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Sasha Montenegro: El Asqueroso Secreto que SUFRÍA el Presidente en Silencio

La crítica no la trató bien, la taquilla tampoco, pero algo pasó en esa película. Los directores la vieron en pantalla y entendieron que tenían entre manos algo distinto. Una belleza que no era mexicana, que no era latina, que no encajaba en ningún molde. Una belleza que vendía. En 1973 la subieron a Santo contra la magia negra. En 1974 a Santo y Blue Demon contra el Dr.

Frankenstein. Películas baratas, rápidas, llenas de luchadores enmascarados y monstruos de cartón. Pero en cada una de esas cintas, Sasha aparecía y cada vez que aparecía, los productores entendían lo mismo. Esa mujer enciende la pantalla. Entonces llegó 1975 y con 1975 llegó Bellas de noche. La película la dirigía Miguel M.

Delgado, un veterano del cine de oro. La produjo Guillermo Calderón y el guion proponía algo que hasta ese momento el cine mexicano no se había atrevido a hacer de manera tan abierta. Mostrar mujeres semidesnudas en cabarets de mala muerte, contando historias de prostitución, de soledad, de violencia masculina.

Le ofrecieron el papel principal a Sasha. Ella leyó el guion y ella, que había llegado a México pensando en hacer cine serio, en convertirse en una actriz dramática, en heredar el lugar que dejaron las grandes divas del cine de oro, dijo que no. Dijo que no quería desnudarse, dijo que no quería hacer esa película. Guillermo Calderón insistió, le ofreció más dinero, le explicó que solo eran 30 segundos de desnudo, que el resto era una historia con peso, con alma, con denuncia social.

La convenció a base de paciencia y de pesos. Y Sasha, con casi 30 años, con la urgencia de una mujer que vivía sola en un país ajeno, aceptó. Aquí es donde todo cambia, porque esos 30 segundos de desnudo le dieron a Sasha Montenegro una fama que ninguna película seria le habría dado, pero también le pusieron una marca encima que jamás pudo quitarse.

Una marca que la persiguió hasta el día en que se subió a un avión rumbo a España y conoció al hombre que iba a destruir lo poco que le quedaba de paz. Bellas de noche fue un fenómeno. Las alas se llenaron. Los hombres iban a verla en parejas, en grupos, en silencio. Las mujeres también iban, pero a juzgar. La película recaudó tanto que los productores entendieron que habían descubierto un género entero y a ese género le pusieron un nombre que iba a marcar al cine mexicano para siempre, cine ficheras.

La fichera era esa mujer que trabajaba en cabarets, que cobraba con fichas, que bailaba con desconocidos por unos pesos, que sobrevivía. Y Sasha Montenegro, sin pretenderlo, se convirtió en la reina absoluta de ese género. La cara, el cuerpo, los ojos del cine de ficheras eran los suyos. Vinieron una tras otra a un ritmo que hoy parece imposible.

La vida difícil de una mujer fácil en 1977. Oye, Salomé en 1978, Muñecas de Medianoche en 1979, Las Cariñosas en 1979, Blancanie Nieves y sus siete amantes en 1980, La Pulquería en 1981, La Golfa del Barrio, en 1982, Las Vedets en 1983, Pedro Navaja en 1984, Playa prohibida en 1985. Casi 50 películas en 15 años.

Una cara que se repetía en todos los carteles. Un cuerpo que se convirtió, según contaron las crónicas de la época, en la causa de las poluciones nocturnas de varias generaciones de hombres mexicanos. Pero aquí está la contradicción que nadie se atrevió a contar en voz alta durante años. Sasha Montenegro, la diosa erótica, la fichera mayor, el sueño húmedo de medio país, odiaba ese trabajo.

Lo odiaba con cada fibra de su cuerpo. En una entrevista que dio años después, sentada frente al periodista Gustavo Adolfo Infante, Sasha lo dijo con todas las letras. Dijo, “Odio desnudarme.” Dijo que esas películas le habían dado en sus propias palabras una imagen de retrasada mental. dijo que nunca imaginó que 30 segundos de desnudo afectaran tanto a una sociedad entera.

Dijo que la gente la veía por la calle y se reía, le gritaba cosas, la insultaba. dijo que ella nunca fue accesible, que nunca fue el sueño erótico de nadie, que esa imagen era una mentira inflada por los productores. Y mientras decía todo eso, mientras renegaba del cine que la había hecho millonaria, seguía firmando contratos.

película tras película, desnudo tras desnudo, cabaret tras cabaret, porque el dinero entraba, porque su madre seguía en Argentina y ella mandaba cheques, porque en el fondo la niña refugiada que había sobrevivido por accidentes sabía una cosa. En este mundo, el que para de generar desaparece. Su carácter, mientras tanto, se endurecía.

Los compañeros de rodaje hablaban de una mujer que llegaba al set, hacía su escena y se iba a su camerino sin reír con nadie. Una mujer que casi no daba entrevistas, una mujer que vivía sola, fuera de las pantallas, en un departamento sin lujos donde leía hasta tarde y comía poco. Una mujer que en el fondo esperaba algo, esperando, aunque ella todavía no lo supiera, una sola cosa, esperando un hombre con poder.

que Sasha Montenegro nunca se enamoró por amor ni del cine que la hizo famosa, ni de los pocos novios que tuvo en toda su juventud. Esta era una mujer entrenada por la pobreza, por el exilio, por la muerte de su familia para reconocer una sola cosa, el olor del poder. Y cuando ese olor se le metió por la nariz en una calle empedrada de Sevilla en plena Semana Santa, ella supo que ese hombre era suyo.

Aunque ese hombre estuviera casado, tuviera tres hijos y fuera nada menos que el expresidente de México. Ese hombre tenía además una mansión en Cuajimalpa, una mansión enorme levantada en una colina construida con dinero del pueblo mexicano mientras el país se hundía en la peor crisis económica de su historia. Una mansión que el pueblo bautizó con un apodo cargado de odio.

Un apodo que iba a perseguir a López Portillo hasta la tumba y que también iba a perseguir después a Sasha Montenegro. La colina del perro. 12 haáreas, 17 campos de fútbol, cuatro mansiones, una biblioteca de tres pisos en forma de caracol con 30,000 libros, un gimnasio, una alberca, un cuarto de armas, una cúpula con observatorio astronómico, todo, absolutamente todo.

edificado con recursos del Estado en el último año del sexenio de López Portillo, mientras el peso mexicano se devaluaba y millones de familias perdían sus ahorros. Esa mansión, esa fortaleza, ese monumento a la corrupción iba a convertirse años más tarde en el escenario donde Sasha Montenegro y José López Portillo se encerrarían a vivir juntos y donde el expresidente, ya enfermo, ya viejo, ya solo, iba a vivir lo que su propia hermana describiría mucho después como un infierno.

Pero antes de la mansión, antes del infierno, antes de los moretones que la familia vio en sus brazos cuando ya era demasiado tarde, hubo una calle empedrada en Sevilla. Hubo una procesión de Semana Santa, hubo una voz que gritó su nombre en medio de la multitud y hubo una decisión que Sasha Montenegro tomó en cuestión de segundos.

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