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La NOCHE en que Cantinflas Llamó PAYASO a Pedro Infante, Nadie entendió lo que hizo después

Era el santuario, el templo, el punto de reunión de todos los que eran alguien en el mundo del espectáculo mexicano. Ubicado en el corazón de la Ciudad de México, ese lugar había visto nacer amistades, negocios, romances, traiciones. Entre sus paredes se decidían las películas que se harían, los contratos que se firmarían, las carreras que despegarían o se hundirían.

Esa noche de abril el lugar estaba más lleno que nunca. Se celebraba algo grande. Pedro Infante acababa de terminar el rodaje de su película número 60. 60 películas. A sus 39 años, Pedro Infante era más que una estrella. Era un fenómeno, un Dios viviente. Las mujeres lo adoraban. Los hombres querían ser él.

 Los niños crecían soñando con tener su voz, su sonrisa, su carisma. Cuando Pedro caminaba por la calle, la ciudad entera se detení. cantaba, actuaba, piloteaba aviones, era meccánico, carpintero, era el hombre completo, el ideal mexicano. Y esa noche todos estaban ahí para celebrarlo, todos menos uno. Cantinflas había llegado tarde. Eso ya era extraño.

 Mario Moreno, Cantinflas, el otro gran ídolo de México, nunca llegaba tarde. era un hombre de precisión, de control, de disciplina. Pero esa noche entró al patio de los cómicos a las 11 de la noche, cuando la fiesta ya llevaba 3 horas. Entró solo sin sonrisa, la gente lo saludó. Él respondió con cortesía, pero algo en su rostro estaba apagado.

 Caminó directo hacia la barra. pidió un whisky y ahí desde la barra se quedó mirando, mirando a Pedro Infante. Pedro estaba en el centro del salón rodeado de personas. Reía esa risa que conocía todo México. Contaba historias, bromeaba, abrazaba a la gente. Tenía una copa en la mano y otra y otra. Cantinflas contó. En dos horas, Pedro había tomado siete whiskys.

Nadie más lo notaba. Todos estaban demasiado ocupados riéndose, demasiado ocupados disfrutando la presencia del ídolo. Pero Cantinflas lo veía todo. Veía como la sonrisa de Pedro duraba un segundo menos cada vez. Veía como sus ojos se perdían cuando creía que nadie lo miraba. Veía algo que nadie más quería ver.

Pedro Infante se estaba muriendo por dentro. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quiénes eran estos dos hombres. Cantinflas y Pedro Infante no eran solo actores, eran los pilares del cine de oro mexicano. Eran los hombres que habían puesto a México en el mapa cultural de toda Latinoamérica, pero eran completamente diferentes.

Cantinflas era cerebral. Cada movimiento calculado, cada palabra pensada. Su comedia era arte, era comentario social, era filosofía disfrazada de payasadas. Charlie Chaplin lo había llamado el mejor comediante del mundo. Cantinflas controlaba todo en su vida, sus películas, sus contratos, su imagen. No dejaba nada al azar.

 Pedro Infante era instinto puro. Todo lo que hacía salía del corazón. No planeaba, no calculaba, simplemente era. Su actuación era auténtica porque no era actuación, era él. Esa autenticidad, esa honestidad brutal era lo que la gente amaba. Cuando Pedro cantaba sobre el dolor, se escuchaba el dolor. Cuando sonreía era genuino.

 Y cuando sufría, aunque intentara ocultarlo, se notaba. Los dos se habían conocido en 1945. Pedro todavía era un actor en ascenso. Cantinflas ya era una leyenda. Se encontraron en el estudio de filmación. De ahí está el detalle. Pedro había ido a visitar a un amigo. Cantinflas estaba revisando las tomas del día. Se presentaron.

Hablaron durante 20 minutos. Al final de esa conversación, Cantinflas le dijo algo a Pedro que nadie más escuchó. Lo que sea que fue. Pedro se quedó callado un momento largo. Luego asintió. Desde ese día fueron amigos, no amigos de fotografías y fiestas. Amigos reales de los que se llaman a las 3 de la mañana cuando algo anda mal, de los que se dicen la verdad aunque duela.

Durante 11 años esa amistad se mantuvo fuerte. Se veían seguido. Cantinflas iba a ver todas las películas de Pedro antes de que se estrenaran. Pedro iba a las funciones privadas de Cantinflas. Cenaban juntos, hablaban de todo, de cine, de México, de la vida. Pero en 1955 algo cambió.

 Pedro empezó a llegar tarde a las filmaciones. Empezó a beber más. Su sonrisa empezó a verse cansada. La prensa no decía nada, la gente no lo notaba, pero Cantinflas sí intentó hablar con él. Pedro, te veo cansado. ¿Estás bien? Claro, Mario. Solo es el trabajo. Muchas películas. Seguro, seguro. No te preocupes. Pero Cantinfla se preocupaba porque conocía esa mirada.

La había visto antes en otros actores. Era la mirada de alguien que estaba perdiendo la batalla contra sí mismo. Cantinflas empezó a investigar discretamente. Habló con directores, con productores, con gente cercana a Pedro. Lo que descubrió lo alarmó. Pedro Infante estaba viviendo tres vidas al mismo tiempo.

 Tenía una esposa oficial, María Luisa León. tenía una relación paralela con la actriz Lupita Torrentera y tenía un romance secreto con Irma Dorantes, una actriz 15 años menor que él. Tres mujeres, tres familias, tres mundos que Pedro intentaba mantener separados y el peso de esa triple vida lo estaba destruyendo. Pero no era solo eso.

 Pedro también estaba manejando una compañía de aviación. Piloteaba aviones comerciales en sus días libres. Volaba de Ciudad de México a Mérida, a Acapulco, llevando pasajeros. ¿Por qué? Nadie lo entendía. Era la estrella más grande de México. No necesitaba el dinero, no necesitaba el riesgo. Pero Pedro lo hacía. volaba porque en el aire, a 10,000 pies de altura, era el único lugar donde podía estar solo, donde nadie le pedía nada, donde no tenía que sonreír, donde podía simplemente ser.

 Cantinflas lo sabía y le aterraba. En febrero de 1956, dos meses antes de aquella noche en el patio de los cómicos, Cantinflas fue a buscar a Pedro a su casa. Pedro, necesitamos hablar. Mario, ahora no es buen momento. No me importa. Vamos a caminar. Caminaron por las calles de la colonia del Valle durante dos horas.

 Cantinflas le habló directo. Te estás matando, Pedro. No sé de qué hablas. Si sabes las mujeres, los vuelos, el alcohol. Estás corriendo hacia algo y no sé si es hacia adelante o hacia un precipicio. Pedro se detuvo. Miró a Cantinflas con esos ojos que habían enamorado a millones. Mario, yo no soy como tú. Tú tienes todo controlado.

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