Si alguien me llega a decir a mí, Carmen la del barrio de la Macarena, que mi vida iba a terminar siendo un guion de telenovela mala pero con el calor asfixiante de Sevilla como telón de fondo, me habría reído en su cara hasta ahogarme con mi propio tinto de verano. Pero la vida tiene una guasa que no te la esperas, chiquillo. Yo era una chica normal, trabajaba en una mercería en la calle Sierpes, tenía mis amigas, mis viernes de tapas y una paz mental que hoy, a mis cuarenta y tantos, valoro más que un aire acondicionado en pleno mes de agosto. Y entonces apareció él. Francisco de Asís. «Paco» para los amigos, «Paquito» para su madre, y «el pedazo de sinvergüenza» para el resto del universo conocido, incluyéndome a mí.
Paco era de esa clase de sevillanos que parece que han nacido ya con la gomina puesta y el polo de marca con el cuellito levantado. Tenía labia, eso no se lo voy a negar. Una labia de esas que te envuelven, que te dicen «miarma» con un arte que te crees que eres la única mujer en toda Andalucía. Nos conocimos en la Feria de Abril. Yo llevaba un traje de flamenca que me había cosido mi tía Loli, verde esperanza con lunares blancos, y él estaba en la caseta de un amigo suyo, bebiendo rebujito como si fuera agua bendita. Me sacó a bailar unas sevillanas. Yo no soy bailaora profesional, pero tengo mi compás, y el chico me siguió el ritmo. Entre vuelta y vuelta, me soltó tres piropos, me invitó a un plato de jamón del bueno y, para cuando nos dimos cuenta, ya estábamos paseando por el Real cogidos de la mano bajo los farolillos.
Pero claro, en esta historia no éramos solo Paco y yo. Faltaba el monstruo final del videojuego: mi queridísima suegra, Doña Cayetana de Todos los Santos. La primera vez que Paco me llevó a su casa en Los Remedios, un piso que olía a cera de suelo y a rancio, supe que aquello iba a ser una batalla campal. Doña Cayetana me recibió sentada en un sofá de orejeras, con un collar de perlas que, os lo juro, parecía que le estaba cortando la respiración. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis zapatos, que no eran de firma, y en mis manos, que tenían las uñas cortas y sin pintar porque trabajar entre alfileres y cremalleras no da para manicuras francesas.
—Así que tú eres la… dependienta —dijo, arrastrando la palabra como si fuera un insulto.
—Dependienta y encargada, señora —le respondí, intentando mantener la sonrisa, aunque por dentro ya estaba afilando los cuchillos.
—Bueno, el trabajo dignifica, dicen. Paquito, hijo, tráele a la niña un poco de agua, que con este calor que traen del otro lado del río seguro que viene asfixiada.
Del otro lado del río. Triana y la Macarena eran para ella el tercer mundo. Desde aquel día, supe que yo para ella no era más que un capricho exótico de su niño. Pero yo, tonta de mí, estaba enamorada. Me creí el cuento del príncipe azul, aunque este príncipe oliera a loción de Álvarez Gómez y tuviera a su madre metida en el bolsillo de la camisa. Nos casamos dos años después. Una boda por todo lo alto en la que Doña Cayetana se empeñó en invitar a media Sevilla de la alta sociedad, dejándome a mí apenas tres mesas para mi familia. “Carmen, querida, comprende que los compromisos de mi difunto marido son ineludibles”, me soltó con su habitual tono de perdonavidas mientras se ajustaba una pamela que parecía una antena parabólica. Mi madre, que es más lista que el hambre, me cogió del brazo y me susurró al oído: “Hija, esta mujer te va a hacer sudar sangre, pero tú sonríe, que el convite lo está pagando ella”.
Los primeros años de matrimonio fueron… engañosos. Yo dejé la mercería porque me quedé embarazada muy pronto. Primero vino Hugo, y a los once meses, sin darme tiempo ni a recuperarme de las ojeras, llegó Martina. Dos criaturas preciosas que se convirtieron en el centro de mi universo. Paco estaba encantado con su papel de “padre de familia”, pero solo para las fotos. Le encantaba pasear a los niños los domingos por la mañana por la Plaza de España, saludar a sus conocidos, lucir a su “familia perfecta”. Pero cuando los niños lloraban a las tres de la mañana con cólicos, Paco mágicamente se quedaba sordo. Se daba la vuelta en la cama y roncaba con la misma fuerza que un tractor. Y yo, pues tragaba. Tragaba porque creía que así era el matrimonio. Tragaba porque su madre no dejaba de recordarme la “suerte” que había tenido de que su hijo me “recogiera”.
Hasta que llegó la Semana Santa del 2015. Ah, la Semana Santa. Esa época en la que la ciudad huele a incienso, las calles están a reventar y los secretos son más difíciles de esconder. Paco me dijo que tenía una “reunión urgente” con unos clientes de Madrid que habían bajado a ver las procesiones y querían hacer negocios. A mí me extrañó, porque nadie hace negocios un Jueves Santo por la tarde, pero con dos niños pequeños colgados de mis piernas y un cansancio que me llegaba hasta los huesos, no tuve energía para discutir. Le planché la camisa, le di un beso en la mejilla y le deseé suerte.
Esa misma tarde, mi amiga Rocío, que tiene un radar para las desgracias mejor que el del Centro Nacional de Inteligencia, me llamó por teléfono.
—Mari Carmen, ¿tú dónde estás? —me preguntó. Su tono de voz era raro, como cuando te van a dar el pésame.
—Pues en casa, Rocío, dándole la merienda a las criaturas. ¿Por qué?
—Escúchame una cosa, y no te me alteres. Estoy en la calle Betis. Acabo de ver a Paco.
—A menos que el cliente de Madrid lleve un vestido de lunares ceñido hasta la médula, tenga el pelo rubio de bote y se esté comiendo a besos a tu marido apoyada en la barra de un bar… yo diría que de negocios, poco, hija.
El mundo se me paró. Os juro que sentí cómo el corazón se me caía a los pies, rebotaba contra el suelo de terrazo y se me quedaba atravesado en la garganta. La traición tiene un sabor metálico, como si te metieras una moneda en la boca. No dije nada. Colgué el teléfono. Miré a Hugo y a Martina, que estaban llenos de papilla de frutas hasta las cejas, riéndose ajenos a que su padre acababa de reventar nuestra familia por los aires. En ese momento, cualquier mujer en su sano juicio habría cogido a los niños, un taxi, y se habría presentado en la calle Betis a montar el pollo del siglo. Habría volado el rebujito, habrían volado los platos de aceitunas y habría volado el peluquín de algún espectador. Pero yo no. Yo me quedé clavada en la silla de la cocina.
Pensé en Doña Cayetana. Pensé en la sonrisa triunfal que pondría si yo armaba un escándalo y nos separábamos. Diría que yo “no supe retenerle”, que “las mujeres de mi clase no tienen aguante”, que “pobre de su hijo”. Pensé en mis hijos. Si me divorciaba en ese momento, sin trabajo, sin dinero ahorrado (porque Paco manejaba todas las cuentas de la casa “para no preocuparme”), me iba a ver en la calle, mendigando a mi suegra una pensión alimenticia que me pasaría como si me echara migajas de pan. No. Me negué a darle ese gusto. Me negué a ser la víctima llorosa. Me sequé una única lágrima que se me había escapado, limpié la cara de mis hijos, y tomé la decisión más dura y más fría de mi vida. Me tragaría el orgullo. Me quedaría en silencio. Me convertiría en la esposa perfecta, en la sombra ideal. Y me prepararía. Oh, vaya si me iba a preparar.
El silencio es una cosa muy curiosa. Al principio te ahoga, como si llevaras un corsé apretado tres tallas menos de la que te corresponde. Pero con el tiempo, te acostumbras a él, y te das cuenta de que el silencio no es ausencia de sonido, es ausencia de información para el enemigo. Y mi enemigo no era solo Paco y su amante de turno (porque luego me enteré de que la rubia de la calle Betis, a la que llamaban ‘La Vane’, no fue la única, sino la primera de una larga lista de “clientas de Madrid”). Mi enemigo principal era la maquinaria familiar que los sostenía.
A partir de aquel Jueves Santo, mi vida se convirtió en una obra de teatro. Empecé a interpretar el papel de mi vida: la esposa devota, ingenua y ligeramente tonta. Cuando Paco llegaba a casa de madrugada oliendo a perfume barato y a ginebra, yo me levantaba, le preparaba un vaso de agua, le sonreía y le decía: “Ay, cariño, cuánto trabajas por nosotros. Tienes que descansar más”. Él, creyéndose el hombre más astuto del universo, me daba un beso en la frente con esa condescendencia que me daba ganas de vomitar, y se iba a dormir. Se creía que yo no notaba las marcas de maquillaje en el cuello de las camisas. Lo que él no sabía es que, mientras él roncaba, yo le registraba los bolsillos, le miraba el móvil (cuya contraseña era la fecha de cumpleaños de su madre, el muy predecible), y copiaba cada mensaje, cada factura de hotel, cada transferencia bancaria extraña, y lo guardaba todo en una carpeta encriptada en mi ordenador. Una que titulé amablemente «El archivo del gilipollas».
Doña Cayetana, por su parte, seguía con su deporte favorito: hacerme de menos en las comidas de los domingos. Ir a comer a su casa era un suplicio. Servía puchero, sí, pero el caldo venía envenenado con indirectas.
—Ay, Carmen, te veo más… entradita en carnes, ¿no? —me soltaba mientras cortaba un trozo de pringá—. Paco, hijo, fíjate en las amigas de tu hermana, que van todas al gimnasio y están estupendas. Tú deberías animar a tu mujer, que luego los maridos se aburren, y con razón.
Yo sonreía, me limpiaba la comisura de los labios con la servilleta de hilo (que picaba lo suyo), y le contestaba con una voz tan dulce que parecía que me había tragado un panal de miel:
—Tiene usted toda la razón, Doña Cayetana. Es que el estrés de criar a los niños mientras Paco trabaja tantísimo me da por comer. Pero no se preocupe, que su hijo está muy bien atendido. Y usted, por cierto, ¿se ha cambiado de crema hidratante? Le noto las arrugas del cuello mucho más… marcadas hoy.
La vieja se quedaba blanca, tocándose la papada por instinto, y Paco, que nunca escuchaba nada porque estaba ocupado mandándose mensajes de texto por debajo de la mesa, solo levantaba la vista para decir: “Mamá, deja a Carmen, que el puchero está buenísimo”. Un pusilánime. Un cobarde de manual.
Pero mientras ellos vivían en su burbuja de elitismo barato y engaños, yo construía mi castillo en secreto. Cuando los niños empezaron el colegio, supe que tenía mañanas libres. Paco asumió que yo usaba ese tiempo para tomar café con mis amigas y ver programas del corazón. Bendito machismo que los vuelve tan ciegos. Lo que realmente hice fue empezar a estudiar por las mañanas. Me saqué un título superior de contabilidad y finanzas a distancia. Me ponía los cascos en la mesa de la cocina, rodeada de apuntes, y me tragaba horas y horas de balances, leyes fiscales y análisis de inversiones. Descubrí que los números se me daban sorprendentemente bien. Era irónico: mi marido pensaba que yo no sabía ni sumar la cuenta del supermercado, y yo estaba aprendiendo a auditar empresas.
Y entonces di un paso más. Empecé a desviar pequeñas cantidades de dinero. Paco me daba una “asignación” mensual para los gastos de la casa, comida, ropa de los niños y caprichos. Me lo ingresaba en una cuenta donde solo yo figuraba como titular (según él, para “no mancharse las manos con menudencias”). Yo me volví la mujer más tacaña de Sevilla. Compraba marcas blancas en el supermercado y vaciaba el contenido en los envases de marca para que Paco no se quejara. Compraba la ropa de los niños en mercadillos y rebajas, pero le cortaba las etiquetas para que parecieran de boutique. Aprendí a hacer milagros con los pucheros, alargando la comida de forma espectacular. Cada euro que ahorraba, lo metía en una cuenta de inversión online que abrí a mi nombre. Empecé a invertir con cabeza. Poco a poco, de manera conservadora. Mientras Paco se gastaba su sueldo, y el dinero de las comisiones de su empresa de seguros, en cenas caras, joyas para sus amantes y aparentar en el club de campo, yo estaba construyendo mi propio fondo de independencia.
Pasaron diez años. Diez largos años en los que crié a Hugo y a Martina con todo el amor del mundo. Los convertí en unos niños educados, despiertos y alejados del esnobismo rancio de su familia paterna. Los llevaba al parque de María Luisa, les enseñaba a valorar las cosas pequeñas, y sobre todo, a respetar a las mujeres. A Hugo le enseñé a planchar y a cocinar desde que tuvo edad para agarrar una sartén sin quemarse. “Un hombre inútil es una carga para la sociedad, hijo”, le decía. Y Martina, mi niña, sacó la misma mala leche que yo, pero con mejores notas en el colegio.
Durante esta década, vi cómo Paco iba cuesta abajo. Sus “negocios” se volvían cada vez más dudosos. Empezó a juntarse con una fauna de la que yo ya no quería ni saber el nombre. Señores trajeados con demasiado oro en las muñecas y muy pocos escrúpulos. Paco se creía el lobo de Wall Street, pero en realidad era un perrillo faldero deslumbrado por el dinero rápido. A menudo, Doña Cayetana me llamaba para alardear.
—Mi Paquito es un visionario, Carmen. Ha conocido a unos empresarios fantásticos. Van a invertir en una cosa modernísima… el ‘block-cheín’ o algo así. Dice que vamos a multiplicar el patrimonio de la familia por diez. Deberías besar por donde pisa, porque gracias a él, tus hijos van a ser herederos de una fortuna.
—Qué alegría, doña Cayetana —respondía yo, mientras revisaba en mi portátil mis propias acciones, que habían subido un modesto pero seguro 5% ese mes—. Yo siempre le pongo velas a San Judas Tadeo por él.
Lo que yo no le dije a mi suegra es que, gracias a mis conocimientos de finanzas y a un par de contactos que había hecho en foros online bajo seudónimo, sabía perfectamente quiénes eran esos “empresarios fantásticos”. Eran unos estafadores profesionales de la Costa del Sol. Vendían humo envuelto en jerga tecnológica. Prometían rentabilidades del 40% anual en criptomonedas y desarrollos inmobiliarios en el metaverso. Una estafa piramidal de libro. Un esquema Ponzi tan descarado que solo un idiota avaricioso caería en él. Y mi Paco, y su queridísima madre, eran los candidatos perfectos.
El karma, dicen algunos, tarda en llegar. Es como el autobús de la línea 3 en pleno agosto: parece que no viene nunca, te asas de calor en la marquesina, sudas, te desesperas, maldices a todo el árbol genealógico del conductor… pero al final, asoma por la esquina. Y cuando llega, o te apartas, o te arrolla. Yo llevaba diez años sentada en la marquesina, esperando. Y el autobús, por fin, estaba a punto de doblar la esquina, sin frenos y directo hacia el salón de Doña Cayetana.
Parte 3: El derrumbe del castillo de naipes y el lloro sin perlas
Todo estalló poco después de las Navidades del año pasado. Las peores fechas para una crisis financiera, pero las mejores para el drama dramático, que en Sevilla nos gusta mucho. Paco llevaba meses comportándose de manera errática. Estaba pálido, más delgado, y le sudaban las manos constantemente. Ya no salía por las noches a ver a sus “clientas”. Ahora se pasaba las madrugadas en el despacho, fumando compulsivamente y mirando la pantalla del ordenador con los ojos inyectados en sangre. Yo, por supuesto, seguía en mi papel. Le preparaba tila, le preguntaba si le dolía la barriga, y me hacía la tonta. “Ay, Paco, ¿estás bien? Te veo mala cara. ¿Quieres que te haga un caldito de puchero?”. Él me gruñía, me decía que le dejara en paz, que las mujeres no entendíamos de la presión de los grandes negocios.
Una tarde de enero, mientras caía en Sevilla ese frío húmedo que se te mete en los huesos y no hay brasero que te lo quite, me llamó Doña Cayetana. La voz le temblaba. No había rastro de su habitual tono de marquesa ofendida. Sonaba a anciana asustada.
—Carmen… Carmen, por Dios, vente para mi casa. Necesito que vengas ya.
—Doña Cayetana, estoy ayudando a Martina con los deberes de matemáticas. ¿Es urgente?
—¡Que vengas, te digo! ¡Paco está aquí y me va a dar un parraque! ¡Se ha perdido todo, Carmen, se ha perdido todo!
Aparqué a los niños con Rocío (bendita Rocío, que siempre estaba ahí y a la que le había contado absolutamente todo mi plan años atrás), cogí mi abrigo de paño y me fui para Los Remedios. Cuando abrí la puerta del piso, la escena era digna de un cuadro de Goya, pero en versión patética. Doña Cayetana estaba tirada en el sofá de orejeras, llorando a moco tendido, con el maquillaje corrido y —detallazo— sin el collar de perlas puesto. Estaba desaliñada, agarrándose el pecho. En el centro del salón, Paco daba vueltas en círculos, tirándose de los pelos, literalmente, arrancándose manojos de pelo con gomina.
—¡Tranquilizaos, por favor! —grité, cerrando la puerta con fuerza—. ¿Se puede saber qué pasa? ¿Ha muerto alguien?
Paco me miró con los ojos desorbitados y se dejó caer de rodillas al suelo. Un hombre hecho y derecho de casi cincuenta años, llorando como un bebé al que le han quitado el chupete.
—Me han engañado, Carmen… Nos han engañado… Lo he perdido todo. Todo. El dinero, las inversiones… y el fondo de mamá.
—¿Qué quieres decir con “todo”? —pregunté, fingiendo una sorpresa que habría merecido un Goya a la mejor actriz revelación.
Doña Cayetana se incorporó a medias, señalando a su hijo con un dedo tembloroso.
—¡Este imbécil! ¡Este inútil al que parí con tanto dolor! ¡Me dijo que era seguro! ¡Me convenció para hipotecar este piso! ¡Mi casa, Carmen! ¡El piso de mis padres! Y no solo eso… ¡Mis ahorros, las joyas de la abuela, todo! Se lo dio a esos… a esos…
—A los brokers de criptoactivos y desarrollos disruptivos del metaverso —completé yo, usando por primera vez delante de ellos la terminología exacta, pronunciando cada sílaba con una claridad sepulcral.
Ambos se quedaron callados por un milisegundo, mirándome, sin entender cómo la paleta de la Macarena, la que no sabía sumar, sabía pronunciar eso. Pero estaban tan hundidos en su miseria que pasaron de largo.
—Sí, a esos hijos de puta… —sollozó Paco, golpeando el suelo con los puños—. La plataforma ha desaparecido. La página web ya no existe. Los teléfonos dan apagado. Fui a la oficina en Marbella y es un local vacío con un cartel de “Se alquila”. ¡Se han llevado millones, Carmen, y lo nuestro iba ahí! ¡El banco nos exige la cuota del préstamo y no tengo ni para pagar el agua de este mes! ¡Me van a embargar! ¡Nos van a dejar en la puta calle!
El silencio volvió a hacerse en el salón. Pero esta vez, no era mi silencio asfixiado. Era el silencio de su tumba financiera. Los miré a los dos. A la suegra altiva que me despreció por no tener pedigrí, que se creía por encima del bien y del mal porque heredó un piso de techos altos. Al marido cobarde y mujeriego que me había traicionado una y otra vez, creyéndose impune, tratándome como a un mueble más de la casa. Ahora, los dos estaban arrastrados a mis pies, llorando por dinero. Qué frágil es la dignidad cuando solo se sostiene con billetes de quinientos.
—Bueno, Paco —dije con una calma que daba miedo, caminando hacia el mueble bar y sirviéndome una copita del coñac caro que guardaban para las visitas de postín—. Esto es un contratiempo, sin duda.
—¿Un contratiempo? ¡Carmen, estás sorda! ¡Estamos en la ruina! —chilló Doña Cayetana—. ¡Tendremos que irnos a vivir a un alquiler barato! ¡A un barrio obrero! ¡Dios mío, a lo mejor tenemos que irnos a tu barrio!
La señora prefería la muerte a vivir en la Macarena. Qué estampa.
Le di un sorbo al coñac. Estaba suave. Me giré hacia ellos y, por primera vez en más de quince años, me quité la máscara. Dejé caer la sonrisa sumisa. Me cuadré los hombros.
—A ver si nos aclaramos, Cayetana —dije, tuteándola por primera vez en mi vida. El impacto de prescindir del “Doña” fue como si le hubiera dado una bofetada con la mano abierta—. Vosotros estáis en la ruina. Yo, curiosamente, no.
Paco levantó la cabeza, con un hilo de baba colgándole de la comisura de los labios.
—¿Qué dices? Carmen, tú no tienes un duro. Tus tarjetas dependen de mi cuenta, que está bloqueada…
—¿Tus tarjetas? Ay, Paquito de mi vida… —Suspiré, acercándome a él y agachándome para quedar a la altura de sus ojos llorosos—. Llevo diez años sin tocar un céntimo de tus tarjetas para nada que no fuera estrictamente necesario para la supervivencia básica. Llevo diez años ahorrando. Llevo diez años estudiando. Llevo diez años invirtiendo mi propio capital en fondos indexados seguros y rentables mientras tú te gastabas los márgenes de beneficio en invitar a copas a mujeres que no se sabían ni tu segundo apellido en hoteles de la A-49.
Paco se quedó lívido. Cayetana dejó de llorar y abrió la boca, pareciendo un pez fuera del agua.
—¿De qué mujeres hablas? —balbuceó Paco.
—De La Vane. De Pilar, la de la inmobiliaria. De la chica ucraniana del año pasado. De la tal “Marta reuniones Madrid” que tenías guardada en el móvil y que, curiosamente, te mandaba fotos en lencería a las tres de la mañana. —Me levanté, sacudiéndome el polvo imaginario de la falda—. Tengo copias de cada factura, Paco. De cada transferencia. De cada regalo. Así que ni se te ocurra pensar en intentar meter mano a mis ahorros en el divorcio argumentando bienes gananciales, porque te juro que te meto un pleito por mala praxis financiera en el matrimonio, desvío de capitales y te expongo delante de todo el Club Pineda. Te dejo en calzoncillos y con la reputación a la altura del betún.
—¡Divorcio! —chilló Doña Cayetana, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Nos vas a abandonar ahora, en la desgracia! ¡Qué mala eres, qué víbora! ¡Siempre lo supe! ¡Eras una buscona que venía a por el dinero de mi hijo!
Solté una carcajada tan alta que resonó en los techos de tres metros del salón.
—¡Pero qué dinero, Cayetana! ¡Si no tenéis donde caeros muertos! ¡Si acabáis de perder la casa por jugar al Monopoly con gente que es más lista que vosotros! Yo no vine a por dinero. Vine enamorada. Vosotros os encargasteis de matar ese amor a base de desprecio y cuernos. Y ahora, mira por dónde, la única que tiene dinero en esta sala es la “dependienta” de la calle Sierpes.
Parte 4: La justicia poética no usa tacones de aguja
Las semanas siguientes fueron un auténtico espectáculo, digno de ser emitido en horario de máxima audiencia. Yo ejecuté mi plan con la precisión de un relojero suizo. Presenté la demanda de divorcio al día siguiente. Contraté a una de las mejores abogadas matrimonialistas de la ciudad, pagada de mi propio bolsillo, de esa cuenta que Paco no supo que existía hasta que fue demasiado tarde. Cuando nos sentamos a negociar, Paco estaba deshecho. No tenía dinero para pagar a un buen abogado, así que tuvo que conformarse con el abogado de oficio, un chaval jovencito que parecía sudar cada vez que mi abogada hablaba.
Paco intentó pelear la custodia compartida, no porque quisiera ver a los niños (a los que apenas prestaba atención si no había público), sino para no pagarme pensión. Pero ahí saqué el As en la manga: “El archivo del gilipollas”. En cuanto su abogado vio el historial de negligencias, ausencias injustificadas, y el desastre financiero en el que había metido a su familia dejándolos sin domicilio, le aconsejó a Paco que firmara el acuerdo y diera gracias a Dios de que yo no buscara la custodia exclusiva absoluta con orden de alejamiento. Me quedé con la custodia principal. Paco se quedó con un régimen de visitas de fines de semana alternos y una pensión de alimentos que le iba a costar sangre, sudor y lágrimas pagar cada mes.
Pero lo mejor no fue el divorcio. Lo mejor fue la mudanza. El banco no tuvo piedad con Doña Cayetana. Ejecutaron la hipoteca. La señora tuvo que empaquetar sus muebles castellanos, sus vajillas de la Cartuja y sus recuerdos de alta cuna, y marcharse con el rabo entre las piernas. Y adivinad dónde terminaron alquilando un pisito diminuto, un segundo sin ascensor, porque era lo único que el sueldo embargado de Paco podía permitirse pagar. En la Macarena. Exacto. En mi barrio. A dos calles de donde vive mi tía Loli, la que me hizo el traje de flamenca, que ahora se asoma al balcón todos los días solo para ver a Doña Cayetana bajar a comprar el pan en bata y zapatillas, porque la depresión le ha quitado las ganas de arreglarse.
Yo, por mi parte, no volví a mi antiguo barrio, aunque le tengo mucho cariño. Cogí mis ahorros, los beneficios de mis inversiones de diez años, y compré un ático precioso y luminoso en el barrio de Nervión. A mi nombre. Solo al mío. Tiene una terraza enorme donde he puesto macetas de geranios, una mesa de madera y donde me siento cada tarde a tomar el fresco y a leer. Sin escuchar ruidos de tractores humanos por la noche, sin tener que tragar insultos en las comidas de los domingos.
Hugo y Martina lo tomaron sorprendentemente bien. Son chicos listos. Sabían perfectamente quién era su padre, aunque yo nunca les había hablado mal de él. Los niños no son tontos, ven las ausencias, ven los desprecios. Cuando nos mudamos al ático, Hugo se instaló en su habitación, enchufó su ordenador y me dijo: “Mamá, me alegro de que por fin estemos solos. Papá olía mucho a tabaco y a mentiras”. Me echó a llorar, pero esta vez de alegría, abrazando a mi hijo, agradeciendo al cielo no haberles contagiado el veneno de aquella familia.
A día de hoy, Martina está terminando su primer año de Derecho con unas notas brillantes, becada por su expediente. Hugo está estudiando Ingeniería Informática y ya ha diseñado una aplicación para gestionar pequeños negocios locales. Están sanos, son felices y saben lo que cuesta ganar un euro de verdad, trabajando, no especulando.
¿Y Paco? Paco trabaja ahora de comercial de telefonía. Sí, de esos que te llaman a la hora de la siesta para ofrecerte un cambio de tarifa de internet. Una vez me llamó a mí por error. Cuando reconoció mi voz, colgó tan rápido que casi rompe el teléfono. Va en metro a trabajar porque tuvo que vender su coche de alta gama para pagar las deudas con Hacienda. Ya no lleva el cuello del polo levantado. Ya no se codea con el Club Pineda. Sus “amigos” de la alta sociedad desaparecieron en el mismo instante en que su cuenta bancaria se quedó a cero. El clasismo es así: te perdonan que seas un cabrón, te perdonan que seas un mujeriego, pero jamás te perdonan que seas pobre.
Y Doña Cayetana… ay, Cayetana. A veces paso por mi antiguo barrio, con mi coche nuevo pagado a tocateja, y la veo sentada en un banco de la placita, con la mirada perdida. Las perlas ya las empeñó hace tiempo. Ya no hay fiestas, ni sombreros de ala ancha, ni miradas por encima del hombro. Ahora solo hay soledad, amargura y un piso caluroso en verano y helado en invierno. A veces cruza la mirada conmigo desde lejos. Yo bajo la ventanilla, me pongo mis gafas de sol de marca (esta vez, sí, de las buenas), le dedico la sonrisa más radiante, amplia y sincera que he tenido en toda mi vida, y acelero lentamente, dejando atrás el pasado.
Y es que, querido amigo, te voy a decir una verdad más grande que la Giralda: dicen que la venganza se sirve en plato frío. Yo digo que eso es una tontería. La venganza se sirve en Sevilla, bajo un sol de justicia, con un buen tinto de verano en la mano, y sentada tranquilamente en la terraza del ático que te has comprado con el dinero que tu exmarido gilipollas ni siquiera sabía que eras capaz de ganar. El karma es una señora implacable, pero te aseguro que hace su trabajo de maravilla si sabes guardar silencio y esperar tu turno. Ahora, si me disculpas, tengo que ir a revisar el cierre trimestral de mis fondos de inversión. Que pases muy buenas tardes. Y olé.
Parte 5: El timbre que sonó a derrota y el café con sabor a venganza
Pensabais que la historia se había acabado ahí, ¿verdad? Que yo me iba a quedar en mi ático, regando los geranios, y que Paco y Doña Cayetana se iban a esfumar en la bruma de la mediocridad como dos fantasmas en pena. Ay, criaturitas mías, qué poco conocéis la soberbia de la burguesía sevillana venida a menos. El orgullo de esa gente es como la humedad de esta ciudad: se te mete en los huesos y no hay forma de erradicarlo, por mucha ruina que te caiga encima.
Habían pasado unos ocho meses desde que el banco les dio la patada y los mandó al exilio de la Macarena. Yo estaba en mi salón una mañana de martes. Era octubre, ese mes en Sevilla en el que por la mañana te pones una rebeca porque hace un fresquito que pela y a las dos de la tarde estás sudando como un pollo asado y maldiciendo la hora en que te abrigaste. Estaba sentada en mi sofá, uno de esos que te atrapan y no te sueltan, con un café humeante en una mano y la tablet en la otra, revisando las cotizaciones del IBEX 35. Martina estaba en la universidad y Hugo tenía prácticas en una empresa de software en la Cartuja. Yo disfrutaba de ese silencio que vale millones. El silencio de no tener a un marido inútil respirándote en la nuca.
De repente, el telefonillo sonó. Un sonido agudo, de esos que te taladran el tímpano. Miré la pantalla del videoportero y, os lo juro por la Macarena, casi se me cae la taza de café al suelo de parqué.
Allí abajo, en el portal de mi edificio de Nervión, estaba ella. Doña Cayetana de Todos los Santos. Pero no era la Cayetana que yo recordaba. Llevaba una gabardina color beige que había visto días mejores, un pañuelo de seda atado al cuello intentando disimular las arrugas, y unas gafas de sol inmensas, supongo que para que ninguna de sus antiguas amigas del club la reconociera si pasaba por allí. Parecía un caniche que acababa de salir de la lavadora.
Le di al botón del altavoz con una lentitud calculada.
—¿Sí? ¿Quién es? —pregunté, fingiendo no reconocerla.
Hubo un silencio. Pude escuchar cómo tragaba saliva a través del micrófono.
—Soy… soy yo, Carmen. Cayetana. Abre, por favor.
Me quedé mirando la pantalla. Podía haberla dejado allí. Podía haberle dicho que estaba ocupada, que no recibía visitas sin cita previa, o simplemente haber apagado el telefonillo y seguir con mis acciones. Pero, francamente, la curiosidad me mataba. ¿Qué nivel de desesperación la había llevado a arrastrarse desde su pisito sin ascensor hasta la puerta de la «dependienta»?
—Sube, Cayetana. Tercero A —dije, pulsando el botón de apertura.
Fui a la cocina, saqué una taza extra y preparé otra cafetera. Quería ser la anfitriona perfecta. Cuando el timbre de la puerta principal sonó, me pasé la mano por el pelo, me alisé el pantalón de lino blanco que llevaba puesto y abrí.
Cayetana estaba sin aliento. Supongo que la impresión de subir en un ascensor de cristal que funcionaba sin hacer ruidos raros la había dejado trastocada. Se quedó parada en el umbral, mirando mi recibidor. Miró el espejo de diseño, la consola de madera maciza, la alfombra mullida. Sus ojos iban de un lado a otro, evaluando, calculando, y seguramente, muriéndose de envidia.
—Pasa, no te quedes ahí en el pasillo, que vas a enfriar la casa —le dije, haciéndome a un lado.
Entró con pasos cortos, vacilantes. Cuando llegó al salón y vio la luz que entraba por los inmensos ventanales que daban a la terraza, se tuvo que sentar de golpe en una de las sillas del comedor.
—Tienes… tienes una casa muy bonita, Carmen —murmuró. Le costó pronunciar las palabras, como si tuviera la boca llena de arena.
—Gracias, Cayetana. Es lo que tiene comprar con dinero que existe de verdad y no con billetes del Monopoly. ¿Qué te trae por aquí? ¿Un café?
Asintió lentamente. Fui a la cocina y volví con dos tazas, azucarillos y unas pastas de té que había comprado en una pastelería cara. Las puse en la mesa delante de ella. No se quitó las gafas de sol.
—¿Te vas a dejar las gafas puestas? Pareces una espía de película barata de los años setenta —le solté sin contemplaciones. No estaba yo para protocolos.
Suspiró, se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa con manos temblorosas. Fue entonces cuando vi las ojeras. Unas bolsas oscuras, profundas, que le daban un aspecto cadavérico. Cayetana había envejecido diez años en ocho meses. La ruina no perdona, y menos cuando tu única identidad era el saldo de tu cuenta corriente y el código postal.
—Carmen… he venido porque no me queda otro remedio. Es humillante, pero no tengo a quién más acudir.
Me apoyé en el respaldo de mi silla, crucé las piernas y la miré fijamente.
—Tú dirás.
—Es Paco. Mi Paquito.
Casi me echo a reír. «Su Paquito». El niño de cincuenta años.
—¿Qué le pasa a Paco ahora? ¿Le han despedido de la compañía de teléfonos por no llegar a la cuota mensual de estafas a jubilados?
—No te rías, Carmen, te lo ruego por lo que más quieras —dijo, y para mi asombro, vi que se le formaban lágrimas en los ojos—. Paco está metido en un lío muy gordo. Mucho peor que lo de las criptomonedas.
—Me cuesta creer que haya algo peor que perder la casa de tus padres por meter el dinero en una aplicación de móvil que se llamaba «DogeCoin To The Moon» o algo así, Cayetana.
—Son prestamistas, Carmen. Gente mala. Gente de muy mala calaña.
El ambiente del salón se enfrió de golpe. Dejé mi taza de café en la mesa.
—Explícate. Y hazlo rápido, que tengo una reunión con mi gestor en una hora.
Cayetana empezó a hablar atropelladamente, como si llevara días ensayando el discurso y se le estuviera olvidando. Me contó que Paco, incapaz de aceptar su nueva realidad de empleado raso y viajero de metro, había intentado recuperar el estatus perdido. Y como no tenía crédito en ningún banco del país (su historial crediticio estaba más manchado que el delantal de un churrero), había acudido a prestamistas privados. Los usureros del Polígono Sur. Gente que no te pide un aval bancario, sino que te rompe las piernas si te pasas un día del plazo.
Paco les había pedido cincuenta mil euros. Según él, para invertir en un “negocio seguro” de importación de vehículos de alta gama desde Alemania, con el que iba a dar el pelotazo y recuperar la casa de su madre. Por supuesto, el tipo que le propuso el negocio se esfumó con el dinero a la semana siguiente. Ahora, Paco debía cincuenta mil euros, más unos intereses que subían cada semana, a gente que no manda burofaxes, sino matones.
—Han ido al piso de la Macarena, Carmen —lloriqueó Cayetana, tapándose la cara con las manos—. Ayer por la tarde. Yo estaba viendo la telenovela y aporrearon la puerta. Unos hombres enormes, con tatuajes en el cuello. Dijeron que si Paco no les daba al menos veinte mil euros para este viernes, me iban a quemar la puerta conmigo dentro. Tengo miedo, Carmen. Tengo mucho miedo. No pego ojo. He tenido que poner la cómoda del dormitorio bloqueando la entrada.
La miré. Realmente daba pena. Una señora mayor, acostumbrada a que el mayor drama de su vida fuera que la sirvienta no le hubiera planchado bien los pliegues de la falda, ahora estaba atrincherada en un piso de la Macarena huyendo de mafiosos locales.
—Y vienes a mí —deduje, con la voz plana, sin mostrar ninguna emoción—. Vienes a pedirme que saque veinte mil euros de mis ahorros para pagar las deudas del hombre que me engañó durante quince años y de la mujer que me hizo sentir como basura desde el día que la conocí.
Cayetana se encogió en la silla.
—Sé que no tengo derecho… sé que fui cruel contigo. Fui una clasista, fui una estúpida. Me creía superior porque tenía un apellido compuesto y unas perlas de herencia. Y Paco… mi hijo es un desgraciado. Un cobarde. Lo veo ahora, Carmen. Lo veo claramente. Nos hemos destrozado la vida nosotros solos por nuestra soberbia. Pero te lo pido por piedad. Te lo pido como madre. Es el padre de tus hijos. Si le hacen algo… si lo matan…
Me levanté de la silla y caminé hacia el ventanal. Miré la calle abajo. Los coches pasaban, la gente caminaba ajena al drama que se cocía en mi salón. Sentí una punzada en el estómago. Yo no soy una persona cruel. Fui criada por mis padres para ser compasiva, para ayudar al prójimo. Pero tampoco soy idiota. Darle dinero a Paco era como echar agua en un cesto de mimbre. Si le pagaba esta deuda, se metería en otra. Era un pozo sin fondo de estupidez y avaricia.
Me di la vuelta y me apoyé en el cristal.
—Cayetana, escúchame muy bien, porque solo lo voy a decir una vez. No te voy a dar ni veinte mil, ni diez mil, ni un solo euro.
Cayetana soltó un sollozo ahogado y agachó la cabeza, derrotada.
—Pero —continué, levantando un dedo—, no voy a permitir que le pase nada al padre de mis hijos. No por él, porque por mí se puede ir al fondo del Guadalquivir con una piedra atada al cuello. Sino por Hugo y Martina. No quiero que tengan que ir al calabozo a identificar a su padre, o que tengan que pagarle un hospital porque le hayan partido las dos piernas. Así que voy a solucionar esto. Pero lo voy a hacer a mi manera.
Cayetana levantó la vista, con una mezcla de esperanza y terror en los ojos.
—¿Qué vas a hacer? Esos hombres no son como los abogados del divorcio, Carmen. No puedes razonar con ellos con papeles.
—Tú déjame a mí. Yo me críe en la calle Feria, Cayetana. Yo sé cómo tratar con chusma mucho mejor que tú y que tu queridísimo hijo. Vete a tu casa. Quita la cómoda de la puerta. Y dile a Paco que se presente aquí mañana a las diez de la mañana en punto. Si llega a y un minuto, se las arregla solo.
Cayetana se levantó, temblando, e hizo algo que jamás pensé que vería. Se acercó a mí, me agarró de las manos y me las besó.
—Gracias… gracias, Carmen. Eres mucha mejor persona de lo que nosotros merecíamos.
Retiré mis manos suavemente.
—Eso ya lo sabía yo hace veinte años, Cayetana. Venga, vete, que tengo cosas que hacer.
Cuando se fue, me quedé a solas en el salón. Suspiré profundamente. El karma es agotador. A veces te obliga a remangarte y limpiar la basura que otros han dejado esparcida, no por ellos, sino porque el olor te empieza a molestar a ti. Saqué mi teléfono móvil y marqué un número que no había usado en muchos años. El número de mi primo el “Chico”, que trabajaba en la seguridad de varias discotecas y conocía a todo el mundo en los bajos fondos de Sevilla. Iba a necesitar favores.
Parte 6: El hombre menguante y el ultimátum
A la mañana siguiente, a las nueve y cincuenta y cinco, el telefonillo volvió a sonar. Era Paco. Cuando abrí la puerta de mi casa y le vi la cara, casi no le reconozco. Si Cayetana había envejecido diez años, Paco parecía haber vuelto de una guerra. Estaba demacrado, sin afeitar, con una camisa que le venía grande (había perdido por lo menos diez kilos) y un tic nervioso en el ojo izquierdo. Ya no había rastro del donjuán de la Feria de Abril. Era la sombra de un hombre.
Entró en mi casa mirando al suelo, sin atreverse a levantar la vista hacia la decoración. Lo llevé directamente a la mesa del comedor. No le ofrecí ni agua.
—Siéntate —le ordené, señalando la silla.
Se dejó caer como un saco de patatas.
—Mi madre me dijo que… que ibas a ayudarme, Carmen. Te lo pagaré, te lo juro por mis hijos, te devolveré cada céntimo…
Di un fuerte golpe en la mesa con la palma de la mano, tan fuerte que Paco dio un brinco en la silla.
—¡No te atrevas a jurar por mis hijos! —le grité, perdiendo la paciencia por primera vez en años—. ¡Tus hijos no son moneda de cambio para tus estupideces! No te equivoques, Paco. No estoy aquí porque te tenga lástima. Estoy aquí porque eres una mancha en el historial de mi familia y quiero limpiarla antes de que empiece a oler mal y afecte a Hugo y a Martina.
Paco agachó la cabeza y empezó a llorar. Un llanto lastimero, patético.
—Carmen, por favor… me van a matar. Debo cincuenta mil pavos al ‘Chato’ del Polígono Sur. No tengo nada. Trabajo diez horas al día vendiendo putos routers de internet y me embargan la nómina casi entera. No sé qué hacer. Pensé que el negocio de los coches alemanes era verdad…
—Pensaste que era verdad porque eres un vago que siempre ha buscado el dinero fácil —le interrumpí, sentándome frente a él con crueldad clínica—. Porque nunca has sabido lo que es doblar el lomo de verdad. ¿El Chato, dices?
—Sí… ¿le conoces?
—Mi primo el Chico fue con él al colegio. He estado haciendo un par de llamadas esta mañana.
Paco me miró con los ojos muy abiertos. Su exmujer, la dependienta que no entendía de negocios, estaba gestionando deudas con la mafia local antes de desayunar.
—He hablado con el Chato a través de mi primo —continué, con voz monótona, como si le estuviera leyendo la lista de la compra—. Le he explicado la situación. Le he dicho que de cincuenta mil euros, nada de nada. Que de los intereses usureros, que se olvide. He negociado el capital principal. Le voy a transferir treinta mil euros hoy mismo a una cuenta tapadera que me ha facilitado. Con eso, se da por pagado y os deja en paz a ti y a tu madre para siempre.
Paco se tapó la cara con las manos y soltó un largo suspiro de alivio, llorando aún más fuerte.
—Gracias… Dios mío, Carmen, gracias. Eres un ángel. Te juro que te devolveré los treinta mil, poco a poco, te lo juro…
—Cállate, Paco. Todavía no he terminado —le corté—. El Chato ha aceptado porque sabe que a ti no te va a poder sacar ni sangre, que estás seco. Prefiere treinta mil en mano hoy, que cincuenta mil promesas de un muerto. Pero este dinero no es un préstamo mío hacia ti. Es el precio de tu libertad total y absoluta de nuestras vidas.
Paco frunció el ceño, confundido.
—¿Qué quieres decir?
Saqué una carpeta de cuero de mi maletín, que había dejado preparado sobre una silla anexa, y la puse sobre la mesa. La abrí. Había un documento redactado por mi abogada.
—Esto, Paco, es un contrato privado y una modificación del convenio regulador de nuestro divorcio. Y también, una renuncia legal.
—¿Renuncia a qué?
—A la custodia compartida o a los fines de semana. A la patria potestad en los aspectos económicos. A cualquier reclamación futura sobre los bienes de tus hijos. Y lo más importante, un compromiso por escrito de que vas a coger a tu madre, vas a recoger tus maletas, y te vas a ir de Sevilla.
El tic del ojo de Paco se aceleró brutalmente.
—¿Irme de Sevilla? ¡Carmen, toda mi vida está aquí! ¡Yo soy de Sevilla! ¡Mis hermandades, mis amigos…!
—¡No tienes amigos! —le solté, cortando el aire con la voz—. ¡Tus amigos del club de campo no te cogen el teléfono desde que no puedes pagar la cuota! ¡Tus hermandades no quieren verte porque debes cuotas atrasadas! ¡No eres nadie aquí, Paco! Si te quedas, vas a seguir cruzándote con la gente a la que debes dinero o a la que has avergonzado. Y tarde o temprano, Hugo y Martina se van a enterar de que su padre estuvo a punto de ser apaleado por prestamistas. No voy a permitir que la reputación de mis hijos, que están empezando sus carreras, se manche por tu culpa.
Señalé el documento con un bolígrafo.
—Vas a firmar esto. Y con el dinero que te sobre de tu sueldo este mes, vas a comprar dos billetes de autobús. Tengo entendido que tu madre tiene una hermana en un pueblo de Badajoz, una tía tuya con la que no se habla desde hace veinte años porque decía que era “de campo”. Pues que se reconcilie. Os vais a ir a Extremadura, o a Cuenca, o a donde os dé la gana. Lejos de nosotros. Si veo tu cara o la de tu madre a menos de cincuenta kilómetros de Sevilla, llamo al Chato y le digo que el acuerdo se cancela y le devuelvo tu deuda multiplicada por dos. ¿Me has entendido?
Estaba hundiendo a un hombre, y lo sabía. Pero no sentía ni una pizca de remordimiento. Era defensa propia. Era limpiar la infección antes de que causara una sepsis generalizada en mi familia.
Paco miró los papeles. Leyó las cláusulas con los ojos llenos de lágrimas. Sus manos temblaban tanto que no podía ni sujetar el bolígrafo.
—No puedo ver a mis hijos… —susurró.
—Hugo y Martina ya son casi mayores de edad o adultos. Si ellos quieren ir a verte al pueblo de Badajoz, o donde sea que acabes, yo no se lo voy a impedir. Ellos tienen su criterio. Pero tú no vas a venir aquí a buscarlos, ni vas a pedirles dinero, ni vas a volver a meter tus mentiras en sus cabezas. Se acabó el teatro, Paco. El telón ha bajado definitivamente para ti en esta ciudad. O firmas esto y agarras la maleta, o cruzas esa puerta y te las apañas con el matón de los tatuajes en el cuello. Tú eliges.
Fueron los dos minutos más largos de mi vida. Paco miraba el bolígrafo, miraba la puerta, me miraba a mí. Buscaba algún resquicio de debilidad en mi mirada, alguna señal de la vieja Carmen, la “dependienta” manipulable a la que podía engatusar con una sonrisa torcida. Pero se encontró con un muro de hormigón armado forrado de acero inoxidable.
Finalmente, sin decir una palabra, agarró el bolígrafo y firmó las tres copias. Garabateó su firma como si estuviera firmando su propia sentencia de muerte. Cuando terminó, tiró el bolígrafo sobre la mesa.
—Ya está —dijo, con voz ronca, rota—. Has ganado, Carmen. Me has dejado sin nada.
—Yo no te he quitado nada, Paco. Tú solito fuiste soltando todo lo que tenías hasta quedarte con las manos vacías. Recoge tu copia. Y vete de mi casa.
Se levantó pesadamente. Caminó hacia la puerta arrastrando los pies. Cuando puso la mano en el pomo, se giró levemente, sin mirarme a la cara.
—Diles a los niños… diles que lo siento. Que siento no haber sido el padre que necesitaban.
—No te preocupes. Les diré que, por una vez en tu vida, hiciste lo correcto apartándote de su camino. Adiós, Francisco.
La puerta se cerró. Escuché sus pasos alejándose por el pasillo. Fui a la mesa, recogí los contratos firmados y los guardé en la carpeta. Luego, cogí el teléfono y realicé la transferencia de los treinta mil euros a la cuenta acordada. Me dolió en el alma desprenderme de ese dinero, fruto de mis inversiones, pero lo consideré el pago del peaje más barato posible para cruzar hacia una vida completamente libre.
Parte 7: El último tren a ninguna parte y la lección aprendida
Un mes después, el barrio de la Macarena amaneció con un camión de mudanzas pequeño en la puerta del bloque donde vivía Cayetana. Yo no estuve allí para verlo, por supuesto, pero mi tía Loli me lo retransmitió todo por teléfono con un nivel de detalle que ríete tú de los comentaristas deportivos.
—Niña, que están sacando unos muebles de aglomerado que dan penita verlos —me decía mi tía, asomada al balcón con los rulos puestos y el teléfono pegado a la oreja—. La vieja va con un abrigo negro, llorando por las esquinas, subiéndose a un taxi. Él está subiendo unas bolsas de plástico a un coche de alquiler barato. Niña, esto es mejor que la serie turca de Antena 3.
—Déjalos que se vayan tranquilos, tita —le contesté, sonriendo mientras removía la cucharilla en mi café—. Que tengan buen viaje.
—Oye, Carmen, dicen en el mercado que te debían dinero y que por eso han tenido que huir. La frutera me ha dicho que…
—Tita Loli, la gente en el mercado habla mucho. Que se han ido buscando aires nuevos, que la humedad del Guadalquivir le venía mal a los huesos a Cayetana. Eso es todo.
Nunca le conté a nadie, ni a mis amigas, lo del chantaje, los prestamistas y los treinta mil euros. Esa historia murió en el salón de mi ático. Para el resto de Sevilla, Paco y su madre simplemente habían colapsado bajo el peso de su propia ruina financiera y se habían retirado al ostracismo en el campo para esconder la vergüenza.
Esa misma tarde, me senté con Hugo y Martina en la mesa de la cocina. Había preparado una tortilla de patatas con cebolla (la buena, la que te reconcilia con la vida) y unas croquetas de puchero. Mientras cenábamos, les conté la versión oficial y adaptada. Les dije que su padre había decidido empezar de cero en otro lugar con su abuela, lejos de las deudas y de la presión de Sevilla.
Martina me miró con sus ojos grandes y penetrantes, esos que heredó de mí pero con el color de su padre.
—Mamá… papá huye, ¿verdad? No empieza de cero, simplemente escapa de lo que ha roto.
Me quedé mirándola, asombrada de la madurez de mi niña de diecinueve años.
—A veces, hija, huir es la única opción que les queda a los que no saben reconstruir. Vuestro padre es un experto en romper cosas, pero nunca aprendió a usar el pegamento. Ha decidido que es más fácil comprarse un jarrón nuevo, aunque sea de plástico y en otra provincia, que intentar recoger los cristales del que hizo añicos.
Hugo asintió en silencio, partiendo un trozo de tortilla.
—Nos ha dejado su nueva dirección, por si algún día queremos ir a verle —dijo, mirando el papel que Paco había dejado para ellos—. En un pueblo perdido de Extremadura.
—La decisión de ir o no es vuestra —les aseguré con total sinceridad—. Yo jamás os hablaré mal de él frente a vosotros, y jamás os prohibiré verle. Es vuestro padre. Y el amor de los hijos hacia los padres tiene sus propias reglas.
Martina arrugó la nariz.
—A lo mejor en verano le mandamos una postal. Por ahora, yo tengo exámenes de Derecho Romano que me preocupan más que los dramas de papá y la abuela Cayetana. Por cierto, ¿la abuela se llevó las perlas?
Me eché a reír con ganas.
—No, cariño. Las perlas ya las empeñó para pagar el recibo de la luz hace meses.
Los tres nos echamos a reír, una risa limpia, sin maldad, pero con esa ironía sana que te queda cuando has sobrevivido al temporal y ya estás secándote al sol.
Parte 8: El epílogo de la dependienta, la reina del tablero
Han pasado tres años desde aquel día en que el telefonillo sonó por última vez para anunciarme la llegada del pasado. Tres años en los que la paz ha reinado en mi casa como una monarca absoluta y benevolente.
La vida tiene una manera muy curiosa de ordenar las piezas del tablero cuando tú has estado jugando al ajedrez en silencio mientras los demás jugaban a las damas gritando. Mi cartera de inversiones creció lo suficiente como para permitirme dejar de trabajar si quisiera, pero el aburrimiento no está en mi ADN. Así que, con cincuenta años cumplidos, espléndida y con una paz mental que no me la quita nadie, decidí emprender.
No volví a la mercería, no. Abrí una pequeña empresa de asesoría financiera para mujeres. «Gestoría Sierpes», la llamé. Sí, un guiño a mis orígenes, para que nunca se me olvide de dónde vengo. Mi despacho está en el centro, a dos calles de la Catedral. Ayudo a mujeres que se encuentran en situaciones como la mía: amas de casa, madres, mujeres que han delegado el control económico a maridos que no se lo merecen y que un día se despiertan asustadas, sin saber qué hacer. Yo les enseño a gestionar su patrimonio, a esconder dinero legalmente (o a asegurar el que tienen, digamos), a entender un balance y a no dejarse pisotear. Martina, que ya es casi abogada, viene por las tardes a ayudarme con los temas legales de divorcios y separaciones de bienes. Somos un equipo letal. A los maridos estafadores de Sevilla les empieza a dar alergia escuchar nuestro nombre.
¿Y de Paco y Cayetana? Sé poco, y lo que sé, casi me da pena. Mi tía Loli me dijo que Cayetana falleció hace un año en aquel pueblo de Badajoz. Al parecer, de un infarto. Sin pompa, sin un funeral multitudinario en la capilla del colegio de los Jesuitas, sin la alta sociedad sevillana dándole el pésame. Solo unos vecinos del pueblo y su hijo. La enterramos en la más absoluta irrelevancia. A veces pienso en ella y siento una especie de lástima fría. Murió lejos de su amada Sevilla, en una cama humilde, recordando un pasado de grandezas que ella misma ayudó a dinamitar.
Paco sigue allí. Trabaja de peón agrícola o algo parecido, según me contó Hugo, que fue a verle una vez hace dos años. Hugo volvió de aquel viaje callado. Me dijo que su padre vivía en una casita de alquiler, con humedades, y que se pasaba las tardes en el bar del pueblo, contando a quien quisiera escucharle historias sobre cuando era un importante hombre de negocios en la capital andaluza y conducía un BMW. Los paisanos del pueblo, supongo, le escucharán por educación y luego se reirán de él a sus espaldas, considerándolo el tonto del pueblo que se cree marqués. No volvió a tener novia. El encanto del sevillano engominado no funciona si la gomina es de marca blanca y la camisa tiene manchas de sudor. El karma completó su ciclo. Se quedó absolutamente solo.
Yo, en cambio, no podría estar más acompañada. Tengo a mis hijos, tengo mis amigas, tengo mi trabajo. Y de vez en cuando, me arreglo, me pongo unos tacones estupendos que no me destrozan los pies, un vestido rojo que quita el hipo, y me voy a cenar a la terraza de algún restaurante caro con vistas a la Giralda. Me pido una copa de vino del bueno, de los que antes Paco compraba para sus “reuniones de negocios”. Levanto la copa y brindo en silencio.
Brindo por las dependientas. Brindo por las madres que tragan quina para proteger a sus crías. Brindo por los años de silencio que te enseñan a escuchar mejor. Y brindo, sobre todo, por ese momento exacto, mágico y maravilloso en el que el tiempo te da la razón, te pone en tu sitio y deja a los imbéciles en el suyo.
Y si alguna vez pasáis por Sevilla, y veis a una mujer de unos cincuenta años, caminando con paso firme por la Avenida de la Constitución, con una sonrisa en los labios que dice “he ganado y vosotros no lo sabíais”, no dudéis en saludarme. Soy Carmen, la de la Macarena. Y esta, por fin, es la historia en la que la buena, que no la tonta, termina ganando todas las partidas. Olé, y buenas noches.