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Gastaron TODA SU FORTUNA en tutores privados para su hijo favorito en Valencia y descubren una verdad humillante que arruina a la familia

Gastaron TODA SU FORTUNA en tutores privados para su hijo favorito en Valencia y descubren una verdad humillante que arruina a la familia

Parte 1

En Valencia, donde uno puede discutir durante veinte minutos si la paella lleva o no lleva cebolla y aun así seguir siendo una persona de paz, vivía la familia Ferrer en un piso amplio de la avenida de Aragón, con vistas suficientes como para presumir, pero no tantas como para que Hacienda se interesara demasiado.

El padre, don Ernesto Ferrer, era un hombre que caminaba como si siempre acabara de firmar algo importante. No era rico de esos que salen en revistas con yates y camisas blancas abiertas hasta el ombligo, pero sí de los que en Navidad dejaban caer, como quien no quiere la cosa, que “este año la cesta de empresa ha venido flojita, pero claro, cuando uno está acostumbrado a otras cosas…”. Había heredado una gestoría pequeña de su padre, que con los años había convertido en una gestoría mediana, y una barriga orgullosa que parecía tener vida propia cada vez que se sentaba a la mesa.

Su mujer, doña Amparo Beltrán, era todavía más peligrosa, porque era de esas personas que sonríen mientras te están midiendo el mantel, el peinado, el jamón, la educación de tus hijos y el precio aproximado de tus cortinas. Tenía una habilidad extraordinaria para convertir cualquier conversación familiar en una competición olímpica.

—Pues mi Lucas ha empezado con matemáticas avanzadas —decía en las comidas.

—Pero si está en primero de carrera —respondía su cuñada Tere.

—Precisamente, Tere. Precisamente. Hay que ir por delante. El que va al día, ya va tarde.

Y luego sonreía, cogía una aceituna y la mordía con la satisfacción de quien acaba de conquistar un territorio.

Lucas Ferrer Beltrán era el único hijo de Ernesto y Amparo, y por tanto no era simplemente un hijo: era un proyecto empresarial, una inversión emocional, una estatua en construcción, un monumento al apellido Ferrer con zapatillas deportivas. Desde pequeño le habían llamado “el niño brillante”, aunque Lucas había sido brillante más bien en cosas concretas: desmontar mandos a distancia, inventarse excusas para no ir a judo, ganar partidas online y memorizar de forma sospechosamente rápida los horarios en los que su madre no estaba en casa.

Pero para Amparo, Lucas era un diamante en bruto. Para Ernesto, era “el futuro de la familia”. Para la tía Tere, que no tenía filtro ni ganas de tenerlo, Lucas era “un chaval normal al que vais a dejar más quemado que una torrà en agosto”.

—Tere, por favor —decía Amparo—. Que tú siempre has sido muy campechana.

—Campechana no, realista. Que al chico le estáis metiendo una presión que no se la meten ni a un melón para saber si está bueno.

Lucas escuchaba esas conversaciones desde el pasillo, con los auriculares puestos y el alma fuera del cuerpo. Tenía veintiún años, estudiaba Administración y Dirección de Empresas en una universidad privada de Valencia y llevaba tres cursos intentando que nadie notara un detalle pequeño, minúsculo, casi anecdótico: que no entendía absolutamente nada.

No era tonto. Eso le dolía especialmente. Lucas sabía que no era tonto. Era rápido, tenía imaginación, sabía resolver problemas prácticos, arreglar un ordenador, editar vídeos, montar una tienda online en una tarde y convencer a un repartidor de que subiera el pedido aunque “en teoría” tenía que bajar él. Pero sentarse delante de apuntes de contabilidad financiera le producía la misma sensación que mirar una lavadora centrifugando con la esperanza de entender el sentido de la vida.

El problema no era solo la carrera. El problema era el teatro.

Cada noche, a las nueve, su madre entraba en su habitación como una inspectora académica con perfume caro.

—¿Qué tal el estudio, cariño?

Lucas cerraba una ventana de videojuegos, abría un PDF cualquiera y ponía cara de concentración.

—Bien, mamá. Hoy hemos visto análisis de balances.

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