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Llamada Fatal: El Futuro Amenaza

El asfalto de Madrid sangraba bajo la tormenta. No era una lluvia poética, de esas que lavan los pecados de la ciudad; era un aguacero denso, violento, que golpeaba el parabrisas del SEAT León camuflado como si intentara romper el cristal. En el interior, el aire olía a café rancio, tabaco negro y adrenalina estancada. La inspectora Valeria Vargas frotó sus ojos irritados, sintiendo la arena de la falta de sueño rasparle las córneas. Llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir.

Frente a ella, al otro lado de la calle abandonada en las profundidades de Vallecas, se alzaba una nave industrial en ruinas. Dentro estaba Alejandro Cruz. El eslabón perdido. El hombre que conectaba a las mafias del puerto de Valencia con los sicarios que habían estado dejando cadáveres desmembrados en los contenedores de basura del barrio de Salamanca. Llevaban meses detrás de él. Y esta noche, por fin, iban a cazarlo.

Valeria miró el reloj del salpicadero. Las 21:54. Faltaban exactamente seis minutos para que el equipo táctico del GEO derribara esa puerta de hierro oxidado y el infierno se desatara.

A su lado, la radio policial emitía ráfagas de estática y susurros en clave. Mateo, su compañero, estaba en el callejón trasero, empapándose hasta los huesos, esperando su señal. Todo estaba listo. Todo era perfecto. Un arresto de manual.

Entonces, su teléfono personal vibró en el posavasos.

No era el móvil del trabajo. Era su iPhone personal. La pantalla se iluminó, proyectando un brillo fantasmal sobre su rostro pálido. Valeria frunció el ceño. Nadie la llamaba a ese número durante un operativo. Nadie, excepto su madre, que estaba en una residencia con Alzheimer, o el hospital.

El corazón le dio un vuelco. Agarró el aparato, pero al mirar la pantalla, la respiración se le cortó.

En el identificador de llamadas no ponía “Hospital”, ni “Mamá”.

Ponía: YO. Y debajo, su propio número de teléfono.

Valeria parpadeó, confundida. Miró la pantalla, luego miró sus propias manos. Tenía el teléfono en la mano derecha. ¿Cómo iba a estar llamándose a sí misma?

—Maldito spoofing —murmuró, pensando que algún hacker de la red de Cruz estaba intentando interferir en las comunicaciones o gastar una broma macabra. Estuvo a punto de rechazar la llamada y apagar el terminal. Era el protocolo. Pero algo la detuvo. Un presentimiento frío, reptante, que le subió por la base de la nuca. El teléfono seguía vibrando en su mano, como si estuviera vivo. Como si suplicara ser contestado.

Deslizó el dedo por la pantalla verde y se llevó el auricular al oído.

—¿Sí? —dijo, con voz áspera, profesional.

Al otro lado de la línea, solo había un silencio pesado. Un silencio roto por una respiración agitada, entrecortada. Alguien jadeaba. Alguien que estaba aterrorizado. De fondo, Valeria pudo escuchar un sonido rítmico, metálico. Sirenas. Y el inconfundible repiqueteo de la lluvia cayendo sobre un charco inmenso. Exactamente igual que el sonido que la rodeaba en ese momento.

—¿Quién es? —exigió Valeria, bajando el tono de voz. Estaba a punto de colgar.

—Val… —dijo la voz.

Valeria se congeló. El teléfono casi se le resbala de los dedos sudorosos. No era posible. Conocía esa voz. La escuchaba todos los días en las grabaciones de los interrogatorios, en las notas de voz que se dejaba a sí misma, en su propia cabeza.

Era su voz.

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