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¡TENSIÓN EN VALENCIA! Organiza una cena especial para presentar a su novio y descubre que la nueva prometida de su hermano es la chica con la que él le es infiel.

¡TENSIÓN EN VALENCIA! Organiza una cena especial para presentar a su novio y descubre que la nueva prometida de su hermano es la chica con la que él le es infiel.

Parte 1

Marta siempre había pensado que una cena familiar era como una paella hecha por su padre: si todo el mundo opinaba demasiado pronto, acababa saliendo rara.

Por eso, cuando decidió organizar aquella cena para presentar oficialmente a Diego, su novio, a su familia, lo planificó como quien prepara una operación de Estado. Con menos presupuesto, desde luego, pero con más nervios.

Llevaba tres días haciendo listas mentales mientras cruzaba Valencia de punta a punta en metro, en bus, andando y, una vez, casi en patinete eléctrico, aunque se bajó a los diez metros porque dijo que prefería llegar viva y no convertida en noticia local.

La cena sería en el piso de sus padres, en Benimaclet, un cuarto sin ascensor que su madre seguía llamando “coqueto” aunque cada visita terminara con alguien resoplando en el rellano como si hubiera subido el Tourmalet. Su madre, Pilar, había insistido en que no hacía falta complicarse.

—Hacemos unas cocas, unas bravas, una ensalada y ya está —dijo por teléfono—. Que tampoco viene el rey.

—Mamá, viene mi novio.

—Pues eso. Tu novio. No el rey. Además, si viniera el rey, le pondría lo mismo, que aquí se come lo que hay.

Marta estaba en la cocina de su apartamento, mirando una berenjena como si pudiera darle respuestas espirituales.

—Quiero que salga bien.

—¿Y por qué no va a salir bien? —preguntó Pilar—. ¿Tiene algún defecto raro?

—Mamá.

—Pregunto. Luego una se entera tarde. ¿Es de los que dicen “croqueta” con zeta? ¿Es de los que aplauden cuando aterriza el avión? ¿Es del Real Madrid?

—Es buena persona.

—Eso dicen todas antes de que aparezca el primer “ya te llamo”.

Marta se rio, pero con esa risa que no sale del todo. Diego le gustaba de verdad. Llevaban casi un año juntos, lo suficiente para saber que dormía con una pierna fuera de la sábana, que odiaba el cilantro con una intensidad casi política y que cuando estaba nervioso se tocaba el reloj aunque no llevara reloj. Lo suficiente para haber imaginado un futuro común, aunque ella lo llamara “ver qué pasa” para no asustarse.

Diego era arquitecto técnico, de esos que entran en una cafetería y miran el techo antes que la carta. Tenía treinta y dos años, barba cuidada, sonrisa tranquila y esa manera de decir “no te preocupes” que, al principio, funcionaba como un analgésico emocional. Marta, que trabajaba como coordinadora de eventos culturales, estaba acostumbrada a lidiar con proveedores que cancelaban a última hora, artistas que pedían camerinos con luz “emocional” y concejales que llegaban tarde diciendo que había tráfico aunque vivieran a dos calles. Pero con Diego se permitía bajar la guardia.

Aquella cena era importante porque su hermano Carlos también iba a llevar a su nueva prometida.

Eso había sido la sorpresa de la semana.

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