Capítulo 1: El Sabor del Cobre y la Traición
El mar Mediterráneo no perdona. Traga secretos, devora promesas y, de vez en cuando, escupe cadáveres hacia las costas de la península. Mateo lo sabía mejor que nadie. Con la espalda apoyada contra el frío y vibrante acero de la bodega de carga del inmenso ferry, observaba con una calma espeluznante cómo su propia sangre formaba un charco oscuro y espeso bajo sus botas de cuero gastado. El dolor en su costado era un latido sordo, una quemadura constante que le recordaba que seguía vivo, aunque por muy poco tiempo.
Arriba, a varios niveles de distancia, en la cubierta de primera clase, aún resonaban los ecos de la música electrónica. Era el remanente de Ibiza, la fiesta que se negaba a morir incluso cuando la madrugada comenzaba a teñir el horizonte de un azul ceniciento. Pero aquí abajo, en las entrañas de la bestia de metal, entre el olor nauseabundo a gasóleo, salitre y goma quemada, el único sonido que importaba era el eco metálico de los pasos.
Eran tres hombres. Podía escucharlos dividirse. Pasos pesados, tácticos. Hombres que no estaban allí para hacer preguntas, sino para cobrar una deuda de sangre. La deuda con Don Alejandro Vargas, conocido en los bajos fondos de toda España y el sur de Francia como “El Tiburón”.
Mateo apretó los dientes, ahogando un gemido mientras intentaba reacomodar el peso de su cuerpo detrás de un enorme contenedor de mercancías. En su mano derecha sostenía una pistola Glock 19, con solo tres balas en el cargador. En su mano izquierda, sin embargo, aferraba algo mucho más peligroso, algo que le quemaba la piel más que la herida de bala en sus costillas: un colgante de plata con la forma de una rosa entrelazada con una daga.
Hacía apenas unas horas, ese colgante colgaba del cuello de la mujer más fascinante que jamás había conocido. Hacía apenas unas horas, bajo el manto de estrellas y el viento del mar, le había jurado a esa mujer que dejarían todo atrás. Habían planeado una fuga perfecta: un tren desde Barcelona hasta París, luego un vuelo directo a Buenos Aires. Una nueva vida, lejos de la mafia, lejos de la sangre, lejos del terror constante de mirar por encima del hombro.
Él le había entregado su alma en la cubierta superior, embriagado por el olor a vainilla de su piel y la profundidad de sus ojos oscuros. Y ella, con lágrimas en los ojos, le había jurado amor eterno, prometiendo que juntos escaparían de sus respectivos infiernos.
Qué ironía tan macabra. Qué broma tan cruel del destino.
Mateo cerró los ojos, recordando el momento exacto, hacía apenas treinta minutos, cuando la luz pálida del amanecer iluminó la pantalla del teléfono de ella mientras dormía en el camarote. Un mensaje de texto de un número no guardado. Un mensaje que Mateo leyó por puro instinto de supervivencia, un hábito arraigado en un hombre perseguido.
«El objetivo está en el barco. No lo pierdas de vista, mi niña. Tus hermanos lo interceptarán en la bodega antes de atracar. Te amo. – Papá.»
El mundo de Mateo se había desmoronado en un instante. El aire había abandonado sus pulmones. La mujer que dormía a su lado, la mujer por la que estaba dispuesto a matar y morir, la mujer con la que iba a huir… era Elena Vargas. La única hija de “El Tiburón”. La princesa de la familia que lo había condenado a muerte por el error de su hermano mayor.
No había sido una casualidad. Su encuentro en el bar del puerto de Ibiza no fue cosa del destino. Todo había sido una trampa exquisitamente diseñada. Ella era el cebo. Y él, el estúpido pez que había mordido el anzuelo hasta tragarse el sedal entero.
Los pasos se detuvieron. Estaban cerca. Muy cerca.
—Sabemos que estás ahí, Mateo —graznó una voz áspera, resonando contra las paredes metálicas de la bodega. Era la voz de Raúl, el sicario principal de los Vargas, un hombre con la cara surcada de cicatrices y el alma más negra que el alquitrán—. No lo hagas más difícil. El jefe solo quiere tu cabeza. Si sales ahora, te prometo que será rápido. Si nos obligas a buscarte, te despellejaremos vivo antes de tirarte al agua.
El corazón de Mateo latía desbocado, como un tambor de guerra en su pecho. La adrenalina nublaba el dolor. Tenía que tomar una decisión. Podía salir, disparar, llevarse a uno o dos por delante antes de caer acribillado. Era la salida honorable. La salida de un hombre muerto.
Pero entonces, el sonido de la puerta principal de la bodega abriéndose de golpe interrumpió el tenso silencio. Unos pasos ligeros, frenéticos, bajaron por la escalera de caracol metálica.
—¡Raúl! ¡Detente! —gritó una voz femenina.
Era Elena. Su voz temblaba, no de miedo, sino de una autoridad furiosa que Mateo nunca le había escuchado.
—Señorita Elena —respondió Raúl, su tono cambiando instantáneamente de la amenaza al respeto absoluto—. No debería estar aquí abajo. Es peligroso. Este perro está acorralado y armado.
Mateo contuvo la respiración. Asomó lentamente el ojo por el borde del contenedor. Allí estaba ella. Llevaba el mismo vestido de seda negra con el que había subido al barco, pero ahora estaba descalza, con el pelo alborotado y el maquillaje corrido. En sus manos, para sorpresa de todos, sostenía un pequeño revólver plateado, apuntando directamente al pecho de Raúl.
—He dicho que os detengáis —repitió ella, dando un paso firme hacia los hombres de su padre—. Él viene conmigo.
El silencio que siguió fue más denso que la humedad del mar. Mateo estaba paralizado. La mente le daba vueltas. ¿Qué estaba pasando? ¿Era otro nivel de la trampa? ¿Un juego sádico de la hija del jefe de la mafia? ¿O… o la promesa que se hicieron bajo las estrellas era real?
La situación había escalado a un punto de no retorno. Mateo, el fugitivo traicionado; Elena, la hija del verdugo; y la muerte acechando en cada sombra de la bodega de aquel ferry. El barco soltó un sonido ensordecedor, la sirena anunciando que Barcelona estaba a la vista. El sol despuntaba, y con él, la hora de la verdad.
Capítulo 2: El Origen de la Pesadilla
Para entender cómo Mateo había llegado a estar desangrándose en el vientre de un ferry gigante, encañonado por los matones de su “suegro” de pesadilla, había que retroceder siete meses. Siete meses de huida, de noches sin dormir, de pasaportes falsos y de vivir con el frío tacto de una pistola debajo de la almohada.
Mateo no era un santo. Creció en las calles empedradas y duras del barrio del Raval, en Barcelona. Pero no era un asesino. Era un experto en logística, un hombre brillante con los números y la organización. Durante años, trabajó en la zona gris de la ley, gestionando el transporte de mercancías de contrabando —tabaco, electrónica, alcohol— eludiendo aduanas con una facilidad pasmosa.
Pero el verdadero criminal de la familia era su hermano mayor, Carlos. Carlos era ambicioso, imprudente y estúpido. Y en el submundo criminal de España, la estupidez se paga con sangre.
Carlos había intentado dar el gran golpe: robar un cargamento de cocaína pura en el puerto de Algeciras. Lo que Carlos no sabía —o prefirió ignorar— era que ese cargamento pertenecía a Don Alejandro Vargas. El Tiburón. El robo salió terriblemente mal. Carlos fue capturado, torturado durante tres días en una nave industrial abandonada a las afueras de Madrid, y finalmente asesinado. Su cuerpo fue dejado en el maletero del coche de Mateo como un mensaje claro.
Pero el mensaje no terminaba ahí. La regla de oro de Los Vargas era draconiana: La sangre paga la sangre. Carlos había matado a dos hombres de Vargas durante el atraco fallido. Además, la droga había desaparecido, incautada por la policía debido al caos que Carlos había provocado. El Tiburón perdió millones. Y según su código retorcido, la deuda recaía sobre el familiar más cercano. Mateo.
Mateo recibió una llamada la misma noche que encontró el cuerpo de su hermano. Era la voz gélida de Alejandro Vargas en persona.
—Mateo. Tu hermano fue un perro rabioso. Los perros rabiosos se sacrifican. Pero me ha costado dinero y hombres. Tienes cuarenta y ocho horas para desaparecer de Europa. Si te encuentro después de ese tiempo, no te mataré yo. Dejaré que mis mastines te arranquen la piel a tiras. Huye, chico. Disfruto la caza.
Desde entonces, Mateo se había convertido en un fantasma. Vació sus cuentas secretas, compró una identidad nueva, se tiñó el pelo de rubio oscuro y comenzó un periplo infernal. Estuvo en Lisboa, en Nápoles, en Marsella. Pero la red de Vargas era inmensa. Siempre lo encontraban. Siempre lograba escapar por los pelos, dejando tras de sí una estela de paranoia.
Su último escondite había sido Ibiza. Pensó que la isla, con su caos permanente, su flujo interminable de turistas y su geografía insular, le daría una tregua. Trabajó como mecánico de embarcaciones durante el día y durmió en una furgoneta destartalada por la noche. Durante tres meses, funcionó. Sintió que por fin la sombra del Tiburón se había desvanecido.
Hasta el día en que la conoció a ella.
Capítulo 3: El Encuentro en Dalt Vila
Fue en una noche cálida y opresiva, de esas que anticipan una tormenta de verano. Mateo había subido a Dalt Vila, el casco histórico de Ibiza, buscando un momento de paz lejos del ruido de las discotecas. Entró en un pequeño bar clandestino empotrado en la muralla, un lugar donde solo servían ginebra de importación y el jazz sonaba lúgubre en un tocadiscos viejo.
Allí estaba ella. Sentada sola en la barra, jugando distraídamente con el borde de un vaso de cristal tallado. Llevaba un vestido rojo sangre que contrastaba con su piel pálida, como de porcelana. Su cabello, negro y sedoso, caía en cascada sobre uno de sus hombros. Pero lo que atrapó a Mateo no fue su belleza innegable, sino la profunda, infinita tristeza que emanaba de sus ojos. Parecía una mujer que cargaba con el peso del mundo entero.
Mateo se sentó a dos taburetes de distancia. Pidió un whisky solo. No quería problemas. No quería compañía. Pero el destino, ese guionista cruel, ya había tirado los dados.
—Tienes cara de estar huyendo de algo —dijo ella de repente, sin girar la cabeza. Su voz era grave, aterciopelada, con un ligero acento que Mateo no supo identificar.
Mateo se tensó al instante. Su mano se movió un milímetro hacia la cintura, donde llevaba el arma oculta.
—Todos en esta isla huyen de algo —respondió él, midiendo cada palabra—. Algunos huyen de la rutina. Otros del aburrimiento.
—¿Y tú? —Ella finalmente giró el rostro para mirarlo. Sus ojos eran de un verde oscuro, casi esmeralda, penetrantes y evaluadores.
—Yo huyo del pasado —mintió a medias.
Ella sonrió, una sonrisa triste que no llegó a sus ojos.
—El pasado es el único perro que nunca pierde el rastro, por muy lejos que corras. Me llamo Elena.
—Marcos —respondió Mateo, usando el nombre de su pasaporte falso.
Esa noche hablaron durante horas. Fue una de esas conexiones raras y eléctricas que ocurren una vez en la vida. Hablaron de la vida, de la muerte, de la sensación de estar atrapados en vidas que no habían elegido. Elena le confesó que se sentía prisionera en una “jaula de oro”, rodeada de gente que le decía qué hacer, a quién amar y cómo comportarse. Habló de un padre estricto, opresivo, controlador.
Mateo se sintió extrañamente identificado. Bajó la guardia. Por primera vez en siete meses, no se sintió como una presa. Se sintió como un hombre. La tensión entre ellos era palpable, un magnetismo animal que culminó cuando salieron del bar. La tormenta había estallado. La lluvia caía a cántaros sobre los adoquines de Dalt Vila.
Se refugiaron en el estrecho soportal de una iglesia antigua. Estaban empapados, respirando agitadamente. Y sin decir una palabra más, Mateo la besó. Fue un beso desesperado, lleno de necesidad, de miedo, de pasión. Elena respondió con la misma ferocidad, enredando sus dedos en el cabello de él.
Pasaron la noche juntos en la furgoneta de Mateo. Y luego, la noche siguiente. Y la siguiente. Durante dos semanas, vivieron un romance clandestino, intenso y febril. Mateo se enamoró perdidamente. Elena se convirtió en su ancla, en su única razón para no volarse los sesos por la paranoia.
Pero la ilusión se rompió la tarde en que Mateo vio a dos hombres vestidos de traje bajar de un yate en el puerto de Marina Botafoch. Hombres con un andar inconfundible. Sicarios. Los reconoció de inmediato. Eran los mismos que habían acompañado a Don Alejandro en un antiguo juicio años atrás.
Lo habían encontrado.
El pánico se apoderó de Mateo. Corrió hacia el apartamento alquilado de Elena. Entró de golpe, empapado en sudor frío.
—Tenemos que irnos. Ahora —le dijo, recogiendo sus escasas pertenencias en una mochila—. Me han encontrado.
Elena lo miró asustada, pálida.
—¿Quiénes? ¿De qué hablas, Marcos?
—No me llamo Marcos. Me llamo Mateo. Y hay gente muy peligrosa que me quiere muerto. Si te quedas conmigo, estarás en peligro. Tienes que olvidarte de mí.
Para su sorpresa, Elena no lloró. No se asustó. Se acercó a él, le agarró el rostro con ambas manos y lo miró con una determinación feroz.
—No voy a dejarte. Te amo. Y no soporto un minuto más en esta vida que tengo. Llévame contigo, Mateo. Adonde sea.
Mateo dudó. Llevarla consigo era firmar su sentencia de muerte si los atrapaban. Pero la idea de dejarla atrás le destrozaba el alma.
—Hay un ferry nocturno hacia Barcelona que sale esta noche a las 23:00 —dijo él, su voz temblando por la adrenalina—. No hay controles de pasaportes estrictos para pasajeros a pie en esa naviera si compramos los billetes en el último minuto. Una vez en Barcelona, tomamos un coche directo a la frontera francesa. Después… el mundo es nuestro.
Elena asintió, con lágrimas brillando en sus ojos.
—El ferry. Juntos.
Capítulo 4: El Vuelo del Ángel Caído
Subir al enorme buque fue una odisea de nervios. Mateo mantenía la cabeza gacha, la gorra calada hasta los ojos, analizando cada rostro, cada movimiento. Elena caminaba a su lado, aferrada a su brazo como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio. Lograron pasar el embarque sin incidentes. Compraron un camarote de primera clase con dinero en efectivo, el último refugio que el dinero ilícito de la huida de Mateo le permitía.
Una vez que el barco zarpó y la costa de Ibiza comenzó a convertirse en una línea de luces parpadeantes en la oscuridad, la tensión de Mateo pareció ceder un poco. Estaban en alta mar. Tierra de nadie. Durante las próximas nueve horas, estaban a salvo.
Salieron a la cubierta superior. El viento frío del Mediterráneo les golpeaba el rostro, un recordatorio físico de que estaban vivos, de que se estaban moviendo, escapando. La luna llena iluminaba el agua oscura, creando un camino de plata que parecía guiarles hacia la salvación.
Allí, apoyados en la barandilla, abrazados contra el frío, hicieron la promesa.
—Cuando lleguemos a París, cambiaremos de aspecto por completo —le susurraba Mateo, acariciando el cabello de ella—. Conozco a un tipo que nos conseguirá pasaportes biométricos indetectables. Nos llamaremos… no sé, David y Laura. Volaremos a Argentina. Compraré un pequeño trozo de tierra en la Patagonia. Criaremos caballos. Nadie, absolutamente nadie del pasado nos encontrará allí.
Elena lo miraba con una adoración que, en retrospectiva, Mateo ahora sentía como puñales clavándose en su corazón. Ella se quitó de su propio cuello el collar de plata —la rosa y la daga— y se lo puso a él.
—Es el amuleto de mi familia —dijo ella en voz muy baja—. Simboliza que el amor verdadero requiere sacrificio. La rosa es la belleza de lo que construyes, la daga es la disposición a derramar sangre para protegerlo. Prométeme que pase lo que pase, lucharemos por nuestra rosa.
—Te lo prometo, mi amor. Te juro que daría mi vida por ti.
Se besaron bajo las estrellas, un beso que sellaba un pacto de sangre y esperanza. Se sintieron invencibles. Como dos ángeles caídos que finalmente habían encontrado el camino de vuelta al cielo a través del pecado del otro.
Luego bajaron al camarote. Hicieron el amor con una urgencia brutal, como si el mundo fuera a acabarse al amanecer. Fue una mezcla de sudor, lágrimas de liberación y promesas susurradas en la oscuridad. Después, Elena cayó en un sueño profundo, agotada por la tensión y la pasión.
Mateo, sin embargo, no podía dormir. El instinto de supervivencia de un hombre acorralado nunca se apaga por completo. Cerca de las cinco de la mañana, se levantó en silencio. Fue al pequeño baño del camarote para mojarse la cara. Al salir, vio que la pantalla del teléfono de Elena, apoyado en la mesilla de noche, se iluminaba de repente.
Un mensaje.
Mateo no solía espiar, pero la paranoia era un monstruo difícil de silenciar. Se acercó. No reconoció el número, pero el mensaje apareció en la pantalla bloqueada.
«El objetivo está en el barco. No lo pierdas de vista, mi niña. Tus hermanos lo interceptarán en la bodega antes de atracar. Te amo. – Papá.»
El tiempo se detuvo. El sonido constante de los motores del barco se convirtió en un zumbido ensordecedor dentro del cráneo de Mateo. El frío absoluto lo invadió. Dejó caer el vaso de agua que tenía en la mano. El cristal estalló contra el suelo enmoquetado con un sonido sordo.
Elena se movió en la cama, gimiendo en sueños.
Mateo retrocedió, tropezando con sus propios pies. Su mente unía las piezas del rompecabezas con una velocidad aterradora.
El acento. Ese acento del sur, apenas perceptible. El amuleto familiar. La rosa y la daga. El puto escudo de armas de la familia Vargas. Lo había visto en los expedientes policiales que había hackeado sobre El Tiburón. La casualidad del encuentro. La mujer triste en el bar. El blanco perfecto para un fugitivo solitario y desesperado. La trampa.
Ella no era una prisionera de una jaula de oro. Ella era el halcón entrenado del Tiburón. La habían enviado a Ibiza a cazar. Sabían que Mateo era un mujeriego empedernido antes de su huida, sabían que era vulnerable a una damisela en apuros. Jugaron con su psicología. Ella lo enamoró, lo vigiló y, cuando el cerco se estrechó, orquestó su propia “huida” para subirlo al barco, un entorno cerrado del que no podría escapar. Los sicarios que él vio en el puerto no lo estaban buscando a él a ciegas; estaban siguiendo las coordenadas que Elena les daba.
Mateo sintió ganas de vomitar. El dolor de la traición era infinitamente peor que el miedo a morir. Aquella mujer en la cama, desnuda bajo las sábanas, la dueña de su corazón, era su verdugo.
Con los ojos llenos de lágrimas de rabia, Mateo sacó su pistola de la mochila. Comprobó el cargador. Tres balas. Podía matarla ahora mismo mientras dormía. Sería fácil. Un tiro en la cabeza, venganza por la manipulación, por la destrucción de su única esperanza. Apuntó el arma temblorosa hacia la figura durmiente. Su dedo acarició el gatillo.
Pero no pudo.
La maldición del amor verdadero es que no desaparece instantáneamente con la traición. Bajó el arma con un sollozo ahogado. Tenía que huir. Tenía que llegar a la bodega de carga, donde estaban los coches. Si podía esconderse en el maletero de algún furgón grande, tal vez, solo tal vez, podría salir del barco en Barcelona sin ser detectado.
Se vistió rápidamente, recogió sus cosas y salió del camarote como un fantasma.
Pero los Vargas no cometían errores. El barco estaba plagado de sus hombres. Elena no era la única que lo vigilaba. Apenas llegó a las escaleras que descendían a las bodegas inferiores, dos hombres trajeados le cortaron el paso.
—Mateo —dijo uno de ellos, desenfundando una pistola con silenciador—. El señor Vargas te manda saludos.
Mateo no lo pensó. Su instinto criminal reprimido afloró. Se abalanzó sobre el hombre, apartando el cañón justo a tiempo. El disparo silenciado pasó rozando su oreja. Mateo le propinó un codazo brutal en la laringe, haciéndolo caer ahogándose. El segundo hombre disparó. Mateo sintió un impacto candente en el costado izquierdo, como si le hubieran clavado un hierro al rojo vivo.
Gritó de dolor, pero la adrenalina lo empujó hacia adelante. Le arrancó la pistola al primer hombre y corrió hacia la puerta de acero que daba a las entrañas de la bodega de carga. Cerró la puerta tras de sí y se sumergió en el laberinto de coches, camiones y contenedores, dejando un rastro de sangre en el suelo metálico.
Capítulo 5: El Enfrentamiento en la Bodega
Y así regresamos al presente. A la oscuridad, al olor a sangre y gasóleo.
Elena estaba allí, descalza, con un revólver apuntando a Raúl, el asesino de su padre. Mateo no comprendía nada. El mareo por la pérdida de sangre le dificultaba pensar con claridad.
—Señorita Elena, baje el arma —repitió Raúl, su voz perdiendo la paciencia. Sus dos acompañantes habían rodeado lentamente el contenedor detrás del cual se escondía Mateo, cortándole cualquier posible ruta de escape—. Su padre ha dado una orden directa. Este hombre debe morir.
—¡No dejaré que lo toquéis! —gritó ella. Su mano temblaba, pero sus ojos verdes refulgían con una determinación salvaje—. ¡Retiraos! ¡Es una orden!
Raúl rió por lo bajo, una risa cruel y seca.
—Con todo el respeto, señorita. Usted es el cebo. Su padre nos dijo claramente que una vez cumplida su misión de meterlo en esta trampa de acero, la apartáramos. Su trabajo aquí ha terminado. Vuelva a su camarote. Nosotros limpiaremos la basura.
—¡Mintió! —sollozó Elena—. Papá me juró… me juró que si yo lo encontraba, si yo lo mantenía retenido, solo lo llevaría ante la justicia de la familia para un juicio. Me prometió que no lo mataría si él se entregaba sin luchar.
Mateo sintió un escalofrío. ¿Ella creía realmente esa estupidez? ¿O era otra capa de su actuación?
—El jefe dijo lo que tenía que decir para que usted hiciera su parte, señorita —dijo Raúl con frialdad—. Usted es demasiado blanda. Usted se creyó el cuento de la damisela triste que él se tragó. Pero ahora, despierte a la realidad. Los Vargas no perdonamos deudas de sangre. Y este perro ha hecho sangrar a uno de los nuestros.
De repente, Raúl hizo un movimiento rápido con la cabeza. Uno de sus hombres, situado en el flanco derecho, se abalanzó hacia Elena para desarmarla.
Pero Elena, la hija del Tiburón, no era una simple damisela. Con una rapidez asombrosa, giró el revólver y disparó. El estruendo resonó en la gigantesca cámara metálica como un cañonazo. La bala impactó en el hombro del matón, haciéndole caer hacia atrás con un alarido de dolor.
El caos se desató.
Raúl levantó su arma para disparar, no a matar a Elena, sino para herirla y neutralizarla. Mateo, viendo la oportunidad, salió de su escondite detrás del contenedor. Ignorando el dolor agonizante en sus costillas, apuntó su Glock y disparó dos veces. Una bala falló, impactando chispas contra el casco del barco. La segunda atravesó la pantorrilla de Raúl.
El sicario rugió y cayó sobre una rodilla, disparando ráfagas al azar hacia el contenedor de Mateo. Las balas rebotaban por todas partes.
—¡Mateo! —gritó Elena, corriendo hacia él mientras el tercer hombre se cubría detrás de un coche.
Ella se deslizó por el suelo manchado de sangre y se arrojó detrás del contenedor, junto a él. Estaba jadeando, con el rostro manchado de pólvora. Lo miró a los ojos, y Mateo vio en ellos la misma desesperación pura y sin filtros que habían compartido bajo la lluvia en Ibiza.
—Estás herido… Dios mío, te han dado —susurró ella, sus manos temblando mientras intentaba presionar la herida de su costado. Su vestido de seda se manchó inmediatamente de rojo escarlata.
Mateo la apartó bruscamente con el brazo libre. La miró con una mezcla de odio, dolor y un amor fragmentado que se negaba a morir.
—No me toques —le escupió, tosiendo sangre—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no dejaste que me mataran en el camarote? ¿Era esto parte del teatro? ¿Querías ver el espectáculo de cerca?
Las lágrimas finalmente rodaron por las mejillas de Elena.
—¡No, Mateo, escúchame! —rogó, agarrando el cuello de su camisa manchada—. ¡Al principio sí, era un trabajo! Mi padre me obligó. Dijo que si no te entregaba, mataría a mi madre. Estaba desesperada. Fui a Ibiza a cazarte. Pero luego… luego te conocí. Hablamos en aquel bar. Me besaste. Y todo cambió.
—Mentira. Todo fue una puta mentira. El mensaje de tu padre…
—¡El mensaje era la única forma de ganar tiempo! —le interrumpió ella frenéticamente, mientras los disparos de Raúl destrozaban el metal del contenedor—. Le dije que te llevaría a Barcelona dócilmente para que no enviara a sus asesinos a matarte en la isla. Quería subir a este barco, noquear a mis propios escoltas en alta mar y escapar contigo en un bote salvavidas. Pero te adelantaste. Te levantaste de la cama antes de que yo pudiera ejecutar mi plan.
Mateo la miró fijamente. Podía detectar las mentiras de un hombre a kilómetros. Había sobrevivido toda su vida gracias a ello. Pero en los ojos de Elena solo veía verdad absoluta. Una verdad desordenada, desesperada y trágica. Ella había intentado salvarlo de la única manera que su mente retorcida y condicionada por la mafia pudo idear, y todo había salido catastróficamente mal.
—Nos van a matar a los dos ahora —murmuró Mateo, sintiendo que sus fuerzas mermaban rápidamente. La sangre formaba ya un lago oscuro a su alrededor—. Tu padre no perdonará que hayas disparado a sus hombres.
—Me da igual mi padre —dijo Elena con fiereza, aferrando su pequeño revólver plateado—. Te prometí que lucharíamos por nuestra rosa. Te lo prometí en la cubierta, y te lo prometo ahora en el infierno.
El altavoz de la bodega cobró vida con un chirrido estático. Era la voz del capitán del ferry.
«Atención a todos los pasajeros y tripulación. Comenzamos maniobras de atraque en el puerto de Barcelona. Se ruega a los pasajeros que tengan vehículos en la bodega que se dirijan a sus coches.»
El sonido de docenas de puertas abriéndose en los niveles superiores y los murmullos de los pasajeros bajando hacia la bodega comenzaron a escucharse.
Raúl, escondido detrás de una camioneta blanca a diez metros de distancia, gritó.
—¡Se acabó el tiempo, tortolitos! La gente está bajando. Si no salen ahora y mueren en silencio, empezaremos a disparar a los pasajeros. Usted conoce a su padre, señorita Elena. Saben que a Los Vargas no nos importa la cantidad de cuerpos que dejamos atrás.
Elena miró a Mateo. Tenía los labios apretados. Su decisión estaba tomada.
—Mateo… tienes que escucharme —susurró, acercando sus labios a la oreja de él—. Solo me queda una bala en el tambor. Tú estás gravemente herido. No podemos huir corriendo.
—¿Qué propones? ¿Que nos peguemos un tiro mutuamente como Romeo y Julieta? —sonrió él irónicamente, sintiendo el sabor salado y metálico de la sangre en su boca.
—No. Propongo que sobre vivas tú.
Antes de que Mateo pudiera procesar sus palabras, Elena se arrancó el vestido de seda negro. Debajo, llevaba un chaleco de kevlar que no se notaba con la ropa holgada. Desabrochó las correas rápidamente y se lo puso a Mateo por la fuerza, abrochándolo sobre su herida sangrante.
—¿Qué haces? ¡Estás loca! —Mateo intentó detenerla, pero estaba demasiado débil.
—Eres un genio de la logística, Mateo. Eres un superviviente. Si sales de este barco, podrás desaparecer para siempre. Yo solo soy un peso muerto. La hija del monstruo.
—Elena, no…
—Vas a fingir que me has tomado de rehén —continuó ella, sus palabras brotando a toda velocidad—. Vas a ponerme esa pistola en la cabeza. Te levantarás y caminarás hacia la rampa de salida. Raúl no disparará si cree que vas a volar los sesos a la princesita del jefe delante de cien testigos que acaban de llegar a la bodega.
—Raúl acaba de decir que no le importan los daños colaterales. Disparará a través de ti para darme a mí.
—No lo hará. Mi padre lo despellejaría vivo si yo muero. Me necesita viva para un matrimonio concertado con la Camorra italiana el mes que viene. Por eso quería recuperarme a toda costa. Eres mi billete de salida, Mateo. Y yo soy el tuyo.
Los pasajeros comenzaban a inundar la bodega de carga. El ruido de los motores arrancando, las familias hablando, las maletas rodando. La confusión era el mejor aliado.
—¡Diez segundos, Mateo! —rugió Raúl desde la distancia, el sonido del cerrojo de su rifle de asalto cortando el ruido de los motores de los coches.
Elena le agarró el rostro a Mateo y lo besó profundamente. Un beso manchado de sangre y pólvora, con sabor a despedida definitiva.
—Hazlo. Ponme el arma en la cabeza. Levántame. Y cuando lleguemos a la rampa y los Mossos d’Esquadra del puerto te vean, me empujas hacia Raúl y corres. Mezclate con la multitud. Huye, mi amor. Huye y vive por los dos.
La disyuntiva definitiva golpeó a Mateo con la fuerza de un tren de mercancías. La traición inicial de Elena se había transformado en el mayor acto de amor y sacrificio que había presenciado jamás.
Si aceptaba su plan, la usaría como escudo humano, traicionando su propia moral, pero viviría. Escaparía, tal vez, para siempre. Si se negaba, morirían los dos allí mismo, acribillados en la fría bodega de un barco, convirtiéndose en otra anécdota sangrienta en el largo currículum de crímenes del Tiburón.
El amor los obligaba a elegir: correr juntos hacia la muerte, o traicionar sus propios principios para garantizar que uno de los dos viera el amanecer sobre las calles de Barcelona.
La rampa del ferry comenzó a descender con un quejido mecánico abrumador. La brillante y cegadora luz de la mañana de Barcelona inundó la lúgubre bodega, revelando los rostros asustados de los pasajeros más cercanos que acababan de ver la sangre en el suelo y los hombres armados. El pánico estaba a punto de estallar. Gritos apagados comenzaron a brotar de la multitud.
Mateo respiró hondo, un dolor agudo perforándole el pulmón. Miró a los ojos verdes de Elena, que le suplicaban silenciosamente que ejecutara el plan. Apretó el colgante de plata en su mano izquierda por última vez, sintiendo la daga del amuleto clavarse en su palma.
Levantó la Glock 19.
Y apuntó.
Capítulo 6: El Peso del Acero y la Elección
El cañón de la Glock 19 estaba frío, pero en la mente de Mateo ardía como un tizón sacado directamente de las brasas del infierno. Apuntaba a la sien de Elena. El cañón negro contrastaba violentamente con la palidez de su piel y los mechones de cabello oscuro que se le pegaban al rostro por el sudor.
La rampa del ferry terminaba de descender con un golpe seco que hizo vibrar toda la estructura metálica del barco. La luz del sol mediterráneo, cegadora y dorada, irrumpió en la bodega como una cuchillada, revelando el dantesco escenario a decenas de pasajeros que, ajenos a la tragedia, bajaban a por sus vehículos para comenzar sus vacaciones en Barcelona.
Un grito agudo, histérico, rompió el silencio de la mañana. Una mujer, aferrada a la mano de un niño pequeño, acababa de ver la sangre. Había visto a los hombres armados. Había visto a Mateo con el arma en la cabeza de la joven.
El pánico se propagó como la pólvora. La gente empezó a correr en todas direcciones, tropezando con las maletas, empujándose unos a otros. El caos era absoluto. Y en medio de ese torbellino de histeria humana, Raúl, el sicario del Tiburón, levantó su rifle de asalto, con el rostro desencajado por la furia.
—¡Baja el arma, hijo de puta! —rugió Raúl, su voz compitiendo con las sirenas de los coches cuyas alarmas habían saltado por los golpes de la multitud despavorida—. ¡No te atreverás!
Elena cerró los ojos, esperando el empujón. Esperando la traición acordada. Susurró, con la voz quebrada por un sollozo silencioso:
—Hazlo, Mateo. Ahora. Sobrevive.
Pero Mateo no la empujó.
La miró. Miró esa rosa de plata que ahora colgaba de su propio cuello, manchada con su sangre. Miró a la mujer que, habiendo sido enviada para destruirlo, acababa de entregarle su propia vida en bandeja de plata. En el mundo de Mateo, un mundo de sombras, mentiras y contrabando, nadie regalaba nada. La supervivencia era la única moneda de cambio. Si la entregaba ahora, viviría. Sería un fantasma.
Pero sería un fantasma sin alma.
Mateo apretó los dientes. El dolor en su costado era una bestia devorándole las entrañas, pero la claridad mental que lo invadió fue absoluta.
—No —susurró él, tan bajo que solo ella pudo escucharlo.
Elena abrió los ojos, estupefacta.
—¿Qué haces? —murmuró ella, presa del pánico.
—Dije que lucharíamos por nuestra rosa. Juntos.
Con un movimiento rápido, brusco y suicida, Mateo apartó la pistola de la cabeza de Elena. No disparó a Raúl. No disparó a los matones. Apuntó hacia el techo de la bodega de carga, directamente a la intrincada red de tuberías rojas del sistema de extinción de incendios, justo encima de donde se agrupaban los sicarios de Vargas.
Apretó el gatillo. La última bala de la Glock salió disparada con un fogonazo ensordecedor.
El impacto destrozó la válvula principal de presión. Un segundo después, un torrente de espuma química ignífuga y agua a altísima presión estalló desde el techo, creando una densa e impenetrable nube blanca que cubrió por completo la posición de Raúl y sus hombres. Los gritos de sorpresa de los sicarios se ahogaron bajo el rugido ensordecedor del sistema de seguridad del barco.
—¡Corre! —gritó Mateo, agarrando la mano de Elena con una fuerza sobrenatural.
Se lanzaron hacia la rampa, mezclándose con la marea humana que huía despavorida hacia el muelle del puerto de Barcelona. La nube de espuma química les dio los preciosos segundos de ventaja que necesitaban. Bajaron la rampa corriendo a trompicones, envueltos en la histeria colectiva.
El aire de Barcelona, salado, denso y cargado del olor a contaminación de la ciudad, los golpeó en la cara. Estaban fuera del barco.
—¡Por aquí! —Elena tiró de él. Conocía el puerto. Su padre tenía almacenes clandestinos en la Zona Franca, y ella había memorizado la geografía de los muelles desde niña.
Corrieron esquivando a la Policía Portuaria que empezaba a llegar en tromba, atraída por los gritos y la alarma del ferry. Mateo sentía que cada paso era una puñalada en el pulmón. La sangre seguía manando debajo del chaleco de kevlar que Elena le había puesto. Su visión se nublaba en los bordes, oscureciéndose por momentos.
Llegaron a una zona de aparcamiento de corta estancia para los taxis y vehículos de alquiler. Elena divisó un Audi sedán negro con el motor encendido; el conductor, un hombre trajeado, había salido del vehículo y miraba hacia el caos del barco, distraído.
Elena no lo dudó. Soltó la mano de Mateo, se acercó al conductor por la espalda y, con la culata de su pequeño revólver plateado, le asestó un golpe seco en la nuca. El hombre cayó redondo al suelo de asfalto.
—¡Sube! —le gritó a Mateo, abriendo la puerta del copiloto.
Mateo se derrumbó en el asiento de cuero, jadeando, presionando su herida. Elena saltó al asiento del conductor, metió la marcha y pisó el acelerador a fondo. El Audi chirrió las ruedas, dejando marcas de goma quemada en el asfalto, y salió disparado hacia la Ronda del Litoral, alejándose del infierno del puerto.
Capítulo 7: La Sangre en el Asfalto
El interior del coche olía a cuero nuevo y a pino, un contraste grotesco con el olor a sangre metálica y sudor frío que emanaba de Mateo. Elena conducía con la pericia de un piloto de fugas, su rostro tenso, la mandíbula apretada. Sus ojos verdes saltaban del retrovisor a la carretera con frenesí.
—Aguanta, Mateo. Por favor, aguanta —suplicaba ella, tomando la salida hacia la montaña de Montjuïc. Evitaba el centro de la ciudad, plagado de cámaras de tráfico y patrullas de los Mossos d’Esquadra que seguramente ya estarían peinando la zona.
—Has… has cometido un error —logró articular Mateo. Su voz era un hilo frágil, rasposo—. Si me hubieras usado de rehén… habrías escapado. Tu padre…
—Cállate —le cortó ella, con lágrimas de pura tensión asomando en sus ojos—. No iba a dejar que murieras ahí dentro. No después de haberte prometido una vida.
Subieron por las sinuosas carreteras de Montjuïc, dejando atrás el bullicio de la metrópolis. La montaña, coronada por su antiguo castillo, estaba salpicada de parques vacíos, instalaciones olímpicas abandonadas y viejos almacenes de mantenimiento. Elena condujo el coche por un camino de tierra oculto tras unos espesos cipreses, deteniéndolo bruscamente detrás de las ruinas de unas antiguas baterías antiaéreas de la Guerra Civil.
El silencio de la montaña cayó sobre ellos, roto únicamente por los jadeos agónicos de Mateo.
Elena apagó el motor y se giró hacia él. La palidez de Mateo era aterradora. Sus labios tenían un tono azulado. Ella le desabrochó con manos temblorosas el chaleco de kevlar. La herida en su costado no era un roce. La bala había entrado y salido, pero había destrozado tejido y, por la cantidad de sangre oscura, posiblemente había rozado algún órgano interno.
—Dios mío, Mateo… —sollozó Elena, rasgando lo que quedaba de su vestido para hacer un torniquete improvisado—. Necesitas un hospital. Te estás desangrando.
Mateo negó con la cabeza, esbozando una sonrisa torcida y febril.
—No… hospitales no. Tu padre tiene contactos en todos… los hospitales de Cataluña. Si entro… no salgo vivo. Y a ti… te llevarán de vuelta. Al matrimonio con el italiano. A la jaula.
—¡Me da igual mi padre! ¡Me da igual el italiano! ¡Te estás muriendo! —gritó ella, desesperada, manchándose las manos con la sangre del hombre al que amaba.
Mateo levantó una mano temblorosa y le acarició la mejilla, manchándola de rojo.
—Nos hemos amado… más en estas dos semanas… que la mayoría de la gente en toda una vida, Elena. No me arrepiento de no haberte disparado en el camarote.
Ella lloró abiertamente, apretando la herida con todas sus fuerzas. El sol de la mañana se filtraba por las ventanillas del coche robado, iluminando una escena de amor y tragedia absoluta.
Elena sabía que Mateo tenía razón. Si llamaba a una ambulancia, la red de corrupción de su padre, El Tiburón, se enteraría en cuestión de minutos. Los hospitales privados estaban controlados por él; los públicos tenían informantes. Los sicarios llegarían antes que los médicos.
Pero si no hacía nada, Mateo moriría en ese asiento de coche en menos de una hora.
La mente analítica y fría que su padre había forjado en ella durante años, la mente de la heredera de un imperio criminal, comenzó a trabajar a toda velocidad. Solo había una salida. Una única jugada en este tablero de ajedrez donde el rey estaba herido de muerte.
Tenía que traicionarlo.
Pero no la traición de Ibiza. No la traición para entregarlo a la muerte, sino la traición más dolorosa, la más cruel, la única que garantizaba su supervivencia.
Elena rebuscó en los bolsillos de la chaqueta manchada de sangre de Mateo y sacó su teléfono móvil, el que usaba para sus comunicaciones seguras. Lo desbloqueó, sabiendo el código que él mismo le había enseñado en una noche de confidencias.
Mateo, medio inconsciente, la miraba a través de rendijas.
—¿Qué… qué haces? —susurró.
Elena no le miró a los ojos. No podía soportarlo. Marcó un número de tres cifras.
—112, emergencias, ¿dígame? —respondió la voz metálica al otro lado de la línea.
Mateo abrió los ojos de par en par, la comprensión golpeándole con la fuerza de un mazo.
—Elena… no… —intentó detenerla, pero su brazo cayó inerte.
—Hola —dijo Elena, su voz adoptando un tono de pánico fingido, el tono de una ciudadana asustada—. Estoy en la montaña de Montjuïc, cerca de las antiguas baterías. Hay un hombre aquí… está herido de bala. Se está muriendo. Por favor, vengan rápido.
—Entendido, señora. ¿Puede darme su nombre? ¿Quién es el herido?
—El herido es Mateo Ruiz —dijo Elena, pronunciando el nombre real de Mateo alto y claro—. El hombre buscado por el robo de Algeciras. Soy… soy una rehén que logró escapar. Él está armado. Envien a los GEOs. Envien a la policía. Y una ambulancia.
Colgó.
El silencio en el coche se volvió sepulcral. Mateo la miraba, incapaz de procesar la magnitud de lo que acababa de escuchar. Ella lo había delatado. Había entregado su nombre real a la policía nacional. En cuestión de minutos, la montaña estaría plagada de coches patrulla y furgones policiales. Las autoridades lo arrestarían. Iba a ir a la cárcel por el robo de su hermano. Por contrabando. Por resistencia a la autoridad.
Se pasaría los próximos veinte años pudriéndose en una celda de alta seguridad.
—Me has… vendido —susurró Mateo, una lágrima solitaria recorriendo su mejilla sucia y pálida. El dolor de esa puñalada emocional era infinitamente peor que el agujero en su abdomen.
Elena se giró hacia él. Su rostro estaba bañado en lágrimas, pero su expresión era de una resolución de hierro, dura como el diamante.
—Te he salvado la vida —dijo ella, con la voz temblando por el esfuerzo de no derrumbarse—. Escúchame bien, Mateo. Escúchame.
Le agarró el rostro ensangrentado con ambas manos, obligándolo a mirarla.
—Si te quedas aquí, mueres. Si vamos a un hospital clandestino de mi padre, mueres. Si huyes solo, te desangras en una cuneta y mueres. La cárcel… la cárcel es el único lugar donde mi padre no puede tocarte fácilmente. En una prisión de máxima seguridad, rodeado de guardias, estarás protegido del Tiburón. Te curarán. Te juzgarán. Te encerrarán. Pero estarás vivo.
Mateo boqueaba, intentando asimilarlo. La lógica era aplastante, brutal y carente de toda piedad romántica. Era la lógica de la supervivencia pura y dura.
—¿Y tú? —logró preguntar él—. ¿Qué pasará… contigo?
Elena tragó saliva. El sonido de las sirenas de policía comenzó a escucharse a lo lejos, un aullido espectral que subía por la montaña, acercándose rápidamente.
—Yo volveré a mi jaula —respondió ella, su voz apagándose, muerta por dentro—. Llamaré a mi padre. Le diré que logré escapar, que te tendí una trampa con la policía porque era la única forma de vengarnos sin mancharnos las manos. Él me creerá. Le entregaré mi libertad a cambio de que cancele la orden de asesinato sobre ti. Me casaré con ese mafioso italiano. Cumpliré mi condena como la princesa de la familia Vargas.
Mateo sollozó. El sacrificio era inmenso. Ella estaba entregando su cuerpo, su futuro, su alma entera, para que él pudiera respirar en una celda de tres por tres metros. El pacto de huir juntos a la Patagonia se hacía pedazos frente a sus ojos, sustituido por un futuro de barrotes y cadenas para ambos. Una cadena de hierro para él, una de oro para ella.
—No… no lo hagas, Elena. Ven… ven conmigo. Entrégate a la policía también. Testifica contra él.
—No funcionaría, y lo sabes —ella le besó la frente suavemente, dejando una mancha de sangre—. Mi padre tiene comprado a la mitad de los jueces del país. Saldría libre y nos mataría a los dos. Esta es la única salida.
Las sirenas sonaban ya ensordecedoras. El chirrido de los neumáticos de los coches patrulla acercándose por el camino de tierra retumbó en el aire.
—Te amo, Mateo. Más que a la luz del sol. Más que a mi propia libertad.
Ella se quitó el revólver de plata y lo dejó en el regazo de Mateo. Luego, acarició por última vez el colgante de la rosa y la daga que colgaba del cuello de él.
—Conserva la rosa. Recuerda que la belleza tiene un precio, y nosotros lo hemos pagado con sangre.
Las puertas de los coches de policía se abrieron de golpe. Gritos, órdenes, el sonido de armas siendo amartilladas.
—¡Salga del vehículo con las manos en alto! —resonó un altavoz.
Elena abrió la puerta del conductor. Antes de salir, miró a Mateo por última vez. Una mirada que se quedaría grabada a fuego en las retinas del contrabandista para el resto de sus días. Una mirada de amor infinito y despedida eterna.
—Sobrevive —susurró ella.
Y salió del coche, con las manos en alto, llorando, interpretando el papel de la víctima aterrorizada ante decenas de cañones policiales. Los paramédicos no tardaron en llegar, apartando a Elena, abalanzándose sobre el coche, sacando a un Mateo que perdía el conocimiento.
Lo último que vio Mateo antes de que la oscuridad absoluta se lo tragara, fue la figura de Elena, envuelta en una manta térmica por la policía, mirando hacia él mientras era introducido en la ambulancia. Su ángel traidor. Su salvadora. Su perdición.
Capítulo 8: Los Años de Hierro
La supervivencia, descubrió Mateo, era un castigo prolongado.
Despertó dos semanas después en la zona de máxima seguridad del Hospital Clínico, encadenado a la cama, rodeado de policías. Le informaron que había perdido casi la mitad de su sangre, que habían tenido que extirparle parte del bazo y que el juez de instrucción había dictado prisión preventiva incondicional.
Los siguientes cinco años de su vida fueron un borrón de concreto gris, acero, soledad y violencia contenida en el centro penitenciario de Brians 2.
Elena había tenido razón en una cosa: la cárcel lo mantuvo vivo. Hubo dos intentos de asesinato en su primer año de condena. Presos a sueldo del Tiburón que intentaron apuñalarlo en las duchas y en el patio. Pero Mateo ya no era el joven asustado que huía por Europa. Era un hombre forjado en el dolor y la traición del amor verdadero. Aprendió a pelear con la ferocidad de un lobo acorralado. Se ganó el respeto de los líderes de las mafias del este dentro de la prisión gracias a sus conocimientos logísticos, organizando el mercado negro interno del penal a cambio de protección.
Se convirtió en un hombre duro, silencioso y temido. Su cuerpo se llenó de cicatrices, pero la más dolorosa no era visible. Era el recuerdo constante del olor a vainilla de Elena, la textura de su piel bajo la lluvia en Ibiza, y la visión de ella alejándose entre los coches de policía en Montjuïc.
Nunca supo nada de ella. Los periódicos y los informantes que tenía en la prisión nunca mencionaban a la hija de Alejandro Vargas. Sabía por las noticias que el imperio del Tiburón se había expandido asociándose con la Camorra napolitana, lo que confirmaba que Elena había cumplido su parte del trato: se había casado con el monstruo italiano para cimentar la alianza de su padre.
La imaginaba en palacios en Nápoles, prisionera de seda, viviendo una vida sin alma junto a un hombre al que seguramente despreciaba. Ese pensamiento lo atormentaba cada noche, clavándose en su pecho más profundo que la bala de Raúl.
Pero Mateo hizo lo que ella le pidió: sobrevivió.
En su quinto año de condena, un milagro legal ocurrió. El imperio de Vargas sufrió un golpe masivo. Una macrooperación de la Europol, basada en información privilegiada filtrada desde la cúpula de la organización criminal en Italia, desmanteló gran parte de las operaciones del Tiburón en España. Alejandro Vargas fue arrestado, y con su caída, muchos de los testigos y pruebas compradas contra Mateo comenzaron a desmoronarse.
Su abogado, pagado con los fondos ocultos que Mateo aún conservaba, logró un acuerdo con la fiscalía. Por el tiempo cumplido y la falta de pruebas concluyentes en los crímenes de sangre de su hermano, Mateo fue puesto en libertad condicional.
A sus treinta y tres años, Mateo Ruiz volvía a ser un hombre libre. Un hombre roto, avejentado antes de tiempo, con el cabello surcado por canas prematuras, pero libre.
Salió de la prisión de Brians 2 en una fría mañana de noviembre. Llevaba una pequeña bolsa de lona. En su cuello, oculto bajo una gruesa camisa de franela, descansaba el colgante de plata: la rosa y la daga.
No miró atrás. Tomó un autobús a Barcelona, liquidó sus últimas cuentas secretas a través de un testaferro, compró un pasaporte falso de la máxima calidad que le costó una fortuna, y se subió a un avión.
Destino: Buenos Aires.
Capítulo 9: El Exilio de la Rosa
La Patagonia argentina es un lugar inmenso, brutal y desolado. Es un lugar donde el viento aúlla constantemente, un viento frío que desciende de los glaciares andinos y barre las estepas infinitas hasta perderse en el Océano Atlántico. Es un lugar donde un hombre puede desaparecer. Un lugar donde los ecos del pasado no pueden cruzar el océano.
Mateo, ahora respondiendo al nombre de David Santoro, cumplió su promesa.
Compró una extensión de tierra árida y dura cerca de San Martín de los Andes. No era una finca lujosa. Era una cabaña de madera rústica, construida con sus propias manos, rodeada de corrales y montañas con picos nevados. Compró cinco caballos criollos y un perro pastor.
Los siguientes tres años los pasó trabajando la tierra de sol a sol, agotando su cuerpo hasta el extremo para no tener que pensar, para no tener que recordar. El trabajo físico era su redención, su penitencia por seguir respirando mientras ella estaba atrapada.
La vida en la Patagonia era monótona, pero le dio la paz que el Mediterráneo le había arrebatado. Aprendió a domar caballos, a entender el lenguaje del clima extremo, a vivir con lo básico. Los lugareños, escasos y taciturnos, lo respetaban porque no hacía preguntas y trabajaba duro. Era simplemente “el gallego” que había venido a olvidarse del mundo.
Las noches, sin embargo, seguían siendo territorio enemigo. Cuando el fuego de la chimenea se consumía y el aullido del viento patagónico sacudía las paredes de la cabaña, Mateo sacaba el colgante de plata, se servía un vaso de whisky barato y dejaba que los recuerdos lo inundaran. El beso en Dalt Vila. La promesa bajo las estrellas en la cubierta del ferry. La mirada de sacrificio en el coche en Montjuïc.
Había huido. Había sobrevivido. Pero a veces sentía que la verdadera muerte habría sido más piadosa que vivir con la culpa del superviviente.
Una tarde de finales de invierno, cuando el deshielo comenzaba a llenar los arroyos de la región, Mateo estaba cortando leña frente a la cabaña. El sonido rítmico y violento del hacha contra la madera resonaba en el valle solitario. Su perro, “Sombra”, un mestizo lanudo, dormitaba cerca del porche.
De repente, Sombra levantó las orejas y soltó un gruñido sordo, poniéndose en pie.
Mateo se detuvo. Su instinto, afilado por años de persecución y cárcel, se activó al instante. Apretó el mango del hacha y giró la cabeza hacia el camino de tierra batida que conducía a su propiedad.
Una columna de polvo se elevaba en la distancia. Un vehículo se acercaba.
Nadie iba a su cabaña. Nadie. El pueblo más cercano estaba a cuarenta kilómetros y el cartero dejaba la correspondencia en un buzón junto a la carretera principal, a cinco kilómetros de distancia.
Mateo dejó el hacha, entró rápidamente en la cabaña y sacó un rifle Winchester de caza de detrás de la puerta. Salió al porche, cargó el arma con un movimiento mecánico y fluido, y esperó, con el corazón latiendo desbocado.
¿Lo habían encontrado? ¿Habían sobrevivido los tentáculos del Tiburón hasta cruzar el Atlántico? Si era así, esta vez no habría negociaciones. Esta vez, moriría luchando en su propia tierra.
Un vehículo todoterreno, polvoriento y magullado por los caminos pedregosos de la estepa, apareció en la curva. Conducía despacio. Se detuvo a unos treinta metros de la cabaña. El motor se apagó. El silencio regresó, pesado y amenazador, roto solo por el viento.
Mateo apuntó el rifle hacia la puerta del conductor.
La puerta se abrió con un crujido. Alguien bajó.
Una figura envuelta en un grueso abrigo oscuro de lana, con un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro, caminó lentamente hacia la valla de madera que delimitaba el jardín. Sombra corrió hacia la valla, ladrando un par de veces, pero de pronto se detuvo, olfateó el aire y empezó a mover la cola frenéticamente.
Mateo frunció el ceño. Bajó ligeramente el cañón del rifle.
La figura se detuvo en la puerta de la valla. Unas manos finas, pálidas, se alzaron para quitarse el sombrero.
El viento patagónico atrapó inmediatamente una cascada de cabello negro, ahora salpicado de algunos hilos plateados, haciéndolo volar como una bandera pirata.
Mateo sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía. El aire abandonó sus pulmones como si hubiera recibido un golpe directo en el estómago. El rifle Winchester cayó de sus manos y chocó contra las tablas de madera del porche con un golpe seco.
Era ella.
Ocho años después. Miles de kilómetros más allá de su último encuentro. Con el rostro más maduro, marcado por unas líneas finas alrededor de los ojos que hablaban de sufrimientos indecibles, pero con la misma mirada esmeralda que lo había cautivado en aquel bar subterráneo de Ibiza.
Elena Vargas estaba de pie en su puerta.
Capítulo 10: Cenizas y Renacimiento
Mateo no podía moverse. Creía que su mente finalmente se había quebrado por la soledad, que el aislamiento patagónico le estaba jugando la más cruel de las alucinaciones.
Elena abrió la pequeña puerta de madera y caminó hacia él. Sus pasos eran lentos, inseguros. Se detuvo a tres metros de distancia, al pie de las escaleras del porche. Su respiración formaba pequeñas nubes blancas de vapor en el aire gélido.
Se miraron en silencio. Todo el dolor, toda la culpa, todos los años de ausencia flotaban entre ellos, densos como la niebla.
—Estás vivo —susurró ella. Su voz, esa voz aterciopelada que había poblado sus sueños durante casi una década, sonaba cansada, ronca, pero infinitamente dulce.
—Elena… —la voz de Mateo se quebró, incapaz de articular más de dos sílabas. Las lágrimas que había reprimido durante años comenzaron a asomar, quemándole los ojos. Bajó los escalones tambaleándose, como un borracho.
Cuando estuvo frente a ella, levantó una mano temblorosa, temiendo que si la tocaba, se desvaneciera en el aire frío de la montaña. Sus dedos rozaron la mejilla de Elena. Estaba fría, real, suave.
Ella cerró los ojos al contacto, y una lágrima rodó por su rostro, humedeciendo la mano áspera y callosa del hombre.
—¿Cómo…? ¿Cómo estás aquí? —preguntó Mateo, su mente girando a mil por hora—. Tu padre… tu marido…
Elena abrió los ojos. En ellos, la antigua sumisión de la hija de la mafia había desaparecido por completo. Había un brillo de acero, de guerra, de una mujer que había atravesado el infierno y había salido coronada como su reina.
—Mi padre está muerto, Mateo —dijo ella, con una calma glacial—. Murió en prisión hace seis meses. Un ataque al corazón. O al menos, eso dijo el forense que yo misma pagué.
Mateo contuvo la respiración.
—Y mi marido… el gran Don de la Camorra… —una sonrisa amarga se dibujó en sus labios—. Resulta que la Europol recibe soplos anónimos muy detallados cuando las esposas de los mafiosos tienen acceso a sus libros de contabilidad ocultos. Se pasará el resto de su vida en una celda de aislamiento en Milán.
Mateo lo entendió todo de golpe. La caída del imperio del Tiburón. La redada masiva. El soplo desde Italia que lo había sacado a él de la cárcel. No fue una coincidencia legal. No fue un informante arrepentido.
Había sido ella.
Elena había vuelto a la jaula, sí. Se había casado con el monstruo. Había interpretado el papel de la esposa obediente y la hija pródiga. Pero no se había rendido. Durante años, mientras él sobrevivía a la violencia de Brians 2, ella había estado tejiendo pacientemente su propia venganza desde las entrañas mismas del monstruo. Había reunido pruebas, expuesto rutas de contrabando, localizado cuentas bancarias. Y cuando tuvo suficiente, había destruido los dos imperios criminales que la mantenían prisionera, asegurándose de paso de que la caída judicial de su padre significara la liberación legal del hombre que amaba.
—Me salvaste —murmuró Mateo, cayendo de rodillas frente a ella, superado por la abrumadora magnitud del sacrificio de esa mujer—. Me salvaste en Barcelona, y me salvaste de nuevo desde el infierno. Dios mío, Elena…
Elena se arrodilló junto a él en la tierra fría y polvorienta. Le tomó el rostro entre las manos, acariciando las nuevas arrugas, las cicatrices, la barba encanecida.
—Tú me salvaste primero, Mateo. En aquel ferry, cuando preferiste el caos a usarme como un escudo. Me devolviste la humanidad que mi padre me había robado. No iba a permitir que pudrieras en esa celda por un pecado que cometí yo.
Ella desabrochó con delicadeza el primer botón de la camisa de franela de Mateo. Allí estaba el colgante de plata. La rosa y la daga. Elena lo tomó entre sus dedos, besando el metal frío.
—Te dije que la belleza requiere sangre para ser protegida —susurró, rozando sus frentes—. Hemos derramado suficiente, Mateo. Las deudas están saldadas. El pasado ha muerto.
Se abrazaron en el polvo de la Patagonia. Fue un abrazo desesperado, animal, un choque de dos almas rotas que finalmente encontraban la pieza que les faltaba para volver a estar completas. Lloraron, mezclando sus lágrimas con el viento cortante. Lloraron por los años perdidos, por el dolor, por el miedo, y finalmente, por la liberación.
La promesa hecha en la cubierta superior del ferry Ibiza-Barcelona, bajo un cielo estrellado y un mar de mentiras, se había cumplido de la manera más retorcida y dolorosa posible.
Horas más tarde, cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de los majestuosos picos de los Andes, tiñendo el cielo de un naranja fuego espectacular, Mateo y Elena estaban sentados en el porche de la cabaña. Una manta de lana los cubría a ambos. Mateo tenía un brazo rodeando sus hombros; ella apoyaba la cabeza en el pecho de él, escuchando el latido constante y fuerte del corazón que ella había mantenido latiendo a base de traiciones pactadas.
Mateo miró hacia el vasto horizonte salvaje.
—Aquí solo soy David —dijo él en voz baja—. Un criador de caballos. No hay mucho. Soledad, viento y trabajo duro.
Elena sonrió, cerrando los ojos y respirando el aire puro y gélido, sin rastro de pólvora, sin rastro de sangre.
—Yo ya he tenido suficiente ruido en mi vida, David. Y he aprendido que las mejores jaulas son las que están hechas de cielo abierto.
Ella le besó. Un beso tranquilo, profundo, sin la urgencia de la muerte inminente, sino con la certeza de un futuro infinito.
La noche patagónica descendió sobre ellos, envolviéndolos en un manto de estrellas, las mismas estrellas que una vez fueron testigos de su condena, y que ahora, por fin, velaban por su eterna libertad. La rosa había florecido entre la escarcha, y la daga, finalmente, podía descansar envainada para siempre.