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¡PESADILLA EN SEVILLA!

¡PESADILLA EN SEVILLA!

PARTE 1

A Clara le sobraba una habitación y le faltaban veintisiete euros para no mirar la cuenta bancaria con la misma expresión con la que se mira una multa de la zona azul.

Vivía en un tercero sin ascensor en la calle Feria, en un piso antiguo de esos que en las fotos de internet parecen “con encanto” y en persona significan “la ventana no cierra bien, pero mira qué azulejos”. Tenía techos altos, un balcón con macetas de albahaca medio heroicas, una cocina estrecha donde dos personas no podían girarse a la vez sin iniciar una coreografía involuntaria, y una habitación pequeña que llevaba meses usando como trastero emocional.

Allí había de todo: una lámpara rota que “algún día” arreglaría, cajas con libros de la carrera, un ventilador que hacía más ruido que aire, tres bolsas de ropa para donar que jamás llegaban a Cáritas, y una esterilla de yoga comprada en enero bajo la influencia peligrosa de los propósitos de Año Nuevo.

El alquiler en Sevilla había subido con una alegría que ni la Feria de Abril. Clara trabajaba como diseñadora gráfica freelance, que era una forma elegante de decir que algunos meses desayunaba tostadas con aguacate y otros meses miraba el aguacate en el supermercado como quien mira un bolso de lujo.

Su amiga Rocío, que era profesora de secundaria y opinaba de todo con la autoridad de quien corrige exámenes de adolescentes, se lo dijo un jueves mientras compartían croquetas en un bar de la Alameda.

—Tú lo que tienes que hacer es alquilar la habitación.

—¿A una persona desconocida? —Clara mojó la croqueta en alioli con gesto dramático—. Rocío, yo una vez dejé entrar a un fontanero y me cambió el grifo por otro que silba.

—Pues imagínate una compañera de piso que no silbe.

—No sé. Mi casa es mi refugio.

—Tu casa es un museo de cajas del Tiger y facturas sin abrir.

—También.

Rocío levantó el dedo, como si estuviera a punto de explicar la Generación del 27.

—Además, te vendría bien compañía. Desde que estás con Álvaro, estás muy en modo “pareja estable de anuncio de yogur”. Quedas poco. Contestaciones de dos palabras. Corazoncitos. Eso no es sano.

Clara sonrió sin poder evitarlo. Álvaro era, en teoría, lo mejor que le había pasado en los últimos dos años. Arquitecto técnico, treinta y cinco, sonrisa de persona que sabe pedir vino sin ponerse nerviosa, y una capacidad casi ofensiva para recordar detalles. Sabía que Clara odiaba el cilantro, que se le antojaban churros cuando llovía, que no soportaba los audios de más de un minuto y que siempre se ponía nerviosa cuando alguien decía “tenemos que hablar”.

Llevaban once meses juntos. No vivían juntos, pero casi. Él aparecía por su piso tres o cuatro noches a la semana, siempre con alguna excusa encantadora: que había pasado por Triana y le había traído regañás, que tenía una reunión cerca, que su casa estaba muy fría, que la echaba de menos. Clara había aprendido sus horarios con la precisión de una controladora aérea. Los lunes salía tarde del estudio. Los martes jugaba al pádel con “los de siempre”. Los miércoles cenaban juntos si no tenía visita de obra. Los jueves a veces desaparecía un poco, pero él decía que eran días raros, de mucho trabajo. Los fines de semana eran su territorio compartido, o eso creía ella.

—Álvaro dice que alquilar la habitación me vendría bien —comentó Clara.

Rocío se quedó con la croqueta a medio camino.

—¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo Álvaro opina de economía doméstica ajena?

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