Bajo el sol de Barcelona, una herencia milenaria corre peligro por los rituales prohibidos de una abuela obsesionada
Parte 1: El despertar de la bestia (y no hablo de mi cuñado)
Aquella mañana de agosto en el barrio de Gràcia no era una mañana cualquiera. El aire estaba espeso, de ese que se te pega a la nuca y te hace arrepentirte de haber nacido en el Mediterráneo. Yo estaba intentando tomarme un cortado en la Plaza del Diamant, esquivando palomas y guiris que buscaban desesperadamente la sombra, cuando recibí la llamada. Era mi madre. Y cuando mi madre llama tres veces seguidas antes de las diez de la mañana, o se ha muerto alguien o la abuela Montse ha vuelto a las andadas.
—Javi, hijo, por lo que más quieras, ven a casa de la abuela ahora mismo —dijo mi madre, con esa voz de estar al borde de un colapso nervioso que solo ella sabe modular—. Ha vuelto a sacar el caldero de cobre. El de la bisabuela Remei.
Se me heló la sangre. El caldero de cobre. Eso significaba problemas de los gordos. No es que mi abuela fuera una bruja de película de Hollywood, qué va. Ella era mucho peor: era una abuela catalana con demasiado tiempo libre y una obsesión enfermiza por “limpiar el linaje”. Según ella, nuestra familia arrastraba una maldición desde tiempos de los romanos porque un antepasado se negó a compartir una receta de alioli con un centurión. O algo así. El caso es que, cada pocos años, le daba por los “rituales prohibidos”.
Llegué a su piso, un principal con techos altos y suelos de mosaico hidráulico que crujían con solo mirarlos. Nada más cruzar el umbral, me pegó un bofetón de olor a ruda, romero quemado y… ¿sobrasada?
—¿Abuela? —pregunté, dejando las llaves en la mesita de la entrada, justo al lado de una figura de la Moreneta que parecía mirarme con lástima.
—¡No pises el círculo, desgraciado! —gritó una voz ronca desde el fondo del pasillo.
Allí estaba ella. La gran Montse. Ochenta y cinco años, un delantal de flores que había visto mejores épocas y unas zapatillas de estar por casa de esas que llevan pompones. Estaba de rodillas en el salón, rodeada de velas de los chinos y tarros de cristal que contenían cosas que prefería no identificar. En el centro, el famoso caldero de cobre humeaba como si dentro se estuviera cocinando el mismísimo averno.
—Abuela, por Dios, que vas a quemar el bloque y nos van a echar a todos —dije, tratando de sonar autoritario pero fallando estrepitosamente.
—Tú cállate, que tienes el aura más sucia que el metro en hora punta —me espetó sin mirarme—. ¿Crees que esto lo hago por gusto? El sol de Barcelona está en la posición exacta. El diablo anda suelto por Las Ramblas y si no sello el testamento de los ancestros antes del mediodía, perderemos la herencia.
—¿Qué herencia? Si lo único que tenemos es el piso este y la plaza de parking en la calle Balmes que no cabe ni un Smart —replicó mi madre, que apareció desde la cocina abanicándose con una revista de cotilleos.
La abuela se levantó con una agilidad que ya quisiera yo para mis mañanas de gimnasio. Se sacudió las rodillas y nos miró con una intensidad que me hizo sospechar que el “ritual” ya había empezado.
—No hablo de dinero, pedazo de ignorantes. Hablo de la Esencia. El secreto que ha mantenido a los Puig fuertes durante milenios. ¿Os creéis que vuestro bisabuelo sobrevivió a la guerra por suerte? ¡No! Fue por el ungüento de pata de cabra y vino de misa que le puse en las botas.
Mi madre y yo nos miramos. El nivel de delirio estaba subiendo más rápido que el precio del alquiler en la Barceloneta. Pero lo peor estaba por llegar. La abuela se acercó al caldero, cogió una cuchara de madera que parecía un arma de destrucción masiva y empezó a remover un líquido espeso y verdoso.
—Para este ritual necesito algo vuestro —sentenció ella, con una sonrisa maliciosa—. Necesito un recuerdo físico de vuestra mayor vergüenza. Y lo necesito antes de que la sombra de la Sagrada Familia toque el suelo de la calle Mallorca.
—Mira, mamá, ya basta —dijo mi madre, intentando quitarle la cuchara—. Vamos a apagar esto, ventilamos la casa y te hago una tila. O un gin-tonic, lo que prefieras.
Pero la abuela Montse no estaba para bromas. Agarró a mi madre por el brazo con una fuerza sorprendente.
—Si no lo hacéis, la herencia se perderá. Y no hablo solo de la esencia. Hablo del cuadro de Dalí que el abuelo escondió detrás del contador de la luz.
Silencio absoluto. Mi madre soltó el abanico. Yo casi me atraganto con mi propia saliva. ¿Un Dalí? ¿En esta casa de muebles de Ikea y fotos de comunión?
—¿Qué cuadro de Dalí, abuela? —pregunté, acercándome con cautela.
—Ese que no queríais ver porque decíais que eran solo “manchas de un borracho”. Pues resulta que vale millones. Y según el ritual de la Purificación del Linaje, si no se cumple el ciclo, el cuadro se convertirá en polvo antes de que acabe el día. Es el precio del descuido.
A ver, yo sé que suena a cuento chino. Sé que mi abuela tiene más imaginación que un guionista de Netflix después de tres cafés. Pero la posibilidad de que hubiera un Dalí en casa era suficiente para que nos planteáramos, aunque fuera por un segundo, seguirle la corriente con sus rituales prohibidos.
—Vale, abuela —cedí, levantando las manos en señal de rendición—. ¿Qué tenemos que hacer exactamente? Pero que sea rápido, que a las dos he quedado para comer.
—Rápido dice el niño… —refunfuñó ella, volviendo al caldero—. Primero, Javi, tienes que ir al Mercado de la Boquería. Busca a la “Paca la de los ojos tristes”. Dile que vienes de parte de la Montse de Gràcia. Ella te dará el corazón de un gallo que nunca haya visto el mar. Sin eso, el ungüento no ligará.
—¿Un corazón de gallo? ¿En la Boquería? Abuela, me van a detener por tráfico de órganos avícolas —protesté.
—¡Y tú, Mercè! —le gritó a mi madre— ¡Vete a la Catedral! Necesito una vela que haya sido soplada por un turista alemán arrepentido.
Mi madre me miró con cara de “mátame camión”. La aventura no había hecho más que empezar, y el sol de Barcelona empezaba a pegar con una fuerza que presagiaba que, efectivamente, algo milenario y muy bizarro estaba a punto de ocurrir.
Parte 2: El mercado, el sudor y la desesperación
Salí a la calle con la sensación de que me estaban grabando para una cámara oculta. El sol de mediodía en Barcelona es una entidad propia, algo que no te calienta, sino que te castiga por tus pecados. Bajé por la calle Torrent de l’Olla, esquivando a la gente que iba en patinete y a los modernos que tomaban brunch como si no hubiera un mañana. Mi misión: un corazón de gallo “terrestre”.
Llegar a la Boquería en agosto es como intentar entrar en el foso de un concierto de heavy metal pero con señoras que llevan carritos de la compra. El olor a pescado fresco mezclado con el perfume barato de los cruceristas es una experiencia religiosa, y no de las buenas. Busqué a la tal “Paca”. Pasé por puestos de frutas cortadas a precio de oro y por carnicerías que parecían museos del horror. Finalmente, al fondo de un pasillo oscuro donde los turistas no se atrevían a entrar, vi un cartel escrito a mano: “Pescados y Menudencias Paca. No se fía”.
—¿Paca? —pregunté tímidamente a una mujer que estaba descuartizando algo con una precisión quirúrgica. Tenía los ojos, efectivamente, muy tristes. O quizá solo era el cansancio de llevar cuarenta años vendiendo hígados.
—¿Qué quieres, guapo? Si buscas zumos de mango, te has equivocado de barrio —dijo ella sin levantar la vista.
—Vengo de parte de la Montse de Gràcia. Dice que… bueno, que necesita un corazón de gallo que nunca haya visto el mar.
Paca se detuvo en seco. Dejó el cuchillo sobre el mostrador con un golpe seco que me hizo dar un respingo. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi camiseta de diseño y mis zapatillas blancas impecables.
—Así que eres el nieto de la Montse… Pobret. No sabía que la cosa estaba tan mal.
—¿Tan mal el qué? —pregunté, empezando a preocuparme.
—El linaje, niño. El linaje. La Montse siempre ha sido una exagerada, pero si ha llegado al punto del corazón de gallo es que la maldición del centurión está apretando fuerte este año. Espera aquí.
Se metió en una cámara frigorífica y salió unos minutos después con un paquetito envuelto en papel de estraza ensangrentado. Me lo puso en la mano con una solemnidad que me dio escalofríos. Estaba caliente.
—Son diez euros. Y ni se te ocurra meterlo en la nevera. Tiene que llegar al caldero con el calor de la ciudad. Si se enfría, el Dalí se esfuma.
—¿Tú también sabes lo del cuadro? —aluciné.
—En este barrio todos sabemos lo del cuadro de los Puig. Venga, corre, que se te escapa el tiempo y el gallo empieza a oler.
Salí disparado de la Boquería. Mientras tanto, mi madre me enviaba mensajes de WhatsApp cada dos minutos. “Javi, he localizado al alemán. Se está comiendo un helado frente a la Catedral. ¿Cómo coño le pido que sople una vela y se arrepienta de algo? Me van a meter en el manicomio”.
Le respondí con un escueto: “Haz lo que sea. El gallo está soltando líquido y la gente me mira raro en el metro”.
Decidí que volver en metro era una idea suicida. El calor en el subsuelo de Barcelona en agosto es comparable a vivir dentro de un horno a 180°C. Cogí un taxi. El taxista, un hombre que parecía haber visto el nacimiento de la ciudad, no dejó de hablar de cómo los rituales de antes sí que funcionaban.
—Es que ya no hay fe, chaval —decía mientras sorteaba autobuses turísticos con una pericia envidiable—. Antes, para proteger una herencia, hacíamos sacrificios de verdad. Ahora todo son velas aromáticas y meditación. Si tu abuela usa el caldero de cobre, es de las antiguas. Hazle caso, que esas señoras saben cosas que los de Google no tienen ni idea.
Llegué al portal de la abuela empapado en sudor. Al subir las escaleras, el olor a sobrasada y hierbas se había intensificado. Era casi sólido. Entré en el piso y me encontré una escena todavía más dantesca: mi madre estaba allí, despeinada, con una vela medio derretida en la mano y una expresión de victoria demente.
—¡Lo tengo! —exclamó—. El alemán resultó ser un tipo encantador de Hamburgo que se sentía fatal por haber pedido una paella con chorizo. Ha soplado la vela con una pena… casi lloro yo también.
—¡Perfecto! ¡Echadlo todo al fuego! —gritó la abuela desde el salón.
La abuela Montse ahora llevaba una especie de túnica hecha con un mantel antiguo de encaje. Tenía el pelo alborotado y sostenía un libro de cuentas de 1954 que, según ella, contenía los cánticos prohibidos.
—Primero el corazón —ordenó.
Lancé el paquete de Paca al caldero. Hubo un siseo, un humo púrpura empezó a subir hacia el techo de molduras y el olor se volvió… extrañamente dulce.
—Ahora la vela del arrepentimiento guiri —prosiguió ella, con los ojos en blanco.
Mi madre dejó caer la vela. El líquido del caldero empezó a burbujear violentamente. La abuela empezó a recitar algo que sonaba a latín mezclado con catalán de pueblo: “Per la glòria de les mongetes, que el Dalí surti de les parets… Por la fuerza del alioli, que no nos falte el parné…”
—¡Abuela, que estás mezclando santos con comida! —le grité, pero ella no me oía.
De repente, un trueno resonó en todo el barrio. Y no había ni una nube en el cielo. El suelo empezó a vibrar. Los cuadros de la pared —los normales, los de paisajes de la Costa Brava— se torcieron. Mi madre se agarró a una silla.
—¡Está funcionando! —chillaba la abuela—. ¡El linaje se está limpiando! ¡Puedo sentir cómo el centurión romano pide perdón desde el más allá!
En ese momento, un golpe seco sonó detrás del contador de la luz. Una trampilla de madera, oculta por capas de pintura y años de olvido, se entreabrió. Un resplandor dorado empezó a filtrarse por la rendija.
—¡Ahí está! —gritó mi madre, olvidando su escepticismo—. ¡El Dalí! ¡Somos ricos!
Pero la alegría duró poco. Porque del caldero empezó a salir algo más que humo. Una figura borrosa, compuesta de vapor y olor a ruda, empezó a materializarse en medio del salón. No parecía un pintor surrealista, ni un antepasado noble. Parecía… un centurión romano muy cabreado.
Parte 3: El centurión, el seguro del hogar y la tía Paquita
—¡Me cago en todo lo que se menea! —exclamó la abuela, perdiendo por un momento su trance místico—. ¡Ese no es el espíritu que yo había convocado! ¡Ese es el del alioli!
El centurión, o lo que fuera aquella aparición vaporosa, nos miraba con unos ojos que eran como dos ascuas de carbón. Señalaba con un dedo acusador hacia la cocina. Mi madre, que siempre ha tenido un sentido de la hospitalidad muy desarrollado incluso ante entes de ultratumba, balbuceó:
—¿Quiere… quiere un poco de pan con tomate? Tenemos del bueno, del que se frota.
La aparición soltó un rugido que hizo vibrar hasta las tuberías del edificio. Los vecinos empezaron a dar golpes en el techo. “¡Que ya son las tres de la tarde, dejad de mover muebles!”, gritó el de arriba, el señor García, que siempre estaba de mal humor.
—¡El ritual! —gritó la abuela—. ¡Falta el ingrediente final! ¡El objeto de la máxima vergüenza! ¡Javi, saca lo que te pedí!
Me quedé paralizado. ¿Mi máxima vergüenza? Pensé en aquel video de TikTok donde salía bailando borracho en las fiestas de Gràcia. Pensé en la vez que le dije “te quiero” a una operadora de Vodafone por error. Pero la abuela no quería recuerdos, quería algo físico.
—¡No tengo nada, abuela! ¡Mi vida es aburrida! —mentí desesperadamente.
—¡Mientes! —rugió ella, mientras el centurión empezaba a derribar las figuras de porcelana del aparador—. ¡Trae esa caja que guardas debajo de la cama! ¡La que tiene la etiqueta de “Cosas de la ex”!
Me puse rojo como un tomate. ¿Cómo sabía ella lo de la caja? ¿Es que las abuelas tienen rayos X para la privacidad ajena? No me quedó otra. Fui corriendo a mi habitación, que por suerte estaba en el mismo pasillo, y regresé con una caja de cartón algo polvorienta.
—Aquí está —dije, entregándosela como si fuera una bomba—. Son las cartas de amor que le escribí a Vane en segundo de la ESO. Con poemas. De esos que riman “corazón” con “ilusión”.
—¡Al caldero! —ordenó la abuela.
Lancé las cartas. En cuanto el papel tocó el brebaje, el centurión soltó un suspiro de alivio, como si leer mi pésima poesía le hubiera dado la paz que siglos de historia le negaron. La figura se disolvió en un aroma a papel viejo y Chanel nº 5. La vibración cesó. El silencio volvió al piso, solo interrumpido por el zumbido de un ventilador que ya no daba más de sí.
—¿Ya está? —preguntó mi madre, limpiándose el sudor de la frente con la manga de la blusa—. ¿Ya somos millonarios?
La abuela se acercó a la trampilla del contador de la luz con paso solemne. Mi madre y yo la seguíamos conteniendo el aliento. Metió la mano en el hueco oscuro y sacó un bulto envuelto en una sábana vieja y amarillenta. Con manos temblorosas, empezó a desenrollarlo.
—Aquí está —susurró—. El tesoro de los Puig. La obra perdida del maestro.
Cuando terminó de quitar la sábana, lo que apareció no fue un lienzo con relojes blandos o elefantes con patas de araña. Era un cuadro, sí. Pero era un retrato al óleo de un hombre con un bigote ridículamente largo que sostenía una morcilla en una mano y un ejemplar de La Vanguardia en la otra. En la esquina inferior derecha, se leía claramente: “Para mi amigo Manel, con cariño, Salvador”.
—¡Es un Dalí! —exclamó mi madre, a punto de desmayarse.
—Espera un momento… —dije yo, acercándome más—. Abuela, esto no es un cuadro original. Mira el bigote. Está pegado con purpurina.
La abuela se puso las gafas de cerca y entornó los ojos.
—¡Ay, caray! Si es la foto del bisabuelo que retocamos en el taller de manualidades del centro cívico hace diez años… Me debí de confundir de escondite.
Mi madre se dejó caer en el sofá, derrotada. El ritual, el corazón de gallo, el alemán arrepentido, el centurión… ¿Todo para una foto con purpurina del bisabuelo Manel?
—Pero el testamento… —insistió la abuela, rebuscando de nuevo en el hueco—. ¡Aquí hay algo más!
Sacó un sobre de cuero viejo, atado con un cordel que parecía a punto de deshacerse. Lo abrió con cuidado. Dentro había un pergamino auténtico, con letras góticas y un sello de cera roja.
—”Yo, Marcus Ulpius Traianus, otorgo a la estirpe de los Puig el derecho exclusivo sobre la receta secreta del alioli de piedra, con la condición de que nunca, bajo ningún concepto, le pongan huevo…” —leyó la abuela en voz baja.
—¿La receta del alioli? —pregunté, incrédulo—. ¿Esa es la herencia milenaria?
—¡Hijo! —gritó la abuela, recuperando su energía—. ¡¿Tú sabes lo que vale esto?! ¡Es la receta original! Sin huevo, ¡solo ajo y aceite, como Dios manda! ¡Podemos abrir un puesto en el mercado! ¡Podemos montar un imperio! ¡El Dalí era una distracción para los codiciosos, pero esto es el verdadero oro!
En ese momento, la tía Paquita entró por la puerta sin llamar, como siempre.
—¿A qué huele aquí? —preguntó, olisqueando el aire—. Parece que hayáis quemado una biblioteca y una carnicería al mismo tiempo. Por cierto, Montse, ¿has visto mis cartas de amor de la ESO? Creo que las puse en una caja por error y se las llevó Javi…
Nos quedamos todos petrificados. Miré el caldero. Miré a la abuela. Miré a la tía Paquita, que es la hermana pequeña de mi madre y siempre ha sido un poco… peculiar.
—Tía Paquita… —empecé a decir—, ¿tú escribías cartas de amor a un tal Vane?
—No, tonto. Vane es el nombre del chico que me gustaba, de Vanessa, que era muy moderna para su época. ¿Por qué lo preguntas?
La abuela Montse cerró el pergamino del alioli con un golpe seco.
—¡Da igual las cartas! —sentenció—. ¡El ritual ha funcionado! El linaje está limpio, el centurión está saciado y tenemos la receta. Ahora, Mercè, ve a por ajos de los de verdad, de los de Las Pedroñeras, y tú, Javi, baja a por aceite de oliva virgen extra. ¡Hoy vamos a cenar como romanos!
Parte 4: El banquete de los supervivientes
Aquella noche, el salón de la abuela Montse no parecía el escenario de un exorcismo fallido, sino el de una boda gitana pero en pequeño. Habíamos abierto las ventanas de par en par para que el olor a ruda se fuera de una vez (aunque sospecho que el vecino de arriba se pasó toda la noche pensando que estábamos cocinando veneno).
La abuela, con una autoridad renovada, se puso a machacar ajos en el mortero siguiendo las instrucciones del pergamino de Trajano. Mi madre, que ya se había tomado dos gin-tonics para procesar lo del “no-Dalí”, ayudaba cortando pan de hogaza.
—Mira que eres bruta, mamá —decía mi madre, ya más relajada—. Casi me da un parraque con el centurión de humo. Pensaba que venía a por nosotros por lo de la declaración de la renta del año pasado.
—¡Tonterías! —decía la abuela, mientras el mortero rítmicamente golpeaba la piedra—. Los espíritus romanos son muy nobles. Solo quieren que se respete la tradición. Si hubiéramos puesto huevo en este alioli, ahora mismo tendríamos la casa llena de langostas, y no de las que se comen.
Yo miraba el pergamino, que descansaba sobre la mesa como una reliquia sagrada. Resulta que la “herencia milenaria” no nos iba a sacar de trabajar, pero la abuela tenía razón en algo: aquel alioli olía de una manera que te hacía replantearte tus principios morales. Era potente, honesto, casi agresivo.
—¿Y qué vamos a hacer con el cuadro del bisabuelo con purpurina? —pregunté, señalando la “obra de arte”.
—Ese se queda ahí —decidió la abuela—. Para recordarnos que la codicia te ciega, pero el ajo te abre los ojos. Además, el bisabuelo Manel siempre quiso ser famoso. Ahí tiene su momento de gloria.
Cenamos todos juntos. La tía Paquita no paró de hablar de sus dramas amorosos de los noventa, ajena al hecho de que sus cartas de amor habían servido de combustible para un ritual prohibido. La abuela reía, mi madre suspiraba y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentí extrañamente orgulloso de pertenecer a este linaje de locos.
—Javi —me dijo la abuela, pasándome un trozo de pan untado generosamente con la mezcla milenaria—, cómelo. Esto es lo que nos hace fuertes. Mientras un Puig sepa hacer este alioli, Barcelona nunca caerá del todo.
Le di un mordisco. El sabor era una explosión. Era como si toda la historia de la ciudad, desde las murallas romanas hasta las Ramblas llenas de gente, se concentrara en mi paladar. Era fuerte, picante y perduraba.
—Está bueno, abuela —reconocí, con los ojos llorosos por la potencia del ajo.
—¿Bueno? ¡Está divino! —exclamó ella—. Mañana mismo llamamos al notario para que registre la receta. Y de paso, que vea si puede sacar alguna ayuda por lo de tener un portal dimensional en el salón.
Nos quedamos riendo hasta tarde, bajo el cielo de una Barcelona que parecía vigilar nuestras tonterías con una sonrisa cansada. Al final del día, no teníamos millones en el banco, ni un cuadro en el Museo del Prado. Teníamos un mortero, un pergamino viejo y una abuela que, a pesar de estar como una regadera, nos había recordado que el verdadero tesoro no siempre es lo que brilla, sino lo que se comparte en una mesa llena de migas y secretos.
Eso sí, al día siguiente, cuando me desperté, el olor a ajo en mi habitación era tan fuerte que juraría que vi al centurión en la esquina del armario, saludándome con la mano antes de desvanecerse para siempre. O quizá era solo que necesitaba ventilar un poco más. Pero por si las moscas, desde aquel día, siempre llevo un diente de ajo en el bolsillo. Nunca se sabe cuándo puede volver a apretar el sol de Barcelona y los ancestros decidan que es hora de otro ritual.
¡Claro que sí! Vamos a meternos de lleno en la harina (o en el ajo, mejor dicho). Para alcanzar ese volumen y profundidad, vamos a expandir la trama hacia la fase de ejecución del imperio del alioli, las complicaciones con los vecinos, la aparición de un “villano” gastronómico y el caos absoluto que se desata cuando la abuela decide que el ritual no ha terminado.
Aquí tienes la continuación detallada, manteniendo el estilo, el humor y el ritmo.
Parte 5: El “Business Plan” de la abuela y la guerra del cuarto primera
A la mañana siguiente, el piso de Gràcia no olía a ruda, olía a victoria. Pero a una victoria que se te queda pegada en el paladar y que hace que cualquier persona a menos de tres metros de distancia te mire como si fueras un residuo tóxico. La abuela Montse no había pegado ojo. Se había pasado la noche diseñando lo que ella llamaba “La Expansión del Imperio de la Piedra”.
—Javi, despierta, que el futuro no espera a los que duermen con la boca abierta —me gritó mientras me sacudía el hombro con un vigor impropio de alguien que sobrepasa los ochenta.
Me levanté con una resaca de ajo que no sabía ni que existía. En la cocina, la abuela ya había organizado una cadena de montaje. Había cajas de madera, botes de cristal esterilizados al baño maría y una montaña de ajos que ríete tú de las películas de Drácula.
—Abuela, ¿qué es todo esto? —pregunté, frotándome los ojos.
—Es el lanzamiento, niño. He hablado con el presidente de la comunidad y con la del herbolario de la esquina. Vamos a vender el “Alioli de Trajano”. Pero no un alioli cualquiera. Este tiene el sello de la Purificación del Linaje. He calculado que, si vendemos cada tarro a diez euros a los turistas de la Casa Vicens, para finales de mes te he pagado la carrera y me he comprado un audífono nuevo que no pite.
—¿Diez euros? ¡Abuela, es medio bote de aceite y tres dientes de ajo! —exclamó mi madre, apareciendo con un turbante en el pelo, intentando camuflar el olor a ruda que aún emanaba de sus poros.
—Es artesanía, Mercè. Es misticismo embotellado —sentenció la abuela—. Javi, tú que eres joven y sabes usar el “Interné” ese, sácame unas fotos bonitas del tarro al lado del cuadro del bisabuelo Manel. Que parezca que tiene solera.
Y ahí empezó el calvario. Me pasé tres horas haciendo de fotógrafo gastronómico mientras la abuela me corregía la iluminación con una linterna de camping. Pero el problema no fue el marketing, sino el olor. A mediodía, el rellano del edificio era una zona de exclusión aérea. El señor García, el vecino del cuarto que ya nos había gritado por los ruidos, llamó a la puerta con la cara roja como un pimiento morrón.
—¡Montse! ¡Esto es intolerable! —bramó García—. ¡Mi mujer dice que hasta la ropa del armario le huele a ajo! ¡El gato no quiere entrar en el salón! ¡O paráis esta fábrica clandestina o llamo a la Guardia Urbana!
La abuela se asomó por detrás de la puerta con una sonrisa que daba más miedo que el centurión de vapor.
—Ay, García, siempre tan exagerado. Si esto es salud pura. ¿Tú sabes que el emperador Trajano no tuvo ni un resfriado gracias a esto? Toma, prueba un poco y verás cómo se te quita esa cara de amargado.
Le metió una tostada con alioli en la boca antes de que el hombre pudiera protestar. García masticó por puro instinto. Se hizo el silencio. Mi madre y yo nos miramos, esperando la explosión. Pero García… García empezó a llorar.
—Es… es como el que hacía mi madre en el pueblo —sollozó—. Pero con un toque… ¿metálico?
—Es el caldero de cobre, tonto —le guiñó un ojo la abuela—. Venga, vete a casa y dile a tu mujer que le mando un bote. Y ni se te ocurra denunciarnos, que sé que cierras la terraza sin permiso de la comunidad.
García se fue derrotado y alimentado. Parecía que el imperio iba viento en popa, pero como en toda buena tragedia griega (o romana, en este caso), apareció el antagonista.
El gourmet impostor
A media tarde, mientras etiquetábamos los botes con un logo que yo había diseñado a toda prisa (una cabeza de romano con un mortero por casco), alguien llamó al timbre. No era García. Era un tipo con gafas de pasta, una barba perfectamente recortada y una camisa de lino que costaba más que todo mi mobiliario.
—Hola, soy Borja-Mary, crítico gastronómico y “foodie influencer” —dijo, mirando el piso con una mezcla de asco y curiosidad—. Me han llegado rumores por Instagram de que aquí se está gestando un “pop-up” clandestino de alioli ancestral.
—¿Un qué? —preguntó la abuela, limpiándose las manos en el delantal—. Aquí solo hay ajo y ganas de trabajar, joven. Pasa, pero no toques nada, que el aura está delicada.
Borja-Mary entró como si estuviera en el Louvre. Se acercó al caldero de cobre, que seguía en el centro del salón, y aspiró profundamente.
—Interesante… Notas de ruda, un retrogusto a… ¿cartas de amor adolescentes? Y un toque de azufre muy vanguardista. ¿Es una deconstrucción del mito de la herencia?
—Es una receta de hace dos mil años, so moderno —le soltó la abuela—. Pruébalo y déjate de tonterías.
Borja sacó una cucharita de plata de su bolsillo (porque sí, esa gente lleva cubertería encima) y tomó una muestra. Cerró los ojos. El silencio fue tenso. Mi madre contenía el aliento. Si este tipo nos daba una buena crítica, podíamos vender el alioli a precio de caviar.
—Es… es una agresión sensorial —dijo Borja, abriendo los ojos—. Es demasiado real. No tiene equilibrio. Le falta espuma de jengibre o un aire de lima. Es demasiado… familiar. No puedo recomendar esto en mi blog de “Experiencias de Lujo y Humo”. A menos…
—¿A menos qué? —saltó mi madre.
—A menos que me deis la exclusiva del ritual. Quiero grabar el proceso con mi cámara 4K. La abuela con la túnica, el caldero, el centurión… Eso nos daría un millón de visualizaciones. Sería el “trend” del verano.
La abuela Montse se cruzó de brazos. Sus ojos chispearon con esa malicia que solo tienen las matriarcas catalanas cuando huelen el peligro.
—¿Visualizaciones? ¿Tú te crees que los secretos de mi familia son para que cuatro vagos miren el móvil mientras hacen de vientre? ¡Fuera de mi casa! ¡Y llévate tu cuchara de pijo!
—¡Pero Montse! —intentó mediar mi madre—. ¡Que es publicidad gratis!
—¡He dicho que fuera! —la abuela levantó la cuchara de madera y Borja-Mary salió por patas, tropezando con el paragüero.
Cuando se cerró la puerta, la abuela se volvió hacia nosotros. Estaba seria.
—El ritual no ha terminado. Lo presiento en las varices. Ese chico ha traído una energía de envidia que va a atraer de nuevo al centurión. Necesitamos reforzar el sello.
—Abuela, por favor, que ya hemos gastado todos los recuerdos vergonzosos —supliqué yo.
—No todos. Falta el más grande. El que tu madre guarda en la caja fuerte del banco.
Mi madre palideció.
—Mamá… no me digas que hablas de… de aquello.
—Sí, Mercè. El vídeo de tu audición para aquel programa de televisión en los noventa. El de las mallas de aeróbic y la canción de Parchís.
Parte 6: La cinta de VHS y el retorno de la sombra
Si pensabais que lo del centurión romano era raro, no conocíais el pasado de mi madre. Resulta que en 1992, imbuida por el espíritu olímpico de Barcelona, a mi madre le dio por intentar ser la nueva estrella de la televisión infantil. Grabó una cinta de VHS que era, básicamente, el fin de cualquier reputación social.
—No, mamá. Ese vídeo es mi seguro de vida. Si alguien lo ve, tengo que mudarme a Nueva Zelanda —dijo mi madre, abrazándose a sí misma.
—O entregamos el vídeo al fuego, o el imperio del alioli se desmorona y el Dalí (el de verdad, que sigo convencida de que está en algún lado) arderá en el infierno —sentenció la abuela con una lógica aplastante.
Fuimos al banco. Tuvimos que convencer al director, que era amigo de la familia, para que nos dejara sacar la caja de seguridad a una hora intempestiva. Volvimos al piso con la cinta de VHS en las manos como si fuera una reliquia radiactiva.
El ambiente en el piso había cambiado. Hacía un calor asfixiante, pero no era el calor de Barcelona. Era un calor seco, como de desierto romano. Las luces parpadeaban. En el techo, las molduras parecían estirarse.
—¡Rápido! —gritó la abuela—. ¡El influencer ha roto el equilibrio con su mala vibra! ¡Siento que el centurión está intentando entrar por la fibra óptica!
Efectivamente, en la pantalla de mi ordenador empezaron a aparecer imágenes de legiones romanas marchando por el Paseo de Gracia. Era como un virus informático, pero con sandalias.
—¡Madre, tíralo ya! —le grité a mi madre.
Ella miró la cinta. Miró a la abuela. Miró el caldero, que ahora hervía con un color rojo sangre. Con un grito de guerra digno de una gladiadora, lanzó el VHS al cobre fundido.
¡ZAS!
Un estallido de purpurina y música de sintetizador barata llenó el salón. Por un momento, vimos la imagen fantasmal de mi madre en mallas rosas haciendo “step” sobre la cabeza del centurión romano. Fue una visión tan espantosa, tan profundamente vergonzosa, que la realidad misma pareció pedir perdón.
El espíritu del centurión apareció una última vez, pero esta vez no rugía. Tenía una mano en la cara, como si no pudiera soportar el nivel de “cringe” de los años noventa. Hizo una señal de respeto hacia mi madre y se desvaneció, llevándose consigo el calor seco y el virus de los ordenadores.
El silencio que quedó fue sepulcral.
—Bueno —dijo la abuela, rompiendo la tensión—, creo que con eso ya tenemos sello para otros quinientos años. ¿Quién quiere un bocadillo de tortilla con el alioli nuevo?
La moraleja del mortero
Pasaron las semanas. El “Alioli de Trajano” se convirtió en una leyenda urbana en Gràcia. No lo vendíamos en botes, sino que la abuela lo daba en intercambios: un poco de alioli por una reparación de la persiana, un poco por un descuento en la carnicería. Al final, resultó que la herencia milenaria no era el dinero, sino la red de favores y el respeto que la abuela se había ganado.
El cuadro del bisabuelo Manel con purpurina terminó presidiendo el salón, justo encima del televisor. A veces, juro que cuando hay mucha humedad, el bigote del bisabuelo se mueve un poco y huele a ajo fresco.
Mi madre nunca volvió a hablar del vídeo de aeróbic, pero camina con la cabeza más alta, sabiendo que su mayor vergüenza salvó a la familia de una maldición romana y de un influencer pesado.
Yo, por mi parte, terminé mis estudios de ingeniería. Pero cada vez que diseño una pieza, no puedo evitar pensar que, por muy moderna que sea la máquina, siempre necesita un poco de esa “esencia” que la abuela Montse guarda en su caldero de cobre.
Barcelona sigue igual: calurosa, ruidosa y llena de turistas. Pero en un rincón de Gràcia, hay un piso donde los secretos se guardan en tarros de cristal y donde, si tienes suerte y el aura limpia, puedes probar el sabor de la historia.
—Javi —me llamó la abuela ayer desde el salón—, me he quedado sin ruda. Y he visto que el vecino del segundo tiene un tatuaje que parece un jeroglífico egipcio. ¿Crees que el caldero sirve para las maldiciones de las pirámides?
Suspiré, cogí las llaves y sonreí.
—No lo sé, abuela. Pero por si acaso, voy bajando a por más ajos.
Y así, bajo el sol implacable de Barcelona, la vida sigue. Entre rituales prohibidos, herencias inesperadas y el olor eterno de un alioli que, más que una salsa, es el pegamento que mantiene unida a esta familia de locos. Porque al final, si no puedes luchar contra tus fantasmas, lo mejor es invitarlos a cenar.