PARTE 1
El sol de mediodía entraba por la persiana a medio bajar del salón de Maruja.
Era un domingo cualquiera en Madrid, de esos en los que el aire huele a asado y a limpieza profunda.
Maruja, con su delantal de flores perfectamente planchado, repasaba el polvo de una estantería que ya brillaba como un espejo.
Nada escapaba a su ojo clínico.
Ni una mota de polvo, ni un mal pensamiento de sus vecinos.
En la cocina, la olla exprés silbaba con una urgencia casi dramática.
Paula, su nuera, estaba sentada en el sofá de escay, mirando discretamente el móvil.
Intentaba pasar desapercibida, pero en casa de Maruja eso era una misión imposible.
De repente, el timbre de la puerta rompió la paz del hogar con su estridente zumbido.
—¿Quién será a estas horas de un domingo? —preguntó Maruja, frunciendo el ceño.
—Será para mí, suegra —respondió Paula, levantándose con una agilidad sospechosa.
Maruja dejó el plumero sobre la mesa de centro y se puso en jarras.
—¿Para ti? ¿Un domingo? ¿Pero es que ahora Correos no descansa ni para ir a misa?
Paula se dirigió al recibidor, intentando evitar el interrogatorio.
—Es una mensajería privada, Maruja, trabajan casi siempre.
Se oyó el sonido de la puerta abriéndose y un murmullo de voces bajas.
Paula regresó al salón abrazando una caja de cartón que había visto mejores tiempos.
La caja estaba llena de precinto de ese marrón que hace un ruido infernal al despegarse.
Maruja clavó la mirada en el paquete como si fuera un artefacto explosivo.
—¿Y eso qué es? —preguntó, con ese tono de voz que las suegras dominan para que una pregunta parezca una sentencia judicial.
—Un pedido que hice el otro día —dijo Paula, intentando sonar casual.
—¿Otra vez comprando por internet, hija? Si es que os va a dar un mal con tanto paquete.
Maruja se acercó a la caja, olfateando el aire como un sabueso.
—Huele raro —sentenció de inmediato.
—No huele a nada, suegra, es el cartón que ha estado en la furgoneta.
Paula sacó una pequeña navaja del bolso y empezó a cortar el precinto con cuidado.
Maruja no se movía de su sitio, observando cada movimiento con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Es algo para la casa? Porque si es otra freidora de aire, ya te digo que no me cabe en la encimera.
—No es una freidora, Maruja. Es ropa.
Paula terminó de abrir la caja y apartó los papeles de seda arrugados que venían dentro.
Con un gesto triunfal, sacó una chaqueta de cuero de color marrón desgastado.
Era una pieza con carácter, con las costuras marcadas y ese brillo que solo da el paso de los años.
Maruja se puso las gafas de cerca, las que llevaba colgadas de una cadena de oro.
Se acercó un poco más, entornando los ojos.
—¿Una chaqueta? —preguntó, alargando la mano para tocarla con la punta del dedo índice—. Pero Paula… si esto está sobado.
—No está sobado, suegra, está usada. Es vintage.
La palabra “vintage” rebotó en las paredes de gotelé del salón como si fuera un insulto en latín.
Maruja retiró la mano como si la chaqueta acabara de darle un calambre.
—¿Usada? —repitió, con un tono de voz que subió dos octavas—. ¿Me estás diciendo que has pagado dinero por algo que ya se ha puesto otra persona?
—Es moda circular, suegra. Es sostenible y hay cosas preciosas si sabes buscar.
Maruja se santiguó mentalmente, aunque solo se ajustó el delantal.
—¡Ropa usada! ¡A saber quién se ha puesto eso antes! Qué asco, de verdad.
—Está limpia, Maruja. La gente que vende estas cosas las lava y las cuida. Además, yo la voy a llevar a la tintorería por si acaso.
—¿Por si acaso? —exclamó Maruja, escandalizada—. ¡Por si acaso qué! ¡Por si acaso el dueño anterior tenía la sarna!
—No exagere, hombre, que no estamos en el siglo XIX.
—Tú te ríes, pero la higiene es lo primero, Paula. Eso es de pobres, por mucho que lo quieras llamar moderno.
Maruja empezó a caminar en círculos alrededor de la mesa, visiblemente alterada.
—¿Tú sabes la de cosas que se pegan por la piel? Sudores ajenos, olores que no se van ni con lejía… ¡bacterias con nombre y apellidos!
—Es una chaqueta de los años ochenta, suegra. Es una joya de diseño que ya no se fabrica.
—¿De los ochenta? ¡Pues entonces el dueño igual hasta se ha muerto ya!
Paula suspiró, dejando la chaqueta sobre el respaldo del sofá.
—No tiene por qué haberse muerto nadie, Maruja. Simplemente la habrán vendido porque ya no les servía o porque querían hacer sitio.
—Ya, ya… eso dicen todos. Pero yo te digo que esa prenda tiene energía mala.
Maruja se acercó a la chaqueta de nuevo, esta vez con una servilleta de papel en la mano para no tocarla directamente.
Levantó una de las mangas y la examinó como si buscara pruebas de un crimen.
—Mira este roce aquí en el codo. Eso es de alguien que apoyaba mucho los brazos en la barra de un bar de mala muerte.
—O de alguien que trabajaba en una oficina, no sea tan dramática.
—Y este olor… —insistió Maruja, haciendo una mueca de disgusto—. Huele a rancio, a naftalina de la barata, a casa de señora cerrada hace años.
—Huele a cuero antiguo, suegra. Es un aroma muy valorado.
—Valorado por los que no tienen olfato, querrás decir.
Maruja soltó la manga y se limpió las manos en el delantal con energía.
—En mis tiempos, cuando alguien heredaba ropa era porque no había más remedio.
—Pero ahora es una elección, Maruja. Es mejor reutilizar que comprar ropa barata que se rompe a los dos días.
—¿Ropa barata? Yo siempre compro en las rebajas de El Corte Inglés y me dura toda la vida. ¡Y lo estreno yo! Con mi etiqueta puesta y mi olor a nuevo.
—Pero esto es diferente, es estilo.
—Estilo dice… Estilo de rastrillo de domingo, de esos donde venden los zapatos amontonados en una manta.
Maruja se dirigió a la cocina, pero se detuvo en el marco de la puerta.
—¿Y cuánto te ha costado la broma? Porque seguro que te han timado.
—Treinta euros —dijo Paula, restándole importancia.
—¡¿Treinta euros por un muerto?! —gritó Maruja desde la cocina—. ¡Pero si por ese precio te compras una chaqueta nueva en el mercadillo de los jueves, y te sobra para un kilo de gambas!
—No es lo mismo, suegra. La calidad de este cuero no la encuentras hoy en día por menos de doscientos euros.
—¡Calidad! —se oyó un portazo de un armario—. ¡Calidad es que no se te peguen los hongos del de antes!
David, el marido de Paula e hijo de Maruja, entró en ese momento por la puerta de la calle.
Traía una bolsa de patatas fritas y dos botellas de vino.
—Hola familia, ya estoy aquí. ¿Qué pasa? Se os oye desde el rellano.
—Pasa que tu mujer se ha vuelto loca y está metiendo difuntos en casa —sentenció Maruja, apareciendo con una cuchara de madera en la mano.
David miró a Paula, que puso los ojos en blanco.
—¿Qué difuntos, mamá?
—¡Esa chaqueta! —señaló Maruja con la cuchara—. La ha comprado usada por internet. ¡A saber quién ha sudado ahí dentro!
David se acercó al sofá y miró la prenda.
—Ah, es chula. Es como la que llevaba aquel actor de la película esa que nos gustaba, ¿no, Paula?
—¡No le sigas el juego, David! —le regañó su madre—. Que tú eres muy delicado del pecho y como eso traiga ácaros de los antiguos nos vas a dar un disgusto.
—Mamá, que no pasa nada. Mucha gente compra en Vinted ahora. Es lo que se lleva.
—¿Vinted? ¿Vinted es el nombre de la enfermedad que te entra si te pones eso? —preguntó Maruja sin un ápice de ironía.
—No, mamá, es la aplicación donde se compra —explicó David aguantando la risa.
—Pues deberían llamarla “Vete a saber quién lo usó”. Sería un nombre mucho más honesto.
Maruja regresó a la cocina murmurando algo sobre la juventud de hoy en día y su falta de escrúpulos higiénicos.
Paula se sentó al lado de su marido y le susurró:
—Tu madre va a desinfectar el salón con lejía en cuanto nos descuidemos.
—Dale tiempo —contestó David—. En cuanto vea que no te sale una erupción en la piel, se calmará. O no.
—¡Os estoy oyendo! —gritó Maruja desde los fogones—. ¡Y que sepáis que esa chaqueta no se queda en el perchero del pasillo con los abrigos limpios!
—¿Y dónde quiere que la ponga, suegra?
—¡Al balcón! —ordenó Maruja—. ¡A que le dé el aire y el sol tres días seguidos! Y si ves que sale algún bicho volando, no te extrañes.
Paula miró su chaqueta vintage, suspirando ante el largo domingo que le esperaba.
La batalla por la moda circular acababa de empezar en el número 4 de la calle del Desengaño.
Y Maruja no iba a rendirse sin presentar batalla.
PARTE 2
Maruja no podía dejar de pensar en la chaqueta de cuero.
Mientras servía el guiso de patatas con carne, sus ojos no paraban de viajar del plato a la prenda que seguía sobre el sofá.
—Paula, hija, de verdad te lo digo, quita eso de ahí mientras comemos —pidió con un tono que mezclaba la súplica y el mandato.
—Maruja, que está en el respaldo, no molesta a nadie —respondió Paula, intentando mantener la calma.
—No es que moleste física, es que molesta… espiritualmente —soltó Maruja, dejando caer un generoso trozo de carne en el plato de su hijo.
David intentó mediar mientras pinchaba una patata.
—Mamá, deja el tema ya. Que parece que la chaqueta te haya insultado.
—No me ha insultado, pero me mira mal. Tiene una cara de haber estado en sitios poco recomendables que no puede con ella.
Maruja se sentó a la mesa, pero antes de empezar a comer, se frotó las manos con un bote de gel hidroalcohólico que siempre tenía cerca.
—Es que no os entiendo. Con lo que os gusta presumir de cosas nuevas. ¿Qué diría tu madre, Paula, si te viera con ropa de otra?
—Mi madre me diría que tengo muy buen gusto y que he ahorrado dinero, suegra.
—Tu madre siempre ha sido muy moderna, eso es verdad. Demasiado. Así te ha salido a ti el espíritu, un poco… bohemio.
La palabra “bohemio” en boca de Maruja sonaba a “persona que no se ducha habitualmente”.
—No es bohemio, es conciencia ecológica —insistió Paula—. ¿Sabes cuántos litros de agua se necesitan para fabricar una chaqueta nueva?
—No lo sé, pero prefiero gastar el agua del mar entero antes que llevar los sudores de un desconocido en los hombros.
Maruja empezó a comer, pero lo hacía de forma mecánica, sin apartar la vista de la prenda.
—¿Y si el dueño era un delincuente? —soltó de repente, casi atragantándose con un trozo de pan.
—¿Un delincuente? ¿Por qué iba a serlo? —preguntó David, divertido.
—Porque esa chaqueta tiene pinta de haber corrido delante de la policía más de una vez. Mirad ese desgarrón pequeño cerca de la cremallera. Eso es de saltar una valla.
Paula no pudo evitar soltar una carcajada.
—¡O de engancharse con el pomo de una puerta, Maruja! No sea tan peliculera.
—Yo no soy peliculera, soy realista. La gente no vende cosas buenas porque sí. Si es barata y es de cuero, es que tiene trampa. O tiene una maldición o tiene una mancha de algo que no se quita.
Maruja se levantó de la mesa sin haber terminado su plato.
—¿A dónde va ahora? —preguntó David.
—A por la linterna de inspección —dijo ella, desapareciendo por el pasillo.
Regresó a los pocos segundos con una linterna LED de gran potencia y se acercó a la chaqueta como un perito forense en una escena del crimen.
—A ver, a ver… —murmuraba mientras iluminaba el forro interior.
—Maruja, por favor, estamos comiendo —protestó Paula.
—¡Calla, que he visto algo! —exclamó la suegra con un brillo de triunfo en los ojos.
Metió la mano en uno de los bolsillos interiores y empezó a rebuscar.
Sacó un papelito doblado, amarillento y arrugado.
—¡Lo sabía! ¡Pruebas! —gritó, agitando el papel en el aire.
Paula y David se miraron, conteniendo la respiración por motivos muy diferentes.
Maruja desdobló el papel con la solemnidad de quien lee un testamento.
—Es… es una entrada de cine —leyó, ajustándose las gafas—. “Cines Callao. Sesión de noche. 14 de noviembre de 1992”.
—¿Ve? —dijo Paula—. Solo era alguien que iba al cine en los noventa. Nada peligroso.
—¿Ah, no? ¿Y qué película vio? —preguntó Maruja, analizando el ticket—. No se lee bien… pero pone algo de “Instinto”. ¡Instinto Básico! ¡Lo sabía!
—¿Y qué tiene que ver eso? —preguntó David.
—¡Que esa película era pecaminosa! —sentenció Maruja—. El dueño de esta chaqueta era un libertino. O una libertina de esas que no llevan ropa interior debajo.
—Suegra, por favor, que es un ticket de hace treinta años. Es casi una pieza de museo.
—Es una prueba de que esa prenda ha frecuentado lugares de perdición —insistió Maruja, tirando el ticket a la basura con asco—. Y mira, mira esto otro.
Volvió a meter la mano en el otro bolsillo y sacó una moneda pequeña.
—¡Dinero! —exclamó David—. ¡Ya ha amortizado parte de la compra!
—Es una peseta, hijo. Una peseta de las del agujero. Esto no vale ni para comprar un chicle de los de antes.
Maruja dejó la peseta sobre la mesa como si fuera una prueba de cargo.
—Esto confirma mi teoría. El dueño era un dejado. Se dejaba el dinero en los bolsillos. ¿Quién sabe qué más se habrá dejado? ¿Pelos? ¿Uñas?
—¡Maruja, basta! —dijo Paula, ya un poco harta—. Es una chaqueta estupenda, me queda de cine y la voy a usar mañana mismo para ir a trabajar.
—¿Al trabajo? ¿Vas a ir a la oficina vestida con los despojos de un espectador de cine erótico de los noventa?
—Voy a ir vestida con una prenda única que tiene historia.
—Historia clínica es lo que va a tener cuando empieces a estornudar por el polvo acumulado —replicó Maruja, volviendo a su asiento pero sin perder de vista la chaqueta.
El ambiente se volvió denso.
El guiso, que normalmente era el orgullo de Maruja, se enfriaba en los platos.
—A ver, mamá —dijo David con tono conciliador—. ¿Qué tendría que pasar para que aceptaras la chaqueta?
Maruja se quedó pensativa un momento, tamborileando los dedos sobre el mantel.
—Tendría que pasar por un proceso de purificación —declaró al fin.
—¿Purificación? —preguntó Paula, arqueando una ceja—. ¿Va a llamar a un cura para que le eche agua bendita?
—No me des ideas, que el padre Ángel vive aquí al lado y no le importa subir. Pero no, me refiero a algo más práctico.
Maruja se levantó y se dirigió a un armario del salón, de donde sacó un spray que no tenía etiqueta.
—¿Eso qué es? —preguntó Paula, alarmada.
—Una mezcla mía. Alcohol, vinagre de limpieza, un poco de amoníaco y esencia de árbol de té. Lo mata todo. Hasta el mal de ojo.
—¡No se le ocurra echarle eso al cuero! —gritó Paula, levantándose de un salto para proteger su adquisición—. ¡Lo va a cuartear y se va a cargar el color!
—¡Es eso o la hoguera, Paula! —replicó Maruja, agitando el spray como si fuera un arma—. El cuero es piel, y la piel necesita ser desinfectada.
—¡Es piel muerta, suegra! ¡Ya no tiene poros que desinfectar!
—Eso es lo que tú te crees. El bicho siempre encuentra un sitio donde esconderse.
David se puso en medio de las dos mujeres, como un árbitro en un derbi de alto riesgo.
—Vale, calma. Nadie va a fumigar nada todavía. Paula, ¿por qué no le enseñas a mi madre otras cosas de esa aplicación? Para que vea que no todo es “peligroso”.
Paula suspiró y sacó el móvil.
—Mire, Maruja. Mire este abrigo. Es de una marca carísima, está nuevo con etiqueta. Lo vende una chica de Salamanca porque le queda grande.
Maruja se puso las gafas y miró la pantalla con desconfianza.
—¿Salamanca? Bueno, la gente de allí es limpia, eso es verdad. Pero… ¿por qué lo vende si está nuevo? Algo tendrá. Una cremallera que se engancha, una sisa mal cosida… nadie da duros a cuatro pesetas.
—Lo vende porque no puede devolverlo y prefiere recuperar algo de dinero. Es consumo responsable.
—Responsable sería no comprarlo si no te sirve, digo yo —repuso Maruja, aunque su tono ya no era tan agresivo—. A ver, pasa la foto.
Paula empezó a deslizar imágenes de ropa de segunda mano.
Vestidos, faldas, bolsos de marca.
Maruja miraba la pantalla con la misma intensidad con la que se mira un documental de crímenes sin resolver.
—Ese bolso… —dijo de repente, señalando la pantalla—. Ese bolso es el que llevaba la marquesa de Griñón el otro día en la revista.
—Pues aquí lo tienes por la cuarta parte de su precio —dijo Paula, aprovechando la brecha en la armadura de su suegra.
Maruja se quedó en silencio, analizando el bolso.
—¿Y dices que es de una chica que lo vende porque se ha cansado de él?
—Exacto. Dice que solo lo usó para una boda.
Maruja hizo un ruidito con la boca, una mezcla de interés y sospecha.
—Una boda… bueno. En las bodas se suda mucho bailando la conga. Habría que mirar el forro muy bien.
—¡Suegra, que es un bolso, no una camiseta de gimnasia!
—Todo lo que toca el cuerpo es susceptible de contaminación, Paula. Grábate eso a fuego.
David sonrió, viendo que su madre estaba empezando a morder el anzuelo de la curiosidad.
—¿Ves, mamá? Si es que hasta tú podrías vender cosas ahí. Ese juego de café que tienes guardado desde mi comunión y que nunca has usado…
Maruja se puso recta como un palo, ofendida en lo más profundo de su ser.
—¡¿Mi juego de la Cartuja?! ¡¿Venderlo a unos desconocidos para que lo usen vete a saber cómo?! ¡Antes lo rompo a martillazos!
—No sea exagerada, mujer —dijo Paula—. Solo es una idea.
—Mis cosas son mis cosas —sentenció Maruja—. Tienen mi esencia. No se pueden vender.
—¿Y por qué las cosas de los demás no pueden tener una “buena esencia” para usted? —preguntó Paula con astucia.
Maruja se quedó callada, buscando una respuesta que no fuera una contradicción total.
Miró de nuevo la chaqueta sobre el sofá.
Luego miró a Paula.
Finalmente, miró el bote de spray desinfectante que aún tenía en la mano.
—Porque yo soy yo, y los demás… son gente de internet —concluyó, como si eso lo explicara todo.
—Bueno, pues esta “gente de internet” me ha enviado una chaqueta estupenda —dijo Paula, volviendo a sentarse para terminar su plato de guiso—. Y ahora, si no le importa, vamos a comer en paz.
Maruja se sentó también, pero no soltó el spray.
Lo dejó sobre la mesa, justo al lado de su servilleta, como una advertencia silenciosa.
—Comamos, pues —dijo Maruja—. Pero después de los cafés, esa chaqueta sale al balcón. O ella, o yo.
David y Paula intercambiaron una mirada de resignación.
La tregua era frágil, y el domingo aún era largo.
En el fondo de la papelera, el ticket de los Cines Callao de 1992 parecía sonreír desde el pasado, ajeno al drama higiénico que acababa de desencadenar.
PARTE 3
Después del café y de una sobremesa llena de indirectas sobre las enfermedades infecciosas de la posguerra, Maruja no cedió ni un milímetro.
La chaqueta de cuero acabó, efectivamente, colgada en una percha en el balcón, oscilando suavemente con la brisa de la tarde madrileña.
—Ahí está bien —dijo Maruja, cerrando la puerta corredera de cristal con un golpe seco—. Que se oree. Que suelte el pasado.
Paula miraba su chaqueta a través del cristal como si fuera un prisionero político.
—Solo espero que no se ponga a llover, Maruja. El cuero se estropea con la humedad.
—No va a llover, que me lo han dicho los huesos esta mañana —sentenció la suegra, sentándose de nuevo en su sillón orejero—. Y ahora, David, enséñame otra vez eso del “Vinte”.
David, sorprendido por el repentino interés de su madre, sacó el móvil y abrió la aplicación.
—¿Ves? Aquí puedes buscar por marcas, por colores, por precios…
Maruja se puso las gafas de ver, se las ajustó con el dedo y se inclinó hacia la pantalla como si estuviera examinando un mapa del tesoro.
—Busca “bolsos de piel negros”. Pero de los buenos, de los que tienen cierre de clic, no de esos de cremallera que se rompen con mirarlos.
Paula sonrió para sus adentros. La resistencia de Maruja estaba empezando a resquebrajarse por el lado del consumismo.
—Mira este, mamá —dijo David señalando uno—. Dice que es de piel de vacuno, marca española, y está a veinte euros.
—¿Veinte euros? —Maruja entrecerró los ojos—. Sospechoso. Nadie vende una vaca por veinte euros. Eso es plástico del malo, David. No me engañes.
—Que no, mamá, que mira la descripción: “Usado dos veces, lo vendo porque me han regalado otro parecido”.
—Eso dicen todas. “Usado dos veces”. Y luego vas a ver el forro y tiene manchas de barra de labios y restos de tabaco de liar —comentó Maruja con amargura.
Sin embargo, no apartó la vista de la pantalla.
—Dale a la foto de la derecha… a ver… —ordenó.
David obedeció. La imagen mostraba el interior del bolso. Estaba impecable.
—Bueno —concedió Maruja—. Ese parece que lo ha tenido una persona con un mínimo de decoro. ¿De dónde es la vendedora?
—A ver… pone que es de una tal “Vane_LaLoli” y vive en Getafe.
Maruja se echó hacia atrás, triunfante.
—¡Lo ves! ¡Getafe! ¡Esa mujer ha estado en las fiestas del pueblo con ese bolso! ¡Ahí ha caído de todo: sangría, harina, sudor de verbena!
—¡Pero si el bolso está perfecto, Maruja! —exclamó Paula desde el sofá—. ¿Qué más da dónde haya estado si ahora está limpio?
—Da mucho, Paula. Las cosas absorben la energía de los sitios. Un bolso que ha estado en una verbena de Getafe no es un bolso, es un arma biológica.
A pesar de sus protestas, Maruja seguía pegada al móvil de su hijo.
—Baja un poco más… ¿Qué es eso? ¿Esa falda es de lana?
—Sí, parece lana de la buena —dijo David—. Es de una señora de Oviedo.
Maruja se detuvo. Oviedo. El norte.
—Oviedo… —repitió con un tono casi respetuoso—. La gente de Oviedo es muy seria. Y allí hace frío, así que la lana será de verdad, no de esa que pica.
—¿La compramos, mamá? —bromeó David.
—¡Quita, quita! Yo no compro nada sin tocarlo. Es que sois unos inconscientes. Compráis a ciegas, como si la vida fuera una tómbola.
En ese momento, el timbre volvió a sonar.
Maruja dio un salto en el sillón.
—¿Otra vez? ¿Pero qué es esto? ¿La calle Preciados?
Paula se levantó, extrañada.
—Yo no espero nada más.
Fue a la puerta y regresó con un sobre acolchado pequeño.
—Es para usted, suegra —dijo Paula, aguantando la risa al leer el remitente.
—¿Para mí? Yo no he pedido nada. A ver si va a ser una estafa de esas de los mensajes del banco.
Maruja cogió el sobre con la punta de los dedos.
—Pone “M. García”. Y viene de… ¡de un pueblo de Albacete! —exclamó Maruja—. ¡Pero si yo no conozco a nadie en Albacete desde que murió mi prima Segunda!
—Ábralo, Maruja. A ver qué es —instó David.
Maruja abrió el sobre con una delicadeza extrema, como si fuera a salir un alienígena de dentro.
De su interior cayó un pequeño objeto envuelto en papel de burbujas.
Al desenvolverlo, apareció un broche de plata antigua con forma de libélula.
Maruja se quedó muda. Sus ojos se humedecieron por un momento.
—Es… es igual que el que perdí en la boda de tu primo, David —susurró.
—Lo sé —dijo Paula suavemente—. Lo encontré en Wallapop la semana pasada. Una señora lo vendía porque era de su madre y ella no usaba broches.
Maruja miró el broche. Luego miró a Paula. Luego volvió al broche.
—¿De una señora? —preguntó con voz temblorosa—. ¿De su madre muerta?
—Bueno, no sé si estaba muerta, Maruja. Pero la señora parecía muy maja por los mensajes. Me dijo que le alegraba mucho que el broche fuera a parar a alguien que lo apreciara.
Maruja pasó el pulgar por las alas de plata de la libélula.
El silencio en el salón era absoluto, solo roto por el tic-tac del reloj de pared.
—Está… está limpio —dijo Maruja finalmente, con la voz un poco ronca.
—Lo he desinfectado antes de envolverlo, suegra. Con alcohol, no con su mezcla de amoníaco, para no estropearlo.
Maruja se prendió el broche en el delantal, justo encima del pecho.
Se miró en el espejo del aparador y se retocó el pelo.
—Bueno —dijo, recuperando su tono autoritario pero con un brillo diferente en los ojos—. Un broche es metal. El metal no absorbe los pecados como el cuero. El metal es noble.
—Claro, Maruja —sonrió Paula—. Nobleza absoluta.
—Pero que sepas —añadió Maruja, señalando a Paula con el dedo— que esto no quita que esa chaqueta del balcón siga siendo sospechosa.
—Lo que usted diga, suegra.
Maruja volvió a su sillón, pero esta vez no miraba la chaqueta. Miraba su libélula de plata.
—Oye, David… —dijo al cabo de un rato—. Esa falda de lana de la señora de Oviedo… ¿has dicho que era barata?
David soltó una carcajada y se acercó a ella con el móvil.
—Diez euros, mamá. Y dice que la envía por Correos, que te llega a casa en dos días.
Maruja hizo una mueca, intentando mantener su fachada de escepticismo.
—Diez euros… por lana de Oviedo. A ver, enséñame otra vez la foto de la cintura, que yo de ahí gasto una cuarenta y cuatro generosa.
Paula se acomodó en el sofá, saboreando su pequeña victoria.
La “moda de pobres” acababa de entrar oficialmente en el santuario de Maruja por la puerta de atrás.
—¿Y dices que hay gente que compra hasta los muebles? —preguntó Maruja mientras deslizaba el dedo por la pantalla con una soltura sorprendente para ser su primera vez.
—Hasta los muebles, suegra. Hay gente que vacía pisos enteros.
—¡Válgame Dios! —exclamó Maruja—. Vaciar pisos de gente que se muere… eso ya es de tener poco corazón.
Pero un segundo después, añadió:
—A ver si sale alguna cómoda de esas de estilo castellano, que la del dormitorio de invitados tiene una pata que cojea.
La tarde avanzaba y la tensión cómica se había transformado en una especie de fiebre del oro digital.
Maruja, la mujer que hasta hace una hora consideraba la ropa usada como un peligro para la salud pública, estaba ahora criticando el estado de conservación de unos mantones de Manila de una vendedora de Sevilla.
—¡Mira esta! —decía señalando la pantalla—. ¡Pide cien euros y tiene un fleco deshilachado! ¡Qué poca vergüenza tiene la gente en internet!
—Pues escríbele, mamá —sugirió David—. Dile que le ofreces cincuenta.
—¿Yo? ¿Regatear con una desconocida? —Maruja se indignó—. ¡Yo soy una señora!
—En Vinted se regatea siempre, suegra. Es parte de la gracia —explicó Paula.
Maruja se lo pensó. Sus ojos brillaron con la chispa de la batalla.
—Dile… dile que por ese mantón no le doy ni cuarenta, pero que si me lo deja en treinta y cinco, se lo quito de encima para que no le ocupe sitio.
David empezó a escribir mientras Paula contenía la risa.
—”Hola, buenas tardes. Mi madre dice que el fleco está fatal y que te da treinta y cinco euros” —leyó David en voz alta.
—¡No pongas que soy tu madre! —le gritó Maruja dándole un manotazo en el brazo—. Pon que soy… no sé… “Experta en Bordados”. ¡Que me tenga respeto!
El teléfono vibró casi al instante.
—¡Ha contestado! —exclamó David.
Maruja se puso tensa, como si estuviera esperando el resultado de la lotería.
—¿Qué dice? ¿Qué dice la sevillana?
—Dice que “ni de broma”, que el mantón es de su abuela y que menos de ochenta no acepta.
Maruja se levantó del sillón, indignada.
—¡¿Ochenta euros por un hilo suelto?! ¡Dile que se quede con su abuela y con su mantón, que por ese precio me compro uno nuevo en la Plaza Mayor!
—Ves, mamá, esto es lo que mola de la aplicación —dijo David riendo.
—No me hace ninguna gracia, David. Me ha subido la tensión y todo.
Maruja caminó hacia el balcón, abrió la puerta y, para sorpresa de todos, cogió la chaqueta de cuero de Paula.
La trajo al salón y empezó a olerla de nuevo, pero esta vez con menos dramatismo.
—¿Sigue oliendo a muerto, suegra? —preguntó Paula con sarcasmo.
—Huele a… a oportunidad —respondió Maruja con una sonrisa enigmática—. Mañana la vamos a bajar al patio y le voy a dar con un cepillo de cerdas naturales que tengo yo. Ya verás cómo la dejamos.
Paula no sabía si alegrarse o echarse a temblar.
—¿Un cepillo de cerdas naturales?
—Sí, y un poco de crema Nivea de la del tarro azul. No hay nada mejor para el cuero. Se va a quedar que ni la de la marquesa esa que has enseñado antes.
Maruja volvió a sentarse, con la chaqueta sobre las rodillas, acariciándola como si fuera un gato.
—Al final, Paula, vas a tener razón. Si la prenda es buena, da igual quién la haya llevado. Lo importante es quién la lleva ahora.
—Exacto, suegra.
—Y ahora, David, vuelve a poner lo de la falda de Oviedo, que me ha parecido ver que la señora también vendía unos juegos de sábanas de hilo que no tenían mala pinta.
El domingo llegaba a su fin, y en casa de Maruja, el pasado y el presente habían encontrado por fin un terreno común: el regateo, la limpieza profunda y el eterno placer de encontrar una ganga, aunque venga con un ticket de cine de 1992 de regalo.
PARTE 4
La noche cayó sobre Madrid y, con ella, la calma regresó al salón de Maruja, aunque era una calma diferente a la de otros domingos.
La chaqueta de cuero de Paula ya no estaba en el balcón ni en el respaldo del sofá; ahora descansaba sobre la mesa del comedor, rodeada de botes de crema, paños de algodón y el famoso cepillo de cerdas naturales.
Maruja, con las mangas remangadas y una determinación que daba miedo, frotaba el cuero con movimientos circulares y precisos.
—¿Ves esto, Paula? —decía mientras señalaba una zona del cuello—. Aquí es donde se nota si el dueño era de cuello limpio o no.
Paula, sentada a su lado, observaba la transformación.
—La verdad es que está quedando increíble, suegra. El color está volviendo a la vida.
—Es que el cuero es agradecido, hija. Como las personas. Si le das cariño, te responde.
David apareció desde la cocina con tres tazas de poleo-menta para bajar el guiso.
—Bueno, bueno… ¿cómo va la restauración del patrimonio nacional?
—Va que vuela —respondió Maruja sin dejar de frotar—. Ya no queda ni rastro del “espíritu de los noventa” que decía yo. Ahora huele a Nivea y a dignidad.
Maruja se detuvo un momento y miró el broche de libélula que aún llevaba puesto.
Lo acarició con suavidad antes de seguir con la chaqueta.
—Sabes, Paula… —dijo en voz baja—, al final esto de la “moda circular” tiene su sentido.
—¿Ah, sí? —preguntó Paula, sorprendida por el tono reflexivo de su suegra.
—Sí. Estaba yo pensando que mi abrigo de astracán, el que tengo guardado en el baúl con tres kilos de alcanfor… ¿tú crees que eso se vendería bien en el “Vinte”?
David casi escupe el poleo-menta.
—¿Quieres vender tu astracán, mamá? ¡Si es tu tesoro más preciado!
—¡Calla, David! Si no me lo pongo nunca porque pesa tres arrobas y parezco un oso pardo cuando voy a la compra.
Maruja miró a Paula buscando su aprobación profesional.
—¿Tú qué crees, Paula? ¿Alguna de esas modernas de Malasaña pagaría por un astracán de verdad, de los que abrigan hasta el alma?
—¡Seguro, Maruja! —exclamó Paula con entusiasmo—. Los abrigos de piel antiguos son tendencia total ahora. Podrías pedir un buen dinero por él.
—¿Y me darían el dinero de verdad o son puntos de esos de internet? —preguntó Maruja con desconfianza.
—Dinero de verdad, directo a tu cuenta —aseguró David.
Maruja se quedó pensativa, frotando la última manga de la chaqueta.
—Pues mañana mismo lo sacamos del baúl. Pero eso sí, lo anuncio yo. Y pongo en la descripción que ha sido propiedad de una señora de orden, que no fuma y que solo lo usaba para ir a las rebajas y a la cena de Navidad de la parroquia.
—Me parece un plan perfecto —dijo Paula riendo.
Maruja terminó su labor y levantó la chaqueta en el aire como si fuera un trofeo.
El cuero brillaba bajo la luz de la lámpara con un lustre rico y profundo. Ya no parecía una prenda vieja; parecía una pieza de coleccionista.
—Toma, Paula. Ya puedes ponértela mañana sin miedo a que se te pegue nada.
—Gracias, Maruja. De verdad, ha hecho un trabajo increíble.
—De nada, hija. Pero que no se convierta en costumbre, ¿eh? Que la próxima vez que quieras algo, me lo dices a mí y nos vamos a El Corte Inglés, que allí al menos nos dan una bolsa de plástico buena.
Maruja se quitó el delantal y lo dobló con cuidado.
—Y ahora, vamos a dormir, que mañana tengo que hacerme una cuenta de esas de “Experta en Bordados” y empezar a poner orden en ese mercado de Albacete.
David y Paula se despidieron de ella, dejando a Maruja en la puerta de su habitación, todavía jugueteando con el broche de plata.
Mientras caminaban hacia el coche, David le preguntó a Paula:
—¿De verdad crees que va a vender el astracán?
—No lo sé —respondió Paula—. Pero lo que sí sé es que mañana me va a llamar para preguntarme cómo se hacen las fotos “para que parezca de marquesa”.
David se rió y puso en marcha el motor.
—¿Y tú? ¿Vas a seguir comprando ropa de segunda mano?
Paula se ajustó su chaqueta de cuero recién restaurada, sintiendo el calor del material y el olor familiar de la crema Nivea.
—¿Bromeas? —dijo con una sonrisa—. Ahora que tengo a la mejor restauradora de Madrid de mi parte, no pienso parar.
El lunes por la mañana, en una oficina del centro, Paula entró con su chaqueta vintage, sintiéndose más estilosa que nunca.
Y en un piso del barrio de Salamanca, una mujer llamada Maruja abría por primera vez una aplicación de compra-venta, con un abrigo de astracán sobre la cama y una mirada de tiburón de los negocios.
—A ver, Vane_LaLoli… —murmuraba Maruja mientras enfocaba con la cámara del móvil—. Prepárate, que llega la competencia de verdad.
La moda circular acababa de ganar una nueva e implacable aliada.
Porque en España, una cosa es ser sostenible y otra muy distinta es saber regatear como una madre que sabe perfectamente lo que vale un peine… o un abrigo de lana de Oviedo.
El broche de libélula brillaba en su solapa, conectando el pasado perdido con un presente lleno de posibilidades digitales.
Y en algún lugar de los archivos de los Cines Callao, el recuerdo de una película de 1992 se cerraba por fin, sabiendo que su vieja chaqueta estaba en las mejores manos posibles.
¿Y vosotros? ¿Habéis mirado ya en vuestro armario qué es lo siguiente que vais a poner a la venta?
Porque recordad: lo que para uno es un trasto viejo, para Maruja es una oportunidad de oro si se frota con un poco de Nivea.