La crítica no la trató bien, la taquilla tampoco, pero algo pasó en esa película. Los directores la vieron en pantalla y entendieron que tenían entre manos algo distinto. Una belleza que no era mexicana, que no era latina, que no encajaba en ningún molde. Una belleza que vendía. En 1973 la subieron a Santo contra la magia negra. En 1974 a Santo y Blue Demon contra el Dr.
Frankenstein. Películas baratas, rápidas, llenas de luchadores enmascarados y monstruos de cartón. Pero en cada una de esas cintas, Sasha aparecía y cada vez que aparecía, los productores entendían lo mismo. Esa mujer enciende la pantalla. Entonces llegó 1975 y con 1975 llegó Bellas de noche. La película la dirigía Miguel M.
Delgado, un veterano del cine de oro. La produjo Guillermo Calderón y el guion proponía algo que hasta ese momento el cine mexicano no se había atrevido a hacer de manera tan abierta. Mostrar mujeres semidesnudas en cabarets de mala muerte, contando historias de prostitución, de soledad, de violencia masculina.
Le ofrecieron el papel principal a Sasha. Ella leyó el guion y ella, que había llegado a México pensando en hacer cine serio, en convertirse en una actriz dramática, en heredar el lugar que dejaron las grandes divas del cine de oro, dijo que no. Dijo que no quería desnudarse, dijo que no quería hacer esa película. Guillermo Calderón insistió, le ofreció más dinero, le explicó que solo eran 30 segundos de desnudo, que el resto era una historia con peso, con alma, con denuncia social.
La convenció a base de paciencia y de pesos. Y Sasha, con casi 30 años, con la urgencia de una mujer que vivía sola en un país ajeno, aceptó. Aquí es donde todo cambia, porque esos 30 segundos de desnudo le dieron a Sasha Montenegro una fama que ninguna película seria le habría dado, pero también le pusieron una marca encima que jamás pudo quitarse.
Una marca que la persiguió hasta el día en que se subió a un avión rumbo a España y conoció al hombre que iba a destruir lo poco que le quedaba de paz. Bellas de noche fue un fenómeno. Las alas se llenaron. Los hombres iban a verla en parejas, en grupos, en silencio. Las mujeres también iban, pero a juzgar. La película recaudó tanto que los productores entendieron que habían descubierto un género entero y a ese género le pusieron un nombre que iba a marcar al cine mexicano para siempre, cine ficheras.
La fichera era esa mujer que trabajaba en cabarets, que cobraba con fichas, que bailaba con desconocidos por unos pesos, que sobrevivía. Y Sasha Montenegro, sin pretenderlo, se convirtió en la reina absoluta de ese género. La cara, el cuerpo, los ojos del cine de ficheras eran los suyos. Vinieron una tras otra a un ritmo que hoy parece imposible.
La vida difícil de una mujer fácil en 1977. Oye, Salomé en 1978, Muñecas de Medianoche en 1979, Las Cariñosas en 1979, Blancanie Nieves y sus siete amantes en 1980, La Pulquería en 1981, La Golfa del Barrio, en 1982, Las Vedets en 1983, Pedro Navaja en 1984, Playa prohibida en 1985. Casi 50 películas en 15 años.
Una cara que se repetía en todos los carteles. Un cuerpo que se convirtió, según contaron las crónicas de la época, en la causa de las poluciones nocturnas de varias generaciones de hombres mexicanos. Pero aquí está la contradicción que nadie se atrevió a contar en voz alta durante años. Sasha Montenegro, la diosa erótica, la fichera mayor, el sueño húmedo de medio país, odiaba ese trabajo.
Lo odiaba con cada fibra de su cuerpo. En una entrevista que dio años después, sentada frente al periodista Gustavo Adolfo Infante, Sasha lo dijo con todas las letras. Dijo, “Odio desnudarme.” Dijo que esas películas le habían dado en sus propias palabras una imagen de retrasada mental. dijo que nunca imaginó que 30 segundos de desnudo afectaran tanto a una sociedad entera.
Dijo que la gente la veía por la calle y se reía, le gritaba cosas, la insultaba. dijo que ella nunca fue accesible, que nunca fue el sueño erótico de nadie, que esa imagen era una mentira inflada por los productores. Y mientras decía todo eso, mientras renegaba del cine que la había hecho millonaria, seguía firmando contratos.
película tras película, desnudo tras desnudo, cabaret tras cabaret, porque el dinero entraba, porque su madre seguía en Argentina y ella mandaba cheques, porque en el fondo la niña refugiada que había sobrevivido por accidentes sabía una cosa. En este mundo, el que para de generar desaparece. Su carácter, mientras tanto, se endurecía.
Los compañeros de rodaje hablaban de una mujer que llegaba al set, hacía su escena y se iba a su camerino sin reír con nadie. Una mujer que casi no daba entrevistas, una mujer que vivía sola, fuera de las pantallas, en un departamento sin lujos donde leía hasta tarde y comía poco. Una mujer que en el fondo esperaba algo, esperando, aunque ella todavía no lo supiera, una sola cosa, esperando un hombre con poder.
que Sasha Montenegro nunca se enamoró por amor ni del cine que la hizo famosa, ni de los pocos novios que tuvo en toda su juventud. Esta era una mujer entrenada por la pobreza, por el exilio, por la muerte de su familia para reconocer una sola cosa, el olor del poder. Y cuando ese olor se le metió por la nariz en una calle empedrada de Sevilla en plena Semana Santa, ella supo que ese hombre era suyo.
Aunque ese hombre estuviera casado, tuviera tres hijos y fuera nada menos que el expresidente de México. Ese hombre tenía además una mansión en Cuajimalpa, una mansión enorme levantada en una colina construida con dinero del pueblo mexicano mientras el país se hundía en la peor crisis económica de su historia. Una mansión que el pueblo bautizó con un apodo cargado de odio.
Un apodo que iba a perseguir a López Portillo hasta la tumba y que también iba a perseguir después a Sasha Montenegro. La colina del perro. 12 haáreas, 17 campos de fútbol, cuatro mansiones, una biblioteca de tres pisos en forma de caracol con 30,000 libros, un gimnasio, una alberca, un cuarto de armas, una cúpula con observatorio astronómico, todo, absolutamente todo.
edificado con recursos del Estado en el último año del sexenio de López Portillo, mientras el peso mexicano se devaluaba y millones de familias perdían sus ahorros. Esa mansión, esa fortaleza, ese monumento a la corrupción iba a convertirse años más tarde en el escenario donde Sasha Montenegro y José López Portillo se encerrarían a vivir juntos y donde el expresidente, ya enfermo, ya viejo, ya solo, iba a vivir lo que su propia hermana describiría mucho después como un infierno.
Pero antes de la mansión, antes del infierno, antes de los moretones que la familia vio en sus brazos cuando ya era demasiado tarde, hubo una calle empedrada en Sevilla. Hubo una procesión de Semana Santa, hubo una voz que gritó su nombre en medio de la multitud y hubo una decisión que Sasha Montenegro tomó en cuestión de segundos.
Una decisión que iba a destruir varias vidas, empezando por la suya. Era abril de 1984. Sevilla olía a Aar, a incienso, aera derretida. Sasha Montenegro había viajado a España con una compañía de teatro para montar una comedia musical llamada Nunca en domingo. Tenía 38 años. Estaba en el momento más alto de su carrera y aprovechó una pausa en los ensayos para escaparse a Sevilla durante la Semana Santa.
Esa fiesta antigua donde miles de personas llenan las calles para ver pasar las procesiones, las imágenes religiosas, los pasos cargados sobre los hombros de los costaleros. caminaba sola por una calle empedrada, perdida entre la multitud, mirando cómo avanzaba un paso de la Virgen entre nubes de incienso. Y entonces ocurrió lo que ella misma contaría décadas después en una entrevista, una voz, una voz masculina con acento mexicano.
Gritó su nombre por encima del ruido de la procesión, Sasha. Ella volteó y vio de pie entre la gente a un hombre que conocía perfectamente, un hombre al que hasta ese momento solo había visto en los noticieros, en las portadas de los periódicos, en los discursos oficiales. Un hombre que había gobernado México desde 1976 hasta 1982.
Un hombre que dos años antes había salido del poder envuelto en un escándalo de corrupción que el país entero todavía no le perdonaba. José López Portillo. Tenía 62 años. Estaba casado con Carmen Romano desde hacía más de tres décadas. Tenía tres hijos: José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina. Y según contaría la propia Sasha más adelante, no era un hombre guapo, pero tenía algo más peligroso que la belleza.
tenía presencia, tenía cultura, tenía esa forma de hablar de los políticos viejos que saben exactamente qué decir en cada momento. La invitó a tomar unas tapas. Ella aceptó. Aquí es donde la historia oficial se rompe en dos, porque hay dos versiones de cómo empezó realmente este encuentro. la que contó Sasha Montenegro durante el resto de su vida y la que el propio López Portillo dejó escrita en sus memorias en un libro titulado Umbrales.
La versión de Sasha es la que acabas de escuchar. Una casualidad, una procesión, un grito en medio de la multitud, dos personas que se encuentran por azar. La versión de López Portillo es otra. Él escribió que ese encuentro en Sevilla no fue el primero, que ya se conocían de antes, que en realidad lo que ocurrió en la Semana Santa fue un reencuentro cuidadosamente planeado, que se buscaron, que sabían que iban a coincidir.
Una de las dos versiones es mentira y conviene tenerlo presente porque es la primera de muchas mentiras que iban a aparecer en esta relación. Lo que sí está confirmado es lo que pasó después de Sevilla. Sasha terminó la gira teatral, pero no volvió de inmediato a México. Se quedó en Europa. Se reencontró con López Portillo en Roma y ahí en la ciudad eterna, lejos de los periodistas mexicanos, lejos de la familia de él, lejos de Carmen Romano, que esperaba en una mansión de la Ciudad de México sin saber nada, ocurrió lo que tenía que ocurrir.
empezaron a salir, comenzaron una relación, una relación que ella misma describiría años después con palabras de una frialdad escalofriante. “No fue amor a primera vista”, dijo. “Pero el Señor era impactante, tenía mucha presencia, era un conquistador nato, 24 años.” Esa era la diferencia de edad entre los dos.
Sasha tenía 38, López Portillo tenía 62. Y mientras ellos paseaban por Roma, mientras él la llevaba a cenar a restaurantes que la actriz nunca habría podido pagar sola, mientras él le hablaba de literatura y de filosofía y de historia mexicana, en la Ciudad de México, una mujer llamada Carmen Romano vivía sin saber que su matrimonio acababa de morir.
Hay algo que conviene entender de Carmen Romano. Carmen no era una mujer cualquiera, era pianista, era culta. Había sido primera dama de México durante 6 años. Había acompañado a su marido a recibir reyes, presidentes, papas. Había tenido tres hijos con él y había aguantado, según la escritora Sara Seevchovic en su libro La suerte de la consorte, un matrimonio roto desde mediados de los años 70, un matrimonio que era una fachada para sostener la carrera política del marido.
Carmen Romano sabía que su esposo le era infiel. Lo sabía desde hacía años. La prensa había hablado en susurros de una supuesta amante dentro del propio gabinete presidencial, una mujer llamada Rosa Luz, que López Portillo había nombrado en un puesto importante. Carmen había aprendido a no preguntar, a no investigar, a vivir en la mansión tocando el piano y recibiendo a los embajadores con su mejor sonrisa, mientras por dentro se le iba muriendo todo.
Pero lo que llegó con Sasha Montenegro fue distinto, porque Sasha no era una secretaria discreta del gabinete, era una vedet, una de las caras más reconocidas del 19m, cine mexicano. Una mujer cuyas películas Carmen Romano probablemente nunca vio, pero cuyo nombre todo el país conocía. Y un año después de aquel encuentro en Sevilla, Sasha Montenegro hizo algo que Carmen Romano no podía perdonar.
Algo que toda la familia López Portillo iba a recordar como el día en que esa relación dejó de ser un rumor para convertirse en un escándalo nacional. Sasha Montenegro tuvo una hija. Se llamó Nabila. Nació en 1985 y según la propia Sasha confesó después, esa niña no fue planeada. Fue en sus propias palabras un accidente, pero si Navila fue un accidente.
Lo que vino después no tiene ninguna explicación inocente porque dos años más tarde, en 1987, Sasha Montenegro tuvo otro hijo con López Portillo, un varón, lo llamaron Alexander. Y este, según las palabras textuales de Sasha en aquella entrevista, sí fue planeado. Lo hablamos como pareja”, dijo. Lo hablamos como pareja. Detente un segundo en esa frase.
Lo hablamos como pareja. Estaban en 1987. José López Portillo seguía casado con Carmen Romano. Carmen Romano seguía viva. Carmen Romano seguía siendo ante la ley, ante la Iglesia, ante el país entero, la única esposa legítima del expresidente. Pero del otro lado de la ciudad, en un departamento que él mismo le había puesto a Sasha, ese mismo hombre planeaba con su amante el nacimiento de un segundo hijo, como si fueran un matrimonio, como si Carmen no existiera, como si los tres hijos legítimos del expresidente no fueran a quedar de un
día para otro con dos medios hermanos a los que jamás habían visto. Y aquí empieza un detalle que iba a volverse decisivo, porque mientras Sasha Montenegro tenía esos dos hijos en secreto, mientras los registraba con el apellido López Portillo, mientras los educaba en colegios privados pagados con dinero del expresidente, en algún cajón de la colina del perro empezó a redactarse un documento, un testamento, un papel que años después iba a desatar la guerra más sucia que la familia López Portillo recuerda.
Una guerra que llegó hasta los tribunales federales, una guerra que llegó hasta la calle y una guerra que solo terminó cuando uno de los dos bandos dejó de respirar. De vuelta a 1985, a 1986 a 1987, Sasha Montenegro vivía la doble vida más comentada del país. De día seguía siendo la diosa erótica del cine de ficheras, aunque cada vez aceptaba menos papeles.
De noche era la madre de los hijos secretos del expresidente de México. Los periodistas la perseguían. Los fotógrafos esperaban afuera de su edificio. La televisión hablaba de ella en los programas de espectáculos y ella, con la frialdad que había aprendido de niña, prefería el silencio a cualquier respuesta.
Pero en una mansión del sur de la Ciudad de México, una mujer llamada Carmen Romano leía los periódicos cada mañana. Y cada mañana, según contaron los empleados que trabajaron con ella en esa casa, dejaba el periódico sobre la mesa, se levantaba en silencio y se iba a tocar el piano. Las mismas piezas, las mismas escalas, hora tras hora, como si la música fuera lo único que la separaba de quebrarse.
Carmen Romano vivió así, sabiendo todo, callando todo durante varios años, hasta que en 1991 firmó un papel que cambió la historia de la familia. Aceptó el divorcio después de 40 años de matrimonio, después de tres hijos, después de soportar lo insoportable, dejó de ser oficialmente la esposa de José López Portillo.
Pero el divorcio no la liberó, la hundió todavía más. Y aquí empieza la parte de la historia que la familia López Portillo intentó tapar durante años. Porque el secreto asqueroso que el expresidente de México sufrió en silencio no fue solo el maltrato físico que su familia denunció más tarde. El secreto asqueroso es algo mucho peor. Carmen Romano murió en mayo del año 2000.
murió enferma, sola, derrotada, sabiendo que su esposo de toda la vida iba a casarse en cuanto ella cerrara los ojos con la mujer que le había robado el matrimonio. Y eso fue exactamente lo que pasó. Carmen Romano murió en mayo del 2000 y un mes después, en junio del mismo año, José López Portillo y Sasha Montenegro se casaron por la iglesia un mes, 30 días.
Eso fue todo lo que el expresidente esperó para subirse al altar con la otra mujer. Pero Sasha Montenegro no esperó ni siquiera ese mes para empezar a cobrar, porque 5 años antes, en 1995, mientras Carmen Romano seguía viva, pero ya gravemente enferma, mientras agonizaba lentamente en su casa, López Portillo se había casado por lo civil con Sasha en una ceremonia en su residencia de Cuajimalpa.
Una boda secreta, una boda mientras la primera esposa, la madre de sus tres hijos, todavía respiraba. Y dos años antes de esa boda civil, en una fecha que la familia López Portillo nunca olvidó, López Portillo firmó un documento de donación, un papel notarial. Le entregó a Sasha Montenegro en vida una parte enorme de la colina del perro.
más de 5,000 m², una mansión completa, una biblioteca de tres pisos, lo que Carmen Romano había construido durante 40 años de matrimonio, lo que los tres hijos legítimos esperaban recibir como herencia, lo que se había levantado con el dinero de un sexenio entero de gobierno, le fue regalado a la amante mientras la esposa todavía estaba viva.
Ese fue el primer asqueroso secreto y por eso, cuando años más tarde la familia López Portillo se enteró de lo que Sasha Montenegro le hacía a su padre dentro de esa misma mansión, ya era demasiado tarde porque legalmente en los papeles esa casa ya no era de los López Portillo, era de ella.
Sasha Montenegro había convertido la herencia familiar en su propia jaula y al expresidente en su prisionero. Pero esto, aunque parezca el clímax de la historia, era apenas el principio, porque lo que pasaba dentro de esa mansión iba mucho más allá de un robo de herencia. Lo que la hermana de López Portillo, Margarita, iba a ver con sus propios ojos cuando entrara sin avisar a la habitación de su hermano enfermo, lo que los empleados de la casa escucharían en las noches y nunca se atreverían a contar. Y la razón por la que el propio
expresidente terminaría firmando con la mano temblorosa una demanda de divorcio contra la mujer a la que le había regalado todo. Es la verdad que durante 20 años la familia López Portillo guardó bajo llave. Una verdad que Sasha Montenegro negó hasta el día de su muerte. Una verdad que los tribunales mexicanos archivaron sin investigar a fondo.
La verdad de lo que pasaba detrás de las puertas blindadas de la colina del perro en el cuarto donde un expresidente de 80 años vivía como un reen. Su hermana mayor, Margarita López Portillo, fue la primera persona en descubrirlo todo. Para entender lo que pasó, hay que entrar primero a esa casa, a la colina del perro.
Imagina una colina alta en el oeste de la Ciudad de México, en una zona llamada Bosques de las Lomas, una zona donde 1 metro cuadrado costaba en los años 80, hasta 10 veces más que en los barrios populares de alrededor. En lo más alto de esa colina, oculto detrás de muros, de garitas, de guardias armados, se levantaba un complejo de cuatro mansiones, cuatro levantadas en 12 hectáreas.
17 campos de fútbol, un imperio privado dentro de la ciudad. La construcción había empezado en 1981, en el último año del sexenio de López Portillo, cuando el peso mexicano se devaluaba semana tras semana y millones de mexicanos perdían sus ahorros de toda la vida. Mientras el país se hundía, en esa colina se levantaban paredes con ventanales coloniales, se construían chimeneas, se importaban maderas, se instalaba una subestación eléctrica privada con capacidad para abastecer un pueblo entero. Un diputado de la
oposición, un hombre llamado Carlos Sánchez Cárdenas, lo denunció en agosto de 1982 desde la tribuna del Congreso. dijo, palabra por palabra, que se estaba construyendo una fortaleza con dinero del Estado, que los vecinos lo veían y no podían creerlo, que los obreros que trabajaban ahí cobraban en efectivo, sin recibos ni facturas, sin huellas.
La denuncia se publicó en la revista Proceso. El país entendió por primera vez lo que López Portillo le estaba haciendo al herario mientras pedía a los mexicanos que se apretaran el cinturón. Y entonces ocurrió algo que el país nunca olvidó. El propio López Portillo, semanas antes de la devaluación más brutal de la historia mexicana, había prometido en un discurso oficial que defendería el peso.
Y aquí va la frase exacta, como un perro. como un perro. Esa fue la promesa. Cuando el peso se devaluó de todas formas, cuando el pueblo entero se enteró de las mansiones de Cuajimalpa, alguien hizo el chiste cruel que se quedó pegado para siempre. Si el presidente prometió defender el peso como un perro y al final no lo defendió, pero sí construyó esas mansiones, entonces esa colina ya tenía nombre, la colina del perro.
Así la bautizó el pueblo mexicano y así se quedó. Imagina por un momento que tú eres uno de los hijos legítimos de López Portillo. ¿Eres José Ramón o eres Carmen Beatriz o eres Paulina? Creciste viendo cómo se construía esa mansión sabiendo que iba a ser tuya. Tu padre te lo prometió. Tu padre te llevó a verla.
Tu padre te enseñó la biblioteca de tres pisos, la cúpula con observatorio, el cuarto de armas. Y de pronto, sin que nadie te avisara, te enteras de que tu padre le acaba de regalar todo eso a la mujer que destruyó a tu madre. ¿Qué harías? Eso es exactamente lo que se preguntaron los hijos de Carmen Romano cuando descubrieron a finales de los años 90 que su padre ya había firmado todo a favor de Sasha Montenegro.
Y empezaron a moverse, empezaron a investigar, empezaron a vigilar. Lo que descubrieron los desbordó. Porque José López Portillo, que en 1999 acababa de cumplir 79 años, ya no era el hombre que ellos recordaban. Había sufrido un infarto cerebral en mayo de ese año. Un derrame que lo dejó parcialmente incapacitado, que le afectó el habla y los movimientos, que le borró trozos enteros de la memoria.
Un hombre que se cansaba al caminar 20 pasos. Un hombre que necesitaba ayuda para vestirse. Un hombre que, según los doctores, no debía recibir presiones. No debía discutir, no debía exponerse a ningún tipo de violencia física o emocional. Y ese hombre vivía a solas con Sasha Montenegro dentro de la colina del perro.
Los hijos del primer matrimonio empezaron a notar cosas pequeñas, casi imperceptibles. Si llamaban por teléfono a la mansión, los empleados respondían siempre lo mismo, que su padre estaba descansando. Si llegaban a visitarlo en persona, los hacían esperar en una sala durante horas antes de poder verlo. Y cuando por fin lograban entrar a la habitación, encontraban a un anciano encogido sobre una silla que se quedaba en silencio cada vez que Sasha entraba a la habitación, que evitaba mirar a su esposa, que parecía un niño asustado en
el cuerpo de un expresidente. Lo miraban a los ojos y esos ojos pedían algo, pero los hijos no entendían qué. Hasta que un día sin previo aviso, Margarita López Portillo decidió ir a la mansión sin anunciarse. Margarita era la hermana mayor del expresidente. Lo conocía desde niño. Lo había visto crecer, casarse, llegar a la presidencia, caer en desgracia.
Y esa tarde, sin llamar antes, sin avisarle a nadie, llegó hasta la puerta de la habitación donde su hermano descansaba. Lo que vio cuando abrió esa puerta lo cambió todo. Margarita entró a la habitación y vio a su hermano sentado en una silla frente a la ventana mirando el jardín.
Le dio un beso en la frente, le habló en voz baja y entonces, sin pensarlo, le acarició el brazo a través de la manga ligera de la camisa de algodón. José López Portillo dio un respingo. Hizo un gesto de dolor. Apartó el brazo. Margarita le subió la manga. Lo que vio en el brazo de su hermano fue algo que ninguna hermana mayor olvida nunca.
moretones, marcas oscuras, recientes, distribuidas a lo largo del antebrazo. Marcas que no eran de un golpe accidental, marcas que tenían la forma de dedos, la forma de una mano que había apretado con fuerza una y otra vez en el mismo lugar. Margarita le levantó la otra manga y encontró más moretones. Le revisó el cuello y vio nuevas marcas asomando por encima del cuello de la camisa.
le miró las muñecas y descubrió señales similares, casi simétricas, en ambos lados. Y el expresidente de México, ese hombre que había firmado tratados internacionales, que había hablado ante las Naciones Unidas, que había recibido a presidentes de todo el mundo, bajó la mirada como un niño avergonzado y le pidió a su hermana que no le contara a nadie.
Por favor, por favor, Margarita, no quiero más problemas. Pero lo peor no era eso, porque Margarita esa misma tarde, antes de irse de la mansión, encontró al médico personal de su hermano, lo abordó en el pasillo, le exigió respuestas y el médico, que llevaba meses callando, que llevaba meses viendo lo que veía sin atreverse a decir nada por miedo a perder su trabajo, finalmente habló.
habló rápido, habló asustado y le confesó a Margarita algo que nadie más sabía. Le dijo que esos moretones no eran nuevos, que tenían meses, que aparecían y desaparecían en ciclos. Le dijo que el expresidente había llegado al hospital varias veces con marcas similares y que cada vez que él como médico intentaba documentarlas, alguien le pedía que mejor no lo hiciera, que mejor lo dejara así.

que era mejor para todos. Le dijo, además, otra cosa, una cosa que iba a cambiar para siempre, la forma en que la familia López Portillo vio a Sasha Montenegro. Le dijo que José López Portillo le había confesado en una de las consultas a solas que tenía miedo de su propia esposa, que se sentía aterrado cada vez que se quedaban solos en la habitación, porque entonces empezaban los gritos, las amenazas, los empujones, que en sus peores noches ella le quitaba los medicamentos cuando se enojaba, apagaba todas las luces de la mansión y lo
dejaba solo en la oscuridad durante horas. Oyendo crujir la madera de esa casa enorme, que su miedo más profundo, el que le quitaba el sueño, era morirse así, encerrado en su propia mansión, sin que nadie llegara a tiempo a sacarlo. Margarita salió de la colina del perro esa tarde con las manos temblando.
Se subió a su coche, se fue directa a la casa de los hijos del expresidente y les contó, palabra por palabra, todo lo que había visto y todo lo que el médico le había dicho. Esa misma noche, los hijos de Carmen Romano y Margarita López Portillo decidieron por primera vez en años actuar juntos.
La decisión fue rápida y unánime. Esa misma semana iban a sacar a su padre de la mansión, denunciar a Sasha Montenegro ante las autoridades, llevar el caso a los tribunales y pelear con todo lo que tuvieran en las manos. Costara lo que costara, durara lo que durara. Pero lo que ninguno de ellos imaginaba esa noche es que Sasha Montenegro ya estaba un paso adelante.
Llevaba meses preparándose para ese momento. Llevaba meses, según se descubriría después, recopilando documentos, contratando abogados, preparando una defensa que iba a dejar a la familia López Portillo destrozada en los tribunales. Y la primera jugada de Sasha, la jugada con la que iba a ganarle el primer juicio a una de las familias más poderosas de México.
Es algo que nadie vio venir, algo que iba a obligar al propio expresidente, ya casi sin voz, a publicar una carta que el país entero leyó con la boca abierta. Cuando los hijos de Carmen Romano y Margarita López Portillo se sentaron a planear su contraataque, no sabían que Sasha Montenegro ya había hecho su primera jugada.
Una jugada brillante, una jugada que demuestra que esa mujer que llegó a México sin saber nada de leyes mexicanas había aprendido en pocos años a moverse mejor que los abogados más caros del país. La jugada se llamaba Carta abierta. En 1999, semanas después del infarto cerebral de López Portillo, cuando los rumores sobre el supuesto maltrato empezaron a colarse en los periódicos de espectáculos, apareció en los principales medios de México un texto firmado por el expresidente, una carta dirigida al pueblo mexicano, una carta donde José López Portillo defendía a su esposa con
palabras encendidas, casi líricas, casi de poeta enamorado. La carta decía, con esas palabras textuales que el propio expresidente repetiría después en el programa Séptimo Día con Ciro Gómez Leiva y Denise Merker, que las acusaciones contra Sasha eran un escándalo de proporciones nacionales. Decía que él era, y aquí va la frase que más se repitió, un viejo enamorado.
Decía que el amor seguía rigiendo su vida y que la vida era muy complicada. Decía que tal vez no se había muerto a tiempo y que esa era la única razón por la que toda esa basura estaba saliendo a la luz. Esa carta cerró bocas. Esa carta calmó a la prensa. Esa carta, leída por millones de mexicanos, pintó a Sasha Montenegro como una mujer incomprendida, perseguida por una familia política que solo quería el dinero del expresidente.
Y a los hijos de Carmen Romano los pintó como buitres carroñeros, como herederos resentidos, como mexicanos sin alma, capaces de inventar acusaciones de maltrato contra una mujer que solo cuidaba a su esposo enfermo. Pero aquí está la trampa que nadie vio en su momento. Porque esa carta tan hermosa, tan bien escrita, tan cargada de frases para la posteridad, no la escribió José López Portillo, la escribió alguien por él.
Y la prueba está en algo tan simple, tan obvio, que cuesta entender cómo el país entero se dejó engañar durante años. José López Portillo, en 1999, después del derrame cerebral, ya tenía dificultades graves para hablar. Le costaba terminar las frases, confundía palabras, repetía sílabas. Los neurólogos que lo trataban habían dejado constancia escrita en sus expedientes médicos de que el expresidente había perdido capacidad de redacción compleja, que ya no podía sostener un argumento largo, que su escritura, según los exámenes neurológicos, había caído al
nivel de un niño de 12 años. Pero la carta abierta que firmó en 1999 estaba escrita con una elegancia retórica perfecta, con frases largas, complejas, llenas de subordinadas, llenas de imágenes literarias. Una carta que parecía sacada del libro Umbrales que López Portillo había escrito muchos años antes, cuando todavía estaba sano.
Una carta que ningún neurólogo del país habría firmado como autoría real del expresidente. Esa carta la dictó otra persona. Esa carta la armó un equipo de abogados y al expresidente, ya enfermo, ya casi sin voluntad, solo le pidieron una cosa, que la firmara, que pusiera su garabato al final del papel. Y él, que probablemente ni siquiera entendió del todo lo que estaba afirmando, lo hizo.
Esa firma frenó la primera ola de denuncias. Compró tiempo y le dio a Sasha Montenegro lo único que necesitaba en ese momento. 4 años más de control sobre el expresidente. 4 años más para asegurar la herencia. 4 años más para terminar de blindar legalmente la colina del perro. 4 años. Ese fue exactamente el tiempo que José López Portillo iba a vivir después de firmar esa carta.
4 años de infierno doméstico, de moretones, de medicamentos retirados, de luces apagadas. 4 años en los que su propia familia luchó contra los abogados de Sasha en cinco juicios distintos, sin lograr sacarlo de esa mansión. Porque la familia López Portillo no se quedó callada después de la carta. Margarita siguió empujando.
Los hijos de Carmen Romano contrataron sus propios abogados y en 2003, un año antes de la muerte del expresidente, lograron lo que parecía imposible. Convencer al propio López Portillo de que firmara una demanda de divorcio contra Sasha Montenegro. La demanda se presentó en los tribunales civiles de la Ciudad de México. El argumento legal era brutal.
Acusaba a Sasha Montenegro de maltrato físico y verbal sostenido contra el expresidente. Acusaba a Sasha Montenegro de haberse aprovechado del estado de salud del marido para retener bienes que pertenecían a los hijos del primer matrimonio. Pedía la disolución inmediata del matrimonio. Pedía la restitución de la colina del perro.
Y aquí ocurrió algo que nadie esperaba. Sasha Montenegro perdió en primera instancia. El juez de primera instancia falló a favor de la familia López Portillo. Reconoció las pruebas médicas, reconoció los testimonios, reconoció que había maltrato y dictó la disolución del matrimonio. Pero Sasha apeló. Llegó hasta la segunda instancia y volvió a perder.
Pero hay algo que tienes que entender de Sasha Montenegro. Esta era una mujer que había sobrevivido al exilio, a la pobreza, al cine de ficheras, a la doble vida con un presidente. Esta era una mujer entrenada para no rendirse jamás. Y lo que hizo en el último juicio en la instancia federal después de perder dos veces seguidas es algo que sus enemigos no le perdonarían nunca.
Llevó el caso al Tribunal Federal. La instancia más alta, la instancia donde se juega la última carta. Y ahí, frente a los magistrados federales, los abogados de Sasha presentaron una sola prueba, la carta abierta de 1999. Sí, la misma carta, la que el expresidente había firmado años antes defendiendo a su esposa. Esa carta, según los abogados, demostraba que López Portillo había declarado públicamente que su matrimonio era feliz, que las acusaciones de maltrato eran falsas, que él la amaba y que cualquier demanda posterior firmada por el expresidente,
ya enfermo, no tenía validez legal porque su capacidad mental estaba comprometida. Es decir, Sasha Montenegro usó el deterioro mental de su propio esposo como argumento legal. Argumentó que él no podía firmar la demanda de divorcio porque ya no estaba en sus cabales, mientras al mismo tiempo defendía la validez del testamento que ese mismo hombre había firmado años antes a su favor.
Una jugada perfecta, una jugada cínica, una jugada que solo se le ocurre a una persona que sabe exactamente lo que está haciendo. Y los magistrados federales atrapados en ese laberinto legal fallaron a favor de Sasha Montenegro. El divorcio se canceló. El matrimonio quedó vigente. La colina del perro siguió siendo en los papeles propiedad de Sasha.
Y la familia López Portillo, después de tres juicios y miles de horas de litigio, se quedó con las manos vacías. Cuando los hijos de Carmen Romano salieron del tribunal aquel día, según contaron después amigos cercanos, lo único que pudo decir Margarita López Portillo fue una frase corta, una frase que resume toda esta historia.
Le ganó al país, le ganó a la ley y le va a ganar también a la muerte. Pero en eso Margarita se equivocaba porque mientras Sasha celebraba su victoria legal, mientras festejaba en la colina del perro con sus abogados y sus dos hijos, el expresidente de México, ese hombre al que le había arrebatado la dignidad, la familia y la voluntad, se estaba muriendo en una habitación del segundo piso y nadie podía hacer nada para detenerlo.
José López Portillo entró en estado terminal en febrero de 2004. Los doctores hablaron de neumonía, hablaron de complicaciones cardíacas, hablaron de un sistema inmune destrozado por años de medicación irregular, por estrés, por algo que ningún médico se atrevió a llamar por su nombre verdadero.
Sasha Montenegro estaba a su lado. Los empleados de la mansión, los pocos que después se atrevieron a hablar, dijeron que en esos últimos días el expresidente apenas hablaba. Dijeron que pasaba las horas mirando al techo, susurrando nombres, llamando a Carmen Romano en voz baja. Dijeron que cada vez que Sasha entraba a la habitación, el expresidente cerraba los ojos como si estuviera dormido, como si ya no pudiera más, como si solo quisiera que terminara todo de una vez.
Y lo que ocurrió en la madrugada del 17 de febrero de 2004 dentro de esa habitación de la colina del perro es algo que solo dos personas sabían con certeza. Sasha Montenegro, que se llevó el secreto a la tumba 20 años después y el propio expresidente que ya no podía hablar para contarlo. Pero las pistas que dejó esa madrugada, las llamadas de teléfono, los movimientos de los empleados, la hora exacta en que se llamó a la ambulancia, dibujan una escena que ningún tribunal mexicano quiso investigar a fondo.
Las 3:15 de la madrugada de ese 17 de febrero de 2004, José López Portillo dejó de respirar. Tenía 83 años. Llevaba casi 30 sin gobernar el país. Llevaba 20 conviviendo con Sasha Montenegro y según el certificado médico oficial murió de complicaciones cardíacas derivadas de una neumonía.
Pero la ambulancia no se llamó hasta las 4:42 de la madrugada. Una hora y 27 minutos después de que el expresidente dejara de respirar. Una hora y 27 minutos. Eso fue lo que tardó Sasha Montenegro en pedir ayuda médica, una hora y media en la que nadie sabe qué pasó en esa bulla, esa habitación. Una hora y media en la que Sasha estuvo sola con el cuerpo de su esposo.
Una hora y media que la familia López Portillo intentó investigar después sin éxito, porque para cuando llegaron los peritos ya era demasiado tarde. El expresidente fue enterrado tres días después en una ceremonia donde la familia legítima y Sasha Montenegro tuvieron que sentarse en lados opuestos del templo, pero la guerra no había terminado.
Lo que vino después, en los 20 años siguientes, es la parte más triste de toda esta historia, porque demuestra que el karma a veces sí existe y que llega con la puntualidad de un reloj. Sasha Montenegro salió del funeral de su esposo con la cabeza alta. Había ganado todos los juicios. Había conservado la colina del perro. había asegurado el futuro de sus dos hijos y como viuda legítima del expresidente de México, le correspondía una pensión vitalicia que el Estado mexicano pagaba a las viudas de los exmandatarios.
Esa pensión calculada por el Diario Oficial de la Federación equivalía a 1,688,736 pesos mexicanos al año, más de 100,000 pesos mensuales pagados hasta el último centavo con dinero del pueblo mexicano. El mismo pueblo al que su esposo había prometido defender el peso como un perro.
El mismo pueblo cuyos ahorros se habían evaporado en la devaluación de 1982. Ese pueblo, sin saberlo, le pagó a Sasha Montenegro casi 29 millones de pesos durante los tinomos siguientes 18 años. 29 millones de pesos para una mujer que había llegado a México con una sola maleta. para una vedette que había dicho que odiaba desnudarse, pero que se desnudó 50 veces frente a las cámaras.
Para una hija de refugiados yugoslavos que había aprendido desde niña que en este mundo sobrevive el que se adapta y vaya si se adaptó. Pero Sasha Montenegro no disfrutó ese dinero como creía. Después de la muerte de López Portillo, Sasha se retiró a Cuernavaca. Compró una casa apartada del ruido de la ciudad.
dejó de aparecer en los medios, dejó de dar entrevistas, salvo aquella memorable charla con Gustavo Adolfo Infante, donde sin saberlo, dejó pistas que 20 años después seguimos descifrando. Sus dos hijos, Nabila y Alexander, siguieron caminos distintos. Navila se dedicó a las artes plásticas, abrió una galería pequeña, intentó construir una identidad propia lejos del apellido López Portillo.
Alexander prefirió manejar los bienes de su madre, los terrenos, los inmuebles, los rastros de la fortuna que su padre había dejado. La colina del perro, mientras tanto, fue desapareciendo pedazo por pedazo. En 2013, los hijos de Sasha vendieron una parte enorme del terreno a un fideicomiso bancario que construyó una torre de departamentos de 34 pisos.
En 2015, los hijos de Carmen Romano vendieron su parte para que se levantara un fraccionamiento llamado La Toscana con 50 casas de 6 millones dó cada una. Y en 2018 lo último que quedaba en pie, la biblioteca en forma de caracol con sus 30,000 libros, fue demolida con bulldozers en cuestión de horas. De aquel monumento a la corrupción de los años 80, de aquellas cuatro mansiones que el pueblo mexicano había bautizado con odio, no quedó nada.
polvo, escombros y un fraccionamiento de lujo donde hoy viven familias que nunca escucharon hablar de López Portillo, que nunca supieron que en ese mismo terreno, en una habitación del segundo piso, un expresidente de México pasó sus últimos años con moretones en los brazos. Pero el peor golpe para Sasha Montenegro no llegó por los tribunales, ni por la prensa, ni por los hijos de Carmen Romano.
El peor golpe llegó del lugar más inesperado y llegó exactamente cuando ella no tenía fuerzas para defenderse. En julio de 2022, el presidente Andrés Manuel López Obrador, en una de sus conferencias matutinas anunció una decisión que iba a cambiar la vida de varias familias mexicanas. anunció la cancelación de las pensiones vitalicias a los expresidentes y a sus viudas.
Lo justificó con palabras fuertes. Dijo que era inmoral que el pueblo siguiera pagándole a familias que ya tenían más dinero del que podían gastar. Dijo que esos millones tenían que ir a programas sociales. Dijo que la fiesta había terminado. Sasha Montenegro, que llevaba 18 años cobrando su pensión religiosamente cada mes, dejó de recibir el ingreso del erario.
Y unos meses después, en 2023, los doctores le entregaron un diagnóstico que ya nadie quería pronunciar. Cáncer de pulmón. Etapa avanzada. Pronóstico reservado. Sasha había fumado durante toda su vida adulta. En las películas de ficheras se le ve fumando en casi todas las escenas. En las entrevistas de los 90 también.
En los últimos años, ya retirada en Cuernavaca, había seguido fumando a pesar de las advertencias de su familia. Y el cáncer, paciente como siempre, llegó a cobrar la cuenta. Y aquí es donde todos los hilos de esta historia convergen, donde el patrón se vuelve visible, donde se entiende por fin lo que esta mujer había hecho desde el principio.
Sasha Montenegro había construido toda su vida sobre una sola estrategia, aprovechar la enfermedad y la muerte de los demás para subir un escalón más. Cuando su familia montenegrina fue exterminada por los nazis, ella sobrevivió porque era la única que estaba en Bari ese día. Cuando su padre murió en Mendoza, ella aprovechó el segundo matrimonio de su madre para acceder a una mejor educación.
Cuando llegó a México sola, aprovechó el hueco que dejaron las grandes divas del cine de oro para convertirse en la reina del cine de ficheras. Cuando Carmen Romano se enfermó, aprovechó esa agonía para casarse en secreto con el expresidente. Y cuando López Portillo cayó después del infarto, aprovechó esa fragilidad para asegurar la herencia, la pensión, la mansión, el apellido.
Cada paso de su ascenso estuvo construido sobre el cuerpo enfermo o muerto de alguien más. Pero el universo a veces lleva las cuentas con una precisión escalofriante. Porque Sasha Montenegro murió el 14 de febrero del año 2024, día de San Valentín, día del amor. La mujer que había destruido el matrimonio de Carmen Romano.
La mujer que había convertido al expresidente de México en un rehen. La mujer que había firmado donaciones mientras la primera esposa agonizaba. Murió un 14 de febrero, la fecha más romántica del calendario, la fecha que millones de personas dedican a celebrar el amor verdadero y murió sola. Murió en su casa de Cuernavaca después de un derrame cerebral provocado por el cáncer de pulmón que llevaba meses devorándola desde adentro.
Murió sin pensión del estado. Murió sin la colina del perro que ya había sido demolida. murió a tres días exactos del aniversario 20 de la muerte de su esposo. Tres días. José López Portillo había muerto el 17 de febrero del 2004. Sasha Montenegro murió el 14 de febrero del 2024. 72 horas.
Ese fue el margen exacto con el que Sasha se anticipó al aniversario de la muerte del hombre, al que había convertido en su prisionero, como si la fecha le hubiera salido a buscar, como si el calendario se hubiera puesto de acuerdo con la justicia que los tribunales mexicanos nunca quisieron impartir. Como si ese 14 de febrero, día del amor, fuera la última ironía que la vida le tenía guardada a una mujer que nunca amó por amor a nadie.
La noticia de su muerte se filtró primero en Foro TV. Después la Asociación Nacional de Intérpretes la confirmó y al día siguiente los periódicos mexicanos publicaron a obituarios cuidadosamente neutros hablando de su carrera en el cine, recordando bellas de noche, mencionando casi de pasada su matrimonio con López Portillo.
Pero los hijos de Carmen Romano no acudieron al funeral. Margarita López Portillo ya había muerto unos años antes sin ver el final de Sasha. y los dos hijos legítimos que le sobreviven al expresidente eligieron el silencio. Como si esa mujer, esa vedet, esa segunda esposa que les había arrebatado a su padre, ya no mereciera ni siquiera un comentario público.
La velaron en Cuernavaca, la enterraron sin demasiada ceremonia y la colina del perro, ese terreno donde alguna vez se había levantado el imperio privado del expresidente. Ese mismo terreno donde un hombre anciano había vivido aterrorizado, ese terreno donde Margarita López Portillo había descubierto los moretones, ya no existía.
Era un fraccionamiento, una torre de departamentos, vecinos jugando con sus hijos los domingos por la tarde sin sospechar nada. La historia de Sasha Montenegro se cerró así, con una muerte el día de San Valentín, con una pensión cancelada, con una mansión demolida, con una familia que prefirió olvidar y con una pregunta que nadie en México se atreve a responder en voz alta.
Cuando una persona construye su vida sobre el sufrimiento ajeno, sobre la enfermedad de los otros, sobre la muerte de los demás, llega un momento en que el universo le presenta la cuenta y la cuenta siempre llega con intereses. Tasha Montenegro pasó los últimos años de su vida sola sin la pensión que la había sostenido durante décadas, sin el esposo al que había convertido en su prisionero, sin la mansión que el pueblo mexicano había bautizado con odio, sin el cariño de los hijos del primer matrimonio, sin el respeto de la prensa,
sin el reconocimiento del cine que la había hecho famosa y lo más triste de todo, sin haber querido nunca a nadie de verdad, Porque eso es lo que de verdad asusta de esta historia. No el maltrato, no los moretones, no la herencia robada. Lo que de verdad asusta es la posibilidad de que una persona pueda vivir 80 años en este mundo, casarse, tener hijos, conquistar al hombre más poderoso de un país entero y nunca, ni una sola vez haberse permitido amar a alguien sin segundas intenciones.
Sasha Montenegro tuvo todo y al final no tuvo nada. murió un día de San Valentín sin que nadie le mandara flores. Si esta historia te hizo pensar en alguien que conoces, en alguien que se aprovecha de los demás, en alguien que confunde el amor con la ambición, llámalo hoy antes de que sea demasiado tarde, antes de que el universo le presente la cuenta, porque la cuenta, tarde o temprano siempre llega. M.