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Eran las ocho y cuarto de una mañana de martes en un barrio madrileño donde el sol todavía no terminaba de decidirse a entrar por la ventana.

PARTE 1

Eran las ocho y cuarto de una mañana de martes en un barrio madrileño donde el sol todavía no terminaba de decidirse a entrar por la ventana.

Lucía se encontraba en la cocina, envuelta en su albornoz de algodón orgánico, moviéndose con la precisión de un neurocirujano.

Sobre la encimera de granito, que aún conservaba el frío de la noche, reposaba el protagonista del conflicto silencioso: un aguacate.

Pero no era un aguacate cualquiera.

Era un aguacate en su punto exacto de maduración, de esos que cuestan el riñón de un heredero y que ceden al tacto con una suavidad casi erótica.

Lucía lo observaba con una mezcla de orgullo y devoción mística.

Lo cortó por la mitad con un cuchillo de cerámica japonesa que cortaba hasta los pensamientos.

El “clac” seco del hueso al separarse de la carne verde y cremosa le produjo una satisfacción que solo entendería alguien que ha fracasado comprando aguacates piedra durante años.

A su lado, el tostador ya empezaba a emitir ese olor a pan de masa madre que promete una vida mejor, o al menos una mañana sin acidez.

Lucía tarareaba una canción de esas que suenan en las cafeterías de Malasaña donde el café cuesta cinco euros y te lo sirven en un vaso de cristal tallado.

Todo era armonía.

Todo era paz.

Hasta que se oyó el sonido metálico de una llave girando en la cerradura de la puerta principal.

No era un giro cualquiera.

Era un giro enérgico, autoritario, con la confianza de quien cree que la propiedad privada es un concepto relativo cuando se tiene el ADN del dueño de la casa.

Lucía se tensó.

Sus hombros subieron dos centímetros hacia sus orejas.

Cerró los ojos un segundo y apretó el mango del cuchillo.

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