Fui DESPEDIDO INJUSTAMENTE en Andalucía y mi supuesta MEJOR AMIGA difundió falsos rumores crueles para QUEDARSE CON MI PUESTO
Parte 1: El pitufo mixto de Judas y el despido más surrealista de Andalucía
A ver, que alguien me lo explique, porque yo todavía, a día de hoy, sigo sin asimilarlo. Os juro por la cobertura de mi móvil que si me dicen que esto es un capítulo de una telenovela barata de esas que ponen a la hora de la siesta, me lo creo. Pero no, me ha pasado a mí. A Javier. Un tío normal, de los que bajan a por el pan en chanclas, pagan sus impuestos (cuando se acuerdan de los plazos) y curraba como un animal en Sol y Sal Tours, una agencia de viajes boutique en pleno centro de Málaga.
Dejadme que os ponga en situación. Era martes. Uno de esos martes de principios de junio en los que el terral malagueño ya empieza a avisar de que el verano te va a derretir hasta los empastes. El asfalto de la calle Larios casi te devolvía la mirada de lo que brillaba, y yo llegué a la oficina sudando como un pollo asado en un asador de carretera.
Pero no pasaba nada, porque yo tenía mi rutina. Y mi rutina era sagrada. Antes de subir al infierno congelado de la oficina (porque don Roberto, el jefe, ponía el aire acondicionado a nivel “pingüino en la Antártida”), me tocaba el desayuno en el Bar Manolo con ella. Con Carmen.
Ay, Carmen. Mi “superamiga”. Mi cómplice de oficina. La persona a la que le había confiado hasta la contraseña de mi Netflix y con la que compartía un Excel secreto para calcular cuánto nos faltaba para la jubilación (spoiler: mucho). Llevábamos cinco años aguantando chaparrones juntos. Si a ella le tocaba un cliente británico de esos que se creen que Andalucía es un parque temático de sangría y toros, yo le pasaba un ibuprofeno por debajo de la mesa. Si a mí me caía el marrón de organizar la logística de cincuenta jubilados alemanes en Mijas, ella me traía un café doble. Éramos Zipi y Zape, el Dúo Dinámico, la Pili y la Mili de la gestión turística.
Aquella mañana, entré en el bar y ahí estaba ella. Llevaba una blusa de flores, el pelo recogido en un moño que le daba un aire de “no me ha dado tiempo a peinarme pero estoy monísima igual”, y ya había pedido por los dos.
—Hombre, el futuro Senior Manager —me saludó, levantando su taza de café con leche a modo de brindis—. Te he pedido el pitufo mixto, que hoy tienes cara de necesitar hidratos.
—Calla, calla, que no he pegado ojo —me senté, dejándome caer en la silla de aluminio que chirrió contra el suelo de baldosas—. Tengo la revisión con don Roberto a la una. Te juro que si no me da el puesto de Coordinador Senior, me abro un OnlyFans de fotos de mis pies. No aguanto más el sueldo base, Carmen. Que el alquiler me ha subido cincuenta pavos y mi casero dice que es “por la inflación del mercado”. ¡Qué mercado, si el piso huele a cañerías viejas!
Carmen se rió, esa risa suya tan contagiosa, y me dio un apretón en el brazo.
—Tío, lo tienes en el bote. Te lo juro por mi madre. Te estás dejando la piel. El mes pasado cerraste el grupo de los suecos VIP, ¿te crees que el rancio de Roberto no lo sabe? Eres el mejor de la oficina, Javi. Yo es que no concibo a otro de Senior que no seas tú. Vamos, es que si se lo da al pringado de Marcos, yo misma le monto una huelga.
—Ay, Carmencita, qué haría yo sin ti —le dije, dándole un bocado al pan tostado con jamón y queso, sintiendo que, a pesar del estrés, la vida no estaba tan mal. Tenía trabajo, tenía a mi mejor amiga, y el pitufo estaba en su punto.
Pagamos a medias, como siempre. Dejamos veinte céntimos de propina en el platillo y subimos a la oficina. La mañana transcurrió con la normalidad de un martes cualquiera: tres llamadas de clientes que no sabían leer un billete electrónico, un problema con un proveedor de autobuses que se había quedado tirado en Antequera, y Paco, el de informática, paseándose por ahí diciendo que reiniciáramos los ordenadores porque “el servidor iba a pedales”.
A las doce y cincuenta, mi teléfono de extensión sonó. Era Encarni, la de Recursos Humanos.
—Javi, corazón, dice don Roberto que te pases ya por su despacho.
Me sudaron las manos. Miré a Carmen, que estaba en la mesa de enfrente. Le hice un gesto de cruzar los dedos. Ella me devolvió una sonrisa enorme, levantó los dos pulgares y articuló con los labios: «¡A por todas, guapo!».
Caminé hacia el despacho de don Roberto por el pasillo de moqueta azul. Don Roberto era el típico empresario andaluz de la vieja escuela. Traje que le quedaba un poco grande, gomina en el pelo aunque ya escaseaba, y un cuadro enorme de un barco en su pared. Cuando abrí la puerta, no estaba solo. Encarni, la de Recursos Humanos, estaba sentada a su derecha, con una carpeta de cartón y una cara tan seria que parecía que estaba en un funeral.
—Pasa, Javier. Cierra la puerta —dijo Roberto. Su voz no tenía el tono paternal de “te voy a ascender”. Tenía el tono de “te voy a leer tus derechos”.
Me senté. El cuero de la silla crujió.
—Tú dirás, Roberto. Ya estamos a final de mes, supongo que es para hablar de lo del puesto de…
—Javier, te voy a ser muy claro y muy directo, porque no me gustan los rodeos y menos con estas cosas —me interrumpió, cruzando las manos sobre la mesa de caoba—. La empresa ha tomado la decisión de prescindir de tus servicios. Es un despido disciplinario, con efectos inmediatos.
El cerebro humano es una máquina fascinante. En ese instante, mi cerebro no procesó las palabras “despido disciplinario”. Mi cerebro pensó: ¿Qué ha dicho? ¿Prescindir? ¿Eso es un nuevo bono por productividad?.
—Perdona… ¿cómo? —logré articular, parpadeando rápido, sintiendo que el aire acondicionado me estaba congelando el alma de golpe.
Encarni abrió la carpeta. Ni me miró a los ojos.
—Javier, tenemos pruebas concluyentes de una falta muy grave de deslealtad hacia la empresa y abuso de confianza —dijo Encarni, con voz de contestador automático—. Concretamente, desvío de clientes VIP a una agencia de la competencia a cambio de comisiones ocultas, y difamación grave contra la dirección de Sol y Sal Tours en canales digitales.
Me quedé mudo. Literalmente, la boca se me secó como si me hubiera comido un polvorón en pleno agosto.
—¿Desvío de qué? ¿De clientes? ¡Pero si yo no salgo de mi mesa! ¡Si el único desvío que hago es para ir a la máquina de café! —exclamé, poniéndome medio de pie—. Roberto, por Dios, llevas conociéndome cinco años. ¿Me estás diciendo en serio que crees que yo estoy robando clientes ingleses para otra agencia? ¡Si apenas sé decir ‘thank you’ sin que suene a cateto!
Roberto me miró con una frialdad que me dio escalofríos.
—No te hagas el tonto, Javier. He visto los correos. Y he escuchado los audios. Me parece vergonzoso. No solo nos robas, sino que además vas diciendo por ahí que soy un “explotador rancio” y que la empresa se va a pique.
—¡Pero qué audios! ¡Enséñamelos! ¡Esto es una locura, es una difamación! ¡Alguien me ha hackeado o algo! —yo ya estaba gritando, gesticulando como un loco.
—No vamos a entrar en debates, Javier —cortó Roberto, levantándose—. Encarni te va a dar los papeles. Fírmalos como “no conforme” si quieres, me da igual. Tienes diez minutos para recoger tus cosas. Tu acceso al ordenador ya ha sido bloqueado por Paco. Y da gracias a que no te denuncio por la vía penal, por consideración a los años que llevas aquí.
Me echaron. Así de simple. En menos de quince minutos pasé de futuro Senior Manager a paria de la sociedad. Salí del despacho con un sobre de papel manila y una caja de cartón de folios Din-A4 donde Encarni me había obligado a meter mi taza del Mandaloriano, mis bolis de colores y una planta crasa que estaba más muerta que viva.
Mientras caminaba por el pasillo hacia la salida, sentí las miradas de toda la oficina. Era el “paseíllo de la vergüenza”. Miré hacia la mesa de Carmen. Estaba de espaldas, tecleando frenéticamente, con los cascos puestos.
—¡Carmen! —la llamé, con la voz quebrada.
Ella se giró, se quitó los cascos y me miró con los ojos abiertos de par en par, llevándose las manos a la boca en un gesto de absoluta sorpresa y horror.
—¿Javi? Javi, ¿qué pasa? ¿Qué es esa caja? —susurró, levantándose a medias.
—Me han echado, tía. Me han despedido. Dicen que robo clientes. Una puta locura. Te llamo luego —le dije, aguantando las lágrimas por pura cabezonería, porque no le iba a dar a Roberto el gusto de verme llorar.
—¡No me lo puedo creer! ¡Dios mío, Javi, escríbeme en cuanto llegues a casa! ¡Esto es una injusticia! —gritó Carmen, lo suficientemente alto para que un par de compañeros la oyeran. Parecía destrozada.
Salí a la calle Larios. El calor me golpeó en la cara. Me senté en un banco, dejé la caja de cartón a mi lado, saqué el móvil y, por primera vez en mis treinta y dos años, me eché a llorar en medio de la calle como un niño chico al que se le ha caído el helado. Mi carrera, mi alquiler, mi reputación… todo a la mierda. Y yo no tenía ni la más remota idea de por qué.
Parte 2: El SEPE, el hummus de la verdad y las piezas del puzzle
Los siguientes siete días de mi vida fueron un borrón de pijama, Netflix, comida a domicilio y la burocracia más frustrante que existe sobre la faz de la tierra: el SEPE. El Servicio Público de Empleo Estatal. Si Dante hubiera sido español, el noveno círculo del infierno habría sido la página web del SEPE intentando pedir una cita previa.
Mi rutina cambió drásticamente. De levantarme a las siete para ducharme e ir a la oficina, pasé a levantarme a las once, mirar el techo y decir “bueno, otro día más siendo un parásito de la sociedad”. Me pasaba las horas dándole a F5 en la web del paro, viendo cómo el mensaje “En este momento no hay citas disponibles” se reía en mi cara.
Pero lo peor no era el paro. Lo peor era la cabeza. La maldita cabeza dándole vueltas a lo mismo. ¿Qué audios? ¿Qué correos? ¿Quién me odiaba tanto en la oficina como para montar semejante película de espías para que me echaran?
Carmen vino a verme un par de veces. La primera vez se presentó un jueves por la tarde con una botella de vino blanco barato del súper y una bolsa de patatas fritas. Se sentó en mi sofá, que tiene un muelle suelto que siempre te clavas en el muslo, y me abrazó fuerte.
—Javi, es que la oficina es un velatorio sin ti —me decía, sirviéndose una copa generosa—. Es que no veas cómo está el ambiente. Roberto está inaguantable.
—Es que no lo entiendo, Carmen —yo le daba vueltas a mi copa, mirando el líquido amarillento—. ¿A quién he cabreado yo? Si yo me llevo bien con todo el mundo. Bueno, con el de Contabilidad no mucho porque es un saborío, pero ¿montar un complot falso de robar clientes VIP? Eso requiere esfuerzo, tía. Requiere falsificar cosas.
Carmen suspiró, puso cara de tragedia griega y me acarició la rodilla.
—Tío, hay mucha envidia mala. Tú ibas directo al puesto de Senior. A alguien le molestó. Y fíjate… es que Roberto es tonto. ¿Cómo se cree que tú le vas a llamar “explotador rancio” a sus espaldas? Aunque, bueno… a ver, entre tú y yo, a veces se te calentaba un poco la boca cuando íbamos de cañas, Javi. Ya sabes que en este sector todo se sabe.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se me calentaba la boca? Carmen, yo siempre me he quejado del sueldo, como todos. Pero nunca he dicho nada de irme a la competencia ni de hundirle el chiringuito.
—Ya, ya, claro, gordi. Yo lo sé. Yo te conozco —dijo ella rápidamente, dándole un buen trago al vino—. Pero la gente es muy mala. Y, ostras, con lo que le dijiste a los ingleses esos del grupo de Mijas… a saber cómo lo interpretaron.
Me quedé paralizado con la copa a medio camino de mi boca.
—Espera. ¿Qué ingleses de Mijas?
Carmen parpadeó. Un tic casi imperceptible le cruzó el ojo izquierdo. Tragó saliva.
—Eh… no, los clientes esos… los VIP. Los que dijeron que habías desviado.
—Carmen. Yo nunca te dije que los clientes que supuestamente desvié eran los ingleses de Mijas. Yo no sabía ni qué clientes eran. Roberto nunca me dio nombres en el despacho. Solo dijo “clientes VIP”. Y a ti solo te dije por teléfono que me acusaban de robar clientes. ¿Cómo sabes tú que en la acusación figuraban los ingleses de Mijas?
El silencio que se hizo en mi salón fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo jamonero. Carmen me miró. Yo la miré. De repente, la temperatura de la habitación pareció bajar veinte grados.
—Ay, hijo, pues porque… porque en la oficina los rumores vuelan, Javi, ¡por favor! —saltó ella, con una risa nerviosa que sonó más falsa que un billete de tres euros—. A las dos horas de irte, ya lo sabía hasta el apuntador. Marcos lo escuchó de Recursos Humanos y me lo contó. Eso es. Marcos me lo dijo.
Me relajé un poco. Tenía sentido. La oficina de Sol y Sal era un patio de vecinas. Cualquiera podía haberse enterado de los detalles del expediente.
—Ya… joder. Puto Marcos. Puta oficina —suspiré, pasándome las manos por la cara—. Solo espero que el karma se la devuelva al que me haya hecho esto.
—El karma es muy sabio, nene, tú tranquilo —dijo Carmen, dándome otro abrazo, aunque esta vez lo sentí rígido, como si abrazara a un maniquí de escaparate.
Se fue poco después, diciendo que tenía que madrugar para “revisar unos presupuestos que don Roberto le había encasquetado”.
Dos días después, ocurrió el milagro. Mi nevera estaba más vacía que la cabeza de un tronista, así que tuve que reunir fuerzas, ponerme unos vaqueros decentes y bajar al Mercadona. Iba yo con mi carrito verde, navegando entre señoras que te embisten en el pasillo de los yogures sin piedad alguna, cuando llegué a la zona de refrigerados. El santuario del hummus Hacendado. Iba a coger el de pimiento asado cuando una mano peluda agarró la misma tarrina.
Levanté la vista. Era Paco. Paco, el informático de la empresa. El hombre que vivía a base de Monster Energy y que me bloqueó el ordenador el día de mi ejecución.
—Hostia, Javi —dijo, dando un paso atrás, como si yo fuera radiactivo. Llevaba una camiseta de Star Wars descolorida y tenía cara de no haber dormido desde 1998.
—Hola, Paco. Tranquilo, quédate el hummus. Ya me llevo yo el clásico —le dije, intentando sonreír, pero la verdad es que verle me revolvió el estómago. Me recordaba a todo lo que había perdido.
Paco agarró el hummus de pimiento y se quedó ahí de pie, mirándose las zapatillas. Se le notaba incómodo de narices. Paco nunca fue un tipo de muchas palabras, pero era buen tío. En las cenas de empresa siempre acabábamos hablando de videojuegos.
—Oye, Javi… que… que siento mucho lo que pasó, tío. En serio. Me mandaron cortar tus accesos y tuve que hacerlo. Son órdenes de arriba.
—Lo sé, Paco. No es culpa tuya. Es mi puto jefe que se volvió loco y se creyó unas pruebas falsas que a saber de dónde han salido —dije, encogiéndome de hombros, resignado a mi suerte.
Paco me miró de reojo. Miró a los lados del pasillo, como comprobando que no hubiera ningún comando de operaciones especiales de don Roberto escondido entre las pizzas congeladas.
—Joder, Javi… vaya tela lo de los audios —murmuró Paco bajito.
—A mí no me hables de audios, Paco, que todavía no sé qué coño de audios son. Yo no mandé ningún audio.
Paco frunció el ceño. De repente, su expresión de incomodidad cambió a una de pura confusión.
—Pero tío… si los audios salieron de tu propio móvil. De tu WhatsApp.
—¿De qué estás hablando, Paco? —mi corazón empezó a latir a mil por hora.
Paco tragó saliva ruidosamente.
—A ver, yo no debería contarte esto por la política de confidencialidad de datos y tal… pero a la mierda. Roberto me pidió que revisara unas cosas técnicas de las pruebas para anexarlas al expediente de despido y ver si eran legales. Los audios se los mandó alguien a don Roberto por correo, sí. Pero el remitente original, quiero decir, quien le enseñó los audios a Roberto en su teléfono por primera vez, no fue alguien anónimo.
—¿Quién fue, Paco? Dímelo.
Paco bajó la voz hasta convertirla en un susurro ronco, acercándose a mí sobre el carrito verde del Mercadona.
—Fue Carmen, tío. Carmen le llevó las capturas de pantalla de los ingleses VIP y le puso a Roberto unas notas de voz que tú le habías mandado a ella por WhatsApp privado. Esos audios donde supuestamente llamabas explotador a Roberto. Carmen se los enseñó como “acto de lealtad a la empresa” porque, según ella, no podía soportar que tú estuvieras estafando a don Roberto.
Me quedé allí, en medio del pasillo de los lácteos, congelado. El frío de las neveras se me metió en los huesos.
—Paco… ¿estás seguro de lo que estás diciendo? ¿Carmen? ¿Mi Carmen? —apenas podía sacar la voz de la garganta.
—Completamente seguro, Javi. Vi los metadatos. Y vi a Carmen salir del despacho de Roberto el día antes de que te echaran, con una sonrisa de oreja a oreja. Lo siento mucho, tío. De verdad. Ten cuidado con las amistades en la ofi.
Paco se dio la vuelta, con su tarrina de hummus, y desapareció por el pasillo de las galletas. Yo me quedé allí de pie durante no sé cuánto tiempo. Sentí una náusea profunda, un vacío en el pecho que me quitaba la respiración. Mi mejor amiga. La persona a la que le contaba mis miserias. La que brindó conmigo con un pitufo mixto la misma mañana que sabía que me iban a despedir.
Dejé el carro tirado en medio del pasillo. Salí del Mercadona caminando rápido, luego empecé a correr. Necesitaba aire. Necesitaba entender la magnitud de la puñalada que me acababan de clavar por la espalda.
Parte 3: La churrería delatora y el plan de la traidora
Cuando llegué a casa, mi cerebro iba a seiscientos kilómetros por hora. No me senté a llorar. La tristeza se había evaporado como una gota de agua en una plancha caliente, y en su lugar había nacido una rabia ardiente, una furia malagueña que me recorría cada maldita vena del cuerpo.
Abrí mi portátil. Me conecté a LinkedIn. Fui al perfil de Carmen. Y ahí estaba. Su foto de perfil, sonriendo con sus dientes perfectamente blanqueados, y debajo, un titular que me hizo hervir la sangre:
“Senior Manager at Sol y Sal Tours | Experta en Liderazgo Turístico”
Fecha de actualización: Hace 3 días.
¡Hija de la gran puta! ¡Tres días! Apenas se había enfriado el sillón de mi escritorio y ya se había adjudicado el puesto. Todo cobraba un sentido macabro. El despido no fue una coincidencia, ni un error administrativo, ni una mala interpretación. Fue un asesinato corporativo, premeditado y ejecutado con la precisión de un cirujano psicópata. Carmen quería mi puesto. Sabía que Roberto me lo iba a dar a mí. Así que me quitó de en medio fabricando un escándalo.
Pero necesitaba más pruebas. Necesitaba saber exactamente cómo lo había hecho. Y para eso, necesitaba al oráculo de la oficina. A la mujer que lo veía todo, lo escuchaba todo y sabía qué marca de papel higiénico usaba cada empleado de Sol y Sal Tours. Necesitaba a Laura, la recepcionista.
Laura y Carmen se odiaban. Era un odio cordial, de sonrisas tensas y “buenos días, preciosa” cargados de veneno. Si alguien sabía la verdad, era Laura.
La llamé. Le dije que necesitaba verla, que era urgente y que la invitaba a merendar donde ella quisiera. Laura, que no pierde la oportunidad de un buen chisme ni de unos buenos churros, me citó a las seis de la tarde en una churrería de Teatinos, a kilómetros de la oficina, en un territorio “seguro”.
Cuando llegué, Laura ya estaba allí, atacando una rueda de tejeringos (como llamamos a los churros en Málaga) con un chocolate espeso que parecía petróleo.
—Siéntate, Javi. Tienes una cara de muerto viviente que no puedes con ella —me dijo, empujando un plato con churros hacia mí—. Come, que las penas con azúcar duelen menos.
Me senté. Fui directo al grano.
—Laura, lo sé todo. Sé lo de Carmen. Paco el informático me ha tirado de la manta.
Laura paró de masticar. Me miró, limpiándose el azúcar de los labios con una servilleta de papel. Sus ojos brillaron con esa luz peligrosa que solo tienen las marujas de oficina cuando por fin pueden soltar una bomba atómica.
—Ya era hora de que te cayeras del guindo, niño —suspiró Laura, apoyando los codos en la mesa—. Yo no quería decirte nada el día que te fuiste porque estabas en shock, y porque, sinceramente, no pensé que fueras a creerme. Teníais una secta montada vosotros dos.
—Cuéntamelo todo, Laura. Por favor. Necesito saber cómo lo ha hecho. ¿Cómo coño ha falsificado unos audios míos llamando explotador a Roberto? ¿Y los correos de los clientes VIP?
Laura tomó un sorbo de chocolate, saboreando el momento.
—A ver, Javi, tú pecas de inocente. Piensa, ¿cuándo fue la última vez que te quejaste de algo por nota de voz con Carmen?
Cerré los ojos, haciendo memoria.
—Miles de veces. Hablábamos a diario. Pero de Roberto… no. De Roberto solo decía que era un rancio con el aire acondicionado o que era un tacaño con las comisiones. Pero “explotador”…
Me detuve. Un recuerdo me golpeó como un rayo.
Hace tres meses. Viernes por la noche. Yo estaba de cañas. Mi casero, don Anselmo, me acababa de subir el alquiler amenazándome con echarme del piso. Yo estaba furioso. Le mandé una nota de voz a Carmen larguísima, desahogándome.
“Carmen, tía, estoy hasta los huevos del viejo este. Es un explotador rancio. Se cree que por tener cuatro duros y un negocio de mierda puede tratar a la gente como esclavos. Ojalá se le hunda el chiringuito y se quede en la ruina, te lo juro, es que le robaba yo mismo la cartera si pudiera.”
Abrí los ojos, horrorizado.
—El casero… —murmuré.
—Bingo —sonrió Laura, sin una pizca de gracia—. Yo la escuché en el baño. A la muy zorra. Estaba encerrada en un cubículo, reproduciendo tu audio y grabándolo con el móvil de empresa usando otro programa para recortar el trozo donde decías “mi casero”. Dejó solo la parte donde insultabas a un “viejo”, a un “explotador rancio” con un “negocio de mierda”. Blanco y en botella, para el ego frágil de don Roberto, ese audio hablaba de él.
Me llevé las manos a la cabeza. La bilis me subía por la garganta.
—Pero ¿y los correos de los ingleses? ¿Las pruebas del desvío de clientes? —pregunté, desesperado.
—Eso fue obra de arte de la maldad pura —continuó Laura—. ¿Tú te acuerdas de cuando te dejaste tu ordenador abierto para ir a comprarle a ella misma unas pastillas para el dolor de cabeza a la farmacia, hace dos semanas?
—Sí…
—Pues en esos quince minutos, la muy perra se metió en tu correo de empresa. Redactó correos a una supuesta “agencia paralela” enviando los presupuestos de los clientes VIP de Mijas, los borró de tu bandeja de salida y de los eliminados, pero imprimió capturas de pantalla antes. Luego, armó una carpeta monísima, y se fue a llorar lágrimas de cocodrilo al despacho de Roberto. Le dijo: “Don Roberto, me duele en el alma, Javi es como mi hermano, pero la lealtad a esta empresa es lo primero. He descubierto esto de casualidad y no podía vivir con la culpa”.
El nivel de psicopatía de Carmen me dejaba sin aire. Mientras yo le compraba ibuprofeno porque le “dolía la cabeza”, ella estaba orquestando mi ejecución laboral en mi propia silla.
—Y Roberto se lo tragó enterito, claro —dije, sintiendo una mezcla de asco hacia Carmen y desprecio absoluto hacia la estupidez de mi exjefe.
—Enterito y con patatas, Javi. Roberto estaba paranoico últimamente con que la competencia le comía terreno. Carmen le dio el chivo expiatorio perfecto. Y, oh sorpresa, al día siguiente de echarte, Carmen se ofrece “heroicamente” para asumir tu carga de trabajo y salvar las cuentas VIP. Dos días después, firma la promoción a Senior Manager con una subida de sueldo del treinta por ciento.
Golpeé la mesa de la churrería con el puño. Las tazas de chocolate tintinearon. Un par de jubilados de la mesa de al lado me miraron mal, pero me daba exactamente igual.
—Esto no se va a quedar así, Laura. Te juro por lo más sagrado que esta me la paga. No sé cómo, pero me la va a pagar. No me voy a quedar en el paro comiendo mierda mientras esa arpía se gasta el sueldo de mi ascenso en bolsos de Bimba y Lola.
Laura me miró fijamente. Una sonrisa depredadora apareció en su rostro.
—Esa es la actitud, león. Por eso he venido a hablar contigo. Porque si tú quieres hundirla… yo te abro la puerta. Tengo las llaves del castillo, Javi. Literalmente.
—¿Qué quieres decir?
Laura se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.
—Este viernes es la fiesta de verano de Sol y Sal Tours. El famoso “afterwork” de empresa en el chiringuito ‘El Salaíto’ en la Malagueta. Van a estar todos. Roberto va a dar un discurso para anunciar oficialmente la promoción de Carmen. Están invitados los socios y algunos de los clientes más gordos.
—¿Y qué sugieres? ¿Que vaya y le tire un plato de boquerones fritos en la cabeza? —pregunté, sarcástico, aunque la idea no me desagradaba del todo.
—No, corazón. Eso es de primero de rabieta. Nosotros vamos a ir a la universidad de la venganza. Paco el de informática te cortó el acceso al correo del ordenador… pero se le olvidó un pequeño detalle. Yo sé que tú, el año pasado, configuraste la cuenta genérica de la empresa en tu iPad personal para poder contestar urgencias los fines de semana. ¿A que sí?
Me quedé pensando. Era cierto. Configuré el IMAP en mi viejo iPad que uso para leer en la cama. Paco nunca metió ese dispositivo en el sistema centralizado porque yo lo hice manualmente.
—Sí, todavía lo tengo conectado. Sigo recibiendo algunos correos, pero no los abro por miedo a cagarla jurídicamente —admití.
—¿Sabes qué más tenemos? —Laura sacó de su bolso un pendrive de memoria de los que dan en los congresos, con el logo de una aseguradora medio borrado—. Cuando Carmen fue al baño aquel día a grabar tu audio… yo entré justo después que ella. Y Carmen, en su prisa por salir y hacerse la víctima con Roberto, se dejó algo encima de la cisterna. Su móvil de empresa. No el personal, el de empresa. Yo me lo guardé y dije que lo había encontrado en el pasillo. Pero antes de devolvérselo a Paco… me mandé a mí misma un par de cositas por AirDrop.
Mis ojos se abrieron como platos.
—¿Qué cositas?
—Las fotos que le hizo a tu pantalla para falsificar los correos de los clientes VIP, donde se ve claramente el reflejo de la funda rosa chicle del móvil de Carmen en la pantalla de tu ordenador. Y una nota de voz sin recortar, la original de tu casero, que la muy inútil se mandó a sí misma desde tu móvil antes de borrarla, para tener la base sobre la que trabajar.
Quise abrazar a Laura. Quise comprarle una casa en Marbella. Era la puta ama de la inteligencia de oficina. El CNI perdía a una agente espectacular teniéndola cogiendo el teléfono.
—Laura… eres Dios.
—No, hijo, soy una mujer andaluza que cobra el salario mínimo interprofesional y que está hasta el mismísimo coño de que las trepas como Carmen se salgan con la suya. Toma el pendrive. Prepara los cañones. El viernes a las siete de la tarde, ‘El Salaíto’ va a arder.
Parte 4: La caída de la reina y el brindis con Cruzcampo
El viernes llegó lento, agónico. Pasé las siguientes cuarenta y ocho horas preparando el terreno. No dormí. No comí. Estaba alimentado puramente por la sed de justicia y por el café solo.
Saqué mi viejo iPad del cajón. Efectivamente, la conexión al correo corporativo seguía activa. Paco, en su infinita dejadez, había cambiado la contraseña de mi usuario personal, pero el correo maestro de [email protected] seguía vinculado al servidor entrante y saliente en la tablet. Tenía acceso a la lista de contactos completa de la empresa, incluyendo los socios capitalistas de Madrid, los clientes VIP de la Costa del Sol y, por supuesto, todos los empleados.
Redacté un correo electrónico. No uno agresivo, no. Eso habría sido fácil de desestimar como las divagaciones de un exempleado rencoroso. Redacté una obra de arte literaria. Un correo frío, corporativo, exquisitamente educado, donde exponía “las graves vulneraciones de seguridad cibernética y manipulación documental que habían derivado en un despido improcedente”.
Adjunté tres archivos.
Archivo 1: El audio completo donde se me escucha decir “estoy hasta los huevos de don Anselmo, el casero, el viejo este explotador”.
Archivo 2: El audio recortado que Carmen entregó a Roberto.
Archivo 3: La foto a la pantalla de mi ordenador donde se veía claramente el documento falso de los ingleses VIP y, brillando en el reflejo de la pantalla, la inconfundible funda rosa fluorescente con un osito de gominola de la que Carmen no se separaba ni para ir a mear.
El título del correo era sencillo, limpio, letal: “Informe de irregularidades internas, fraude y espionaje corporativo en Sol y Sal Tours”.
Viernes, 19:15 horas.
Yo estaba sentado en un banco del paseo marítimo de la Malagueta, a unos cincuenta metros del chiringuito ‘El Salaíto’. El sol de la tarde bañaba la arena con una luz dorada preciosa. A lo lejos, podía ver la terraza reservada por la empresa. Globos corporativos, camareros pasando bandejas de gambas cocidas y jamón. Pude distinguir a don Roberto, trajeado y sudando, riendo a carcajadas con unos guiris que debían ser los inversores.
Y allí estaba ella. Carmen. Llevaba un vestido nuevo, blanco, ibicenco, espectacular. Tenía una copa de champán en una mano y con la otra gesticulaba, siendo el centro de atención de un corrillo de compañeros. Estaba radiante. Se creía la reina del mambo. La intocable.
Miré el reloj del iPad. 19:20. Don Roberto se acercó a un micrófono pequeño que habían puesto junto a la barra. Pidió silencio golpeando su copa con un tenedor. Desde mi posición no podía escuchar perfectamente sus palabras, pero sabía de qué iba la vaina. Iba a anunciar el gran ascenso. Vi a Carmen poner cara de falsa humildad, llevándose una mano al pecho y mirando al suelo como diciendo “oh, de verdad, no me lo merezco”.
Di un toque en la pantalla de mi iPad.
“Seleccionar todos los contactos”.
“Enviar”.
El iPad hizo ese sonido característico de un avioncito de papel saliendo disparado. Swoosh.
El correo acababa de llegar simultáneamente a sesenta y cinco personas. Empleados, jefes, inversores. A sus móviles de empresa, que todos llevaban encima en ese momento porque en Sol y Sal nadie desconecta.
Conté los segundos. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
A los veinte segundos, vi a Paco el de informática, que estaba apoyado en la barra, sacar su móvil del bolsillo al notar la vibración. Miró la pantalla. Su cara de aburrimiento habitual se transformó en un poema de Lorca. Sus ojos casi se salen de las órbitas. Se giró hacia Roberto, que seguía hablando al micrófono.
A los treinta segundos, la mitad del chiringuito había sacado el móvil. Una onda expansiva de murmullos se extendió por la terraza. Algunos se tapaban la boca. Otros señalaban a Carmen disimuladamente.
A los cuarenta y cinco segundos, Laura, la recepcionista, que estaba estratégicamente colocada al lado del equipo de sonido, “casualmente” desconectó el cable del micrófono de Roberto y conectó el cable auxiliar de su propio móvil, que estaba emparejado a los altavoces del chiringuito para la música.
Laura le dio al play al Archivo 1 que acababa de recibir por correo.
De repente, por los altavoces de mil vatios del chiringuito, a todo volumen, sobre el sonido de las olas y las gaviotas, tronó mi voz:
“…ESTOY HASTA LOS HUEVOS DE DON ANSELMO, EL CASERO, EL VIEJO ESTE EXPLOTADOR…”
Todo el mundo se quedó petrificado. Roberto, al escuchar “explotador”, se puso rojo carmesí. Se giró hacia la mesa de mezclas.
Laura le dio al siguiente botón. El Archivo 2. El audio manipulado que Carmen había presentado.
“…EL VIEJO ESTE EXPLOTADOR…” (sin mencionar al casero).
El silencio en el chiringuito era tan absoluto que solo se oía la máquina de granizados del fondo girando.
Me levanté del banco. Me sacudí la arena de los pantalones vaqueros, me ajusté la camisa y empecé a caminar tranquilamente hacia la terraza de ‘El Salaíto’.
Cuando pisé las tablas de madera de la plataforma del chiringuito, todos los ojos se clavaron en mí. Era como la entrada del sheriff en un saloon del Salvaje Oeste, pero cambiando el desierto de Arizona por la playa de la Malagueta y las pistolas por un nivel de mala hostia épico.
Carmen estaba pálida. No es que hubiera perdido color, es que parecía que se había bañado en lejía. El champán de su copa temblaba, salpicándole los dedos.
—Buenas tardes a todos —dije, en voz alta, clara, con una sonrisa fría que no me llegó a los ojos—. Siento llegar tarde a la fiesta, pero es que estaba en el paro y no sabía si me cubría el seguro de la empresa.
Roberto avanzó hacia mí, bufando como un toro miura.
—Javier. ¿Qué significa esto? ¿Qué es este correo que nos acaba de mandar el sistema interno? —rugió, agarrando su iPhone como si quisiera exprimirlo.
—Ese correo, don Roberto, es mi liquidación moral —respondí, sin pestañear, mirándole a los ojos con la superioridad del que sabe que tiene la sartén por el mango—. Le sugiero que mire el Archivo 3. Abran la foto, por favor.
La mitad de los presentes volvieron a mirar sus teléfonos. Hice zoom con los dedos en el aire, mímicamente.
—Fíjese bien en el reflejo de la pantalla del ordenador desde donde se enviaron los supuestos correos a la competencia, Roberto. ¿Ve usted esa cosa rosa brillante con un osito? ¿Le suena de alguien? Yo soy un hombre de gustos sencillos, pero le aseguro que no le pongo fundas de la Hello Kitty a mi teléfono.
Roberto miró la foto. Luego miró a Carmen. Miró la mano temblorosa de Carmen, donde su móvil, enfundado en esa abominación rosa de silicona con el osito, estaba apretado con fuerza.
—Carmen… —dijo Roberto, y su voz no fue un grito, sino un gruñido bajo y peligroso—. ¿Tú has entrado en el equipo de este chico y has enviado presupuestos de la empresa para simular un fraude corporativo?
Carmen empezó a balbucear. Fue un espectáculo patético y maravilloso a la vez.
—No… yo… Roberto, eso es un montaje de Photoshop… Él… él me odia porque me ibas a ascender a mí… Yo no… Javi, ¿por qué me haces esto, tío? ¡Yo que te he apoyado siempre! —intentó apelar a mi empatía, poniendo esos ojos llorosos de cordero degollado que tanto me habían engañado en el pasado.
Di un paso hacia ella. La miré de arriba abajo con un desprecio que habría congelado el mismísimo sol de agosto.
—No te atrevas a llamarme “tío”. Y no llores, Carmen. Que el rimmel que llevas es barato y te vas a parecer a un oso panda. Me tendiste una trampa. Destruiste mi reputación, mi tranquilidad y casi mi vida, todo por un puto puesto de Coordinador y un aumento de sueldo. Has jugado sucio, amiga. Y en el sur, a los traidores los mandamos a coger coquinas.
Me giré hacia Roberto. El jefe seguía en shock, procesando que su nueva “estrella” corporativa era una sociópata de manual y que los inversores ingleses, que estaban en la mesa de al lado, habían recibido el correo y estaban exigiendo a gritos una traducción simultánea a Laura la recepcionista.
—Don Roberto —le dije, poniéndome serio—. Mi despido, basado en pruebas fabricadas y sin comprobación técnica por su parte, es completamente nulo e improcedente. Mi abogado tiene una copia de todo esto. Y de regalo, una denuncia penal contra esta señora por usurpación de identidad, vulneración del secreto de las comunicaciones y falsedad documental. Si yo fuera usted, iría llamando a Recursos Humanos para que redacten otro despido. Y esta vez, por una falta grave de verdad.
No esperé a que Roberto contestara. No esperé a ver a Carmen derrumbarse o intentar excusarse de nuevo. Mi trabajo allí había terminado.
Caminé hacia la barra de madera del chiringuito. El camarero, un chaval jovencito que había presenciado el drama como si estuviera viendo el final de la Champions, me miraba con la boca abierta.
—Maestro —le dije, sacando un billete de cinco euros del bolsillo y dejándolo sobre el mostrador de zinc mojado—. Ponme un doble de Cruzcampo. Bien fría, de las que duelen en los dientes. Y quédate la vuelta.
Me sirvió la cerveza. Agarré el vaso de cristal helado, sentí el frío en la palma de mi mano. Le di la espalda al caos que dejaba detrás de mí. Los gritos de Roberto a Carmen empezaban a elevarse sobre la música de fondo que Laura había vuelto a poner (irónicamente, estaba sonando “Rata de dos patas” de Paquita la del Barrio, porque Laura no daba puntada sin hilo).
Salí de la terraza, pisé la arena de la playa con los zapatos puestos y caminé hacia la orilla. Le di un trago largo a la cerveza. Estaba amarga, fría, y sabía a puta gloria. Sabía a libertad. Sabía a justicia poética.
No tenía trabajo. Estaba técnicamente en el paro. Iba a tener que pelear en los tribunales laborales y buscarme la vida en los próximos meses. Pero mirando el mar de Málaga, con la brisa dándome en la cara y sabiendo que la víbora que me había mordido se estaba ahogando en su propio veneno, sentí una paz absoluta.
A veces, la vida te da una patada en el culo injusta. Y a veces, tu “mejor amiga” resulta ser el diablo en vestido ibicenco. Pero si hay algo que he aprendido de todo esto, es que la verdad, como el buen aceite de oliva, siempre acaba saliendo a flote. Y que nadie, absolutamente nadie, me iba a quitar a mí el puesto sin llevarse por delante un espectáculo digno de los mejores cines.
Terminé la cerveza, tiré el vaso de plástico a la papelera, saqué mi móvil y marqué el número de la oficina de empleo. El lunes, a primera hora, me iba a buscar un hueco en la cola del SEPE. Y esta vez, lo iba a hacer con la cabeza muy alta. Y con mucho, mucho cuidado de con quién compartía el pitufo mixto en el desayuno.
Parte 5: La resaca del karma, el SEPE y la llamada de auxilio del capitán del barco que se hunde
El fin de semana después del “Incidente del Chiringuito” (que es como Laura y yo lo bautizamos en nuestro grupo de WhatsApp de dos personas llamado Comando Venganza Boquerón) fue, sinceramente, el mejor de mi vida. Dormí doce horas seguidas, me comí una paella yo solo en El Palo mirando al mar sin pensar en correos electrónicos, y hasta limpié los cristales de mi casa, cosa que no hacía desde que hubo calima en el noventa y ocho.
Pero el lunes por la mañana, la realidad, esa señora amargada que siempre viene a cobrar, llamó a mi puerta. Y la realidad se materializaba en tener que ir a la oficina del SEPE en el barrio de Carranque.
Llegué allí a las nueve menos cuarto. Si alguna vez queréis ver un catálogo completo de la desesperación humana y de las camisas sin planchar, id al SEPE un lunes a primera hora. Había una cola que daba la vuelta a la manzana. Delante de mí había un señor mayor, de estos que llevan pantalón de pinzas sobado hasta el ombligo y una gorra de la Caja Rural, que me miró de arriba abajo y me dijo: “Chaval, aquí echan el día, ¿eh? Yo me he traído un bocata de lomo en manteca por si nos dan las uvas”.
Entramos. Conseguí coger número de la máquina expendedora de turnos. Mi ticket decía: Mesa 4. Turno C-89. Miré la pantalla digital que colgaba del techo. Parpadeaba en rojo: Mesa 4. Turno C-12.
Me senté en una silla de plástico azul que estaba anclada al suelo, diseñada específicamente por un quiropráctico malévolo para destrozarte las lumbares en menos de veinte minutos. Empecé a mirar el móvil. El chat de la oficina de Sol y Sal Tours, del que extrañamente no me habían echado todavía, estaba más muerto que el perfil de Tuenti de mi abuela. Nadie decía nada. Supuse que Roberto habría prohibido terminantemente cualquier comentario sobre el espectáculo del viernes bajo pena de crucifixión en la calle Larios.
A las once y media de la mañana, cuando ya había calculado mentalmente cuántos azulejos tenía el techo de la oficina de empleo y estaba a punto de preguntarle al del lomo en manteca si me daba un bocado, mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo del pantalón.
Lo saqué. Miré la pantalla. Pestañeé varias veces, pensando que las luces fluorescentes del SEPE me estaban provocando alucinaciones.
El identificador de llamadas ponía: Don Roberto (NO COGER – PELIGRO).
Se me dibujó una sonrisa tan grande en la cara que la señora de al lado, que estaba haciendo un crucigrama de la revista Pronto, se asustó y se apartó un poco. Dejé que sonara. Tres tonos, cuatro tonos, cinco tonos. Que sufra. Que sude. Cuando estaba a punto de saltar el buzón de voz, deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el aparato a la oreja.
—¿Dígame? —contesté, con una voz tan relajada que parecía que estaba dándome un masaje tailandés en vez de estar sentado en la antesala del aburrimiento institucional.
—Javier. Javier, muchacho, menos mal que me lo coges. Creía que me habías bloqueado —la voz de don Roberto sonaba rasposa, aguda, atropellada. Sonaba a pánico. A pánico empresarial puro y duro.
—Hombre, Roberto, qué sorpresa. ¿Para qué me llama? ¿Se ha dejado Carmen otra funda de móvil en mi teclado y queréis que vaya a recogerla?
—Javier, por favor, no hagamos sangre ahora. Ya tuviste tu momento de gloria el viernes. Nos dejaste a todos planchados. Los ingleses casi retiran la inversión, me costó tres botellas de Moët Chandon y dos horas de traducciones de Laura para convencerles de que fue un… un “simulacro de seguridad interna” —Roberto suspiró profundamente al otro lado de la línea—. Mira, necesito que vengas a la oficina. Ahora mismo.
Me recosté en la silla de plástico, cruzando las piernas.
—Va a ser que no, Roberto. Estoy ocupadísimo. Estoy a punto de ser atendido en el SEPE para cobrar mi paro, ese que me corresponde tras mi despido “disciplinario”. Además, no puedo entrar en su oficina, soy una amenaza para la cartera de clientes, ¿recuerda?
—Javi, por Dios, olvida eso. Se acabó. Carmen está en la calle. La fulminé el sábado por la mañana. Le he metido un despido procedente que no va a ver un duro de indemnización en su puñetera vida, y le he amenazado con denunciarla por fraude si asoma el hocico por el centro de Málaga. Ha sido un desastre. Me la coló. Nos la coló a todos. Pero el problema es que… el problema es más gordo.
Fruncí el ceño. Eso me interesaba.
—¿Más gordo que falsificar documentos para hundirme la vida? Cuénteme, Roberto, que en la Mesa 4 van por el C-20 y tengo tiempo.
—Los ingleses de Mijas… los VIP que supuestamente estabas desviando. Carmen se hizo cargo de ellos el miércoles, después de echarte. Pues bien, la inútil no sabía que ese grupo tenía unas peticiones especialísimas de campos de golf de 18 hoyos con buggies adaptados para dos de los señores que van en silla de ruedas. Tú lo tenías apuntado en tus notas físicas, en tu cuaderno, ese que te llevaste en la caja de cartón. Carmen no miró el historial. Les mandó una reserva estándar. Los ingleses acaban de llamar esta mañana. Están enfurecidos. Dicen que si en veinticuatro horas no está solucionado, cancelan el paquete entero, de ochenta mil euros, y nos meten una reseña en TripAdvisor que nos va a hundir la reputación en todo Reino Unido.
Tuve que morderme el labio inferior para no soltar una carcajada que resonara en todo el edificio público. Carmen. La experta en liderazgo. La Senior Manager. Había hundido la cuenta VIP más importante de la empresa en menos de setenta y dos horas.
—Vaya por Dios, Roberto. Qué lástima. El liderazgo turístico tiene estas cosas. Pues que lo solucione el nuevo coordinador. Ah, no, espere. Que no hay.
—Javi, escúchame bien. Sé que te he fallado. Sé que fui un ciego y un estúpido por no hablar contigo primero. Pero te necesito. Eres el único que conoce a esos clientes, que sabe en qué resort de Marbella tienen los buggies adaptados y que sabe cómo tratar a ese Lord inglés que siempre pide té verde con hierbabuena. Ven. Arregla esto. Y te devuelvo tu puesto. Como si nada hubiera pasado. Retiramos el despido.
Miré al techo. La propuesta era tentadora, pero yo ya no era el Javi de los recados. Yo ya no era el pringado que aceptaba migajas.
—A ver, Roberto, centremos el tema —dije, bajando el tono de voz para darle dramatismo—. Yo no soy una tirita que se pone cuando sangra la herida. Usted me acusó de un delito. Me humilló públicamente. Y ahora quiere que le saque las castañas del fuego “como si nada hubiera pasado”. Las cosas no funcionan así.
—¿Qué quieres, Javier? Dime qué quieres. Pídeme por esa boca —suplicó mi exjefe. Se le notaba la desesperación. Ochenta mil euros le estaban quemando el bolsillo.
—Para empezar, no vuelvo a mi puesto. Vuelvo como Coordinador Senior. Ese puesto era mío y me lo robaron. Segundo, el sueldo de ese puesto no me vale. Quiero un veinte por ciento más por encima del sueldo de Coordinador, por “daños y perjuicios morales”. Tercero, mi contrato pasa a ser indefinido blindado, con una cláusula de indemnización si me vuelve a despedir por tonterías sin pruebas. Y cuarto… —hice una pausa dramática—, a partir de ahora, la máquina de café de la oficina la pagará la empresa, nada de meterle moneditas de cincuenta céntimos por un agua manchada. Cápsulas buenas. Y de marca.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado del teléfono. Pude escuchar la respiración acelerada de Roberto. Sabía que le estaba pidiendo un riñón y parte del hígado, pero también sabía que, si perdía a esos clientes, la bronca de los socios madrileños le iba a costar a él su propio sillón de director.
—Eres un chantajista, Javier —dijo por fin, con la voz ahogada.
—No, don Roberto. Soy un profesional del turismo de alto nivel. Y los profesionales caros cobramos caro. ¿Tenemos trato o le digo a la funcionaria de la Mesa 4 que me vaya tramitando los papeles del paro?
Escuché un golpe seco en la mesa de su despacho, a kilómetros de distancia.
—Vente para acá. Encarni te está redactando el nuevo contrato. Pero como pierdas a esos ingleses, te juro que te tiro por el balcón de la calle Larios.
—Póngame el aire acondicionado a veintidós grados, que hace calor fuera. Llego en veinte minutos —dije.
Colgué el teléfono. Me levanté de la silla torturadora. El señor de la gorra de la Caja Rural me miró sorprendido.
—¿Te vas ya, zagal? Si todavía van por el C-22.
—Me ha tocado la lotería, jefe. Guárdeme el sitio por si acaso, pero creo que no vuelvo por aquí en mucho tiempo —le guiñé un ojo.
Salí de la oficina del SEPE caminando a cámara lenta en mi cabeza, con la banda sonora de Rocky sonando de fondo. Había entrado siendo un desempleado repudiado y salía siendo el Coordinador Senior mejor pagado de Sol y Sal Tours, con el derecho a beber café del bueno gratis. La vida, definitivamente, tenía un sentido del humor maravilloso.
Parte 6: El acto de conciliación y las lágrimas de rímel de mercadillo
Volver a la oficina fue como cruzar el Mar Rojo después de que Moisés lo abriera. Cuando abrí la puerta de cristal con el logo de la empresa, todo el mundo dejó de teclear. Paco el informático asomó la cabeza por encima de su monitor, Laura se levantó de recepción con una sonrisa que le daba la vuelta a la cara, y hasta Encarni, la de Recursos Humanos que me había despedido con cara de asco, se acercó a darme dos besos con una hipocresía que merecía un premio Goya.
Fui directo al despacho de Roberto. Firmé mi nuevo contrato, que brillaba con todas las cláusulas que había exigido. Me conecté a mi ordenador (esta vez con triple verificación en dos pasos y una contraseña de treinta caracteres alfanuméricos) y en menos de dos horas, tirando de mi libreta personal y de tres contactos en la Costa del Sol, solucioné el desastre de los ingleses VIP. Les conseguí los buggies adaptados, una cata de vinos extra como compensación por las “molestias administrativas” y cerré el paquete. Roberto casi me besa en la boca cuando le enseñé el justificante de pago.
Pero la historia no había terminado. Faltaba cerrar un capítulo. El capítulo de la persona que había intentado enterrarme en vida.
Carmen.
Aunque Roberto la había despedido y yo había recuperado mi honor, mi abogado (un tipo de Málaga llamado Salva, que llevaba tirantes y tenía más colmillo que un lobo hambriento) me había aconsejado mantener la denuncia que interpusimos el viernes del escándalo. “Javi, a esta gente hay que atarla en corto”, me dijo Salva mientras se tomaba un manchado en un bar de los juzgados. “Si no le metes el miedo en el cuerpo legalmente, en dos meses se inventa que la acosaste o cualquier locura para sacarle dinero a la empresa por su despido. Vamos a ir al CMAC y la vamos a triturar”.
El CMAC es el Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación. Es el lugar donde las empresas y los trabajadores van a intentar llegar a un acuerdo antes de ir a juicio. La cita era un martes, tres semanas después del circo del chiringuito.
Aparqué cerca de la Ciudad de la Justicia de Málaga. Llevaba una camisa azul clara, bien planchada, y mi mejor cara de póker. Salva me esperaba en la puerta, con su maletín de cuero y sus tirantes rojos.
—Tranquilo, chaval. Esto va a ser un paseo triunfal —me palmeó la espalda.
Subimos a la primera planta. La sala de espera era un pasillo largo, con bancos de madera y gente con caras de estrés, abogados revisando papeles y el murmullo constante de discusiones en voz baja.
Y allí estaba ella.
Casi no la reconozco. Había desaparecido la “Senior Manager”. Había desaparecido la pija de los vestidos ibicencos y los bolsos de Bimba y Lola. Carmen estaba sentada al final del pasillo, encorvada, con unos vaqueros gastados, una camiseta básica negra y el pelo recogido en una coleta sin gracia. Estaba pálida, con ojeras oscuras que le llegaban casi hasta las mejillas. A su lado estaba su abogado, un tipo que sudaba profusamente y llevaba un traje que le venía dos tallas grande. No parecía el equipo legal del siglo, precisamente.
Cuando me vio acercarme con Salva, Carmen bajó la mirada al suelo, como si de repente los azulejos de la sala de espera fueran lo más fascinante del mundo.
Entramos en la sala del conciliador. Una funcionaria con cara de haber visto demasiados dramas laborales en su vida nos mandó sentar. A un lado de la mesa, Carmen y su abogado sudoroso. Al otro, Salva y yo.
El conciliador leyó el expediente.
—Bueno, tenemos una demanda de don Javier contra doña Carmen por vulneración del derecho al honor, falsedad documental en ámbito privado y usurpación de identidad digital. El demandante pide una indemnización por daños morales de veinte mil euros y mantener la vía penal abierta. ¿Hay posibilidad de acuerdo?
El abogado de Carmen se aclaró la garganta. Sonaba como un motor viejo arrancando en invierno.
—Señor conciliador… mi clienta reconoce que hubo… un error de juicio. Un malentendido en el ámbito laboral debido a la alta presión de la empresa. Pero consideramos que las pretensiones económicas son desorbitadas. Mi clienta actualmente se encuentra desempleada y sin recursos para afrontar dicha cantidad. Solicitamos que se retire la demanda a cambio de unas disculpas formales y por escrito.
Salva, mi abogado, soltó una carcajada corta, seca y afilada.
—¿Un error de juicio? ¿Robar el móvil de empresa de mi cliente, falsificar capturas de pantalla, recortar audios privados para simular un insulto al jefe y enviarlos desde una cuenta manipulada es un “error de juicio”? Eso se llama tener vocación criminal, compañero. Y las disculpas formales no pagan el daño psicológico de mi cliente.
Carmen levantó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Y esta vez no eran lágrimas de cocodrilo frente a don Roberto. Eran lágrimas de miedo real. Sabía que si yo iba por la vía penal, podía acabar con antecedentes, lo que significaba que no la iban a contratar ni para limpiar cristales en un locutorio.
—Javi… —empezó a decir, con la voz temblorosa, ignorando a los abogados—. Javi, por favor. Sé que lo hice mal. Sé que me volví loca. Pero es que tenía tantas deudas… el piso de mi madre, el préstamo del coche… Vi la oportunidad de cobrar más y se me cruzaron los cables. Te lo ruego. No me arruines la vida. Ya lo he perdido todo. Roberto se ha encargado de hablar pestes de mí en todas las agencias de Málaga. Nadie me da ni una entrevista. Estoy acabada.
La miré fijamente. Durante unos segundos, dejé que el silencio llenara la habitación. Pude ver el terror en sus ojos. Pude ver a la chica con la que compartía los pitufos mixtos, a la amiga que me compraba ibuprofeno, convertida ahora en una sombra patética consumida por su propia ambición tóxica.
Sentí una punzada en el estómago. Yo no soy una mala persona. No disfruto viendo a la gente hundida en la miseria, incluso si se lo merecen. Pero tampoco soy idiota, y no iba a dejar que se fuera de rositas después de haberme clavado un puñal tan profundo.
Me incliné sobre la mesa, apoyando los codos.
—No me des pena, Carmen. Las deudas las tenemos todos. Yo también pago alquiler, y no voy por ahí falsificando pruebas para que echen a mis amigos a la calle —le dije, con voz fría y serena—. Tú no te arrepientes de lo que hiciste. Te arrepientes de que te pillara con el carrito de los helados. Si Laura no hubiera cogido ese pendrive, tú ahora estarías en tu despacho nuevo pidiendo sushi a domicilio y yo estaría llorando en el sofá de mi casa, creyéndome que el mundo es injusto.
Carmen bajó la cabeza y empezó a sollozar de verdad. Las lágrimas le corrían por la cara, llevándose por delante un rímel que claramente no era waterproof.
Miré a Salva y le hice un gesto imperceptible con la cabeza. Lo habíamos hablado antes de entrar. Este era el “Plan B”.
Salva tomó la palabra.
—Mi cliente es una persona magnánima y no busca la ruina personal de la demandada, a pesar de que se la merecería. Así que, vamos a proponer un acuerdo vinculante. Escuchen bien, porque no lo vamos a repetir.
El abogado de Carmen sacó un bolígrafo, sudando aún más si cabe.
—Primero —dijo Salva, enumerando con los dedos—, renunciamos a la indemnización de veinte mil euros. Sabemos que es insolvente y no queremos perder el tiempo embargando cuentas vacías.
Segundo, retiramos la vía penal hoy mismo.
Carmen levantó la cabeza de golpe, con una mezcla de shock y esperanza iluminándole la cara llena de churretes negros.
—¿De verdad, Javi? —balbuceó.
—No celebres todavía, bonita, que ahora viene lo bueno —la cortó Salva—. Tercero: doña Carmen va a firmar aquí y ahora un documento de reconocimiento explícito de culpa. Un texto donde admite punto por punto haber manipulado pruebas, robado comunicaciones y orquestado un fraude para provocar el despido de don Javier. Este documento quedará en nuestro poder. Si en algún momento en el futuro, doña Carmen decide demandar a Sol y Sal Tours por su despido, o intenta difamar a don Javier en cualquier ámbito profesional o personal, o respira fuerte cerca de él, este documento se presenta en el juzgado de lo penal al minuto siguiente. Básicamente, firmarás tu propia confesión. La tienes colgando sobre tu cabeza como una espada de Damocles para el resto de tu vida laboral.
El abogado de Carmen leyó el borrador que Salva deslizó por la mesa. Se puso pálido.
—Esto es… esto es muy poco ortodoxo. Esto es una espada en el cuello perpetua.
—Es esto, o vamos a juicio y le aseguro que sale de allí con antecedentes penales y pagando costas. Ustedes deciden —zanjó Salva, reclinándose en la silla con una sonrisa depredadora.
Carmen no lo dudó ni un segundo. Le arrebató el bolígrafo a su abogado de las manos. Sus dedos temblaban tanto que apenas podía cogerlo bien. Firmó el documento con una rapidez histérica, como si el papel estuviera ardiendo.
—Ya está —dijo ella, empujando el papel de vuelta hacia nosotros—. Ya está, Javi. Déjame en paz.
Cogí el documento. Revisé la firma. Todo en orden.
Me levanté de la silla. Me abroché el botón de la chaqueta.
—La paz te la quitas tú sola, Carmen. Adiós —le dije.
Salva y yo salimos de la sala de conciliación. Cuando cruzamos las puertas del edificio y el sol cegador de Málaga nos dio en la cara, Salva soltó una carcajada.
—Niño, eres el puto amo. La has dejado castrada profesionalmente para toda la vida sin gastar un duro en juicios. Te debo una cerveza por el espectáculo.
—Te la acepto, Salva. Pero que sea Cruzcampo, por favor.
Esa tarde volví a la oficina. El ambiente era otro. Don Roberto estaba relajado porque los ingleses estaban contentos. Yo me senté en mi nuevo despacho (sí, exigí un despacho con puerta, nada de espacios abiertos donde cualquier compañera víbora pueda cotillear mis correos). Laura me trajo un café doble, de cápsula buena, y nos reímos un rato repasando cómo había ido el CMAC. La vida, por fin, había vuelto a su cauce, pero con una mejora sustancial en mi cuenta bancaria.
Parte 7: La feria de turismo, la mascota de peluche y el cierre de telón
Pasaron siete meses. El verano quedó atrás, dando paso a ese “invierno” malagueño que básicamente consiste en ponerte una rebeca por las mañanas y quitártela a las dos de la tarde. Mi vida como Coordinador Senior de Sol y Sal Tours iba sobre ruedas. Roberto, escarmentado por el susto de los ochenta mil euros, me dejaba trabajar a mi aire y rara vez se metía en mis decisiones operativas. Había ascendido a Laura a mi asistente personal, y juntos éramos una máquina engrasada de vender paquetes turísticos de lujo.
Llegó febrero, y con él, la “Feria Internacional del Turismo de la Costa del Sol”, un evento menor que Fitur, pero muy importante a nivel local. Se celebraba en el Palacio de Congresos de Torremolinos. Roberto me mandó a mí en representación de la empresa para hacer networking y buscar nuevos proveedores.
Me puse mi mejor traje, me armé de tarjetas de visita recién impresas con mi flamante cargo en letras doradas, y me fui a Torremolinos.
El Palacio de Congresos era un hervidero de gente. Stands enormes de la Junta de Andalucía regalando abanicos, azafatas repartiendo folletos de hoteles en Marbella, y cortadores de jamón rodeados de japoneses haciendo fotos. Yo paseaba tranquilamente, saludando a conocidos del sector, cerrando un par de acuerdos interesantes con una flota de autobuses eléctricos, y disfrutando del ambiente.
Sobre las dos de la tarde, el hambre empezó a apretar, así que me dirigí hacia la zona de food trucks que habían montado en el pabellón exterior. Para llegar allí, tenía que cruzar el “Pabellón 3”, que era tradicionalmente la zona de los stands más cutres y baratos. Allí estaban las empresas de timeshare (multipropiedad) de dudosa legalidad, los chiringuitos de alquiler de patinetes y las agencias de excursiones en barco pirata con barra libre de garrafón.
Iba caminando por un pasillo estrecho, esquivando a un tipo disfrazado de flamenco rosa que repartía vales de descuento, cuando algo captó mi atención.
Era un stand minúsculo, de apenas dos metros cuadrados, pintado de un azul chillón que hacía daño a la vista. Un cartel de lona mal tensado rezaba: “Excursiones Delfín Feliz – ¡Vea cetáceos y beba sangría por 15€!”.
Delante del stand, intentando captar la atención de unos turistas británicos que la ignoraban olímpicamente, había una chica. Llevaba el uniforme de la empresa: un polo azul celeste tres tallas más grande de lo necesario, unos pantalones cortos blancos de tela barata, y… una gorra con forma de cabeza de delfín de peluche. Una cabeza de delfín enorme, gris, con unos ojos saltones de plástico que miraban en direcciones opuestas.
La chica se acercó a los guiris, extendiendo un panfleto impreso en papel fluorescente.
—Excuse me, dolphins! Happy dolphins! Sangría free! —decía, con un acento inglés espantoso, agitando los brazos en un intento desesperado de parecer entusiasta.
Los turistas la miraron con una mezcla de pena y asco, negaron con la cabeza y siguieron caminando. La chica bajó los brazos, dejó escapar un suspiro profundo que hizo que la cabeza del delfín asintiera tristemente, y se dio la vuelta para volver al stand.
Me quedé paralizado en medio del pasillo. El corazón me dio un vuelco.
Era Carmen.
El karma. El bendito, implacable y jodido karma no solo es sabio. A veces, el karma tiene un sentido de la ironía absolutamente poético.
La “experta en liderazgo”, la aspirante a Senior Manager que había estado dispuesta a pisarme la cabeza para conseguir un despacho en calle Larios, estaba ahora vendiendo excursiones de quince euros bajo un sol de justicia, con un peluche gigante en la cabeza.
Me quedé observándola desde una distancia segura, oculto detrás de una columna. Vi cómo un señor gordo en camiseta de tirantes y puro en boca, que claramente era su jefe, salía de detrás del mostrador del stand y le gritaba algo, señalando el montón de panfletos que aún tenía en la mano. Carmen asintió, encogida de hombros, aguantando la bronca sin rechistar. La soberbia había desaparecido. Ahora solo quedaba una trabajadora precaria, sobreviviendo en el estrato más bajo de la pirámide alimenticia del turismo malagueño.
Sentí… nada. No sentí alegría, no sentí pena, no sentí ganas de ir a reírme en su cara. Simplemente sentí que el círculo se había cerrado. La ecuación cósmica estaba equilibrada.
Decidí que no valía la pena ni acercarme. Mi victoria no necesitaba humillación pública; mi victoria era mi tranquilidad y mi éxito. Así que me di la vuelta, dispuesto a seguir mi camino hacia los food trucks.
Pero entonces, el destino decidió gastarme la última broma.
Justo cuando me daba la vuelta, choqué sin querer con una azafata que llevaba una bandeja de copas de vino de Jerez. La bandeja se tambaleó y una de las copas cayó al suelo, haciéndose añicos con un ruido escandaloso.
El sonido resonó en el pabellón. Varias personas se giraron a mirar. Entre ellas, el delfín de peluche.
Nuestras miradas se cruzaron a diez metros de distancia.
Yo, con mi traje impecable, mi credencial de Coordinador Senior colgada al cuello brillando bajo los focos del palacio de congresos.
Ella, con su polo azul sudado, los panfletos arrugados en la mano y la gorra ridícula haciéndole sombra en una cara pálida y cansada.
Carmen se quedó quieta como una estatua. Vi cómo tragaba saliva. Sus ojos reflejaron un destello de la vieja humillación, del recuerdo de la terraza de ‘El Salaíto’, del documento firmado en el CMAC. Vi cómo su instinto la instaba a huir, pero no podía. Su jefe seguía detrás de ella. Estaba atrapada.
Durante tres largos segundos, sostuvimos la mirada. Todo lo que había pasado entre nosotros cruzó ese pasillo en un instante silencioso. La traición, la caída, la venganza y, finalmente, este encuentro absurdo y definitorio.
No le sonreí con sorna. No le hice ningún gesto de desprecio. Simplemente, levanté mi mano derecha, muy despacio. Le hice un levísimo gesto de saludo, un toque casi imperceptible con dos dedos en la sien, como diciendo: “Te veo. Y sé dónde estás”.
Luego, me giré con elegancia, me disculpé con la azafata por el accidente de la copa, le dejé diez euros en la bandeja vacía para cubrir el estropicio y continué mi camino, sin mirar atrás ni una sola vez.
Mientras me alejaba hacia la salida del pabellón, buscando el olor a comida de verdad, pensé en el famoso pitufo mixto. En ese desayuno en el Bar Manolo donde empezó toda esta locura. Sonreí para mis adentros. A partir de ahora, el pan tostado con jamón y queso me lo comería solo, o con gente en la que de verdad pudiera confiar. Porque en este mundo laboral nuestro, hay amistades que valen su peso en oro, y hay otras… otras que acaban vendiendo paseos en barco pirata con una gorra de delfín en la cabeza.
Salí al sol del invierno malagueño. Respiré hondo. Saqué el móvil y llamé a Laura.
—Dime, jefe, ¿cómo va esa cacería de proveedores? —contestó ella al segundo tono.
—Laura, cancela las reuniones de las cuatro. Acabo de ver el espectáculo más gracioso del mundo y necesito celebrarlo. Dile a Paco el informático que esta tarde le invito yo a unos churros en Teatinos. Y ponte el aire acondicionado de la oficina como te dé la gana, que hoy pago yo.
La risa de Laura sonó al otro lado de la línea, vibrante y leal.
—A sus órdenes, don Javier. Aquí le esperamos.
Colgué. Me puse las gafas de sol. Y caminé hacia adelante, sabiendo que, pasara lo que pasara en el futuro, nunca más nadie me iba a robar el guión de mi propia vida. Y mucho menos, el puesto de trabajo.