El dilema desgarrador en Valencia donde la devoción extrema a los oráculos amenaza la vida del nieto más esperado
Parte 1: El estruendo de los oráculos en la calle la Paz
Todo empezó una tarde de esas en las que el bochorno de Valencia se te pega a la nuca como una lapa. Mi suegra, Doña Purificación —que de purificación tiene lo que yo de astronauta, porque tiene una lengua que ya la quisiera una víbora—, decidió que no podíamos dejar el nacimiento de mi primer hijo, el nieto más esperado de la historia de la Comunidad Valenciana, en manos del azar. Ni de los médicos del Hospital La Fe, que por lo visto para ella son unos aficionados comparados con sus “fuentes de sabiduría”.
—Paco, hijo, que te lo digo yo, que el niño va a nacer con la luna en cuarto menguante y eso en nuestra familia siempre ha traído unos aires muy raros —me soltó mientras se abanicaba con una furia que parecía que quería despegar del suelo.
Estamos en el salón de su casa, rodeados de figuritas de porcelana de esas que te miran con cara de saber todos tus pecados y un olor a jazmín y ambientador de pino que te marea nada más entrar. Mi mujer, Elena, está en el sofá con una barriga que parece que se ha tragado una sandía de las de kilo y medio de Almenara. Pobre mía, ella solo quiere que el niño salga ya, que estamos a mediados de agosto y el calor es insoportable, pero su madre ha decidido que antes de ir al hospital hay que consultar a “La Oráculo de Ruzafa”.
—Mamá, por favor, que tengo contracciones cada quince minutos, déjate de tonterías —suplicaba Elena, apretando los dientes.
—¿Tonterías? ¡Tú qué vas a saber, criatura! —le gritó la Puri, indignada—. Que tu tía abuela no consultó el horóscopo cuando nació tu primo Manolo y mira cómo acabó, ¡trabajando en Madrid y del Atleti! ¿Tú quieres eso para mi nieto? ¿Un descastado?
Yo miraba la escena apoyado en el marco de la puerta, pensando en si me daba tiempo a bajar al bar del berraco a por una horchata fresquita antes de que la cosa se pusiera más fea. Pero claro, no puedes dejar a una mujer embarazada de nueve meses sola con una madre que cree que el destino de la humanidad se lee en los posos del café con leche.
—Paco, no te quedes ahí como un pasmarote —me increpó mi suegra—. Saca el coche, que nos vamos a ver a la Consuelo. Ella nos dirá el momento exacto. Si el niño nace antes de que el sol toque la cúpula de la Iglesia de los Santos Juanes, el pobre tendrá una vida de penas. Y eso no lo voy a permitir yo mientras tenga sangre en las venas.
—Pero Puri —le dije yo con toda la paciencia que pude reunir—, que los médicos dicen que si se retrasa mucho puede haber riesgo. Que la ciencia está para algo, digo yo.
—¡Ciencia! —bufó ella—. Ciencia es lo que hace mi vecina para que no se le corten las mayonesas. Lo de los hospitales son todo protocolos para cobrar más. ¡A la calle, he dicho!
Y ahí nos ves, bajando por las escaleras porque el ascensor, como no podía ser de otra forma en este edificio del siglo pasado, se había quedado enganchado entre el segundo y el tercero. Yo iba delante, cargando con la bolsa del hospital por si acaso, y detrás venía Elena, quejándose a cada escalón, y cerrando la comitiva la Puri, que no paraba de mascullar oraciones y predicciones catastróficas.
Al llegar a la calle, el calor nos pegó un bofetón. Valencia en agosto es como vivir dentro de una vaporera de dim sum. La gente caminaba por la sombra como si les fuera la vida en ello, y nosotros ahí, en medio de la acera, discutiendo porque la Puri decía que el coche no podía aparcarse mirando al norte.
—¡Que el norte atrae a los malos espíritus del Pirineo, Paco! —gritaba mientras yo intentaba meter a Elena en el asiento del copiloto sin que se diera un golpe en la cabeza—. ¡Ponlo hacia el mar, que entre el salitre y la brisa se limpian las auras!
—¡Puri, que es un Ford Focus, no un galeón pirata! —le respondí yo, ya con el sudor chorreando por la espalda.
Finalmente, arrancamos. El trayecto hasta Ruzafa fue un poema. Mi suegra no dejaba de leer en voz alta un libro de profecías que parecía sacado de una peli de terror de serie B, mientras Elena le pedía a gritos que se callara o que le diera un ibuprofeno, cosa que la otra negaba rotundamente porque “los químicos alteran la conexión espiritual del feto”.
—¡Mira ese semáforo! —exclamó la Puri cuando nos detuvimos en un cruce—. ¡Se ha puesto en ámbar justo cuando íbamos a pasar! ¡Es una señal!
—Es una señal de que hay que frenar, mamá —dijo Elena entre dientes, agarrándose a la maneta de la puerta con una fuerza que le ponía los nudillos blancos.
—¡No! Es una señal de que el oráculo nos está esperando con noticias urgentes. ¡Acelera, Paco, que se nos pasa el arroz!
Llegamos al portal de la tal Consuelo. Era un edificio viejo, con esas puertas de madera pesadas que huelen a cera y a humedad. Subimos hasta el cuarto, y yo ya estaba pensando que esto iba a terminar muy mal. La puerta se abrió antes de que llamáramos, y allí apareció ella: una mujer que parecía un árbol de Navidad de lo cargada de collares y pulseras que iba. Tenía los ojos pintados como si fuera a salir en una procesión de Semana Santa y un aire de misterio que a mí me daba más risa que otra cosa.
—Pasad, pasad —dijo con una voz de ultratumba que se notaba que era de fumar dos paquetes de Ducados al día—. Ya sabía yo que vendríais. Los astros me lo han chivado mientras me tomaba el descafeinado.
Entramos en una habitación llena de velas, incienso y unas cartas más grandes que mi mano. Elena se sentó como pudo en una silla de madera que crujió de forma preocupante, y la Puri se puso a su lado, con cara de estar en la primera fila de un concierto del Fary.
—Consuelo, dinos —empezó mi suegra, casi en un susurro—. ¿Cuándo debe nacer el heredero? ¿Qué dicen los oráculos sobre su destino?
La vidente cerró los ojos, empezó a mover las manos por encima de una bola de cristal que sospecho que era de una lámpara del Ikea, y empezó a emitir unos ruidos que parecían el motor de mi coche cuando no arranca por las mañanas.
—Veo nubes… muchas nubes —dijo la vidente—. Veo un peligro inminente. El niño no puede nacer hoy. Ni mañana. Si nace antes del viernes a las tres de la tarde, su destino estará sellado por la desgracia. ¡Será un hombre gris, un hombre que no comerá paella los domingos!
A mi suegra casi le da un parraque. Se puso las manos en la cabeza y empezó a dar vueltas por la habitación.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —gritaba—. Paco, ¡no podemos dejar que nazca! ¡Hay que aguantar!
Yo miré a Elena, que en ese momento me lanzó una mirada que decía claramente: “O sacas a mi madre de aquí o le muerdo el brazo a la vidente”. El ambiente estaba tan cargado de incienso que yo ya empezaba a ver dragones por las esquinas, y la tensión cómica estaba llegando a un punto en el que el dilema ya no era si el niño iba a ser feliz, sino si íbamos a salir vivos de aquel cuarto lleno de trastos esotéricos.
—Consuelo, escúchame bien —dije yo, intentando poner voz de autoridad—. El niño está por salir y no entiende de viernes ni de paellas. ¿Qué hacemos si el hospital dice que tiene que nacer ya?
La vidente me miró con un desprecio absoluto, como si fuera un ignorante que no sabe distinguir un signo de tierra de uno de aire.
—Si desobedecéis a los oráculos, la maldición caerá sobre vuestra estirpe —sentenció—. El niño tendrá los pies planos y le gustará el arroz con cosas. ¡He dicho!
Mi suegra se puso pálida. Para una valenciana de pura cepa, que a su nieto le guste el “arroz con cosas” es peor que que se haga de la CIA. La tragedia estaba servida, y el reloj del hospital seguía corriendo en contra de las visiones de la Consuelo.
Parte 2: Entre el hospital y el más allá
Salimos de la casa de la vidente con la Puri en un estado de trance místico y Elena a punto de explotar, y no solo por el embarazo. Al bajar a la calle, el calor nos recibió de nuevo con su abrazo de sauna pública. Yo estaba intentando procesar lo que acabábamos de oír. ¿En serio mi suegra se creía que el destino de mi hijo dependía de si nacía antes o después de que a una señora con exceso de bisutería le diera la gana?
—Paco, ni se te ocurra ir hacia el hospital —me ordenó mi suegra mientras nos subíamos al coche—. Tenemos que ir a la Basílica de la Virgen. Hay que pedirle a la Geperudeta que detenga el proceso. Que hable con los ángeles o con quien haga falta para que el niño espere hasta el viernes.
—¡Mamá, que me duele mucho! —gritó Elena, perdiendo ya toda la compostura—. ¡Que no puedo más! ¡Que me da igual el arroz con cosas y la madre que lo parió! ¡Al hospital ya!
—¡Ni hablar! —respondió la Puri con una energía que ya querría yo para subir la compra—. Si hace falta, te ato las piernas con una bufanda de la Senyera. Este niño nace bajo los auspicios correctos o no nace.
Yo arranqué el coche, pero en vez de ir hacia la Basílica, tiré por la Gran Vía hacia el hospital. Pensé que con el jaleo que había en el centro por el tráfico de agosto, no se daría cuenta. Pero mi suegra, que tiene un radar para estas cosas más preciso que el de la Dirección General de Tráfico, saltó en seguida.
—¡Que este no es el camino! ¡Que me estás engañando, Paco! ¡Te he visto la intención en los ojos, que los tienes huidizos como un concejal de urbanismo!
—¡Que hay obras, Puri! —mentí descaradamente—. Están levantando toda la calle Colón para poner unas flores nuevas y hay que dar un rodeo por la periferia.
Elena empezó a respirar fuerte, haciendo esos ejercicios que le enseñaron en las clases de preparación al parto y que en su momento me parecieron una tontería, pero que ahora sonaban como una locomotora a vapor.
—Paco… —dijo con una voz que me puso los pelos de punta—. Se me ha roto la bolsa.
Hubo un silencio sepulcral en el coche, roto únicamente por el zumbido del aire acondicionado que apenas daba abasto. Mi suegra miró el asiento del copiloto, que empezaba a mojarse, y se santiguó tres veces seguidas, a una velocidad que casi se disloca el hombro.
—¡Es la señal! —gritó la Puri—. ¡Los espíritus están llorando! ¡No es el momento! Paco, da la vuelta, vamos a casa de mi hermana Remedios, que ella sabe unos trucos con hierbas para retrasar los partos. Se hizo un curso por correspondencia en los años setenta y es una hacha con las infusiones.
—¡De eso nada! —exclamé yo, pisando el acelerador—. Nos vamos a La Fe y punto. ¡Elena se está deshidratando y el niño tiene que salir!
En ese momento, empezó una persecución mental digna de una película de acción, pero en versión cañí. Yo intentaba esquivar autobuses de la EMT y turistas que cruzaban sin mirar, mientras en el asiento de atrás mi suegra intentaba llamar por teléfono a todos sus contactos del mundo espiritual.
—¿Loli? Sí, soy la Puri. Escucha, que la bolsa ha reventado antes de tiempo. ¿Qué decía el manual de la secta aquella a la que te apuntaste en Gandía? ¿Hay alguna forma de ponerle un tapón místico al asunto?
Elena, entre contracción y contracción, intentaba quitarle el móvil a su madre, y yo, por el retrovisor, veía cómo el caos se apoderaba de mi coche. Al pasar por delante de las Torres de Quart, un guardia urbano nos dio el alto porque me había saltado un semáforo en ámbar (sí, el mismo color maldito de antes).
—¡Lo que me faltaba! —gruñí bajando la ventanilla.
El agente se acercó con esa parsimonia que tienen los que saben que tienen la sartén por el mango.
—Buenas tardes, caballero. ¿Sabe usted que ese semáforo estaba más rojo que un tomate de El Perelló? —dijo el guardia, ajustándose las gafas de sol.
—¡Agente, por favor! ¡Que mi mujer está de parto! —grité señalando a Elena, que en ese momento soltó un alarido que se oyó hasta en la Albufera.
El guardia miró dentro, vio la situación, y luego vio a mi suegra, que le estaba haciendo gestos extraños con las manos, como si estuviera intentando hipnotizarle.
—¡No les crea, señor agente! —intervino la Puri—. ¡Es una posesión temporal! ¡Tenemos que ir a una limpieza de aura antes de ir al médico! ¡Si deja que nazca ahora, el niño será un desgraciado que no sabrá distinguir un petardo de una bombilla!
El guardia, que debía de llevar muchos años de servicio y ya lo habría visto todo en esta ciudad de locos, nos miró con compasión.
—Señora, déjese de historias y dejen paso. Caballero, sígame, que les abro camino con la sirena. ¡Pero no corra más de la cuenta que no quiero tener que recogerlos con pinzas!
Y así, con la escolta de la policía local, llegamos a la puerta de urgencias del hospital. El despliegue fue espectacular. Salieron los celadores con una silla de ruedas, y yo bajé del coche sintiéndome como un héroe de guerra, hasta que la Puri se bajó y empezó a gritarle a todo el que pasaba.
—¡No la toquéis! ¡Que vuestras manos no están bendecidas por la Consuelo! ¡Llamad a un médico que sea Capricornio, por lo que más queráis!
Entramos en el hospital como una tromba. Elena iba en la silla, jurando en arameo, y yo intentaba rellenar los papeles en el mostrador mientras mi suegra intentaba poner unas velas aromáticas encima del mostrador de admisiones.
—Señora, por favor, que aquí no se puede fumar ni encender nada —le decía la administrativa, una mujer con más paciencia que el Santo Job.
—¡Esto no es fuego, es luz divina para guiar al alma del pequeño Vicente! —replicaba la Puri, forcejeando con un mechero que no quería encenderse—. ¡Que si no hay luz de cera de abeja, el niño nace con la vista nublada para las cosas del espíritu!
A todo esto, apareció el médico de guardia, un hombre joven que se notaba que acababa de terminar su turno y tenía unas ojeras que le llegaban al suelo.
—¿Qué pasa aquí? ¿Quién es la paciente? —preguntó.
—¡Ella! —señalé a Elena—. Y el problema es el niño… y la abuela, sobre todo la abuela.
El médico examinó rápidamente a Elena.
—Está de ocho centímetros. Esto va a ser rápido. Llevadla a paritorios inmediatamente.
—¡Un momento! —se interpuso la Puri, poniéndose delante del médico como si fuera un portero de discoteca—. ¿Usted de qué signo es? Porque como sea Escorpio, aquí no entra ni el aire.
El médico se la quedó mirando, parpadeó un par de veces y suspiró.
—Señora, soy médico. Mi signo es “estoy muy cansado y tengo que sacar un bebé”. Paco, acompañe a su mujer. Usted, señora, quédese aquí y rece lo que sepa, pero deje de molestar al personal.
La Puri se quedó allí, indignada, mientras nosotros entrábamos por las puertas automáticas. Pero yo sabía que aquello no iba a terminar así. Mi suegra no se rinde tan fácilmente, y menos cuando hay un oráculo de por medio y el riesgo de que su nieto prefiera el arroz tres delicias a una paella de pollo y conejo está en juego. La batalla por el destino del pequeño Vicente acababa de empezar en los pasillos de La Fe.
Parte 3: El asedio del paritorio y los conjuros de pasillo
Dentro del paritorio, la cosa estaba que ardía. Elena estaba en plena faena, rodeada de máquinas que hacían “piii” y enfermeras que le decían que empujara con alegría, como si aquello fuera un deporte de equipo. Yo le sujetaba la mano con una fuerza que creo que me ha dejado una marca para toda la vida, pero mi mente seguía fuera, pensando en qué estaría tramando mi suegra.
Y no me equivocaba. A los diez minutos, empezamos a oír unos ruidos extraños que venían del otro lado de la puerta. Eran como cánticos gregorianos mezclados con el sonido de unas castañuelas.
—¡Paco! —gritó Elena entre un pujo y otro—. ¡Dime que eso no es mi madre!
—No, cariño, será… será la radio de algún celador —mentí, aunque sabía perfectamente que la Puri se había traído a su grupo de oración de la parroquia de San Valero.
De repente, la puerta se abrió un centímetro y entró un olor a romero quemado que casi nos tumba a todos. Una de las enfermeras salió disparada a ver qué pasaba.
—¡Señora, que no puede quemar hierbas en el pasillo de maternidad! ¡Que va a saltar la alarma de incendios y van a venir los bomberos! —oímos que gritaba la enfermera.
—¡Es romero para que el niño sea sincero! —respondió la voz atronadora de mi suegra—. ¡Y si vienen los bomberos, que traigan agua bendita, que aquí hace falta una limpieza a fondo!
El médico, que estaba concentrado en lo suyo, levantó la vista con una cara de desesperación absoluta.
—Paco, haz el favor de salir y controlar a tu suegra. O sale ella del hospital o llamo a seguridad y se la llevan esposada. Y te aseguro que el juez no le va a preguntar el horóscopo.
Salí al pasillo y lo que vi fue digno de una falla de las de sección especial. Mi suegra había montado un altar improvisado sobre una papelera de reciclaje. Tenía una foto del niño (que todavía no existía, era una ecografía borrosa donde se veía algo parecido a una habichuela), tres velas encendidas, un plato con arroz crudo y a tres señoras de su edad cogidas de la mano dando vueltas alrededor de la papelera mientras recitaban algo sobre los astros y el levante.
—¡Puri! ¡Basta ya! —grité, intentando no reírme de lo absurdo de la situación—. ¡Que Elena te oye y se está poniendo nerviosa! ¡Que el médico está a punto de llamar a la policía!
—¡Que me llamen a quien quieran! —respondió ella, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Los oráculos han hablado! El niño tiene que aguantar hasta el viernes. Si nace ahora, ¡el sol está en una posición que le va a dar por ser poeta o algo así de poco provecho!
—¿Y qué tiene de malo ser poeta? —pregunté yo, por curiosar.
—¡Que no ganan un duro, Paco! ¡Que yo quiero un nieto con plaza de funcionario o que trabaje en el puerto! ¡Poeta… se me muere de hambre y me toca a mí hacerle los tuppers de cocido todos los martes!
En ese momento, apareció un guardia de seguridad, un hombre que pesaba por lo menos ciento veinte kilos y que no parecía estar para muchas bromas esotéricas.
—Señoras, el altar a la calle. Y las velas me las apagan ahora mismo o saco el extintor.
La Puri miró al guardia de arriba abajo, evaluando su aura, supongo.
—Usted es Tauro, se le ve en el cuello —le dijo con desprecio—. Un testarudo que no entiende las fuerzas del cosmos.
El guardia no respondió. Simplemente agarró la papelera con el altar y empezó a caminar hacia la salida. Mi suegra y sus amigas le siguieron como si fueran en procesión, lanzándole maldiciones en valenciano antiguo que daban bastante miedo.
Aproveché el momento de calma para volver a entrar. Elena me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Se ha ido? —preguntó.
—Temporalmente —respondí—. Está intentando convencer al de seguridad de que el universo conspira contra nosotros.
—Paco… el niño viene ya —dijo Elena, y esta vez no era una falsa alarma.
El médico se puso en posición, las enfermeras empezaron a moverse como un equipo de boxes de Fórmula 1 y yo me preparé para el momento de la verdad. Pero justo cuando el pequeño estaba asomando la cabeza, se oyó un trueno espectacular. En Valencia, cuando llueve, parece que se va a acabar el mundo, y esa tarde no iba a ser menos. El cielo se oscureció de golpe y empezó a caer una tromba de agua de las que inundan los túneles en cinco minutos.
—¡Es la tormenta de los oráculos! —se oyó un grito desde el pasillo. La Puri se había escapado del guardia y estaba pegada a la puerta del paritorio.
—¡Paco! ¡Dile que no salga! ¡Que con este rayo va a nacer con el carácter de un demonio!
Elena soltó un grito final, un esfuerzo sobrehumano que hizo que todas las máquinas pitaran a la vez, y de repente, el silencio. Un segundo después, un llanto fuerte, sano y rotundo llenó la sala.
—Es un niño —dijo el médico, sonriendo—. Y tiene unos pulmones que ya los quisiera un tenor.
Eran las seis y cuarto de la tarde de un jueves. Ni viernes, ni tres de la tarde, ni gaitas. El pequeño Vicente acababa de llegar al mundo desafiando todas las leyes de la astrología de barrio de mi suegra.
—Míralo, Paco —susurró Elena, con las lágrimas cayéndole por las mejillas mientras le ponían al bebé encima—. Es precioso.
Yo estaba embobado. Me olvidé de la Puri, de la Consuelo, del arroz con cosas y de todo el lío. Pero claro, la paz duró poco. La puerta se abrió de golpe y mi suegra entró como un torbellino, esquivando a una enfermera que intentaba frenarla.
—¡Dejadme ver al maldito! —gritó, y luego, al ver al niño, se quedó muda.
Se acercó a la cama, miró al pequeño Vicente, que en ese momento abrió un ojito y la miró con una calma que no era de este mundo, y luego miró el reloj de la pared.
—Las seis y cuarto… —murmuró—. Jueves… Bajo una tormenta eléctrica de tres pares de narices…
—Puri, ya está aquí. Y está perfectamente —le dije yo, esperando la sentencia final.
Ella se quedó pensativa un momento, le tocó la cabecita al niño y luego suspiró profundamente.
—Bueno… —dijo con un cambio de tono radical—. He pensado que igual la Consuelo se refería al horario de las islas Canarias. Y si es así, todavía estamos dentro del margen de la buena suerte. Además, ha nacido con el ruido de los truenos, y eso en mi pueblo decían que es señal de que va a ser un hombre de mando. ¡Igual llega a ser presidente de la Generalitat!
Elena y yo nos miramos, agotados pero aliviados. Mi suegra ya estaba buscando la forma de adaptar la realidad a sus delirios para no admitir que se había equivocado.
Parte 4: El veredicto final y la paella del destino
Pasaron los días y el pequeño Vicente crecía a un ritmo que daba miedo. Mi suegra, por supuesto, no dejó de consultar a sus oráculos. Cada vez que el niño estornudaba, ella llamaba a la Consuelo para saber si era una alergia al polen o un mensaje del más allá.
—Paco, que dice la Consuelo que si el niño se chupa el dedo gordo del pie derecho, es que va a ser un visionario en el mercado inmobiliario —me contaba un domingo mientras preparábamos la paella en el corral de su casa.
Porque esa era la gran prueba. El veredicto final sobre si la profecía del “arroz con cosas” se cumpliría. Habíamos invitado a toda la familia: tíos, primos, y por supuesto, a la tía Remedios, la experta en infusiones.
La paella estaba en el fuego, hecha con leña de naranjo, como Dios manda. El olor era una maravilla, ese aroma que solo se consigue cuando el sofrito está en su punto y el agua de Valencia (la del grifo, que tiene su aquel) hace su magia con el arroz.
—Si el niño llora cuando vea la paella, es que los oráculos tenían razón y su paladar está corrompido —sentenció la Puri, mirando al bebé que estaba en el carrito, mirando las moscas con un interés científico.
Llegó el momento de servir. Pusimos la paella en el centro de la mesa. Todos nos quedamos en silencio, mirando a Vicente. Yo le acerqué una cucharadita con un par de granos de arroz y un trocito de garrofó bien machacado.
El niño abrió la boca, probó el manjar, se quedó un segundo procesando el sabor y, de repente, soltó una carcajada y empezó a pedir más con las manos.
—¡Le gusta! —gritamos todos a la vez.
—¡Y no solo eso! —exclamó la Puri, triunfante—. ¡Mirad cómo ha apartado el trozo de pimiento! ¡Eso es que es un purista! ¡Los oráculos me engañaron para probar mi fe! ¡Vicente es un valenciano de los de antes!
Aquella tarde, bajo la sombra de la parra, comprendí que no importaba cuántos oráculos consultara mi suegra o cuántas velas encendiera en los pasillos de un hospital. Al final, la vida se abre paso con su propio ritmo, con su propia guasa y con sus propias reglas.
Vicente creció sano, fuerte y, para alivio de su abuela, con un odio profundo hacia cualquier arroz que llevara guisantes o chorizo. Cada vez que pasamos por Ruzafa y vemos el cartel de la Consuelo, nos reímos acordándonos de aquella tarde de agosto en la que casi nos volvemos locos entre contracciones y predicciones apocalípticas.
—¿Sabes qué, Paco? —me dijo Elena un día mientras paseábamos por la playa de la Malvarrosa—. Al final, el oráculo tenía razón en una cosa.
—¿En qué? —pregunté yo, extrañado.
—En que Vicente es un “hombre de luces”. Solo que no son luces espirituales, es que le encanta encender y apagar todas las lámparas de la casa. ¡Nos va a arruinar con la factura de la luz!
Y así, entre risas, paellas y alguna que otra locura de la Puri, seguimos adelante. Porque en Valencia sabemos que el destino es caprichoso, pero si tienes una buena familia y un buen plato de arroz delante, los oráculos pueden decir misa, que nosotros nos lo vamos a pasar de categoría. ¡Y que no falte la horchata, oye!
¡Claro que sí! Paco sigue aquí, y como comprenderás, con la llegada de Vicente y las ocurrencias de mi suegra Puri, la historia no ha hecho más que empezar. Prepárate, porque esto se alarga más que una mascletà de dieciocho minutos.
Vamos con el siguiente bloque de desarrollo profundo.
Parte 5: El bautizo del siglo y la guerra de las aguas benditas
Si pensabais que el nacimiento había sido movidito, no tenéis ni idea de lo que supone organizar un bautizo en Valencia cuando tu suegra cree que el niño es la reencarnación de un guerrero íbero mezclado con un santo de la huerta. El pequeño Vicente ya tenía tres meses, estaba hecho un “bou” (un toro, que decimos aquí), y ya empezaba a mostrar ese carácter valenciano: si no hay ruido, no hay fiesta.
La Puri, por supuesto, no iba a dejar que un cura cualquiera le echara el agua al niño. Ella quería una “alineación planetaria eclesiástica”.
—Paco, que he hablado con el párroco de San Nicolás, el que llaman la Capilla Sixtina valenciana —me soltó una mañana mientras me obligaba a probar unos buñuelos de calabaza que pesaban como piedras de molino—. Dice que para el día que yo quiero, el 12 de noviembre, hay una conjunción de ángeles en el fresco del techo que hará que el niño sea superdotado.
—Puri, por el amor de Dios —le dije yo, intentando no atragantarme con el buñuelo—, que en San Nicolás hay lista de espera como para trasplantes de corazón. Además, ¿no decías que el oráculo de Ruzafa había dicho que el niño necesitaba agua del Jordán?
Ella se puso seria. Se ajustó las gafas de cerca, esas que llevan una cadena de oro que parece el ancla del Titanic, y me miró con una mezcla de lástima y superioridad.
—Lo del Jordán está solucionado. Mi amiga la Loli tiene un primo que es camionero y hace la ruta de Israel. Me ha traído una garrafa de cinco litros. Lo que pasa es que huele un poco a gasoil, pero la Consuelo dice que eso es porque el espíritu del desierto es fuerte.
Yo miré a Elena, que estaba en la cocina esterilizando biberones con una cara de resignación que me partía el alma. Ella ya ni discutía. Había entrado en esa fase de la maternidad donde si su madre decía que el niño tenía que ser bautizado con horchata de Alboraya, ella simplemente preguntaría si con o sin azúcar.
El problema vino cuando la Puri decidió que el bautizo no podía ser una comida normal. Nada de un restaurante con su menú de boda-bautizo-comunión de treinta euros por cabeza. No. Ella quería una “experiencia mística-gastronómica” en medio de la Albufera.
—¡Nos vamos a El Palmar! —anunció—. Pero no a un restaurante cualquiera. He alquilado tres barcas de las de percha. Comeremos la paella en medio del lago, rodeados de juncos, para que los elementales del agua bendigan el crecimiento de Vicente.
—¿En medio del lago? —salté yo—. Puri, que mi padre tiene reúma y mi tío Manolo bebe más de la cuenta. Como se tome tres copas de cazalla y la barca se balancee, acabamos todos en el barro con las anguilas.
—¡Es un riesgo que estoy dispuesta a correr por la espiritualidad de mi nieto! —respondió ella, dando un golpe en la mesa que hizo saltar la cafetera.
Llegó el día del bautizo. Valencia se levantó con un sol de esos que pican, un otoño que parecía verano. Fuimos a la iglesia y, efectivamente, la Puri apareció con su garrafa de “agua del Jordán”. El cura, un hombre que ya estaba de vuelta de todo, miró el líquido turbio y amarillento con una ceja levantada.
—Señora… esto parece caldo de puchero —dijo el sacerdote, olisqueando el tapón—. Yo esto no se lo echo al niño en la cabeza ni aunque me lo pida el Papa. Que igual me lo dejas calvo para siempre.
—¡Es agua sagrada, padre! ¡Traída por un transportista de confianza! —insistió la Puri, forcejeando por la garrafa.
Al final, después de una negociación que incluyó una donación extra para las flores del altar, el cura accedió a mezclar un poco del líquido sospechoso con el agua bendita oficial. Vicente, en cuanto sintió el agua fresquita, soltó un moco y le dio un manotazo al hisopo del cura que casi lo manda al sagrario.
—¡Es una señal de fuerza! —gritó mi suegra desde el banco—. ¡Habéis visto cómo ha rechazado el orden establecido! ¡Este niño será un líder sindical o algo grande!
Pero lo bueno empezó en El Palmar. Imagínate el cuadro: cuarenta personas, todos vestidos de domingo, subiéndose a unas barcas que se movían más que una atracción de feria. Mi tío Manolo ya venía “preparado” de casa, con el aliento oliendo a anís que podías haber desinfectado el hospital entero.
—¡Cuidado, Manolo, que te vas al agua! —le gritaba mi tía Encarna, mientras intentaba mantener el equilibrio con un sombrero de ala ancha que parecía una antena parabólica.
—¡Que no pasa nada, mujer! ¡Que yo tengo el equilibrio de un funambulista de los de antes! —decía el tío, mientras la barca se inclinaba peligrosamente hacia la derecha.
Las tres barcas salieron por los canales. La Puri iba en la cabecera, con Vicente en brazos, como si fuera la mismísima Virgen de los Desamparados surcando las aguas. El barquero, un hombre con la piel curtida por el sol y más paciencia que una piedra, nos miraba de reojo.
—Señora, díganles a los del fondo que se sienten, que como venga una racha de viento de levante, volcamos —advirtió el hombre.
—¡Usted reme y calle! —le espetó la Puri—. ¡Que estamos en un momento de conexión con la naturaleza!
Llegamos a una zona tranquila del lago. El plan era unir las tres barcas con unas cuerdas, poner unas tablas encima y servir allí mismo el arroz que habían traído en unos contenedores térmicos desde tierra firme. Era el diseño de ingeniería más precario que he visto en mi vida.
—Esto va a acabar mal —susurré a Elena—. Veo a tu primo Borja cayendo al agua con la fuente del All i Pebre.
—Calla, Paco, y disfruta del paisaje —me dijo ella, aunque tenía la mano agarrada a la borda con tal fuerza que se le estaban poniendo las uñas azules—. Al menos aquí mi madre no puede encender incienso.
Pero me equivoqué. La Puri sacó de su bolso un quemador portátil. Según ella, el humo tenía que subir recto hacia el cielo para confirmar que el bautizo había sido aceptado por los oráculos. El humo, por supuesto, no subió recto. Una brisa juguetona lo empujó directamente hacia la barca de los jóvenes, donde estaban mis sobrinos, que empezaron a toser como si estuvieran en medio de un incendio forestal.
—¡Mamá, que nos ahogas! —gritó Borja.
—¡Es la purificación, aguanta! —respondió ella.
En ese momento, ocurrió el desastre. Mi tío Manolo, en un intento de alcanzar una botella de vino que estaba en la otra barca, se levantó de golpe. El movimiento fue tan brusco que la tabla que unía las barcas se resbaló. La paella, una maravilla de diez raciones, empezó a deslizarse hacia el borde.
—¡La paella! ¡Salvad el arroz! —gritó la familia entera al unísono. En Valencia, puedes dejar que se ahogue un pariente, pero el arroz no se toca.
Yo me lancé hacia adelante, pero fue tarde. La paella volcó ligeramente, y un buen chorro de caldo y granos de arroz fue a parar… directamente sobre el vestido de seda blanca que llevaba mi suegra.
Se hizo el silencio. Solo se oía el croar de una rana a lo lejos y el sonido del agua golpeando la madera. La Puri miró su vestido, lleno de grasa y azafrán, y luego miró al tío Manolo, que se había quedado petrificado con la mano extendida.
—Manolo… —dijo ella con una voz que parecía venir del fondo de un volcán—. Eres un instrumento del caos. Los oráculos me advirtieron de que un hombre con bigote traería la desgracia.
—¡Pero si yo no tengo bigote desde la mili, Puri! —balbuceó el pobre hombre.
—¡Da igual! ¡Te lo habrás afeitado para engañar al destino! —rugió ella.
Pero entonces, algo increíble pasó. El pequeño Vicente, que estaba en su moisés en el centro de la barca, empezó a reírse a carcajadas. Una risa limpia, de esas que te contagian. Miraba a su abuela manchada de arroz y batía las manos con alegría.
La Puri, que estaba a punto de estallar y mandar a medio Palmar al carajo, miró al niño. Su cara de furia se fue ablandando.
—Miradlo… —dijo, cambiando el chip en un segundo—. ¡Se ríe del despojo material! ¡Es un desapegado! ¡Es una señal de que será un gran filósofo! Paco, olvida el arroz. Mi nieto acaba de dar su primera lección magistral sobre la vacuidad de las cosas mundanas.
Y así, comiéndonos lo que quedó de la paella con cucharas de plástico y limpiando el vestido de la Puri con agua del lago (que probablemente lo dejó peor), terminamos el bautizo. Porque en esta familia, si no hay un desastre que se convierta en una “señal mística”, parece que no hemos celebrado nada.
Parte 6: La guardería y el dilema de la energía vibracional
Pasaron los meses y llegó el momento que todos los padres temen y desean a la vez: la guardería. Elena y yo queríamos una normal, la que está al lado de casa, que tiene un patio con toboganes y profesoras que huelen a plastilina. Pero claro, Doña Purificación tenía otros planes.
—¡Ni hablar! —nos soltó una tarde mientras le intentaba poner a Vicente unos patucos de lana que ella misma había “magnetizado”—. Vicente no puede ir a un sitio donde las paredes son de color azul primario. Eso bloquea el chakra de la garganta y el niño acabará siendo mudo o, peor aún, mímico.
—Puri, que es una guardería, no un centro de alto rendimiento espiritual —le dije yo, suspirando—. Solo queremos que aprenda a compartir los juguetes y que no le muerda la oreja a otros niños.
—He encontrado el sitio perfecto —continuó ella, ignorándome por completo—. Se llama “El Jardín de las Almas Pequeñas”. Está en un chalé por la zona de Bétera. No usan juguetes de plástico, solo piedras redondeadas y trozos de madera que han sido expuestos a la luz de la luna llena.
Elena, que ese día estaba de guardia en el trabajo y no tenía ganas de guerra, me miró como diciendo “vete tú a ver eso, Paco, que yo no puedo”. Así que allí me vi, un martes por la mañana, conduciendo hasta Bétera para visitar la guardería de los espíritus.
El sitio era para verlo. Nada más llegar, me recibió una mujer vestida con una túnica de lino que parecía que se le iba a caer en cualquier momento. No llevaba zapatos.
—Bienvenido, buscador de luz —me dijo, con una sonrisa tan lánguida que parecía que le faltaba un filete con patatas—. Soy Solsticia. Aquí no educamos, nosotros “dejamos fluir”.
—Hola, soy Paco. Vengo por lo del niño… Vicente. Mi suegra les llamó.
Entramos en el salón. No había sillas. Había unos cojines de cáñamo que pinchaban solo de mirarlos. Los niños, unos seis o siete, estaban sentados en el suelo mirando fijamente una maceta con un geranio.
—¿Qué están haciendo? —pregunté en un susurro, por si acaso interrumpía algo importante.
—Están conectando con el crecimiento orgánico —respondió Solsticia—. No les forzamos a hablar. Si quieren algo, tienen que manifestarlo mediante la intención pura.
—Ya, pero… ¿y si quieren un vaso de agua? ¿Tienen que levitar el botijo o cómo va la cosa?
La mujer me miró con una condescendencia que me recordó a la vidente de Ruzafa. Me explicó que el menú consistía en “aire licuado” (que resultó ser un puré de verduras muy claras) y que no dormían siesta, sino que hacían “viajes astrales supervisados”.
Salí de allí corriendo, quemando rueda con el Focus. Cuando llegué a casa, la Puri me estaba esperando con el libro de profecías abierto por la página de “La educación de los elegidos”.
—¿Y bien? ¿A que es maravilloso? ¿A que has sentido la vibración?
—Puri, escucha lo que te voy a decir —le dije, plantándome—. He visto a un niño de tres años intentando comerse un trozo de corteza de pino porque tenía hambre. Eso no es una guardería, es un entrenamiento de supervivencia de los Boinas Verdes pero con flautas de pan. Vicente va a la guardería de “Los Pollitos”, la de toda la vida.
—¡Paco, eres un obtuso! ¡Le vas a cerrar el tercer ojo con el pegamento de barra!
—¡Mejor el tercer ojo cerrado que el estómago vacío, Puri!
La discusión duró tres horas. Hubo llantos, hubo amenazas de desheredarnos (cosa que hace una vez al mes) y hubo un momento en que sacó un péndulo para preguntar si yo estaba bajo la influencia de un ente maligno. Al final, llegamos a un acuerdo valenciano: Vicente iría a la guardería normal, pero los miércoles por la tarde su abuela se lo llevaría a clases de “estimulación sensorial mediante el tacto de la fruta”.
Resultó que las clases eran simplemente ella llevándose al niño al Mercado Central, dándole de probar de todo a escondidas de los vendedores y enseñándole a distinguir un tomate de huerta de uno de invernadero.
—Esto sí es espiritualidad, Vicente —le decía ella al niño mientras le metía un trozo de jamón en la boca—. Lo de las piedras de Bétera es para gente que no sabe lo que es un buen esmorzar.
Me di cuenta de que, bajo toda esa capa de oráculos y misticismo barato, mi suegra lo que quería era pasar tiempo con su nieto y asegurarse de que fuera “de la terreta”. Aunque para conseguirlo tuviera que inventarse que el espíritu de Jaume I le había hablado a través de una tostadora.
Parte 7: Las Fallas y el susto de la pólvora sagrada
Pero el verdadero dilema, el que puso a prueba la devoción extrema de la Puri, llegó con las primeras Fallas de Vicente. En Valencia, las Fallas no son una fiesta, son una religión, un estado mental y una tortura auditiva, todo en uno.
—Este niño tiene que ser el presidente infantil más joven de la historia de nuestra comisión —declaró la Puri en febrero, mientras le probaba a Vicente un chaleco de saragüell que le apretaba hasta el hipo.
—Puri, que tiene un año. No sabe ni andar sin caerse, ¿cómo quieres que vaya en la ofrenda cargando con un ramo de flores? —protestó Elena.
—¡Llevará un carrito decorado como una carroza real! ¡Los oráculos dicen que el niño que huele a pólvora antes de los dos años nunca tendrá miedo a las tormentas!
El problema era que ese año, la Consuelo (la vidente de Ruzafa, que seguía cobrando las consultas a precio de oro) le había soltado una de sus perlas:
—Puri, cuidado con el fuego. Veo una llama que no se apaga. Veo un peligro que viene del cielo. El niño no debe acercarse a ninguna falla que tenga un ninot con forma de animal.
Mi suegra entró en pánico. Empezó a recorrerse todas las fallas de la sección especial revisando los monumentos.
—¡Paco! ¡En la falla del Pilar hay un elefante! ¡No podemos pasar por allí! ¡En la de Convento hay un pato gigante! ¡Es una conspiración animalista contra Vicente!
Se volvió loca intentando trazar una ruta por Valencia que no tuviera animales de cartón-piedra. Era como intentar ir de Madrid a Barcelona sin pasar por un bar de carretera: imposible.
Llegó el día de la Nit del Foc. Valencia era un hervidero de gente, música y petardos. La Puri llevaba a Vicente en el carrito, pero le había puesto unos auriculares de esos que usan los obreros de las autopistas para que el ruido no le “dañara el aura”. El niño parecía un DJ en miniatura.
De repente, en medio de la Plaza del Ayuntamiento, un gracioso tiró un “borracho” (un petardo que se mueve por el suelo) que fue a parar justo debajo del carrito de Vicente.
—¡Fuego! ¡El fuego del oráculo! —gritó la Puri, perdiendo los papeles.
En vez de apartar el carrito con calma, se lió a bolsazos con el petardo, intentando apagarlo con su bolso de imitación de marca. El petardo, como si tuviera vida propia, empezó a dar vueltas alrededor de sus pies, echando chispas y humo de colores.
—¡Socorro! ¡Que me quemo las varices! —chillaba mientras bailaba una especie de jota frenética.
Vicente, desde su carrito, se quitó los auriculares, miró el petardo, miró a su abuela saltando como una loca, y empezó a aplaudir.
—¡Ooooh! ¡Foc! ¡Foc! —gritaba el niño, entusiasmado.
La gente se paró a mirar. La Puri, al ver que el niño no solo no tenía miedo sino que disfrutaba del espectáculo, se detuvo en seco. Tenía el pelo chamuscado y el bolso echando humo, pero su cara cambió por completo.
—¿Habéis visto? —nos dijo, recuperando la dignidad mientras se recolocaba la peineta—. ¡Ha dominado al fuego! ¡El oráculo no me avisaba de un peligro, me avisaba de una epifanía! Mi nieto es el heredero de los artesanos del fuego. ¡Mañana mismo le apunto a la escuela de pirotecnia!
—¡Que tiene un año, mamá! —gritó Elena, desesperada.
—¡Nunca es tarde para empezar a entender el nitrato potásico! —respondió ella.
Esa noche, mientras volvíamos a casa con el olor a humo pegado a la ropa, comprendí que la devoción extrema a los oráculos de mi suegra era, en realidad, una forma de convertir cada momento cotidiano en una aventura épica. Para ella, Vicente no era solo un niño; era un protagonista de una leyenda que ella misma iba escribiendo sobre la marcha, cambiando los capítulos según soplara el viento o según lo que le dijera la Consuelo después de tres copas de mistela.
Parte 8: El secreto de la longevidad y el último oráculo
Los años han ido pasando, y Vicente ya no es el bebé que casi nace en un taxi por culpa de una vidente. Ahora es un chaval que corre por la huerta, que sabe cuándo una naranja está dulce sin probarla y que, para desgracia de los oráculos, ha salido de lo más normal del mundo. O eso creíamos.
El otro día, celebramos el cumpleaños de la Puri. Ochenta años ya, y sigue con más energía que un transformador eléctrico. Estábamos todos en la mesa, y ella, después de soplar las velas, se quedó mirando a Vicente con una mirada muy seria.
—Vicente, hijo, ven aquí —le dijo.
El niño se acercó. Todos nos quedamos callados, esperando una de sus sentencias místicas. La Puri le cogió las manos y le miró fijamente a los ojos.
—Dime la verdad… ¿Qué ves cuando miras al sol de la tarde sobre los campos de arroz?
Vicente se lo pensó un momento. Miró a su madre, me miró a mí, y luego miró a su abuela con una sonrisa pícara que le salía de las orejas.
—Veo que es hora de ir a merendar un bocadillo de tortilla de patatas, abuela. Y que si no nos damos prisa, el bar del tío Paco cerrará y nos quedaremos sin cacahuetes.
La Puri se quedó callada. Elena y yo nos preparamos para el discurso sobre la falta de espiritualidad de la juventud actual. Pero, para nuestra sorpresa, ella soltó una carcajada que se oyó en toda la manzana.
—¡Lo habéis oído! —exclamó, triunfante—. ¡La profecía final se ha cumplido!
—¿Qué profecía, Puri? —pregunté yo, ya entregado a la causa.
—La que me dijo la Consuelo el día que este niño nació. Dijo: “Llegará un día en que el heredero verá la verdad oculta tras el velo del mundo”. ¡Y la verdad oculta es que en esta vida lo único importante es la familia, un buen bocadillo y que no te falte el sentido del humor!
Y ahí estaba la clave. Resulta que todos estos años de oráculos, velas, limpiezas de aura y miedos absurdos no eran más que la forma en que mi suegra gestionaba el amor inmenso que sentía por ese nieto que tanto se hizo esperar. El “dilema desgarrador” que amenazaba la vida de Vicente no era el destino, ni los astros, ni el arroz con cosas. Era simplemente el miedo de una abuela a que el mundo no fuera lo suficientemente bueno para su tesoro más grande.
Hoy, cuando paseamos por el centro de Valencia y pasamos por delante de la casa de la vidente, Vicente me guiña un ojo y me dice:
—Papá, ¿le preguntamos a la señora esa si mañana va a llover o si mejor nos llevamos el paraguas por si acaso?
Y yo me río, porque sé que, mientras tengamos a la Puri cerca, el futuro siempre será una mezcla de misticismo barato, carcajadas y el mejor olor del mundo: el de una paella cocinándose a fuego lento mientras el sol se pone sobre la Albufera.
Porque al final, en Valencia, el oráculo más fiable siempre ha sido el mismo: el que dice que, pase lo que pase, mientras estemos juntos y no le echemos guisantes al arroz, todo irá bien. ¡Y que viva la mare que nos parió a todos!