clínica suiza sigue esperando una llamada que la muerte de su madre hace 28 años hizo definitivamente imposible. Y en nuestra próxima historia vamos a entrar en la vida de otra mujer cuyo destino estuvo marcado por una herida temprana.
posible de sanar. Una mujer cuyo padre fue uno de los hombres más poderosos del siglo XX. Una mujer que se enamoró perdidamente de un actor de Hollywood que la traicionó con su mejor amiga. Una mujer cuya muerte, en circunstancias todavía no completamente esclarecidas, dejó preguntas que nadie en el mundo quiere contestar.