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El sol de mediodía entraba por la persiana a medio bajar del salón de Maruja.

PARTE 1

El sol de mediodía entraba por la persiana a medio bajar del salón de Maruja.

Era un domingo cualquiera en Madrid, de esos en los que el aire huele a asado y a limpieza profunda.

Maruja, con su delantal de flores perfectamente planchado, repasaba el polvo de una estantería que ya brillaba como un espejo.

Nada escapaba a su ojo clínico.

Ni una mota de polvo, ni un mal pensamiento de sus vecinos.

En la cocina, la olla exprés silbaba con una urgencia casi dramática.

Paula, su nuera, estaba sentada en el sofá de escay, mirando discretamente el móvil.

Intentaba pasar desapercibida, pero en casa de Maruja eso era una misión imposible.

De repente, el timbre de la puerta rompió la paz del hogar con su estridente zumbido.

—¿Quién será a estas horas de un domingo? —preguntó Maruja, frunciendo el ceño.

—Será para mí, suegra —respondió Paula, levantándose con una agilidad sospechosa.

Maruja dejó el plumero sobre la mesa de centro y se puso en jarras.

—¿Para ti? ¿Un domingo? ¿Pero es que ahora Correos no descansa ni para ir a misa?

Paula se dirigió al recibidor, intentando evitar el interrogatorio.

—Es una mensajería privada, Maruja, trabajan casi siempre.

Se oyó el sonido de la puerta abriéndose y un murmullo de voces bajas.

Paula regresó al salón abrazando una caja de cartón que había visto mejores tiempos.

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