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Bajo el techo de Madrid descubrí que mi suegra planeaba mi salida desde el primer día

Bajo el techo de Madrid descubrí que mi suegra planeaba mi salida desde el primer día

Si me hubieran dicho hace tres años, mientras tomaba una caña bien tirada en una terraza de la Plaza de Olavide, que mi vida iba a acabar pareciéndose a una película de suspense de serie B rodada en un piso de techos altos de Chamberí, me habría reído en su cara. Pero aquí estoy, escribiendo esto desde un banco en el Retiro, con una maleta que pesa más que mis remordimientos y la sensación de que mi suegra, Doña Concha, es en realidad una versión castiza de Maquiavelo con permanente y olor a Chanel número cinco.

Todo empezó cuando Sergio y yo decidimos que, dada la situación del alquiler en Madrid —que está básicamente a precio de sangre de unicornio—, lo más “sensato” era instalarnos en la habitación de invitados de su madre mientras buscábamos algo “con cara y ojos”.

— Javi, hijo, si es que esta casa es enorme —me dijo Concha el primer día, mientras me plantaba un beso en cada mejilla que olía a polvos de talco y a una determinación aterradora—. Aquí cabemos todos. Además, a Sergio le encanta mi cocido, y a ti te veo un poco canijo. Madrid te está absorbiendo la energía, ven con mamá Concha.

En aquel momento, su oferta me pareció el paraíso. Un piso de techos infinitos, molduras de escayola, suelos de parqué de los que crujen con solera y una cocina donde siempre había algo borboteando al fuego. ¿Qué podía salir mal? Sergio, que es un bendito y tiene la misma capacidad de detectar el sarcasmo que una piedra de granito, estaba encantado.

— ¿Ves, Javi? Mi madre es un sol. Te dije que le ibas a caer bien.

Y sí, al principio, Doña Concha era el sol. Pero un sol de esos de agosto en la Puerta del Sol: de los que te deshidratan sin que te des cuenta y te dejan frito.

Parte 1: El idilio de las croquetas y los planos de “ayuda”

Las primeras semanas fueron una coreografía perfecta de amabilidad madrileña. Yo llegaba de trabajar, de lidiar con el metro lleno de gente sudorosa y con el estrés de la agencia de publicidad, y allí estaba ella. Concha no solo me recibía con una sonrisa, sino con un despliegue de intendencia que ya quisiera para sí el Estado Mayor de la Defensa.

— Javi, descansa, cariño. Te he dejado las zapatillas al lado del radiador, que hoy refresca. Y ni se te ocurra fregar nada, que ya he pasado yo la bayeta. Por cierto, te he traído unos folletos de una inmobiliaria que hay aquí al lado, en la calle Fuencarral. Dicen que tienen unos estudios en Getafe que son una monería.

Yo, ingenuo de mí, me tomaba el tinto de verano que ella me servía (con su rodaja de limón y su punto exacto de Casera) y le daba las gracias.

— Getafe está un poco lejos del curro, Concha, pero gracias por mirar —le decía yo, estirando las piernas en su sofá de terciopelo verde que te atrapaba como una planta carnívora.

— ¡Lejos dice! —exclamaba ella, mientras le daba un sorbo a su café—. Si con el Cercanías estás en un suspiro. Además, el aire de allí es más puro. Aquí en el centro, con tanto coche y tanta movida, os vais a poner malitos de los pulmones. Yo lo digo por vuestro bien, que sois jóvenes y necesitáis vuestro espacio.

Ese era el mantra: “vuestro espacio”. Concha repetía la frase con la cadencia de un monje budista, pero siempre vinculándola a barrios que estuvieran, como mínimo, a quince paradas de metro de su casa.

Un martes por la tarde, la pillé en el pasillo. Estaba moviendo mis cajas de libros del salón a un rincón oscuro del trastero.

— ¡Ay, Javi! Qué susto me has dado, hijo. Es que me ha parecido que aquí estorbaban un poco para pasar la mopa. Los he puesto allí, al lado de la maleta vieja de mi difunto Arturo, para que no cojan polvo. Por cierto, ¿tú no tenías un primo que trabajaba en una empresa de mudanzas? Es que he visto un anuncio de “precios especiales para parejas que se independizan” y me he acordado de ti.

— Concha, si solo llevamos aquí tres semanas —le recordé, intentando mantener el tono amable—. Aún no hemos visto nada que nos guste.

— Ya, ya… si yo no os echo, ¡por Dios! Si yo estoy encantada. Lo que pasa es que el otro día Paquita, la del tercero, me dijo que su sobrino se ha ido a vivir a un loft en un pueblo de Guadalajara y dice que es la gloria. Silencio, pajaritos, y espacio para poner una barbacoa. ¿A ti no te gustan las barbacoas, Javi? Te pegan mucho. Te veo yo ahí, con tu delantal, haciendo chorizos… lejos de aquí, claro, para que no se llene la casa de humo.

Sergio apareció por el pasillo, todavía con la corbata a medio deshacer.

— ¿Qué pasa con los chorizos, mamá? —preguntó, dándole un beso en la frente.

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