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LA MANSIÓN DE ANDALUCÍA: Un triste ADIÓS inesperado revela el PLAN CRUEL del esposo para REEMPLAZARLA con un heredero y dejar a sus SUEGROS en la RUINA EMOCIONAL

LA MANSIÓN DE ANDALUCÍA: Un triste ADIÓS inesperado revela el PLAN CRUEL del esposo para REEMPLAZARLA con un heredero y dejar a sus SUEGROS en la RUINA EMOCIONAL

PARTE 1: El calor, las lágrimas y el gazpacho cortado

Era uno de esos martes de agosto en los que el sol de Andalucía no calentaba, sino que caía a plomo como si el mismísimo cielo te estuviera cobrando una deuda. La finca “Los Tres Cipreses”, una mansión ostentosa situada a las afueras de Sevilla que combinaba el estilo neomudéjar con el dudoso gusto de un nuevo rico aficionado a las columnas romanas de yeso, hervía bajo los cuarenta y dos grados a la sombra. El aire vibraba, espeso, oliendo a tierra seca y al jazmín marchito que colgaba de la entrada principal.

En el inmenso salón principal, decorado con un exceso de mármol que hacía que el eco de cualquier suspiro sonara como un lamento en una catedral, se estaba fraguando un drama que ríete tú de las tragedias griegas. Carmen, envuelta en un fular de seda que era a todas luces inapropiado para el clima estival, lloraba a lágrima viva frente a un juego de maletas de la marca Louis Vuitton que descansaban junto a la puerta. Su rostro, habitualmente pálido y delicado, estaba manchado por el rímel corrido.

A su lado, su madre, Doña Remedios, agitaba un abanico de nácar con una furia que amenazaba con dislocarle la muñeca. Remedios era una mujer de armas tomar, de las que llevan la peluquería intacta aunque caiga un meteorito y que consideran que cualquier problema emocional puede solucionarse con una buena olla de puchero y dos padrenuestros. Pero hoy, el puchero no servía.

—¡Ay, mi niña de mis entrañas! —gemía Remedios, agarrando la mano de su hija como si se la fueran a arrancar—. ¡Que te nos vas a Suiza, a los Alpes esos, que me han dicho en la carnicería que allí la gente no sonríe y solo comen queso con agujeros! ¡Te vas a quedar en los huesos, Carmen, en los putos huesos!

—Mamá, por favor, no digas palabrotas que me alteras el aura —sollozó Carmen, llevándose un pañuelo de hilo a la nariz—. Arturo dice que es lo mejor para mí. El doctor suizo que le recomendó, el doctor Von… no sé qué, ha dicho que tengo un colapso del sistema nervioso periférico y que mis chakras están como un gazpacho cortado. Que necesito el silencio absoluto.

Don Paco, el padre de la criatura, observaba la escena desde un sillón orejero de cuero, secándose el sudor de la frente con un pañuelo a cuadros. Paco era un hombre de campo, un agricultor que había hecho fortuna con el aceite de oliva, de manos rudas y pocas palabras, que nunca había entendido muy bien qué pintaba su hija casada con un espécimen como Arturo.

—Pero vamos a ver, chiquilla —intervino Paco, con su voz ronca y el acento arrastrado—. ¿Qué silencio ni qué niño muerto? Si quieres silencio te vas a la casa del pueblo en Cazalla de la Sierra, que allí no se escucha ni a las moscas a la hora de la siesta. ¿Qué se te ha perdido a ti en un manicomio de ricos en la quinta puñeta, con el frío que hace allí, que te vas a pillar una pulmonía que pa’ qué?

—¡No es un manicomio, papá! —saltó Carmen, ofendida, irguiéndose un poco—. Es un centro de reposo holístico. Me van a dar baños de sonido con cuencos tibetanos.

Paco bufó, cruzándose de brazos.

—Cuencos tibetanos. Tócate los cojones. Yo te doy a ti un par de sartenazos y ya verás cómo se te quita la tontería de los nervios. Esto es cosa del estirado de tu marido, que no sabe en qué gastar los cuartos.

Y hablando del rey de Roma. Por la gran escalinata de caracol descendió Arturo. Llevaba unos mocasines sin calcetines que costaban más que el tractor nuevo de Paco, un pantalón chino de un color beige inmaculado y una camisa de lino abierta estratégicamente para mostrar un pecho libre de vello y un reloj de oro macizo. Su pelo, engominado hacia atrás con precisión milimétrica, no se movía ni un milímetro a pesar del calor. Arturo tenía esa cara de no haber roto un plato en su vida, pero de haber vendido la vajilla entera por detrás.

Arturo puso cara de cordero degollado en cuanto pisó el último escalón. Se acercó a Carmen y le puso una mano en el hombro, dando un suspiro que sonó tan falso como un billete de tres euros.

—Paco, Remedios, por favor —dijo Arturo, con una voz suave y meliflua, modulada para sonar comprensiva—. Sé que esto es un trance doloroso para todos. Es un triste adiós, inesperado para vosotros, lo comprendo. Pero la salud de Carmen es lo primero. Está agotada. Las galas benéficas, la organización del club de campo, la elección de las cortinas de la casa de verano… ha sido demasiada presión para su frágil mente.

Remedios dejó de abanicarse de golpe y lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Elegir cortinas agota, Arturo? Porque yo llevo treinta años lidiando con la almazara, criando a tres hijos y aguantando al ceporro de mi marido, y mírame, no me hace falta irme a chupar frío a las montañas para que me toquen las campanitas.

—Doña Remedios, la mente humana es un misterio —rebatió Arturo, ensayando una sonrisa triste y condescendiente—. El doctor Klinik ha sido muy claro. Carmen necesita desconectar del mundo terrenal. Sin teléfono, sin visitas, sin contacto. Solo la pureza del aire alpino durante… el tiempo que sea necesario. Puede que años.

Carmen rompió a llorar de nuevo y se abrazó a su madre.

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