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Vicente Fox: El Presidente “TÍTERE”… El Embrujo de Marta và el Robo de los Bribiesca. -d

Vicente Fox: El Presidente “TÍTERE”… El Embrujo de Marta và el Robo de los Bribiesca. -d

2 de julio de 2000. El zócalo de la ciudad de México estalla como si el país entero hubiera contenido la respiración durante 71 años y por fin pudiera soltarla. Millones celebran la caída del PRI. Vicente Fox, el hombre de las botas, el exjecutivo de Coca-Cola, el ranchero de 1,92 que prometió limpiar la corrupción.

Entra a la historia como el presidente que venía a romper el régimen. Pero esta no es la historia de cómo llegó al poder. Esta es la historia de cómo dejó que el poder entrara a su casa, se sentara a su mesa y destruyera todo lo que había prometido salvar. Porque detrás del cambio que México celebró aquella noche, empezó a crecer algo mucho más oscuro.

 Según versiones, una esposa que no quería ser adorno, sino dueña del trono. Un círculo familiar que convirtió Los Pinos en centro de favores, contratos y ambiciones. y un presidente que, cegado por su necesidad de tener una familia perfecta frente a las cámaras, terminó entregando no solo su apellido, sino el sentido entero de su mandato.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como un hombre que había derrotado a un sistema de siete décadas, terminó presuntamente bajo la influencia de Marta Saagú y de historias tan turbias que en México todavía se repite una palabra con escalofrío, tolo. Segundo, como el escándalo de las toallas de lujo fue apenas la cortina de humo de algo mucho más grande, una red de dinero, contratos y privilegios que olía a saqueo.

Tercero, como los hijos de Marta, Manuel y Jorge Briviesca pasaron de estar cerca del poder a ser señalados en el corazón de una maquinaria de tráfico de influencias, Pemex, Oceanografía y millones de pesos que parecían no tener fondo. Y cuarto, la traición final. La carta brutal de Alfonso Durazo en 2004 y el derrumbe de un hombre que años después acabaría vendiendo saludos en internet mientras su legado se convertía en burla. Guarda esta idea desde ahora.

A Vicente Fox no lo destruyó un rival, lo vaciaron desde adentro. Y para entender cómo ocurrió, hay que volver al origen. Todo comenzó lejos del Zócalo, lejos de los reflectores, lejos del rugido de la multitud, que décadas después lo llamaría Salvador de México. San Francisco del Rincón, Guanajuato, 1942. Un país que todavía estaba aprendiendo a caminar después de la revolución.

 Un campo donde el polvo se pegaba a las botas, donde el apellido pesaba más que los sueños y donde los hombres aprendían muy pronto una lección sencilla y brutal. Mandar era sobrevivir. Ahí nació Vicente Fox Quesada en una familia con tierra, con orden, con disciplina, con una idea muy clara de lo que significaba el poder.

 No era un niño pobre, no era un muchacho sin oportunidades, pero sí era alguien que desde muy temprano entendió el valor de la imagen y eso al final sería una de las semillas de su ruina, porque Fox descubrió pronto algo que después explotaría como nadie en la política mexicana. La gente no solo vota por ideas, la gente vota por personajes, por símbolos, por hombres que parecen salidos de una película que promete rescate.

 Alto, desgarbado, con esa voz áspera de ranchero, con botas, con modales bruscos y con el aire del hombre que no pide permiso. Vicente Fox empezó a construir una figura que parecía diseñada para un país, cansado de los mismos apellidos, de los mismos trajes oscuros, de las mismas mentiras envueltas en discursos perfectos.

 En 1964 entró a Coca-Cola, no arriba, abajo. Empezó desde posiciones menores aprendiendo rutas, ventas, logística, disciplina empresarial y subió. Vayas y subió. Con los años se convirtió en uno de los hombres fuertes de la compañía en México y América Latina. Ese ascenso fue real. Ese talento existía, no era un invento.

 Sabía vender, sabía mandar, sabía convencer y más importante todavía, sabía convertir su propia historia en una marca. El empresario eficiente, el hombre del campo, el ejecutivo moderno, el mexicano distinto. Guarda esto en tu mente porque va a ser importante después. Antes de conquistar un país, Fox aprendió a venderse a sí mismo.

 Pero mientras su figura pública se hacía cada vez más sólida, su casa empezaba a llenarse de silencios. En 1969 se casó con Lilian de la Concha. Parecían una pareja estable, respetable, correcta, el tipo de matrimonio que luce bien en las fotos y mejor todavía en campaña. Sin embargo, detrás de esa imagen había una herida que nunca cerró del todo.

 No pudieron tener hijos biológicos. Adoptaron cuatro. Ana Cristina, Vicente, Paulina y Rodrigo intentaron construir la familia completa que la vida les había negado por otro camino. Intentaron parecerse a la idea de felicidad que el país esperaba de ellos y por un tiempo funcionó, o al menos eso parecía. Porque hay hogares que no se rompen con un grito, se rompen con ausencias, con cenas vacías, con puertas cerradas, con viajes interminables, con la sensación de que el hombre que sonríe en las fotos ya no vive realmente ahí. A medida que Fox se

hundía más en sus ambiciones, primero empresariales y luego políticas, la familia fue dejando de ser refugio para convertirse en escenografía. Él seguía avanzando, seguía creciendo, seguía soñando con algo más grande, pero en el proceso empezó a vaciar el único lugar donde un hombre aprende quién es cuando nadie lo aplaude.

 En 1990, el matrimonio se quebró. Después de 21 años, Lilian pidió el divorcio. Y aquí es donde empieza de verdad el abismo, porque esa separación no solo destruyó una relación, destruyó la ilusión que Fox tenía de sí mismo. El hombre fuerte, el hombre exitoso, el hombre destinado a salvar a México, no había podido salvar su propia casa.

 Y para alguien obsesionado con el control, con la imagen y con la idea de encarnar un destino histórico, eso no era una simple pérdida sentimental, era una humillación íntima, una grieta, un vacío. Quizá tú también has visto algo así alguna vez. Personas que parecen invencibles en público y, sin embargo, toman sus peores decisiones justo cuando más miedo tienen de quedarse solas.

 Eso fue lo que empezó a ocurrir con Vicente Fox, el empresario brillante, el futuro gobernador de Guanajuato en 1995, el hombre que se convertiría en presidente en 2000 con niveles de aprobación que rozarían el 70%. Todo eso ya venía en camino, pero por debajo de ese ascenso había otra historia, una menos gloriosa, una mucho más peligrosa, la de un hombre que necesitaba reconstruir una familia perfecta para no derrumbarse por dentro.

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