Fui a una clínica en Barcelona por mi infertilidad y me ENTERÉ de que la AMANTE de mi esposo tiene TRES HIJOS apoyada por MIS SUEGROS
PARTE 1: El AVE, los test de ovulación y la madre que los parió a todos
Os voy a contar una cosa que, si me la llegan a decir hace un mes, juro por Dios que habría pensado que me estaban grabando para una broma de cámara oculta o que me había dado un ictus y estaba alucinando. Porque la vida, amigos míos, es una señora muy perra con un sentido del humor negrísimo. Mi nombre es Clara, tengo treinta y seis años, unas ojeras que me llegan al suelo y, hasta hace un par de días, una fe ciega en la medicina reproductiva y en el matrimonio monógamo. Pobre ilusa.
Para que entendáis la magnitud del bofetón que me he llevado, tenemos que rebobinar un poco. Llevaba exactamente cuatro años, tres meses y catorce días intentando quedarme embarazada de Jorge. Jorge es —o era, porque a estas alturas para mí es como si estuviera muerto, pero con peor olor— el típico “buenazo” de manual. De esos tíos que te abren la puerta del coche, que se emocionan viendo documentales de perritos abandonados y que, cada vez que a mí me venía la regla y me encerraba a llorar en el baño, se sentaba al otro lado de la puerta a decirme cosas como: “Cariño, no te obsesiones, ya verás como el mes que viene hay suerte. El estrés es el peor enemigo de la fertilidad”.
El estrés. Me cago en el estrés y en la madre que lo parió. Yo vivía pegada a un termómetro basal, midiendo mi temperatura corporal cada mañana a las seis en punto sin mover un músculo para no alterar la lectura. Tenía el móvil lleno de aplicaciones con iconitos de flores y bebés sonrientes que me avisaban de mis “días fértiles” como si fuera aquello una alarma antiaérea. “¿Es tu día de ovulación? ¡A por ello, campeona!”, me decía la pantallita. Y yo iba y despertaba a Jorge, que me miraba con cara de sueño y una resignación que yo, en mi inmensa ceguera, interpretaba como apoyo incondicional.
Y luego estaban mis suegros. Paco y Carmen. Especialmente Carmen. Si la hipocresía fuera deporte olímpico, mi suegra tendría más medallas que Michael Phelps. Carmen es esa clase de mujer que te da un abrazo apretado mientras te clava un puñal en la espalda y te pregunta si te duele. Todos los domingos, sin falta, nos obligaban a ir a su casa a comer la dichosa paella. Y todos los domingos, la misma cantinela.
—Ay, Clarita —me decía Carmen, sirviéndome una montaña de arroz que yo no podía tragar del nudo que tenía en la garganta—, te veo más delgadita. ¿Tú comes bien? A ver si es que te faltan vitaminas y por eso no cuaja la cosa. Yo a tu edad ya tenía a mi Jorgito correteando por el pasillo y rompiéndome los jarrones. Pero claro, en mi época las mujeres éramos más fuertes, no como ahora, que os pasáis el día con el ordenador y se os secan los ovarios.
—Mamá, por favor, no la presiones —intervenía Jorge, el caballero de brillante armadura, dándome palmaditas en la mano—. Clara hace lo que puede. Los médicos dicen que es infertilidad de origen desconocido.
—Desconocido será para ellos, hijo —remataba Paco desde el otro extremo de la mesa, con un palillo en la boca y la mirada fija en el televisor—. Eso es que no le ponéis ganas. Yo a tu madre la dejé embarazada casi mirándola.
Yo sonreía. Una sonrisa tensa, psicópata, de esas que te tiran de los pómulos y te hacen parecer el Joker, mientras por debajo de la mesa me clavaba las uñas en las palmas de las manos hasta hacerme sangre. Me sentía defectuosa. Una mujer a medias. Y Carmen, la grandísima actriz de teatro dramático, a veces hasta derramaba una lagrimita y me acariciaba el pelo. “No te preocupes, hija, si no podéis tenerlos naturales, pues pagamos un buen tratamiento. Lo que sea con tal de tener un nietecito. Nosotros os apoyamos en todo”.
Os juro que me creí cada palabra. Me creí sus abrazos falsos y sus tuppers llenos de croquetas.
Así que, después de agotar todas las opciones en Madrid, de pasar por tres clínicas diferentes donde nos decían que no había nada físicamente mal en ninguno de los dos y de gastarnos los ahorros de nuestra vida en ciclos de fecundación in vitro que no funcionaban, decidí buscar a los mejores. Y los mejores, según los foros de internet donde yo pasaba las madrugadas en vela, estaban en una clínica exclusivísima en Barcelona. La Clínica Eos, en pleno barrio de Pedralbes. Una clínica tan pija que, solo por entrar por la puerta, ya te cobraban doscientos euros.
Jorge no pudo acompañarme. Qué casualidad, ¿verdad?
—Amor, me coincide justo con el congreso de ventas en Valencia —me dijo, poniéndose la corbata frente al espejo con cara de compungido—. Te juro que lo he intentado cambiar, pero el jefe me ha dicho que si no voy, me corta el cuello. ¿Estás segura de que puedes ir tú sola? Me siento fatal dejándote sola en esto.
—No te preocupes, Jorge —le contesté, abotonándole la camisa como la perfecta esposa sumisa y comprensiva—. Solo es la primera consulta para llevarles nuestro historial y que el doctor Sanahuja nos dé una segunda opinión. Cojo el AVE temprano, hago la consulta y me vuelvo a la tarde.
—Eres una campeona, mi amor. Te quiero muchísimo —me dio un beso en la frente. Un beso de Judas que, recordándolo ahora, me da unas ganas de vomitar que no me tengo en pie.
Y así fue como me vi a las seis y media de la mañana en la estación de Atocha, arrastrando los pies hacia el AVE, con una carpeta gigante bajo el brazo llena de analíticas, espermiogramas, ecografías y un montón de papeles que documentaban mi fracaso como reproductora. El viaje fue un asco. Me tomé un café en la cafetería del tren que sabía a agua de fregar y me comí un sándwich mixto que estaba más duro que la cara de mi suegra.
Llegué a Barcelona Sants sobre las nueve y media, cogí un taxi y le di la dirección al taxista. Mientras subíamos por la Avenida Diagonal, miraba por la ventanilla pensando en lo injusta que era la vida. Veía a mujeres paseando carritos de bebé, a embarazadas comprando el pan, y yo sentía ese pellizco familiar en el estómago. La envidia sana que ya no era sana, que era pura bilis.
La Clínica Eos no parecía una clínica médica. Parecía el lobby de un hotel de cinco estrellas en Dubái. Todo era blanco, de mármol reluciente, con sofás de cuero que invitaban a echarse la siesta y unas orquídeas gigantes en el centro que parecían artificiales de lo perfectas que eran. Olía a eucalipto y a dinero. Mucho dinero.
Me acerqué al mostrador. Detrás de él había tres chicas jóvenes, guapísimas, con el pelo recogido en moños tirantes y uniformes azul marino que parecían diseñados por Carolina Herrera.
—Buenos días —dije, apoyando mi pesada carpeta en el mostrador—. Tengo cita a las once con el doctor Sanahuja. Soy Clara Montesa.
La chica del centro, que tenía una placa con el nombre de “Ariadna”, tecleó algo en su ordenador con unas uñas de gel perfectas.
—Buenos días, señora Montesa. Sí, aquí está su cita. Primera visita de valoración, ¿correcto? ¿Viene usted sola? Veo en el formulario que está casada con el señor Jorge Medina Valcárcel.
—Sí, vengo sola. Mi marido tenía un compromiso de trabajo ineludible.
—No hay problema. Por favor, tome asiento en la sala de espera número tres. El doctor la llamará en unos minutos. ¿Le ofrezco un café, un té, agua con gas y rodajas de limón?
—Agua con gas, por favor —pedí, sintiéndome repentinamente fuera de lugar con mis vaqueros desgastados y mi jersey de lana.
Me senté en el sofá de cuero blanco, hundiendo casi un metro en la tapicería. A mi alrededor había un silencio sepulcral, solo roto por el hilo musical que ponía algo parecido al canto de las ballenas. Todo estaba diseñado para no estresar. Qué ironía.
La consulta con el doctor Sanahuja duró casi una hora. El hombre era encantador, de esos médicos de la vieja escuela pero con un iPad en la mano. Miró todo mi historial, asintió con la cabeza, se frotó la barbilla y me dio esperanzas. “Clara, no veo nada alarmante aquí. A veces, los protocolos estándar no funcionan para todo el mundo. Tenemos técnicas más avanzadas, seleccionaremos los mejores embriones con una incubadora de última generación. Vamos a conseguirlo, ya lo verás”.
Salí de la consulta llorando de emoción. Os lo juro. Llorando como una magdalena. Creía que por fin había visto la luz al final del túnel. Sentía que todo el esfuerzo, todo el dinero, todas las humillaciones de los últimos años iban a valer la pena. Cogí mi teléfono en el pasillo, a punto de llamar a Jorge para contarle las buenas noticias, pero recordé que estaba “en su congreso” y no quería molestarle. Ya se lo contaría en persona al volver a Madrid.
Con el corazón más ligero que en meses, me dirigí de nuevo a la recepción principal para pagar la maldita fortuna que costaba la primera consulta y recoger unas recetas para unos suplementos vitamínicos que el doctor me había mandado.
Y ahí. Exactamente ahí. En ese maldito mostrador de mármol blanco, fue donde mi vida hizo implosión y se fue al mismísimo carajo.
PARTE 2: El mostrador del infierno y las dotes de ninja que no sabía que tenía
Me acerqué al mostrador, pero esta vez no estaba Ariadna. Había otra chica, rubia, tecleando furiosamente en el ordenador, con los auriculares puestos. Estaba hablando por teléfono, pero se ve que el auricular no le tapaba bien la boca o simplemente le daba igual el volumen de su voz, porque en esa recepción tan zen, sus palabras resonaban como un megáfono en una iglesia.
Yo me quedé allí, de pie, esperando pacientemente a que terminara, mirando mis recetas, pensando si pasar por una farmacia en Barcelona o esperar a llegar a Madrid.
—Sí, sí, ya lo sé, doctora —decía la recepcionista rubia, moviendo la cabeza con frustración—. Pero es que no nos cuadran las fechas. El señor Jorge Medina Valcárcel tiene que venir a firmar el consentimiento de descongelación hoy, y la paciente Laura dice que él no puede venir hasta el viernes.
Al escuchar el nombre, me quedé petrificada.
Jorge Medina Valcárcel.
Vale, a ver, Clara, respira, me dije a mí misma. Jorge es un nombre común. Medina también. Valcárcel… bueno, no tan común, pero oye, puede haber otro Jorge Medina Valcárcel en España. Seguro que sí. Sería mucha casualidad, pero estadísticamente es posible.
Me quedé completamente inmóvil, con la oreja pegada al aire como un pastor alemán en alerta.
—Ya, ya le he dicho que sin su firma no procedemos con la transferencia embrionaria —continuó la chica—. Además, los padres de él, que son los que están financiando todo el tratamiento como hicieron con los tres anteriores, han llamado esta mañana para asegurarse de que estaba todo pagado. Francisco Medina y Carmen Valcárcel. Sí, los abuelos. Son unos pesados, llaman más que los propios padres de las criaturas.
El suelo desapareció bajo mis pies. Literalmente, sentí un vértigo tan brutal que tuve que agarrarme al borde del mostrador de mármol para no caerme redonda.
Tres anteriores. Francisco Medina. Carmen Valcárcel. No había error. No había otro Jorge. Era MI Jorge. Mis suegros. Mi puta vida.
La recepcionista siguió hablando, ajena por completo a que la mujer que estaba a medio metro de ella estaba sufriendo un paro cardíaco silencioso.
—Vale, pues le digo a Laura que venga el viernes con él y lo solucionamos. Venga, un saludo.
La chica colgó el teléfono, se quitó los auriculares y, al girarse hacia mí, pegó un pequeño bote en la silla. Yo debía de tener la cara del color de un folio en blanco, los ojos inyectados en sangre y una expresión entre el asesinato en primer grado y el coma profundo.
—¡Ay, perdone! No la había visto llegar —dijo, recomponiéndose rápidamente y poniendo su mejor sonrisa clínica—. ¿En qué puedo ayudarla?
Mi cerebro iba a tres mil kilómetros por hora. Mi primera reacción visceral fue agarrarla por las solapas del uniforme impecable, sacudirla como a una coctelera y gritar: “¡¿QUIÉN COÑO ES LAURA Y DÓNDE ESTÁ MI MARIDO?!”. Pero el instinto de supervivencia es una cosa maravillosa y, en ese milisegundo, una voz fría, calculadora y absolutamente sociópata tomó el control de mi cerebro. Si armaba un escándalo, me echarían por protección de datos. Cerrarían filas. No me dirían nada. Necesitaba pruebas. Necesitaba saber la dimensión exacta de la cornamenta que llevaba encima, que por lo visto tenía ramas suficientes para colgar abrigos para toda la provincia de Barcelona.
Tragué saliva. Hice un esfuerzo sobrehumano para articular palabra sin que me temblara la voz.
—Hola, buenos días —dije, forzando una sonrisa que debió parecer la de un maniquí roto—. Soy… eh… venía a pagar la consulta del doctor Sanahuja. Soy Clara Montesa.
—Ah, sí, la paciente del doctor Sanahuja. Un momentito —la chica empezó a teclear.
Mientras tecleaba, yo sentía que me faltaba el aire. La cabeza me daba vueltas. ¿Tres anteriores? ¿Había dicho “como hicieron con los tres anteriores”? ¿Qué significaba eso? ¿Tres tratamientos? ¿Tres abortos? ¿Tres… hijos?
—Serían doscientos cincuenta euros la primera consulta, señora Montesa —dijo la chica.
Saqué la tarjeta de crédito de mi cartera con manos temblorosas. Al acercarla al datáfono, se me resbaló y cayó al suelo, deslizándose justo debajo del mostrador, hacia el lado de dentro.
—¡Uy, perdone! Qué torpe soy —dije.
—No se preocupe, ahora se la cojo —la recepcionista empujó su silla de ruedas hacia atrás, se agachó y desapareció debajo de la mesa para buscar mi tarjeta.
Fue mi oportunidad. La pantalla del ordenador estaba encendida y girada ligeramente hacia mí. Tenía la ventana de facturación y citas abierta. Me incliné sobre el mostrador a la velocidad del rayo. Tenía unos tres segundos, tal vez cinco. Los ojos me escocían, pero enfoqué la vista como un francotirador.
En la parte superior derecha de la pantalla, había una pestaña abierta que decía: Historial Clínico: Laura [Apellidos borrosos] / Pareja: Jorge Medina Valcárcel.
Mis ojos escanearon la información hacia abajo, saltando líneas de texto médico incomprensible hasta llegar a una sección que decía “Descendencia viva de tratamientos previos en Eos”:
-
Hugo Medina [Apellido de ella] (Nacido 2021)
-
Mateo Medina [Apellido de ella] (Nacido 2023)
-
Valentina Medina [Apellido de ella] (Nacida 2024)
Debajo de eso, había una sección de facturación que brillaba como un cartel de neón en Las Vegas: Titulares de cuenta autorizados: Francisco Medina Gómez y Carmen Valcárcel Ruiz. (CUBIERTO AL 100%).
Me eché hacia atrás un milisegundo antes de que la cabeza rubia de la recepcionista emergiera por encima del mostrador con mi tarjeta de crédito en la mano.
—Aquí tiene —me dijo sonriendo, extendiendo la tarjeta.
La miré fijamente. No sé cómo no me desmayé allí mismo. Sentí un zumbido agudo en los oídos, como cuando explota una bomba en las películas de guerra y el protagonista se queda sordo temporalmente. Había visto las fechas. 2021. Llevábamos casados desde 2019. Llevábamos intentando tener hijos desde 2022.
El hijo de la grandísima puta de mi marido tenía no uno, ni dos, sino TRES hijos con otra mujer, y había venido a esta misma clínica a hacer tratamientos de fertilidad para tenerlos. Y mis suegros… Dios mío, mis suegros. Las paellas de los domingos. Las lágrimas de Carmen. “Lo que sea con tal de tener un nietecito”. Ya tenían tres nietecitos. Tres putos nietos. Y estaban pagando para hacer un cuarto, mientras a mí me dejaban gastarme el sueldo de mi trabajo de contable en inyecciones de hormonas que me destrozaban el cuerpo, y aguantar sus discursos sobre la fuerza de las mujeres de su época.
—¿Señora Montesa? ¿Está usted bien? Está muy pálida —preguntó la chica, mirándome con preocupación, acercando el datáfono.
—Sí. Sí, perfectamente —conseguí decir, con una voz que sonaba robótica, como de ultratumba—. Es que… no he desayunado bien.
Pasé la tarjeta. El pitido del datáfono sonó como la sentencia de muerte de mi matrimonio. Cogí el recibo, lo metí en el bolso sin mirarlo y me di la vuelta.
—¿Quiere que le llame a un taxi? —ofreció la chica a mis espaldas.
—No, gracias. Necesito… necesito ir al baño. ¿Dónde está?
—Al final del pasillo a la derecha.
Caminé hacia el baño como un zombi. No sentía las piernas. El pasillo, con sus paredes blancas y sus cuadros minimalistas, se me hacía infinito. Empujé la puerta del baño, entré en el primer cubículo, cerré el pestillo y, literalmente, me dejé caer de rodillas sobre el suelo de baldosas inmaculadas.
Y entonces, exploté.
PARTE 3: El lavabo de los horrores y la llamada a Bea
Me llevé las dos manos a la boca para ahogar un grito desgarrador que me salió desde lo más profundo de las entrañas. Un grito primitivo, salvaje. Mordí mis propios nudillos para no hacer ruido. Las lágrimas me brotaban de los ojos a chorros, calientes y espesas, empapándome la cara y el cuello de la camisa.
Me quedé hecha un ovillo en el suelo del baño, temblando de forma incontrolable, hiperventilando.
Hugo. Mateo. Valentina.
No me lo podía creer. El cabrón no solo tenía una amante, no. Tenía una familia entera. Una guardería clandestina en paralelo. Y todo financiado por los dos villanos más retorcidos de la historia, mis suegros, que habían creado un chiringuito de procreación financiado por el abuelo Paco y la abuela Carmen.
Recordé el día que me hicieron la primera transferencia embrionaria en Madrid. Estaba muerta de miedo. Jorge me agarraba la mano y me decía: “Tranquila, mi amor, que de esta salimos siendo tres”. ¡Siendo tres! ¡Pero si él ya iba por los cuatro en ese momento, el muy hijo de Satanás!
Recordé las veces que él decía que tenía “viajes de negocios” o “congresos”. Claro. El congreso en Valencia de hoy. Laura. La revisión del cuarto bebé.
Me arrastré hasta ponerme de pie y me miré en el espejo del lavabo. Tenía el rímel corrido por toda la cara, parecía un oso panda con un ataque de ansiedad. El labio inferior me temblaba. De pronto, la tristeza, ese dolor agudo y asfixiante que me oprimía el pecho, empezó a mutar. Sentí una chispa en el estómago. Una chispa que subió por mi esófago y se convirtió en una llama, y de la llama pasó a ser un incendio forestal de pura, absoluta y desmedida rabia.
Me lavé la cara con agua fría. Me sequé con papel higiénico. Saqué el móvil del bolso. Mis manos aún temblaban tanto que me costó desbloquear la pantalla. Busqué en contactos: “Bea (Amiga)”.
Llamé.
Un tono. Dos tonos. Tres tonos.
—¿Sí, dígame? —contestó Bea, con voz de estar masticando algo. De fondo se oían ruidos de teclas y teléfonos, estaba en su oficina de recursos humanos.
—Bea —dije con una voz tan grave y áspera que no parecía la mía.
—¿Clara? Tía, qué voz me llevas. ¿Qué ha pasado? ¿Estás en Barcelona? ¿Qué te ha dicho el médico pijo ese? —Se escuchó cómo dejaba de masticar, notando el tono de alerta roja en mi voz.
—Bea, escúchame con atención. Necesito que no grites y que no me interrumpas porque si no, me voy a poner a hiperventilar otra vez y voy a acabar en Urgencias.
—Hostia, me estás asustando. Vale, me callo. Cuéntame.
Inhalé profundamente, llenando mis pulmones de aire acondicionado de clínica de lujo.
—El grandísimo hijo de puta de mi marido, el santo de Jorge, ese que no rompe un plato, ese que llora con las películas de Disney… tiene tres hijos con otra mujer y están fabricando el cuarto en esta misma clínica.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Solo se oía la respiración de Bea.
—…Clara, tía, ¿te has fumado un porro en el AVE? ¿Te han dado un Valium en la clínica? ¿De qué cojones me estás hablando? —Su voz era un susurro histérico.
—¡Que no me he fumado nada, joder! —siseé, intentando mantener la voz baja en el baño—. Que acabo de escuchar a la recepcionista hablando por teléfono pidiendo su firma para descongelar los embriones. Y me he asomado a la pantalla del ordenador. ¡Lo he visto, Bea! He visto los nombres. Hugo, Mateo y Valentina. Nacidos en 2021, 2023 y 2024. ¡Lleva engañándome cinco años! ¡Años! ¡Y lo peor no es eso!
—¿Que lo peor no es eso? ¡Pero qué dices! ¡Clara, me va a dar un parraque aquí en la oficina! ¿Qué puede ser peor que una doble vida con tres críos?
—¡Que mis suegros lo saben! ¡Mis suegros les están pagando los tratamientos de fertilidad a la amante, Bea! ¡A LA AMANTE! Francisco Medina y Carmen Valcárcel son los titulares de la cuenta de facturación. ¡Los he visto! ¡La vieja del tupper! ¡La que me llora los domingos diciéndome que le dé un nietecito! ¡YA TIENE TRES NIETECITOS LA MUY CERDA!
Escuché un ruido al otro lado de la línea. Creo que a Bea se le cayó el móvil de la mano, o la taza de café, o la silla entera.
—Me cago en todo lo que se menea… —murmuró Bea, recuperando el teléfono. Su voz sonaba al borde del infarto—. Clara… Clara, esto es de Netflix. O sea, esto no es real. Esto es de un documental de True Crime pero sin muertos, aunque si tú matas a Jorge ahora mismo te juro que yo te ayudo a esconder el cadáver en el Pantano de San Juan y nadie nos pilla.
—No voy a matarlo —dije, mirando mi reflejo en el espejo. De repente, mi cara ya no era la de una mujer rota. Era la cara de una mujer que acaba de descubrir que las reglas del juego nunca existieron, y que, por tanto, ya no tenía que seguirlas—. Voy a hacer algo mucho peor.
—Clara, por favor, sal de esa clínica ahora mismo. Te coges un taxi, te vas a Sants y te subes en el primer tren que salga para Madrid. Yo voy a tu casa, cambio la cerradura, y tiramos todas sus mierdas por la ventana.
—No, Bea. No voy a hacer la típica rabieta de tirar la ropa por la ventana. No. Jorge llega mañana de su “congreso”. El domingo hay paella familiar en casa de los suegros.
—¿No me jodas que vas a ir a la paella? ¡Clara, te va a dar un ictus allí mismo!
—Voy a ir a esa paella —dije, apretando los dientes, saboreando cada palabra—. Voy a ir a esa paella, me voy a sentar en esa mesa y me voy a comer las putas gambas de la señora Carmen. Y cuando sirvan el postre, voy a hacer volar por los aires esa casa entera.
—Madre mía… madre mía. Clara, eres mi ídolo. Te lo digo en serio, tengo los pelos de punta. ¿Necesitas que vaya a buscarte a Atocha?
—Sí. Búscame esta tarde a las cinco. Y tráete una botella de vino. Del caro. Vamos a brindar.
—Hecho. Te quiero, tía. Aguanta.
Colgué. Me arreglé el maquillaje lo mejor que pude. Me alisé la ropa, cogí mi bolso, respiré hondo y salí del baño caminando con la espalda tan recta que parecía que me había tragado un palo de escoba.
Crucé la recepción por última vez. La chica rubia me miró y sonrió.
—Que tenga un buen día, señora Montesa. Y mucha suerte con el tratamiento, ya verá como todo sale bien.
—No se preocupe —le contesté con una sonrisa helada—. Me acabo de dar cuenta de que mi marido es extraordinariamente fértil. La naturaleza siempre encuentra su camino.
La chica se quedó parpadeando, confundida, mientras yo cruzaba las puertas automáticas de cristal y salía a la cálida mañana de Barcelona.
PARTE 4: La Paella del Juicio Final y el postre explosivo
Los días siguientes en Madrid fueron un ejercicio de autocontrol y psicopatía digno de un premio Oscar. Cuando Jorge llegó el viernes por la noche de su “congreso en Valencia”, me lo encontré en el recibidor dejando la maleta, con cara de cansancio fingido. Yo estaba en el sofá, leyendo una revista, con el corazón latiendo a mil por hora pero con una calma exterior que me daba miedo a mí misma.
—Hola, mi amor —dijo, acercándose para darme un beso. El olor de su colonia, ese que antes me daba paz, ahora me revolvió el estómago de tal manera que tuve que apretar los dientes para no escupirle a la cara—. Qué paliza de viaje. ¿Cómo fue en Barcelona? ¿Qué te dijo el doctor?
Le miré a los ojos. Esos ojos de cordero degollado.
—Muy bien, cariño. El doctor Sanahuja es maravilloso. Me ha dado muchísimas esperanzas —respondí, con un tono suave y dulce—. Dice que con un poco de suerte y el tratamiento adecuado, en nada tendremos nuestra propia familia.
—¿Ves? Te lo dije, pequeña —me abrazó. Yo dejé los brazos caídos a los lados. Él no lo notó—. Todo va a salir bien. Yo estoy aquí para apoyarte en todo.
Me fui al baño a lavarme la cara con lejía imaginaria.
El sábado lo pasé empaquetando estratégicamente mis cosas más importantes mientras él se iba a “jugar al pádel” (traduzcámoslo: videollamada con Laura y los tres churumbeles). Las metí en el trastero de Bea. Dejé en el armario solo lo justo para que no sospechara nada.
Y llegó el domingo. El Día de la Paella.
Nos subimos al coche de Jorge y fuimos hasta la casa de sus padres en la sierra. Durante el trayecto, él iba escuchando la radio y canturreando, tocándome la rodilla de vez en cuando. Yo miraba por la ventana, repasando mi guion.
Llegamos al chalet. Al entrar, el olor a sofrito lo inundaba todo. Carmen salió de la cocina con su delantal inmaculado y los brazos abiertos.
—¡Ahí están mis niños! —exclamó, dándole un beso sonoro a su hijo y luego acercándose a mí—. Ay, Clarita, ¡qué guapa vienes hoy! ¿Te ha sentado bien el viaje a Barcelona? Nos ha dicho Jorge que el médico es una eminencia.
—Una eminencia absoluta, Carmen. No se hace usted una idea de lo avanzado que está ese hospital. Tienen de todo. Sobre todo, unos historiales clínicos completísimos —dije, clavando mis ojos en los suyos.
Carmen parpadeó, un poco descolocada por la intensidad de mi mirada, pero rápidamente recuperó su sonrisa de falsa beata.
—Bueno, pasa, pasa, que la paella ya está reposando. Paco está abriendo el vino.
Nos sentamos a la mesa. Era la misma estampa de cada maldito domingo. El mantel de cuadros, la fuente enorme de arroz en el centro, Paco con su copa de Rioja y Jorge sirviendo las raciones. Empezamos a comer. Yo masticaba el arroz como si fueran cristales, pero me obligué a tragar. No iba a dejar que me arruinaran el espectáculo.
Durante la comida, la conversación giró en torno al trabajo de Jorge, a la política y al calor que iba a hacer ese verano. Hasta que, inevitablemente, Carmen sacó el tema estrella de su repertorio.
—Bueno, y a ver si con lo que os ha dicho ese doctor tan bueno, de aquí a las Navidades nos dais una alegría, que vuestro padre y yo ya tenemos una edad y nos hace ilusión ver a la familia crecer. ¡La casa está muy vacía sin niños correteando!
Dejé el tenedor sobre el plato. Hizo un ruido metálico y seco que resonó en el comedor. Cogí mi servilleta de tela, me limpié las comisuras de los labios con parsimonia, y sonreí. Una sonrisa enorme, abierta y carente de toda emoción humana.
—Pues fíjese, Carmen, que en eso mismo he estado pensando todo el fin de semana —empecé, con una voz alta y clara que hizo que Paco dejara de masticar su trozo de conejo—. En lo vacía que está esta casa y en lo mucho que les gustan a ustedes los niños.
Jorge me miró extrañado.
—Cariño, ¿qué dices? —murmuró, notando el cambio en el ambiente.
Lo ignoré por completo. Mantuve el contacto visual con mi suegra.
—De hecho, me dio tanta pena pensar que estaban ustedes sin nietos, que me tomé la libertad de investigar en la clínica de Barcelona. Ya saben, para ver si las técnicas nos iban a funcionar o si era mejor rendirse.
Carmen se puso tensa. Su sonrisa vaciló.
—No digas tonterías, hija, cómo os vais a rendir…
—¡Claro que no! ¡Es que no hay que rendirse! La perseverancia es la clave, Carmen. Y si no, que se lo pregunten a Jorge y a Laura.
El silencio que cayó sobre la mesa fue tan pesado y denso que se podría haber cortado con un cuchillo jamonero. Paco se atragantó con el vino. Jorge se quedó congelado, con el tenedor a medio camino de la boca, con los ojos abiertos como platos. Su cara pasó del color carne normal al blanco tiza, y de ahí a un tono verdoso enfermizo en cuestión de dos segundos.
—¿L-Laura? —tartamudeó Jorge, con un hilo de voz—. ¿Qué Laura?
—¡Ay, amor! —me giré hacia él, fingiendo sorpresa—. ¡La madre de tus hijos! ¡Esa Laura! La que te espera el viernes que viene para firmar la descongelación de los embriones para el cuarto, en la Clínica Eos. Por cierto, deberías llamar para cambiar la cita, porque la recepcionista rubia, muy simpática ella, estaba agobiadísima porque las fechas no le cuadraban con tu falso congreso en Valencia.
—Clara… yo… —Jorge empezó a temblar. Literalmente. La mano con la que sostenía el tenedor temblaba tanto que lo dejó caer de golpe contra el plato.
Me volví rápidamente hacia mis suegros. Carmen tenía la boca abierta como un pez fuera del agua, agarrándose el collar de perlas falsas como si le faltara el aire.
—Y ustedes, Paco, Carmen… de verdad, no tengo palabras para agradecerles su apoyo incondicional durante todo este tiempo —dije, elevando el tono de voz para que mis palabras fueran como martillazos—. Llorando conmigo cada vez que me venía la regla, pagándome tratamientos de fertilidad que no funcionaban porque su queridísimo hijo ya se estaba vaciando en otra familia. ¡Y lo mejor de todo es la generosidad que tienen! Financiar una familia entera con tres nietos a escondidas: Hugo, Mateo y Valentina. Nombres preciosos, por cierto. Un poco pijos para mi gusto, pero preciosos. ¡Y cubierto al cien por cien!
Paco pegó un puñetazo en la mesa, rojo de furia e indignación, no hacia su hijo, sino hacia mí por haber descubierto el pastel.
—¡Tú no sabes de lo que estás hablando, niñata! ¡Estás loca! —rugió el anciano, intentando imponer autoridad.
—¡Loca tu puta madre, Paco! —estallé, poniéndome de pie de un salto, tirando la silla hacia atrás con estrépito. La educación se había acabado. Ya no había filtros. Señalé a Jorge con el dedo índice, que estaba encogido en su asiento llorando sin lágrimas, mudo por el terror—. ¡Sois los tres unos putos monstruos! ¡Me habéis hecho creer que estaba rota! ¡Me habéis hecho pasar por tratamientos hormonales que me han destrozado la salud física y mental durante AÑOS, mientras vosotros jugabais a las casitas con la amante y la cuenta corriente!
—Clara, por favor, déjame que te lo explique… —suplicó Jorge, intentando agarrarme la mano.
Di un manotazo tan fuerte que le dejé la marca roja en la muñeca.
—¡A mí no me toques en tu miserable vida! —le grité en la cara—. ¡No hay nada que explicar! ¡Sois unos psicópatas!
Me giré hacia Carmen, que había empezado a sollozar en su silla, tapándose la cara con las manos.
—Y tú, Carmen, guárdate las lágrimas de cocodrilo y los tuppers, porque me los paso por el forro. Eres la persona más retorcida y asquerosa que he conocido en mi vida. Espero que disfrutes de tu familia numerosa, porque a la única persona decente que había en esta mesa la acabáis de perder para siempre.
Cogí mi bolso del respaldo de la silla. Sentía una adrenalina recorriéndome las venas tan potente que podría haber levantado un camión con una sola mano.
—Por cierto, Jorge —dije antes de darme la vuelta, mirándolo con un asco absoluto—. Mi abogada se pondrá en contacto contigo mañana. Voy a exprimir hasta el último céntimo de esa cuenta conjunta que tenemos. Ya que los abuelos son tan ricos para pagar clínicas de cinco estrellas, que te paguen también el divorcio.
No esperé a que ninguno de los tres respondiera. Di media vuelta y salí del comedor, cruzando el recibidor a grandes zancadas. Abrí la puerta principal de la casa, salí al jardín y la cerré detrás de mí dando un portazo que debió hacer temblar los cimientos de ese chalet hipócrita.
Caminé por la urbanización hacia la parada de autobuses para volver a Madrid. Hacía sol. Una brisa fresca me movió el pelo. Saqué el teléfono y llamé a Bea.
—¿Y bien? —preguntó ella, contestando al primer tono.
—Prepara el vino, Bea. Y ve buscando el teléfono de esa abogada tuya tan agresiva que le quitó hasta el perro a su exmarido.
—Joder, Clara. Eres mi puta heroína. ¿Qué ha pasado?
Empecé a reírme. Una risa limpia, libre de peso, libre de pastillas, de calendarios de ovulación, de suegras falsas y de maridos infieles. Era la primera vez en cinco años que sentía que el aire me llegaba realmente a los pulmones.
—Me he quedado sin familia, Bea —le dije, sonriendo mientras veía el autobús acercarse por la carretera—. Pero joder, qué paz se respira en esta parada.
Y así fue como mi infertilidad me salvó de pasar el resto de mi vida rodeada de gilipollas. Y si me preguntáis ahora, creo que fue el mejor diagnóstico que me han dado en la vida.
PARTE 5: El Chardonnay, la abogada del diablo y el recuento de daños
Llegué al piso de Bea en el barrio de Malasaña con la sensación de haber corrido una maratón descalza por un campo de minas. Pero oye, estaba viva. Bea me abrió la puerta antes siquiera de que yo terminara de tocar el timbre. Llevaba unos pantalones de chándal, una camiseta de un concierto de los Rolling Stones de hace veinte años y sostenía dos copas tipo balón que parecían peceras. Detrás de ella, en la mesa del salón, descansaban dos botellas de Chardonnay que ya estaban sudando la gota gorda.
—Entra, heroína de la resistencia —me dijo, haciéndose a un lado y haciendo una reverencia exagerada.
Tiré el bolso al suelo, me quité los zapatos de un pisotón y me desplomé en su sofá de terciopelo verde. Bea me acercó una de las copas llenas hasta el borde.
—Bebe —ordenó—. Esto no es para saborear, esto es para desinfectar.
Le di un trago largo. El vino frío me bajó por la garganta como un bálsamo celestial. Bea se sentó a mi lado, cruzando las piernas a lo indio, y me miró con unos ojos que eran una mezcla de admiración absoluta y pánico escénico.
—A ver, necesito detalles. Necesito saber la cara exacta que puso el capullo de Jorge. ¿Se meó encima? Dime que se meó encima.
Me eché a reír. Una risa que empezó como una carcajada normal y terminó en un ataque de hipo histérico.
—No se meó, Bea, pero le faltó el canto de un duro. Se quedó blanco. No, blanco no. Verde. Parecía que le iban a salir branquias. Y la madre… Ay, Dios mío, la madre. Carmen se agarraba el collar de perlas falsas como si yo le estuviera practicando un exorcismo en medio del comedor. Se puso a llorar sin lágrimas, ya sabes, su especialidad.
—La vieja del tupper —masculló Bea, dándole un buen trago a su copa—. Si es que siempre lo supe. Te lo dije en el año 2020. Te dije: “Clara, esa mujer te sonríe demasiado, parece un cruce entre Mary Poppins y el muñeco diabólico”. Pero claro, tú decías que era muy maternal.
—Era maternal con la otra, la tal Laura. A mí me trataba como a la vaca defectuosa que no daba leche. Bea, ¿tú te das cuenta de la dimensión de la mentira? —La realidad me volvió a golpear de repente, bajándome la euforia de la huida—. ¡Cinco años! ¡Tres hijos! Se iba a jugar al pádel y en realidad estaba cambiando pañales. Me decía que tenía congresos y estaba yendo a ecografías. ¿Cómo he podido ser tan ciega? ¿Cómo no me di cuenta de nada?
Bea me rodeó los hombros con el brazo y me dio un apretón fuerte.
—No te culpes, Clara. Un tío que es capaz de mantener una doble vida así, con la complicidad de sus propios padres, es un psicópata de manual. Son unos profesionales del engaño. Tú estabas centrada en salvar vuestro matrimonio, en los médicos, en los putos termómetros basales. Estabas vulnerable. Y ellos se aprovecharon de eso.
Me quedé mirando el líquido amarillo de mi copa, sintiendo cómo la rabia volvía a hacer ebullición.
—Quiero arruinarle, Bea. No quiero una separación amistosa. No quiero “quedar como amigos”. Quiero dejarle en calzoncillos.
Bea sonrió. Una sonrisa depredadora que me encantó.
—Ahí es donde entra Macarena —dijo, sacando su móvil del bolsillo del chándal—. Ya la he llamado.
—¿Macarena? ¿La abogada de tu prima la de Móstoles?
—La misma. Macarena “La Tiburón” García. A mi prima le consiguió el piso, el coche, la custodia completa y hasta la termomix que el exmarido había jurado que era de su madre. La tía es un bicho. No tiene sentimientos, solo sed de sangre y un máster en derecho de familia. Nos recibe mañana a las diez de la mañana.
El lunes a las diez en punto estábamos sentadas en el despacho de Macarena, en pleno Paseo de la Castellana. El despacho era minimalista, de cristales impolutos y sillas que parecían de diseño pero eran incomodísimas. Macarena entró como un vendaval. Llevaba un traje de chaqueta rojo fuego, unos tacones de aguja que hacían clac-clac contra el suelo de madera y una melena castaña perfectamente planchada.
—Buenos días —dijo, sin molestarse en darnos la mano. Se sentó detrás de su escritorio y abrió una libreta negra—. Bea me ha hecho un resumen por teléfono. Marido infiel, doble vida, tres hijos extramatrimoniales, suegros cómplices y encubridores, tratamientos de fertilidad en clínicas privadas de lujo. ¿Me dejo algo?
—Que iban a por el cuarto —añadí, sintiendo que la voz me temblaba un poco—. Pille a la clínica llamando para la transferencia de embriones.
Macarena levantó la vista de la libreta. Sus ojos eran como dos escáneres láser.
—Fantástico —dijo, y lo dijo en serio—. Clara, ¿estáis casados en régimen de gananciales o separación de bienes?
—Gananciales —respondí—. Nos casamos jóvenes y enamorados, no pensamos en esas cosas.
Macarena esbozó una media sonrisa letal.
—Mejor me lo pones. En gananciales, el dinero que entra en casa es de los dos. Si el señor Medina ha estado gastando dinero del fondo conyugal para mantener a una familia paralela, comprar carritos de bebé, pagar pañales o invitar a la amante al cine, está cometiendo un fraude a la sociedad de gananciales.
—Pero los tratamientos de fertilidad los pagaban los suegros —apunté—. Lo vi en el ordenador de la clínica.
—Eso da igual —Macarena hizo un gesto de desdén con la mano, restándole importancia—. Los suegros le pagarán el capricho del hospital pijo, pero los niños comen todos los días, van a la guardería, gastan ropa. Jorge habrá estado desviando fondos de vuestra cuenta o de su nómina, que también es tuya a efectos legales, para mantener esa vida. Vamos a pedir un rastreo financiero completo de sus cuentas de los últimos cinco años. Vamos a mirar hasta los céntimos que se ha gastado en chicles.
Me quedé fascinada mirando a aquella mujer. Era exactamente lo que necesitaba.
—¿Y qué pasa con la casa? —pregunté—. Tenemos un piso en Las Tablas, estamos pagando la hipoteca a medias.
—La casa se vende o te compra tu parte. Pero aquí no vamos solo a por la división del patrimonio. Vamos a por daños morales. Te ha sometido a tratamientos médicos invasivos, perjudiciales para tu salud física y psicológica, sabiendo que el problema no era que no pudierais tener hijos, sino que él te estaba ocultando una doble vida. Ha jugado con tu integridad física, Clara. Eso ante un juez, bien presentado, es oro puro.
Salí del despacho de Macarena sintiendo que medía tres metros de alto. La tristeza se había esfumado casi por completo, sustituida por una sed de venganza burocrática absolutamente maravillosa. No iba a llorar más por Jorge. Iba a hacer que él llorara sangre en la Agencia Tributaria y en los juzgados de Plaza de Castilla.
PARTE 6: El rastrero de las Tablas y el espectáculo en el portal
Esa misma tarde, me acerqué a mi piso en Las Tablas para recoger el resto de mis cosas. Había asumido que Jorge no estaría. Según mis cálculos, después del tsunami del domingo, se habría refugiado bajo las faldas de la señora Carmen o en el piso franco de Laura.
Error.
Abrí la puerta con mi llave y me encontré un escenario desolador. El piso olía a cerrado y a sudor frío. Jorge estaba sentado en el suelo del salón, apoyado contra el sofá, rodeado de cajas de pizza vacías y botellas de cerveza. Llevaba la misma ropa del domingo, tenía una barba de varios días y unos ojos inyectados en sangre que le daban aspecto de ardilla rabiosa.
Cuando escuchó la puerta, levantó la cabeza y se levantó de un salto, tropezando con una de las cajas de pizza.
—¡Clara! ¡Has vuelto! —exclamó, con una voz tan aguda que casi me rompe un tímpano. Hizo el amago de acercarse para abrazarme, pero yo levanté una mano, poniéndola firme como un guardia de tráfico.
—Alto ahí, Medina. Ni se te ocurra dar un paso más. Solo vengo a por mi ropa de invierno y un par de libros.
—Clara, por favor, tenemos que hablar. Tienes que dejarme que te lo explique. No es lo que tú te piensas.
Me quedé mirándole, atónita. Dejé mi bolso encima de la mesa de la entrada y me crucé de brazos.
—A ver, Jorge, ilumíname. Porque igual resulta que yo soy muy cortita y no lo he entendido bien. ¿No tienes tres hijos con una tal Laura nacidos en 2021, 2023 y 2024?
—Sí, pero…
—¿Y no fuiste tú a la clínica Eos el viernes, mientras me decías que estabas en un congreso en Valencia, para gestionar el cuarto embarazo de esa misma señora, financiado por tus adorables padres?
—Sí, pero… Clara, tienes que entender el contexto…
Me eché a reír en su cara. Fue una risa tan sarcástica, tan cargada de veneno, que el pobre diablo dio un paso atrás.
—¿El contexto? ¿Qué puto contexto, Jorge? ¿Que te tropezaste y te caíste encima de la vagina de Laura tres veces consecutivas a lo largo de tres años? ¿Ese es el contexto?
Jorge se pasó las manos por la cara, desesperado. Empezó a pasearse por el salón, intentando articular un discurso que seguramente llevara ensayando desde el domingo.
—Las cosas con Laura empezaron antes de que tú y yo nos casáramos… —empezó, mirando al suelo—. Fue un rollo que tuvimos en el trabajo. Yo la iba a dejar. Te lo juro, te quería a ti. Me casé contigo porque tú eres la mujer de mi vida.
—¡Tócate los huevos! —exclamé, dando una palmada en el aire—. ¡La mujer de su vida! ¡Qué honor, oye! Me voy a enmarcar la frase.
—¡Es verdad! —insistió él, elevando un poco la voz y mirándome con ojos suplicantes—. Pero de repente, un día, meses después de casarnos, me llamó. Estaba embarazada. Fue un error de una noche, Clara. Yo me asusté. Mis padres se enteraron… ya sabes cómo son, muy conservadores, lo de la sangre es lo primero. Me obligaron a hacerme cargo.
—Ah, claro. Tus papás te obligaron. Pobre Jorgito, de treinta y tantos años, víctima de sus padres. Vale, me creo lo del primer niño como accidente biológico. ¿Y el segundo? ¿Y el tercero? ¿Y EL CUARTO, JORGE? ¿También fueron errores de una noche?
Jorge se quedó callado. Tragó saliva de forma ruidosa.
—Laura… Laura se sentía muy sola criando al niño —murmuró, intentando buscar una excusa que no sonara a basura nuclear—. Y como tú y yo estábamos teniendo tantos problemas para concebir… yo me sentía muy frustrado, Clara. La presión que teníamos encima… los médicos, los test… era agobiante. Y con Laura… con Laura todo era fácil. Mis padres empezaron a pagarle cosas y… se me fue de las manos.
Sentí que la sangre me hervía en las venas. La audacia de este infeliz no tenía límites.
—¿Me estás echando la culpa a mí? —le pregunté, bajando el tono de voz hasta dejarlo en un susurro gélido—. ¿Me estás diciendo que, como mi cuerpo no se quedaba embarazado porque teníamos un problema “desconocido”, tú te fuiste a buscar el consuelo de la fertilidad a otra cama? ¿Mientras yo me pinchaba hormonas que me ponían el hígado del revés, lloraba en los baños y aguantaba a tu madre llamándome defectuosa cada puto domingo?
Jorge se encogió sobre sí mismo. Sabía que había cruzado la línea de no retorno.
—No… no, Clara, perdóname… soy un cobarde, soy una mierda… te lo juro, yo te quiero a ti, a ella no la quiero, es solo la madre de mis hijos… no rompas nuestra familia por esto…
—¿Nuestra familia? —repetí, escupiendo las palabras—. Nosotros no somos una familia, Jorge. Nosotros somos una farsa. Tú ya tienes una familia. Y numerosa, por cierto. Enhorabuena por el bono de familia numerosa, igual te hacen descuento en el abono transporte.
Me di la vuelta, entré en el dormitorio principal, abrí el armario y empecé a meter toda mi ropa de invierno en una maleta grande que Bea me había dejado. Jorge me siguió hasta la puerta de la habitación, lloriqueando como un niño pequeño.
—¿Adónde vas? ¿Qué vas a hacer? Clara, por favor, no podemos tirar todos estos años a la basura… podemos ir a terapia.
—Jorge, cierra la boca antes de que te tire una percha a la cabeza —le advertí, metiendo tres abrigos a presión en la maleta y cerrando la cremallera de un tirón seco—. Vas a recibir noticias de mi abogada. Te aconsejo que te busques uno bueno, porque te voy a dejar tan pelado que vas a tener que pedirle dinero a tu madre hasta para comprarte los condones. Aunque bueno, viendo tu historial, creo que eso último no lo usas mucho.
Salí de la habitación arrastrando la maleta. Jorge me seguía por el pasillo, casi tirándose a mis pies.
—¡Clara, no me dejes! ¡Si me dejas, me mato! —gritó, montando un drama propio de telenovela venezolana.
Abrí la puerta del piso. Un par de vecinos asomaron la cabeza por las puertas entreabiertas. Me giré hacia él, ya en el descansillo, con todo el portal de testigo.
—Hazme el favor de no amenazarme con tonterías, Jorge. Vete con Laura, que tiene que estar a punto de empezar a hormonarse para el cuarto. O vete a comer la paella con tus padres. Pero de mí, olvídate. Eres libre.
Llamé al ascensor. Él se quedó en el marco de la puerta, llorando desconsoladamente. Las puertas del ascensor se abrieron, entré con mi maleta, me di la vuelta y, justo antes de que las puertas se cerraran, le dediqué la mejor de mis sonrisas.
—Por cierto, dales recuerdos a Hugo, Mateo y Valentina de parte de su tía Clara.
Las puertas se cerraron. Bajé al garaje, metí la maleta en el coche y arranqué. Me puse la radio a todo volumen, cantando a gritos una canción de Rocío Jurado. Estaba oficialmente divorciada emocionalmente. Ahora solo faltaba la parte legal.
PARTE 7: El cara a cara con la “otra” y el karma instantáneo
Pasaron un par de semanas. Macarena, mi abogada, había lanzado la primera bomba nuclear: la demanda de divorcio con reclamación de cantidad por desvío de bienes gananciales y una querella por daños morales. El abogado de Jorge, un señor mayor con pinta de estar a punto de jubilarse, había llamado a Macarena al borde del infarto intentando llegar a un acuerdo extrajudicial.
“Quieren negociar”, me dijo Macarena por teléfono. “Están cagados. Han visto el rastro del dinero. Tu exmarido le pagó a Laura unas vacaciones en Menorca en 2022 con la cuenta donde tú tenías domiciliada tu nómina. Lo tenemos cogido por los huevos”.
Yo vivía instalada en el cuarto de invitados de Bea, recuperando mi vida, mi peso normal (el estrés de los tratamientos de fertilidad me había dejado en los huesos) y mis ganas de vivir. Pero había algo que me carcomía por dentro. Una curiosidad insana.
Necesitaba ver a Laura.
No quería pegarle un tirón de pelos, ni insultarla por la calle. Tampoco sabía a ciencia cierta hasta qué punto ella sabía de mi existencia. Bueno, claro que lo sabía, Jorge estaba casado y vivía conmigo, no podía haberle ocultado a una mujer con la que tenía tres hijos que él tenía una esposa en Las Tablas. Laura era cómplice. Y yo quería verle la cara.
Gracias a la bendita tecnología y al informe de investigación que Macarena encargó para rastrear los bienes patrimoniales, conseguí la dirección de Laura. Vivía en un chalé adosado en Majadahonda (pagado en parte por mis suegros, para variar).
Un martes por la tarde, me cogí el coche y me fui para allá. Aparqué a un par de manzanas y me senté en la terraza de una cafetería desde donde se veía perfectamente el pequeño parque infantil que había frente a su urbanización. Pedí un café con hielo y me puse unas gafas de sol, sintiéndome una mezcla entre Mata Hari y una vieja del visillo.
A las cinco y media de la tarde, la vi aparecer.
Supe que era ella al instante. No porque la hubiera visto antes, sino por el caos rodante que la acompañaba. Laura no era la vampiresa seductora, altiva y espectacular que mi mente insegura había dibujado durante esas noches de insomnio. Era una mujer normal, tirando a desquiciada, de unos treinta y pocos, con el pelo recogido en una coleta despeinada, unos leggings con una mancha sospechosa en la rodilla y unas ojeras que rivalizaban con las mías de hacía un mes.
Empujaba un carrito doble gemelar enorme donde iba un bebé (Valentina, supuse) llorando a pleno pulmón, y en el otro asiento iba un niño pequeño (Mateo) que iba pegando patadas a la barra del carrito. Por delante de ella corría un niño un poco mayor (Hugo), persiguiendo una pelota y gritando como si le estuvieran arrancando las uñas.
—¡Hugo, por favor, ven aquí ahora mismo! ¡Hugo, que hay coches! —gritaba Laura, con la voz ronca de la desesperación.
Hugo, por supuesto, pasó olímpicamente de ella.
Laura aparcó el carrito doble frente a los columpios con un resoplido de agotamiento masivo. Sacó un paquete de toallitas, intentó limpiarle los mocos a Mateo, que se resistía como un gato en el agua, mientras Valentina seguía berreando porque se le había caído el chupete al suelo.
Me bajé un poco las gafas de sol para observar mejor el espectáculo.
En ese momento, apareció Jorge. Venía caminando desde la otra punta del parque, vestido con traje y corbata, mirando el móvil. Laura, al verle, se transformó. De madre abnegada pasó a ser una furia mitológica.
—¡Llegas tarde! —le gritó Laura desde la distancia, sin importarle que las otras madres del parque la miraran—. ¡Te dije que a las cinco, Jorge! ¡Llevo toda la tarde sola con estos tres salvajes y Valentina tiene fiebre!
—He tenido tráfico en la M-40, cariño, no te pongas así… —respondió Jorge, guardando el móvil con actitud defensiva y cara de agotamiento. El pobre hombre parecía haber envejecido diez años en las dos semanas que llevaba fuera de mi casa.
—¡Que no me ponga así! ¡No haces nada! Tus padres me tienen loca llamando para ver cuándo vamos a firmar lo del cuarto embrión. ¡Pero qué cuarto, Jorge! ¡Si no me ayudas ni a bañar a estos tres! ¡Y encima ahora me dices que tus cuentas están bloqueadas por el divorcio con la psicópata de tu mujer y que este mes no hay para pagar a la chica de la limpieza!
Levanté mi taza de café y le di un sorbo, saboreando el dulce néctar de la palabra “psicópata” saliendo de su boca.
—Laura, por favor, baja la voz… —Jorge miraba a su alrededor, muerto de vergüenza—. Mi abogada lo está solucionando. Clara está despechada y quiere sacarme el dinero, pero mis padres nos ayudarán.
—¡Tus padres son insoportables! Tu madre vino ayer y me dijo que tenía el salón sucio. ¡Normal que esté sucio, tengo tres hijos y el padre es un adorno de Ikea!
La discusión continuó, escalando en decibelios y en trapos sucios. Jorge intentó coger al niño mayor, Hugo, pero este le pegó una patada en la espinilla y salió corriendo hacia el tobogán. Jorge se frotó la pierna, con cara de querer llorar. Laura seguía gritándole reproches sobre el dinero, sobre el tiempo, sobre la clínica.
Me quedé allí sentada durante veinte minutos, viendo cómo mi exmarido era humillado, ignorado por sus propios hijos y machacado por la amante por la que me había destrozado la vida.
Y de repente, me di cuenta de una cosa maravillosa.
Yo no había perdido nada. Yo había ganado la puta lotería.
Miré a Laura. Estaba atrapada. Atrapada con tres niños (camino de cuatro) con un hombre débil, mentiroso, incapaz de gestionar los problemas y completamente dependiente de sus padres. Atrapada con una suegra, la señora Carmen, que ahora le exigiría limpiar el salón y mantener las apariencias, porque ya no me tenía a mí de saco de boxeo. Laura era la nueva esclava del imperio de los Medina.
Me levanté de la silla, dejé un billete de cinco euros debajo de la taza de café y me ajusté las gafas de sol. Pasé caminando despacio cerca del parque. Jorge estaba de espaldas a mí, intentando sin éxito sacar a Mateo del carrito mientras el niño berreaba.
Laura, sin embargo, levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron por un segundo. Ella no sabía quién era yo, por supuesto. Solo vio a una mujer de treinta y seis años, con un vestido veraniego, el pelo brillante, un bolso cruzado y una sonrisa de satisfacción que iluminaba el barrio entero. Una mujer libre.
Le dediqué un pequeño movimiento de cabeza a modo de saludo y seguí caminando hacia mi coche, escuchando de fondo cómo Valentina empezaba a llorar de nuevo con más fuerza.
Ah, el dulce sonido de la libertad.
PARTE 8: El jaque mate en los juzgados y el billete a las Maldivas
El proceso de divorcio fue menos una batalla legal y más una masacre unilateral.
La reunión de mediación antes del juicio se celebró en octubre. Nos sentamos en una sala de juntas enorme. A un lado de la mesa estábamos Macarena y yo. Macarena iba vestida con un traje sastre negro que le daba un aire de verdugo muy elegante. Yo llevaba un conjunto azul marino y una actitud de pasotismo total.
Al otro lado de la mesa estaban Jorge, su abogado sudoroso, y, para mi absoluta sorpresa y regocijo, Francisco y Carmen. Mis queridos suegros habían sido citados como partes implicadas debido al enredo financiero y a la financiación encubierta de la segunda familia con dinero que, en parte, procedía de cuentas comunes de Jorge y mías.
Carmen entró en la sala con la cabeza alta, intentando mantener su dignidad de señora bien de la sierra, pero las ojeras no se las tapaba ni el corrector más caro del Corte Inglés. Paco estaba rojo, bufando como un toro a punto de embestir. Jorge ni siquiera me miró a los ojos; tenía la mirada clavada en la madera de la mesa.
—Bueno, vamos a ir al grano, que tengo una comida a las dos y media —empezó Macarena, abriendo su carpeta y sacando unos folios llenos de cifras marcadas con rotulador fluorescente—. Hemos revisado la propuesta de su cliente. Es un chiste muy malo, compañero —le dijo al abogado de Jorge—. Ofrecer el cincuenta por ciento de la venta del piso de Las Tablas y negarse a la compensación por daños morales es no entender la gravedad del asunto.
El abogado de Jorge carraspeó.
—Mi cliente reconoce sus… errores personales. Pero el patrimonio es el que es. Los gastos realizados durante el matrimonio se presumen consentidos…
Macarena soltó una carcajada seca y cortante.
—No me insulte, compañero. Su cliente ha desviado, según nuestras peritajes, un total de setenta y cinco mil euros de la sociedad de gananciales a lo largo de cinco años. Dinero usado para comprar una furgoneta familiar a nombre de un tercero, ropa infantil, escuelas infantiles privadas y billetes de avión a Canarias. Y eso sin contar que la señora Clara Montesa aquí presente financió de su bolsillo el ochenta por ciento de sus propios tratamientos de fertilidad, mientras su marido los boicoteaba emocionalmente.
—¡Nosotros pagamos la clínica de Barcelona! —saltó Paco, incapaz de contenerse, señalándome con el dedo índice—. ¡Esa mujer es una víbora! ¡Nosotros lo hicimos por el bien de nuestro hijo, porque ella no servía para darle herederos!
Macarena giró la cabeza hacia Paco lentamente, como un tiranosaurio rex apuntando a su presa.
—Señor Medina, le sugiero que se calle. Primero, porque sus comentarios misóginos y difamatorios los estoy grabando por escrito y puedo sumar una demanda por injurias a la lista. Y segundo, porque usted y su esposa están aquí porque vamos a solicitar que los bienes de la familia Medina sean embargados preventivamente si su hijo se declara insolvente, dado que ustedes actuaron como cooperadores necesarios en el fraude económico a mi clienta.
Carmen ahogó un grito y se llevó la mano al pecho.
—¡No podéis hacer eso! ¡Eso es nuestro patrimonio! —gimió la suegra.
—Pues haber pensado mejor en dónde invertían para sus chanchullos reproductivos, señora —respondió Macarena con frialdad—. Esta es nuestra contraoferta. Y escuchen bien, porque no vamos a negociar ni una coma. Si no la aceptan, nos vemos en los tribunales, con prensa en la puerta y testificando la madre de los niños.
Macarena empujó un documento a través de la mesa.
—Clara se queda con el cien por cien de la titularidad del piso de Las Tablas, libre de cargas. Jorge asumirá el importe restante de la hipoteca como indemnización por el desvío continuado de gananciales. Además, exigimos un pago único de cuarenta mil euros por daños morales, mala praxis emocional deliberada y ocultación de información médica relevante. Tienen hasta el viernes para firmar. Si no, demoleremos a su hijo públicamente y en los juzgados.
Jorge levantó la vista por primera vez. Parecía un fantasma.
—No tengo ese dinero… —susurró.
—Tus padres sí —le respondí yo, mirándole fijamente a los ojos, rompiendo mi silencio por primera vez en toda la reunión—. Siempre han sido muy generosos pagando clínicas exclusivas. Seguro que les hace mucha ilusión pagarte el divorcio para que puedas centrarte en el cuarto niño. Que me han dicho que las noches con Valentina están siendo duras, ¿verdad?
Jorge tragó saliva. Paco empezó a insultarme entre dientes, pero Carmen le puso una mano en el brazo. La señora mayor me miró con un odio visceral, pero asintió lentamente hacia su marido. Sabían que estaban acorralados. Si íbamos a juicio, el escándalo destruiría la reputación de “familia perfecta” que tanto esfuerzo les había costado mantener en su círculo social.
Firmaron.
Tres días después, el acuerdo estaba rubricado ante notario. El piso era mío. La cuenta bancaria volvía a estar saneada con la indemnización de cuarenta mil euros, cortesía de las arcas de la señora Carmen. Y Jorge, oficialmente, ya no era mi problema.
Esa noche, Bea y yo fuimos a cenar a un restaurante carísimo en la calle Jorge Juan para celebrar mi recién estrenada soltería y mi recién engrosada cuenta corriente.
—Brindo por la soltería, por la libertad y por Macarena, que habría que hacerle una estatua en la Puerta del Sol —dijo Bea, alzando su copa de champán.
—Brindo por eso —choqué mi copa con la suya—. Y brindo por los test de ovulación. Si no hubiera sido por mi “infertilidad de origen desconocido”, nunca habría viajado a Barcelona y ahora mismo estaría aguantando a un infiel y comiendo paella con la suegra del demonio.
Me bebí el champán de un trago. Sabía a gloria.
—Oye, ¿y qué vas a hacer con el dinero de la indemnización? —me preguntó Bea, atacando un plato de jamón ibérico—. ¿Pagar la hipoteca? ¿Invertir?
Me recosté en la silla, saqué el teléfono móvil, abrí una pestaña del navegador que llevaba guardada toda la tarde y le di la vuelta a la pantalla para que Bea pudiera verla.
Era una reserva confirmada. Un vuelo en primera clase.
—Me voy tres semanas a las Islas Maldivas —dije con una sonrisa de oreja a oreja—. Yo sola. A un resort donde no admiten niños, ni hay cobertura para que llamen suegras histéricas. Voy a pasarme los días bebiendo piñas coladas y leyendo novelas policiacas tumbada en una hamaca sobre el agua cristalina.
Bea abrió mucho los ojos y luego soltó una carcajada que hizo que la mesa de al lado se girara a mirarnos.
—¡Eres la puta ama, Clara! —exclamó.
Y lo era. Después de cinco años sintiéndome defectuosa, insuficiente y rota, por fin me sentía completa. Resulta que la cura para mis problemas no estaba en una clínica de fertilidad en Barcelona, sino en mandar a paseo a un hombre que no valía ni el aire que respiraba y a su tóxica familia.
Así que, amigos míos, si alguna vez os sentís estresados, tristes, o pensáis que la vida es injusta, recordad mi historia. A veces, cuando crees que el universo te está castigando negándote algo que deseas con todas tus fuerzas, en realidad te está salvando el pellejo. Y si ese salvavidas viene acompañado de un buen abogado y un billete a las Maldivas pagado por tus exsuegros… pues oye, ni tan mal.