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El Combate Mortal Sin Espectadores

El aire en las catacumbas olvidadas bajo las calles adoquinadas de Madrid era espeso, impregnado con el hedor a cobre, sudor rancio y siglos de humedad encapsulada. Mateo descendió por la escalera de caracol de piedra, con cada paso resonando como el latido de un corazón moribundo en la asfixiante oscuridad. Llevaba una venda negra sobre los ojos, pero podía sentir la presión del lugar, la forma en que la tierra misma parecía querer tragarlo entero. A su lado, dos hombres inmensos, silenciosos como estatuas de granito, lo guiaban con agarres de hierro en sus brazos. No había vítores. No había luces de neón parpadeantes, ni el olor a cerveza barata y humo de cigarrillo que solía caracterizar los gimnasios clandestinos de Vallecas donde se había roto los nudillos durante la última década.

Solo había un silencio sepulcral, roto únicamente por el goteo constante de agua filtrándose a través de los arcos de ladrillo de lo que alguna vez, en el siglo XIX, fue una majestuosa bodega de vinos.

Mateo era un don nadie. Un pugilista de treinta y dos años con la nariz rota demasiadas veces, cicatrices surcándole las cejas y una deuda con el cártel ruso que garantizaba que, si no conseguía dinero pronto, sus órganos serían vendidos en el mercado negro antes de fin de mes. Fue entonces cuando llegó la invitación. Un sobre negro, sellado con cera roja, deslizado por debajo de la puerta de su miserable apartamento en Lavapiés. Adentro, una sola tarjeta de cartulina gruesa con coordenadas, una hora, y una promesa escrita en tinta dorada que parecía burlarse de su desesperación: Un millón de euros al ganador. Sin árbitros. Sin público. Sin piedad.

Cuando los hombres finalmente se detuvieron, le arrancaron la venda de los ojos con un tirón brusco.

La luz cegadora de un único foco industrial, colgado de una cadena oxidada, iluminaba un cuadrilátero improvisado en el centro de la inmensa bóveda subterránea. No había cuerdas elásticas ni esquinas acolchadas; el ring estaba delimitado por alambre de espino trenzado grueso, brillante y afilado como cuchillas de afeitar. Más allá de ese halo de luz cruda, la oscuridad era absoluta. Ningún espectador humano estaba allí para presenciar la carnicería. Solo el ojo rojo y parpadeante de varias cámaras de alta definición, montadas en las sombras de las paredes de piedra, transmitiendo este espectáculo dantesco a los rincones más oscuros y asquerosamente ricos de la deep web.

—Desnúdate de cintura para arriba. Tírate las vendas —ordenó una voz metálica y distorsionada que resonó a través de altavoces invisibles—. El combate terminará solo cuando uno de los dos deje de respirar. Esa es la única regla.

Mateo tragó saliva, el sabor a miedo amargo en su lengua. Se quitó la chaqueta de cuero desgastada y la camiseta, revelando un torso tatuado y marcado por años de castigo. Se vendó las manos en silencio, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a bombear ácido a través de sus venas. Estaba dispuesto a matar. Había aceptado ese hecho en el momento en que pisó el primer escalón de esa bodega. Era él o la oscuridad.

Entonces, desde el lado opuesto de la bóveda, surgió una figura.

Caminaba con una lentitud deliberada, casi depredadora. Iba envuelto en una bata de boxeo raída y oscura, con la capucha levantada ocultando sus facciones. El hombre era alto, con una musculatura densa y esculpida, surcada por cicatrices que parecían mapas de guerras olvidadas. Subió al cuadrilátero pasando por debajo del alambre de espino con la gracia de un felino.

Mateo se paró en el centro del círculo de luz, levantando la guardia por puro instinto, sus puños apretados hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Quítate la capucha —ladró Mateo, su voz ronca rebotando contra las paredes de piedra—. Quiero ver los ojos del hombre al que voy a matar.

El extraño se detuvo. Sus manos, envueltas en vendas manchadas de sangre seca, subieron lentamente hasta el borde de la capucha. Con un movimiento suave, la echó hacia atrás.

El corazón de Mateo se detuvo. Literalmente, sintió como si un puño de hielo le hubiera aplastado el pecho, robándole todo el oxígeno de los pulmones. Sus piernas, acostumbradas a soportar el castigo de pesos pesados, temblaron y casi cedieron. El mundo a su alrededor pareció distorsionarse, el zumbido de la luz halógena amplificándose hasta convertirse en un rugido ensordecedor.

No. Era imposible. Era una maldita alucinación provocada por el estrés, el miedo, o tal vez el olor a moho tóxico de la bodega.

El hombre frente a él tenía el cabello negro, cortado al ras, y una mandíbula cuadrada idéntica a la suya. Pero fue la marca de nacimiento en el lado izquierdo del cuello, y la cicatriz en forma de media luna sobre el pómulo derecho —una cicatriz hecha por una caída en bicicleta en el Parque del Retiro veinticinco años atrás— lo que rompió la mente de Mateo en mil pedazos.

—¿Lucas? —susurró Mateo, la palabra tropezando en sus labios, ahogada por un terror que iba más allá de la muerte misma.

Su hermano mayor. Lucas. El chico que había salido a comprar el periódico una mañana lluviosa de noviembre hacía quince largos y agonizantes años, y nunca había regresado. La desaparición que destruyó a su familia, que llevó a su madre a la tumba con el corazón roto y que empujó a Mateo a los bajos fondos de Madrid, buscando en cada rostro ensangrentado el fantasma de su hermano perdido.

Lucas lo miró. Sus ojos, que Mateo recordaba llenos de una calidez y un humor constantes, ahora eran dos pozos negros, vacíos de cualquier emoción humana. Eran los ojos de un asesino. De un hombre que había sido arrastrado por el infierno, despellejado y reconstruido como una máquina.

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