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Sarah Ferguson: La Cuñada de Diana Que la Reina No Quería en la Familia

Sarah Ferguson: La Cuñada de Diana Que la Reina No Quería en la Familia

El 23 de julio de 1986, 600 millones de personas en todo el mundo la vieron caminar por el pasillo de la abadía de Westminster, vestida de duquesa, sonriendo con un anillo de zafiro burmés diseñado por la reina Isabel. Hoy, 40 años después, vive sola en una clínica suiza sin un centavo, sin amigos, sin contratos televisivos, sin patrocinios, expulsada por la familia real, abandonada por sus dos hijas, en banca rota, con dos cánceres distintos diagnosticados en menos de 12 meses.

Esta es la historia de Sarah Margaret Ferguson, una mujer que tenía todo lo que el mundo cree que vale la pena tener y que lo perdió todo. Una noche de agosto de 1992 en una piscina privada del sur de Francia, cuando un fotógrafo italiano escondido en un techo apretó 100 veces el botón de su cámara.

 Ese fotógrafo se llamaba Daniel Angel. tenía un teleobjetivo de 1000 mm. Llevaba 3 días esperando ese momento y a 500 m de su escondite, en una villa de Saint Trope, Sarah Ferguson, duquesa de York, esposa del príncipe Andrés, tercer hijo de la reina Isabel II, acababa de quitarse la parte superior del traje de baño. Junto a ella, un hombre americano calvo llamado John Bry le tomaba el pie.

 y empezaba a chuparle el dedo gordo del pie. 100 fotografías en 5 segundos. Tres días después, esas fotografías iban a aparecer en la portada del Daily Mirror, el periódico más leído del Reino Unido. En cuestión de horas iban a dar la vuelta al planeta. Las van a comprar diarios en 40 países.

 Las van a publicar revistas en Argentina, en México, en España, en Italia, en Alemania, en Japón. Y la mujer pelirroja sonriente que estaba pasando un día tranquilo en una piscina del sur de Francia, esa mañana va a despertarse al día siguiente convertida en la mujer más humillada del mundo entero. Esa fue Sarah Ferguson en 1992.

Pero la verdadera caída de Sarah Ferguson, la caída lenta, sistemática, dolorosa, no se acababa esa mañana de agosto. Se prolongó durante los siguientes 34 años y todavía en 2026, mientras grabamos este documental, sigue cayendo. Hace solo unas semanas, en febrero de 2026, su exmarido, el príncipe Andrés, fue arrestado por la policía británica, el primer miembro de la realeza británica arrestado en casi 400 años.

 Su crimen, la complicidad con el pederasta Jeffrey Epstein y los archivos del Departamento de Justicia americano publicados pocas semanas antes, revelaron correos electrónicos en los que Sarah Ferguson, años atrás le pedía a Epstein dinero, le decía que era su amigo supremo y fiel y le suplicaba 20,000 libras esterlinas para pagar el alquiler de su casa.

 En octubre de 2025, el rey Carlos I le quitó a Andrés todos sus títulos, lo expulsó del Royal Lodge. La ciudad de York en marzo de 2026 le retiró a Sarah Ferguson el título honorífico de Freedom of York. Las organizaciones benéficas con las que ella trabajaba, las cadenas de televisión donde aparecía, las marcas que la patrocinaban, una tras otra la han ido echando.

 Hoy, en mayo de 2026, Sarah Ferguson está, según fuentes cercanas, a la familia real británica, en banca rota, aislada, refugiada en una clínica suiza, intentando reconstruir lo que queda de una vida que ella misma destruyó. hace 30 años en una piscina de Saint Tropé. Esta es la historia de Sarah Margaret Ferguson, una niña de la aristocracia inglesa que se convirtió en princesa.

 Una princesa que se convirtió en duquesa, una duquesa que se convirtió en humillación pública. Una humillación pública que se convirtió en cómplice de Epstein. y una cómplice de Epstein que hoy a los 66 años lucha contra dos cánceres y contra el aislamiento total. Pero también es la historia de una mujer que durante todo ese descenso nunca paró de sonreír delante de las cámaras.

 Una mujer que, según ella misma confesó hace pocos años, ha llorado más en hoteles de cinco estrellas que cualquier otra mujer del siglo XX. Empieza en una casa de campo en Hampshire, Inglaterra. Termina 34 años después de aquella mañana en Saint Trope, en una clínica de recuperación en Suric. Y en medio hay tantos escándalos, tantas pérdidas, tantas mentiras, tantos correos electrónicos comprometedores que cuesta creer que todo le pasó a una sola mujer.

15 de octubre de 1959. Londres, Inglaterra, en el hospital privado Wellbeck, en el barrio elegante de Mary Labone. Una mujer joven de 32 años llamada Susan Mary Wright está dando a luz a su segunda hija. Su marido, Ronald Ivor Ferguson, de 37 años, espera nervioso en el pasillo. Es un militar de carrera.

 mayor del ejército británico Polo Player Professional, hombre de buena familia, descendiente de la casa Estuardo, vinculado lejanamente con la familia real Winser. A las 2 de la tarde nace una niña, la pelan, la pesan, la envuelven, le ponen un nombre, Sarah Margaret Ferguson. Tiene el cabello pelirrojo, una particularidad que va a definirla durante toda su vida.

 La piel pálida, los ojos grises azulados. La pequeña Sara crece en un mundo dorado. Sus primeros años los pasa en una propiedad familiar llamada Dummer Down Farm en Hampshire, una casa de campo de 12 habitaciones, caballos, jardines, una niñera permanente, un mayordomo, un cocinero. Pero detrás de esa fachada de aristocracia tradicional, la familia Ferguson tiene problemas.

 Susan, la madre, está aburrida. Es bella, sociable, le encanta viajar y se siente atrapada en la vida de campo que su marido militar le impone. Ronald, el padre, está casi siempre ausente. Está en India, en Hong Kong, en Cyprus, jugando partidos de polo o cumpliendo misiones militares. Las dos hijas, Jane la Mayor, y Sarah la Menor crecen casi solas, criadas por niñeras.

 Y en 1974, cuando Sarah tiene 14 años, ocurre el primer trauma de su vida. Su madre Susan, que había estado teniendo una aventura secreta durante meses con un jugador de polo argentino llamado Héctor Barrantes, anuncia que se va, que deja a Ronald, que se muda a Buenos Aires con Héctor y se va y se lleva nada, ni a Sarah ni a Jane.

 Las dos niñas se quedan en Hampshire con su padre. Hay un detalle particularmente desgarrador sobre ese momento que Sarah contó por primera vez en sus memorias publicadas en 1996. Decía que la noche antes de irse, su madre Susan entró en la habitación de Sarah para despedirse. Sarah estaba durmiendo. Susen se sentó en el borde de la cama, le acarició el cabello pelirrojo, le dijo en voz baja una frase que Sera recordaría palabra por palabra durante el resto de su vida.

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