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Bailando con el Enemigo: La increíble transformación del galgo abandonado en el juez más temido de España

Bailando con el Enemigo: La increíble transformación del galgo abandonado en el juez más temido de España

Parte 1

A Fermín Robledo le gustaba decir que él no abandonaba perros, que “los jubilaba en libertad”. Lo decía en el bar de la plaza, con el palillo entre los dientes, como quien acaba de inventar la Seguridad Social para animales y espera un aplauso. Nadie se lo daba, pero tampoco nadie le llevaba la contraria con demasiada energía, porque Fermín tenía ese tipo de cara que no invita al debate, una mezcla entre puerta cerrada y recibo de la luz.

El bar se llamaba Casa Nati, aunque Nati hacía años que se había ido a Benidorm con un fontanero viudo y mucha fe en la vida. Ahora lo llevaba su sobrino, Toñi, que se llamaba Antonio pero de pequeño se dejó poner Toñi y ya no hubo marcha atrás. En el pueblo, esas cosas pasan. Te ponen un mote con seis años y te acompaña hasta la esquela.

—Fermín, eso de jubilarlos en libertad suena muy bonito —decía Toñi, limpiando siempre el mismo vaso con un trapo que había visto más guerras que un documental de La 2—, pero luego la Guardia Civil pregunta por qué hay galgos tuyos apareciendo a quince kilómetros.

—A ver, Toñi, si el animal quiere hacer turismo rural, yo no soy quién para cortarle la vocación.

—Claro, claro. Un galgo con vocación de peregrino.

—Tú ríete, pero hay perros más listos que personas.

—En eso estamos de acuerdo. Sin señalar.

Fermín hacía como que no entendía, levantaba la ceja y pedía otra caña. Era un hombre acostumbrado a ir por la vida sin pedir perdón ni permiso. Tenía una finca a las afueras, cuatro tractores, una nave con goteras, una colección de chaquetas de pana idénticas y la habilidad extraordinaria de mirar a cualquier ser vivo como si estuviera calculando cuánto podía rendir antes de dar problemas.

De todos los galgos que habían pasado por sus manos, hubo uno que el pueblo recordaba de manera especial. Se llamaba Trueno, aunque el nombre le quedaba demasiado ruidoso para aquel animal fino, silencioso y elegante, con patas largas como varillas de paraguas y una mirada de esas que parecen saber lo que uno ha hecho, lo que piensa hacer y lo que debería haber hecho si tuviera un mínimo de vergüenza.

Trueno corría como si el aire le debiera dinero. En las carreras comarcales, cuando salía, los demás perros parecían ir buscando aparcamiento. Durante un par de temporadas, Fermín caminó por el pueblo con el pecho inflado, diciendo que aquel galgo era “pura nobleza castellana”, aunque el animal había nacido en una camada medio olvidada detrás de un cobertizo y lo más castellano que tenía era la paciencia.

—Ese perro me va a retirar —decía Fermín.

—Pues a ver si es verdad y descansamos todos —contestaba Toñi.

Pero los años no perdonan ni a los galgos ni a los que presumen en el bar. Trueno empezó a perder velocidad. Primero fue poco. Un segundo. Luego dos. Luego un día llegó tercero y Fermín volvió a la finca sin hablar, con esa calma mala de los hombres que no saben perder sin buscar culpables.

El animal seguía mirándolo igual, sin reproche visible, pero con una dignidad que ponía nervioso a cualquiera. A Fermín, sobre todo. Porque un perro que agacha la cabeza se entiende. Un perro que ladra se entiende. Pero un perro que te mira como un notario en silencio, eso ya es otra cosa.

Una tarde de febrero, con el cielo bajo y el frío metiéndose por los bolsillos, Fermín lo llevó en la furgoneta vieja. Dijo que iban al veterinario. Trueno subió sin resistencia. A esas alturas, confiaba en los sonidos cotidianos: la puerta corredera, el motor asmático, la radio con interferencias, la tos de Fermín, que sonaba a cafetera enfadada.

No fueron al veterinario.

Fermín condujo hasta un camino solitario, donde los olivos se alineaban como viejos cotillas mirando hacia otro lado. Bajó al perro, le quitó la correa y se quedó un momento quieto.

—Hala, Trueno —murmuró—. Corre. Tú que sabes.

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