PARTE 1
La luz era tan tenue que Sergio no sabía si estaba en una cita o en un interrogatorio de la Gestapo.
Aquella bombilla de filamento, muy moderna ella, colgaba de un cable trenzado que parecía sacado de una fábrica de Manchester en 1840.
El restaurante se llamaba “El Concepto del Huerto” o algo igual de pretencioso.
Sergio se ajustó el cuello de la camisa, una que se había planchado él mismo mientras maldecía la existencia del lino.
Frente a él, Elena revisaba por quinta vez la carta de vinos como si fuera a encontrar un mensaje oculto de una civilización perdida.
Ella llevaba unos pendientes que tintineaban cada vez que movía la cabeza, un sonido rítmico que a Sergio le recordaba a los cencerros de las vacas de su abuelo en Asturias.
Pero ella no era una vaca, desde luego.
Era, según su perfil de Tinder, una “apasionada del arte, los viajes y las puestas de sol”.
Sergio siempre se preguntaba quién no era apasionado de las puestas de sol.
Nadie pone en su perfil que le apasiona la lluvia racheada un martes por la mañana en un polígono industrial de Getafe.
—¿Te pasa algo con el blanco? —preguntó Elena, alzando una ceja perfectamente depilada.
Sergio salió de su trance sobre Getafe.
—No, no, el blanco está bien. Solo pensaba en si el concepto del huerto incluye también los precios de la época de la postguerra —respondió él con una sonrisa forzada.
Elena soltó una risita seca, de esas que no sabes si son de cortesía o de desprecio.
—Es Madrid, Sergio, aquí pagas por el ambiente.
Sergio miró a su alrededor.
El ambiente consistía en paredes de ladrillo visto, tuberías de cobre a la vista y tres plantas colgantes que parecían estar pidiendo la eutanasia.
—Ya, el ambiente de una obra sin terminar —murmuró él, aunque ella ya estaba de nuevo sumergida en el menú.
Habían pasado los últimos cuarenta minutos hablando de cosas irrelevantes.
Él le contó que trabajaba en marketing, lo cual es la forma moderna de decir que enviaba correos que nadie quería leer.
Ella le explicó que era “Brand Manager”, lo cual es la forma moderna de decir que enviaba correos que nadie quería leer, pero con un sueldo ligeramente superior.
La tensión, sin embargo, no era sexual.
Era una tensión logística.
Esa extraña vibración que surge cuando dos desconocidos intentan calibrar quién es el que más está fingiendo.
Sergio notaba que su actuación estaba siendo de Oscar, o al menos de un Goya secundario.
Había escuchado con interés fingido la historia de cómo Elena se encontró a sí misma en un retiro de yoga en Bali.
—Fue una experiencia transformadora —había dicho ella, mientras atacaba una croqueta de boletus que costaba cuatro euros la unidad.
—Seguro que sí, Bali transforma a cualquiera con una tarjeta de crédito —pensó Sergio, pero lo que dijo fue: “Qué envidia, yo lo más lejos que he ido para meditar ha sido a la cola del Inem”.
Elena no pilló el sarcasmo, o decidió ignorarlo por el bien de la velada.
Llegó el segundo plato.
Un bacalao confitado que era tan pequeño que Sergio temió que se lo comiera el camarero por accidente al pasar.
—¿Está bueno el tuyo? —preguntó Elena, pinchando un trozo de su tartar de atún con la precisión de un cirujano.
—Está… confitado —respondió Sergio—. Mucho. Tanto que el bacalao parece que está pidiendo perdón por existir.
—Eres un cínico, Sergio. Eso mata la magia.
—La magia es un truco de cartas, Elena, esto es una cena de jueves.
El camarero apareció de la nada, como un espectro con barba de tres días y un delantal de cuero.
—¿Desean algo más los señores? ¿Postre? ¿Un café de especialidad recolectado por monjes ciegos en la ladera del Everest?
Sergio miró a Elena.
Ella sonrió de esa forma que las mujeres usan cuando saben que la respuesta va a costar dinero.
—El coulant de chocolate con tierra de pistacho suena increíble —dijo ella, cerrando la carta con un golpe definitivo.
Sergio sintió un pinchazo en el bolsillo izquierdo, justo donde guardaba la cartera.
—Para mí un solo, corto de café y largo de realidad —dijo Sergio al camarero.
El camarero no anotó nada, probablemente porque su memoria era tan superior como su actitud.
Mientras esperaban los postres, el silencio se volvió más denso que el chocolate que estaba por venir.
Sergio empezó a hacer cálculos mentales.
Dos copas de vino: dieciocho euros.
Las croquetas de oro: doce euros.
El bacalao minimalista: veintidós euros.
El tartar de atún: veinticuatro euros.
El postre de la tierra de pistacho: nueve euros.
El café de los monjes: tres euros.
Sumando el agua, que seguramente costaba más que la gasolina, la cuenta iba a rondar los cien euros.
Cien euros por una transformación en Bali y un bacalao con complejo de culpa.
Sergio miró a Elena.
Ella estaba retocándose el labial frente a la pantalla del móvil.
Se veía guapa, no se podía negar.
Pero Sergio ya había pasado por esto muchas veces.
La cita de Tinder es un baile de máscaras donde el último acto siempre es el mismo.
El camarero deja la cuenta en el centro de la mesa, en una cajita de madera o un platito de cerámica artesanal.
Y entonces ocurre el fenómeno físico más estudiado de la historia de la humanidad: la parálisis del brazo femenino.
Sergio sabía que Elena no iba a mover un dedo.
Ella esperaba el ritual.
Esperaba que él, como caballero del siglo veintiuno pero con billetera del siglo diecinueve, deslizara su tarjeta con la elegancia de un crupier de Las Vegas.
Y él lo hacía siempre.
Por inercia.
Por evitar el conflicto.
Por la remota posibilidad de que la noche terminara en algo más que un “ya te escribo”.
Pero hoy algo era diferente.
Quizás era el sabor del bacalao.
Quizás era el hecho de que Elena no le había preguntado ni una sola vez qué tal estaba su madre, que según él le había mencionado, estaba con gripe.
O quizás era simplemente que estaba harto de financiar las expectativas románticas de gente que apenas conocía.
El coulant llegó.
Elena hundió la cuchara y el chocolate brotó como petróleo de un pozo tejano.
—Está de muerte —dijo ella con los ojos cerrados.
—A disfrutarlo —respondió Sergio, bebiendo su café amargo.
El momento se acercaba.
El camarero ya estaba acechando en la barra, con la cuenta impresa y el datáfono cargado.
Sergio sentía que el aire se volvía pesado.
Era el minuto noventa de un partido que iba empate a cero y él estaba a punto de cometer un penalti.
O de pararlo.
Elena terminó su postre con una delicadeza extrema.
Se limpió las comisuras de los labios con la servilleta de tela.
—Ha sido una cena estupenda, Sergio —dijo ella, con una voz que ya olía a despedida en la puerta de un taxi.
—Sí, una experiencia… botánica —replicó él.
El camarero se acercó.
No dijo nada.
Simplemente depositó la cajita de madera sobre la mesa.
La cajita parecía pesar una tonelada.
Se quedó allí, entre los dos, como un monolito negro en mitad del desierto.
Elena ni siquiera la miró.
Se puso a buscar algo en su bolso con una intensidad repentina.
Seguramente el labial de nuevo.
O el móvil.
Cualquier cosa que justificara que sus manos estaban ocupadas en tareas de vital importancia.
Sergio estiró la mano.
Abrió la cajita.
Noventa y ocho euros con sesenta céntimos.
La cifra le devolvió la mirada con crueldad.
Elena seguía revolviendo en el bolso, sumida en un silencio expectante.
El camarero se quedó a un metro de distancia, mirando hacia el infinito, esperando la señal.
Sergio respiró hondo.
Sintió una descarga de adrenalina que no sentía desde que aprobó el carnet de conducir a la tercera.
—Me parece bien pagar a medias —dijo Sergio.
La frase cayó sobre la mesa como un piano tirado desde un quinto piso.
Elena detuvo su búsqueda en el bolso en seco.
Lentamente, como en una película de suspense de serie B, levantó la vista.
Sus ojos, que antes brillaban por el coulant, ahora eran dos trozos de hielo seco.
—¿Cómo? —preguntó ella, como si él hubiera hablado en arameo antiguo.
Sergio mantuvo la mirada.
Ya no había marcha atrás.
La actuación había terminado.
PARTE 2
El silencio que siguió a las palabras de Sergio fue tan profundo que se podía oír el zumbido de la nevera de los vinos al fondo del local.
Elena mantenía la mano derecha dentro del bolso, congelada en el tiempo, como si hubiera tocado una cobra.
El camarero, que tenía el instinto de supervivencia de un veterano de guerra, dio un paso atrás muy sutilmente.
—He dicho —repitió Sergio con una calma que ni él mismo se creía— que me parece bien que paguemos a medias.
Elena parpadeó varias veces, como intentando procesar una información que desafiaba las leyes de la física.
—¿En serio? —soltó ella al fin, con un tono de voz que subió una octava—. Yo pensé que ibas a invitar.
No lo dijo como una duda.
Lo dijo como una acusación constitucional.
Como si Sergio acabara de confesar que desayunaba gatitos o que no le gustaba la tortilla de patatas con cebolla.
Sergio se recostó en la silla de madera reciclada, que crujió de forma poco alentadora.
—¿Y por qué pensaste eso? —preguntó él, cruzándose de brazos.
—Pues… no lo sé —balbuceó ella, visiblemente descolocada—. Porque es lo normal, ¿no? En una primera cita.
—¿Normal en qué año? —replicó Sergio con una media sonrisa—. ¿En 1954?
Elena sacó finalmente la mano del bolso, pero venía vacía.
No había rastro de una cartera, ni de una tarjeta, ni siquiera de un monedero de esos pequeños con monedas de cinco céntimos.
—No es una cuestión de años, Sergio, es una cuestión de caballerosidad.
—Ah, la caballerosidad —dijo él, asintiendo—. Esa palabra que usamos cuando queremos que el otro pague la cuenta del “Concepto del Huerto”.
—Eres un maleducado —dijo ella, y por un momento Sergio pensó que se iba a levantar y marcharse.
Pero no lo hizo.
Probablemente porque todavía no sabía cómo se iba a pagar la cuenta si ella se iba.
—No soy un maleducado, Elena —continuó él, bajando el tono—. Soy una persona que cree en la igualdad.
—¡Venga ya! —exclamó ella, haciendo que la mesa de al lado, una pareja de modernos con gafas de pasta, se girara a mirar—. No me metas el discurso de la igualdad ahora para ahorrarte cincuenta euros.
—No son los cincuenta euros, es el principio de la cuestión.
—¿Qué principio?
—El principio de que yo pensé que veníamos a conocernos, no a financiar emociones.
Elena abrió la boca, indignada.
—¿Financiar emociones? ¿Me estás llamando interesada?
—Te estoy diciendo que el romanticismo no debería estar indexado al IBEX 35.
—Es que no te lo puedes creer —dijo ella, hablando más para el techo que para él—. Me he pasado dos horas arreglándome para esta cita.
—Y yo me he planchado la camisa, Elena. Y te aseguro que para mí eso ha sido un esfuerzo hercúleo.
—¡Me he gastado dinero en el maquillaje, en el Uber para venir aquí, en la peluquería!
Sergio suspiró.
Conocía ese argumento.
Era el “impuesto de preparación” que muchas esgrimían como si fuera un contrato vinculante.
—Yo también he pagado un Uber —dijo él—. Y me he puesto este perfume que cuesta un ojo de la cara y que, por cierto, ni siquiera has comentado.
—Porque hueles a pino —espetó ella.
—Es sándalo —corrigió él con dignidad.
—Es tacañería —sentenció ella.
El camarero volvió a aparecer, esta vez con una jarra de agua que nadie había pedido, solo para tener una excusa para acercarse y enterarse del chisme.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó con una voz melosa que daba náuseas.
—Estamos decidiendo si vivimos en una democracia o en una monarquía absoluta —dijo Sergio sin mirar al camarero.
El camarero se retiró de nuevo a la velocidad del rayo.
Elena se cruzó de brazos, imitando la postura de Sergio.
—Qué poco romántico eres, de verdad. Me habías caído bien hasta este momento.
—Romántico sí, cajero automático no —soltó Sergio.
Esa frase dolió.
Se notó en la forma en que Elena apretó los labios.
—Un hombre de verdad invita en la primera cita —dijo ella, recurriendo al clásico manual de la masculinidad frágil.
—Un “hombre de verdad” —repitió Sergio—. Me encanta cuando se usan definiciones de manual para justificar que alguien te pague la cena.
—Es un detalle, Sergio. Solo un detalle.
—Un detalle de cincuenta euros es un regalo, Elena. Y yo no suelo hacer regalos de cincuenta euros a personas que acabo de conocer y que han pasado la mitad de la cena mirando el móvil.
Elena se puso roja de rabia.
—¡Estaba mirando la hora!
—Mirabas la hora para ver cuánto faltaba para irte, no nos engañemos.
—Pues ahora mismo desearía tener una máquina del tiempo para no haber venido.
—Ves, en eso estamos de acuerdo. Pero como la máquina del tiempo también habría que pagarla a medias, mejor nos centramos en esta cuenta.
Elena suspiró con una exageración dramática.
Abrió de nuevo su bolso, esta vez con movimientos bruscos y erráticos.
Sacó un tarjetero de piel sintética y lo estampó contra la mesa.
—Toma. Paga tu parte. No quiero deberte ni un céntimo de tu preciosa “financiación”.
—No es que me debas nada —dijo Sergio, manteniendo la calma—. Es que hemos cenado los dos.
—No, Sergio. Tú has cenado. Yo he tenido una experiencia antropológica sobre la tacañería madrileña.
Sergio cogió el tarjetero de Elena.
—¿Vas a pagar con tarjeta o quieres que lo hagamos por Bizum?
—¡Con tarjeta! —gritó ella, casi perdiendo los papeles.
Sergio llamó al camarero con un gesto de la mano.
El pobre hombre se acercó como si estuviera caminando por un campo de minas.
—Dígame, caballero.
—Vamos a pagar por separado —dijo Sergio con voz firme—. Cuarenta y nueve con treinta cada uno.
El camarero asintió, sin atreverse a decir que la cuenta era de noventa y ocho con sesenta y que la división era exacta.
Trajo el datáfono.
Sergio pagó primero.
El “pip” del aparato sonó como una victoria para él, pero también como una sentencia.
Sabía que después de esto no habría segunda cita.
No habría besos en el portal.
No habría mensajes de “llegué bien”.
Pero sentía una extraña ligereza en el pecho.
Era la libertad de no haber comprado una aprobación que no deseaba.
Elena pagó después.
Lo hizo con tal fuerza que casi rompe la pantalla del datáfono con el chip de su tarjeta.
—Gracias —dijo ella al camarero, ignorando por completo a Sergio.
El camarero se marchó con la velocidad de alguien que acaba de presenciar un accidente de tráfico y no quiere testificar.
Elena se levantó, se puso su chaqueta de cuero y se colgó el bolso al hombro.
—Espero que disfrutes de tus cincuenta euros, Sergio. Cómprate algo bonito. Quizás un poco de personalidad.
Sergio se levantó también, con parsimonia.
—Me compraré un libro sobre cómo detectar expectativas anticuadas antes de pedir el entrante.
—Eres un idiota.
—Y tú eres una invitada frustrada.
Elena se dio la vuelta y caminó hacia la salida con un paso tan firme que los tintineos de sus pendientes parecían una marcha de guerra.
Sergio se quedó un momento allí, de pie al lado de la mesa.
Los clientes de las mesas cercanas intentaban disimular que no habían estado escuchando cada palabra.
Él suspiró.
Miró el resto del coulant de chocolate que se estaba quedando frío sobre la mesa.
Había sido una cena desastrosa.
Había sido una discusión ridícula.
Pero mientras caminaba hacia la puerta, Sergio se dio cuenta de algo.
Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía como un cliente en su propia vida amorosa.
PARTE 3
Sergio salió del restaurante justo unos segundos después que Elena.
La noche madrileña lo recibió con una bofetada de aire fresco y el olor inconfundible a fritanga de un bar cercano que sí que era de verdad, y no de “concepto”.
Vio a Elena a unos veinte metros, caminando a zancadas hacia la esquina.
Parecía que estaba intentando batir el récord mundial de marcha atlética con tacones.
Sergio, por una mezcla de mala leche y curiosidad, aceleró el paso.
—¡Elena! —gritó él.
Ella no se detuvo, pero sus hombros se tensaron tanto que parecieron subirle hasta las orejas.
—¡Elena, espera!
Ella se frenó en seco y se giró, con el pelo volando sobre su cara como en un anuncio de champú, pero con una expresión de querer cometer un homicidio.
—¿Qué quieres ahora? ¿Me vas a pedir que paguemos a medias también el desgaste de las baldosas de la acera?
Sergio se detuvo a un par de metros, con las manos en los bolsillos.
—No, solo quería decirte que te has dejado el paraguas en la silla.
Elena miró sus propias manos, luego miró al aire despejado de Madrid, donde no se veía una nube ni en pintura.
—¡No tengo paraguas! —exclamó—. ¡Ni siquiera está lloviendo!
—Ah, pues entonces era de la de la mesa de al lado —dijo Sergio encogiéndose de hombros—. Pero me ha servido para que te pararas.
—Eres increíble —dijo ella, dándose la vuelta para seguir caminando.
—¡Espera un momento! —insistió él, siguiéndola—. ¿De verdad te parece tan grave?
Elena se detuvo de nuevo. Esta vez se acercó a él, invadiendo su espacio personal.
—No es el dinero, Sergio. Te lo he dicho mil veces. Es el gesto.
—El gesto de qué, ¿de sumisión económica?
—¡No seas exagerado! El gesto de que te intereso, de que quieres cuidarme, de que eres un hombre detallista.
Sergio soltó una carcajada que resonó en la calle desierta.
—¿Cuidarte? Elena, eres una profesional con éxito, que viaja a Bali y que toma café de monjes budistas. ¿De verdad necesitas que te “cuide” pagándote un bacalao de veintidós euros?
—Es el protocolo, Sergio. Se llama seducción.
—No, se llama actuación —replicó él—. Durante toda la cena hemos estado actuando. Tú fingiendo que te importaba mi trabajo y yo fingiendo que tu retiro espiritual no me parecía una chorrada monumental.
Elena abrió mucho los ojos.
—¿Ah, sí? ¿O sea que todo ha sido mentira?
—No todo. La cena estaba mala de verdad. Eso era real.
Elena se quedó callada un momento, procesando el golpe.
Luego, sorprendentemente, una pequeña sonrisa asomó por la comisura de su boca.
—Bueno, en eso tienes razón. El bacalao estaba seco como una zapatilla.
—¿Ves? —dijo Sergio, relajando los hombros—. Al menos podemos estar de acuerdo en algo.
—Pero sigo pensando que eres un tacaño.
—Y yo sigo pensando que eres una princesa de Disney atrapada en el cuerpo de una Brand Manager.
Se quedaron mirando en silencio bajo la luz anaranjada de una farola que parpadeaba.
La tensión había bajado de intensidad, pero seguía ahí, mutando en algo diferente.
—¿Sabes qué es lo que más me jode? —dijo Elena, cruzándose de brazos contra el frío.
—Dime.
—Que me habías gustado. Al principio. Cuando hablabas de tus abuelos en Asturias y de cómo echabas de menos el olor a hierba mojada. Parecías… no sé, auténtico.
Sergio sintió un pinchazo de culpa. Solo uno pequeño.
—Lo soy —dijo él—. Por eso he dicho lo de pagar a medias. Porque la autenticidad también incluye no fingir que me sobra el dinero o que me gusta seguir reglas que no entiendo.
—¿Y no entiendes que una mujer quiera sentirse especial?
—Te puedes sentir especial porque te escucho, porque te hago reír o porque te reto intelectualmente. Sentirse especial porque alguien saca una tarjeta Visa es un sentimiento muy barato, Elena.
Ella suspiró y miró hacia la Gran Vía, donde las luces de los carteles de los musicales iluminaban el cielo.
—Puede que tengas parte de razón —admitió ella en voz baja—. Pero me has cortado todo el rollo. Estábamos bien.
—Estábamos fingiendo bien —corrigió él—. Si hubiera pagado yo, ahora estaríamos yendo hacia tu casa o la mía, pensando en qué momento tendríamos que dejar de ser amables para empezar a ser nosotros mismos.
—Vaya, o sea que me has hecho un favor ahorrándome la decepción posterior.
—Exacto. He optimizado nuestra decepción. He aplicado el marketing al ligue.
Elena soltó una risa de verdad esta vez. Una risa corta y genuina.
—Eres insoportable, de verdad.
—Pero tengo razón.
—No, no tienes razón. Tienes una lógica aplastante que es muy distinta. Pero la lógica es la enemiga de la pasión.
—La pasión se acaba cuando llega el extracto del banco a final de mes —dijo Sergio.
—Qué romántico eres, Sergio. Deberías escribir tarjetas de San Valentín para cínicos.
—”Te quiero, pero cada uno se paga su anillo”. No es mala idea de negocio.
Elena negó con la cabeza, medio divertida, medio desesperada.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella—. El taxi que pedí viene en tres minutos.
Sergio miró su móvil.
—El mío también.
Se quedaron allí, en la esquina de una calle de Madrid, dos extraños que se habían dicho más verdades en cinco minutos de discusión que en dos horas de cena.
—¿Me vas a decir de verdad que no me habrías invitado si la cena hubiera sido increíble? —preguntó Elena, clavando sus ojos en los de él.
Sergio lo pensó un momento.
Quiso mentir.
Quiso decir que no, que es una cuestión de principios inamovibles.
Pero la miró a ella, con sus pendientes de cencerro y su labial impecable, y decidió seguir con la racha de honestidad.
—Si la cena hubiera sido increíble, si no hubieras mirado el móvil seis veces y si hubieras preguntado por mi madre cuando te dije que estaba enferma… —Sergio hizo una pausa—, te habría invitado hasta a los churros de mañana por la mañana.
Elena bajó la mirada.
—Vaya.
—Ves —dijo Sergio—. La actuación la matamos entre los dos. Tú con tu desinterés y yo con mi billetera cerrada.
—Yo no estaba desinteresada —murmuró ella—. Estaba nerviosa. Miro el móvil cuando me pongo nerviosa.
Sergio no se esperaba eso.
—¿Nerviosa por qué?
—Porque me habías gustado, idiota. Y porque en las fotos parecías más bajito y en persona impones un poco.
El silencio volvió, pero esta vez era un silencio incómodo de los de verdad.
De los que pican.
Sergio se rascó la nuca.
—Bueno —dijo él—. Pues ahora sí que la hemos liado.
—Sí —asintió ella—. La hemos liado pero bien.
Un coche negro con una luz verde en el parabrisas se detuvo frente a ellos.
—Es el mío —dijo Elena.
Se acercó a la puerta del coche, pero antes de abrirla, se giró hacia Sergio.
—Oye.
—¿Dime?
—La próxima vez que quieras “optimizar una decepción”, intenta que el bacalao no esté tan seco.
—Lo tendré en cuenta.
Elena abrió la puerta, entró en el coche y, justo antes de cerrar, bajó la ventanilla.
—Y Sergio…
—¿Qué?
—El sándalo te queda bien. Aunque huela un poco a pino.
El coche arrancó y se perdió entre el tráfico de la ciudad.
Sergio se quedó solo en la acera.
PARTE 4
Sergio se quedó mirando el rastro del coche de Elena hasta que las luces rojas de posición se fundieron con el resto del tráfico madrileño.
Sacó su propio móvil.
Canceló su Uber.
Necesitaba caminar.
Necesitaba que el aire de la noche le limpiara la sensación de haber ganado una batalla pero haber perdido la guerra.
Caminó por la calle de la Luna, esquivando a grupos de jóvenes que reían a carcajadas con latas de cerveza en la mano.
Se sentía viejo.
O quizás simplemente se sentía demasiado despierto para un mundo que prefería dormir entre mentiras cómodas.
Llegó a una plaza pequeña, de esas que tienen tres bancos de hierro y una fuente que nunca funciona.
Se sentó en uno de los bancos.
Sacó su cartera.
Miró el compartimento donde guardaba los billetes.
Seguía habiendo cincuenta euros más de los que habría habido si hubiera seguido el “protocolo”.
Cincuenta euros.
¿Qué valían realmente esos cincuenta euros?
Valían una victoria moral sobre un sistema de citas que le parecía injusto.
Valían una declaración de principios.
Pero también valían el silencio que ahora le rodeaba.
Se puso a pensar en lo que Elena había dicho.
“Estaba nerviosa”.
“Me habías gustado”.
Sergio cerró los ojos y soltó un bufido de autodesprecio.
A veces, ser un abanderado de la lógica te convierte en un náufrago de la realidad.
Sacó el móvil y abrió Tinder.
Buscó el perfil de Elena.
Allí estaba ella, sonriendo en una playa, probablemente en Bali, con un coco en la mano y una flor en el pelo.
“Apasionada de las puestas de sol”.
Sergio empezó a escribir un mensaje.
“Hola Elena. Estoy sentado en un banco de una plaza que huele a orines y a regaliz. He estado pensando en lo de los cincuenta euros”.
Borró el mensaje.
Demasiado intenso. Demasiado perdedor.
Escribió otro.
“Oye, que mi madre ya está mejor de la gripe. Por si te habías quedado con la duda”.
Lo borró también. Demasiado pasivo-agresivo.
Guardó el móvil en el bolsillo.
—Eres un imbécil, Sergio —se dijo a sí mismo en voz alta.
Un hombre que paseaba a un perro salchicha lo miró con desconfianza.
Sergio se levantó del banco y siguió caminando hacia la zona de Noviciado.
Entró en un bar de esos de toda la vida, de los que tienen serrín en el suelo y cabezas de gambas en una esquina.
—Un tercio, jefe —le dijo al camarero.
Este camarero no llevaba delantal de cuero ni barba de diseño.
Llevaba una camisa blanca con manchas de café y una rapidez mental forjada en mil batallas de barra de bar.
—Aquí tienes, chaval. Tres euros.
Sergio dejó una moneda de dos y otra de uno.
No hubo drama.
No hubo debate sobre la caballerosidad.
No hubo “experiencia transformadora”.
Solo cerveza fría y una transacción honesta.
Bebió un trago largo.
El sabor amargo le recordó a la cena.
Se dio cuenta de que lo que más le dolía no era haber discutido por la cuenta.
Lo que le dolía era que, por una vez, había encontrado a alguien con quien valía la pena discutir.
La mayoría de las citas de Tinder eran como un programa de televisión que olvidas en cuanto cambias de canal.
Pero Elena… Elena tenía fuego.
Tenía esa capacidad de contraatacar que tanto escaseaba en un mundo de respuestas educadas y perfiles filtrados.
Sergio volvió a sacar el móvil.
Esta vez no dudó.
Abrió el chat y escribió:
“¿Primera cita: invita uno o se paga a medias? La respuesta correcta no es ninguna de las dos. La respuesta correcta es que la cena tiene que ser tan buena que se te olvide hasta que tienes cartera. Y la nuestra ha sido una mierda, pero tú has sido la mejor parte. Mañana te invito yo a unas bravas en un sitio donde no hay monjes, solo un señor que se llama Paco y que grita los pedidos. Si aceptas, las bravas las pago yo. Pero la segunda ronda de cervezas… esa va a medias.”
Le dio a enviar.
Sintió un vuelco en el estómago.
Esa sensación que no te da la lógica, ni la razón, ni los cincuenta euros ahorrados.
Esa sensación que solo te da el riesgo de quedar como un idiota.
Se terminó el tercio de un trago.
Pagó sus tres euros.
Y salió a la calle, esperando a que el “pip” de su móvil sonara con un mensaje de vuelta.
Porque al final del día, decir “pagamos a medias” no mata el amor.
Lo que mata el amor es no estar dispuesto a admitir que, a veces, las mejores historias empiezan con una cuenta mal dividida.
Caminó hacia su casa bajo las estrellas de Madrid, que se veían poco por la contaminación, pero que ahí estaban.
Igual que la posibilidad de una segunda cita.
Sin actuaciones.
Sin guiones.
Solo dos personas pagando, a medias, el precio de ser ellos mismos.