PRIMERA PARTE: LA SANGRE EN LOS ADOQUINES
La muerte tiene un olor peculiar. En Pamplona, durante la mañana del siete de julio, huele a sudor frío, a vino tinto rancio derramado sobre las camisas blancas, a adoquín húmedo y a pólvora. Pero sobre todo, huele a bestia. Huele a miedo ancestral. Mikel se ajustó el pañuelico rojo al cuello, sintiendo el nudo áspero contra su nuez, que subía y bajaba al ritmo desbocado de su corazón. Tenía veintiséis años, sangre vasca hirviendo en las venas y una resaca que le palpitaba en las sienes como un tambor de guerra. Era su quinto encierro, pero la calle Estafeta siempre imponía el mismo terror reverencial. Era un desfiladero de piedra, un cañón urbano donde no había escapatoria, solo la carrera hacia adelante o la muerte bajo media tonelada de músculo oscuro y cuernos afilados como navajas de afeitar.
El reloj del ayuntamiento marcaba las ocho menos un minuto. La multitud, una marea compacta de blanco y rojo, contenía la respiración. El cántico a San Fermín había terminado. Ahora solo quedaba el silencio tenso, el susurro de las zapatillas de deporte frotando contra el suelo, las plegarias mudas de hombres que se creían inmortales hasta que escuchaban el primer cohete.
¡PUM!
El chupinazo rasgó el cielo de la mañana. Ya estaban fuera. Los toros de la ganadería de Miura habían abandonado los corrales de Santo Domingo. El suelo vibró. No era una metáfora; Mikel podía sentir la sacudida sísmica a través de las suelas de sus zapatos. El rugido de la multitud que venía detrás se acercaba como un tsunami.
Mikel empezó a trotar, manteniendo la vista atrás. La regla de oro del buen corredor es no mirar los cuernos, sino la masa negra que avanza. Cien metros por detrás, la curva de Mercaderes fue un caos. Varios mozos resbalaron. Y entonces, los vio. Seis toros negros, enormes, una fuerza de la naturaleza desatada, flanqueados por los cabestros. El pánico se apoderó de la calle.
Mikel aceleró. Sus piernas bombeaban ácido láctico. El aire le quemaba en los pulmones. Estaba en el tramo perfecto, liderando la carrera justo delante de las astas, el sueño de todo corredor. A su derecha, un hombre mayor, vestido impecablemente de blanco, con una faja roja perfecta y una tradicional txapela (boina vasca) negra sobre la cabeza, corría con una agilidad sorprendente para su edad. Mikel lo reconoció fugazmente. ¿Ignacio Uriarte? Sí, el exministro, un político vasco moderado, famoso por sus intentos de reconciliación en la región y por su inquebrantable tradición de correr en San Fermín cada año.
El toro líder, un morlaco de seiscientos kilos llamado “Buscador”, resopló a escasos dos metros de las espaldas de Mikel y del político. La adrenalina era una droga pura, cristalina. La multitud en los balcones gritaba, un clamor ensordecedor que borraba cualquier otro sonido.
Fue entonces cuando la realidad se fracturó.
No fue el toro. Mikel estaba seguro de ello. No hubo cornada. No hubo el sonido sordo del hueso rompiéndose contra el pitón. En medio del rugido atronador de los miles de espectadores, Mikel escuchó un chasquido seco, metálico, completamente ajeno al ruido orgánico de la estampida. Un sonido que el instinto de Mikel, curtido en historias de los años oscuros del País Vasco, identificó instantáneamente, aunque su mente se negara a aceptarlo. Un disparo con silenciador.
A escasos centímetros de Mikel, la cabeza de Ignacio Uriarte estalló en una neblina roja.
El tiempo se ralentizó de forma grotesca. Las gotas de sangre, espesas y calientes, salpicaron el rostro de Mikel, manchando su inmaculada camisa blanca con un patrón macabro. El cuerpo del político no cayó de inmediato; la inercia de la carrera lo mantuvo en pie una fracción de segundo más, antes de desplomarse como un muñeco al que le han cortado los hilos.
El caos estalló. “Buscador”, el toro líder, se encontró de repente con el obstáculo humano. El animal intentó esquivarlo, sus pezuñas resbalaron en la sangre fresca que ahora cubría los adoquines. El toro cayó de rodillas, provocando un choque en cadena masivo. Corredores, toros y cabestros se amontonaron en una montonera espantosa, una trituradora de carne y pánico.
Mikel, por puro instinto de supervivencia, se lanzó hacia un portal abierto a su izquierda. En su salto desesperado, su bota resbaló en el charco escarlata que se expandía desde el cráneo destrozado de Uriarte. Perdió el equilibrio. Al caer de bruces contra el suelo de piedra, su mano derecha buscó algo a lo que aferrarse. Sus dedos se cerraron sobre un trozo de tela negra, empapada en un líquido espeso y tibio.
Se arrastró frenéticamente hacia el portal, alejándose de los cuernos que rozaron sus zapatillas. Los gritos de agonía, el bramido de los animales despavoridos y el silbato de los pastores crearon una cacofonía infernal. Mikel se acurrucó en la oscuridad del zaguán, temblando violentamente, con el estómago revuelto. Se llevó la mano temblorosa a la cara, manchándose la frente de la sangre de otro hombre.
Miró hacia abajo, hacia su mano derecha, que aún apretaba con fuerza convulsiva el objeto que había agarrado para no caer bajo las pezuñas. Era la txapela de Ignacio Uriarte. La boina tradicional vasca estaba empapada en sangre.
Mikel cerró los ojos, intentando borrar la imagen del cráneo reventado del exministro. Un accidente, intentó decirse. Un pitonazo en la cabeza. Pero sabía que era mentira. Había escuchado el disparo. Alguien, desde algún balcón de la calle Estafeta, había asesinado a un político en medio del encierro más famoso del mundo. Una ejecución pública disfrazada de tragedia taurina.
El sonido de las sirenas de ambulancia comenzó a mezclarse con los gritos. La policía Foral y la Policía Nacional no tardarían en acordonar la zona. Mikel sabía que tenía que salir de allí. Ser testigo de un asesinato, especialmente en una región con la historia política tan compleja como Navarra y el País Vasco, nunca era una buena noticia. Y estar cubierto con la sangre de la víctima, menos aún.
Se levantó tambaleándose. Miró la boina ensangrentada que tenía en la mano. Su primer instinto fue tirarla al suelo. Pero algo lo detuvo. Al apretar la tela negra, sintió algo duro, geométrico y antinatural cosido en el forro interior. No era el clásico botón o la etiqueta del fabricante. Era algo rígido.
La curiosidad, malsana y peligrosa, venció al pánico. Mikel le dio la vuelta a la txapela. El forro interior de seda roja estaba rasgado, probablemente por el impacto de la caída. Con dedos temblorosos y manchados de sangre, Mikel palpó el bulto. Tiró del hilo suelto. De las entrañas de la boina cayó un pequeño objeto negro que tintineó al golpear el suelo del portal.
Era un micro-USB, envuelto en una fina capa de plástico impermeable.
Mikel lo recogió. Era diminuto, insignificante, pero pesaba en su mano como si estuviera hecho de uranio empobrecido. Uriarte, un hombre conocido por su prudencia, llevaba un dispositivo de almacenamiento oculto en su prenda más tradicional y personal, justo el día en que fue asesinado en público de un tiro en la cabeza.
El sonido de botas policiales acercándose lo sacó de su estupor. Mikel guardó el USB en el bolsillo delantero de sus vaqueros, metió la txapela ensangrentada bajo su camisa blanca, abrazándola contra su pecho, y salió corriendo hacia la parte trasera del edificio, buscando la salida a una callejuela paralela.
El sol de la mañana ya iluminaba Pamplona, pero para Mikel, la verdadera oscuridad acababa de empezar.
SEGUNDA PARTE: EL PESO DE LA VERDAD
Pamplona, durante San Fermín, es un laberinto de locura etílica y euforia colectiva. Mikel utilizó esa marea humana como camuflaje. Caminó rápido, con la cabeza baja, mezclándose con los miles de guiris (turistas) y locales que ya estaban comenzando el rito del almuerzo o simplemente deambulaban como zombis tras una noche de excesos. La mancha de sangre en su camisa no era infrecuente; después del encierro, muchos terminaban manchados de vino, barro o sangre propia por las caídas. Sin embargo, él sabía que la suya era la firma de un asesinato a sangre fría.
Llegó a su pequeño apartamento alquilado en el barrio de Iturrama, lejos del bullicio del Casco Antiguo. Cerró la puerta con doble llave, corrió el cerrojo y se apoyó contra la madera, deslizándose hasta sentarse en el suelo. Respiró. Uno, dos, tres. El aire en sus pulmones sonaba como un fuelle roto.
Se quitó la camisa blanca, ahora con una grotesca mancha marrón oscura en el pecho, y la arrojó a la bañera. Sacó la txapela de debajo de la camisa. Estaba rígida por la sangre seca. La dejó sobre la mesa de la cocina con repugnancia. Luego, introdujo dos dedos en el bolsillo de su pantalón y extrajo el micro-USB.
Lo miró fijamente bajo la luz fluorescente de la cocina. Era de la marca Kingston, de 64 gigabytes. Normal, corriente. Podía contener fotos de las vacaciones de Uriarte en Zarautz o la lista de la compra. Pero los hombres no son asesinados por francotiradores profesionales en medio de la calle Estafeta por la lista de la compra.
Mikel encendió su portátil portátil, un modelo antiguo que sonaba como un reactor a punto de despegar. Su mente le gritaba que lo destruyera, que lo tirara por el retrete y volviera a Vitoria, su ciudad natal, olvidando todo lo sucedido. Pero la sangre vasca es terca, y la curiosidad, a menudo, es más fuerte que el instinto de conservación.
Introdujo el USB en el puerto. El ordenador emitió un pitido.
Dispositivo reconocido.
Apareció una carpeta en la pantalla. Estaba encriptada. Mikel tragó saliva. Sus conocimientos de informática eran básicos, apenas suficientes para descargar películas pirateadas. Sin embargo, al abrir el archivo de texto que acompañaba a la carpeta bloqueada, encontró un acertijo, no una contraseña alfanumérica.
Texto: “El árbol no muere si las raíces están vivas. El año en que el roble resistió el fuego.”
Mikel frunció el ceño. Era historia vasca pura. “El árbol” se refería al Árbol de Gernika, símbolo de las libertades vascas. El fuego… el bombardeo de Gernika por la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana. El año: 1937.
Tecleó “1937” en el recuadro de la contraseña.
Acceso denegado.
Mierda. Demasiado simple. Uriarte era un político sutil, un hombre que tejía alianzas en la sombra. Mikel pensó de nuevo. El roble resistió. ¿Quizás la fecha exacta? El 26 de abril de 1937.
Tecleó “26041937”.
Acceso concedido.
El corazón de Mikel dio un vuelco. La carpeta se abrió, revelando cientos de archivos PDF, documentos de Word, audios y fotografías. El primer archivo, titulado Manifiesto_Alborada_v3.pdf, le llamó la atención. Hizo doble clic.
A medida que leía, el terror frío le fue subiendo por la espina dorsal, paralizando sus músculos. No era un escándalo de corrupción urbanística. No era dinero desviado en paraísos fiscales. Era mucho peor. Era un abismo.
Los documentos detallaban, con escalofriante precisión militar y política, la “Operación Alborada”. Era un plan para un golpe de estado moderno en España. Pero no iba a ser un levantamiento militar a la antigua usanza, con tanques en las calles. Iba a ser un golpe de estado asimétrico, diseñado para el siglo XXI.
Según los archivos, un consorcio formado por altos mandos disidentes del Ejército, poderosos empresarios de la energía, y, lo que era más chocante, ciertos sectores radicales de la extrema derecha nacional y, sorprendentemente, líderes en la sombra del nacionalismo vasco más extremo e intransigente. Estos últimos, una facción violenta que nunca aceptó el cese de las armas de la antigua organización terrorista, habían forjado una alianza impía con sus enemigos históricos. ¿El objetivo? Crear un colapso institucional absoluto a través de apagones masivos controlados, ataques cibernéticos a infraestructuras críticas y asesinatos selectivos de líderes moderados que abogaban por la unidad y el diálogo.
En el caos resultante, el gobierno central caería por la presión pública y el pánico. Los militares “salvarían” la nación restaurando un orden dictatorial, mientras que los radicales vascos, como pago por su apoyo logístico y su silencio, obtendrían la independencia de facto de su territorio en medio de la desintegración del Estado, bajo la excusa de la autodefensa y la gestión de la crisis. Era la balcanización planificada de España por los peores actores de ambos extremos del espectro.
Ignacio Uriarte, el hombre de la txapela ensangrentada, era el mayor obstáculo. Como moderado influyente, había descubierto la trama y estaba a punto de entregar las pruebas al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) al día siguiente de San Fermín. Lo habían silenciado. Y el disparo durante el encierro no solo era una ejecución; era un mensaje. Un símbolo de que la “fiesta” había terminado.
Mikel llegó a una carpeta de fotografías. Mostraban reuniones secretas en fincas privadas en Andalucía y txokos clandestinos en Gipuzkoa. Reconoció rostros. Políticos que salían todos los días en la televisión debatiendo acaloradamente, estrechando la mano de generales con el rostro sombreado. Y lo que le heló la sangre: vio la foto de Gorka Etxebarria, un antiguo abertzale radical, líder de una de las herriko tabernas más conflictivas de Bilbao, un hombre que Mikel conocía de vista de su juventud, un hombre famoso por su retórica incendiaria y su pasado violento.
Mikel se echó hacia atrás en la silla, pasándose las manos por el pelo empapado en sudor frío. Tenía en sus manos la caja de Pandora. Un USB que justificaba no uno, sino mil asesinatos. Y él, un simple camarero de Vitoria en paro que solo había venido a Pamplona a emborracharse y correr delante de unos toros, era ahora el custodio de ese secreto.
De repente, su teléfono móvil vibró sobre la mesa. El sonido le hizo dar un salto en la silla, casi volcando el portátil. Miró la pantalla. Era un número desconocido, oculto.
Dudó, pero su pulgar, movido por un instinto morboso, deslizó el botón verde para aceptar la llamada. Se llevó el teléfono a la oreja, sin decir una palabra. Solo escuchaba su propia respiración acelerada.
Del otro lado, una voz áspera, metálica, que parecía haber sido pasada por un filtro distorsionador, habló en un euskera perfecto, con un marcado acento vizcaíno.
—Mikel. Gure mutila. (Mikel. Nuestro chico.) —dijo la voz. El terror absoluto invadió a Mikel. Sabían su nombre. —¿Te gustó el espectáculo de esta mañana en la Estafeta?
Mikel intentó hablar, pero tenía la garganta seca como el papel de lija. Emitió un sonido ahogado.
—Sabemos que tienes la txapela, Mikel. Las cámaras de los turistas lo graban todo hoy en día. Incluso en medio del pánico de una estampida. Te vimos agacharte. Te vimos llevarte el recuerdo.
—Yo… yo no sé nada. Fue un accidente. Solo me caí… —Mikel tartamudeó en castellano, intentando fingir ignorancia.
Una risa fría, carente de cualquier atisbo de humor, resonó en el auricular.
—No nos tomes por idiotas. Sabes perfectamente lo que tienes. Lo que no sabes es la dimensión de la fuerza que acaba de ponerse en movimiento para recuperarlo. No tienes salida, chaval. La policía te está buscando por robar pruebas de la escena de un crimen de Estado. Nosotros te estamos buscando por algo mucho más importante. Te doy un consejo: no confíes en nadie con uniforme, y no confíes en nadie con una bandera. Tienes dos horas para dejar la txapela y lo que lleva dentro en la papelera número cuatro de la Plaza del Castillo. Si no lo haces… bueno, digamos que el encierro de mañana será el menor de tus problemas.
La línea se cortó abruptamente, dejando un pitido monótono que resonó en el cráneo de Mikel como una sentencia de muerte.
Soltó el teléfono, que cayó sobre la mesa de madera con un golpe seco. Miró la pantalla de su ordenador, donde el rostro sonriente del político asesinado, Ignacio Uriarte, le devolvía la mirada desde un documento de Word. Estaba atrapado. Entre los engranajes de un Estado corrupto, los cuernos del terrorismo renacido y la maquinaria implacable de un golpe de estado en las sombras.
No podía ir a la policía. El manifiesto “Alborada” dejaba claro que altos mandos de las fuerzas de seguridad estaban implicados. Entregarles el USB sería como entregarse al verdugo y proporcionarles la prueba que necesitaban destruir. No podía ir a los medios de comunicación; lo matarían antes de que pudiera pronunciar la primera palabra frente a un micrófono.
Y ciertamente, no iba a dejar el USB en la papelera de la Plaza del Castillo. Gorka Etxebarria y sus matones de la línea dura lo asesinarían en el momento en que se diera la vuelta, solo para asegurarse de que no hubiera copias.
Tenía que desaparecer.
Mikel arrancó el USB del portátil con un movimiento brusco. Lo guardó en el bolsillo más pequeño y seguro de sus vaqueros. Metió algo de ropa de forma atropellada en una mochila gastada: un par de camisetas oscuras, calcetines, su pasaporte y todo el dinero en efectivo que tenía, que no superaba los trescientos euros.
Se asomó por las persianas cerradas de su apartamento. Abajo, en la calle, el sol brillaba sobre los grupos de jóvenes vestidos de blanco y rojo, bebiendo calimocho de botellas de plástico, cantando y riendo, completamente ajenos al hecho de que su país estaba a punto de ser devorado desde dentro.
Pero los ojos de Mikel no se centraron en la fiesta. Se fijaron en un coche aparcado en doble fila en la esquina opuesta. Un sedán negro, con los cristales tintados. Dentro, pudo distinguir la silueta de dos hombres vestidos con trajes oscuros, una vestimenta absurdamente fuera de lugar en medio del jolgorio de San Fermín. Uno de ellos estaba hablando por una radio. El otro miraba fijamente hacia el portal del edificio de Mikel.
Lo habían encontrado. No le habían dado dos horas. Solo querían mantenerlo quieto mientras cerraban el cerco.
El pánico cedió el paso a una claridad fría y desesperada. La adrenalina del encierro, esa droga natural que le permitía correr a milímetros de los cuernos de la muerte, volvió a inundar su torrente sanguíneo. Agarró su mochila, se puso una gorra de béisbol oscura para ocultar su rostro y salió por la puerta trasera de la cocina, que daba al estrecho y sucio patio interior del bloque de edificios.
El laberinto de Pamplona era su única esperanza. Si lograba llegar a la estación de autobuses o a las vías del tren, tal vez tendría una oportunidad. Pero para ello, tendría que atravesar el corazón de la fiesta, sumergirse en la locura de San Fermín, convertirse en un fantasma entre el millón de almas borrachas que abarrotaban la ciudad.
Mikel bajó por las escaleras de incendios oxidadas del patio interior, el metal chirriando bajo su peso. Al llegar al suelo, rodeado de cubos de basura malolientes, escuchó el ruido sordo de una puerta principal siendo derribada arriba, en el cuarto piso. Eran rápidos.
Salió del callejón hacia la calle adyacente, sumergiéndose instantáneamente en una marea de peñas charangueras que tocaban a todo pulmón una canción popular. El estruendo de los tambores y las trompetas lo envolvió. Mikel se bajó la gorra, se encogió de hombros y empezó a caminar rápido, dejándose arrastrar por la corriente humana, mientras las sirenas de la policía, a lo lejos, comenzaban a aullar como lobos hambrientos olfateando el rastro de sangre que él mismo había dejado atrás.
La caza había comenzado.
TERCERA PARTE: EL LABERINTO ROJO Y BLANCO
El sol de mediodía caía a plomo sobre Pamplona, convirtiendo la ciudad en una olla a presión de alcohol, sudor y decibelios. Mikel avanzaba a trompicones por la calle San Nicolás, rodeado de una masa compacta que cantaba a gritos. Cada persona vestida de blanco y rojo le parecía ahora una amenaza potencial, un agente de civil, un matón a sueldo de Etxebarria, un sicario del nuevo orden.
La paranoia era un ácido que le corroía el cerebro. Sentía el pequeño rectángulo de plástico duro, el USB, ardiendo contra su muslo a través de la tela del pantalón. Era el objeto más valioso y letal de toda la Península Ibérica en ese momento.
Al pasar por delante del Bar Castillo, echó un vistazo a la televisión de plasma que colgaba sobre la barra. Las noticias de la cadena nacional estaban en emisión de última hora, sin sonido por el ruido del bar, pero los subtítulos eran lo suficientemente claros.
URGENTE: EL EXMINISTRO IGNACIO URIARTE MUERE TRÁGICAMENTE DURANTE EL ENCIERRO DE SAN FERMÍN. LAS PRIMERAS HIPÓTESIS APUNTAN A UNA FATAL CAÍDA Y TRAUMATISMO CRANEOENCEFÁLICO. LA POLICÍA INVESTIGA LAS CIRCUNSTANCIAS.
Mikel soltó una carcajada amarga y corta que se perdió en el estruendo de una charanga que pasaba. “Fatal caída”. Estaban encubriéndolo. La Operación Alborada ya había puesto sus tentáculos en los medios de comunicación y en la policía para ganar tiempo, para evitar el pánico antes de que el golpe estuviera listo. O tal vez, simplemente, la policía genuina aún no sabía la verdad y los forenses no habían llegado a la morgue. De cualquier manera, estaban ganando tiempo.
—¡Eh, tú! ¡Cuidado! —Un joven enorme, con la camisa blanca manchada de vino tinto, empujó a Mikel violentamente al chocar con él.
Mikel tropezó y estuvo a punto de caer, pero se agarró a la pared de piedra. Murmuró una disculpa y siguió moviéndose. No podía permitirse un altercado. Tenía que llegar a la estación de tren en el barrio de San Jorge. Si lograba coger el Alvia hacia Vitoria, o mejor aún, hacia Francia a través de Hendaya, tal vez podría esconderse en Iparralde (el País Vasco francés) y contactar con algún periodista de investigación internacional. El Le Monde, el New York Times. Alguien fuera del alcance del consorcio Alborada.
A medida que se acercaba al Parque de la Taconera, alejándose del epicentro del Casco Antiguo, la densidad de la multitud disminuía, lo que, paradójicamente, lo hacía sentir más vulnerable. Sin el camuflaje de la masa sudorosa, era solo un joven caminando rápido, mirando por encima del hombro con ojos desorbitados.
De repente, a cincuenta metros, al final del paseo arbolado, vio un control de la Policía Nacional. Dos furgones de la Unidad de Intervención Policial (UIP), los antidisturbios, bloqueaban el paso. Los agentes, con sus uniformes oscuros y chalecos tácticos, estaban parando a personas al azar, pidiendo identificaciones.
Mikel frenó en seco. Su instinto de liebre le dijo que huyera. Si le pedían el DNI, comprobarían sus antecedentes o su nombre saltaría en cualquier alerta que hubieran puesto los altos mandos corruptos implicados en la conspiración. Peor aún, si lo cacheaban y encontraban el USB, estaba muerto. Legal o ilegalmente, desaparecería en una furgoneta y nunca más se sabría de él.
Giró sobre sus talones, intentando que el movimiento pareciera natural, la indecisión de un turista borracho que ha olvidado dónde aparcó el coche. Comenzó a caminar de vuelta hacia el Casco Antiguo, acelerando el paso.
—¡Oye, chaval! ¡El de la gorra oscura! ¡Un momento! —La voz resonó, autoritaria, cortando el aire bochornoso del parque.
El corazón de Mikel se detuvo por un segundo para luego empezar a bombear a doscientas pulsaciones por minuto. No miró atrás. No corrió. Sabía que correr frente a la policía era una confesión de culpa instantánea. Continuó caminando, fingiendo sordera, fingiendo que los auriculares invisibles que no llevaba estaban a todo volumen.
—¡Eh, tú! ¡Alto a la policía! —Esta vez el grito estuvo acompañado por el sonido del trote pesado de botas tácticas sobre el asfalto.
Mikel rompió a correr.
Echó a volar hacia la entrada del Casco Viejo, irrumpiendo por la calle Mayor. A sus espaldas escuchó los gritos de los agentes pidiendo paso, abriéndose camino a empujones a través de los rezagados de la fiesta. Mikel conocía las calles de Pamplona razonablemente bien, pero no era un local. Se lanzó por el primer callejón a su izquierda, una arteria estrecha y sombría que olía a orines y humedad.
Corrió saltando sobre botellas rotas y charcos de dudosa procedencia. Miró hacia atrás por una fracción de segundo. Dos policías de la UIP doblaban la esquina, pesadamente equipados, sus porras en la mano.
—¡Detente! —gritó uno de ellos, su rostro rojo por el esfuerzo.
Mikel no respondió. Salió del callejón y se encontró de bruces en la Plaza de los Burgos. Estaba llena de gente descansando sobre el césped, familias comiendo bocadillos y jóvenes durmiendo la mona bajo la sombra de los árboles. Mikel zigzagueó entre ellos como un corredor de rugby eludiendo placajes, provocando gritos de queja e insultos.
Vio la estructura masiva del Mercado de Santo Domingo y supo que era su salvación temporal. El mercado era un laberinto interno de puestos, pasillos y salidas múltiples. Atravesó las puertas automáticas, sumergiéndose en una sinfonía de olores: pescado fresco, carne cruda, especias y verduras. El bullicio matutino de las amas de casa y los cocineros de los restaurantes llenaba el aire.
Mikel corrió por el pasillo central, esquivando carros de la compra y miradas atónitas de carniceros con delantales ensangrentados. La ironía no pasó desapercibida para él.
—¡Policía! ¡Abran paso! —Los gritos resonaron en la entrada principal.
Mikel giró bruscamente hacia la zona de pescadería, una zona de suelos húmedos y resbaladizos. Sus zapatillas patinaron, pero logró mantenerse en pie. Vio una puerta de servicio de metal entreabierta que daba a la zona de carga y descarga. Se lanzó hacia ella, la empujó con el hombro y se encontró en la parte trasera del mercado, frente a la cuesta que bajaba hacia los corrales del gas.
Sin mirar atrás, bajó corriendo la pendiente, mezclándose con un grupo grande de jóvenes extranjeros que bajaban cantando en inglés hacia la zona del río Arga. Los policías no aparecieron por la puerta trasera. Los había despistado, al menos por el momento.
Se detuvo bajo el puente de Curtidores, oculto en las sombras de los arcos de piedra. El sudor le empapaba la ropa, frío y pegajoso. Respiró hondo, intentando calmar los temblores de sus manos. Estaba huyendo de la policía en su propio país. Era un fugitivo.
Se apoyó contra la piedra húmeda del puente y sacó su teléfono móvil. La batería estaba al 40%. Tenía que tomar una decisión. No podía coger un tren. Las estaciones estarían vigiladas. Tampoco podía usar su tarjeta de crédito para alquilar un coche o pagar un billete de autobús. Su cuenta bancaria, probablemente, ya era un faro para los que lo buscaban.
Recordó las palabras de la voz distorsionada en el teléfono. Gure mutila. Nuestro chico. La facción de Gorka Etxebarria. Ellos operaban en el norte, en las sombras de las montañas navarras y guipuzcoanas. Eran expertos en el contrabando, en moverse por rutas no oficiales, en evadir la ley. Durante décadas habían sido los amos del juego del ratón y el gato con la Guardia Civil.
Mikel se odió a sí mismo por lo que estaba a punto de hacer. Iba a meterse en la boca del lobo para escapar de las garras del oso. Si el Estado quería matarlo por el secreto de la Operación Alborada, tal vez los enemigos jurados del Estado eran su única posibilidad temporal de supervivencia, si lograba negociar con ellos sin que le volaran la cabeza primero.
Buscó en la memoria de su teléfono. Años atrás, en Vitoria, había salido brevemente con una chica, Ainhoa, cuyo hermano mayor estaba profundamente involucrado con la “izquierda abertzale” más radical, el entorno político cercano a los de Etxebarria. Mikel siempre se había mantenido al margen de todo aquello, despreciando la violencia y la tensión constante. Había borrado el número de Ainhoa, pero recordaba el nombre del bar que su hermano regentaba en un pequeño pueblo del valle de Baztán, cerca de la frontera francesa. Un lugar que, según los rumores locales, servía de santuario y punto de reunión para los “viejos camaradas” que no aceptaban la paz oficial.
El bar se llamaba Hegoalde (El Sur), en la localidad de Elizondo.
Mikel necesitaba salir de Pamplona, y necesitaba hacerlo sin usar infraestructuras controladas. Se subió la cremallera de la sudadera que había sacado de la mochila, ocultando la camiseta blanca manchada de sangre seca que no se había cambiado por pura prisa, se caló la gorra y salió de debajo del puente.
Caminó hacia las afueras de la ciudad por los senderos peatonales que bordeaban el río Arga, evitando las carreteras principales. Su plan era llegar a Villava, el pueblo contiguo a Pamplona, y desde allí, intentar hacer autostop hacia el norte, hacia las montañas neblinosas del Baztán.
El paisaje comenzó a cambiar. Los altos edificios dejaron paso a zonas residenciales y luego a campos verdes. El ruido de San Fermín se convirtió en un rumor sordo a sus espaldas. Sin embargo, la sensación de estar siendo observado no lo abandonó.
Después de dos horas de caminata bajo el sol implacable, con los pies llenos de ampollas, Mikel llegó a una rotonda en las afueras de Villava, donde la carretera N-121-A comenzaba su ascenso serpenteante hacia los Pirineos y Francia.
Se colocó en el arcén, extendió el brazo y levantó el pulgar. Varios coches pasaron de largo. Familias de vacaciones, camiones de reparto. Mikel esperaba, con el corazón en un puño. Si una patrulla de la Guardia Civil pasaba por allí, lo interrogarían.
Finalmente, una vieja furgoneta Renault Express de color blanco despintado, con manchas de óxido en los guardabarros, aminoró la marcha y se detuvo a unos metros de él. Mikel corrió hacia la ventanilla del copiloto.
Dentro había un hombre mayor, de rostro curtido por el sol, con una poblada barba gris y una boina vieja, muy distinta a la mortífera txapela de Uriarte. El hombre lo miró de arriba abajo con ojos suspicaces.
—¿Adónde vas, chaval? —preguntó el anciano en euskera, con una voz rasposa que olía a tabaco negro.
—Hacia el norte. Hacia Elizondo, si es posible. O lo más cerca que vaya —respondió Mikel, forzando una sonrisa amable, utilizando también el euskera para generar confianza.
El viejo asintió lentamente, apagando el cigarrillo a medio fumar en el cenicero rebosante del salpicadero.
—Sube. Voy hasta Oronoz-Mugairi. Te dejaré cerca.
Mikel subió al asiento del copiloto, cuyo tapizado estaba roto, revelando la espuma amarilla del interior. Cerró la puerta de chapa con un sonido metálico sordo. La furgoneta arrancó lentamente, emitiendo una nube de humo negro por el tubo de escape.
Mientras dejaban atrás la llanura de Pamplona y comenzaban a adentrarse en los densos y oscuros bosques de robles y hayas que presagiaban la montaña, Mikel se permitió relajar un milímetro la tensión de sus hombros. Miró por el espejo retrovisor lateral. No parecía que nadie los siguiera.
El viejo encendió la radio. Una emisora local transmitía música folk vasca, una melodía melancólica de trikitixa y pandero. El paisaje verde y exuberante pasaba a través del cristal sucio, un contraste brutal con la jungla de asfalto y sangre de la que acababa de huir.
—Mucha prisa llevas para alejarte de la fiesta, mozo —comentó el conductor sin apartar la vista de la carretera revirada—. La mayoría baja a Iruña (Pamplona) estos días, no sube.
Mikel tragó saliva, sintiendo el escrutinio del anciano.
—Demasiado ruido para mí —mintió Mikel—. Necesito respirar un poco de aire puro. La cabeza me da vueltas.
El viejo emitió un sonido gutural que podría haber sido una risa o un gruñido.
—El aire de la montaña es bueno para aclarar las ideas. Pero a veces, en los bosques profundos del Baztán, las sombras son más largas de lo que parecen. Hay cosas antiguas que nunca desaparecen del todo.
Mikel miró al anciano, pero este mantenía la vista fija en el asfalto. Una sensación de frío bajó por la columna de Mikel. ¿Era solo un comentario casual de un viejo montañés sobre las leyendas de brujas de la zona, o había reconocido a Mikel? En el País Vasco, las redes de información a menudo viajaban más rápido que el internet de fibra óptica.
Acarició instintivamente el bulto del USB en su bolsillo. La Operación Alborada, el golpe de estado, la sangre de Uriarte en sus manos. Iba directamente hacia la guarida de los lobos radicales, buscando refugio en la oscuridad porque la luz de la ley se había vuelto mortal.
La furgoneta se adentró en un túnel largo y oscuro excavado en la roca de la montaña. La luz del sol desapareció repentinamente, dejando solo el brillo amarillento de los faros del vehículo iluminando el túnel de cemento. Para Mikel, fue una metáfora perfecta de su situación. Había dejado atrás el mundo conocido, el mundo donde la ley y el orden tenían algún significado, y ahora descendía a un inframundo de conspiraciones, traiciones y sangre antigua, donde un solo paso en falso significaría no solo su muerte, sino posiblemente el colapso del país entero.
Al salir del túnel, la lluvia, fina y persistente, el sirimiri norteño, había comenzado a caer, emborronando el paisaje montañoso en un velo gris. El viaje hacia la verdad más oscura acababa de empezar.
CUARTA PARTE: EL SANTUARIO DEL LOBO
El valle del Baztán, envuelto en la bruma de la tarde, parecía un mundo ajeno a la soleada y ruidosa Pamplona. Aquí, el verde de los prados era tan intenso que dolía a los ojos, y las montañas se alzaban como guardianes silenciosos, ocultando secretos milenarios bajo mantos de bosques de hayas y robles. La furgoneta del anciano tosió por última vez antes de detenerse en la plaza principal de Oronoz-Mugairi.
—Hasta aquí llego, mozo —dijo el viejo, encendiendo otro cigarrillo negro. El humo denso llenó la cabina—. Elizondo está a un par de kilómetros por esa carretera. Puedes ir andando. Que la suerte te acompañe, o lo que sea que estés buscando.
Mikel asintió, murmuró un “eskerrik asko” (gracias) y se bajó del vehículo. El aire frío y húmedo le golpeó el rostro, un alivio tras el calor asfixiante de la ciudad. Comenzó a caminar por el arcén, con la mochila pegada a la espalda y las manos hundidas en los bolsillos. El roce del USB contra sus dedos era un recordatorio constante de su precaria situación.
Tardó casi una hora en llegar a Elizondo. El pueblo, atravesado por el río Bidasoa, era una postal de casas señoriales de piedra con balcones de madera repletos de geranios. Pero la belleza del lugar no lograba apaciguar el nudo en el estómago de Mikel. Buscó el bar Hegoalde. No estaba en la calle principal, sino en un callejón adoquinado cerca de la iglesia, semiescondido tras un arco de piedra.
La fachada era de madera oscura, sin grandes letreros. Solo una pequeña ikurriña (bandera vasca) desteñida colgaba de una ventana superior. Mikel empujó la pesada puerta de roble y entró.
El interior olía a sidra rancia, humo de tabaco añejo y humedad. Estaba en penumbra. Un par de hombres mayores jugaban a las cartas en una mesa de la esquina, hablando en susurros. Detrás de la barra, secando vasos con un trapo, había un hombre de unos treinta y tantos años, corpulento, con el pelo rapado y una espesa barba negra. Mikel reconoció los rasgos duros de la familia de Ainhoa. Era Iñaki.
Mikel se acercó a la barra, intentando que sus pasos no delataran su nerviosismo.
—Arratsalde on (Buenas tardes) —dijo Mikel, con voz ronca.
Iñaki dejó el vaso y lo miró fijamente. Sus ojos, pequeños y oscuros, carecían de cualquier tipo de calidez.
—¿Qué quieres? —respondió secamente, en castellano.
—Busco a Iñaki. Soy Mikel. Conocí a tu hermana, Ainhoa, hace unos años en Vitoria.
La expresión de Iñaki no cambió. Miró a los hombres que jugaban a las cartas, que ahora habían detenido su partida y observaban la escena en silencio.
—Ainhoa vive en Londres desde hace tres años. No sé quién eres, ni me importa. Has venido al lugar equivocado, chaval. Te sugiero que te des la vuelta y vuelvas a coger el autobús a la ciudad.
Mikel sabía que no podía andarse con rodeos. El tiempo corría en su contra. Se inclinó sobre la barra, acercándose al rostro de Iñaki, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro áspero.
—No vengo por Ainhoa. Vengo porque tengo algo que Gorka Etxebarria lleva buscando desde las ocho de la mañana. Algo que estaba en la cabeza de Ignacio Uriarte antes de que se la volaran en la Estafeta.
El silencio que siguió a esas palabras fue sepulcral. El único sonido era el zumbido de la cámara frigorífica detrás de la barra. Los ojos de Iñaki se abrieron imperceptiblemente, un destello de reconocimiento y sorpresa que no pudo ocultar.
Iñaki tragó saliva, dejó el trapo sobre la barra y se acercó aún más a Mikel.
—Estás loco si vienes aquí a soltar esos nombres, desgraciado. No sé de qué me hablas.
—Sabes perfectamente de qué hablo, Iñaki —insistió Mikel, sintiendo que la adrenalina volvía a tomar el control—. Operación Alborada. El USB. El CNI y la Policía me buscan. Si me encuentran, el Estado recupera sus secretos y lo encubrirá todo. Vosotros os quedaréis sin la baza que estabais jugando. Dile a Etxebarria que el mutila (chico) de Vitoria está aquí. Y que quiero negociar.
Iñaki lo observó durante unos largos segundos, evaluando si estaba frente a un infiltrado de la policía, un periodista suicida o simplemente un idiota con suerte. Finalmente, tomó una decisión.
—Ven conmigo —ordenó Iñaki, levantando la trampilla de la barra.
Condujo a Mikel a través de un pasillo oscuro hasta la parte trasera del local, hacia lo que parecía ser un almacén de barriles de cerveza. Una vez dentro, cerró la puerta con llave. De repente, sin previo aviso, Iñaki se abalanzó sobre Mikel. Lo empotró contra la pared de piedra con una fuerza brutal, sacando una pistola del cinturón y apretando el cañón frío contra la garganta de Mikel.
—¡Manos arriba, joder! —gritó Iñaki—. ¡Abre las piernas!
Mikel obedeció, jadeando por el impacto. Iñaki lo cacheó con manos expertas, palpando cada bolsillo, cada costura.
—No lo llevo encima —mintió Mikel rápidamente, con la voz temblorosa por la presión del arma—. ¿Te crees que soy tan estúpido? Lo he escondido. Si me matas, nunca lo encontraréis.
Iñaki se detuvo, manteniendo el arma en su sitio. Mikel había tenido la precaución de envolver el diminuto USB en un trozo de cinta aislante negra y pegarlo en el interior del forro de sus calzoncillos durante el viaje en la furgoneta. Un registro superficial no lo revelaría.
Iñaki soltó un gruñido, bajó el arma y retrocedió un paso, aunque sin dejar de apuntarle. Sacó un teléfono móvil de diseño antiguo, sin conexión a internet, y marcó un número.
—Bai (Sí) —dijo Iñaki en euskera—. Tenemos una visita inesperada en el bar. El chico de Iruña. Dice que tiene el paquete de Uriarte. Dice que quiere hablar con Gorka… Sí… De acuerdo. Lo preparo.
Iñaki colgó y miró a Mikel con una sonrisa torcida y cruel.
—Tienes agallas, muchacho, te lo concedo. Pero acabas de meterte en una picadora de carne. Gorka viene hacia aquí. Nos vamos a dar un paseo.
Le ató las manos a la espalda con unas bridas de plástico grueso, tan apretadas que cortaron la circulación de inmediato. Le puso una bolsa de tela negra en la cabeza que olía a polvo y humedad, sumiéndolo en la oscuridad total. A empujones, lo sacó por una puerta trasera hasta un vehículo. Mikel escuchó el portón de una furgoneta abrirse. Lo arrojaron al suelo metálico de la parte trasera.
El viaje fue un infierno de curvas, baches y frenazos. Mikel rodaba por el suelo, golpeándose contra los laterales del vehículo. Perdió la noción del tiempo. Podían haber sido veinte minutos o dos horas. El frío de la montaña se filtraba por la chapa, congelándole los huesos. Empezó a arrepentirse de su decisión. Había confiado en la lógica de un tablero de ajedrez político, olvidando que estos hombres no jugaban al ajedrez; jugaban a la guerra.
Finalmente, la furgoneta se detuvo. Lo sacaron a rastras y lo obligaron a caminar por un terreno irregular, crujiendo sobre hojas secas y barro. Olía a estiércol, a leña quemada y a bosque húmedo. Estaban en algún caserío (granja tradicional vasca) aislado en la montaña.
Lo hicieron sentar en una silla de madera y le quitaron la bolsa de la cabeza. La luz mortecina de una bombilla colgante le cegó por un momento. Estaba en una cocina amplia y rústica, con paredes de piedra y vigas de madera ennegrecidas por el humo. Frente a él, calentándose las manos junto a una vieja cocina de leña, había un hombre de unos cincuenta años, de complexión atlética, pelo gris cortado a cepillo y un rostro surcado por cicatrices profundas.
Era Gorka Etxebarria. El hombre cuyo rostro había visto en los documentos de la Operación Alborada, estrechando manos con los mismos militares que juraron destruir su movimiento.
Gorka se giró lentamente. Sus ojos eran fríos, calculadores, la mirada de un depredador que ha acorralado a su presa.
—Mikel —dijo Gorka, arrastrando las sílabas con su marcado acento—. El camarero de Vitoria. El corredor de encierros. Y ahora, el mensajero involuntario. Has causado un gran revuelo para ser un don nadie.
—No soy un mensajero —respondió Mikel, intentando mantener la voz firme a pesar del dolor en sus muñecas atadas—. Soy el dueño de la información ahora. Y quiero un trato.
Gorka soltó una carcajada seca, desprovista de alegría, que resonó en las paredes de piedra.
—¿Un trato? Esto no es un mercado, chaval. Tú tienes algo que nos pertenece. Robado del cadáver de un traidor. Dónde está el USB.
—Traidor a quién —escupió Mikel, ganando un poco de valor—. Vi los archivos, Gorka. Vi las fotos. El gran líder de la izquierda radical vasca aliándose con la extrema derecha española y los militares sublevados. Ayudando a organizar apagones y caos para dar un golpe de estado en Madrid. ¿Qué pasa, que los años de plomo no fueron suficientes? ¿Ahora ayudáis a los fascistas?
La sonrisa de Gorka desapareció, reemplazada por una máscara de odio puro. Cruzó la habitación en dos zancadas y le propinó un revés a Mikel con el dorso de la mano. El golpe fue tan fuerte que volcó la silla. Mikel cayó al suelo de piedra, saboreando la sangre en su boca, un sabor metálico que le recordó trágicamente a la mañana en Pamplona.
Iñaki, que estaba de pie en un rincón, levantó a Mikel junto con la silla de un tirón violento.
—No entiendes nada, niño estúpido —siseó Gorka, acercando su rostro a escasos centímetros del de Mikel—. No estamos ayudando a los fascistas. Los estamos usando. Madrid es débil. El gobierno es un nido de cobardes. Si el Estado central colapsa bajo un golpe militar, si hay caos, apagones y muerte en sus calles… la comunidad internacional mirará hacia otro lado. Y en ese vacío de poder, en ese caos absoluto, nosotros tomaremos el control de nuestro territorio. Declararemos la República Vasca independiente mientras ellos se matan entre sí en la meseta. El consorcio Alborada necesita nuestra infraestructura en el norte para asegurar que la frontera francesa quede bloqueada. Es una simbiosis. Ellos destruyen España, nosotros construimos Euskal Herria.
Mikel lo miró con horror. El plan era de una megalomanía y una brutalidad aterradoras. Iban a dejar que el país entero ardiera solo para reinar sobre las cenizas de su propia región.
—Uriarte lo descubrió —continuó Gorka, paseándose por la cocina—. Ese viejo moderado, siempre hablando de paz y estatutos de autonomía. Descubrió la conexión. Iba a entregar el CNI las pruebas de que militares y nosotros estábamos colaborando. Habría destrozado el golpe antes de que empezara. Habría hundido a la cúpula militar y a nosotros en la misma redada. Por eso tuvo que morir en la calle Estafeta. Fue un favor mutuo. Nuestros francotiradores, la logística de ellos. Poesía pura.
Gorka se detuvo frente a Mikel, sacó una navaja táctica de su bolsillo y pulsó el botón. La hoja saltó con un chasquido siniestro.
—Pero tú, Mikel… tú eres un imprevisto. Un error en el sistema. Y los errores se borran. Tienes cinco segundos para decirme dónde escondiste el USB antes de entrar al bar de Iñaki. Si no, empezaré a cortarte partes del cuerpo que realmente necesitas. Empezando por los dedos con los que escribes esos mensajes estúpidos a tus amigos.
Mikel tragó saliva, sintiendo el sudor frío resbalar por su frente. Sabía que no podía entregarles el USB. Si lo hacía, lo matarían al instante. Y lo que era peor, el golpe de estado seguiría adelante. Miles de personas morirían. El país retrocedería un siglo.
Tenía que ganar tiempo. Tenía que jugar la única carta falsa que le quedaba en la manga, rezando para que la paranoia de estos hombres fuera mayor que su sed de sangre.
—Si me matas —mintió Mikel, mirándolo directamente a los ojos—, el contenido del USB se publicará automáticamente mañana por la mañana.
Gorka detuvo la navaja a un centímetro de la mejilla de Mikel.
—¿De qué estás hablando?
—No soy informático, pero conozco a gente que sí lo es —Mikel improvisó, basándose en películas y rumores—. Antes de huir de Pamplona, encripté los archivos en un servidor remoto. Un “hombre muerto”. Si no introduzco una contraseña en mi portátil cada doce horas, los documentos de la Operación Alborada se enviarán simultáneamente a El País, El Mundo, The Guardian, la BBC y a todas las embajadas europeas en Madrid. Todo el plan. Vuestros nombres. Vuestras caras junto a los militares. Todo.
La cocina quedó en un silencio tenso, solo roto por el crujir de la leña en la estufa. Gorka miró a Iñaki, una sombra de duda cruzó por sus ojos.
—Miente —dijo Iñaki, apretando los dientes—. Es un puto camarero, no un hacker del Mossad. Córtale la garganta y busquemos el pen-drive en el camino que hizo desde el pueblo.
Gorka levantó una mano para silenciar a Iñaki. Era un hombre de acción, pero también un estratega paranoico. La posibilidad de que el golpe se arruinara y él pasara el resto de su vida en una prisión de máxima seguridad en el sur de España no era un riesgo que pudiera ignorar a la ligera.
—Demuéstralo —exigió Gorka—. Dime la contraseña del servidor. O dame el portátil donde tienes el programa.
—El portátil lo dejé en una taquilla de la estación de tren de Pamplona —Mikel siguió tejiendo la mentira con desesperación—. La llave la enterré. Si queréis detener la publicación, necesitáis que yo vaya a Pamplona. Si me torturáis, si me matáis, el reloj seguirá corriendo. Tenéis hasta mañana a las ocho, justo la hora del encierro, para tomar una decisión. O llegamos a un acuerdo económico y un pasaje seguro a Sudamérica a cambio de la desactivación, o caemos todos juntos.
Gorka lo observó con una intensidad que parecía quemar la piel de Mikel. Guardó la navaja lentamente.
—Eres un farolero de mierda —murmuró Gorka—. Pero un farolero que no puedo permitirme ignorar esta noche. Iñaki, átalo a la tubería del establo. Que pase la noche con los cerdos. Mañana a primera hora, le sacaremos la verdad a golpes o lo llevaremos a Pamplona.
Iñaki agarró a Mikel por el cuello de la camisa y lo arrastró fuera de la cocina, hacia un anexo de piedra que olía a amoníaco y estiércol viejo. Lo empujó contra una gruesa tubería de hierro oxidada y pasó una cadena alrededor de su cintura, cerrándola con un candado pesado.
—Grita todo lo que quieras —dijo Iñaki, apagando la linterna—. El vecino más cercano está a tres kilómetros, y es sordo. Mañana vas a rogar que te matemos rápido.
La puerta de madera se cerró con un golpe seco, dejando a Mikel en la oscuridad absoluta, rodeado por el olor a animales y la desesperación de su propia trampa. Se deslizó por la tubería hasta sentarse en el suelo de tierra fría. Estaba atado, magullado y sentenciado a muerte. Había entrado en la cueva del lobo creyendo que podía negociar, y ahora era simplemente la cena.
Pasaron horas. El frío de la montaña se filtraba por las rendijas del establo, helando la sangre de Mikel. Intentó moverse, buscar algo afilado en la oscuridad, una piedra, un clavo, pero la cadena no le daba margen. Lloró en silencio, pensando en su familia en Vitoria, en cómo su vida se había desmoronado en menos de veinticuatro horas por culpa de una maldita txapela ensangrentada.
El sueño, nacido del agotamiento extremo y el estrés, empezó a vencerlo. Su mente vagaba entre pesadillas de toros negros con rostros de militares y políticos sin rostro que lo perseguían por callejones infinitos.
De repente, un sonido lo arrancó de su letargo.
No era el viento aullando entre las ramas de las hayas. No era el crujir de la madera antigua. Era un sonido sordo, rítmico.
Fup… fup… fup.
El sonido de aspas cortando el aire pesado de la noche. Un helicóptero. Pero no volaba alto; volaba bajo, rasante, en modo táctico, sin luces de navegación. El zumbido se hizo más fuerte, haciendo vibrar las paredes de piedra del establo.
Mikel se incorporó todo lo que la cadena le permitió. El corazón volvió a latirle desbocado.
Inmediatamente después, el infierno se desató en el exterior del caserío.
QUINTA PARTE: FUEGO Y SANGRE EN EL MONTE
El estruendo de una explosión sacudió la estructura del establo. Una de las ventanas del caserío principal debió de haber volado por los aires. A esto le siguió el traqueteo inconfundible de armas automáticas. Ráfagas cortas, disciplinadas. No era un tiroteo de pandilleros; era un asalto militar coordinado.
Gritos en euskera y en castellano rasgaron la noche.
—¡Contacto! ¡Están entrando por la parte trasera! —era la voz de Iñaki, ahogada por el ruido ensordecedor de los disparos.
Mikel pegó el rostro a una rendija entre las tablas de madera de la puerta del establo. En el exterior, el patio del caserío estaba iluminado de forma intermitente por los fogonazos de los fusiles de asalto. Sombras tácticas, hombres vestidos con equipos de combate negros, cascos Kevlar y gafas de visión nocturna, se movían con precisión letal, disparando contra la casa principal.
Gorka y sus hombres estaban devolviendo el fuego desde las ventanas superiores con escopetas y fusiles de caza. Era una batalla campal en medio de la nada.
Mikel lo comprendió en un instante aterrador. El CNI, o más bien, la facción corrupta de la inteligencia militar leal al golpe de Alborada, no lo había perdido de vista. Quizás habían rastreado su teléfono a pesar de estar apagado, tal vez tenían vigilado el bar de Iñaki en Elizondo, o quizás habían interceptado las comunicaciones de Gorka. Fuera como fuese, habían venido a limpiar la casa. Habían venido a recuperar el USB y a matar a todos los testigos, incluidos sus “aliados” temporales en el norte. Las lealtades en una traición de Estado duran lo que dura la utilidad.
El establo tembló cuando una bala perdida atravesó el techo de uralita, haciendo llover polvo sobre Mikel. El pánico lo consumía, pero también vio una ventana de oportunidad. El caos era su único aliado.
Tiró de la cadena con todas sus fuerzas, ignorando el dolor en sus muñecas atadas a la espalda por las bridas. Era inútil, el candado y el acero eran demasiado fuertes.
Un grito agónico resonó cerca. Iñaki apareció por la puerta lateral del caserío, disparando ciegamente con su pistola hacia las sombras del patio. Un fuego cruzado lo alcanzó. Dos impactos sordos en el pecho lo arrojaron hacia atrás. Cayó pesadamente a escasos metros de la puerta del establo, ahogándose en su propia sangre, con los ojos muy abiertos mirando al cielo oscuro.
Uno de los asaltantes tácticos, un sombra sin rostro bajo el equipo negro, avanzó metódicamente hacia el cuerpo de Iñaki para asegurar la baja. Mikel retrocedió hacia la pared de piedra del establo, conteniendo la respiración. El asaltante iluminó el cadáver con la linterna acoplada a su fusil y luego enfocó hacia el establo.
Mikel cerró los ojos, esperando que una ráfaga de balas atravesara la madera y terminara con su sufrimiento.
Pero en ese instante, un estallido masivo desde la planta superior del caserío obligó al soldado a cubrirse. Gorka, desesperado, había lanzado un artefacto explosivo casero. La onda expansiva derribó parte del tejado principal y prendió fuego a la madera seca de la fachada.
El soldado retrocedió para reunirse con su escuadra, abandonando el perímetro del establo.
Mikel supo que era ahora o nunca. El caserío estaba empezando a arder. El humo comenzaba a filtrarse en el establo. Moriría asfixiado o quemado si no salía de allí.
Se giró de espaldas hacia la puerta, palpando con sus manos atadas el suelo de tierra donde Iñaki había caído. Su mano tropezó con la bota del cadáver, luego subió por el pantalón hasta el cinturón. Buscaba la llave del candado. Sus dedos, entumecidos y temblorosos, recorrieron los bolsillos de Iñaki mientras el tiroteo rugía a su alrededor.
En el bolsillo izquierdo delantero, sintió el frío metal de un manojo de llaves.
Con contorsiones agónicas que le dislocaron casi el hombro, logró extraer las llaves. Llevarlas hasta el candado en su cintura, estando de espaldas, era como intentar enhebrar una aguja en medio de un terremoto. Probó una llave. No giraba. El humo era cada vez más espeso, quemándole los pulmones y haciéndole toser convulsivamente.
Probó la segunda llave. Giró. El candado hizo clic y se abrió.
La gruesa cadena cayó al suelo con un ruido metálico. Mikel estaba libre del hierro, aunque sus manos seguían atadas a la espalda. Salió a trompicones del establo. El patio era una visión del infierno. El caserío ardía ferozmente, iluminando la noche con un resplandor anaranjado. Los soldados tácticos se estaban reagrupando detrás de unos todoterrenos blindados que habían subido por la pista forestal, preparando un asalto final al edificio en llamas, asumiendo que los que quedaban dentro estaban atrapados.
Mikel no miró atrás. Aprovechando el humo denso y las sombras que proyectaba el fuego, corrió hacia la espesura del bosque que rodeaba la propiedad. Sus piernas, rígidas por el frío y el miedo, le fallaron varias veces, haciéndolo tropezar con raíces y rocas. Pero se levantó cada vez, impulsado por el instinto primario de supervivencia.
Corrió ciegamente a través de la maleza, el ramaje arañándole la cara y la ropa. Se alejó del resplandor del fuego hasta que el ruido del tiroteo se convirtió en un eco lejano tragado por la inmensidad de los Pirineos.
Se detuvo al borde de un barranco, exhausto, vomitando bilis. La lluvia había vuelto a aparecer, lavando la sangre seca de su rostro. Se dejó caer de rodillas sobre el musgo húmedo.
Estaba vivo. Pero seguía perdido en medio de la montaña, con las manos atadas, sin comida, sin teléfono (Gorka se lo había quitado) y perseguido por el ejército privado de un golpe de estado.
Recordó el USB. Con dificultad, se frotó las muñecas contra la corteza áspera de un roble centenario. Frotó el plástico duro de la brida contra la madera repetidamente, ignorando la fricción que le desollaba la piel de las muñecas. Estuvo frotando durante lo que pareció una eternidad, hasta que la fricción calentó el plástico lo suficiente y, con un tirón brutal que le arrancó un grito de dolor, la brida cedió.
Sus brazos cayeron a los lados, muertos, hormigueando dolorosamente a medida que la sangre volvía a circular. Se llevó la mano temblorosa al interior de su pantalón. El pequeño bulto envuelto en cinta aislante seguía allí. La verdad seguía intacta.
Mikel miró hacia la oscuridad del valle. Sabía lo que tenía que hacer. Ya no bastaba con huir. No bastaba con esconderse. Gorka, el CNI corrupto, los generales… todos ellos seguirían buscando mientras el USB existiera en silencio. La única forma de protegerse, y la única forma de vengar la muerte de Ignacio Uriarte, el hombre que le había manchado de sangre en la Estafeta, era encender la luz. Destruir el golpe de estado revelándolo al mundo.
Comenzó a caminar hacia el norte, guiándose por el musgo en los árboles y la débil luz de la luna que se filtraba entre las nubes. Necesitaba cruzar la frontera hacia Francia. Necesitaba encontrar un lugar con conexión a internet segura, lejos del alcance de las autoridades españolas controladas por Alborada.
Caminó durante toda la noche, un espectro errante en la frontera, sobreviviendo a base de beber agua de los arroyos y esquivar cualquier carretera iluminada. Al amanecer, agotado, hipotérmico y al borde del colapso, divisó a lo lejos las luces de un pequeño pueblo en el valle. Las señales de tráfico que alcanzó a ver a través de los prismáticos de su mente exhausta estaban en francés. Había cruzado a Iparralde. Estaba en Saint-Étienne-de-Baïgorry.
SEXTA PARTE: LA LUZ EN LA RED
Saint-Étienne-de-Baïgorry despertaba perezosamente bajo la niebla matinal. Mikel, que parecía un vagabundo salido de una zona de guerra, evitó las calles principales. Encontró una pequeña biblioteca pública municipal que acababa de abrir sus puertas.
Entró, ignorando la mirada espantada de la bibliotecaria mayor al ver su ropa sucia, su rostro magullado y sus manos ensangrentadas.
—Excusez-moi… internet? —logró balbucear Mikel en su precario francés, señalando los ordenadores del fondo de la sala.
La mujer, por puro instinto humanitario o por miedo, simplemente asintió y le señaló un terminal en una esquina apartada.
Mikel se sentó frente a la pantalla. Sus dedos temblaban tanto que apenas podía teclear. Conectó el pequeño USB envuelto en cinta adhesiva que sacó de su ropa interior. El ordenador lo reconoció.
Abrió la carpeta secreta. La contraseña: 26041937. El bombardeo de Gernika. El recuerdo del fuego.
Los archivos estaban allí. El Manifiesto Alborada. Las fotos, las grabaciones, las listas de militares, políticos, empresarios y radicales vascos implicados.
Abrió su correo electrónico personal. Sabía que al hacerlo su ubicación saltaría en algún servidor de inteligencia en Madrid, pero ya no importaba. Era una carrera contra el reloj. Creó un archivo comprimido masivo con todos los documentos.
Redactó un correo electrónico. Destinatarios: Las redacciones principales de El País, El Mundo, Le Monde, The New York Times, Der Spiegel, The Guardian, y varias organizaciones independientes de periodismo de investigación como Bellingcat.
Asunto: Pruebas Definitivas Operación Alborada – Asesinato Ignacio Uriarte – Intento de Golpe de Estado en España.
El cuerpo del correo fue breve:
“Ignacio Uriarte fue asesinado en Pamplona para ocultar esto. Militares de alto rango, empresarios energéticos y la izquierda abertzale radical han forjado una alianza para destruir el país desde dentro. Aquí están las pruebas. Su sangre está en mis manos. Haced que su muerte no sea en vano. Publicadlo todo.”
Adjuntó el archivo comprimido. El indicador de carga en la pantalla comenzó a avanzar lentamente. 10%… 20%…
Mikel miraba la barra de progreso como si fuera su salvavidas. Sabía que en ese mismo instante, alarmas cibernéticas debían estar sonando en los sótanos oscuros de Madrid. El CNI, la facción corrupta, intentaría cortar la conexión, interceptar el envío, hackear el servidor francés.
40%… 50%…
El sudor frío le perlaba la frente. La bibliotecaria se acercó lentamente con un vaso de agua, dejándolo sobre la mesa con cautela antes de alejarse rápidamente. Mikel ni siquiera la miró.
70%… 80%…
La conexión en el pequeño pueblo francés no era de fibra óptica ultrarrápida. Cada segundo era una agonía. Mikel imaginaba helicópteros cruzando la frontera ilegalmente para silenciarlo, sicarios irrumpiendo por la puerta de cristal de la biblioteca.
95%… 99%…
Enviado.
El mensaje desapareció de su bandeja de salida y se multiplicó en la red, volando hacia los servidores de los periódicos más importantes del mundo occidental. Un virus de la verdad inoculado en el sistema nervioso global. Ya no se podía detener. El genio había salido de la botella.
Mikel arrancó el USB del ordenador. Lo sostuvo en la mano un momento, sintiendo el peso de la historia que contenía. Luego, con un movimiento rápido, lo aplastó bajo el tacón de su bota contra el suelo de linóleo de la biblioteca, rompiendo el chip de memoria en pedazos irreparables.
Ya no lo necesitaba.
Se levantó de la silla. Las piernas apenas lo sostenían. Caminó hacia la salida de la biblioteca. La calle exterior estaba tranquila. Un panadero sacaba cruasanes frescos de su horno. Un perro ladraba a lo lejos. La normalidad del mundo contrastaba brutalmente con el seísmo político que acababa de desencadenar.
Salió a la acera, respiró hondo el aire fresco de la mañana francesa y caminó sin rumbo fijo. No tenía dinero, no tenía pasaporte (se lo habían quitado en el caserío), pero por primera vez en veinticuatro horas, ya no era una presa acorralada.
Ese mismo mediodía, las ediciones digitales de los principales periódicos europeos detuvieron sus rotativas virtuales. La noticia estalló con la fuerza de una bomba atómica mediática. Las pruebas eran irrefutables. Las fotos de reuniones clandestinas, los audios comprometedores, el plan detallado de colapso de infraestructuras.
España se paralizó. El gobierno central, atónito y furioso, ordenó el arresto inmediato de más de cincuenta altos mandos del Ejército, incluyendo a dos generales del Estado Mayor. Redadas simultáneas en Madrid, Andalucía, y el País Vasco descabezaron la cúpula de la conspiración. En Bilbao y San Sebastián, la policía autonómica vasca detuvo a los cabecillas de la facción radical que había pactado con el diablo. Gorka Etxebarria, que había sobrevivido al asalto de su caserío, fue capturado mientras intentaba cruzar a Francia, traicionado por el mismo caos que había intentado crear.
El intento de golpe de Estado fue abortado antes de que se disparara el primer tiro en Madrid. La democracia española tambaleó, herida de gravedad por la desconfianza y la magnitud de la traición interna, pero aguantó. El asesinato de Ignacio Uriarte dejó de ser un “trágico accidente taurino” para convertirse en el martirio de un patriota que dio su vida por advertir a su país.
EPÍLOGO: LOS ECOS DE LA ESTAFETA
Han pasado dos años desde aquella mañana de San Fermín.
El 7 de julio, a las ocho de la mañana, la calle Estafeta de Pamplona volvió a llenarse de corredores, de sudor, de miedo y del rugido de los Miura. La tradición es más fuerte que la tragedia. Sin embargo, en el punto exacto donde cayó Ignacio Uriarte, alguien, en el anonimato de la noche, siempre pinta un pequeño círculo negro en los adoquines. Un recordatorio mudo.
A miles de kilómetros de allí, en una ciudad costera del norte de Argentina, un joven de veintiocho años con un ligero acento español sirve cafés en un pequeño bar frente al océano Atlántico. Se hace llamar Martín, aunque su pasaporte falso, conseguido a través de redes de ayuda internacional para refugiados políticos en la sombra, dice otra cosa.
Mikel nunca volvió a España. A pesar de que su filtración salvó al país de una guerra civil encubierta, sabía que los tentáculos de la Operación Alborada eran largos. Los hombres en el poder fueron a la cárcel, pero las fortunas que financiaron el golpe y los lobos solitarios que lo apoyaban seguían ahí fuera, buscando al responsable de su fracaso. Mikel sabía que, para el Estado, él era un héroe incómodo, un cabo suelto; y para los traidores, era el enemigo público número uno.
La vida en Argentina era tranquila, anónima. El sonido de las olas reemplazó al eco de los disparos en el valle de Baztán. Ya no corría delante de toros de media tonelada. Su única adrenalina era surfear las olas grises del Atlántico sur al atardecer.
Pero algunas heridas nunca cicatrizan del todo. En su modesto apartamento, guardada en una caja de madera bajo la cama, Mikel conserva un único objeto de su vida anterior. No es el USB, que yace destruido en una biblioteca francesa. Ni siquiera una fotografía de su familia.
Es una vieja txapela negra, con el paño endurecido por una mancha oscura y oxidada que el tiempo no ha podido borrar. La sangre seca de Ignacio Uriarte.
A veces, en las noches de insomnio, Mikel saca la caja, toca la áspera lana de la boina y cierra los ojos. Al instante, vuelve a oler la pólvora, el sudor y el miedo de la calle Estafeta. Vuelve a escuchar el disparo silenciado. Vuelve a sentir el peso aplastante de la historia cayendo sobre sus hombros. Y aunque vive exiliado, lejos de su tierra y de su gente, sabe que el precio pagado valió la pena. El árbol de Gernika, con sus raíces profundas, sigue en pie. Y él, un simple corredor de encierros, fue el agua ensangrentada que impidió que las llamas lo devoraran.