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En el salón de doña Enriqueta, el tiempo no pasaba, se acumulaba.

PARTE 1

El reloj de pared de la entrada marcaba las tres de la tarde con una parsimonia casi insultante.

En el salón de doña Enriqueta, el tiempo no pasaba, se acumulaba.

Se acumulaba en las figuras de Lladró que vigilaban desde la vitrina con sus ojos de porcelana vacía.

Se acumulaba en el olor a ambientador de pino mezclado con el aroma persistente de un cocido que había tardado seis horas en hacerse.

Leticia sentía que el sudor le resbalaba por la espalda, justo por debajo de la costura de su blusa de lino.

Era un domingo de mayo en Madrid, uno de esos días en los que el asfalto empieza a prometer un infierno inminente.

Pero en casa de su suegra, el calor era diferente.

Era un calor denso, cargado de expectativas no cumplidas y de frases que siempre llevaban doble fondo.

Paco, su marido, estaba concentrado en separar un trozo de tocino de una patata con la precisión de un cirujano.

Él sabía que en esa mesa el silencio era la única armadura efectiva.

Si no hablabas, no te herían.

Si no mirabas, no existías.

Pero Leticia no tenía esa capacidad de abstracción.

Ella sentía cada vibración del aire, cada tintineo de la cuchara contra el plato de Duralex ámbar.

Doña Enriqueta se limpió las comisuras de los labios con una servilleta de tela almidonada.

Lo hizo con una lentitud teatral, como quien se prepara para dar un discurso ante las Cortes.

Luego, extendió su mano derecha sobre el mantel.

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