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¡TRAICIÓN EN SEVILLA! Destruyen a su propia familia por una valiosa colección de arte privada y al abrir la caja fuerte descubren que son falsificaciones baratas

¡TRAICIÓN EN SEVILLA! Destruyen a su propia familia por una valiosa colección de arte privada y al abrir la caja fuerte descubren que son falsificaciones baratas

PARTE 1

En Sevilla, cuando el calor aprieta, la gente normal baja las persianas, se abanica con cualquier folleto del súper y dice eso de “hoy no se puede vivir”. Pero en la casa de los Medina de la Vega, una mansión antigua escondida entre callejuelas estrechas del barrio de Santa Cruz, el calor se combatía de otra manera: con mármol, techos altísimos, patios con fuente, limoneros en macetones y una cantidad indecente de ventiladores de techo que giraban tan despacio que parecían estar pensando si merecía la pena seguir viviendo.

La mansión se llamaba Casa Azahar, porque en aquella familia hasta los ladrillos tenían nombre de finca noble. Tenía tres plantas, una biblioteca con escalera de madera, un comedor donde cabían cuarenta personas incómodas y una bodega subterránea que nadie llamaba bodega. En la familia se referían a ella como “la cámara”, con esa voz misteriosa de quien habla de un secreto de Estado.

—No es una bodega, Rocío —decía siempre Álvaro, el hermano mayor—. Es una cámara de conservación artística.

—Una cámara, sí —respondía Rocío—. Como la del móvil, pero con humedad y telarañas.

La cámara, según la leyenda familiar, guardaba una colección privada de pinturas antiguas reunida durante generaciones por los Medina de la Vega. Nadie sabía exactamente cuántos cuadros había ni de quién eran. En las comidas familiares se hablaba de “un posible Zurbarán”, “dos escuelas flamencas”, “un paisaje italiano del siglo XVII” y “una Virgen con cara de estar oliendo a quemado” que, según la abuela Mercedes, valía “más que todos vosotros juntos, y eso que uno de vosotros estudió Derecho”.

Ese “uno” era Álvaro, naturalmente. Álvaro Medina de la Vega, abogado de traje incluso en agosto, raya del pelo tan recta que parecía dibujada con escuadra y una forma de mirar a la gente como si estuviera calculando si podía demandarla. Era el primogénito, el heredero moral, el que decía “la familia” cada tres frases y luego no prestaba ni el cargador del móvil.

Su hermana Carmen era la mediana. Siempre decía que no quería líos, y eso en la práctica significaba que estaba metida en todos. Tenía un negocio de decoración en Los Remedios, hablaba rapidísimo y era capaz de insultarte con una sonrisa tan perfecta que tardabas media hora en darte cuenta. Era de esas personas que empiezan las frases con “te lo digo desde el cariño” y terminan dejándote sin autoestima para la semana entera.

La menor era Rocío, que había estudiado Bellas Artes, luego restauración, luego un máster que no terminó y luego “vida”, según decía ella misma. Vivía en un piso pequeño en Triana, tenía plantas con nombres propios y una relación muy seria con la ironía. De los tres hermanos, era la única que había bajado varias veces a la famosa cámara con su tío Gonzalo, el hermano pequeño de su difunto padre.

El tío Gonzalo había sido, durante décadas, la vergüenza simpática de la familia. Un hombre de bigote fino, camisas de lino, pañuelos al cuello y una habilidad admirable para desaparecer cuando llegaba una factura. Había sido marchante de arte, galerista, coleccionista, asesor cultural, comisario de exposiciones y, según Carmen, “un señor que no ha dado un palo al agua con contrato desde la Expo del 92”.

Pero todos le toleraban porque tenía encanto. Gonzalo podía entrar en una cafetería sin dinero y salir con un café pagado, un contacto nuevo y una invitación a una boda. Sabía distinguir un lienzo bueno de una copia con solo mirar el marco, sabía contar historias de pintores borrachos en Roma y tenía una risa que parecía venir siempre de un chiste privado.

Diez años antes, el tío Gonzalo se había marchado al extranjero. Nadie sabía muy bien a dónde. Primero dijo Lisboa, luego Florencia, después Buenos Aires y al final mandó una postal desde Malta con una frase escrita a mano: “El mar cura, pero no paga deudas”. Desde entonces, apenas se supo de él.

La llave de la cámara, sin embargo, se quedó en Sevilla.

Una llave antigua, grande, dorada, un poco teatral, guardada en una caja de madera dentro del despacho del padre de los tres hermanos. Cuando don Rafael Medina de la Vega murió, la llave pasó a manos de la madre, doña Mercedes, que la guardó en su mesilla de noche junto a un rosario, una foto de Lola Flores y un mando a distancia que nadie se atrevía a tocar.

Doña Mercedes, con sus ochenta y cuatro años, era la verdadera dueña de Casa Azahar. Caminaba despacio, pero gobernaba rápido. Desde su sillón de orejas en el salón principal, podía detectar una mentira en el pasillo, una factura escondida en un cajón y un bizcocho seco a tres habitaciones de distancia.

—Mamá, deberíamos inventariar la colección —le decía Álvaro cada Navidad.

—Tú deberías inventariar tus complejos, hijo —respondía ella, sin levantar la vista del abanico.

—No es por mí. Es por proteger el patrimonio familiar.

—El patrimonio familiar lleva protegido más años que tus gominas.

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