Posted in

Tras perder la memoria, rechaza con total desprecio al humilde hombre que dice ser su pareja, y cuando finalmente recuerda la verdad, él ya ha desaparecido para siempre

Tras perder la memoria, rechaza con total desprecio al humilde hombre que dice ser su pareja, y cuando finalmente recuerda la verdad, él ya ha desaparecido para siempre

Parte 1

En Sevilla, cuando una familia tiene demasiado dinero, no dice “tenemos dinero”. Dice cosas como “nosotros veraneamos en Sotogrande desde antes de que hubiera rotondas” o “mi abuelo conocía al notario de toda la vida”. La familia De la Vega no solo decía esas frases: las bordaba en servilletas de hilo, las pronunciaba mientras removía el café con cucharilla de plata y las dejaba caer en las conversaciones como quien tira migas de pan a las palomas de la Plaza de América.

Alejandra De la Vega había nacido en esa casa donde hasta los silencios parecían heredados. Una mansión en el barrio de El Porvenir, con fachada blanca, buganvillas que caían por los balcones y una fuente en el patio que llevaba más tiempo funcionando que algunos matrimonios de la familia. Allí todo tenía norma: a qué hora se desayunaba, cómo se saludaba, qué copa se usaba para cada vino y qué personas podían entrar por la puerta principal sin que la señora Paloma, madre de Alejandra, levantara una ceja.

La ceja de Paloma era una institución. No hacía falta gritar. No hacía falta discutir. Paloma levantaba aquella ceja perfecta, fina, peligrosa, y un camarero podía rectificar una bandeja, un primo podía callarse una opinión y una hija podía recordar de golpe que llevaba pendientes demasiado grandes para una comida familiar.

Alejandra, en cambio, había nacido con algo que a su madre le resultaba muy incómodo: carácter propio.

—Hija, esa falda no es adecuada para la comida de los Benjumea —dijo Paloma una mañana, sin mirar directamente, porque las madres de cierta clase no miran, diagnostican.

Alejandra apareció en el salón con una falda roja, una camiseta blanca y unas zapatillas que su madre consideraba prácticamente un manifiesto político.

—Mamá, los Benjumea llevan treinta años hablando de caballos y de lo mucho que echan de menos “la Sevilla de antes”. Creo que mi falda va a ser lo más vivo de la mesa.

—No seas ordinaria.

—No he dicho nada ordinario. He dicho “caballos”.

Su hermano Gonzalo, sentado en el sofá, levantó la vista del móvil.

—Yo voto por la falda. Así la tía Mercedes se distrae y no me pregunta otra vez cuándo voy a sentar la cabeza.

—Tú no votes nada, Gonzalo —dijo Paloma—. Tú bastante tienes con haber confundido un máster con tres meses en Londres haciendo stories.

Gonzalo se tocó el pecho, teatral.

—Mamá, eso ha dolido más que cuando se acabó el jamón bueno en Nochebuena.

Alejandra soltó una carcajada. Aquella risa, libre y clara, era lo único en esa casa que no parecía comprado en una tienda cara. A su padre, don Alfonso, le gustaba oírla, aunque jamás lo hubiera reconocido en voz alta. Don Alfonso era un hombre de trajes impecables, bigote discreto y frases cortas. Administraba bodegas, terrenos, inversiones y, cuando podía, el destino de sus hijos.

 

—Alejandra —dijo él desde la puerta del despacho—, acompáñame esta tarde a la reunión de la fundación.

—Papá, he quedado.

Read More