Posted in

El precio del silencio en la mansión de Barcelona donde mi suegra compró mi propia libertad

El precio del silencio en la mansión de Barcelona donde mi suegra compró mi propia libertad

PARTE 1: El desembarco en el planeta Pedralbes

A ver, que yo no es que sea una desagradecida, de verdad os lo digo. Si tú me das a elegir entre un piso de treinta metros cuadrados en Vallecas con vistas a un patio de luces que huele a fritanga y una mansión en la zona alta de Barcelona con más cuartos de baño que personas, pues oye, no soy tonta. Pero lo de mi suegra, Doña Mercedes de Alquézar y Rius —ojo al apellido compuesto, que eso ya te da un estatus de «yo no cago, yo proceso ambrosía»—, no era un regalo. Era una opa hostil a mi autonomía personal.

Todo empezó cuando Jordi, mi santo, que es más bueno que el pan pero tiene la columna vertebral de un flan de huevo frente a su madre, me soltó la noticia. Estábamos en nuestro pisito de alquiler, rodeados de cajas de pizza y con el aire acondicionado gimiendo como un alma en pena.

—Elena, cariño —me dijo, con esa cara de «me va a caer una bronca pero el cheque ya está firmado»—, mi madre dice que ya está bien de vivir así. Que ha comprado la casa de los tíos en Pedralbes. Y que es para nosotros.

Yo me quedé con el trozo de pepperoni a medio camino.

—¿La casa de los tíos? ¿Esa que tiene un jardín donde se podría rodar Jurassic Park? Jordi, que no podemos pagar ni el IBI de esa finca. Que mi sueldo de redactora freelance y el tuyo de arquitecto junior no dan ni para el cloro de la piscina.

—Ese es el tema, bombón —añadió él, evitando mi mirada—. Mamá se encarga de todo. Gastos, mantenimiento, servicio… Solo tenemos que irnos a vivir allí. Dice que es «por el bien del linaje».

Y ahí, justo en ese momento, debería haber escuchado la música de violines de las películas de terror. Pero no, yo solo pensé en que por fin tendría un vestidor de verdad y no ese armario de Ikea que se caía a pedazos cada vez que colgaba un abrigo. ¡Qué ingenua! En España decimos que a caballo regalado no le mires el dentado, pero es que el caballo de mi suegra tenía colmillos de vampiro y un contrato de exclusividad con el diablo.

La mudanza fue un poema. Llegamos a la mansión y allí estaba ella, Doña Mercedes, plantada en el porche como si fuera la estatua de la libertad pero con un conjunto de lino color crema que costaba más que mi carrera universitaria. Nos recibió con esa sonrisa que no llega a los ojos, esa que usan las señoras bien de Barcelona para decirte que te desprecian profundamente pero que son demasiado educadas para escupirte.

—Elena, querida —me soltó, dándome dos besos al aire, porque tocar mi piel de plebeya debía de darle alergia—. Por fin llegas a un hogar de verdad. He tomado la libertad de deshacerme de esos trastos viejos que traíais en el camión. No querrás que el espíritu de esta casa se contamine con… ¿cómo lo llamaba Jordi? Ah, sí, «estética vintage». Aquí todo es de diseño nórdico minimalista, menos las joyas, que esas son clásicas.

Miré hacia atrás y vi cómo unos operarios descargaban mis muebles de segunda mano y los metían directamente en una furgoneta de «Reto». Mi sillón de lectura, mi lámpara de lava, mis pósters de películas… Todo iba camino del desguace emocional.

—¿Perdona? —dije yo, intentando no soltar el primer exabrupto de la tarde—. Mercedes, esa era mi mesa de dibujo.

—No, Elena, eso era un trozo de madera con patas. No te preocupes, te he comprado un escritorio de nogal que perteneció a un embajador. Y por favor, no me agradezcas nada. Ver tu cara de… asombro, es pago suficiente.

La casa era fría. No fría de temperatura, que para eso Mercedes tenía la calefacción central a tope de potencia —total, pagaba ella—, sino fría de alma. Las paredes eran de un blanco tan nuclear que te daban ganas de ponerte gafas de sol dentro del salón. Todo estaba impoluto. No había ni una mota de polvo, básicamente porque Mercedes había contratado a una mujer, la pobre Carmen, que parecía un espectro recorriendo los pasillos con un plumero.

—Carmen te ayudará con todo —dijo Mercedes, mientras nos guiaba por el salón que era más grande que mi antiguo barrio—. Pero recuerda, Elena, en esta casa hay normas. No se pisa el mármol con zapatos de calle. No se dejan tazas de café en las mesas sin posavasos de plata. Y, sobre todo, no se habla de dinero. El dinero está ahí, fluye, nos permite respirar, pero mencionarlo es de una ordinariez supina.

A la hora de la cena, la tensión se podía cortar con un cuchillo de pescado. Estábamos los tres sentados en una mesa kilométrica. Jordi en un extremo, yo en el otro, y Mercedes presidiendo como si fuera el Papa en el Vaticano. Carmen nos servía un consomé que sabía a gloria pero que me sentaba como si estuviera tragando cuchillas.

—He pensado, Elena —empezó Mercedes, dejando la cuchara con una delicadeza insultante—, que ahora que vives aquí, tu «trabajito» de escribir artículos en internet es un poco… innecesario, ¿no crees? Daría una imagen extraña a las amistades del club. Una Alquézar no puede estar cobrando céntimos por palabras.

Casi me atraganto con el caldo.

Read More