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Mi hijo me prohibió ir al cumpleaños de mi nieto para complacer a su suegra. Lo que olvidó es que la casa la pagué yo, y a la mañana siguiente me presenté a desalojarlos

Mi hijo me prohibió ir al cumpleaños de mi nieto para complacer a su suegra. Lo que olvidó es que la casa la pagué yo, y a la mañana siguiente me presenté a desalojarlos

PARTE 1: El desaire y el veneno de la “marquesa”

Todo empezó hace un par de semanas. Mi hijo Jorge, que es un buen chaval pero tiene menos sangre en las venas que un besugo congelado, vino a verme. Ya sabes cómo son estas visitas: entran, miran el reloj, te preguntan “¿qué tal la tensión, papá?” y están deseando largarse. Pero esta vez era distinto. Se acercaba el quinto cumpleaños de Paquito. Yo ya tenía comprada la bicicleta. Una bici de esas sin ruedines, de las buenas, de las que cuestan un riñón pero que a un nieto se le compran aunque tengas que comer mortadela el resto del mes.

—Papá —me soltó Jorge, mientras se rascaba la nuca, señal inequívoca de que venía una curva peligrosa—. Mira, sobre el cumple de Paquito el sábado… Hemos pensado que igual es mejor que no vengas.

Me quedé con la taza de café a medio camino de la boca. Me entró un frío por la espalda que ni en la sierra de Guadarrama en enero.

—¿Cómo que no vaya, Jorge? ¿Se ha suspendido? ¿Está el niño malo? —pregunté yo, tratando de asimilar la noticia.

—No, no es eso. El cumple se hace. Pero es que Elena y su madre, ya sabes cómo es Puri, han organizado algo… diferente. Han alquilado un servicio de catering de esos de comida orgánica, va a venir gente del club de golf de su padre, y bueno, la logística está muy apretada. Mi suegra dice que si somos muchos en el jardín, el césped se estropea y que, al final, tú y ella siempre acabáis discutiendo por la política o por el fútbol.

Me entró una risa floja, de esas que preceden a la tormenta. ¿Puri? ¿La “marquesa” de Purificación? Esa mujer que camina como si tuviera un palo de escoba insertado donde la espalda pierde su honesto nombre y que te mira por encima del hombro como si fueras un residuo orgánico.

—O sea, Jorge —dije yo, bajando la taza con una calma que me asustó hasta a mí—, que tu suegra, esa señora que no ha dado un palo al agua en su vida y que vive de la herencia de un tío que vendía tornillos en Estraperlo, ha decidido que yo, el abuelo del niño, el que te cambió los pañales y te pagó la carrera de ADE que no te ha servido para nada, no puede ir al cumpleaños de su nieto porque “el césped se estropea”.

Jorge bajó la mirada. Estaba ahí, sentado en mi sofá de skay, encogiéndose como una camiseta lavada a noventa grados.

—No te lo tomes así, papá. Es solo por esta vez. Haremos una merienda nosotros solos el domingo, algo tranquilo…

—¿Algo tranquilo? ¿El domingo? Jorge, mírame a los ojos. ¿Tú te acuerdas de quién pagó esa casa en la que vivís?

Se hizo un silencio espeso, de esos que se pueden cortar con un cuchillo jamonero. Verás, la casa es un chalet adosado en una zona buena de las afueras de Madrid. Cuando Jorge se casó, yo acababa de jubilarme después de cuarenta años en la construcción. Había ahorrado, había invertido y, cuando mi mujer —que en paz descanse— nos dejó, me vi con un dinero que no iba a gastar en cruceros por el Mediterráneo con señoras que huelen a laca. Le compré la casa. A tocateja. Bueno, la puse a mi nombre por si las moscas, porque uno ya es viejo y sabe que la vida da muchas vueltas, pero les dije: “Vivid ahí, es vuestra, disfrutadla”.

—Papá, no saques ahora el tema del dinero, que eso es muy feo —me soltó el muy caradura.

—No es el dinero, Jorge. Es la falta de respeto. Que la Puri esa me prohíba entrar en mi propia casa para ver a mi nieto soplar las velas… Eso no tiene nombre.

Jorge se levantó, me dio una palmadita en el hombro de esas que dan los políticos en campaña y se fue diciendo que “ya hablamos”. Yo me quedé allí, en mi salón, rodeado de mis recuerdos, sintiendo cómo la sangre me hervía. Esa noche no dormí. Me dediqué a dar vueltas por el pasillo, pensando en cómo la prepotencia de una mujer que se cree de la alta alcurnia por llevar un bolso de marca —que seguro que es de imitación de los chinos— estaba rompiendo mi relación con mi nieto.

Llegó el sábado. El día del gran evento. Yo, que vivo en un pisito humilde en el centro, decidí darme un paseo por la zona del chalet. No por joder, que también, sino por ver el ambiente. Y ahí estaban: globos de colores pastel (porque los colores vivos deben de ser de pobres para la Puri), un tipo vestido de payaso que parecía más un modelo de pasarela que alguien que hace reír a los niños, y coches de alta gama aparcados en la puerta. Vi a la Puri desde lejos, con un vestido color salmón y un sombrero que parecía una antena parabólica, saludando a diestro y siniestro como si fuera la dueña del cortijo.

Me hirvió la sangre. Me imaginé a mi Paquito ahí dentro, rodeado de gente estirada que le regalaría juguetes educativos de madera que no hacen ruido, mientras la bici que yo le había comprado seguía en mi trastero, tapada con una sábana. En ese momento, mientras veía a Elena reírse de alguna tontería que decía su madre, tomé una decisión. Una de esas decisiones que te cambian la vida o, por lo menos, te dan una satisfacción que ni un décimo de lotería premiado.

Me fui directo a casa de un viejo amigo, Paco “el Rápido”. Paco es abogado, aunque ya está más para allá que para acá, pero todavía mantiene ese colmillo retorcido de cuando defendía a los constructores más fieros de la capital.

—Paco —le dije, entrando en su despacho que huele a papel viejo y a coñac barato—, necesito que me prepares unos papeles. Mañana por la mañana quiero presentarme en el chalet.

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