El asfalto de Madrid sangraba bajo la tormenta. No era una lluvia poética, de esas que lavan los pecados de la ciudad; era un aguacero denso, violento, que golpeaba el parabrisas del SEAT León camuflado como si intentara romper el cristal. En el interior, el aire olía a café rancio, tabaco negro y adrenalina estancada. La inspectora Valeria Vargas frotó sus ojos irritados, sintiendo la arena de la falta de sueño rasparle las córneas. Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir.
Frente a ella, al otro lado de la calle abandonada en las profundidades de Vallecas, se alzaba una nave industrial en ruinas. Dentro estaba Alejandro Cruz. El eslabón perdido. El hombre que conectaba a las mafias del puerto de Valencia con los sicarios que habían estado dejando cadáveres desmembrados en los contenedores de basura del barrio de Salamanca. Llevaban meses detrás de él. Y esta noche, por fin, iban a cazarlo.
Valeria miró el reloj del salpicadero. Las 21:54. Faltaban exactamente seis minutos para que el equipo táctico del GEO derribara esa puerta de hierro oxidado y el infierno se desatara.
A su lado, la radio policial emitía ráfagas de estática y susurros en clave. Mateo, su compañero, estaba en el callejón trasero, empapándose hasta los huesos, esperando su señal. Todo estaba listo. Todo era perfecto. Un arresto de manual.
Entonces, su teléfono personal vibró en el posavasos.
No era el móvil del trabajo. Era su iPhone personal. La pantalla se iluminó, proyectando un brillo fantasmal sobre su rostro pálido. Valeria frunció el ceño. Nadie la llamaba a ese número durante un operativo. Nadie, excepto su madre, que estaba en una residencia con Alzheimer, o el hospital.
El corazón le dio un vuelco. Agarró el aparato, pero al mirar la pantalla, la respiración se le cortó.
En el identificador de llamadas no ponía “Hospital”, ni “Mamá”.
Ponía: YO. Y debajo, su propio número de teléfono.
Valeria parpadeó, confundida. Miró la pantalla, luego miró sus propias manos. Tenía el teléfono en la mano derecha. ¿Cómo iba a estar llamándose a sí misma?
—Maldito spoofing —murmuró, pensando que algún hacker de la red de Cruz estaba intentando interferir en las comunicaciones o gastar una broma macabra. Estuvo a punto de rechazar la llamada y apagar el terminal. Era el protocolo. Pero algo la detuvo. Un presentimiento frío, reptante, que le subió por la base de la nuca. El teléfono seguía vibrando en su mano, como si estuviera vivo. Como si suplicara ser contestado.
Deslizó el dedo por la pantalla verde y se llevó el auricular al oído.
—¿Sí? —dijo, con voz áspera, profesional.
Al otro lado de la línea, solo había un silencio pesado. Un silencio roto por una respiración agitada, entrecortada. Alguien jadeaba. Alguien que estaba aterrorizado. De fondo, Valeria pudo escuchar un sonido rítmico, metálico. Sirenas. Y el inconfundible repiqueteo de la lluvia cayendo sobre un charco inmenso. Exactamente igual que el sonido que la rodeaba en ese momento.
—¿Quién es? —exigió Valeria, bajando el tono de voz. Estaba a punto de colgar.
—Val… —dijo la voz.
Valeria se congeló. El teléfono casi se le resbala de los dedos sudorosos. No era posible. Conocía esa voz. La escuchaba todos los días en las grabaciones de los interrogatorios, en las notas de voz que se dejaba a sí misma, en su propia cabeza.
Era su voz.
—¿Quién diablos eres y cómo estás usando mi voz? —gruñó, la furia reemplazando al desconcierto. La inteligencia artificial avanzaba rápido, sí, los deepfakes de audio existían. Pero esto era demasiado preciso. El tono, la ligera ronquera por el tabaco, el leve acento andaluz que solo afloraba cuando estaba nerviosa. Todo estaba ahí.
—Valeria, por favor, por el amor de Dios, escúchame —sollozó la voz. Estaba rota. Desesperada—. No cuelgues. Soy tú. Te estoy llamando desde las cuatro de la madrugada. Tienes que abortar.
Valeria sintió que el estómago se le hundía en ácido. Miró el reloj. 21:56. —Esto es una broma de muy mal gusto. Te voy a rastrear, pedazo de…
—¡Cállate y escúchame! —gritó la voz al otro lado, con una autoridad que a Valeria le resultó perturbadoramente familiar. Era su propio tono de mando—. No hay tiempo. Estás en el León camuflado frente a la nave de Vallecas. El limpiaparabrisas izquierdo hace un ruido insoportable. Mateo está en el callejón de atrás y acaba de quejarse por radio de que se le está mojando el tabaco.
El walkie-talkie de Valeria cobró vida en ese preciso instante. —Val, joder con la tormenta. Se me ha empapado el paquete de Ducados. ¿Entramos ya o qué? —crepitó la voz de Mateo.
El frío absoluto se apoderó de las venas de Valeria. No. Era un truco. Tenían los micrófonos pinchados. Tenía que ser eso. —Cualquiera con un escáner policial podría saber eso —susurró ella, temblando.
—Bien. Quieres pruebas. Algo que nadie sepa. Absolutamente nadie —la voz al otro lado tragó saliva, sonaba débil, como si estuviera perdiendo sangre—. Hoy, antes de salir de casa, te miraste al espejo del baño. Tocaste la cicatriz que tienes bajo las costillas, la que te hizo aquel yonqui en Lavapiés, y pensaste: “Si muero hoy, al menos no tendré que pagar la hipoteca el mes que viene”. Nadie sabe eso, Valeria. Porque ni siquiera lo dijiste en voz alta.
El aire abandonó los pulmones de la inspectora. Era cierto. Aquel pensamiento morboso y fugaz había cruzado su mente apenas tres horas atrás, en la más estricta intimidad de su cuarto de baño.
—¿Cómo…? —logró articular.
—No sé cómo funciona esto. No sé por qué esta llamada está pasando. Solo sé que te estoy llamando desde mi teléfono ensangrentado en medio del puto caos —la voz de la Valeria del futuro temblaba con un terror abismal—. Faltan tres minutos para que des la orden de entrada. ¡No lo hagas! Si arrestas a Cruz esta noche, firmas la sentencia de muerte de todos.
—Es un criminal. Lleva meses evadiéndonos. ¡Tenemos la orden judicial, joder!
—¡No es un simple narco, Valeria! ¡Es un puto detonador! —gritó la voz desde el futuro—. Si lo acorralas, si entras en esa nave, él activará el protocolo. La nave está cableada con C-4. No solo morirá Mateo. Morirán los quince geos. Y el fuego se extenderá al bloque de pisos de al lado. Hay familias enteras durmiendo, Val. Niños. Yo… yo los he visto arder. Llevo seis horas viendo cómo sacan bolsas pequeñas de los escombros.
Las lágrimas asomaron a los ojos de Valeria. La imagen mental era insoportable. Pero su sentido del deber, su instinto policial entrenado durante décadas, luchaba contra la locura de la situación. —Esto es imposible. Los viajes en el tiempo, las llamadas al pasado… me estoy volviendo loca. Me han echado algo en el café.
—¡Valeria, mírame! ¡Mírate! —suplicó la voz—. Hazlo. Aborta la misión. Diles que el confidente mintió, diles que has visto movimiento civil, diles lo que te dé la gana, pero saca a los chicos de ahí. ¡Ahora!
De repente, a través del teléfono, la Valeria del presente escuchó un ruido espeluznante. Un chirrido de neumáticos, un grito desgarrador (su propio grito), y luego…
¡BANG!
El estampido de un disparo resonó a través del auricular, tan fuerte que Valeria apartó el teléfono de su oreja. —¿Hola? ¡¿Hola?! —gritó.
Pero la línea estaba muerta. Solo quedaba el tono de desconexión. Pip. Pip. Pip.
Valeria se quedó mirando la pantalla negra de su teléfono. Las manos le temblaban tanto que el dispositivo repiqueteaba contra el volante. Su mente era un torbellino de racionalidad y pánico puro. Si entraban, todos morían. Niños quemados. Bolsas pequeñas. Su propia voz, agonizando.
—Val, jefa. 21:59. El GEO está en posición. Esperando la luz verde —sonó la radio. Era el capitán de la unidad táctica.
Valeria miró hacia la nave. Podía imaginar los cables. Podía imaginar los explosivos escondidos entre las cajas de contrabando. Podía ver a Mateo, su mejor amigo, volando en pedazos en el callejón.
Tenía cinco segundos para decidir. Si daba la orden y la llamada era un engaño maestro de la mafia, atraparía a Cruz. Si la llamada era real y daba la orden, tendría la sangre de decenas de inocentes en sus manos por el resto de su (probablemente muy corta) vida.
Apretó el botón del transmisor. El pulgar le dolía por la presión. —Aquí Vargas. Aborten. Repito, aborten la operación. Código rojo de seguridad. Retirada inmediata.
Hubo un silencio pesado en la radio. Un silencio que presagiaba problemas. —Vargas, ¿qué cojones dices? —era Mateo, su voz aguda por la indignación—. ¡Lo tenemos! ¡Está ahí dentro!
—¡He dicho que aborten, joder! —gritó Valeria, perdiendo los nervios—. ¡Es una trampa! ¡El edificio está minado! ¡Sacad a los hombres de ahí, ahora mismo!
La autoridad en su voz no dejó lugar a dudas. En menos de un minuto, las sombras que rodeaban la nave comenzaron a retroceder. Valeria arrancó el motor de su coche, sudando frío, sintiendo que acababa de cometer el mayor error de su carrera, o el mayor acierto de su vida. Se alejó del lugar mientras veía por el retrovisor cómo los furgones policiales se dispersaban en silencio, perdiéndose en la noche madrileña.
Aparcó a tres manzanas de distancia y esperó. Quince minutos. Media hora. Una hora. Nada explotó. La nave industrial permaneció oscura y silenciosa bajo la lluvia.
Poco después, Mateo se metió en el asiento del copiloto, empapado, furioso, goteando agua sobre la tapicería y mirándola con un odio indisimulado. —Espero que tengas una buena jodida explicación para esto, Val. Asuntos Internos nos va a crucificar. Cruz se ha esfumado. Cuando los chicos del escuadrón antibombas entraron hace diez minutos, no había nada. Ni C-4, ni cables, ni Cruz. Solo cajas vacías y olor a tabaco rubio.
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. —No había… ¿no había bombas? —Nada. Ni un maldito petardo. Te has vuelto paranoica, Vargas. Y acabas de dejar escapar al asesino más buscado del país.
El mundo empezó a girar. La llamada. La maldita llamada. Había sido un truco. La habían engañado. Su propia mente, el estrés, un software increíblemente sofisticado… había arruinado meses de trabajo. La culpa la golpeó como un tren de mercancías.
Condujeron en silencio de vuelta a la Jefatura Superior de Policía en la Avenida de los Poblados. Cada semáforo en rojo era un latigazo a su conciencia. Había fracasado. Cuando llegaron, el ambiente en la comisaría era un funeral. Miradas de reojo, susurros. El jefe de homicidios la mandó a su despacho para redactar el informe de la suspensión inmediata.
Eran las 23:45.
Valeria estaba sentada frente al ordenador, tecleando su dimisión con dedos temblorosos. La taza de café a su lado estaba helada. El silencio de la oficina, habitualmente bulliciosa, era sepulcral, ya que la mayoría del turno de noche estaba fuera patrullando o en la cafetería intentando asimilar el fiasco de Vallecas.
Entonces, el teléfono de su mesa, el fijo de la policía, sonó. Valeria lo ignoró. Seguramente era la prensa, o algún comisario pidiendo su cabeza.
Pero luego, su móvil personal volvió a vibrar.
Valeria se paralizó. La pantalla se iluminó. YO.
El pánico primitivo, puro y duro, se instaló en su garganta. No quería contestar. Quería lanzar el teléfono contra la pared de ladrillo visto hasta que se hiciera añicos. Pero su instinto, esa curiosidad morbosa y destructiva que la había hecho policía, la obligó a cogerlo.
Deslizó el dedo. Se lo llevó a la oreja. No dijo nada.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó la voz al otro lado. Era ella de nuevo. Pero esta vez no sonaba solo aterrorizada; sonaba completamente desquiciada, al borde de la histeria. De fondo se oían gritos ensordecedores. Alarmas contra incendios. Disparos continuos.
—¿Quién eres? —susurró Valeria, con las lágrimas a punto de brotar—. Me engañaste. No había bombas. Cruz se escapó. Estoy acabada.
—¡Por supuesto que no había bombas en la nave, estúpida! —gritó su yo del futuro—. ¡Te dije que no lo arrestaras! ¡Al dejarlo escapar, cambiaste la línea de tiempo, pero lo hiciste peor! ¡Mucho peor!
—¿De qué estás hablando?
—¡Al no acorralarlo en Vallecas, Cruz supo que lo habíamos descubierto! ¡Se ha vuelto loco! ¡Piensa que hay un traidor en su organización y ha decidido arrasar con todo antes de huir de Madrid! ¡Escúchame, Valeria, escúchame bien! Son las 05:00 AM en mi tiempo. ¡El centro de Madrid es una zona de guerra!
Valeria se levantó de la silla de un salto, tirando la taza de café al suelo. —No te creo. Esto es una locura.
—¡Escucha los disparos! —rugió la voz. Valeria acercó el teléfono. Efectivamente, el ruido de fondo era aterrador. Ráfagas de armas automáticas, cristales rompiéndose, el llanto de la gente. Era el sonido del fin del mundo—. Al dejarlo ir, le diste tiempo. Fue a su piso franco en Gran Vía. Reunió a todos sus sicarios. Y a la 01:30 de la madrugada, asaltaron la discoteca Teatro Kapital.
—Dios mío… —susurró Valeria. Kapital. A esa hora, un sábado de tormenta, habría más de mil quinientas personas dentro.
—¡Están masacrando a todo el mundo! ¡Tienen rehenes! ¡La policía intentó entrar y tienen armamento pesado! ¡Mateo…! —la voz del futuro se quebró en un sollozo ahogado, un sonido de puro dolor que a Valeria le partió el alma en dos, porque sabía exactamente cómo se sentía ese nivel de sufrimiento—. Mateo ha muerto, Val. Le han volado la cabeza frente a mis propios ojos intentando negociar en la puerta principal. Tienes su sangre en la camisa. Yo tengo su sangre en la camisa.
Valeria se miró la blusa blanca, inmaculada. Sus rodillas flaquearon y tuvo que apoyarse en el escritorio para no caer. —¿Qué hago? Dímelo. ¿Qué hago para arreglar esto?
—¡Tienes que matarlo! —la orden fue fría, directa, desprovista de cualquier ética policial. Era la voz de una asesina desesperada—. No puedes arrestarlo. No puedes llamar a los refuerzos. Si el sistema se entera, el topo le avisará y volverá a cambiar de plan. Tienes que ir tú sola. Ahora mismo. Son las 23:50 en tu tiempo. Cruz llegará a su piso franco en la calle San Bernardo en veinte minutos para armarse. Tienes que interceptarlo en el callejón de atrás. Mátalo, Valeria. Pégale un tiro en la maldita cabeza y salva a toda esa gente. Sálvalo a él. Salva a Mateo.
—Soy policía, no un puto sicario… —balbuceó.
—¡Eres un cadáver caminando si no lo haces! ¡Mírate, Valeria! ¡Mírate al espejo! —la línea crujió con una explosión sorda al fondo—. ¡Me están acorralando! ¡Van a entrar en la habitación! ¡Prométeme que lo harás! ¡MÁTALO!
Otra vez, un estruendo. Ráfagas de ametralladora. Y luego, el espantoso, húmedo y definitivo sonido de un cuerpo cayendo al suelo. La línea se cortó.
Valeria se quedó petrificada. El zumbido de los tubos fluorescentes del techo de la oficina parecía ensordecedor. Miró a través de las persianas venecianas hacia la sala de los detectives. Allí estaba Mateo, bebiendo agua de la máquina, con el ceño fruncido, visiblemente enojado con ella, pero vivo. Su amigo, su compañero desde hacía diez años. El padrino de la hija que nunca tendría.
Iba a morir con la cabeza destrozada en las puertas de una discoteca en poco más de dos horas. A menos que ella se convirtiera en un monstruo.
Abrió el cajón inferior de su escritorio. Apartó unos expedientes viejos y sacó su arma no reglamentaria. Una Glock 19 sin número de serie que había confiscado en una redada años atrás y que, por algún oscuro instinto de supervivencia, nunca había entregado a la sala de pruebas. Cargó el cargador con movimientos mecánicos, fríos. Quince balas. Introdujo el cargador en la empuñadura. Click. Tiró de la corredera. Un cartucho en la recámara.
Guardó el arma en la parte trasera de la cintura de sus pantalones oscuros, se puso la chaqueta de cuero negra y caminó hacia la salida.
—Eh, Val —la llamó Mateo cuando pasó por su lado. Él suavizó la mirada—. Oye, sobre lo de Vallecas… el jefe está cabreado, pero lo superaremos. Quizá necesitabas descansar. Vete a casa. Mañana lo arreglamos.
Valeria se detuvo. Lo miró a los ojos. Eran ojos buenos, leales. Sintió un nudo en la garganta del tamaño de una roca. Quería abrazarlo, decirle que todo iba a estar bien. En cambio, le sostuvo la mirada y asintió levemente. —Sí. Voy a casa a descansar. Nos vemos mañana, Mateo.
—Ten cuidado con la lluvia —le sonrió él, dándose la vuelta.
Esa sonrisa fue el detonante. Valeria sabía lo que tenía que hacer. Salió a la calle, donde la tormenta había arreciado, convirtiendo las avenidas de Madrid en ríos de alquitrán oscuro. Se subió a su propio coche, un viejo Peugeot 208, encendió el motor y pisó el acelerador a fondo, saltándose el primer semáforo en rojo hacia la calle San Bernardo.
Tenía quince minutos para llegar. Quince minutos para cometer un asesinato a sangre fría. Quince minutos para convertirse en la villana, y así evitar el apocalipsis.
Conducir por el centro de Madrid bajo ese diluvio era casi suicida. Los limpiaparabrisas no daban abasto. Valeria derrapó al tomar la glorieta de Bilbao, los neumáticos chirriando sobre el asfalto mojado. Su mente trabajaba a mil por hora. La paradoja temporal. Si ella lo mataba ahora, la masacre no ocurriría. Pero si la masacre no ocurría, ¿cómo podía su yo del futuro haberla llamado? ¿Acaso se crearía una nueva rama temporal? La física cuántica le daba igual. Solo le importaba la sangre de Mateo. No iba a permitirlo.
Aparcó el coche a dos manzanas de distancia, subiendo la mitad del vehículo a la acera. Apagó las luces y salió a la lluvia. El frío de noviembre le caló los huesos al instante, pero el fuego de la adrenalina la mantenía en movimiento. Caminó rápidamente por las aceras oscuras, pegándose a las paredes de los viejos edificios señoriales de Malasaña.
Llegó a la parte trasera de la calle San Bernardo. Un callejón estrecho y lúgubre, flanqueado por contenedores de basura rebosantes y paredes cubiertas de grafitis empapados. Olía a orina y a asfalto mojado. El piso franco de Cruz estaba en la tercera planta de un edificio de arquitectura decimonónica, cuya entrada de servicio daba directamente a ese callejón.
Eran las 00:08. Había llegado a tiempo.
Valeria se escondió en las sombras, detrás de unos contenedores de reciclaje de cartón. Sacó la Glock de su cintura. El metal estaba frío, pesado. Le temblaban las manos. Había disparado antes en su carrera, por supuesto. Había herido a delincuentes en tiroteos. Pero nunca, jamás, había ejecutado a un hombre por la espalda de forma premeditada. Su respiración formaba nubes de vapor en el aire frío de la noche.
De repente, unos faros iluminaron la entrada del callejón. Un Audi Q7 negro con los cristales tintados entró despacio, rompiendo los charcos. Se detuvo justo en la puerta de servicio del edificio. El motor seguía ronroneando en silencio.
La puerta trasera se abrió. Un hombre salió a la lluvia. Era él. Alejandro Cruz. Vestía un abrigo de cachemira oscuro y llevaba un maletín metálico en la mano. Su perfil, iluminado tenuemente por una farola lejana, coincidía perfectamente con las cientos de fotografías que Valeria había estudiado durante los últimos siete meses. El corte de pelo impecable, la mandíbula cuadrada, la crueldad inherente en sus movimientos precisos.
Le dio unas instrucciones inaudibles al conductor y se giró hacia la puerta del edificio, metiendo la mano en el bolsillo del abrigo para sacar las llaves.
Era el momento. Estaba de espaldas. El blanco perfecto. Apenas diez metros de distancia.
Valeria salió de su escondite. Levantó la Glock. Alineó las miras de tritio verde con la base de la nuca de Cruz. El corazón le latía tan fuerte que creía que el pecho le iba a estallar.
“Por Mateo. Por las víctimas de Kapital. Por la niña del abrigo rojo de la visión”, se repitió como un mantra.
Puso el dedo sobre el gatillo. Empezó a aplicar presión. Solo un kilo de presión más y el percutor golpearía el fulminante, enviando una bala de 9mm a novecientos metros por segundo directamente al cráneo del monstruo.
Justo cuando estaba a punto de disparar… su teléfono personal vibró y emitió su tono de llamada predeterminado a todo volumen en el silencioso callejón.
¡Ring, ring!
Cruz se giró como un resorte, abandonando las llaves en la puerta. Su instinto de asesino era sobrenatural. Al ver la silueta de Valeria apuntándole con un arma en la oscuridad, no dudó ni un microsegundo. Dejó caer el maletín y sacó una SIG Sauer de debajo del abrigo.
Valeria reaccionó por puro reflejo, disparando un segundo tarde.
¡Bang! Su bala rozó el hombro de Cruz, destrozando la pared de ladrillo detrás de él.
Cruz respondió con dos disparos rápidos y precisos.
¡Bang! ¡Bang!
El primer proyectil perforó el contenedor de basura junto a Valeria, esparciendo basura húmeda. El segundo le rozó el brazo izquierdo, quemándole la carne y desgarrando el cuero de su chaqueta. El dolor fue agudo y eléctrico, obligándola a retroceder y cubrirse detrás del acero del contenedor.
—¡Joder! —gritó ella, agarrándose el brazo sangrante.
Cruz no intentó avanzar. Aprovechando que Valeria estaba a cubierto, dio una patada a la puerta de servicio, que cedió con un crujido, recogió su maletín y se metió en el edificio, perdiéndose en la oscuridad del hueco de la escalera. El Audi Q7 aceleró marcha atrás y huyó del callejón chirriando ruedas.
Valeria se quedó allí, jadeando, bajo la lluvia, con el brazo sangrando profusamente. Había fallado. El factor sorpresa se había desvanecido. Cruz sabía que iban a por él.
Y entonces, se dio cuenta de que su teléfono, tirado en el suelo sobre un charco, seguía iluminado y vibrando.
Se arrodilló, ignorando el dolor agudo de su herida, y cogió el aparato. La pantalla estaba resquebrajada por la caída, pero el identificador de llamadas era perfectamente visible.
YO.
El terror la inundó. Contestó, con las manos manchadas de su propia sangre, resbalando sobre la pantalla táctil.
—¡Me has hecho fallar! —gritó Valeria, sollozando de frustración y dolor, hablando por el altavoz—. ¡Lo tenía a tiro y maldita sea, llamaste y lo alertaste!
Esta vez, la voz al otro lado no era de pánico. Era una voz sepulcral, oscura, carente de toda emoción. Era una voz que provenía del vacío absoluto. Y era la suya.
—Valeria… —susurró la voz, con un eco metálico que helaba la sangre—. Son las 07:00 AM. El sol está saliendo en Madrid. El cielo está rojo. Rojo y lleno de ceniza.
—¿De qué hablas? Lo he fallado. Entró en el edificio. Voy a entrar a por él. Voy a terminar el trabajo.
—¡No lo persigas! —la voz de repente cobró una urgencia aterradora, como si mil demonios le estuvieran pisando los talones—. ¡Lo cambiaste otra vez! Al atacarlo en la calle y obligarlo a entrar en su propio piso sin seguridad, desataste el Protocolo Omega.
—¿Qué es el Protocolo Omega? ¡Habla claro, maldita sea! —exigió Valeria, revisando su cargador mientras la sangre le escurría por los dedos.
—Ese maletín… el maletín que llevaba. No era dinero. No era droga. Era un dispositivo de dispersión radioactiva, Valeria. Una bomba sucia. Cruz es solo un peón de algo mucho más grande, un puto eslabón del terrorismo internacional. Cuando disparaste, él entró en pánico. Pensó que el CNI y el Mossad estaban allí. Ha subido al ático. Lo ha activado.
Valeria miró hacia arriba. A través de la lluvia torrencial, vio una luz tenue encenderse en la última planta del edificio.
—La detonación ocurrirá en exactamente cuatro minutos —continuó la voz de su yo futuro, y ahora Valeria podía escuchar la resignación absoluta en sus palabras. Se escuchaba un viento fiero de fondo, y un contador Geiger crepitando locamente—. No matará a mucha gente con la explosión. Pero el cesio-137… El viento lo está esparciendo. Todo el centro de Madrid… Malasaña, Sol, Gran Vía. En mi tiempo, la gente está vomitando sangre en las calles. Evacuación total. Cientos de miles de infectados. Madrid está muerta, Valeria. Has matado a la ciudad.
—No. No, no, no… —Valeria se agarró la cabeza, su mente fragmentándose. Cada acción que tomaba para evitar una catástrofe, generaba una de proporciones bíblicas. El efecto mariposa la estaba aplastando.
—Huye —le dijo su voz—. Solo huye. Corre lo más lejos que puedas. Sal de la zona cero. Si entras, morirás por la radiación antes de llegar al segundo piso. Te he llamado para que te salves tú. Es lo único que queda.
La línea se cortó de nuevo. Silencio. Solo la lluvia cayendo incesante.
Valeria miró el edificio. Cuatro minutos. Tenía cuatro minutos para huir a su coche, conducir hacia las afueras y ver cómo el corazón de España se convertía en un páramo radioactivo, sabiendo que todo era culpa suya.
O…
Apretó la mandíbula. El dolor de la herida en el brazo parecía haber desaparecido, reemplazado por una gélida y absoluta determinación. Miró la Glock en su mano. Le quedaban trece balas.
Si el futuro era maleable, iba a moldearlo a martillazos. No iba a huir.
Rompió el cristal de la alarma de incendios del exterior del edificio con la culata del arma, rezando para que el estruendo despertara a los vecinos y evacuaran. Luego, pateó lo que quedaba de la puerta trasera y se adentró en la oscuridad del hueco de las escaleras. Las luces estaban apagadas. El olor a humedad y pintura vieja llenaba el aire.
Comenzó a subir. Un piso. Dos pisos. Sus botas dejaban huellas de sangre y agua en los escalones de mármol. Podía escuchar el sonido sordo de una alarma parpadeante en algún lugar por encima de ella. El sonido de la bomba sucia armándose.
Llegó a la tercera planta. La puerta del ático de Cruz estaba entreabierta. La madera astillada mostraba que no se había molestado en cerrarla con llave, solo la había empujado presa del pánico.
Valeria se pegó a la pared. A través de la rendija, pudo ver una luz azul parpadeante. Y lo vio a él. Alejandro Cruz estaba arrodillado frente a la mesa del salón, tecleando furiosamente en un panel digital integrado en el maletín de metal. Tenía los ojos desorbitados, inyectados en sangre. Parecía un animal acorralado dispuesto a inmolarse.
—Tres minutos para la dispersión. Que os jodan a todos —murmuraba el terrorista, la saliva goteando de su boca.
Valeria apuntó a través de la puerta. Estaba a cinco metros. No podía fallar. No iba a fallar. Iba a vaciarle el cargador en el pecho, desactivar esa cosa y luego sentarse a esperar a que llegaran Asuntos Internos. Su carrera estaba terminada, pero la ciudad viviría.
Respiró hondo, contuvo el aire para estabilizar la puntería.
Y entonces… el teléfono de Cruz sonó. Un pitido agudo, proveniente de un teléfono satelital sobre la mesa.
Cruz paró de teclear. Sus ojos se abrieron aún más. Miró la pantalla del teléfono satelital, vaciló, y lentamente lo cogió. Lo puso en altavoz.
—¿Sí? —dijo Cruz, con voz temblorosa.
La sangre de Valeria se congeló por completo en sus venas, convirtiéndose en hielo sólido. Casi deja caer la pistola. El terror más absoluto y primitivo que un ser humano puede experimentar se apoderó de su cerebro, paralizándola.
Porque la voz que respondió al otro lado del altavoz del teléfono de Cruz… era la de ella. Era la voz de Valeria.
—Alejandro —dijo la voz de Valeria desde el altavoz, pero no sonaba asustada. No sonaba histérica. Sonaba tranquila, fría, calculadora y letalmente autoritaria—. Soy yo. Tienes compañía en el pasillo. La inspectora Vargas ha subido. Está en la puerta.
El mundo se detuvo. La mente de Valeria implosionó. ¿Por qué ella… por qué su voz le estaba advirtiendo al terrorista?
Antes de que Valeria pudiera procesar la monstruosidad de esa traición temporal, Cruz, impulsado por la advertencia, se arrojó al suelo rodando detrás de un sofá pesado, alzando su SIG Sauer hacia la puerta y disparando a ciegas a través de la madera.
Las balas atravesaron la puerta de roble macizo como si fuera papel. Tres impactos ensordecedores.
Valeria sintió un golpe seco en el chaleco, que le quitó el aliento, y luego, una quemadura abrasadora y devastadora en el costado derecho, justo debajo de las costillas. En la misma zona donde tenía la cicatriz antigua.
Salió despedida hacia atrás, cayendo pesadamente sobre el rellano de mármol. La pistola resbaló de sus manos, cayendo por el hueco de las escaleras hasta la planta baja. Estaba desarmada, sangrando por dos heridas graves, y perdiendo la consciencia rápidamente.
Cruz asomó la cabeza por la puerta destrozada. Vio a la inspectora caída, tosiendo sangre. Esbozó una sonrisa cruel.
—Vaya, vaya. Tenías razón —dijo Cruz, hablando hacia el teléfono satelital que aún sostenía.
—Mátala —ordenó la voz de Valeria desde el altavoz del terrorista. Una voz llena de odio—. Mátala y huye. El dispositivo está listo. Y yo te veré en el punto de extracción en una hora.
Cruz apuntó a la cabeza de Valeria. Ella, desde el suelo, con la visión nublada, sintió que el universo entero era una broma demente. Las líneas temporales no se estaban corrigiendo. Se estaban enfrentando entre sí. Y la peor versión de ella misma, una versión corrupta, terrorista, aliada de Cruz, acababa de hacer su jugada desde el futuro para asegurar la destrucción de Madrid.
El dedo de Cruz comenzó a apretar el gatillo…
El dedo de Cruz comenzó a apretar el gatillo.
Y entonces, el relámpago más violento de la noche partió el cielo de Madrid. Un trueno ensordecedor, tan potente que hizo vibrar los cimientos del viejo edificio, estalló en el preciso instante en que la aguja percutora de la SIG Sauer golpeaba el fulminante. Pero el universo, en su caótico e incomprensible diseño, decidió concederle a Valeria un microsegundo de gracia. La humedad extrema, el agua que se había filtrado en el mecanismo del arma de Cruz durante su huida bajo el diluvio, o quizás pura y simple casualidad cósmica, provocaron un fallo de percusión.
¡Click!
El disparo no se produjo. El sonido metálico y hueco resonó en el cráneo de Valeria como una campana de iglesia. Cruz, con los ojos desorbitados por la sorpresa, maldijo en un susurro y tiró de la corredera para expulsar la bala defectuosa. Ese segundo de vacilación fue la diferencia entre la vida y la muerte.
Impulsada por un instinto animal, una furia nacida de la traición incomprensible de su propia voz, Valeria ignoró el dolor agónico que le desgarraba el costado. Con un grito gutural, lanzó su pierna derecha hacia arriba con todas sus fuerzas, impactando la bota de cuero manchada de sangre directamente contra la rodilla de Cruz. El hueso crujió con un chasquido nauseabundo. El terrorista aulló, perdiendo el equilibrio y cayendo de rodillas sobre los fragmentos de madera astillada de la puerta.
Valeria no perdió el tiempo. Se impulsó hacia adelante, clavando los dedos en los ojos de su agresor. Cruz se agitó violentamente, soltando el arma, que rebotó y cayó por el hueco de las escaleras, perdiéndose en la misma oscuridad que había engullido la Glock de la inspectora. Ambos estaban ahora desarmados, envueltos en un combate cuerpo a cuerpo sobre un charco de sangre que se mezclaba con el agua de lluvia.
—¡Maldita zorra! —rugió Cruz, lanzando un puñetazo ciego que impactó en el pómulo de Valeria, haciéndole ver estrellas y saborear el cobre en su boca.
Pero ella no se detuvo. Agarró un pedazo afilado del marco de la puerta destrozada y, con un movimiento brutal y desesperado, lo hundió en el muslo de Cruz. El hombre emitió un alarido de dolor puro, soltándola y llevándose las manos a la herida de la que brotaba un chorro oscuro y caliente.
Valeria se arrastró hacia atrás, tosiendo sangre, sintiendo que sus pulmones se llenaban de líquido con cada respiración. Miró hacia el interior del ático. Sobre la mesa de cristal, el maletín de metal negro parpadeaba con una insistencia macabra. El temporizador digital marcaba los últimos segundos.
00:15… 00:14… 00:13…
—No vas a poder… —escupió Cruz desde el suelo, sonriendo con los dientes manchados de rojo—. Tu otra yo… ella me garantizó el éxito. El futuro ya está escrito, inspectora.
Valeria se puso en pie a duras penas, apoyándose en la pared. Le dolía respirar, le dolía existir. Cada latido de su corazón enviaba una onda de choque abrasadora a través de su abdomen perforado. Ignoró al terrorista y avanzó a trompicones hacia la mesa.
00:08… 00:07…
La pantalla del dispositivo era un amasijo de cables, circuitos y un cilindro de plomo pesado que albergaba el isótopo radiactivo. Valeria no era experta en explosivos, pero sabía reconocer un detonador de presión. Si intentaba arrancar los cables al azar, aceleraría la detonación. Sus manos, resbaladizas por su propia sangre, temblaban incontrolablemente.
00:04… 00:03…
El teléfono satelital seguía en la mesa, con la llamada aún activa. Desde el altavoz, la voz fría y distante de la Valeria del futuro se dejó escuchar una vez más. —Es inútil. Aléjate, Valeria. Acepta el nuevo orden.
—Vete al infierno —susurró Valeria en el presente.
Con un acto de desesperación absoluta, sin tiempo para desactivar el mecanismo, Valeria agarró el pesado maletín, se giró hacia el enorme ventanal del ático que daba a la calle San Bernardo y, utilizando las últimas reservas de fuerza de su cuerpo moribundo, arrojó la bomba sucia a través del cristal.
El ventanal estalló en mil pedazos. El maletín voló en la oscuridad, bajo la lluvia torrencial, cayendo hacia el vacío.
Valeria se derrumbó en el suelo de madera del salón, agotada, desangrándose. Cerró los ojos, esperando el fin.
El dispositivo detonó en el aire, a unos diez metros del suelo del callejón trasero.
No hubo una gran bola de fuego, ni una explosión ensordecedora que derribara edificios. Fue un estampido sordo, una onda expansiva de presión que reventó los cristales de los tres pisos inferiores y envió una nube densa, gris y brillante esparciéndose por el callejón. El cesio-137 se liberó, pero gracias a que la detonación no ocurrió en la altitud del ático ni con la ventilación completa, la lluvia torrencial actuó como un supresor parcial, pegando el polvo radiactivo al suelo mojado del callejón en lugar de permitir que los vientos de altura lo esparcieran por toda la capital.
Había evitado el apocalipsis total, pero Malasaña acababa de convertirse en una zona de exclusión tóxica.
El sonido de las sirenas, docenas de ellas, comenzó a rasgar la noche madrileña. La alarma de incendios que Valeria había roto minutos antes, combinada con los disparos y la explosión localizada, finalmente había movilizado a toda la fuerza policial y a los servicios de emergencia de la ciudad.
En el ático, Cruz, al ver que su plan maestro había sido mitigado, intentó arrastrarse hacia la salida. Pero sus heridas eran demasiado graves. Valeria, desde el suelo, lo miró con la vista nublada.
—Has perdido… —susurró ella.
—No… no lo entiendes… —balbuceó Cruz, tosiendo—. Ella… tu yo del futuro… me prometió…
Antes de que pudiera terminar la frase, el sonido de botas tácticas subiendo las escaleras inundó el edificio. Agentes del GEO irrumpieron en el ático, sus linternas cegando a Valeria. Alguien gritó pidiendo un médico. Manos fuertes la agarraron, presionando vendajes contra su herida. Lo último que Valeria vio antes de sumirse en la oscuridad total fue el rostro pálido y aterrado de Mateo, su compañero, gritando su nombre. Había sobrevivido al asalto a Kapital. La línea temporal se había fracturado de nuevo. Y luego, la nada.
El olor a antiséptico y el pitido rítmico de un monitor cardíaco fueron las primeras señales de que seguía viva. Valeria abrió los ojos lentamente. La luz de la habitación de hospital le perforó las pupilas. Intentó moverse, pero un dolor punzante en el abdomen la inmovilizó. Estaba conectada a varios tubos e intravenosas.
A los pies de la cama, un hombre con traje oscuro y rostro severo la observaba. No era Mateo. No era nadie de su comisaría.
—Inspectora Vargas. Me alegra ver que ha despertado —dijo el hombre, su voz carente de cualquier empatía—. Soy el agente Suárez, del Centro Nacional de Inteligencia.
Valeria intentó hablar, pero su garganta estaba seca como papel de lija. Señaló un vaso de agua en la mesita de noche. Suárez no se movió para dárselo.
—Lleva usted en coma inducido catorce días, inspectora. Ha sobrevivido a dos heridas de bala masivas. Es un milagro médico. Sin embargo, no estoy aquí para felicitarla. Estoy aquí para interrogarla sobre su papel en la detonación del dispositivo radiológico en la calle San Bernardo y su vinculación con la red terrorista de Alejandro Cruz.
Valeria frunció el ceño, confundida. ¿Vinculación? —Yo… yo lo detuve —logró croar, su voz sonando como grava raspando metal—. Yo tiré la bomba…
—Tiró la bomba por la ventana, sí, dispersando material radiactivo en un radio de dos kilómetros. Trescientas personas están siendo tratadas por síndrome de radiación aguda. Cuatro calles están acordonadas militarmente —Suárez sacó una tableta electrónica de su maletín—. Pero lo que más nos interesa es la grabación de audio que recuperamos del teléfono satelital de Cruz.
El corazón de Valeria dio un vuelco. El pitido del monitor cardíaco se aceleró.
Suárez pulsó un botón en la pantalla. La habitación se llenó con la voz de la Valeria del futuro: “Mátala y huye. El dispositivo está listo. Y yo te veré en el punto de extracción en una hora.”
—Las peritaciones biométricas de voz confirman con un 99.9% de precisión que es usted, inspectora —dijo Suárez, apagando la tableta—. Usted le dio la orden. Usted colaboró en el atentado. Su presencia en ese edificio fue una maniobra para eliminar a Cruz después de que él hiciera el trabajo sucio.
—¡No! —gritó Valeria, incorporándose levemente y cayendo de espaldas por el dolor—. ¡Es mentira! ¡Esa no era yo! ¡Esa era… yo del futuro! ¡Es una paradoja! ¡Un teléfono, llamadas desde el mañana!
Suárez suspiró, frotándose el puente de la nariz. —Los psicólogos nos advirtieron que podría presentar delirios por el trauma y los narcóticos. Inspectora Vargas, queda usted formalmente arrestada bajo cargos de alta traición, terrorismo y crímenes contra la salud pública. En cuanto los médicos nos den luz verde, será trasladada a una prisión de máxima seguridad en aislamiento total. Mateo, su antiguo compañero, ha sido suspendido y está bajo investigación por posible encubrimiento. Lo ha destruido todo. Le sugiero que coopere y nos diga quién más está implicado.
El agente del CNI dio media vuelta y salió de la habitación, dejando a dos guardias armados en la puerta.
Valeria se quedó sola, mirando el techo blanco. Las lágrimas calientes rodaron por sus mejillas. Lo había entendido. La jugada maestra. Su versión del futuro, esa versión retorcida, oscura y corrupta, no solo había intentado matarla, sino que había planeado el escenario perfecto para incriminarla en caso de que sobreviviera. Si moría, Cruz escapaba y destruía Madrid. Si sobrevivía, la culparían a ella y pasaría el resto de sus días pudriéndose en un agujero negro, sin poder interferir en los planes de su “yo” futuro.
Había perdido. El futuro la había vencido con sus propias cartas.
Pero mientras yacía en esa cama, escuchando el bip de la máquina, una chispa de rabia, fría e inextinguible, se encendió en lo más profundo de su ser. Ella era Valeria Vargas. Había sacrificado su sangre, su reputación y casi su vida para salvar a esa ciudad. No iba a permitir que un clon temporal o una versión fracturada de su propia psique destruyera todo lo que amaba. Si esa “Valeria” del futuro creía que había ganado aislándola en una celda, había subestimado el nivel de obstinación de su propia alma.
Tenía que escapar. Tenía que averiguar cómo funcionaban esas llamadas. Y sobre todo, tenía que viajar al corazón de esa locura para cortarle la cabeza a la serpiente, aunque esa serpiente tuviera su propio rostro.
CINCO AÑOS DESPUÉS – 2031
Madrid ya no era la ciudad de la luz, de las noches interminables y el bullicio en las terrazas. Se había convertido en un monumento gris a la paranoia y la decadencia.
El evento de la calle San Bernardo, conocido en los libros de historia recientes como “El Martes de Ceniza”, había cambiado España para siempre. El gobierno había aprovechado el pánico radiactivo para instaurar una ley marcial encubierta. Gran parte del centro histórico, desde Callao hasta Tribunal, seguía siendo la “Zona Roja”, un área clausurada tras muros de hormigón coronados con alambre de espino, patrullada por drones militares y saqueada por los “Chatarreros”, marginados que desafiaban el envenenamiento por radiación para recuperar objetos de valor.
En un sótano lúgubre del barrio de Carabanchel, iluminado solo por el resplandor amarillento de una lámpara de queroseno, una figura afilaba un cuchillo de combate contra una piedra de amolar.
Era Valeria.
Tenía el pelo corto, casi rapado por los lados, y el rostro endurecido por cicatrices y por la falta de empatía que cinco años en la clandestinidad le habían forjado. Su cuerpo era puro nervio, músculos tensos y curtidos bajo una chaqueta táctica negra. Ya no había rastro de la inspectora de policía que dudaba ante la ética. Solo quedaba una depredadora urbana.
Tras escapar del hospital fingiendo una crisis cardíaca y reduciendo al guardia que entró a revisar, Valeria había descendido a los infiernos del inframundo madrileño. La declararon muerta oficialmente tres meses después, asumiendo que se había ahogado en el río Manzanares huyendo de la policía militar. Esa “muerte” fue su mayor ventaja.
Durante esos cinco años, mientras el mundo se desmoronaba en la superficie, Valeria había estado investigando en las sombras. Se sumergió en el mercado negro, interrogó a mercenarios, torturó a antiguos lugartenientes de Cruz y unió las piezas del rompecabezas más grande y terrorífico de la historia humana.
El teléfono. El maldito teléfono.
No era un spoofing. No era magia. Era un artefacto nacido en los sótanos de un laboratorio clandestino de física cuántica financiado por el Cártel del Este. El “Dispositivo Cronos”, lo llamaban en los susurros de la deep web. Un comunicador capaz de utilizar microagujeros de gusano para enviar señales de radio a través del tiempo, pero con una limitación estricta: solo podía conectar con un receptor que poseyera una frecuencia y una firma biométrica idéntica en el pasado. Valeria, por alguna razón que aún no comprendía del todo, se había convertido en el anclaje de esa máquina.
Y lo peor no era el dispositivo en sí, sino quién lo controlaba ahora.
La “Valeria” del futuro. La que había llamado aquella noche.
En esta nueva línea temporal del 2031, la Valeria corrupta no existía en el futuro abstracto; se había materializado en el presente. Al alterar los eventos tantas veces en 2026, la línea temporal se había fracturado en lugar de reescribirse, provocando una superposición cuántica. La Valeria que llamó desde el futuro quedó atrapada en esta realidad, años atrás. Y había utilizado su conocimiento absoluto de los eventos por venir para ascender al poder.
Ahora se la conocía como “La Directora”. Era la jefa invisible del Sindicato, la organización criminal más poderosa de Europa, que controlaba desde el mercado de vacunas antirradiación hasta los sobornos a los altos mandos del gobierno militarizado de España. Había convertido el caos de la Zona Roja en su imperio personal.
Nadie sabía su verdadera identidad. Nadie, excepto la Valeria original, la que había sangrado en las escaleras.
Un golpe en la pesada puerta de hierro del sótano sacó a Valeria de sus pensamientos. Dos toques rápidos, uno lento. Era la señal.
Valeria se levantó, ocultó el cuchillo en su bota y abrió las cerraduras.
Entró Mateo. Estaba demacrado, con el pelo ralo y canoso prematuramente. Le faltaba el brazo izquierdo desde el codo hacia abajo, un regalo de una emboscada en la Zona Roja hacía dos años. Ya no era policía; era un contrabandista que ayudaba a Valeria por una mezcla de culpa antigua y lealtad inquebrantable. A pesar de todo lo que pasó, él fue el único que no creyó la versión oficial del gobierno en 2026. Él la encontró en los túneles y la salvó de morir de sepsis.
—Hace un frío que pela ahí fuera, Val —dijo Mateo, sacudiéndose la lluvia ácida del abrigo e instalando una botella de licor casero en la mesa—. Pero tengo lo que pediste.
Mateo sacó un pendrive envuelto en plástico aislante de su bolsillo. —Los planos arquitectónicos actualizados del búnker subterráneo de la Torre Picasso. Es ahí. La fortaleza de La Directora. Mis contactos en los bajos fondos confirman que el Sindicato está moviendo toda su infraestructura allí. Han instalado bloqueadores de señal de nivel militar. Nada entra, nada sale.
Valeria tomó el pendrive, sus ojos brillando con una determinación gélida. —¿Y la máquina? ¿El comunicador cuántico?
Mateo tragó saliva. La cicatriz de su muñón parecía dolerle de forma fantasma. —Las fuentes dicen que lo tiene en su despacho personal, en el núcleo de la instalación. Val… dicen que está intentando estabilizarlo. El dispositivo original solo permitía enviar audio, y de forma inestable. Destruía las líneas de tiempo. Si los rumores son ciertos, los científicos del Sindicato están a semanas de construir un túnel que permita el traslado físico. Si La Directora logra enviar tropas o a sí misma al pasado a voluntad… se acabó el juego. Gobernará la historia. Será una diosa intocable.
Valeria conectó el pendrive a una vieja laptop destartalada. Un modelo 3D de la Torre Picasso, iluminado con marcadores rojos de seguridad, giró en la pantalla. Había docenas de puntos de control, escáneres de retina, torretas automáticas y centenares de guardias fuertemente armados. Entrar ahí era un suicidio matemático.
—Mañana por la noche hay una tormenta electromagnética prevista sobre la capital debido a la radiación residual —dijo Valeria, su voz monótona, analítica—. Los sistemas periféricos de la Torre experimentarán un apagón de treinta segundos mientras los generadores internos se sincronizan. Ese es mi puente.
Mateo la agarró por el brazo derecho. Su agarre era fuerte. —Valeria, mírame. Esto es una misión de solo ida. Sabes que no vas a volver a salir de ese edificio. Son trescientos mercenarios contra ti sola.
Valeria lo miró. Una sonrisa triste, casi imperceptible, curvó sus labios. Era la primera vez que sonreía en años. Llevó su mano áspera a la mejilla de Mateo. —Nunca planeé salir con vida de esta pesadilla, Mateo. Mi existencia entera, desde aquella maldita llamada frente a la nave en Vallecas, es una aberración. Soy un fantasma que persigue a su propia sombra. Si destruyo el núcleo cuántico antes de que lo calibren, y si mato a La Directora… se romperá el bucle causal. La superposición colapsará.
—¿Qué significa eso en cristiano, Val? —preguntó él, con los ojos vidriosos.
—Significa que este futuro infernal, estos cinco años de sufrimiento, la Zona Roja, tu brazo perdido… todo se borrará. La línea de tiempo se reseteará al punto de divergencia original: el momento en que cogí el teléfono en el coche de policía. Pero sin la interferencia del futuro, haré lo correcto. Arrestaré a Cruz en Vallecas. No habrá explosión. No habrá dictadura. Ustedes vivirán en paz.
Mateo apretó los labios, intentando contener la emoción. —¿Y tú? Si esto se borra, ¿qué pasa con esta Valeria que está frente a mí? ¿Qué pasa con la Valeria que está a punto de arrestar a Cruz en el pasado?
—Yo dejaré de existir. Y la Valeria de 2026 seguirá su vida, sin saber jamás el infierno que detuvo —se colgó un fusil de asalto HK G36 a la espalda, el mismo modelo que usaban los GEO, y se ajustó el chaleco antibalas pesado—. Es un precio barato por recuperar el mundo, Mateo. Ha sido un honor luchar a tu lado.
Mateo asintió lentamente. Se cuadró, levantó su única mano y le hizo un saludo militar impecable. —Dale recuerdos a esa zorra de mi parte.
Valeria salió al frío cortante de la noche madrileña. La ciudad en ruinas la esperaba. No sentía miedo. Sentía la paz letal del que ya lo ha perdido todo y solo camina hacia su destino final.
EL NÚCLEO – LA TORRE PICASSO
Las 02:45 AM. La tormenta electromagnética azotaba el cielo de Madrid con relámpagos verdes y morados, un espectáculo dantesco nacido de la atmósfera envenenada.
Valeria estaba colgada de un cable de escalada de fibra de carbono en el exterior del piso 42 de la Torre Picasso. El viento aullaba a su alrededor, intentando arrancarla del cristal de la fachada. Abajo, el abismo oscuro de la ciudad muerta.
Tres… dos… uno… Las luces de toda la torre parpadearon y se apagaron de golpe. El pulso electromagnético natural había impactado. El apagón de treinta segundos había comenzado.
Valeria pateó el cristal reforzado con unas botas diseñadas para romper blindajes. El vidrio se resquebrajó y ella irrumpió en la oscuridad de una sala de servidores gigante. Cayó rodando, amortiguando el impacto, y se desenganchó del cable. Inmediatamente, encendió sus gafas de visión térmica.
Dos guardias, desorientados por la oscuridad, aparecieron en su espectro visual brillando en naranja y rojo. Valeria no dudó. Con una precisión clínica, sacó su pistola con silenciador y disparó dos veces. Pfut, pfut. Los cuerpos cayeron al suelo con un ruido sordo antes de que los generadores de emergencia devolvieran la luz roja de alarma a los pasillos.
Había entrado. Ahora comenzaba el infierno.
El descenso hacia el núcleo, situado en los niveles subterráneos de la torre, fue una sinfonía de violencia absoluta. Valeria se movía como un espectro de venganza. Utilizó granadas cegadoras para limpiar los pasillos de las plantas superiores. En las escaleras, se enfrentó a un escuadrón táctico completo en combate cerrado, utilizando pasillos estrechos a su favor. La sangre manchaba las inmaculadas paredes de mármol del edificio corporativo convertido en fortaleza.
Recibió un roce de bala en el muslo izquierdo en el nivel -2, y un trozo de metralla de una granada le cortó el hombro en el nivel -4. Pero la adrenalina y los potentes analgésicos militares que se había inyectado en la sangre la mantenían en movimiento. Era una máquina, programada con un solo objetivo.
Finalmente, voló la pesada puerta blindada del Nivel -10 con una carga de C-4, la misma sustancia que supuestamente amenazaba la nave en Vallecas cinco años atrás. La ironía no pasó desapercibida para ella.
El humo de la explosión se disipó lentamente, revelando una sala masiva, circular, construida con acero inoxidable e iluminada por luces LED de un azul intenso y frío. En el centro de la sala, rodeada de gigantescos anillos metálicos que zumbaban con una energía que hacía vibrar el aire, había una consola de cristal. Sobre la consola descansaba un dispositivo cúbico de color plomo oscuro, lleno de filamentos de fibra óptica palpitantes. El Dispositivo Cronos.
Y de pie, frente a la consola, dándole la espalda y observando las líneas de código que fluían en enormes pantallas holográficas, estaba ella.
La Directora.
Valeria entró en la sala, apuntando su fusil de asalto humeante directamente a la espalda de la figura. Su respiración era pesada. La sangre le goteaba del brazo, manchando el inmaculado suelo blanco de la cámara cuántica.
—Se acabó —dijo Valeria, su voz resonando en el vasto espacio.
La Directora no se inmutó. Lentamente, se dio la vuelta.
Valeria sintió un escalofrío helado recorrer su espina dorsal al mirar ese rostro. Era como mirarse en un espejo distorsionado por el tiempo y la crueldad. La Directora era idéntica a ella, pero lucía impecable. Llevaba un traje sastre blanco, perfectamente cortado. No tenía cicatrices, ni suciedad, ni ojeras de cansancio infinito. Su cabello rubio estaba recogido en un moño elegante. Pero sus ojos… sus ojos estaban vacíos, desprovistos de cualquier rastro de humanidad. Eran pozos negros de ambición pura.
—Has tardado exactamente cuatro años, ocho meses y doce días en llegar hasta aquí, Valeria —dijo La Directora, su voz suave, cultivada, desprovista del acento áspero que Valeria mantenía—. Siempre fuiste persistente. Es tu mejor cualidad y tu mayor defecto.
—Apártate de la máquina. Voy a volarla en pedazos. Y luego voy a volarte la cabeza a ti por lo que le hiciste a este mundo —gruñó Valeria, apretando el arma contra su hombro.
La Directora soltó una risita seca, caminando lentamente alrededor de la consola, con las manos entrelazadas en la espalda. —¿Lo que yo le hice al mundo? Querida, yo salvé al mundo. Lo ordené. Antes de mi llegada, esta ciudad era un caos de democracia fallida y corrupción barata. Ahora, el Sindicato proporciona orden, raciona la medicina, mantiene a raya a los débiles. Yo soy el siguiente paso de la evolución. Y esta máquina… —acarició el cubo de plomo con reverencia—… esta máquina es la herramienta de Dios.
—Estás enferma —replicó Valeria, sin bajar el arma—. Eres un error cuántico. Eres la aberración que se coló por la línea temporal cuando decidiste venderme a Cruz para salvar tu propio pellejo en el futuro de donde viniste. Eres un cáncer.
El rostro de La Directora se endureció, perdiendo por un instante la compostura de mármol. —¡Tú no sabes nada! —siseó, su voz destilando veneno repentinamente—. ¡En mi línea temporal original, yo hice lo correcto! ¡Entré en la nave de Vallecas, detuve a Cruz, y él activó los explosivos! ¡Yo vi morir a todos los míos! ¡Yo quedé enterrada viva bajo los escombros durante tres días! Cuando salí, juré que nunca más sería la víctima. Nunca más sacrificaría mi vida por la debilidad de los demás. Encontré a los físicos del Cártel. Robé la máquina en fase beta. Y me llamé a mí misma para cambiarlo. Para enseñarte a ser fuerte. A no tener escrúpulos.
—Pero yo no te hice caso —dijo Valeria, una mueca de desafío asomando en su rostro herido—. Yo no soy como tú. Tú me dijiste que matara a Cruz, que dejara que los rehenes de Kapital murieran, que te hiciera el trabajo sucio. Y cuando me negué a ser tu perro de presa, te aliaste con el terrorista para asegurar tu llegada al poder en esta realidad. Lo arruinaste todo.
—Lo perfeccioné —La Directora pulsó un botón en la consola.
Los inmensos anillos metálicos que rodeaban la sala comenzaron a girar a una velocidad aterradora. Un zumbido ensordecedor llenó el aire, haciendo que los dientes de Valeria castañetearan. El aire se cargó de electricidad estática y el olor a ozono inundó sus fosas nasales. El cubo de plomo brilló con una luz cegadora.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Valeria por encima del ruido del generador.
—El dispositivo ya no envía solo señales de audio —gritó La Directora, con una sonrisa triunfal e histriónica distorsionando sus facciones—. ¡El túnel físico está listo! Voy a viajar de vuelta al 12 de mayo de 2026. Voy a llegar justo a la puerta de la comisaría de Madrid. Y voy a asesinar a nuestra versión del pasado en su propio escritorio antes de que suba al coche para ir a Vallecas. ¡Yo me convertiré en la única Valeria! ¡Y rediseñaré la historia desde cero, sin fisuras, siendo la reina desde el primer minuto!
Valeria sabía que no estaba mintiendo. Si esa psicópata entraba en el portal, la historia se reescribiría, creando un imperio dictatorial y oscuro desde la raíz.
Levantó el fusil G36 y abrió fuego contra La Directora.
Pero el escudo electromagnético que rodeaba la consola desvió las balas. Los proyectiles de 5.56mm rebotaron inofensivamente en una barrera de energía invisible, impactando contra las paredes de acero.
La Directora comenzó a caminar hacia el centro de los anillos giratorios, donde una esfera de luz blanca e incandescente empezaba a formarse en el aire. El portal del tiempo.
Valeria tiró el fusil inútil. Sacó el cuchillo de combate de su bota. Si las balas no podían atravesar el campo de fuerza cinético provocado por el giro acelerado de las partículas magnéticas, un objeto lento y físico sí podría hacerlo. La técnica de escudo de presión de los escuadrones tácticos: “lo que va lento, entra”.
Corrió hacia los anillos. El zumbido era tan intenso que sintió que los tímpanos le estallaban. Se lanzó a través del campo magnético. Sintió como si cien mil agujas ardientes le perforaran la piel simultáneamente. Su chaqueta de cuero humeó, sus músculos se contrajeron violentamente, pero la inercia y su voluntad implacable la impulsaron hacia adentro.
Logró atravesar la barrera. Cayó de rodillas en el centro de la plataforma cuántica, a escasos tres metros del portal palpitante y de La Directora, quien se giró, sorprendida por la brutal resistencia de su contraparte.
—¡Muérete de una vez, reliquia! —gritó La Directora, sacando una pequeña pistola dorada de la chaqueta de su impecable traje blanco y apuntando a quemarropa.
¡Bang!
La bala impactó en el abdomen de Valeria, justo debajo del chaleco antibalas, desgarrando carne y órganos. Valeria tosió un coágulo masivo de sangre, cayendo hacia adelante.
La Directora la miró con asco, guardó el arma y dio un paso hacia el portal de luz blanca, dispuesta a abandonar esa realidad arruinada para conquistar el pasado.
Pero Valeria no estaba muerta. Y no pensaba morir sola.
Con un último esfuerzo sobrehumano, alimentado por el odio hacia el monstruo en el que se podría haber convertido, Valeria se impulsó desde el suelo como un resorte sangriento. Lanzó su brazo hacia adelante, empuñando el cuchillo de combate.
La hoja de acero al carbono, afilada como una cuchilla de afeitar, se hundió profundamente en el cuello de La Directora, cortando la arteria carótida y la tráquea en un solo movimiento horizontal devastador.
Los ojos de La Directora se abrieron desmesuradamente, llenos de un terror genuino y primitivo. Llevó ambas manos a su garganta, de donde brotaba un torrente de sangre brillante y arterial, manchando instantáneamente su inmaculado traje blanco de un rojo furioso. Emitió un sonido ahogado, un gorgoteo agónico, y cayó de rodillas frente a la versión destrozada de sí misma.
Valeria, también de rodillas, soltó el cuchillo y la miró a los ojos mientras la vida se le escapaba a la mujer del traje.
—El futuro… se ha cancelado… perra —susurró Valeria, con una sonrisa ensangrentada.
La Directora se desplomó sin vida en el suelo de cristal.
Pero el portal seguía abierto. La máquina cuántica, inestable por el salto de energía y la muerte de su operadora que portaba el chip de sincronización biométrica en la muñeca, comenzó a sobrecargarse. Las luces de la sala pasaron del azul al rojo estroboscópico. Una alarma de colapso crítico empezó a sonar. Las pantallas holográficas se llenaron de códigos de error, indicando que la paradoja estaba a punto de explotar, borrando todo a nivel subatómico.
Valeria sabía lo que tenía que hacer. Arrastrándose, dejando un rastro de sangre espesa a su paso, llegó hasta la consola central. Observó el cubo de plomo, el corazón del Dispositivo Cronos.
Si dejaba que la máquina colapsara por sí sola, la explosión de antimateria destruiría media España. Tenía que cortarlo de raíz. Tenía que mandar una señal de purga al pasado. La última llamada.
Con los dedos temblorosos y ensangrentados, Valeria tecleó comandos en la consola, utilizando la frecuencia que conocía tan bien. Su propia frecuencia. Apuntó el láser de purga cuántica del sistema directamente hacia las coordenadas de tiempo y espacio del 12 de mayo de 2026. A las 21:54 horas. El momento exacto en que ella misma, en el coche, recibía la primera llamada.
Si enviaba el pulso de purga, el microagujero de gusano se colapsaría retroactivamente en el origen. Ninguna llamada llegaría jamás al teléfono de la joven Valeria en el SEAT León. La anomalía se borraría.
Y todo esto… esta guerra, este dolor, desaparecería como lágrimas en la lluvia.
El dolor en su estómago era insoportable. Su visión se estaba estrechando a un túnel negro. Sabía que le quedaban segundos de consciencia.
Miró el gran botón rojo parpadeante en la pantalla de cristal. El botón de ejecución de purga.
“Perdóname, Mateo”, pensó Valeria, recordando al policía bueno, al hombre leal con ambos brazos que esperaba en el pasado. “Vive una buena vida.”
Valeria Vargas levantó su mano ensangrentada y, con una exhalación final llena de paz y resignación, dejó caer su puño sobre el botón.
El asfalto de Madrid sangraba bajo la tormenta.
En el interior del SEAT León camuflado, el aire olía a café rancio, tabaco negro y adrenalina estancada. La inspectora Valeria Vargas frotó sus ojos irritados. Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir.
Frente a ella, al otro lado de la calle abandonada en las profundidades de Vallecas, se alzaba una nave industrial en ruinas. Dentro estaba Alejandro Cruz. El eslabón perdido. Llevaban meses detrás de él.
Valeria miró el reloj del salpicadero. Las 21:54. Faltaban exactamente seis minutos para que el equipo táctico del GEO derribara esa puerta de hierro oxidado y el infierno se desatara.
A su lado, la radio policial emitía ráfagas de estática. Mateo, su compañero, estaba en el callejón trasero, empapándose hasta los huesos. Todo estaba listo.
Su teléfono personal, descansando en el posavasos, permaneció completamente oscuro. Silencioso. Ninguna vibración. Ninguna llamada imposible. Solo el plástico frío y muerto de un dispositivo común y corriente.
Valeria miró el edificio en ruinas. Una punzada extraña e inexplicable le atravesó el pecho. Un presentimiento vago, como el eco de un sueño olvidado o de una vida que nunca llegó a suceder. Se llevó la mano a la vieja cicatriz bajo sus costillas. “Si muero hoy, al menos no tendré que pagar la hipoteca”, pensó fugazmente.
Negó con la cabeza, despejando los fantasmas, y agarró el walkie-talkie. La misión era clara. Las sospechas sobre los explosivos estaban confirmadas por inteligencia horas atrás; el escuadrón antibombas del GEO ya estaba posicionado en los puntos ciegos, listos para desactivar las cargas antes de que Cruz pudiera siquiera respirar. No había lugar para el error.
Apretó el botón de transmisión. Su voz sonó firme, profesional, inquebrantable.
—Aquí Vargas. Luz verde. Repito, luz verde. Entren y aseguren el perímetro. Cuidado con los cables. Vamos a cazar a ese hijo de puta.
Mientras los furgones policiales se abrían de golpe y docenas de botas tácticas pisaban los charcos en perfecta sincronía hacia la nave, Valeria observó a través del parabrisas borroso por la lluvia. El trueno resonó a lo lejos, rodando sobre los tejados de Madrid, pero esta vez, la tormenta parecía simplemente lavar la ciudad, llevándose consigo la suciedad y dejando tras de sí un aire limpio y nuevo. Las sirenas comenzaron a cantar su letanía, marcando el fin de Alejandro Cruz y el triunfo, absoluto y rotundo, del tiempo sobre el caos.