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El calor en el centro de Madrid, un domingo de julio, no es simplemente una temperatura.

PARTE 1

El calor en el centro de Madrid, un domingo de julio, no es simplemente una temperatura.

Es una presencia física que se te sienta en el regazo y te aprieta el cuello con manos sudorosas.

En el piso de Doña Virtudes, el aire acondicionado es un concepto abstracto, algo que le ocurre a la gente que no teme al «reuma».

Ella sostiene que el aire frío artificial es un invento de las farmacéuticas para vender paracetamol en agosto.

Así que allí estábamos, en un tercer piso sin ascensor de la calle de la Ballesta.

Rodeados de muebles de roble que han sobrevivido a tres guerras y cinco mudanzas.

El ambiente olía a una mezcla letal de sofrito de ajo, cera para muebles y el perfume de nardos de la suegra.

Un perfume que, en distancias cortas, debería estar prohibido por la Convención de Ginebra.

Clara intentaba mantener la compostura mientras una gota de sudor le bajaba por la columna vertebral.

Javier, su marido, estaba en ese estado de trance hipnótico que solo los hijos varones alcanzan ante un plato de paella.

Era una paella que Virtudes llamaba «arroz con cosas» para no herir sensibilidades valencianas, aunque llevaba hasta trozos de salchicha.

El ventilador de aspas metálicas, un modelo de los años setenta, giraba con un quejido asmático.

Cada vez que pasaba por delante de Clara, le daba un segundo de alivio antes de volver a lanzarle aire caliente de nuevo.

La mesa estaba puesta con el mantel de los domingos, ese que tiene bordados que se te clavan en los antebrazos.

Había un silencio tenso, solo roto por el tintineo de los cubiertos contra la porcelana de la Cartuja.

Clara dejó su móvil sobre la mesa, justo al lado de su copa de vino tinto con Casera.

Fue un error estratégico de manual.

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