Aquel sol de Monterrey no era un sol normal y corriente, no señor. Era un castigo divino en toda regla, de esos que te fríen las neuronas y te hacen replantearte hasta el más mínimo pecado que cometiste en la comunión. El asfalto derretido desprendía un vaho espeso que distorsionaba la realidad, haciendo que los coches de lujo que pasaban por la avenida parecieran naves espaciales flotando en un desierto de hormigón. Valeria Ríos, sentada en un banco de piedra que a esas alturas de la tarde ya quemaba más que una sartén sin aceite, intentaba buscar un milímetro de sombra bajo las ramas canijas de un mezquite moribundo. El árbol hacía lo que podía, la verdad, pero entre el viento seco y el humo de los tubos de escape, el pobre vegetal estaba tan al borde del colapso como ella.
Hacía exactamente tres días que Valeria se había convertido en una ciudadana sin techo, una etiqueta que todavía le sonaba a película de terror de sobremesa de los domingos, de esas en las que te quedas dormido a los diez minutos porque el drama es demasiado exagerado. Pero esto no era una película. Su bolso, un accesorio de imitación que en sus tiempos de gloria hospitalaria lucía resultón, ahora daba auténtica pena. Estaba cubierto de una capa de polvo grisáceo, deshilachado por las esquinas y tan plano que parecía que le hubiera pasado por encima un camión de mudanzas. Dentro de ese bolso estaba toda su existencia material: un paquete de pañuelos arrugados, un abridor de botellas que vete a saber por qué seguía ahí, la mitad de un sándwich de jamón y queso que ya empezaba a cobrar vida propia y un cepillo de dientes con las cerdas abiertas como un abanico desahuciado.
Valeria cerró los ojos, no por sueño, sino porque el brillo del sol en las carrocerías de los Mercedes y los BMW que pasaban de largo le estaba destrozando las retinas. Con los dedos temblorosos por la falta de un café en condiciones —y de comida decente, ya puestos—, buscó a tientas el colgante que llevaba en el cuello. Era una cruz de madera pequeña, desgastada por los bordes de tanto frotarla con el pulgar. Había sido el último regalo de su padre antes de que todo se fuera al garete, antes de que los hospitales se convirtieran en su segunda casa y las deudas en su sombra perpetua.
—Vamos a ver, Jesusito de mi vida, que tú eres bueno y yo no te pido un milagro de esos de salir en los telediarios —susurró Valeria, sintiendo que los labios se le cuarteaban como la tierra del desierto—. No me sueltes de la mano ahora, de verdad te lo digo, porque como me dejes suelta tres minutos más, me desplomo aquí mismo y los de los servicios de limpieza me confunden con un saco de escombros. Dame un poquito de fuerza, tío, que yo sola ya no puedo con los pantalones.
A sus treinta años recién cumplidos, Valeria sentía que el contador de su vida se había puesto a cero, pero por el lado negativo. Si alguien le hubiera dicho doce meses atrás que acabaría mendigando sombra en un banco público, le habría soltado una carcajada en la cara. Por aquel entonces, ella era una enfermera de bandera en una de las clínicas privadas más pijas de la zona. Se manejaba con las agujas que daba gusto verla, organizaba las plantas del hospital como un general de cinco estrellas y los pacientes la adoraban porque era la única que no les clavaba las vías como si estuviera banderilleando a un toro.
Pero el destino, que a veces tiene un sentido del humor bastante retorcido, decidió cruzar en su camino a la junta directiva de la clínica. Una negligencia médica de manual, de esas que comete el hijo de un pez gordo que se cree cirujano porque ha visto tres temporadas de Anatomía de Grey, acabó en un desastre monumental. Alguien tenía que pagar el pato, por supuesto, y la cuerda siempre se rompe por el lado de los que no tienen un bufete de abogados en el Paseo de la Castellana esperándoles. Le encasquetaron el muerto a ella con un informe falso que ni el mejor guionista de Hollywood se habría atrevido a firmar. De la noche a la mañana, Valeria se vio en la calle, con el título profesional manchado de arriba abajo y las puertas de todos los hospitales cerradas a cal y canto con tres candados.
Y por si el asunto no fuera ya lo bastante negro, la salud de su padre decidió empeorar justo cuando se quedaron sin ingresos. Lo que siguió fue una carrera cuesta abajo y sin frenos: vender el coche por cuatro duros, malvender la casa familiar a un constructor usurero que se frotó las manos al ver la desesperación en sus ojos, gastarse hasta el último céntimo en tratamientos que solo servían para estirar el sufrimiento y, finalmente, el entierro. Un entierro sobrio, de los de cuatro coronas de flores de plástico y tres tíos de la familia que fueron por el compromiso y por ver si caía algo de herencia, aunque lo único que quedaba eran deudas acumuladas. Total, que tras pagar el último recibo del sepelio, a Valeria le quedaron cincuenta pesos en el bolsillo y una maleta que acabó olvidada en una consigna de autobús porque no tenía dinero para mantener el alquiler del piso de mala muerte donde se metió.
Sin embargo, a pesar de tener el agua al cuello y el orgullo pisoteado, Valeria no era de las que se rendían sin dar un poco de guerra. Tenía una fe ciega, de esa que a veces raya en la cabezonería más absoluta. Ella sostenía que si Dios te cierra una puerta, es porque te va a abrir una ventana, aunque de momento solo le hubiera dejado un conducto de ventilación estrecho y lleno de grasa.
Aquel día, siguiendo lo que ella consideraba una señal divina y lo que cualquiera con dos dedos de frente llamaría desesperación pura, se había plantado en San Pedro Garza García. Aquello era otra galaxia. Las casas no eran casas, eran búnkeres de diseño con más metros cuadrados de jardín que el parque del Retiro. Los árboles de las aceras estaban tan perfectamente podados que daban ganas de pedirles el teléfono de su peluquero, y el aire olía a una mezcla extraña de césped recién cortado y dinero rancio.
En la mano derecha, Valeria arrugaba un trozo de papel que parecía haber sobrevivido a un naufragio. Contenía una dirección escrita con la caligrafía temblorosa de su padre en sus últimos días de vida. “Busca a Alejandro Garza”, le había dicho el viejo con el último hilo de voz que le quedaba. Alejandro era un constructor que se había forrado hasta las cejas, pero que en los años de la prehistoria, cuando los dos eran unos mocosos que corrían descalzos por el barrio, había sido el mejor amigo de su padre. La carta que Valeria llevaba guardada como oro en paño era una petición desesperada de un moribundo a otro amigo para que no dejara a su hija desamparada en mitad de la jungla.
Cuando Valeria se plantó por fin ante la fachada de la mansión, se le cayó el alma a los pies. Aquello era insultante. Un muro de piedra volcánica de tres metros de altura protegía la propiedad, rematado por unas cámaras de seguridad que giraban de izquierda a derecha con un zumbido amenazante, como si estuvieran buscando a ver a quién metían un tiro. A través de las rejas de hierro forjado se alcanzaba a ver un jardín que ríete tú de los palacios de la aristocracia, con una fuente central donde el agua caía con un murmullo relajante que a Valeria, con la sed que traía, le pareció una provocación personal.
Se acercó a la caseta de vigilancia con el corazón metido en la garganta, intentando estirarse la camiseta para que no se notara tanto que llevaba tres días durmiendo de lado en un banco. El guardia, un tipo con un uniforme impecable que parecía sacado de una película de la SWAT y una cara de pocos amigos que echaba para atrás, la miró de arriba abajo con esa superioridad que suelen tener los empleados de los ricos cuando ven a un pobre acercarse al perímetro.
—Buenas tardes —dijo Valeria, intentando poner su mejor voz de enfermera jefa, de esa que impone respeto hasta a los médicos más estirados—. Vengo a ver al señor Alejandro Garza. Tengo una carta personal para él.
El guardia ni se inmuto. Apoyó las manos en el cinturón, justo al lado de la porra, y arqueó una ceja con un desprecio que se olía a kilómetros.
—¿Cita previa? —preguntó con una voz de cazallero que no auguraba nada bueno.
—No, no tengo cita. Pero mire, es un asunto de vida o muerte, por así decirlo. Era amigo de mi padre, de toda la vida. Traigo una carta dirigida a él de su puño y letra. Por favor, solo dígale que es la hija de Rodolfo Ríos. Él sabrá quién es.
El uniformado resopló, mirando el papel arrugado como si tuviera la peste bubónica. Estuvo a punto de mandarla a paseo con cajas templadas, pero algo en la mirada de Valeria, una mezcla entre dignidad inquebrantable y desesperación absoluta, le hizo dudar. A lo mejor pensó que si la echaba y resultaba ser alguien importante, el marrón se lo iba a comer él. Con desgana, cogió el walkie-talkie, murmuró unas palabras incomprensibles y esperó. Tras unos segundos que a Valeria le parecieron tres años de carrera, el portón de hierro se abrió con un chasquido electrónico que sonó a gloria celestial.
—Pase. Directo a la puerta principal. Y no se desvíe del camino, que las cámaras la están siguiendo —advirtió el guardia, volviendo a su postura de estatua de sal.
Valeria tragó saliva y avanzó por el sendero de grava fina. Cada paso que daba hacía un ruido crujiente que rompía el silencio sepulcral del jardín. Al llegar a la puerta de entrada, una mole de roble macizo con herrajes de bronce que debían pesar más que ella, no tuvo ni que llamar. La puerta se abrió suavemente y frente a ella apareció el mismísimo Alejandro Garza.
El hombre rondaba los cincuenta y tantos, pero de esos cincuenta y tantos bien llevados a base de gimnasio privado, masajes y probablemente alguna cremita de esas que cuestan un riñón. Vestía un traje de lino claro que no tenía ni una sola arruga, como si el tipo desafiara las leyes de la física. Sin embargo, lo que más le llamó la atención a Valeria no fue su elegancia ni su porte de magnate de los negocios, sino sus ojos. Eran unos ojos oscuros, hundidos, rodeados de unas ojeras profundas que no se quitaban ni con todo el dinero del mundo. Había en su mirada una tristeza tan inmensa, tan pesada, que Valeria reconoció el brillo al instante. Era la misma mirada que veía en las salas de espera de los hospitales cuando los médicos salían con el revés de la mano en los bolsillos de la bata.
Alejandro miró a la joven que tenía delante. A pesar de los vaqueros desgastados y el calzado polvoriento, reconoció en sus facciones los rasgos de aquel chaval con el que compartía los bocadillos de mortadela en el patio del colegio hacía cuarenta años. Sin decir una palabra, extendió la mano para recibir la carta que Valeria le ofrecía.
El millonario desdobló el papel con un cuidado extremo, como si temiera que se fuera a romper entre sus dedos. A medida que sus ojos avanzaban por las líneas escritas por su viejo amigo, la rigidez de su rostro empezó a desmoronarse. Las comisuras de sus labios temblaron levemente y un brillo cristalino asomó en sus ojos, amenazando con romper la compostura de hombre de negocios implacable.
—Rodolfo… —murmuró Alejandro con una voz que sonó más bien como un soplido, áspera y quebrada—. Tu padre era un hombre de los pies a la cabeza. Terco como una mula, pero con un corazón que no le cabía en el pecho. Demasiado orgulloso para su propio bien, eso también es verdad.
El hombre levantó la vista del papel y miró a Valeria con una mezcla de culpa y compasión que la hizo remover por dentro.
—Siento muchísimo todo esto, de verdad —continuó, carraspeando para intentar recuperar la sobriedad en la voz—. No tenía ni la menor idea de que estuviera enfermo. Si me hubiera enterado a tiempo… joder, si hubiera sabido que las cosas se habían puesto tan feas, no habría permitido que pasara por ese calvario solo. Pero este maldito trabajo te absorbe, te metes en una burbuja de reuniones, contratos y viajes y te olvidas de lo que verdaderamente importa hasta que ya es demasiado tarde. Entra, por favor. No podemos seguir hablando aquí fuera con este calor de mil demonios que nos va a dar un parraque a los dos.
Parte 2: Un palacio lleno de fantasmas y fotos familiares
La casa por dentro era exactamente lo que Valeria se imaginaba, solo que multiplicado por diez. El aire acondicionado la recibió con un bofetón de frescor que casi la hace llorar de la emoción; por un momento pensó que había entrado directamente en la sección de congelados de un supermercado, lo cual, dado el estado de sus axilas, era una bendición del cielo. El suelo de mármol blanco estaba tan sumamente limpio que a Valeria le daba vergüenza apoyar los zapatos llenos de roña de los caminos. Tenía la extraña sensación de que si daba un paso en falso, iba a dejar una huella como la del primer hombre en la Luna.
Alejandro la guió a través de un pasillo interminable decorado con cuadros abstractos de esos que consisten en un borrón negro sobre fondo blanco y que probablemente costaban más que toda su carrera universitaria. Llegaron a un salón amplio, con unos ventanales gigantescos que daban al jardín trasero y a una piscina infinita que parecía sacada de un catálogo de viajes de lujo.
—Siéntate, por favor. Estás en tu casa —dijo Alejandro, señalando un sofá de cuero blanco que parecía tan cómodo que Valeria temió que si se sentaba, se quedaría dormida al instante y no se despertaría hasta el fin de semana.
Ella se sentó con cuidado, apoyándose apenas en el borde para no manchar nada. Alejandro se acercó a un mueble bar que tenía más botellas que la discoteca de moda de la ciudad y se sirvió un trago corto de algo de color ámbar. Luego se lo pensó mejor y miró a Valeria.
—¿Quieres tomar algo? Un agua, un refresco… ¿un whisky para el susto? —ofreció con un intento de sonrisa amable que no llegó a contagiarle los ojos.
—Un vaso de agua fría estaría bien, gracias —respondió Valeria, que sentía la garganta como si se hubiera tragado un puñado de arena de gato.
Alejandro presionó un botón en la pared y al cabo de dos minutos apareció una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme impecable, que trajo una jarra de agua con hielo y unas rodajas de limón en una bandeja de plata. Valeria se bebió el primer vaso de un trago, sin importarle parecer una muerta de hambre. El agua helada le devolvió la vida al cuerpo y el cerebro le empezó a funcionar a más de dos revoluciones por minuto.
Alejandro se sentó en un sillón individual frente a ella, dejando el vaso de whisky sobre una mesa de centro de cristal. Volvió a mirar la carta de Rodolfo que mantenía entre las manos, acariciando el papel arrugado con el dedo pulgar.
—Tu padre me pide aquí que cuide de ti —dijo Alejandro en voz baja, mirando al infinito—. Dice que la vida te ha tratado a patadas últimamente y que eres lo único bueno que dejó en este mundo. Me cuenta lo de la clínica… una auténtica canallada, Valeria. Conozco a los tipos que manejan esos hospitales privados; son una panda de tiburones que venderían a su propia madre por salvar las acciones de la empresa. Siento mucho que te tocara a ti pagar sus platos rotos.
—Ya no importa, señor Garza —contestó Valeria, intentando mantener la voz firme a pesar del nudo que se le estaba volviendo a formar en el estómago—. Bueno, sí que importa, porque me han arruinado la vida y la reputación, pero ahora mismo lo único que busco es una oportunidad. No vengo a pedir limosna, de verdad. Mi padre me enseñó a ganarme el pan. Sé limpiar, sé cocinar, sé cuidar a enfermos… tengo manos para trabajar en lo que sea. Solo necesito un techo y un trabajo para empezar a levantar la cabeza.
Alejandro la miró con fijeza, y por primera vez en toda la tarde, la sombra de sospecha que suelen tener los ricos ante los desconocidos desapareció por completo de sus ojos. Vio en Valeria la misma terquedad honrada que recordaba de Rodolfo, ese orgullo de barrio que prefiere romperse antes que doblarse.
—No me llames señor Garza, por Dios, que me haces sentir más viejo de lo que ya soy. Llámame Alejandro —dijo el hombre, dando un sorbo a su bebida—. Y no te preocupes por el trabajo ni por el techo. El deseo de tu padre es una orden para mí. Esta casa es gigante, aquí solo vivimos mi pena y yo, así que espacio sobra. Te quedarás en una de las habitaciones de invitados y mañana mismo hablaremos con mi equipo de abogados para ver cómo le metemos mano al asunto de la clínica. Esos sinvergüenzas se van a enterar de lo que pasa cuando se toca a la familia de un amigo.
Valeria sintió que un peso enorme se le quitaba de encima. Por fin, después de meses de oscuridad, parecía que salía un rayo de sol que no pretendía achicharrarla.
—No sé cómo agradecérselo, Al… Alejandro —alcanzó a decir, sintiendo que los ojos se le humedecían.
—No hay nada que agradecer, de verdad. Es lo mínimo que puedo hacer por el hijo de Rodolfo —respondió él, levantándose del sillón—. Ven, acompáñame. Te voy a enseñar la casa y luego pediré que te preparen la habitación. Necesitas darte una buena ducha y descansar.
Valeria se levantó del sofá, sintiéndose un poco más ligera. Siguió a Alejandro mientras este le mostraba las distintas estancias de la planta baja: una biblioteca que parecía la de un monasterio antiguo, un comedor capaz de albergar a veinte comensales sin apreturas y una cocina donde se podría haber rodado un programa de televisión de tres estrellas Michelin.
Sin embargo, a medida que avanzaban por la casa, el ambiente se iba volviendo más denso, más cargado de esa tristeza silenciosa que Valeria había notado al principio. Era una casa espectacular, sí, pero carecía por completo de vida. No había ruidos, no había desorden, no había ese olor a comida casera ni ese caos reconfortante que convierte un edificio de ladrillos en un hogar. Era más bien un museo de recuerdos dolorosos.
Al fondo del pasillo principal, cerca de las escaleras que subían a los dormitorios, había una mesa de consola de madera noble. Sobre ella, iluminado por un foco halógeno que parecía un foco de teatro, descansaba un marco de plata labrada de un tamaño considerable. Dentro del marco había una fotografía.
Alejandro se detuvo en seco frente a la mesa. Su mirada se clavó en la imagen y toda la energía que había recuperado al hablar de los abogados y de la clínica pareció evaporarse en un segundo. Sus hombros cayeron y dejó escapar un suspiro tan hondo y cargado de amargura que a Valeria se le encogió el corazón.
Valeria, por pura inercia profesional y por esa curiosidad innata que tienen las enfermeras para fijarse en los detalles, se acercó un paso más para mirar la fotografía. En ella aparecía una joven de unos veinte años, con una sonrisa radiante que iluminaba toda la estancia. Tenía unos ojos claros, vivarachos, y una melena castaña que le caía en cascada sobre los hombros. Vestía un vestido blanco sencillo y sostenía un ramo de flores campestres. Detrás de ella se intuía un paisaje montañoso, idílico. Era una chica preciosa, llena de vida, la viva imagen de la felicidad.
—Es mi hija, Sofía —dijo Alejandro con una voz tan apagada que apenas se distinguía del zumbido del aire acondicionado—. Era mi orgullo, mi mundo entero. Todo lo que construí, todas las empresas, todo el dinero… todo lo hice por ella. Para que no le faltara de nada, para que tuviera la vida que tu padre y yo solo podíamos soñar cuando éramos críos.
Valeria asintió con la cabeza, manteniendo un silencio respetuoso. En su trabajo había aprendido que en esos momentos, lo peor que se puede hacer es soltar una frase hecha de esas de taza de desayuno. El dolor ajeno merece espacio, no clichés.
—Falleció hace dos años —continuó Alejandro, carraspeando para contener la emoción—. Un accidente de coche… o eso es lo que me dijeron. Estaba estudiando fuera, en una universidad en el extranjero. Fue un golpe devastador, Valeria. De los que te rompen por dentro y te dejan como un cascarón vacío. Desde ese día, esta casa se convirtió en un cementerio. A veces me paso las noches dando vueltas por los pasillos, esperando escuchar sus pasos o su risa, pero lo único que oigo es el maldito motor de la nevera.
Valeria siguió observando la fotografía con atención. Al principio lo hizo por mera cortesía, pero a los pocos segundos, algo en las facciones de la chica de la imagen hizo que se le activara un resorte en el cerebro. Una sensación extraña, como un calambre frío, le recorrió la espina dorsal.
Como enfermera jefa en una clínica de urgencias de alto standing, Valeria había visto pasar por sus manos a cientos de pacientes. Tenía una memoria visual fotográfica para los rostros, para las marcas de nacimiento, para las miradas de la gente en situaciones límite. Era una deformidad profesional: recordaba los ojos de un paciente mucho mejor que sus nombres de pila.
Se acercó un milímetro más al marco de plata, entornando los ojos. Analizó la forma de la barbilla de Sofía, la sutil asimetría de sus cejas, la pequeña cicatriz en forma de media luna que tenía justo encima del pómulo izquierdo, casi oculta por el maquillaje, y sobre todo, la forma tan particular de sus manos, con unos dedos largos y estilizados y una ligera desviación en el dedo meñique de la mano derecha.
El corazón de Valeria empezó a bombear a toda velocidad, haciendo un ruido sordo en sus oídos que competía con el frescor del salón. El sándwich de jamón y queso que llevaba en el bolso pareció dar una vuelta de campana en su estómago. No podía ser. Era una locura. Estaba cansada, el sol le había frito las pocas neuronas que le quedaban operativas y el hambre le estaba haciendo tener alucinaciones de lo más variopintas.
Pero no. Cuanto más miraba la foto, más segura estaba. Aquella cara no pertenecía a un fantasma del pasado. Aquella cara pertenecía a alguien real, a alguien con pulso, a alguien que ella misma había estado cuidando hacía menos de dos semanas en la planta de cuidados intensivos de la mismísima clínica de la que la habían echado.
Parte 3: La revelación que lo cambia todo
Valeria se quedó petrificada, con los ojos como platos y la boca ligeramente abierta, pareciendo una estatua de sal de esas que se quedan mirando las ofertas del supermercado sin enterarse de nada. El silencio en el pasillo se volvió tan espeso que se habría podido cortar con un cuchillo de sierra. Alejandro, que seguía sumido en su propio pozo de melancolía, no se dio cuenta al principio de la transformación de la joven, pero el cambio de ritmo en su respiración acabó por llamar su atención.
—¿Te pasa algo, Valeria? —preguntó Alejandro, frunciendo el ceño y mirándola de reojo—. Te has quedado más blanca que el mármol del suelo. ¿Te estás encontrando mal? Joder, a ver si te va a dar un bajón de tensión por culpa del calor y de no haber comido nada. Déjate de inspecciones y vamos a que te sientes…
Valeria no respondió de inmediato. Se pasó la mano por la frente, notando que el sudor frío le empapaba la piel. Volvió a mirar la foto de la chica, luego miró a Alejandro, y después regresó a la imagen del marco de plata. El cerebro le iba a mil por hora, conectando cables, fechas, informes médicos falsos y las caras de los directores de la clínica que tanto empeño habían puesto en patitas en la calle con cajas templadas. Todo empezaba a encajar con la precisión de un reloj suizo, un reloj bastante siniestro, por cierto.
Se dio la vuelta despacio, clavando sus ojos en los del empresario. Se acercó un poco más, reduciendo la distancia entre los dos, y con una voz que era apenas un susurro pero que tenía la fuerza de un camión de dieciocho ruedas, soltó la bomba.
—Alejandro… tu hija no está muerta. Y sé exactamente dónde puedes encontrarla.
Alejandro se quedó rígido, como si le hubieran soltado un bofetón a mano abierta en mitad de una reunión de accionistas. El vaso de whisky que sostenía en la mano derecha tembló levemente, haciendo que los hielos chocaran con un tintineo agudo que rompió la tensión del ambiente. Su rostro pasó de la tristeza a una confusión absoluta, y de ahí a una rigidez peligrosa. Las venas del cuello se le marcaron como cables de alta tensión.
—¿De qué narices estás hablando, Valeria? —dijo con una voz que ya no tenía nada de amable; era una voz que infundía miedo, la voz del jefe que está a punto de despedir a todo el departamento—. No sé si es una broma de muy mal gusto, si el sol te ha trastocado el juicio o si estás intentando jugar conmigo para sacarme algo de dinero aprovechando la memoria de mi padre. Pero te advierto una cosa: con la muerte de mi hija no juega nadie. Absolutamente nadie. Así que mide muy bien tus próximas palabras si no quieres que te ponga de patitas en la calle ahora mismo.
Valeria no se achantó. Había lidiado con médicos prepotentes, cirujanos con complejo de Dios y familiares histéricos en salas de urgencias; el enfado de un millonario, por muy imponente que fuera, no la iba a hacer retroceder cuando sabía que tenía la verdad de su mano.
—Escúchame bien, Alejandro, y no me interrumpas porque esto es serio de cojones —dijo Valeria, plantándole cara con una determinación que dejó al hombre descolocado—. Olvídate de los fantasmas y escúchame como el hombre de negocios inteligente que eres. Hace dos semanas, antes de que me fabricaran el expediente de negligencia para echarme a la calle como a un perro, yo era la enfermera jefa de la planta de cuidados intensivos de la Clínica del Norte. ¿Te suena el nombre? Seguro que sí, porque es de las más caras de la ciudad.
Alejandro asintió lentamente, sin apartar los ojos de ella, manteniendo una expresión tensa.
—Pues bien —continuó Valeria, señalando con el dedo índice la fotografía del marco de plata—, esa chica que tienes ahí en la foto, con esa misma cicatriz en forma de media luna sobre el pómulo izquierdo y esa desviación tan peculiar en el dedo meñique de la mano derecha, entró en mi planta hace un mes. Entró con un nombre falso, registrada como “Sofía Maldonado”, supuestamente víctima de un asalto violento que la dejó en un coma inducido debido a un traumatismo craneoencefálico severo. Yo misma estuve cambiándole las vías, revisando sus constantes vitales y asegurándome de que sus niveles no cayeran en picado durante catorce días seguidos. Me sé su historial clínico de memoria porque dormía tres horas al día para que esa chica no se me fuera al otro barrio.
Alejandro dio un paso atrás, como si las palabras de Valeria fueran golpes físicos. El color desapareció por completo de sus mejillas, dejándolo con un aspecto fantasmal.
—Eso… eso es imposible —balbuceó Alejandro, intentando buscar un punto de apoyo en la pared—. A mí me entregaron el acta de defunción. Vi los papeles del hospital de Texas donde estaba estudiando, me trajeron sus cenizas… ¡Yo mismo enterré la urna en el panteón familiar, joder! ¿Me estás diciendo que lo que hay ahí dentro son cenizas de madera o qué?
—Te estoy diciendo lo que he visto con mis propios ojos, Alejandro —replicó Valeria, cruzándose de brazos—. Y te estoy diciendo por qué me echaron de la clínica. El día antes de que me despidieran, entré en el despacho del director médico, el doctor Mendoza, para llevarle el informe de evolución de “Sofía Maldonado”. El tipo no estaba en su mesa, pero en la pantalla de su ordenador estaba abierto un expediente privado con el logotipo de tu constructora y una transferencia bancaria de una cantidad de ceros que me mareó solo de verla. Cuando Mendoza entró y me vio allí, se puso lívido. Al día siguiente, milagrosamente, apareció una acusación de que yo le había administrado una dosis errónea de medicación a un paciente de la planta tres. Me echaron sin derecho a réplica y me amenazaron con retirarme la licencia si hacía ruido.
Alejandro se llevó las manos a la cabeza, tirándose del pelo con desesperación. La rabia, la confusión y una chispa microscópica de esperanza empezaron a librar una batalla campal en su interior.
—Mendoza… ese desgraciado —gruñó Alejandro, apretando los dientes con una furia contenida—. Es el médico de cabecera de mi hermano Fernando. Mi hermano… el que lleva dos años intentando quedarse con el control mayoritario de la constructora porque dice que yo ya no estoy capacitado para dirigirla desde que perdí a Sofía. ¡Me ha estado presionando para que le firme un poder notarial absoluto, alegando que estoy sumido en una depresión de caballo!
—Blanco y en botella, Alejandro —dijo Valeria, asintiendo con la cabeza—. Si tú crees que tu hija está muerta, te hundes en la miseria, dejas los negocios de lado y le entregas el imperio a tu hermano en bandeja de plata. Mientras tanto, a la chica la mantienen oculta, dopada en una clínica privada de acceso restringido bajo un nombre falso, pagándole una pasta al director para que cierre el pico y mantenga el ventilador encendido por si alguien hace preguntas. No la mataron porque, supongo, hasta un desalmado como tu hermano tiene ciertos límites o porque necesita su firma o su presencia viva para algún asunto legal de la herencia que desconozco.
Alejandro se quedó en silencio durante un minuto eterno, asimilando la magnitud de la traición. La tristeza infinita que arrastraba desde hacía dos años pareció transformarse de golpe en una energía fría y calculadora. El tiburón de los negocios que había levantado un imperio de la nada volvía a estar al mando.
—Si esto que me estás contando es verdad, Valeria… si mi hija está viva en esa clínica y me han estado tomando el pelo de esta manera tan rastrera, te juro por la memoria de tu padre que esos tipos van a desear no haber nacido —sentenció Alejandro con una voz fría que habría congelado el mismísimo desierto de Monterrey—. Pero necesito pruebas. No puedo ir allí con la policía basándome solo en tu memoria visual y en tus sospechas, porque Mendoza llamará a sus abogados, trasladarán a Sofía por la puerta de atrás antes de que lleguemos y nos meterán una querella por difamación que nos arruinará a los dos.
—Pues entonces tendremos que conseguir esas pruebas nosotros mismos —dijo Valeria con una sonrisa de medio lado, recuperando ese puntito de picaresca que la vida en la calle le había agudizado—. Yo conozco esa clínica como la palma de mi mano. Sé cuáles son las horas de cambio de turno, sé por dónde entran los proveedores de lavandería sin pasar por el control de seguridad y, lo más importante, sé en qué habitación exacta del ala oeste tienen metida a Sofía. Solo necesito ropa limpia, un coche que no llame la atención y que tú me cubras las espaldas por si la cosa se pone fea. ¿Qué me dices, jefe? ¿Nos apuntamos a hacer un poco de espionaje del bueno o nos quedamos aquí lamentándonos en el sofá de cuero?
Parte 4: El asalto a la clínica y el reencuentro de película
Dos horas más tarde, el panorama había cambiado por completo. Valeria ya no parecía una indigente sacada de un callejón oscuro; se había dado una ducha de esas de media hora con agua hirviendo que te dejan la piel como a un bebé, se había puesto una muda limpia que le había prestado una de las empleadas de la casa —unos vaqueros cómodos y una sudadera negra de tres tallas más grande que le daba un aire de pirata informático de pacotilla— y se había tomado un café cargado que le había devuelto el alma al cuerpo.
Alejandro, por su parte, se había cambiado el traje de lino por una ropa más oscura y discreta. Se le veía tenso, moviendo la mandíbula de izquierda a derecha como si estuviera masticando cristales, pero con una determinación en la mirada que Valeria no le había visto desde que entró por la puerta principal.
—Nos vamos en el coche de la cocinera, un utilitario viejo que pasa más desapercibido que mis vehículos —dijo Alejandro, tirándole las llaves a Valeria—. Tú conduces. Yo voy en el asiento del copiloto con la gorra bajada. Si nos para la policía por el camino, invéntate que vamos de urgencias a por medicación.
—Descuida, jefe. Conduciendo soy un peligro público, pero para pasar desapercibidos soy una máquina —respondió Valeria con un guiño, intentando relajar el ambiente, aunque por dentro tenía el estómago hecho un nudo marinero.
El trayecto hasta la Clínica del Norte se les hizo eterno. El tráfico de Monterrey a esas horas de la tarde era un caos de proporciones bíblicas, lleno de pitidos, frenazos y conductores con los nervios a flor de piel por culpa del calor persistente. Valeria manejaba el coche con soltura, sorteando los baches del asfalto mientras Alejandro no dejaba de mirar el reloj de pulsera cada treinta segundos.
Cuando llegaron a las inmediaciones del hospital privado, Valeria aparcó el utilitario en una calle lateral, justo al lado de la zona de carga y descarga de las furgonetas de la lavandería industrial. Era una zona oscura, iluminada apenas por una farola parpadeante que daba bastante mala espina.
—Muy bien, este es el plan —explicó Valeria en voz baja, apagando el motor—. El cambio de turno del personal de enfermería es a las ocho en punto, es decir, dentro de diez minutos. Los seguridades de la entrada principal suelen estar distraídos mirando los partidos de fútbol en los teléfonos o rellenando los partes. Nosotros vamos a entrar por el muelle de la lavandería. Conozco el código de la puerta de servicio porque lo cambiaban una vez al año y la última vez fui yo la que lo apuntó en la pizarra. Una vez dentro, subiremos por la escalera de incendios hasta la tercera planta, ala oeste. La habitación de “Sofía Maldonado” es la 314, la que está al fondo del pasillo, apartada de las miradas indiscretas.
—Te sigo, Valeria —asintió Alejandro, ajustándose la gorra sobre la frente—. Pero como encontremos la habitación vacía o esto sea un error, no sé qué voy a hacer.
—No es un error, Alejandro. Ten un poco de fe, hombre, que para algo te la he estado pregonando toda la tarde.
Se bajaron del coche con sigilo y se deslizaron entre las sombras hasta llegar a la puerta metálica del muelle de carga. Valeria introdujo el código de cuatro dígitos en el teclado numérico con los dedos temblorosos. Un chasquido electrónico y la puerta se abrió con un leve quejido de las bisagras. Entraron en un pasillo estrecho que olía fuertemente a desinfectante y a sábanas limpias. El olor familiar le dio a Valeria un subidón de adrenalina; volvía a estar en su territorio.
Avanzaron a paso rápido por la escalera de incendios, evitando el ascensor para no dejar constancia en las cámaras del sistema de control. Subieron los tres pisos con el corazón en un puño, deteniéndose a cada tramo para escuchar si venía alguien. Afortunadamente, a esa hora el personal estaba ocupado con los relevos y los pasillos secundarios estaban desiertos.
Al llegar a la tercera planta, Valeria asomó la cabeza con cuidado a través de la mirilla de la puerta de emergencia. El pasillo del ala oeste lucía su habitual aspecto pulcro y aséptico, con las luces fluorescentes parpadeando con un zumbido casi imperceptible. Al fondo del todo, junto a la puerta de la habitación 314, estaba sentado un tipo con traje oscuro y mala cara que claramente no trabajaba para el servicio médico del hospital. Era un gorila de seguridad privada, de los que contrata la gente con mucho dinero para asegurarse de que nadie meta las narices donde no debe.
—Tenemos un problema —susurró Valeria, volviéndose hacia Alejandro—. Hay un guardia en la puerta. Ese no estaba en mis tiempos. Tu hermano ha reforzado la seguridad, se ve que se está oliendo algo o que el estado de Sofía está cambiando.
Alejandro miró por la mirilla y sus ojos se encendieron con una furia fría.
—Ese tipo es uno de los escoltas personales de mi hermano Fernando. Lo reconozco perfectamente. Ese maldito desgraciado… está aquí custodiando a mi hija como si fuera una prisionera. Déjamelo a mí, Valeria. Quédate aquí detrás.
Antes de que Valeria pudiera pararle los pies, Alejandro empujó la puerta de incendios y avanzó por el pasillo con paso firme, desprendiendo una autoridad que hizo que el guardia se levantara del asiento al instante con cara de pocos amigos.
—Oiga, señor, esta zona es de acceso restringido… —empezó a decir el escolta, echándose la mano a la chaqueta para buscar algo.
—¿Restringido para quién, imbécil? —bramó Alejandro con una voz de trueno que resonó en todo el pasillo—. ¿Sabe perfectamente quién soy yo, verdad? Soy el dueño de la mitad de las acciones que pagan tu maldito sueldo. Quítate de en medio ahora mismo si no quieres pasar el resto de tus días en una celda de aislamiento compartiendo espacio con las ratas.
El guardia se quedó paralizado al reconocer al magnate. La sorpresa le jugó una mala pasada y dudó durante tres segundos cruciales, mirando a los lados sin saber si sacar el arma o salir corriendo. Alejandro aprovechó la indecisión para agarrarlo por solapas de la chaqueta y empujarlo con una fuerza sorprendente contra la pared, dejándolo sin respiración.
—Valeria, ¡entra ya! —gritó Alejandro, manteniendo al tipo inmovilizado con el antebrazo apoyado en su garganta.
Valeria no se lo pensó dos veces. Corrió por el pasillo, pasó por el lado del forcejeo esquivando un manotazo del guardia y abrió la puerta de la habitación 314 de un golpe seco.
La estancia estaba en penumbra, iluminada únicamente por las pantallas parpadeantes de los monitores de signos vitales que emitían un pitido rítmico y pausado: bip… bip… bip… En mitad de la cama, rodeada de tubos de oxígeno y vías intravenosas, se encontraba la joven de la fotografía. Tenía el rostro pálido, los ojos cerrados en un sueño profundo inducido por los fármacos, pero seguía conservando esa belleza serena que Valeria había visto en el marco de plata.
Valeria se acercó a la cama a toda velocidad, revisando los goteros de inmediato. Analizó las etiquetas de los medicamentos con ojo clínico.
—Malditos bastardos… —murmuró Valeria entre dientes—. La tienen sedada con una dosis continua de benzodiacepinas para que no recupere el conocimiento, pero sus constantes vitales son estables. Su cerebro está perfectamente sano, solo la mantienen dormida a la fuerza.
Alejandro entró en la habitación dando un portazo, tras haber dejado al guardia medio inconsciente en el suelo del pasillo gracias a un golpe bien colocado con una papelera metálica de diseño. Al ver a la chica en la cama, el empresario dejó caer la gorra al suelo. Sus piernas flaquearon y se arrodilló al lado del colchón, tomando la mano derecha de su hija entre las suyas. Con dedos temblorosos, acarició la pequeña desviación del dedo meñique, confirmando con el tacto lo que su corazón se había negado a creer durante dos años.
—Sofía… mi niña… mi princesita… —sollozó Alejandro, rompiendo a llorar sin ningún tipo de contención, dejando caer las lágrimas sobre las sábanas blancas—. Estás viva… Dios mío, estás viva… perdóname por haberte dejado sola, perdóname por haber sido tan ciego…
La chica pareció reaccionar levemente al sonido de la voz de su padre. Sus párpados se movieron con dificultad y dejó escapar un leve gemido, intentando luchar contra la niebla de los fármacos que le nublaban el cerebro.
—Tenemos que sacarla de aquí ya mismo, Alejandro —advirtió Valeria, mirando nerviosa hacia la puerta—. El guardia se va a recuperar en cualquier momento o vendrá alguien del turno de noche a revisar los goteros. Si nos pillan aquí dentro con el tipo tirado en el pasillo, llamarán a la policía y nos acusarán de secuestro exprés antes de que podamos demostrar nada.
Alejandro se secó las lágrimas con el reverso de la mano, recuperando la compostura a una velocidad asombrosa. Se levantó de la silla, miró a Valeria con una gratitud infinita y luego volvió a mirar a su hija.
—No nos vamos a ir escondidos como si fuéramos los delincuentes, Valeria —dijo Alejandro con una sonrisa fría y decidida que daba auténtico miedo—. Esto se va a acabar aquí y ahora, a mi manera. Saca tu teléfono móvil si es que te queda algo de batería y graba todo esto. Llama al jefe de la policía local; tengo su número directo en mi agenda y es un hombre íntegro que me debe más de un favor. Vamos a montar un espectáculo de los que hacen época en los telediarios de la noche.
Veinte minutos más tarde, la Clínica del Norte era un auténtico hervidero de luces azules y sirenas. Tres patrullas de la policía estatal se habían plantado en la entrada principal, bloqueando los accesos por orden directa del comisionado. El doctor Mendoza, el director médico que tanto empeño había puesto en arruinarle la vida a Valeria, bajaba por las escaleras principales escoltado por dos agentes de paisano, con las esposas relucientes puestas en las muñecas y una cara de pánico que era pura poesía para los ojos de la enfermera.
Detrás de ellos venía Alejandro, caminando con el porte de un rey que recupera su trono, sosteniendo la camilla donde los paramédicos de su confianza trasladaban a Sofía hacia una ambulancia privada con destino a un hospital de máxima seguridad fuera del alcance de su hermano Fernando.
Valeria caminaba al lado de Alejandro, con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera gigante, observando el panorama con una satisfacción que no le cabía en el cuerpo. El sándwich de jamón y queso de su bolso seguía allí, pero ahora ya no le importaba lo más mínimo.
—Bueno, jefe —dijo Valeria con un tono burlón, dándole un codazo amistoso al millonario—. Parece que al final mi Jesusito de mi vida sí que me ha escuchado el rezo del mediodía. Menudo revuelo hemos montado en un momento. Esto supera con creces a cualquier película de tarde de los domingos.
Alejandro se detuvo antes de subir a la ambulancia junto a su hija. Miró a Valeria con una seriedad cargada de emoción, le puso una mano en el hombro y forzó una sonrisa de esas de verdad, de las que te llegan a los ojos y te curan las heridas del pasado.
—A partir de mañana, Valeria, las cosas van a cambiar radicalmente para ti, te lo garantizo —dijo Alejandro con voz firme—. Esa denuncia falsa de negligencia va a desaparecer de tu expediente antes de que abran los juzgados, y el doctor Mendoza se va a encargar de firmar una disculpa pública si no quiere que le caigan veinte años de trena por secuestro y falsedad documental. Además, la planta de enfermería del nuevo centro médico que voy a financiar va a necesitar a una directora jefa con dos cojones y una memoria visual de primera categoría. ¿Te hace el trato o vas a preferir seguir buscando sombra bajo los mezquites de la avenida?
Valeria soltó una carcajada limpia, de esas que limpian los pulmones y te devuelven la alegría de vivir, mirando al cielo de Monterrey que ya empezaba a teñirse de tonos anaranjados con la caída de la tarde.
—Qué quieres que te diga, Alejandro… el puesto de directora me suena de maravilla, pero sobre todo, ponme en el contrato que la oficina tenga un aire acondicionado potente, que con este calor de mil demonios uno no puede andar salvando vidas ajenas sin perder el tipo. Vamos a cuidar a esa chica, que tiene un montón de risas pendientes que devolverle a esta casa.