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Las Últimas 24 Horas en La Rambla

CAPÍTULO 1: EL LATIDO DEL MUERTO

La sala de autopsias del Instituto de Medicina Legal de Barcelona olía a formaldehído, a ozono industrial y a la inconfundible acidez del final de una vida. Mateo Ruiz, jefe de la unidad TEDAX de los Mossos d’Esquadra, se pasó una mano temblorosa por el rostro cubierto de sudor frío. Frente a él, sobre la fría mesa de acero inoxidable, yacía el cuerpo de Diego Vargas. Estaba irremediablemente muerto. Tres impactos de bala en el pecho, cortesía del Grupo Especial de Intervención, habían destrozado su corazón hacía exactamente tres horas. Eran las dos de la madrugada.

Vargas había sido el arquitecto de las pesadillas más oscuras de España durante los últimos cinco años. Un ex-ingeniero militar convertido en un anarquista nihilista, un fantasma que jugaba con explosivos como otros jugaban al ajedrez. Lo habían acorralado en un almacén abandonado del puerto. No hubo negociación. Solo fuego. Al ver el cuerpo inerte sangrando sobre el asfalto, Mateo había sentido que, por fin, Barcelona podía respirar.

Qué equivocado estaba.

El silencio sepulcral de la morgue se rompió. No fue un sonido suave, sino un estallido electrónico, estridente y alegre, que hizo que a Mateo se le helara la sangre en las venas. Era un tono de llamada. Una rumba catalana, animada y grotesca en aquel escenario de muerte.

Mateo giró la cabeza lentamente. Sobre una mesa adyacente, dentro de una bolsa de pruebas de plástico transparente sellada con cinta roja, vibraba el teléfono móvil personal de Vargas. Un dispositivo encriptado, grueso y negro. Los técnicos informáticos habían dicho que estaba bloqueado, inexpugnable. Y, sin embargo, la pantalla brillaba con una intensidad fantasmal en la penumbra.

El identificador de llamadas mostraba una sola palabra: “Yo”.

Mateo miró al cadáver. Los ojos de Vargas estaban cerrados, sus labios pálidos y ligeramente separados, como si estuviera a punto de susurrar un último secreto. El teléfono seguía sonando. La rumba rebotaba contra los azulejos blancos.

—Esto es imposible —murmuró Mateo. La forense, la doctora Costa, que estaba lavándose las manos en el rincón, se detuvo, petrificada.

—¿Quién diablos llama a un muerto, Mateo? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

Mateo no respondió. Cogió un bisturí de la bandeja esterilizada y rasgó el plástico de la bolsa de pruebas. El sonido se hizo más fuerte, más real. Apretó el botón verde de aceptar y se llevó el aparato al oído. No dijo nada. Esperó.

Del otro lado de la línea, se escuchó un chisporroteo estático, seguido del sonido de un fósforo encendiéndose, una calada profunda a un cigarrillo y una exhalación. Mateo conocía ese ritual. Era el tic nervioso de Vargas antes de empezar una transmisión.

Hola, Mateo —dijo la voz. Era Vargas. Su tono áspero, arrogante, teñido de ese acento barcelonés de los barrios bajos. No era un imitador. Era él.

Mateo sintió un vértigo brutal. Miró el cadáver perforado a un metro de distancia y luego al teléfono. —Estás muerto, Vargas. Te vi caer. Te estoy viendo ahora mismo. Tienes el pecho abierto en canal.

Una risa metálica resonó en el auricular. —Oh, querido inspector. Sé que estoy muerto. Esta es una grabación algorítmica, una inteligencia artificial entrenada durante meses con mi voz, mis recuerdos y, lo más importante, mis planes. Digamos que es un eco digital de mi genialidad. Y tú estás hablando con mi fantasma.

Mateo apretó los dientes. —¿Qué quieres? Ya se acabó.

No, Mateo. Apenas comienza —la voz de Vargas se volvió repentinamente fría, desprovista de cualquier humor—. Si estás escuchando esto, significa que mi pulso ha llegado a cero. Mi reloj biométrico envió la señal a un servidor en la dark web, que a su vez activó el cronómetro principal. Tienes exactamente 21 horas antes de que Barcelona se convierta en una pira funeraria. Una tumba abierta bajo el sol del Mediterráneo.

—¡Mientes! Registramos tu piso, tu almacén… no hay nada.

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