La profecía oscura de Sevilla que obliga a sacrificar el linaje sagrado por un misticismo sin sentido
PARTE 1: El despertar del misticismo (y el calor que te quita el juicio)
Mira, para entender esta historia hay que entender lo que es Sevilla a las cuatro de la tarde un jueves de julio. No es que haga calor, es que el aire tiene la consistencia del chocolate a la taza y el asfalto te mira con ganas de devorarte los zapatos. En medio de ese delirio térmico, mi tía Encarni decidió que era el momento perfecto para tener una “revelación”.
Mi tía Encarni no es una mujer normal. Es de esas señoras que tienen más encaje en los muebles que en la ropa y que cree firmemente que si se te cae un cuchillo es porque viene una visita, y si es una cuchara, es que la visita es tonta. Estábamos en el salón de su casa, con las persianas bajadas a cal y canto, en esa penumbra sepulcral que solo se consigue en las casas de las abuelas andaluzas, cuando de repente soltó el abanico.
— Curro —dijo, y la voz le salió como si estuviera doblando una película de terror de bajo presupuesto—. Se ha acabado el tiempo. El linaje de los Pérez de Triana está en peligro. La profecía del Giraldillo me ha hablado a través del poso del gazpacho.
Yo la miré por encima de mi cerveza fría, que era lo único sagrado que había en esa habitación.
— Tía, por los clavos de Cristo, que lo que te ha hablado no ha sido el Giraldillo, ha sido el pepino que repite. ¿Qué profecía ni qué niño muerto?
— ¡No te mofes, Manuel Francisco! —Ella siempre me llamaba por el nombre completo cuando quería que me pusiera firme—. Es la Profecía Oscura. Dice claramente que si el último descendiente varón del linaje puro no se sacrifica ante el altar de lo absurdo, Sevilla se hundirá en un mar de fanta de naranja y los naranjos solo darán limones amargos para siempre.
La tía Encarni se levantó con una agilidad que no le conocía desde que anunciaron rebajas en El Corte Inglés. Sacó un mapa de la ciudad que parecía haber sido masticado por un perro y señaló con una uña pintada de rojo coral un punto exacto: la Plaza del Salvador.
— Allí —sentenció—. Allí es donde el misticismo sin sentido reclama su tributo. El linaje sagrado debe ser entregado.
— ¿Y quién es ese “linaje sagrado”, tía? Porque si te refieres a mi primo Paquito, el que trabaja en la gasolinera, yo creo que el misticismo se va a llevar una decepción de las gordas.
— ¡Tú eres el elegido, Curro! —gritó ella, dramática, señalándome con el dedo índice—. Tú, que tienes la marca en la espalda.
— ¿La marca? Tía, eso es un lunar que me dijo el dermatólogo que me vigilara. No me vengas con milongas.
Pero ya no había vuelta atrás. Cuando a una mujer de Triana se le mete entre ceja y ceja que es la elegida para salvar la ciudad de un cataclismo esotérico, más te vale comprarte un amuleto y rezar lo que sepas. Encarni empezó a sacar velas de un armario. No velas normales, no. Velas con forma de alcachofa, velas que olían a incienso de ese que te deja los pulmones como un cenicero de discoteca de los años noventa, y un mazo de cartas que, según ella, le había regalado una gitana en la Feria de 1984 a cambio de un bocadillo de tortilla.
— Tenemos que reunir al Cónclave de las Vecinas —murmuró, mientras encendía la primera vela—. Sin ellas, el sacrificio del linaje no tendrá la fuerza necesaria. La mística requiere público, Curro. Un misticismo sin testigos es solo una vieja loca hablando sola, pero con tres vecinas mirando, ¡ah amigo!, eso es una religión.
Salí a la calle intentando procesar la información. El calor me dio una bofetada en la cara nada más cruzar el umbral. En la esquina, el de la tienda de ultramarinos me saludó con la mano, secándose el sudor con un paño que había visto tiempos mejores.
— ¿A dónde vas con esa cara, Curro? Parece que hayas visto a un fantasma.
— Peor, Paco. He visto a mi tía con una vela en la mano y un mapa de Sevilla. Dice que soy el linaje sagrado y que me tengo que sacrificar por una profecía oscura.
Paco se quedó pensativo un momento, mirando una ristra de ajos que colgaba del techo.
— Pues ten cuidado, que la última vez que tu tía se puso mística, acabó convenciendo a todo el barrio de que el fin del mundo llegaba el martes y nos pasamos tres días comiendo latas de atún en el sótano de la parroquia. Por cierto, ¿el sacrificio duele? Porque si duele, que te lo haga después del partido del Betis, que hoy jugamos contra el Madrid y no me lo quiero perder.
Esa es la fe de mi gente. Nadie cuestionaba la locura, solo se preocupaban por la logística. Caminé hacia la calle Sierpes, sintiendo que los ojos de las estatuas de la ciudad me seguían. ¿Y si la tía tenía razón? ¿Y si realmente mi existencia era la clave para que Sevilla no se convirtiera en un parque temático de misticismo barato?
Me detuve frente a una de esas tiendas de souvenirs que venden abanicos fabricados en China y flamencas de plástico. Un escalofrío me recorrió la espalda a pesar de los 42 grados. Una sombra larga, más oscura de lo normal, se proyectaba desde un callejón. Era un hombre vestido con una túnica que parecía hecha con cortinas viejas de un hotel de carretera. Llevaba unas gafas de sol de espejo y un báculo que en realidad era un palo de escoba con una bola de billar pegada arriba.
— El elegido… —susurró el hombre, con una voz que sonaba a lija—. El portador del linaje de los Pérez de Triana. La profecía se cumple. El misticismo sin sentido te reclama.
— Escucha, “Gandalf el Gris”, yo solo voy a por un paquete de tabaco y a ver si me tomo algo fresco. Déjate de profecías que me vas a dar la tarde.
— No puedes huir de tu destino, Curro. El sacrificio debe realizarse antes de que la sombra de la Giralda toque el suelo de la Plaza Nueva. Debes entregar lo más sagrado que posees.
— ¿Mi colección de vinilos de Los del Río? Ni harto de vino.
El hombre desapareció en el callejón con una risa que terminó en un ataque de tos bastante poco místico. Me quedé allí parado, en mitad de la calle, sintiendo que la realidad se estaba volviendo tan espesa como el salmorejo de mi madre. La profecía oscura de Sevilla no era solo un delirio de mi tía; era algo que flotaba en el ambiente, como el olor a azahar en primavera, pero con un toque de locura colectiva.
Volví a casa de la tía Encarni. Al entrar, el salón ya no era un salón. Era una sede de la NASA del esoterismo de barrio. Estaban allí la Mari, la Loli y la Charo, las tres jinetas del apocalipsis del vecindario. Tenían puestas unas túnicas que sospechosamente se parecían a las batas de guatiné que usan en invierno, pero puestas del revés para que parecieran más solemnes.
— Ya está aquí la víctima —dijo la Mari, con un brillo de emoción en los ojos que me dio miedo—. ¡Traed el aceite de romero y el pan rallado!
— ¿Pan rallado? —pregunté, retrocediendo hacia la puerta—. ¿Me vais a sacrificar o me vais a empanar como a un filete?
— Es un simbolismo, hijo —explicó la tía Encarni, mientras me ponía una corona de laurel que pinchaba más que un cactus—. El pan rallado representa la fragilidad del alma sevillana ante el avance del modernismo y los patinetes eléctricos. Ahora, siéntate en el “Trono de la Verdad”.
El Trono de la Verdad era la silla de mimbre de la terraza, la que cojeaba de una pata. Me senté, resignado. Sabía que si no les seguía la corriente, el misticismo sin sentido se convertiría en un drama familiar que duraría hasta la próxima Navidad.
— Empecemos el ritual —anunció la tía Encarni, alzando una cuchara de madera—. Por el poder de la Alfalfa, por el misterio de la calle Feria y por la sagrada orden de los que no pagan la comunidad, que comience la apertura del portal.
Y ahí, en ese salón caluroso, rodeado de señoras en bata y olor a incienso barato, empecé a sospechar que el sacrificio no iba a ser mi vida, sino mi dignidad. Pero lo peor estaba por llegar, porque cuando el misticismo se mezcla con la idiosincrasia sevillana, el resultado no es una tragedia griega, es una comedia surrealista donde el destino se decide en la barra de un bar.
PARTE 2: El ritual de la Plaza del Salvador (o por qué no se debe mezclar el esoterismo con las tapas)
A ver, que os sigo contando, porque la cosa se puso más negra que el carbón de los Reyes Magos. Una vez que me tuvieron “coronado” con el laurel y sentado en la silla coja, la tía Encarni decidió que el ritual doméstico no era suficiente. Para que el sacrificio del linaje sagrado tuviera validez oficial ante las fuerzas oscuras de Sevilla, había que sacarlo a la calle.
— Curro, ponte la túnica de gala —me ordenó la tía, pasándome una sábana de matrimonio que olía a suavizante de lavanda.
— Tía, que voy a parecer un fantasma que ha perdido el rumbo. Si salgo así a la calle, la Policía Local me va a hacer un test de alcoholemia antes de que pueda decir “profecía”.
— ¡Calla y obedece! ¿Acaso quieres que el Giraldillo empiece a dar vueltas como una hélice y salga volando hacia Huelva? ¿Quieres cargar con esa responsabilidad sobre tus hombros?
No tenía argumentos contra eso. Salir a la calle disfrazado de cama de matrimonio era un precio pequeño comparado con evitar que el Giraldillo se fuera a visitar las playas de Huelva. Así que ahí iba yo, encabezando una procesión de lo más variopinto: mi tía con una palmatoria, la Mari con un bote de sal gorda para “limpiar las malas energías” y la Charo con un ventilador de mano porque el misticismo no está reñido con no querer morir de un síncope.
Bajamos las escaleras del bloque. El vecino del segundo, que siempre está asomado al rellano, nos vio pasar y ni se inmutó. En este barrio hemos visto de todo, desde uno que bajó a tirar la basura vestido de buzo hasta un bautizo de un hámster.
— ¿Otra vez con lo de la profecía, Encarni? —preguntó el vecino, rascándose la barriga—. Cuidado con el Curro, que a ver si lo vas a dejar en mitad de la calle y luego quién me ayuda a bajar la lavadora nueva.
— El linaje sagrado está por encima de tus electrodomésticos, Antonio —respondió mi tía con una dignidad que ya quisiera para sí la Duquesa de Alba.
Llegamos a la Plaza del Salvador. Eran las ocho de la tarde, la hora punta de la cerveza. La plaza estaba hasta los topes de gente guapa, de turistas con la cara roja como un tomate y de sevillanos que se agarran a la caña de cerveza como si fuera el santo grial. Y en mitad de todo ese jaleo, aparecimos nosotros.
— ¡Abrid paso! —gritaba la Mari, lanzando puñados de sal gorda a los pies de los transeúntes—. ¡El elegido va a realizar el sacrificio! ¡El misticismo sin sentido reclama su lugar!
La gente se apartaba, más por miedo a que la sal les cayera en la bebida que por respeto religioso. Yo intentaba taparme la cara con el borde de la sábana, pero el laurel se me metía en el ojo y era un suplicio. Nos detuvimos justo en el centro de la plaza.
— Bien —dijo la tía Encarni, consultando un reloj de bolsillo que no funcionaba desde la Expo 92—. Según el mapa astral que dibujé en la servilleta del bar Vizcaíno, el sacrificio consiste en lo siguiente: Curro, tienes que subirte a ese banco y recitar el pregón de la oscuridad.
— ¿Qué pregón? —pregunté yo, con el sudor chorreándome por la espalda—. Tía, yo no me sé ningún pregón. Como mucho te puedo cantar un poco por el Barrio, pero poco más.
— Tú deja que el espíritu de la ciudad hable por ti. ¡Súbete!
Me subí al banco de piedra. Cien pares de ojos me miraban. Un grupo de erasmus alemanes empezó a sacarme fotos pensando que era una atracción turística o una despedida de soltero particularmente triste. Respiré hondo.
— ¡Sevillanos y sevillanas! —empecé a decir, y la voz me salió más fuerte de lo que esperaba—. ¡El linaje de los Pérez de Triana se presenta ante vosotros! La profecía oscura dice que… que… ¡que si no nos tomamos la vida con más calma, el misticismo nos va a comer por los pies!
— ¡Más intensidad, Curro! —me siseó la tía desde abajo—. ¡Habla del sacrificio!
— ¡Y por eso! —continué— ¡Sacrifico mi orgullo! ¡Sacrifico mi derecho a no hacer el ridículo! ¡Lo entrego todo para que el Giraldillo siga en su sitio y para que la cerveza nunca se sirva caliente en esta bendita ciudad!
La gente empezó a aplaudir. En Sevilla, cualquier cosa que termine con una mención a la cerveza fría es garantía de éxito. Unos tipos de una peña bética empezaron a corear mi nombre: “¡Curro, elegido! ¡Curro, elegido!”.
Pero entonces, apareció él de nuevo. El hombre de la túnica de cortina y la bola de billar. Se abrió paso entre la multitud con una mirada que daba escalofríos.
— ¡Impostor! —gritó, señalándome—. Ese sacrificio es insuficiente. El misticismo sin sentido exige algo más real. No basta con palabras. El linaje sagrado debe entregar el “Objeto del Poder”.
Se hizo el silencio. Incluso los alemanes dejaron de hacer fotos. Mi tía Encarni se puso blanca.
— ¿El Objeto del Poder? —susurró—. ¿Te refieres a… eso?
— Sí —dijo el hombre misterioso—. La receta secreta de las croquetas de tu abuela. El único documento que garantiza que el alma de Sevilla permanezca sabrosa y crujiente.
Aquello ya era harina de otro costal. Las croquetas de mi abuela eran patrimonio de la humanidad, por lo menos en mi casa. Entregarlas era un sacrificio que no estaba dispuesto a hacer. Mi tía me miró, y vi en sus ojos una lucha interna titánica: la salvación de la ciudad contra el secreto mejor guardado de la familia.
— Tía, no lo hagas —le dije—. Sevilla puede sobrevivir a una profecía oscura, pero nosotros no sobreviviremos a un domingo sin esas croquetas.
— Curro… —dijo ella, con una lágrima asomando por el ojo izquierdo—. Si el misticismo lo exige…
— ¡No es misticismo, es un chantaje gastronómico! —gritó la Mari, que siempre ha sido muy defensora de lo suyo—. ¡A este hombre lo que le pasa es que tiene hambre!
La tensión en la Plaza del Salvador se podía cortar con un cuchillo de sierra. El hombre del báculo se acercó a mí, y pude oler que su túnica olía a naftalina y a fritanga. No era un ser del inframundo, era un tipo que probablemente vivía en un quinto sin ascensor y se aburría mucho.
— Entrega el pergamino, o las sombras cubrirán la Giralda —amenazó.
En ese momento, ocurrió algo inesperado. De la nada, apareció un perro, un galgo flaco de esos que corren por el parque de María Luisa, y se lanzó a morder la bola de billar del báculo del extraño. El hombre empezó a dar vueltas gritando “¡Suelta, chucho, que esto es místico!”. La seriedad de la escena se fue al traste en un segundo.
— ¡Aprovecha, Curro! —gritó la tía Encarni—. ¡Huyamos hacia la Catedral! ¡Allí el misticismo sin sentido no tiene jurisdicción porque hay demasiados guías turísticos!
Echamos a correr. Yo con la sábana volando al viento, pareciendo una vela de barco fuera de control, mi tía con la palmatoria apagada y las vecinas dándole con el bolso a todo el que se cruzaba. Atravesamos la calle Francos a una velocidad que nos hubiera calificado para las Olimpiadas.
Mientras corríamos, noté que la ciudad empezaba a cambiar. Las farolas parpadeaban con un color violeta extraño. El aire ya no olía solo a calor, olía a algo antiguo, a incienso mezclado con algodón de azúcar. La profecía no era ninguna broma. El misticismo sin sentido realmente estaba ganando terreno, y no solo por las ocurrencias de mi tía. Era como si Sevilla se estuviera transformando en un escenario de teatro donde las reglas de la lógica ya no se aplicaban.
Llegamos a los pies de la Giralda. El gran minarete nos observaba, impasible ante nuestra carrera ridícula.
— Aquí —dijo la tía, recuperando el aliento—. Bajo la sombra del linaje de piedra. Aquí es donde debemos completar el sacrificio sagrado. Pero Curro, tengo que confesarte algo.
— ¿Qué pasa ahora, tía? ¿Que el sacrificio tiene que ser en calzoncillos?
— No… es que… la receta de las croquetas… ¡no la tengo yo! La tiene tu primo Paquito, el de la gasolinera. Se la llevó para fotocopiarla y nunca la devolvió.
Me quedé helado. Si el “Objeto del Poder” estaba en una gasolinera a las afueras de la ciudad, estábamos perdidos. El misticismo sin sentido nos iba a pillar sin las defensas culinarias necesarias. Y mientras tanto, el hombre de la túnica (ya sin bola de billar y con un trozo de báculo menos) aparecía al final de la calle, escoltado por una nube de palomas que parecían seguir sus órdenes.
— Se acaba el tiempo, Pérez de Triana —rugió el hombre—. El linaje debe ser sacrificado. ¡Traedme al muchacho!
Miré a mi tía, miré a la Giralda y luego miré mi sábana. Sabía que esto solo se podía solucionar de una manera: a la sevillana. Con ingenio, mucha cara dura y un poco de suerte.
PARTE 3: La Batalla de las Sombras y el Primo Paquito (misticismo nivel experto)
Allí estábamos, a los pies de la Giralda, con el hombre de la túnica acercándose como si fuera un villano de una película de Disney pero con menos presupuesto. Mis tías y las vecinas formaron un círculo alrededor de mí, que seguía envuelto en la sábana como un bocadillo de queso mal envuelto.
— ¡Atrás, espectro de mercadillo! —gritaba la Charo, blandiendo su abanico como si fuera una catana—. ¡Que yo he criado a tres hijos y no me asusta ni el misticismo ni el inspector de Hacienda!
El hombre de la túnica se detuvo a unos metros. Sus ojos de espejo brillaban bajo la luz de la luna que empezaba a asomar.
— No entendéis nada —dijo con voz cavernosa—. Sevilla se nutre de lo absurdo. Si no sacrificamos el linaje sagrado, si no entregamos a este joven a la Gran Nada del Contrasentido, la ciudad se volverá… lógica. ¿Os imagináis una Sevilla lógica? ¿Donde los autobuses lleguen a su hora y nadie diga “mi alma” sin motivo aparente? Sería el fin de nuestra esencia.
Me quedé pensando. Tenía razón. Una Sevilla lógica era una pesadilla peor que el propio misticismo. Pero de ahí a que me sacrificaran a mí, había un trecho.
— Escucha, túnica-man —dije, dándome importancia—. Si lo que quieres es caos y falta de lógica, no hace falta que me sacrifiques. Solo tienes que intentar pedir cita previa en cualquier organismo oficial de esta ciudad. Eso sí que es un sacrificio de linaje y de paciencia.
— ¡No basta! —bramó él—. ¡La profecía exige un acto simbólico de una magnitud ridícula!
En ese preciso momento, se oyó el rugido de un motor que no estaba bien afinado. Un Seat Ibiza amarillo chillón, con una pegatina de un toro de Osborne en el cristal trasero y luces de neón debajo, apareció derrapando por la calle peatonal, desafiando todas las leyes de tráfico y de la física. Era mi primo Paquito.
Frenó en seco justo al lado de nosotros. Salió del coche con una gorra hacia atrás y una camiseta que ponía “I love Huelva” (lo cual, en ese contexto, era otra provocación mística).
— ¡Primo! —gritó Paquito—. ¡Que me ha dicho el de la tienda de chuches que estabais aquí liándola parda! ¿Qué pasa? ¿Es una procesión de última hora? ¿Me he perdido la salida del paso?
— ¡Paquito! —gritó mi tía Encarni, lanzándose hacia él—. ¡La receta! ¡Dime que tienes la receta de las croquetas de la abuela!
Paquito se rascó la cabeza.
— ¿La receta? Ah, sí. La usé para calzar una mesa en la gasolinera que cojeaba, pero luego se me manchó de grasa de motor y… bueno, la tengo aquí en el móvil, que le hice una foto por si acaso.
El hombre de la túnica dio un paso atrás, horrorizado.
— ¿Una foto? ¿El Objeto del Poder digitalizado? ¡Eso invalida el misticismo analógico! ¡Habéis corrompido la profecía con tecnología de gama media!
— ¡Toma misticismo! —dijo Paquito, sacando su móvil con la pantalla rota—. Aquí tienes la lista de ingredientes: medio kilo de jamón del bueno, una pizca de nuez moscada y el secreto de la abuela, que era echarle un chorreón de Jerez cuando nadie miraba. ¡Zas! ¡Profecía resuelta!
Pero el hombre de la túnica no se dio por vencido. Alzó las manos al cielo y, de repente, las palomas de la plaza empezaron a volar en círculos concéntricos, creando un torbellino de plumas y arrumacos que nos dejó a todos medio cegados.
— ¡Si la receta se ha vuelto digital, el sacrificio será virtual! —gritó—. ¡Curro de los Pérez de Triana, te condeno a ser un meme de internet para toda la eternidad! ¡Esa será tu tumba!
— ¡Eso sí que no! —salté yo, soltándome de la sábana—. ¡Que yo tengo una reputación en el Tinder de este barrio!
La situación era crítica. La Mari empezó a rezar un rosario improvisado donde mezclaba los misterios gozosos con los resultados del fútbol. La Charo intentaba ahuyentar a las palomas con el spray para el pelo que siempre llevaba encima. Y la tía Encarni, en un arranque de genio, se acercó al Seat Ibiza de Paquito.
— ¡Paquito, pon la música! —ordenó—. ¡Pon lo más fuerte que tengas!
— ¿Seguro, tía? Que tengo puesto el último disco de reggaetón con remezcla de tambores de Semana Santa.
— ¡Ponlo! El misticismo sin sentido se combate con un sentido aún menos común.
Paquito subió el volumen al máximo. El “punchi-punchi” mezclado con cornetas y tambores empezó a retumbar contra los muros de la Catedral. Era un sonido tan espantoso, tan magníficamente absurdo, que las palomas se quedaron quietas en el aire, confundidas por la falta de ritmo.
El hombre de la túnica se llevó las manos a los oídos.
— ¡No! ¡Esa frecuencia vibratoria es demasiado para mis artes oscuras! ¡Es el anti-misticismo! ¡Es… es… pura verbena de barrio!
— ¡Es la fuerza de Sevilla, chaval! —grité yo, aprovechando el desconcierto para quitarle el báculo roto—. ¡Aquí no nos asustan las profecías porque vivimos en una profecía constante desde que nos levantamos hasta que nos acostamos!
El hombre empezó a desvanecerse, pero no de forma mágica, sino que se iba haciendo pequeño como si se estuviera desinflando. Al final, resultó ser un tipo bajito, con una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos, que nos miraba con cara de haber perdido el autobús.
— Es que… —dijo con voz normal—… yo solo quería que alguien me hiciera caso. Soy actor de teatro callejero y la cosa está muy malamente. Me inventé lo de la profecía para ver si sacaba algo para el alquiler.
Se hizo un silencio sepulcral. Mi tía Encarni bajó la palmatoria. La Mari guardó la sal gorda. Yo me quité la sábana y la corona de laurel, que ya me tenía la frente como un colador.
— ¿O sea, que no hay profecía? —preguntó Paquito, un poco decepcionado—. ¿Y yo para qué he venido quemando rueda desde la SE-30?
— Bueno —dijo la tía Encarni, recomponiéndose con una rapidez asombrosa—, no habrá profecía, pero el susto no nos lo quita nadie. Y además, mira qué bien nos lo hemos pasado. Hemos movilizado al barrio, hemos sacado la sábana buena y el Curro ha hecho ejercicio, que le hace falta.
El actor, que ahora se veía bastante inofensivo, nos pidió perdón y nos dijo que se llamaba Eustaquio. Resulta que el hombre era un entusiasta de la historia oculta de la ciudad y se había venido arriba con el calor.
— Pero lo de la receta de las croquetas sí que me interesaba de verdad —dijo Eustaquio, mirando el móvil de Paquito—. Si me la dais, prometo no volver a intentar sacrificar a nadie hasta por lo menos la Feria.
— Ni hablar —dijo la tía Encarni, guardando el secreto familiar como si fuera el oro de la Corona—. La receta de los Pérez de Triana no se entrega así como así. Pero si quieres, te vienes con nosotros y te invitamos a una tapa en el bar de la esquina, que con tanto misticismo se me ha abierto el apetito.
Y así, la gran amenaza oscura de Sevilla terminó como terminan todas las grandes crisis en esta parte del mundo: con un grupo de gente caminando hacia la barra más cercana para discutir sobre lo ocurrido mientras pedían una de bravas y unos montaditos de pringá.
Pero mientras nos alejábamos de la Giralda, juraría que vi al Giraldillo guiñarme un ojo. O quizás era solo un reflejo del sol, o el hecho de que me había tomado tres cervezas antes de que empezara todo el jaleo. Lo que sí sé es que Sevilla seguía siendo igual de ilógica, igual de absurda e igual de mágica.
PARTE 4: El desenlace en “El Templo de la Caña” y el misticismo cotidiano
Entramos en el bar “El Templo de la Caña”, que es ese tipo de establecimiento donde el dueño sabe lo que vas a pedir antes de que tú mismo lo sepas. Pepe, el camarero, nos miró entrar: yo arrastrando la sábana, la tía Encarni con la corona de laurel en la mano (que ahora decía que la iba a usar para el estofado del domingo), las vecinas con sus batas del revés y el tal Eustaquio con su túnica de cortina.
— Lo de siempre, ¿no? —dijo Pepe, sin inmutarse—. Y para el de la túnica, un tinto de verano, que se le ve deshidratado de tanto profetizar.
Nos sentamos en una mesa larga. El ambiente era de una euforia extraña. Habíamos salvado el linaje sagrado, habíamos derrotado a un místico de pacotilla y, lo más importante, seguíamos vivos para contarlo.
— ¿Sabéis qué es lo que más me gusta de todo esto? —dijo la Mari, mientras atacaba una fuente de aceitunas aliñadas—. Que mañana, cuando se lo cuente a la pesada de mi nuera, no se lo va a creer. Dirá que son cosas de mi edad.
— Pues que no se lo crea —añadió la Charo—. Pero la sal gorda que he tirado en El Salvador ha dejado el suelo que parece un saladero de jamones. Mañana las palomas van a tener hipertensión.
Yo miraba a Eustaquio, que se estaba tomando el tinto de verano como si fuera maná del cielo.
— Oye, Eustaquio —le dije—, ¿de dónde sacaste lo de la “Profecía Oscura”? Porque lo de sacrificar el linaje sagrado por un misticismo sin sentido te ha quedado muy niquelado.
Eustaquio se limpió la boca con una servilleta de papel de esas que no absorben nada, solo extienden la mancha.
— Pues mira, Curro. Me lo inventé leyendo los prospectos de los medicamentos y mezclándolos con leyendas de Bécquer que leía cuando estudiaba arte dramático. Pero lo de “sin sentido” lo añadí porque me di cuenta de que, en esta ciudad, cuanto menos sentido tiene algo, más gente se lo cree. Si yo te digo que tienes que sacrificar un pollo para que no llueva en Semana Santa, me llamas loco. Pero si te digo que es un “ritual ancestral del linaje sagrado”, me haces una procesión con banda de música.
Mi tía Encarni asintió con la cabeza, muy solemne.
— Ahí le has dado, hijo. Sevilla es un misticismo constante. El hecho de que sigamos aguantando este calor cada año sin mudarnos todos a Asturias ya es una profecía oscura de por sí.
— Y que lo digas, tía —añadí yo, sintiendo que el cansancio por fin me ganaba la partida—. Pero oye, Paquito, ¿qué vas a hacer con la foto de la receta?
Paquito, que estaba más pendiente de enviarle un audio por WhatsApp a una muchacha que había conocido en la playa, levantó la vista.
— ¿La receta? Ya la he subido a la nube, primo. Ahora es eterna. Si el misticismo sin sentido vuelve a atacar, solo tenemos que darle al “Play” y las croquetas de la abuela salvarán al mundo desde el ciberespacio.
Nos reímos todos. Fue una risa de esas que te curan los males, una risa de barrio, de gente que sabe que la vida es un sainete y que lo mejor es ser el protagonista antes que el espectador.
Poco a poco, las vecinas se fueron retirando a sus casas, no sin antes recordarme que tenía que devolverles las sábanas y que la sal gorda se la tenía que pagar a la Mari, que estaba la cosa muy cara. Eustaquio se despidió con una reverencia teatral, prometiendo que su próxima actuación sería algo más ligera, quizás una comedia sobre los fantasmas del Alcázar que se quejan del precio del tour turístico.
Me quedé a solas con mi tía Encarni en la puerta de su casa. La noche sevillana era ahora dulce, con esa brisa que corre cuando el suelo por fin se enfría un poco.
— Curro —me dijo, poniéndome la mano en el hombro—. Puede que Eustaquio se lo inventara todo, pero no olvides que eres un Pérez de Triana. Y eso, en este lado del río, es lo más parecido a un linaje sagrado que vas a encontrar. No hace falta que te sacrifiques por ninguna profecía, con que te acuerdes de traer el pan mañana me basta.
— Descuida, tía. Traeré el pan. Pero que sea del bueno, que para misticismos baratos ya hemos tenido bastante por hoy.
Subí a mi piso, me quité los restos de laurel de la oreja y me eché en la cama. Mientras me quedaba dormido, pensé en la profecía oscura, en el hombre de la túnica y en el poder de una buena croqueta. Sevilla seguía ahí fuera, vibrando con su propio misterio, un misticismo sin sentido que nos obliga a todos a ser un poco más locos, un poco más sabios y, sobre todo, mucho más humanos.
Y si algún día veis a un tipo con una sábana y una corona de laurel por la Plaza del Salvador, no os asustéis. Seguramente solo sea otro capítulo de esta historia interminable que es vivir aquí, donde lo sagrado y lo ridículo se dan la mano para tomarse la penúltima.
Porque al final, el único sacrificio que realmente vale la pena en Sevilla es el de no tomarse nada demasiado en serio. Y eso, amigos míos, es la profecía más verdadera de todas.
A ver, alma cántara, que me pides 4,000 palabras más como el que pide una de adobo en el Blanco Cerrillo sin mirar la cola que hay. Pero como soy Curro y aquí en Sevilla nos gusta más una charla que a un tonto un lápiz, y como ese “misticismo sin sentido” todavía tiene mucha tela que cortar, vamos a meternos de lleno en el meollo.
Preparaos, que si antes estábamos en la superficie, ahora vamos a bajar a los sótanos de la realidad sevillana, allí donde el aire huele a humedad antigua y los secretos se guardan en cajas de mantecados de Estepa.
PARTE 5: La resaca esotérica y el misterio del “Tapa-Sigilo”
La mañana siguiente al incidente de la Plaza del Salvador no fue normal. Me desperté con un dolor de cabeza que parecía que un paso de misterio entero me estaba haciendo la “levantá” justo encima de las sienes. El sol de las nueve de la mañana entraba por la persiana como cuchillos de luz, y yo solo podía pensar en una cosa: ¿por qué tengo una rama de laurel pegada a la frente con sudor?
Me levanté a duras penas. En la cocina, mi tía Encarni ya estaba dándole a la cafetera. Pero no era el café de siempre. El olor era… diferente. Olía a canela, a clavo y a algo que solo puedo describir como “esperanza vana”.
— Buenos días, “Elegido” —dijo ella, sin mirarme, concentrada en el chorro de café.
— Tía, por lo que más quieras, borra esa palabra de tu vocabulario. Ayer terminó todo. Eustaquio era un actor, la profecía era un invento y yo solo quiero un Ibuprofeno y que me dejes dormir hasta el 2028.
— Eso crees tú, Curro —respondió ella, dándose la vuelta con una mirada que me puso los vellos como escarpias—. Eustaquio se inventó la letra, pero la música… la música la puso la ciudad. ¿Tú has mirado el patio hoy?
Fui arrastrando los pies hasta la ventana que daba al patio interior del bloque. Lo que vi me dejó mudo. Normalmente, en el patio de la tía Encarni hay cuatro macetas con gitanillas medio secas y una cuerda de tender donde la vecina del primero cuelga unos camisones que parecen paracaídas. Pero ese día, las plantas habían crecido tres metros durante la noche. Las gitanillas se habían enredado formando un patrón geométrico perfecto que recordaba vagamente al escudo del Betis, pero con ojos.
— ¿Pero qué demonios…? —murmuré.
— Es el “Efecto Rebote del Misticismo” —sentenció la tía—. Al no completar el sacrificio con sangre (que yo no quería, porque mancha mucho el parqué), la energía se ha quedado estancada en el barrio. El misticismo sin sentido busca una salida, Curro. Y ha elegido nuestro bloque de pisos.
En ese momento, llamaron a la puerta. Era la Mari, pero no venía con la bata del revés, venía con un traje de chaqueta de los domingos y un sombrero que parecía un nido de cigüeña.
— ¡Encarni! ¡Curro! ¡Ha pasado! —gritó, entrando sin permiso—. ¡El ascensor ha cobrado conciencia propia!
— ¿Cómo que conciencia propia, Mari? —pregunté yo, poniéndome la mano en la cabeza—. Que ese ascensor no ha funcionado bien desde que Felipe González era joven.
— ¡Pues ahora funciona demasiado bien! Te pregunta cómo estás, te recomienda que comas más legumbres y, lo más grave de todo… ¡se niega a bajar a nadie que no sepa decir el nombre de los siete puentes de Sevilla en orden alfabético!
Me puse la primera camiseta que encontré y salí al rellano. El ambiente pesaba. No era el calor, era una electricidad estática que te hacía chispear los dedos. Nos acercamos al ascensor. Un grupo de vecinos estaba allí plantado, mirando la puerta metálica con una mezcla de respeto y mala leche.
— A ver, bájame al cero, que llego tarde a la peluquería —decía la del cuarto.
Una voz metálica, pero con un deje de la Macarena, salió por la rejilla del altavoz:
— Lo siento, doña Virtudes. El misticismo imperante dicta que hoy es día de reflexión interior. Si quiere bajar, debe decirme primero qué sintió el día que quitaron los raíles del tranvía viejo. Si no hay sentimiento, no hay descenso.
— ¡Pero será posible! —gritó la Virtudes—. ¡Si yo lo que quiero es hacerme las mechas, no un psicoanálisis!
Miré a mi tía. Ella sonreía con una suficiencia que me daba miedo.
— Lo ves, Curro. La Profecía Oscura no era un destino, era una advertencia. Al abrir la puerta con tu discurso en El Salvador, permitiste que la “Sevilla B” se filtrara en nuestra realidad. La Sevilla donde las cosas tienen el significado que les da la gana.
— Tía, tenemos que arreglar esto. No podemos vivir en un bloque donde el ascensor es un filósofo existencialista.
Bajamos por las escaleras (porque el ascensor nos dijo que nuestras auras eran demasiado “grises” para su cabina) y salimos a la calle. Lo que vimos fuera era aún más surrealista. En la calle Pureza, los adoquines habían empezado a brillar con una luz tenue de color ámbar. La gente caminaba con cuidado, pero nadie parecía especialmente sorprendido. En Sevilla, la sorpresa dura cinco minutos; luego se convierte en algo de lo que hablar mientras te tomas una caña.
— ¡Eh, Curro! —gritó una voz conocida. Era el primo Paquito. Venía en su Seat Ibiza, pero el coche ya no hacía ruido de motor. Emitía un sonido de órgano de iglesia, un “do mayor” constante que hacía vibrar los cristales.
— ¿Paquito? ¿Qué le pasa al coche?
— No sé, primo. He ido a echarle gasolina y el surtidor me ha dicho que hoy solo aceptaba “poemas de amor o promesas incumplidas”. Le he contado lo que le dije a la Vane antes de que me dejara y el coche ha empezado a sonar así. ¡Lo bueno es que no gasta! ¡Misticismo al poder!
— ¡Esto es el caos! —exclamé—. Tía, hay que encontrar a Eustaquio. Él empezó esto con su parafernalia, él tiene que saber cómo cerrarlo.
— Eustaquio no sabe nada —dijo mi tía, parándose frente a un escaparate de una tienda de antigüedades—. La clave está en el “Tapa-Sigilo”.
— ¿El qué?
— El Tapa-Sigilo. Una leyenda urbana que dice que bajo el suelo de un bar antiguo de la ciudad, se encuentra grabada la receta del equilibrio sevillano. No es la de las croquetas, es algo más profundo. Es la fórmula para que el misticismo y la realidad convivan sin que el ascensor te pregunte por tus traumas.
Caminamos hasta la zona de la Alfalfa, esquivando naranjas que caían de los árboles y se quedaban flotando a diez centímetros del suelo. La ciudad estaba entrando en una fase de “Gravedad Opcional”. Llegamos a un bar que no tenía nombre, solo un azulejo con un dibujo de un camarero con tres brazos.
Entramos. El local estaba vacío, excepto por un hombre que limpiaba la barra con un trapo que parecía un sudario antiguo. El aire olía a vino rancio y a siglos de confesiones.
— Venimos por el Sigilo —dijo mi tía, poniendo una moneda de cinco pesetas (de las de antes, con el agujerito) sobre el mostrador.
El camarero nos miró con ojos que habían visto pasar muchas Semanas Santas.
— El Sigilo está bajo el barril de manzanilla. Pero solo se revela si el linaje sagrado hace una confesión de verdad absoluta.
Mi tía me empujó hacia adelante.
— ¡Venga, Curro! Confiesa algo. Algo que te duela. Algo que sea verdad verdadera.
Me quedé pensando. ¿Qué podía decir? ¿Que de pequeño me comí el chocolate de mi hermana y le eché la culpa al perro? ¿Que a veces me gusta más la pizza que el gazpacho? No, tenía que ser algo más “sevillano”.
— Vale —dije, cerrando los ojos—. Confieso… confieso que un año, en la Feria, me bebí un rebujito que me pareció que estaba… ¡demasiado aguado y no me quejé por no romper el ambiente!
Hubo un silencio tenso. El camarero dejó de limpiar. Mi tía se llevó la mano a la boca. De repente, el suelo empezó a vibrar. El barril de manzanilla se desplazó solo, revelando un círculo de piedra con inscripciones extrañas.
” Aquí yace el sentido del sin sentido. Para cerrar la grieta, el elegido debe devolver el laurel a la tierra y cantar un ‘Miserere’ en clave de humor.”
— ¡Lo tengo! —gritó la tía Encarni—. Curro, saca la rama de laurel de la frente.
— ¿Y qué canto, tía? ¡Que yo de ‘Misereres’ no sé nada!
— ¡Canta cualquier cosa, pero con sentimiento y guasa!
Me puse de pie sobre el círculo de piedra. Los vecinos empezaban a asomarse por la puerta del bar. Paquito grababa con el móvil. La Mari lanzaba sal. El camarero servía una ronda gratis (el milagro más grande de todos).
— Miserere de mi barrio… —empecé a cantar, con una voz que parecía un gato pisado— …donde el calor nos vuelve locos, donde el ascensor te habla de Aristóteles y los coches suenan a órgano de catedral. Perdónanos, Sevilla, por intentar buscarle sentido a lo que es pura magia barata.
Y entonces, ocurrió. Una luz cegadora salió del suelo. El olor a canela desapareció, sustituido por el olor normal de la ciudad: una mezcla de fritanga, jazmín y humo de escape. Las naranjas que flotaban cayeron al suelo con un golpe seco. El motor del Ibiza de Paquito volvió a sonar como una cafetera vieja.
El misticismo se había replegado. La grieta se había cerrado.
Salimos del bar a la luz del mediodía. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. O a la normalidad sevillana, que es una locura controlada. El ascensor de mi bloque ya no hacía preguntas filosóficas (aunque seguía tardando una eternidad en subir).
— ¿Se ha acabado de verdad, tía? —pregunté, sentándome en un banco.
— Por ahora, Curro. Por ahora. Pero recuerda: la Profecía Oscura siempre está ahí, latente. Solo hace falta un poco de calor, una tía con ganas de lío y un sobrino que no sepa decir que no.
Caminamos de vuelta a casa. Por el camino, vimos a Eustaquio. Estaba sentado en una terraza, comiendo una de pavía de bacalao. Nos vio y nos saludó con un guiño.
— ¡Eh, Curro! —gritó—. ¡Me han contratado para hacer de fantasma en un convento! ¿Te vienes de extra?
— Ni muerto, Eustaquio. Ni muerto.
Llegué a mi cama y, por fin, pude dormir. No soñé con profecías, ni con linajes, ni con sacrificios. Soñé con un plato de croquetas. De las de verdad. Las de mi abuela. Porque al final, en esta ciudad, lo único que realmente tiene sentido es lo que se puede comer, lo que se puede reír y lo que se puede compartir con una cerveza fría en la mano.
Y si mañana el Giraldillo decide ponerse a bailar una bachata… bueno, pues ya buscaremos otra sábana y nos inventaremos otro ritual. Porque en Sevilla, el misticismo sin sentido no es una maldición, es nuestra forma de decir que aquí, a pesar de todo, la vida es un regalo que no necesita explicación.
EPÍLOGO: El reposo del guerrero de barrio
Han pasado unos meses. La tía Encarni ahora se ha apuntado a un curso de “Mindfulness con Castañuelas”, que dice que es lo último para alinear los chakras con el compás de la bulería. El primo Paquito vendió el Ibiza y se compró una furgoneta, pero dice que a veces, cuando hay luna llena, la radio sintoniza coros celestiales de forma espontánea.
Yo sigo siendo Curro. El del barrio. El que sabe que si ves una mancha en la pared que parece una virgen, lo más probable es que sea una humedad de la vecina de arriba, pero que no está de más ponerle una velita, por si las moscas.
Porque la Profecía Oscura de Sevilla no se lee en libros antiguos, se lee en los ojos de la gente cuando te dice “no pasa nada, mi alma”. Y mientras esa frase siga siendo ley, el misticismo sin sentido tendrá siempre un lugar donde dormir la siesta.
Fin… o mejor dicho, “hasta que la tía Encarni quiera”.