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Un Billete de Ida en el AVE Madrid-Sevilla

El aire acondicionado del vagón zumbaba con una monotonía estéril, pero a él le faltaba el oxígeno. Abrió los ojos de golpe, con un jadeo sordo que se ahogó en el fondo de su garganta, como si acabara de emerger de las profundidades de un océano negro y helado. La luz del sol de media mañana, filtrada por el cristal tintado de la ventana, le apuñaló las pupilas. El tren devoraba los rieles con esa suavidad engañosa, casi fantasmal, que solo el tren de alta velocidad, el AVE, podía ofrecer. Trescientos kilómetros por hora a través de la llanura castiza, y sin embargo, dentro del Coche Número 3, el tiempo parecía haberse coagulado.

Un dolor punzante, agudo como un clavo al rojo vivo, le atravesó la sien izquierda. Se llevó la mano instintivamente a la cabeza, esperando encontrar una herida abierta, el cráneo destrozado. No había brecha, pero al bajar la mano temblorosa, la luz fluorescente del techo iluminó algo que hizo que su corazón se detuviera por una fracción de segundo.

Sangre.

No era mucha, pero estaba seca, oscura, incrustada en las líneas de sus palmas y debajo de sus uñas. El óxido marrón de la muerte adherido a su propia piel. Un escalofrío violento le recorrió la columna vertebral. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca como llena de ceniza. ¿Quién soy? La pregunta resonó en su mente, no como una duda existencial, sino con el terror puro y animal del vacío.

¿Quién soy? ¿Dónde estoy?

Miró a su alrededor, moviendo solo los ojos, temiendo que cualquier movimiento brusco alertara a los demás pasajeros de su estado de pánico absoluto. A su izquierda, el pasillo. A su derecha, el paisaje de Castilla-La Mancha desdibujándose en un borrón de tierra ocre y olivos raquíticos. Estaba en un tren. Eso lo sabía. Reconoció el logotipo de Renfe en los reposacabezas de los asientos granates. Pero no había ningún recuerdo anterior a este preciso instante. Su mente era una pizarra borrada con furia, un agujero negro que se tragaba cualquier intento de anclar su identidad.

Bajó la vista hacia la bandeja plegable frente a él. Había dos objetos. Solo dos cosas que lo ataban a la realidad material.

El primero era un billete de tren. Lo cogió con dedos entumecidos. AVE 02114. Madrid-Puerta de Atocha a Sevilla-Santa Justa. Coche 3. Asiento 14B. Billete de ida. Tarifa general. Ningún nombre impreso. Solo un código de barras y un destino final al sur. Sevilla. ¿Por qué iba a Sevilla? ¿Qué había dejado en Madrid?

El segundo objeto estaba bocabajo. Una fotografía polaroid. Sus bordes estaban ligeramente arrugados, como si alguien la hubiera apretado con demasiada fuerza. Cuando le dio la vuelta, el aire abandonó definitivamente sus pulmones, dejándolo al borde del desmayo.

Era una foto de una familia. Una mujer joven, de sonrisa deslumbrante y cabello castaño alborotado por el viento, sostenía en brazos a una niña pequeña de no más de cuatro años, vestida con un peto vaquero. Ambas miraban a la cámara, irradiando una felicidad dolorosamente cotidiana. Pero no era la imagen lo que le hizo apretar los dientes hasta que las encías le dolieron. Era la mancha. Una enorme, espesa y macabra huella dactilar de sangre seca cruzaba el rostro de la mujer, oscureciendo sus ojos y descendiendo hasta el cuello de la niña.

—Dios mío… —susurró, una voz que no reconoció como propia, áspera y grave.

Un destello cruzó su mente. Un sonido. No, no un sonido… un grito. Un grito desgarrador de mujer rebotando contra paredes de azulejos blancos. El olor acre a pólvora quemada y lejía. Cerró los ojos con fuerza, apretándose las sienes con las palmas manchadas, intentando atrapar esa imagen, pero se desvaneció en la niebla de su amnesia tan rápido como había llegado.

Se revisó desesperadamente los bolsillos de la chaqueta, una americana gris marengo que le quedaba perfectamente a medida pero que olía a sudor frío y pánico. En el bolsillo interior, un teléfono móvil apagado y sin batería. En el bolsillo derecho del pantalón, un mechero metálico Zippo pesado y frío. Ninguna cartera. Ningún documento de identidad. Absolutamente nada que le dijera si era un hombre de negocios, un padre de familia, o un asesino.

La duda se clavó en su pecho. ¿Es esta mi familia? Miró de nuevo la fotografía manchada. Sintió una angustia terrible, un nudo en el estómago, pero… ¿era amor lo que sentía? ¿O era culpa? La sangre en sus manos y la sangre en la foto contaban una historia que su cerebro se negaba a procesar.

El tren tomó una curva suave. El leve chirrido de las ruedas contra los raíles de acero le hizo alzar la vista. Fue entonces cuando la paranoia comenzó a tejer su red.

El vagón estaba a medio llenar. A un par de filas por delante, un ejecutivo tecleaba furiosamente en su portátil. Al otro lado del pasillo, una pareja mayor compartía unos auriculares, durmiendo pacíficamente. Pero en la parte trasera del vagón, cerca de las puertas automáticas de cristal que separaban los coches, había un hombre.

Llevaba un abrigo negro de corte impecable, demasiado grueso para la cálida primavera española. Estaba sentado en la última fila, de cara a él. Y no estaba mirando el móvil. No estaba leyendo. Lo estaba mirando directamente a él.

Los ojos del hombre del abrigo negro eran dos pozos inexpresivos bajo el ala de una gorra oscura. Cuando el hombre de la memoria borrada sostuvo su mirada, el extraño no apartó la vista. Al contrario, esbozó una sonrisa levísima, casi imperceptible, fría como el mármol de una morgue, y levantó una mano, golpeando el cristal de su propio reloj de pulsera con el dedo índice. Tic, tac. El tiempo corre.

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