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Fui a una clínica en Barcelona por mi infertilidad y me ENTERÉ de que la AMANTE de mi esposo tiene TRES HIJOS apoyada por MIS SUEGROS

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Fui a una clínica en Barcelona por mi infertilidad y me ENTERÉ de que la AMANTE de mi esposo tiene TRES HIJOS apoyada por MIS SUEGROS

PARTE 1: El AVE, los test de ovulación y la madre que los parió a todos

Os voy a contar una cosa que, si me la llegan a decir hace un mes, juro por Dios que habría pensado que me estaban grabando para una broma de cámara oculta o que me había dado un ictus y estaba alucinando. Porque la vida, amigos míos, es una señora muy perra con un sentido del humor negrísimo. Mi nombre es Clara, tengo treinta y seis años, unas ojeras que me llegan al suelo y, hasta hace un par de días, una fe ciega en la medicina reproductiva y en el matrimonio monógamo. Pobre ilusa.

Para que entendáis la magnitud del bofetón que me he llevado, tenemos que rebobinar un poco. Llevaba exactamente cuatro años, tres meses y catorce días intentando quedarme embarazada de Jorge. Jorge es —o era, porque a estas alturas para mí es como si estuviera muerto, pero con peor olor— el típico “buenazo” de manual. De esos tíos que te abren la puerta del coche, que se emocionan viendo documentales de perritos abandonados y que, cada vez que a mí me venía la regla y me encerraba a llorar en el baño, se sentaba al otro lado de la puerta a decirme cosas como: “Cariño, no te obsesiones, ya verás como el mes que viene hay suerte. El estrés es el peor enemigo de la fertilidad”.

El estrés. Me cago en el estrés y en la madre que lo parió. Yo vivía pegada a un termómetro basal, midiendo mi temperatura corporal cada mañana a las seis en punto sin mover un músculo para no alterar la lectura. Tenía el móvil lleno de aplicaciones con iconitos de flores y bebés sonrientes que me avisaban de mis “días fértiles” como si fuera aquello una alarma antiaérea. “¿Es tu día de ovulación? ¡A por ello, campeona!”, me decía la pantallita. Y yo iba y despertaba a Jorge, que me miraba con cara de sueño y una resignación que yo, en mi inmensa ceguera, interpretaba como apoyo incondicional.

Y luego estaban mis suegros. Paco y Carmen. Especialmente Carmen. Si la hipocresía fuera deporte olímpico, mi suegra tendría más medallas que Michael Phelps. Carmen es esa clase de mujer que te da un abrazo apretado mientras te clava un puñal en la espalda y te pregunta si te duele. Todos los domingos, sin falta, nos obligaban a ir a su casa a comer la dichosa paella. Y todos los domingos, la misma cantinela.

—Ay, Clarita —me decía Carmen, sirviéndome una montaña de arroz que yo no podía tragar del nudo que tenía en la garganta—, te veo más delgadita. ¿Tú comes bien? A ver si es que te faltan vitaminas y por eso no cuaja la cosa. Yo a tu edad ya tenía a mi Jorgito correteando por el pasillo y rompiéndome los jarrones. Pero claro, en mi época las mujeres éramos más fuertes, no como ahora, que os pasáis el día con el ordenador y se os secan los ovarios.

—Mamá, por favor, no la presiones —intervenía Jorge, el caballero de brillante armadura, dándome palmaditas en la mano—. Clara hace lo que puede. Los médicos dicen que es infertilidad de origen desconocido.

—Desconocido será para ellos, hijo —remataba Paco desde el otro extremo de la mesa, con un palillo en la boca y la mirada fija en el televisor—. Eso es que no le ponéis ganas. Yo a tu madre la dejé embarazada casi mirándola.

Yo sonreía. Una sonrisa tensa, psicópata, de esas que te tiran de los pómulos y te hacen parecer el Joker, mientras por debajo de la mesa me clavaba las uñas en las palmas de las manos hasta hacerme sangre. Me sentía defectuosa. Una mujer a medias. Y Carmen, la grandísima actriz de teatro dramático, a veces hasta derramaba una lagrimita y me acariciaba el pelo. “No te preocupes, hija, si no podéis tenerlos naturales, pues pagamos un buen tratamiento. Lo que sea con tal de tener un nietecito. Nosotros os apoyamos en todo”.

Os juro que me creí cada palabra. Me creí sus abrazos falsos y sus tuppers llenos de croquetas.

Así que, después de agotar todas las opciones en Madrid, de pasar por tres clínicas diferentes donde nos decían que no había nada físicamente mal en ninguno de los dos y de gastarnos los ahorros de nuestra vida en ciclos de fecundación in vitro que no funcionaban, decidí buscar a los mejores. Y los mejores, según los foros de internet donde yo pasaba las madrugadas en vela, estaban en una clínica exclusivísima en Barcelona. La Clínica Eos, en pleno barrio de Pedralbes. Una clínica tan pija que, solo por entrar por la puerta, ya te cobraban doscientos euros.

Jorge no pudo acompañarme. Qué casualidad, ¿verdad?

—Amor, me coincide justo con el congreso de ventas en Valencia —me dijo, poniéndose la corbata frente al espejo con cara de compungido—. Te juro que lo he intentado cambiar, pero el jefe me ha dicho que si no voy, me corta el cuello. ¿Estás segura de que puedes ir tú sola? Me siento fatal dejándote sola en esto.

—No te preocupes, Jorge —le contesté, abotonándole la camisa como la perfecta esposa sumisa y comprensiva—. Solo es la primera consulta para llevarles nuestro historial y que el doctor Sanahuja nos dé una segunda opinión. Cojo el AVE temprano, hago la consulta y me vuelvo a la tarde.

—Eres una campeona, mi amor. Te quiero muchísimo —me dio un beso en la frente. Un beso de Judas que, recordándolo ahora, me da unas ganas de vomitar que no me tengo en pie.

Y así fue como me vi a las seis y media de la mañana en la estación de Atocha, arrastrando los pies hacia el AVE, con una carpeta gigante bajo el brazo llena de analíticas, espermiogramas, ecografías y un montón de papeles que documentaban mi fracaso como reproductora. El viaje fue un asco. Me tomé un café en la cafetería del tren que sabía a agua de fregar y me comí un sándwich mixto que estaba más duro que la cara de mi suegra.

Llegué a Barcelona Sants sobre las nueve y media, cogí un taxi y le di la dirección al taxista. Mientras subíamos por la Avenida Diagonal, miraba por la ventanilla pensando en lo injusta que era la vida. Veía a mujeres paseando carritos de bebé, a embarazadas comprando el pan, y yo sentía ese pellizco familiar en el estómago. La envidia sana que ya no era sana, que era pura bilis.

La Clínica Eos no parecía una clínica médica. Parecía el lobby de un hotel de cinco estrellas en Dubái. Todo era blanco, de mármol reluciente, con sofás de cuero que invitaban a echarse la siesta y unas orquídeas gigantes en el centro que parecían artificiales de lo perfectas que eran. Olía a eucalipto y a dinero. Mucho dinero.

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