Pero justo cuando el susurro de Mateo se disipó en el aire helado de la habitación, un pitido agudo y ensordecedor brotó del escritorio de obsidiana de Alistair Vance. El charco de sangre oscura bajo el cadáver del anciano apenas comenzaba a extenderse cuando la enorme pantalla holográfica a espaldas de Mateo cobró vida violentamente. Pasó de mostrar la ciudad empapada en lluvia ácida a un rojo carmesí parpadeante.
Líneas de código encriptado llovían por la pantalla a una velocidad vertiginosa antes de fusionarse en un único símbolo: una serpiente mordiéndose la cola, enroscada alrededor de un ojo en llamas. El verdadero emblema del Círculo de Sombras.
Una voz sintética, vacía y resonante, emanó de los altavoces del techo del ático:
—Protocolo Fénix iniciado. Las constantes vitales del Administrador Alistair Vance han cesado. Código de extinción confirmado. Intruso detectado: Mateo. Designación: Superviviente Cero-Dos. Bienvenido de nuevo, gladiador.
Mateo giró sobre sus talones, su pistola Gauss zumbando mientras acumulaba una nueva carga electromagnética. Entrecerró su ojo cibernético, analizando las firmas térmicas que de repente inundaron su interfaz visual. Toda la Torre Elysium, un monolito de ciento veinte pisos, acababa de entrar en confinamiento absoluto. Pesadas persianas de aleación de titanio cayeron sobre los ventanales de cristal. Un gas neurotóxico verdoso comenzó a sisear desde los conductos de ventilación.
Alistair Vance nunca fue la cabeza de la serpiente. Solo era un “Administrador”, un peón en un tablero mucho más oscuro y vasto. Matar a los 114 nombres de la lista no era el final; era la prueba final para demostrar que Mateo estaba listo para enfrentarse al verdadero núcleo del Círculo de Sombras.
—Maldita sea —siseó Mateo entre dientes.
Arrancó un pulso electromagnético portátil de su cinturón y lo arrojó contra las puertas dobles de roble macizo reforzado con acero que amenazaban con sellar la única salida. Una detonación silenciosa de energía azul barrió la habitación, friendo temporalmente los relés electrónicos de la puerta. Mateo se lanzó a través del hueco apenas un segundo antes de que las compuertas de emergencia cayeran con la fuerza de una guillotina.
El pasillo exterior era un pandemónium. El equipo de seguridad de élite de Vanguard —mercenarios con mejoras cibernéticas, brazos hidráulicos y ópticas infrarrojas— emergía de los ascensores privados. Ya no eran humanos; eran máquinas de matar programadas sin moral ni dolor.
—¡Fuego a discreción! ¡Que no salga vivo de este nivel! —bramó el capitán del escuadrón, levantando un rifle de plasma pesado.
La verdadera guerra no había hecho más que empezar. Mateo ya no era el joven tembloroso y asustado de aquella bodega madrileña veinticinco años atrás. Durante dos décadas y media, había caminado por los páramos radiactivos de Neo-Andalucía, había aprendido las artes más oscuras del combate de asesinos exiliados y se había forjado a sí mismo como un fantasma letal.
Se deslizó por el suelo de mármol pulido, disparando tres ráfagas de su pistola Gauss. Los proyectiles de energía azul destrozaron los escudos cinéticos de la vanguardia enemiga, arrojando a tres hombres contra las paredes con un crujido repugnante de metal y hueso. El olor a ozono y carne quemada saturó el aire. Mateo no se detuvo. Se movía con una fluidez antinatural, una danza macabra de muerte perfeccionada no en cuadriláteros, sino en trincheras sin ley.
Los recuerdos de Lucas volvieron a inundar su mente, un eco doloroso sobre el ruido de los disparos. “Si no matabas, morías. Esa es la única verdad de este mundo”.
Con la voz de su hermano muerto como banda sonora, Mateo se sumergió en las filas enemigas. Usó la culata de su arma para aplastar el cráneo reforzado de un mercenario, extrajo un cuchillo de monofilamento de su bota y cortó la garganta del siguiente con una precisión quirúrgica, y luego utilizó el cuerpo de este último como escudo humano contra una ráfaga de plasma. La sangre bañaba su rostro marcado, pero no sentía miedo. Sus inyectores subcutáneos bombeaban adrenalina pura a su torrente sanguíneo, anulando el dolor de una quemadura de plasma en su hombro izquierdo y el roce de metralla en su muslo.
Tras tres horas de una carnicería que dejaría los pisos superiores de la Torre Elysium pintados de rojo, Mateo logró alcanzar el garaje subterráneo. Robó una moto de levitación magnética de grado militar y salió disparado hacia la noche lluviosa de Madrid, dejando atrás una torre envuelta en llamas y caos.
Refugiado en un búnker clandestino enterrado bajo las ruinas de la antigua Plaza Mayor —ahora un laberinto inundado de refugiados y chatarra tecnológica— Mateo comenzó a suturar sus propias heridas. Utilizó un láser médico portátil para sellar la carne desgarrada de su hombro, mordiendo un trozo de cuero para silenciar sus propios gruñidos de dolor.
Sentado frente a una supercomputadora ensamblada con piezas del mercado negro, Mateo extrajo el pequeño cilindro metálico que había llevado consigo durante veinticinco años. El chip de Lucas. Lo insertó en el puerto de lectura. Cuando Alistair Vance murió, el Código Fénix había desbloqueado una capa latente en el chip, un directorio oculto que ni siquiera los mejores hackers de la deep web habían detectado en dos décadas.
La pantalla parpadeó. No aparecieron coordenadas, ni listas de cuentas bancarias.
Apareció un rostro. Un holograma tridimensional.
Era Lucas.
Mateo dejó de respirar. Su corazón, un músculo endurecido que rara vez mostraba piedad, dio un vuelco doloroso. La grabación mostraba a un Lucas demacrado, con ojeras profundas y un brillo de locura fría en los ojos, sentado en una habitación de acero. La fecha de grabación indicaba que fue hecha apenas tres días antes del combate en la bodega.
—Mateo… —comenzó el holograma, su voz cargada de una estática perturbadora—. Si estás viendo esto, significa que el plan funcionó. Significa que yo estoy muerto, que tú sobreviviste y que acabas de ejecutar a Alistair Vance. Vance no era el rey. Solo era el portero del infierno.
Mateo se acercó a la pantalla, sus nudillos blancos agarrando el borde de la mesa de metal.
—Durante mis quince años de cautiverio, —continuó Lucas holográfico— descubrí la verdad. El Círculo de Sombras no es un simple sindicato de apuestas. Nuestro combate no fue diseñado para entretener a niños ricos aburridos. Fue un experimento de evolución humana. El Círculo busca crear el arma perfecta, un agente despojado de toda emoción, forjado a través del trauma absoluto de asesinar a la persona que más ama.
Lucas hizo una pausa, y por un microsegundo, una sonrisa siniestra, casi imperceptible, cruzó su rostro.
—Llaman a este proyecto ‘Génesis’. Y el hombre detrás de todo, el monstruo que ordenó mi secuestro, el que orquestó la muerte de nuestra madre por pena y nuestra destrucción… se hace llamar ‘El Arquitecto’. No se esconde en ninguna ciudad. Gobierna su imperio desde una fortaleza móvil en alta mar, una plataforma colosal en aguas internacionales frente a las costas radiactivas de Barcelona. La llaman Leviatán.
La imagen de Lucas se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros penetrando el alma de Mateo a través de los años.
—Las coordenadas de su ruta de patrulla se están descargando ahora mismo en tu sistema. Mateo, no dejes que mi sacrificio en ese alambre de espino sea en vano. Encuéntralo. Quema su Leviatán. Y mátalo.
El holograma se desvaneció, dejando a Mateo sumido en el parpadeo de las coordenadas geográficas. Una lágrima solitaria, la primera en veinticinco años, trazó un camino limpio a través de la sangre seca y la suciedad de su mejilla. Habían planeado todo. Su sufrimiento, la pérdida de su hermano, las décadas de sed de venganza… todo era un guion retorcido escrito por un sádico megalómano. Vance y los otros 114 hombres de la lista solo fueron objetivos de entrenamiento, piedras de afilar para convertir a Mateo en una cuchilla indestructible.
—Queríais un monstruo… —susurró Mateo a la habitación vacía, su ojo cibernético brillando con una intensidad demoníaca—. Pues lo vais a tener.
Mateo no atacó solo. A lo largo de sus años en las sombras, operando bajo el alias de “El Verdugo”, había reunido un ejército silencioso. Víctimas colaterales del Círculo de Sombras: ex-mercenarios traicionados, hackers a los que les habían arrebatado sus familias, gladiadores que sobrevivieron a otros pozos de la muerte. Se llamaban a sí mismos Los Olvidados.
Emitió una sola señal cifrada. En menos de cuarenta y ocho horas, un ejército de trescientos hombres armados con tecnología militar robada, naves de asalto invisibles a los radares y minisubmarinos torpederos, se congregó en un astillero abandonado en Tarragona.
El objetivo era Leviatán. La fortaleza flotante que se movía como un fantasma de hierro en el corazón del Mediterráneo.
La noche del asalto, una tormenta de proporciones bíblicas azotaba el mar. Olas de diez metros de altura chocaban contra los cascos de titanio del Leviatán, una estructura arácnida monstruosa coronada por una torre de mando que perforaba las nubes negras. Relámpagos rasgaban el cielo, iluminando los miles de drones defensivos que zumbaban alrededor de la plataforma como un enjambre de avispas asesinas.
El ataque comenzó desde las profundidades. Los submarinos de Los Olvidados dispararon torpedos de cavitación que destrozaron los sonares inferiores del Leviatán. Segundos después, las naves de asalto de Mateo cayeron en picado desde la estratosfera, atravesando las nubes tormentosas antes de que los sistemas antiaéreos pudieran fijar sus blancos.
Las sirenas aullaron en la fortaleza. El caos estalló. No fue una infiltración sigilosa; fue una declaración de guerra total.
Mateo saltó de su nave a veinte metros de altura, aterrizando pesadamente sobre la cubierta principal de vuelo. En sus manos empuñaba dos espadas de aleación térmica que brillaban con un calor blanco cegador. Con un movimiento giratorio, decapitó a un dron centinela y dividió por la mitad a un guardia con armadura pesada. Su ejército lo siguió, desatando un infierno de plasma y explosiones sobre los defensores de la plataforma.
A Mateo no le importaba la batalla a su alrededor. Sus ojos estaban clavados en la aguja central, la torre de cristal blindado donde residía El Arquitecto. Ábranse paso con sangre. Cortó, disparó y rompió todo lo que se interpuso en su camino hacia el ascensor principal. Sus ropas estaban empapadas de la sangre de sus enemigos y de la lluvia gélida.
Cuando finalmente destrozó la puerta de la sala de mando en la cúspide de la torre, el silencio que reinaba en su interior contrastaba brutalmente con la masacre de abajo.
Era un espacio circular, inmenso, con paredes de cristal que ofrecían una vista de 360 grados de la tormenta apocalíptica. En el centro exacto de la sala, un hombre estaba sentado de espaldas a Mateo, en una silla de cuero blanco, mirando los relámpagos.
—Llegas exactamente veintidós minutos tarde según mis predicciones, Mateo —resonó una voz pulida, tranquila y escalofriantemente familiar.
La silla giró lentamente.
Mateo se congeló. Las espadas térmicas en sus manos temblaron hasta desactivarse. El aliento abandonó sus pulmones. El mundo dejó de girar.
El hombre sentado allí vestía un traje impecable. Su rostro, aunque maduro y curtido por el tiempo, conservaba sus rasgos definidos. Llevaba una pequeña cicatriz en forma de media luna sobre el pómulo derecho. Y una marca de nacimiento en el lado izquierdo del cuello.
Era Lucas.
No era un holograma. No era un fantasma. Era de carne y hueso, y sonreía con la indulgencia de un dios observando a su creación más exitosa.
—¿Qué… qué demonios es esto? —la voz de Mateo se quebró, sonando como el niño indefenso que fue hace veinticinco años—. ¡Tú estás muerto! ¡Te vi sangrar! ¡Te vi morir en el alambre de espino por mí!
El Arquitecto —Lucas— suspiró con teatralidad, levantándose de la silla y caminando hacia él con pasos insonoros.
—Ay, Mateo. Siempre fuiste tan predeciblemente emocional —dijo Lucas, su sonrisa ensanchándose, revelando una crueldad que heló la sangre del menor de los hermanos—. El hombre que murió en esa bodega de Madrid hace dos décadas y media… era el Clon Número 47. Una maravilla de la bioingeniería, he de admitir. Le implantamos mis recuerdos exactos. Él creía genuinamente que era yo, y creía genuinamente que suicidarse te salvaría la vida.
El suelo bajo los pies de Mateo pareció desaparecer. Cada sacrificio, cada noche de pesadillas, cada asesinato que cometió justificándose en el amor y la venganza por su hermano… Todo. Absolutamente todo había sido una mentira fabricada.
—¿Por qué? —rugió Mateo, un grito de agonía desgarradora que superó el estruendo del trueno exterior—. ¡Soy tu sangre! ¡Nuestra madre murió llorando por ti!
Lucas se detuvo a cinco pasos de distancia, entrelazando las manos a su espalda. La frialdad en sus ojos era insondable.
—La familia es una debilidad biológica, Mateo. El amor es un lastre evolutivo —declaró Lucas con tono académico—. Cuando me capturaron hace cuarenta años, yo era escoria de las calles de Madrid. Pero entendí el juego. Asesiné a mis captores, escalé en el Círculo de Sombras y tomé el control. Pero me di cuenta de que para gobernar este mundo roto, necesitaba un arma perfecta. Un agente que no tuviera nada que perder, forjado en el yunque del dolor más absoluto imaginable.
Lucas extendió los brazos hacia su hermano.
—Yo diseñé el proyecto Génesis. Yo te elegí. Necesitaba ver qué le ocurre a un hombre cuando le quitas su ancla moral y lo convences de que el mundo entero es su enemigo. Mírate, Mateo. Has destruido corporaciones, has liderado ejércitos, has masacrado a mis rivales sin dudarlo. Eres la cúspide de la violencia humana. Mi obra maestra.
Mateo estaba paralizado. El monstruo contra el que había luchado toda su vida, el fantasma que lo empujó a descender a los infiernos de la moralidad, era su propio hermano.
—Ahora, la prueba ha terminado —dijo Lucas, extendiendo una mano hacia él—. Toma tu lugar a mi lado. Juntos, limpiaremos este planeta de su debilidad.
El silencio en la sala solo era roto por el repiqueteo de la lluvia contra el cristal. Mateo bajó la mirada hacia el suelo reflectante. Vio su propio reflejo: un hombre viejo, mutilado por dentro y por fuera, un cascarón vacío lleno de odio. Había perdido su alma por culpa de una ilusión.
Lentamente, la mano de Mateo volvió a posarse sobre la culata de su pistola Gauss.
—¿De verdad crees que voy a unirme a ti? —susurró Mateo, su voz repentinamente desprovista de emoción, más fría que el propio abismo.
Lucas soltó una carcajada.
—No puedes dispararme, Mateo. Eres mi creación, pero en el fondo, sigues siendo ese niño que me admiraba en el Parque del Retiro. Tu programación emocional te impide matar a tu verdadero hermano.
Pero Lucas había cometido el pecado capital de cualquier creador: subestimar la capacidad de su creación para evolucionar más allá de sus parámetros.
El ojo cibernético de Mateo brilló con un rojo intenso.
—Tienes razón en una cosa, Lucas —dijo Mateo, levantando el arma en un movimiento demasiado rápido para que el ojo humano lo procesara—. La familia es una debilidad. Y tú… dejaste de ser mi familia el día que me metiste en esa bodega.
¡BAM!
El relámpago de energía azul iluminó la sala de mando. El disparo electromagnético atravesó limpiamente el pecho de Lucas, justo donde debería haber estado su corazón.
La sorpresa absoluta, el shock de la divinidad destrozada, congeló el rostro de Lucas. Retrocedió tambaleándose, sus manos cubiertas de guantes blancos volando hacia el enorme agujero humeante en su pecho. Sangre roja y caliente manchó su inmaculado traje. Cayó de rodillas sobre el cristal, tosiendo sangre.
—Im… imposible… —burbujeó Lucas, mirándolo con horror.
Mateo no se inmutó. Caminó hasta quedar frente al Arquitecto caído. Sacó de su bolsillo interior un pequeño dispositivo cilíndrico: una carga nuclear táctica de fisión en miniatura. Activó el temporizador con el pulgar. 60 segundos.
—El experimento Génesis ha concluido —dijo Mateo, dejando caer la bomba nuclear junto a las rodillas ensangrentadas de su hermano.
A través de los cristales rotos, Mateo vio que las naves de Los Olvidados comenzaban a retirarse, elevándose hacia las nubes. Habían recibido la señal de evacuación.
Lucas, agonizante, escupió un coágulo de sangre y rio débilmente, una risa histérica y rota.
—Si la detonas… tú también morirás… —jadeó Lucas—. ¿Morirás… con tu obra maestra… hermano?
Mateo le dio la espalda y caminó hacia los enormes ventanales destrozados por la tormenta. El viento aullaba, tirando de su abrigo pesado.
—Yo morí hace veinticinco años, Lucas —respondió Mateo sin mirar atrás—. Esto solo es el entierro.
10… 9… 8…
Mateo corrió hacia el abismo y saltó. Su cuerpo cortó el aire gélido, cayendo en caída libre hacia las furiosas olas negras del Mediterráneo, entregándose a la oscuridad de la tormenta.
3… 2… 1…
Un destello de luz puramente blanca, más brillante que el nacimiento de una estrella, estalló en el núcleo de la fortaleza. La detonación nuclear desintegró el Leviatán en microsegundos, vaporizando el acero, el cristal y la carne, creando un hongo de agua hervida y radiación que se elevó hacia los cielos tormentosos, tragándose el imperio del Círculo de Sombras para siempre.
Semanas después, en los bajos fondos de la Nueva Madrid, los mendigos y mercenarios comenzaron a contar una leyenda. Hablaban de un combate mortal bajo tierra, de la traición de la misma sangre, y de un fantasma sin nombre que descendió a las profundidades del mar para asesinar a un dios oscuro, liberándolos a todos antes de desaparecer en el olvido, como una lágrima en la lluvia.