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La Venganza del Elegante Caballero que una vez fue el Toro más Noble de la Plaza de Sevilla

La Venganza del Elegante Caballero que una vez fue el Toro más Noble de la Plaza de Sevilla

PARTE 1

En Sevilla, cuando el calor aprieta de verdad, hasta las estatuas parecen pedir una horchata con urgencia. Aquella tarde de agosto, la Plaza de la Maestranza estaba llena hasta la bandera, no porque los sevillanos no tuvieran otra cosa que hacer, sino porque en Sevilla una cita importante se convierte en obligación social aunque uno no sepa muy bien por qué ha ido. Había señoras con abanicos que parecían dirigir orquestas, señores con sombrero hablando de política sin que nadie les hubiese preguntado, turistas color gamba que sonreían como si el sol no les estuviera friendo la nuca, y un niño de unos cuarenta y siete años, es decir, un adulto con actitud de niño, que no paraba de repetir:

—Esto va a ser histórico, Manolo. Histórico.

—Histórico va a ser que tu cuñado pague una ronda —respondió Manolo sin quitarse las gafas de sol.

En el centro de la plaza, sobre la arena dorada, estaba él. El toro más noble que jamás había pisado aquel ruedo. Lo llamaban Relámpago de Triana, aunque en la finca donde nació lo conocían simplemente como Noble, porque desde becerro había tenido la costumbre de mirar a la gente con una calma que desarmaba. No era mansedumbre. Era otra cosa. Una dignidad antigua, como si supiera secretos que los humanos habían olvidado entre recibos de la luz, grupos de WhatsApp familiares y discusiones sobre si la tortilla lleva cebolla.

Relámpago no entendía las palabras, pero entendía los tonos. Y aquella tarde, el tono de la plaza era extraño. Había ruido, sí, pero debajo del ruido había un vacío. Una expectación áspera. Los ojos de cientos de personas se clavaban en él no como se mira a un ser vivo, sino como se mira un espectáculo que ya tiene final previsto.

Frente a él estaba Ramiro de la Jara, torero famoso, guapo de cartel antiguo, con mandíbula firme y sonrisa de hombre acostumbrado a que le abran puertas antes de llamar. Su traje brillaba bajo el sol. Sus andares eran lentos, calculados. Tenía esa seguridad peligrosa de quienes han sido aplaudidos demasiadas veces y ya confunden el aplauso con la razón.

—Qué planta tiene el animal —dijo un hombre en la grada.

—Animal, animal… —murmuró una señora mientras se recolocaba el mantón—. Algunos hombres de por aquí tienen menos educación.

Ramiro avanzó un paso. La plaza calló. Relámpago alzó la cabeza. No había miedo en sus ojos, sino una pregunta muda, enorme, casi humana.

¿Por qué?

Ramiro no oyó la pregunta, por supuesto. O quizá la oyó y prefirió ignorarla, que es una habilidad muy extendida entre la gente con ego caro.

—Vamos, precioso —susurró el torero, con una media sonrisa—. Hoy tú me haces eterno.

Relámpago respiró hondo. El aire olía a polvo caliente, sudor, perfume, cuero y naranja amarga. La luz de Sevilla caía inclinada, como si el atardecer hubiese decidido mirar también.

Entonces ocurrió lo imposible.

Justo cuando el destino parecía cerrarse sobre él como una puerta pesada, una ráfaga de viento cruzó la plaza. No fue un viento normal, de esos que levantan arena y hacen que alguien pierda el sombrero. Fue un viento con memoria. Un viento que olía a tormenta lejana, a iglesias antiguas, a río de noche, a algo que no pertenecía ni a esa tarde ni a ese siglo.

Los abanicos se detuvieron.

Un turista alemán dejó de grabar.

Un vendedor de pipas miró al cielo y dijo:

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