Posted in

La luz era tan tenue que Sergio no sabía si estaba en una cita o en un interrogatorio de la Gestapo.

PARTE 1

La luz era tan tenue que Sergio no sabía si estaba en una cita o en un interrogatorio de la Gestapo.

Aquella bombilla de filamento, muy moderna ella, colgaba de un cable trenzado que parecía sacado de una fábrica de Manchester en 1840.

El restaurante se llamaba “El Concepto del Huerto” o algo igual de pretencioso.

Sergio se ajustó el cuello de la camisa, una que se había planchado él mismo mientras maldecía la existencia del lino.

Frente a él, Elena revisaba por quinta vez la carta de vinos como si fuera a encontrar un mensaje oculto de una civilización perdida.

Ella llevaba unos pendientes que tintineaban cada vez que movía la cabeza, un sonido rítmico que a Sergio le recordaba a los cencerros de las vacas de su abuelo en Asturias.

Pero ella no era una vaca, desde luego.

Era, según su perfil de Tinder, una “apasionada del arte, los viajes y las puestas de sol”.

Sergio siempre se preguntaba quién no era apasionado de las puestas de sol.

Nadie pone en su perfil que le apasiona la lluvia racheada un martes por la mañana en un polígono industrial de Getafe.

—¿Te pasa algo con el blanco? —preguntó Elena, alzando una ceja perfectamente depilada.

Sergio salió de su trance sobre Getafe.

—No, no, el blanco está bien. Solo pensaba en si el concepto del huerto incluye también los precios de la época de la postguerra —respondió él con una sonrisa forzada.

Elena soltó una risita seca, de esas que no sabes si son de cortesía o de desprecio.

—Es Madrid, Sergio, aquí pagas por el ambiente.

Sergio miró a su alrededor.

El ambiente consistía en paredes de ladrillo visto, tuberías de cobre a la vista y tres plantas colgantes que parecían estar pidiendo la eutanasia.

Read More