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La TRAMPA IMPERDONABLE de mi suegra en Valencia: Inventó que no puedo tener hijos y CONTRATÓ a su propia EMPLEADA para arruinar mi vida

La TRAMPA IMPERDONABLE de mi suegra en Valencia: Inventó que no puedo tener hijos y CONTRATÓ a su propia EMPLEADA para arruinar mi vida

PARTE 1: El perro, el botijo y la madre que lo parió

Mira que yo soy una mujer pacífica. Te lo juro. Soy de esas que hacen yoga los martes, reciclan el cartón aunque llueva a cántaros y dejan propina en el bar de abajo aunque el camarero me ponga el café hirviendo. Pero todo ser humano tiene un límite, y el mío tiene nombre, apellidos y un abono anual a la peluquería de la calle Colón: mi suegra, doña Asunción.

Para que nos entendamos rápido y mal, Asunción es de esas señoras valencianas de toda la vida que creen que su linaje desciende directamente de Jaume I. Su familia lleva un taller de cerámica en Manises desde la época en la que la arcilla se amasaba con los pies. Hacen platos, jarrones, botijos y unas ensaladeras preciosas que, según ella, son “patrimonio cultural”. Y luego estoy yo, Clara. Madrileña de nacimiento, valenciana de adopción, diseñadora gráfica y, a ojos de mi suegra, el mayor error logístico que ha cometido su hijo Jorge en sus treinta y cuatro años de existencia.

Jorge es un trozo de pan. Un pan integral, con semillas, esponjoso y buenísimo, pero a veces un poco denso para pillar las indirectas. Él adora a su madre. Y claro, no ve las pullitas. No ve cómo Asunción me mira la barriga cada domingo frente a la paella, soltando perlas del tipo: “Ay, Clara, hija, ¿has engordado o es que por fin me vais a dar una alegría? Porque a tu edad mis ovarios ya habían gestado a dos ingenieros”. Y yo, tragando saliva y socarrat, le respondo con mi mejor sonrisa falsa que no, que es que la cervecita del viernes me hincha.

El problema de fondo, el gran elefante en la habitación adornada con azulejos pintados a mano, es mi útero. Llevamos casados tres años y no tenemos hijos. No porque no podamos, sino porque no nos da la real gana ahora mismo. Queremos viajar, queremos ahorrar, queremos dormir del tirón. Pero en la mente aristocrático-alfarera de Asunción, el hecho de no haber parido ya un heredero para el imperio de la terracota significa una sola cosa: estoy seca. Soy estéril. Un erial.

Pero bueno, a lo que iba. La culpa de todo esto, irónicamente, la tiene un bulldog francés llamado Horchata.

Hace un mes adoptamos a Horchata. Es un perro precioso, con las orejas como antenas parabólicas y una capacidad asombrosa para tirarse pedos silenciosos pero letales. Como los dos trabajamos fuera de casa, a mí me daba una pena horrible dejar al pobre bicho solo tantas horas. Que si llora, que si muerde los cojines, que si se come los rodapiés. Así que, en un arrebato de modernidad tecnológica impulsada por Amazon Prime, compré un pack de dos cámaras de seguridad de estas que se conectan al wifi y las puedes ver desde el móvil. La “DoggyVision 3000”, se llamaba.

Instalé una en el salón, apuntando estratégicamente al sofá donde Horchata suele hacer la croqueta. La otra cámara, como nos sobraba, Jorge decidió llevársela al taller de Manises. “Mamá dice que últimamente les faltan cosas, igual es que algún repartidor se lleva los ceniceros pequeños”, me dijo mi marido, tan inocente él. Así que la colocó allí, escondida entre un busto de un patricio romano y una montaña de platos hondos sin barnizar. Yo sincronicé ambas cámaras en la misma aplicación de mi móvil por pura pereza de no hacerle a Jorge una cuenta aparte. Total, a mí qué me importaba el taller.

El martes pasado empezó el apocalipsis.

Eran las doce de la mañana. Yo estaba en mi oficina, intentando cuadrar el logo de una empresa de fontanería que el cliente quería “con más fuerza, pero elegante”, lo cual es un oxímoron si hablamos de tuberías. Necesitaba un descanso mental. Necesitaba ver a Horchata durmiendo.

Cogí el móvil, abrí la aplicación y, con el dedo rápido y la mente ausente, le di al botón de la cámara 2 en lugar de la cámara 1. La pantalla se quedó en negro un segundo, el circulito de carga dio un par de vueltas y, de repente, en lugar de mi acogedor salón en Ruzafa, apareció la lúgubre y polvorienta trastienda del taller de cerámica de la familia de mi marido.

Iba a cerrar la aplicación. Te lo juro por lo más sagrado que mi intención era volver al perro. Pero entonces la vi.

Doña Asunción estaba allí, de pie junto a un torno de alfarero, con su abrigo de entretiempo y su collar de perlas que no se quita ni para ir al Mercadona. Y no estaba sola. Frente a ella estaba Vanesa.

Vanesa es una chica que contrataron hace unos meses para ayudar en la tienda. Tiene veintipocos años, las uñas de gel esculpidas tan largas que dudo que pueda coger una taza sin sacarse un ojo, y siempre masca un chicle de fresa con una cadencia hipnótica. Es vaga como ella sola, pero a Asunción le caía bien porque “es muy mandada”.

Yo tenía el volumen del móvil a la mitad, pero el silencio de mi despacho me permitió escuchar perfectamente la conversación gracias al micrófono de alta sensibilidad de la “DoggyVision 3000” (gracias, tecnología china).

—A ver, Vanesa, haz el favor de dejar de hacer globos con el chicle, que parece que estoy hablando con un pez globo —decía mi suegra, sacando un sobre blanco y gordísimo de su bolso de piel.

Mi dedo, que iba a pulsar la ‘X’ para salir, se quedó congelado en el aire. ¿Un sobre? ¿Iba a pagarle en B? Sabía que Asunción era tacaña, pero esto prometía salseo fiscal. Me puse los auriculares inalámbricos a la velocidad del rayo.

—Ya le digo, doña Asun, que yo por menos de quinientos pavos no me meto en estos jaleos —respondió Vanesa, cruzándose de brazos, ensuciando su propio delantal con restos de arcilla seca—. Que a ver, que yo al Jorge me lo cruzo, pero esto es tela marinera.

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