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Fui DESPEDIDO INJUSTAMENTE en Andalucía y mi supuesta MEJOR AMIGA difundió falsos rumores crueles para QUEDARSE CON MI PUESTO

Fui DESPEDIDO INJUSTAMENTE en Andalucía y mi supuesta MEJOR AMIGA difundió falsos rumores crueles para QUEDARSE CON MI PUESTO

Parte 1: El pitufo mixto de Judas y el despido más surrealista de Andalucía

A ver, que alguien me lo explique, porque yo todavía, a día de hoy, sigo sin asimilarlo. Os juro por la cobertura de mi móvil que si me dicen que esto es un capítulo de una telenovela barata de esas que ponen a la hora de la siesta, me lo creo. Pero no, me ha pasado a mí. A Javier. Un tío normal, de los que bajan a por el pan en chanclas, pagan sus impuestos (cuando se acuerdan de los plazos) y curraba como un animal en Sol y Sal Tours, una agencia de viajes boutique en pleno centro de Málaga.

Dejadme que os ponga en situación. Era martes. Uno de esos martes de principios de junio en los que el terral malagueño ya empieza a avisar de que el verano te va a derretir hasta los empastes. El asfalto de la calle Larios casi te devolvía la mirada de lo que brillaba, y yo llegué a la oficina sudando como un pollo asado en un asador de carretera.

Pero no pasaba nada, porque yo tenía mi rutina. Y mi rutina era sagrada. Antes de subir al infierno congelado de la oficina (porque don Roberto, el jefe, ponía el aire acondicionado a nivel “pingüino en la Antártida”), me tocaba el desayuno en el Bar Manolo con ella. Con Carmen.

Ay, Carmen. Mi “superamiga”. Mi cómplice de oficina. La persona a la que le había confiado hasta la contraseña de mi Netflix y con la que compartía un Excel secreto para calcular cuánto nos faltaba para la jubilación (spoiler: mucho). Llevábamos cinco años aguantando chaparrones juntos. Si a ella le tocaba un cliente británico de esos que se creen que Andalucía es un parque temático de sangría y toros, yo le pasaba un ibuprofeno por debajo de la mesa. Si a mí me caía el marrón de organizar la logística de cincuenta jubilados alemanes en Mijas, ella me traía un café doble. Éramos Zipi y Zape, el Dúo Dinámico, la Pili y la Mili de la gestión turística.

Aquella mañana, entré en el bar y ahí estaba ella. Llevaba una blusa de flores, el pelo recogido en un moño que le daba un aire de “no me ha dado tiempo a peinarme pero estoy monísima igual”, y ya había pedido por los dos.

—Hombre, el futuro Senior Manager —me saludó, levantando su taza de café con leche a modo de brindis—. Te he pedido el pitufo mixto, que hoy tienes cara de necesitar hidratos.

—Calla, calla, que no he pegado ojo —me senté, dejándome caer en la silla de aluminio que chirrió contra el suelo de baldosas—. Tengo la revisión con don Roberto a la una. Te juro que si no me da el puesto de Coordinador Senior, me abro un OnlyFans de fotos de mis pies. No aguanto más el sueldo base, Carmen. Que el alquiler me ha subido cincuenta pavos y mi casero dice que es “por la inflación del mercado”. ¡Qué mercado, si el piso huele a cañerías viejas!

Carmen se rió, esa risa suya tan contagiosa, y me dio un apretón en el brazo.

—Tío, lo tienes en el bote. Te lo juro por mi madre. Te estás dejando la piel. El mes pasado cerraste el grupo de los suecos VIP, ¿te crees que el rancio de Roberto no lo sabe? Eres el mejor de la oficina, Javi. Yo es que no concibo a otro de Senior que no seas tú. Vamos, es que si se lo da al pringado de Marcos, yo misma le monto una huelga.

—Ay, Carmencita, qué haría yo sin ti —le dije, dándole un bocado al pan tostado con jamón y queso, sintiendo que, a pesar del estrés, la vida no estaba tan mal. Tenía trabajo, tenía a mi mejor amiga, y el pitufo estaba en su punto.

Pagamos a medias, como siempre. Dejamos veinte céntimos de propina en el platillo y subimos a la oficina. La mañana transcurrió con la normalidad de un martes cualquiera: tres llamadas de clientes que no sabían leer un billete electrónico, un problema con un proveedor de autobuses que se había quedado tirado en Antequera, y Paco, el de informática, paseándose por ahí diciendo que reiniciáramos los ordenadores porque “el servidor iba a pedales”.

A las doce y cincuenta, mi teléfono de extensión sonó. Era Encarni, la de Recursos Humanos.

—Javi, corazón, dice don Roberto que te pases ya por su despacho.

Me sudaron las manos. Miré a Carmen, que estaba en la mesa de enfrente. Le hice un gesto de cruzar los dedos. Ella me devolvió una sonrisa enorme, levantó los dos pulgares y articuló con los labios: «¡A por todas, guapo!».

Caminé hacia el despacho de don Roberto por el pasillo de moqueta azul. Don Roberto era el típico empresario andaluz de la vieja escuela. Traje que le quedaba un poco grande, gomina en el pelo aunque ya escaseaba, y un cuadro enorme de un barco en su pared. Cuando abrí la puerta, no estaba solo. Encarni, la de Recursos Humanos, estaba sentada a su derecha, con una carpeta de cartón y una cara tan seria que parecía que estaba en un funeral.

—Pasa, Javier. Cierra la puerta —dijo Roberto. Su voz no tenía el tono paternal de “te voy a ascender”. Tenía el tono de “te voy a leer tus derechos”.

Me senté. El cuero de la silla crujió.

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