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LA TXAPELA ENSANGRENTADA DE PAMPLONA

PRIMERA PARTE: LA SANGRE EN LOS ADOQUINES

La muerte tiene un olor peculiar. En Pamplona, durante la mañana del siete de julio, huele a sudor frío, a vino tinto rancio derramado sobre las camisas blancas, a adoquín húmedo y a pólvora. Pero sobre todo, huele a bestia. Huele a miedo ancestral. Mikel se ajustó el pañuelico rojo al cuello, sintiendo el nudo áspero contra su nuez, que subía y bajaba al ritmo desbocado de su corazón. Tenía veintiséis años, sangre vasca hirviendo en las venas y una resaca que le palpitaba en las sienes como un tambor de guerra. Era su quinto encierro, pero la calle Estafeta siempre imponía el mismo terror reverencial. Era un desfiladero de piedra, un cañón urbano donde no había escapatoria, solo la carrera hacia adelante o la muerte bajo media tonelada de músculo oscuro y cuernos afilados como navajas de afeitar.

El reloj del ayuntamiento marcaba las ocho menos un minuto. La multitud, una marea compacta de blanco y rojo, contenía la respiración. El cántico a San Fermín había terminado. Ahora solo quedaba el silencio tenso, el susurro de las zapatillas de deporte frotando contra el suelo, las plegarias mudas de hombres que se creían inmortales hasta que escuchaban el primer cohete.

¡PUM!

El chupinazo rasgó el cielo de la mañana. Ya estaban fuera. Los toros de la ganadería de Miura habían abandonado los corrales de Santo Domingo. El suelo vibró. No era una metáfora; Mikel podía sentir la sacudida sísmica a través de las suelas de sus zapatos. El rugido de la multitud que venía detrás se acercaba como un tsunami.

Mikel empezó a trotar, manteniendo la vista atrás. La regla de oro del buen corredor es no mirar los cuernos, sino la masa negra que avanza. Cien metros por detrás, la curva de Mercaderes fue un caos. Varios mozos resbalaron. Y entonces, los vio. Seis toros negros, enormes, una fuerza de la naturaleza desatada, flanqueados por los cabestros. El pánico se apoderó de la calle.

Mikel aceleró. Sus piernas bombeaban ácido láctico. El aire le quemaba en los pulmones. Estaba en el tramo perfecto, liderando la carrera justo delante de las astas, el sueño de todo corredor. A su derecha, un hombre mayor, vestido impecablemente de blanco, con una faja roja perfecta y una tradicional txapela (boina vasca) negra sobre la cabeza, corría con una agilidad sorprendente para su edad. Mikel lo reconoció fugazmente. ¿Ignacio Uriarte? Sí, el exministro, un político vasco moderado, famoso por sus intentos de reconciliación en la región y por su inquebrantable tradición de correr en San Fermín cada año.

El toro líder, un morlaco de seiscientos kilos llamado “Buscador”, resopló a escasos dos metros de las espaldas de Mikel y del político. La adrenalina era una droga pura, cristalina. La multitud en los balcones gritaba, un clamor ensordecedor que borraba cualquier otro sonido.

Fue entonces cuando la realidad se fracturó.

No fue el toro. Mikel estaba seguro de ello. No hubo cornada. No hubo el sonido sordo del hueso rompiéndose contra el pitón. En medio del rugido atronador de los miles de espectadores, Mikel escuchó un chasquido seco, metálico, completamente ajeno al ruido orgánico de la estampida. Un sonido que el instinto de Mikel, curtido en historias de los años oscuros del País Vasco, identificó instantáneamente, aunque su mente se negara a aceptarlo. Un disparo con silenciador.

A escasos centímetros de Mikel, la cabeza de Ignacio Uriarte estalló en una neblina roja.

El tiempo se ralentizó de forma grotesca. Las gotas de sangre, espesas y calientes, salpicaron el rostro de Mikel, manchando su inmaculada camisa blanca con un patrón macabro. El cuerpo del político no cayó de inmediato; la inercia de la carrera lo mantuvo en pie una fracción de segundo más, antes de desplomarse como un muñeco al que le han cortado los hilos.

El caos estalló. “Buscador”, el toro líder, se encontró de repente con el obstáculo humano. El animal intentó esquivarlo, sus pezuñas resbalaron en la sangre fresca que ahora cubría los adoquines. El toro cayó de rodillas, provocando un choque en cadena masivo. Corredores, toros y cabestros se amontonaron en una montonera espantosa, una trituradora de carne y pánico.

Mikel, por puro instinto de supervivencia, se lanzó hacia un portal abierto a su izquierda. En su salto desesperado, su bota resbaló en el charco escarlata que se expandía desde el cráneo destrozado de Uriarte. Perdió el equilibrio. Al caer de bruces contra el suelo de piedra, su mano derecha buscó algo a lo que aferrarse. Sus dedos se cerraron sobre un trozo de tela negra, empapada en un líquido espeso y tibio.

Se arrastró frenéticamente hacia el portal, alejándose de los cuernos que rozaron sus zapatillas. Los gritos de agonía, el bramido de los animales despavoridos y el silbato de los pastores crearon una cacofonía infernal. Mikel se acurrucó en la oscuridad del zaguán, temblando violentamente, con el estómago revuelto. Se llevó la mano temblorosa a la cara, manchándose la frente de la sangre de otro hombre.

Miró hacia abajo, hacia su mano derecha, que aún apretaba con fuerza convulsiva el objeto que había agarrado para no caer bajo las pezuñas. Era la txapela de Ignacio Uriarte. La boina tradicional vasca estaba empapada en sangre.

Mikel cerró los ojos, intentando borrar la imagen del cráneo reventado del exministro. Un accidente, intentó decirse. Un pitonazo en la cabeza. Pero sabía que era mentira. Había escuchado el disparo. Alguien, desde algún balcón de la calle Estafeta, había asesinado a un político en medio del encierro más famoso del mundo. Una ejecución pública disfrazada de tragedia taurina.

El sonido de las sirenas de ambulancia comenzó a mezclarse con los gritos. La policía Foral y la Policía Nacional no tardarían en acordonar la zona. Mikel sabía que tenía que salir de allí. Ser testigo de un asesinato, especialmente en una región con la historia política tan compleja como Navarra y el País Vasco, nunca era una buena noticia. Y estar cubierto con la sangre de la víctima, menos aún.

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